Corrección lingüística y extranjerismos

Hoy, publico este artículo para salir en la defensa de tratar siempre de hablar un lenguaje depurado, puro, sin extranjerismos. En este escrito, me centraré en argumentar sobre tal cosa, centrándome y poniendo ejemplos, sobre todo del español o castellano (por ser una de mis lenguas maternas y de las que más uso habitualmente), pero ello puede ser aplicado a todas las lenguas del Reino de España (e incluso a nivel global).

Quiero dejar claro que no estoy defendiendo, nada más lejos de mi intención, que no se deba aprender otros idiomas (yo sé varios de hecho, y disfruto mucho hablando, leyendo y escuchándolos; por muchos motivos, ya sea su musicalidad, cuestiones de estudio u ocio -acceso a obras no traducidas a mis idiomas maternos- o un componente personal… etc), pero sí que se debe hablar correctamente cada uno, sin hacer innecesarias mezclas entre ellos, ya se produzca esto por moda, invasión globalizadora o por otra cosa (generalmente por presunción o creer que se demuestra estar a otro nivel metiendo palabras foráneas).

También soy consciente que el lenguaje está en continua evolución, la cual deciden los hablantes, y todo ello, bien está que así sea… pero, precisamente por eso, somos los máximos responsables sobre nuestra lengua, su buen estado y salud.

El español además de otras lenguas de la península ibérica, es un idioma sumamente rico, complejo incluso (la verdad es que no envidio a los extranjeros que lo estudian, pues, por lo general, proceden de idiomas más sintéticos; el inglés es el mejor ejemplo de ello, e incluso en el italiano una misma palabra puede significar cosas muy diferentes), por lo que siempre he considerado y defendido que deberíamos proteger y valorar esa cultura (como todas, pero especialmente la nuestra, porque, si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará?).

Y sin duda, una de las maneras más eficaces e importantes de hacerlo es evitando meter extranjerismos o palabras de lenguajes foráneos dentro del nuestro, pues es como eliminar o neutralizar un vocablo que ya existe y sustituirlo por otro innecesario, que ya tiene sus hablantes, mientras que el de nuestro idioma acabará por desaparecer, extinguirse. Existen múltiples ejemplos de ello, por ejemplo, la sustitución del castellano “vestíbulo” por el anglosajón “hall”… y así, otros muchos casos, que llegan hasta el punto de que muchas personas han olvidado el significado de la primera palabra y ya sólo conocen el de la segunda. Asombroso, extrañísimo, pero cierto… y si ello redundara en un mejor conocimiento de un idioma extranjero, aún se podría argüir un beneficio, pero la mayor parte de las personas que usan tales extranjerismos ni siquiera podrían mantener una conversación en el idioma de la palabra que usan (o siquiera señalar su origen).

No voy a meterme en banales y opinables gustos personales y fonético-lingüístico-estéticos sobre si una palabra es más bonita o si suena mejor en nuestro idioma; ni siquiera en debates sobre lo que se hace en otros países (el italiano, por ejemplo, incorpora vocablos extranjeros con una facilidad tan extrema como asombrosa… bien es cierto que en Italia existe muy poco interés y respeto por salvaguardar su riqueza lingüística, como prueba el mal trato dado a sus dialectos, que no forman parte de la educación oficial) o prejuicios chovinistas y nacionalistas; pero sí volveré la importancia de salvar nuestra propia lengua y conservar nuestra riqueza lingüística como un tesoro, el tesoro de todos, porque es maravilloso contar con palabras propias para todo, ha sido el trabajo que nuestros ascendientes culturales nos han legado y que nos corresponde a nosotros conservar y transmitir.

Hay muchas cosas que me gustan del español, por ejemplo, que sea tan preciso, lo que demuestra el hecho de que no existan sinónimos absolutos (todas las palabras tienen un uso concreto, un pequeño matiz diferencial que no las hace iguales), que verdaderamente, para cada cosa haya una definición. Por otro lado, no se puede decir que no sea un idioma adaptativo, puesto que, otro de sus puntos positivos (que algunos han señalado como negativos, pues consideran que es una manera de no querer aprender otro idioma… un absurdo, en mi opinión) es precisamente su capacidad para reajustar cualquier vocablo que no exista en el idioma, si es necesario, a la fonética castellana, de modo que acaba popularizándolo y volviéndolo también español (la palabra “garaje” es un buen ejemplo de ello). Sin embargo, como ya digo, de poder ser, creo que es mucho mejor utilizar palabras que ya existan en nuestro idioma.

Lógicamente, no siempre las conoceremos todas; pero por eso, es misión nuestra también indagar, averiguar que palabra se ajusta mejor (para ello, nada mejor que leer mucho) y tratar de usarla en nuestra vida cotidiana, tal vez alguna vez nos miren extrañados, pero pensad que podemos influir positivamente tanto en la gente, siendo ejemplo, como en la salud del lenguaje. Muchas veces, merece la pena recuperar palabras olvidadas, las cuales, una vez insufladas de nueva vida, todo el mundo suele reconocer su belleza.

En definitiva, que teniendo como tenemos, en nuestro Reino, lenguas tan bellas, y siendo como son, una gran herencia que hemos exportado a medio mundo, y de la que somos principales responsables, baluarte y cabeza visible, muy lógico es que las respetemos y que nos molestemos en su conservación y su buen estado… ¿no creéis?.

Finalizo proponiéndoos que comentéis, que palabras usamos cotidianamente, que son extranjeras y cuál es su equivalente correcto en vuestra lengua o lenguas maternas, ¡así podemos comenzar a ayudarnos entre nosotros a hablar mejor y recuperar el idioma!.

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Escribir para uno mismo versus escribir para los demás

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Es curioso, cuando Universo de A nació, nunca lo pensé para que fuera lo que más tarde se ha conocido como algo “viral”, y efectivamente, nunca lo ha sido (algo lógico, por otra parte, aborda temas muy concretos y además diseminados, sólo aptos para un público objetivo muy concreto, aquel interesado en la alta cultura, difícilmente podría ser un blog “popular” en todos los sentidos del término), ni yo lo he pretendido de ninguna manera (cierto, me he expandido a otros medios y utilizado redes sociales para darlo a conocer, pero jamás he dedicado tiempo, como hacen otros, a buscar seguidores, aumentar su número a cualquier precio… etc; de hecho, nunca ha sido un objetivo)… la prueba es que siempre he priorizado más escribir que otra cosa. Y no escribir lo que pueda ser popular o lo que veo que da resultado, sino lo que me da la auténtica gana, aquello que quiero realmente, sobre lo que estoy verdaderamente interesado.

En realidad, siempre lo dije, este blog lo he hecho más para mí que para los demás (y en realidad, es una herramienta muy útil a modo de archivo y recordatorio cuando lo necesito). Pero del mismo modo que digo esto, tampoco voy a negar que sé que lo que escribo lo leen otros y que sé que lo que publico es público, y me autoasigno una responsabilidad en ello; del mismo modo que, una vez publicado un artículo, no niego que desee que llegue a la mayor gente posible (bueno, depende del escrito… hay algunos que, para evitar problemas, casi deseas que lleguen sólo a las personas justas e indicadas).

Pero como no se pude decir que Universo de A sea un blog viral, tampoco se puede negar que en su más de una década de existencia ha conseguido tener una relevancia dentro de determinados círculos e incluso ser una referencia… no siempre con buenas o agradables consecuencias para este blog (como todos sabemos).

Sin embargo, lo que ha acabado siendo el blog, se acerca mucho a lo que concebí desde un principio: un lugar de paso. El típico lugar que se cruza en tu vida una vez porque necesitas algo y te hace un buen servicio; el cual, por supuesto, puede contar con unos cuántos parroquianos habituales (fieles seguidores y sobre todo, buenos comentaristas), pero que no es desagradablemente multitudinario o se ahoga en su propio éxito (aunque me he autoimpuesto reglas, jamás he querido ver este blog como una obligación, y en el momento en que lo haga o lo vea como una carga, muy probablemente desaparecería). Y la verdad, es que estoy contento con esta situación.

En ello me he reafirmado porque, cuando saboreas (aunque sea levemente) las mieles del éxito, del saber que lo que escribes tiene repercusión, algo que en el fondo, siempre deseas algo, pues para eso publicas en internet… de repente te asustas y das un paso atrás… ¿qué precio hay que pagar para ello? y lo que es más importante, ¿estás dispuesto a hacerlo?, ¿vas a adaptar tu estilo para contentar?, ¿vas a evitar decir cosas para no tener problemas?, ¿vas a publicar determinado tipo de artículos porque sabes que tienen más éxito?, ¿vas a seguir una serie de pasos para asegurarte del éxito del blog?… en definitiva, ¿para qué lo has creado, cuál es su objetivo final, real?; para ti, de verdad, ¿cuál es su auténtica función y finalidad?, ¿y hasta que punto estás dispuesto a llegar para alcanzarla?. Son preguntas que acaban surgiendo, y nuestras decisiones condicionan un resultado… y, al final, lo importante es estar satisfecho con este.

Tal vez he llegado a esa conclusión, ya no sólo por que era la concepción primera que tenía del blog, sino porque, además, durante su larga historia, ya desde sus comienzos, por aquí han pasado otros blogueros desesperados por obtener visibilidad (con el tiempo, uno aprende a reconocerlos a primera vista), y ya sé como acaba esa historia: todos acabaron profundamente quemados, y no resistieron el ritmo que exige mantener un producto virtual en lo alto (y, la verdad sea dicha, ninguno de ellos llegó mucho más lejos que el propio Universo de A con el tiempo, paradójicamente), ninguno de sus blogs pasó, como muchísimo, de los tres años de existencia (y eso, siendo optimista y generoso en la cuenta). Y es que, con razón, la de community manager es una profesión a tiempo completo, verdaderamente, no se puede estar promocionando y buscando seguidores continuamente, y a la vez, elaborar contenido, ya no de calidad, sino contenido a secas… y si no tienes esto último, ¿qué van a seguir tus nuevos fans?, pues eso, difícilmente, es un callejón sin salida en el que necesariamente tienes que acabar desbordado y agotado.

Tal vez yo nunca pasé por eso porque, me gusta más el hecho de crear contenido que el que llegue a las personas, expresarme sin más… vale, sin duda me preocuparía o me desagradaría tener cero visitas, pero tampoco necesito millones al día (es más cuando ha sucedido eso, o cuando un artículo destaca en exceso, especialmente si trata de algún tema polémico o de actualidad… reconozco que me preocupan las posibles repercusiones que pueda tener); porque, lo que yo verdaderamente disfruto es escribiendo para mí mismo, y, si además puedo ayudar o hacer felices a otras personas, pues mejor que mejor.

Además, este método a menudo sorprende, pues, como no buscas una fama rápida e inmediata por algo actual, tus escritos son longevos (y ese siempre ha sido uno de los objetivos del blog, tratar de escribir lo mínimo acerca de cosas efímeras que no perduren y que a los dos días hayan caducado), y puede pasar que no tengan gran éxito en el mismo momento de su publicación… pero que años después arrasen (creedme, pasa continuamente, y con los artículos más impensables).

Por otra parte, me atrevería a decir que, si bien cuando lo cree no era así, hoy día el formato blog está pasado de moda (lo cual a mí me importa muy poco, en su momento no lo hice porque lo hiciera todo el mundo, no voy a dejar de hacerlo años más tarde por eso mismo, ¿no?). A demasiada gente no le gusta leer, y si bien hace unos años internet era casi totalmente letras, hoy día, la cada vez mayor oferta y posibilidad de acceder a otros formatos ha cambiado mucho las cosas. Con razón, una vez me dijeron que debería hacerme Youtuber y que tendría mucho éxito… mi respuesta fue: ¿y qué hay del placer de escribir?. Nunca me he arrepentido ni cambiado de idea. Yo creo que eso me define totalmente como ente virtual (lo que no significa que, en un futuro, a lo mejor decido ampliar Universo de A a YouTube también, como lo he hecho a otras redes… pero seguirá siendo con un contenido coherente con el blog).

Y es que nunca me ha gustado esa idea de escribir para los demás, para otros seres que están al otro lado de otras pantallas, todos diferentes y con sus propias maneras de entender la vida, ¿por qué tengo que tratar de gustar a personas que ni siquiera conozco? ¡es un absurdo!, algunos, probablemente, en persona quizás ni siquiera me caerían bien…. Sin embargo, es inevitable, cuando sabes que lo que escribes tiene repercusión (y en determinados casos, lo sabes), que pueda surgir una, aunque sea ligera, autocensura o miedo a no contentar, a no satisfacer lo que esperan de ti o no decirles lo que les gustaría o quieren oír (aunque también te digo que siempre hay un roto para un descosido, por uno que te odie, surgirá otro que te adore). Y yo creo que ese es el punto clave que va a definir quién eres (a nivel virtual) y para qué haces las cosas. No digo yo que lo uno esté bien y lo otro mal, para nada me voy a meter en absurdas disquisiciones ético-morales internáuticas, sólo que cada uno debe decidir lo que quiere en realidad y lo que verdaderamente le hará feliz.

Y a mí me hace feliz crear, y esa es la realidad y auténtica finalidad de este blog… en realidad, no deja de maravillarme cuando lo que escribo tiene alguna repercusión porque, sinceramente, trato de pensar lo menos posible en ello y darle una importancia mínima. Puede que equivoque, pero creo que esa es la manera de mantener la auténtica esencia de este blog, Universo de A. Y además, así evitas decepciones si no tiene éxito.

Tampoco me he planteado nunca demasiado que el blog tuviera alguna salida profesional, es más, en ese campo, he pensado que más pudiera perjudicarme que beneficiarme… otra razón por la que es anónimo, para que no se meta en mi vida real… es como tener una curiosa vida secreta (una de mis comentaristas me solía apodar “Batman”, jajajaja, ¡es como ser un superhéroe que lucha contra los villanos que van contra el arte!, jajajaja), lo que también lo hace más emocionante, es mi secreto, todo se queda aquí: para mí, para Universo de A, y para quién pase por aquí; es más, nunca lo he difundido entre mis círculos, y son contadísimas, y muy de confianza, las personas que saben de su existencia… no sé, no me motiva que lo sepan las personas que conozco, ¿qué pueden aportar salvo visitas de cortesía, además de vacuos e innecesarios halagos?, un desconocido, para bien o para mal, siempre es más sincero (intencionadamente o no, lo quiera o no).

Por lo cual, y volviendo al título del artículo y origen de este, la verdad, escribiendo un blog uno no puede evitar escribir para los demás (consciente o subconscientemente), pues estás haciendo un contenido público; pero, paradójicamente, es mejor si piensas que escribes para ti mismo (al menos a mí me da mejor resultado) y te expresas con absoluta libertad, sin querer contentar a nadie (por eso este blog ha sido anónimo desde sus comienzos)… si luego lo que produces ayuda, da felicidad o proporciona algún tipo de beneficio a alguien; pues mejor que mejor; ¿sino? bueno, pues has disfrutado expresándote, porque el tiempo feliz, nunca es perdido y siempre está bien invertido.

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Cecilia Valdés

La victoria hispana

Cecilia Valdés

 

Sinopsis y ficha técnica

Comedia lírica en un prólogo, dos actos, un epílogo y una apoteosis
Duración aproximada: 1 hora y 45 minutos (sin pausa).

Música de GONZALO ROIG
Libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez-Arcilla,
basado en la novela Cecilia Valdés o la Loma del Ángel, de Cirilo Villaverde
Estrenada en el Teatro Martí de La Habana, el 26 de marzo de 1932
Nueva producción del Teatro de la Zarzuela
Edición de Evan Hause

Llega por primera vez Cecilia Valdés a Madrid. El director de escena de esta nueva producción, Carlos Wagner, nos recuerda que ahora todo es un estreno en el Teatro de la Zarzuela: ¡primera obra cubana y primera vez de Cecilia Valdés! Para Wagner la obra tiene «una parte muy divertida y entrañable» porque aquí están presentes «las fiestas, y también la vida cotidiana, tanto de la clase alta como la de la gente humilde en La Habana». Y, además, «abarca temas más serios, como el machismo de esa clase alta» y su actitud «ante el tema de la raza».
También es la primera vez que en este escenario se combina la escenografía de Rifail Ajdarpasic, el vestuario de Christophe Ouvrard, la iluminación de Fabrice Kebour o la coreografía de Nuria Castejón, lo que permitirá recrear una historia llena de fiesta, azúcar y esclavitud en la Cuba de los años 50.
Y esta heterogeneidad de temas y emociones se plasma también en la música: el director musical, Óliver Díaz, afirma que «Cecilia Valdés es una perfecta amalgama entre la gran tradición operística centroeuropea, la zarzuela y la música afrocubana. Gonzalo Roig es capaz de colorear e iluminar cada una de las acciones de la forma más sutil evidenciando los aspectos psicológicos de cada personaje con una maestría absoluta. Estamos ante una obra con un absoluto protagonismo musical, donde el arte denuncia, una vez más, las injusticias sociales arraigadas en lo más profundo de las civilizaciones».

Dirección musical
Óliver Díaz
Dirección de escena
Carlos Wagner
Escenografía
Rifail Ajdarpasic
Vestuario
Christophe Ouvrard
Iluminación
Fabrice Kebour
Coreografía
Nuria Castejón
Reparto
Cecilia Valdés ELIZABETH CABALLERO (días 24, 26, 30, 1, 5, 7 y 9) / ELAINE ÁLVAREZ (días 25, 29, 31, 2, 6 y 8); Leonardo Gamboa MARTÍN NUSSPAUMER (días 24, 26, 30, 1, 5, 7 y 9) / ENRIQUE FERRER (días 25, 29, 31, 2, 6 y 8); José Dolores Pimenta HOMERO PÉREZ-MIRANDA (días 24, 26, 30, 1, 5, 7 y 9) / ELEOMAR CUELLO (días 25, 29, 31, 2, 6 y 8); Dolores Santa Cruz LINDA MIRABAL; Isabel CRISTINA FAUS; Un negro/esclavo YUSNIEL ESTRADA; LILIÁN PALLARES, AMPARO DEPESTRE, PALOMA CÓRDOBA, ROSARIO BEHOLI, OLGA MORENO, ALBERTO VÁZQUEZ, EDUARDO CARRANZA, ISABEL CÁMARA, JUAN MATUTE, ILEANA WILSON, NACHO ALMEIDA, DAYANA CONTRERAS, GIRALDO MOISÉS DE CÁRDENAS, GEORBIS MARTÍNEZ.
Bailarines
Dairi Brown, Amara Carmona, Alejandro Colás, Malvin Montero, Olga Moreno, Karel H. Neninger, Diana María Nkogo, Nelson Pará, Eunate Quesague, Michel Regueira, Carla Rodoli
Orquesta de la Comunidad de Madrid
Titular del Teatro de La Zarzuela
Coro Titular del Teatro de La Zarzuela
Director:
Antonio Fauró

24, 25, 26, 29, 30 y 31 de enero; 1, 2, 5, 6, 7, 8 y 9 de febrero de 2020
20:00 horas (domingos, a las 18:00 horas)

 

Comentario previo

Aunque no me considero nacionalista de nada en absoluto, o al menos no en el sentido habitual que suele dársele a la palabra (los nacionalistas de cualquier bando siempre tienden a crear diferencias, barreras, muros; gustan de recalcar -aunque sea disimuladamente- aquello que les hace mejores o incluso superiores a los demás, lo que les da, por tanto, derecho a rechazarlos o, como mínimo, a orillarlos o discriminarlos), una de las cosas que más me gusta de ser español, es todos los lazos y relaciones históricas que hemos creado (acerca de estas cuestiones, y mi opinión sobre ellas, recomiendo la lectura de este artículo), con los más variados lugares del planeta tierra, lo que, al menos a mí, me produce un gran sentido de hermanamiento con otros pueblos (durante un tiempo viví en Nápoles, y siempre destaco lo en casa que me sentía allí, debido a nuestra historia y cultura común, pero, sin embargo, pues no es en absoluto incompatible, respetando, valorando y apreciando nuestras diferencias y particularidades)… sin embargo, la realidad me demuestra, que esto no es siempre compartido.

Así pues, si yo abogase por algún tipo de nacionalismo (o si yo me puedo calificar de algún modo como tal), sólo sería por aquel que se centrase en aquello que nos une, en aquel que nos hermana, traza similitudes, en aquel que valora la riqueza cultural como parte de un todo, el que crea paralelismos, el que recuerda motivos, razones, hechos o personajes históricos por los cuales una vez fuimos uno, estuvimos unidos, no existían diferencias entre nosotros… por un nacionalismo que hablaría, no de grandes imperios en el sentido de potencias dominadoras en plan yo mando y tu obedeces, yo tengo todo esto y tú no, que celebran guerras, batallas y muerte, sino de imperios humanos en los que todos teníamos, o tenemos, en común el saber que pertenecemos a un todo, que no existen fronteras, que uno puede ir a cualquier otro sitio y que, aunque no necesariamente reconozca o entienda todo lo que ve a primera vista (ni siquiera la lengua) pueda sentirse como en casa… quizás eso sea ser ciudadano del mundo, o nacionalista terraqueo, plus ultra… o vete tú a saber. No sé, lo que sí tengo claro, es que yo cuando veo en las versiones ampliadas del blasón real, y veo incluido el escudo del Reino de las dos Sicilias, no pienso en que España poseía, era dueña de media Italia, muy por el contrario, pienso en toda la influencia mutua que ejercimos: en el idioma, el arte… y sobre todo, pienso en todo lo que aún queda de eso… puede que el Reino de Nápoles ya no pertenezca a la Corona española, pero España aún está allí muy presente (caminad sino por la principal Via Toledo), y Nápoles, también sigue estando en España (vamos a ver, sino, el Palacio Real de Madrid)… y lo mismo se puede decir del resto de los lugares dónde la Corona española dejó su rastro como potencia (no me extenderé en hablar de lo que estuvo mejor o peor, pues ya dediqué un artículo a ese tema en su momento).

Por eso, me apena (en el sentido ibérico y también el americano de la palabra) mucho, me da rabia, cuando hay tantas personas que no lo ven así y prefieren quedarse con una visión fanática y trasnochada de otras épocas, otros siglos (pues lo símbolos están para ser reinterpretados)… al fin y al cabo, no debemos olvidarnos que la base de todos los nacionalismos iberoamericanos está en el odio a la que antes fue la Madre Patria, y es lógico, era necesario crear tal cosa para legitimar y hacer creíble, o siquiera necesaria, una independencia: utilizaron el truco más viejo, habitual y rancio de todos los nacionalismos (la letra de sus himnos nacionales no deja lugar a dudas), sin embargo, para bien y para mal, ¿no son lo que son gracias a España?, y cuando deciden emigrar, ¿a dónde, con lógica, deciden hacerlo, aunque, desgraciadamente, y no necesariamente, la Madre Patria tenga siempre los recursos que esperan y necesitan?. Sí, puede que Iberoamérica sea independiente de la metropoli (aunque puede que no falte quien se cuestione si ello ha sido para mejor), pero está tan claro que España se ha quedado allí, como que América también permanece aquí, nunca hemos dejado, y posiblemente no dejaremos, de ser uno; porque “Cecilia Valdés” se publicó en la Capitanía general de Cuba, parte de la Corona española; pero se sigue representando en la Cuba independiente de hoy, y ahora, también en España; demostrando que las palabras “iberoamérica” o “hispanoamérica” (directamente ligadas con España) ni son palabras genéricas, ni han perdido en absoluto su significado real y original.

En definitiva, y estableciendo una comparación histórica (tal vez algo lejana) puede que Grecia sucumbiera ante la fuerza militar de Roma, pero los bárbaros y barbudos romanos, volvieron a su capital como civilizados y afeitados helenos, y además difundieron esta cultura… así pues, ¿quién venció a quién al final?, ¿de quién fue la auténtica victoria final? (muy especialmente cuando estudiamos la cultura romana)… y dejándose de analogías, para volver al tema que trataba: ¿qué estilo de vida adoptaron rápidamente en los países que quedaron bajo la influencia de la Corona española, renunciando con asombrosa facilidad a lo anterior?, ¿cuánto tiempo (que hay que contar siempre, como mínimo, en siglos) permanecieron, fielmente, con una potencia lejanísima, extenuada, con frentes abiertos por doquier, y sin fuerzas para mantener un territorio tan extenso y disperso como imposible y utópico? (sólo en América, casi un continente al completo); y si vamos al hoy, ¿qué lengua siguen hablando?, ¿si contemplamos sus monumentos, de qué época proceden mayoritariamente?, ¿de quién descienden, cuáles son sus apellidos?, o, tal y como los romanos acabaron combinando dioses griegos y de otras naciones (pues la historia ha demostrado que los imperios más permeables son los que mejor subsisten, o al menos durante más tiempo… y en eso la Monarquía española puede dar una lección maestra), ¿no es igualmente cierto que la cultura americana originaria se ha combinado, mezclado, creado un mestizaje propio, del que la cultura española es una parte muy importante? (básicamente porque esta misma lo permitió y fomentó), y por tanto, llegados a este punto, ¿no es cierto, por tanto, que sus nacionalismos se basan, indirectamente, en una falsedad, pues lo español es intrínseco e inevitable a la cultura que acabaron por crear, y que por tanto, las razones que nos separan no son culturales sino políticas? (como desgraciadamente suele suceder en el caso de los nacionalismos radicales, que sólo utilizan la cultura como instrumento y no como aprendizaje).

Quiero creer, además, que el Teatro de la Zarzuela, me da la razón en lo anteriormente dicho; pues, nuevamente, su acertada apuesta, en esta ocasión, por el diálogo ultramarino, es todo un hallazgo. Dice el tópico que la zarzuela es un género madrileño; sin embargo, pocos o ningún otro género nacional de todo el mundo ha conseguido sincretizar tan maestramente la variedad regional de un país; también dice el tópico que es el género español por excelencia… bueno, pues tal vez haga falta que un americano (el director de la institución, Daniel Bianco, argentino de nacimiento pero cuya carrera profesional se ha desarrollado mayoritariamente en España) venga a descubrirnos (al igual que los españoles descubrimos el nuevo mundo), que tal vez el género ya no necesariamente sea español (aunque naciera como tal, en el Palacio de la Zarzuela, y como el propio descubrimiento de América, patrocinado por la monarquía española), sino hispano, y que, nuevamente, se reentable el diálogo ultramarino (un diálogo, como siempre fue, en pie de igualdad, pues España jamás habló de colonias, sus territorios eran tan parte del país, de la Corona, como lo podía ser Galicia, Andalucía o Nápoles), y que, además esto se haga, de la manera más hermosa posible, mediante la cultura, mediante el arte.

En definitiva, el Teatro de la Zarzuela ya ha demostrado en más de una ocasión ser una institución utilísima, pleno ejemplo paradigmático del porqué es necesario un teatro público (a pesar de que, efectivamente, a veces tenga sus tropiezos y sus escándalos, no podemos negarlo ni vamos a hacer aquí una hagiografía… ¿pero quién, que sea humano, no los tiene?), lugar que combina instrucción y entretenimiento a partes iguales; y ahora, se entrega, o al menos abre la puerta, a un nuevo proyecto igualmente interesante y que va en plena sintonia con su esencia… ánimo con ello, desde luego desde “Universo de A”, se le expresa el máximo apoyo.

Por su parte, el programa de mano es genial, verdaderamente una adquisición que merece la pena, sobre todo gracias al excelentísimo artículo de Enrique Mejías García, que trata, de forma rigurosa pero a la vez sencilla, prácticamente toda la historia del género de la zarzuela, creando los correspondientes paralelismos entre lo que pasaba en la España peninsular y en la de ultramar, y dándonos una visión completísima de esta obra y del propio género prácticamente a nivel mundial… en definitiva, verdaderamente un artículo maestro, brillante y digno de aplauso. El resto, pues lo habitual, discursetes de los típicos miembros del reparto técnico, más bien torpes y vacuos que, no dejan de demostrar, que quizás con demasiada frecuencia, las cosas las llevan a la práctica aquellos que ni siquiera dominan la teoría… y luego el resultado es el que es, claro está, como iba a ser de otro modo si ya sabíamos lo que había.

Respecto a la atención al público, es tan excelente, encantadora y familiar como siempre cabe esperar… un gustazo vamos, ¡es como salir de casa para entrar en tu otra casa! (o al menos en la de un familiar cercano).

Y dicho todo esto, ya sólo queda ponerse con la, propiamente dicha…

 

Crítica

Lo primero que debe tener en cuenta el público español a la hora de ver esta zarzuela, más que nada para evitar sustos y disgustos innecesarios, es que la obra original en la que se basa fue escrita por un independentista cubano (hay quien podría pensar, teniendo en cuenta lo que sucede en Cataluña, si es el momento de estrenarla) , y por tanto, parte de, y usa, determinados tópicos, estereotipos y exageraciones, además de tener cierto toque propagandista (sobre todas estas cuestiones, y para suavizar la aversión que pueda dar, ruego leer el comentario previo anterior a esta crítica)… no obstante, a la obra final que vemos, no se le pueden negar unos valores universales, que la convierten en una muy posible obra maestra. Tampoco está de más avisar, lo que casi seguro acabará por producir abucheos y silbidos (como no es la primera vez que pasa en estos casos), que en determinado momento del espectáculo, el director de escena ha decidido el intercambio/combinación/alternancia de una famosa Virgen de la isla (icono cristiano) con un dios de origen africano (icono pagano), con su consecuente interpretación en la que prefiero no entrar y que, en todo caso, me parece innecesaria existiendo tantos otros símbolos posibles para hablar de simbiosis y sincretismo cultural (del cual hablo con detalle en el comentario previo).

Por lo demás, y aunque el argumento original no se pueda calificar, en general y en su desarrollo, como el colmo de la originalidad, además de que está más que claro que ha sido elevada a obra maestra nacional por ser una de las primeras obras que describe con detalle Cuba, sus gentes y modo de vida; también es cierto que sí aporta cosas y temáticas muy interesantes, y que sin duda nos da un reflejo de aquella américa española de otros tiempos, más o menos desvaído y desde una perspectiva muy enfocada, cierto, pero, no obstante, un reflejo fascinante.

En cualquier caso, al texto teatral que finalmente contemplamos no se le puede negar efectividad, fuerza y dramatismo; reúne todo lo que necesita: te cuenta una historia interesante y además te la sabe contar bien… no se necesita más. Qué tiene un punto, muy buscado, de gran drama y epopeya-espejo nacional, sí, es verdad, ¿pero a quién le importa mientras funcione teatralmente? (además, el material de partida es el que es).

A esto se le suma una maravillosa música, pues si bien, la zarzuela peninsular nunca ha sido ajena a los ritmos americanos, la música de Roig, aunque guarda un indudable peso europeo, también consigue dar la vuelta a todo esto e introducir todo el punto latino, de pleno y sin disimulo, en esta maravillosa zarzuela hispanoamericana (palabra que se puede usar con toda razón, pues suena tan española como cubana); así, si en España se interpretaban los ritmos latinos y se europeizaban para hacerlos más accesibles; ahora Cuba hace lo contrario, latiniza lo europeo y crea otro ritmo nuevo… lo dicho, esta música es un magnífico ejemplo de diálogo ultramarino hispanoamericano.

Con todo, es incuestionable que la fuerza de los ritmos de esta zarzuela, su toque fuertemente latino, provoca algo muy poco habitual en la música europea, y es que, durante la función, la música, alternativamente, habla al cuerpo y al espíritu, de modo que, en el primer caso, te entran ganas de levantarte de la butaca y ponerte a bailar, y en el segundo (lo habitual, aquello a lo que estamos acostumbrados) de deleitarte con el oído por la belleza de la melodía.

En definitiva “Cecilia Valdés”, se tenga la oportunidad de ver esta producción concreta o no, es una obra que se debe tener muy en cuenta y que todo amante del género zarzuelístico (y si me apuras, la mayor parte de los melómanos también) debería degustar alguna vez en su vida.

Respecto al apartado técnico de esta producción, la dirección de escena de Carlos Wagner es sumamente torpe (y con todo, no consigue hundir la obra debido a su calidad), y aunque consigue mantener una cierta belleza estética y aires exóticos, lo cierto es que todas esas virtudes se caen en poco tiempo: los homenajes al cine mudo, aunque pretenden poner en claro la historia, la desvelan demasiado, no permitiendo la sorpresa y sacudida emocional del público al realizar determinados descubrimientos dramáticos; los movimientos en escena son en su mayoría falsos, liosos o poco afortunados; y, para colmo, la escenografía, que al principio gusta y fascina, no mucho después, acaba por resultar anodina de tanto tenerla delante, sin mencionar, que de ningún modo consigue hacer que nos creamos (más bien tratamos de adivinar) los cambios de espacio narrativo que plantea con las subidas y bajadas de determinados elementos escénicos, produciendo la consiguiente confusión en el espectador; si a eso le sumamos un vestuario reciclado que ya estamos más que hartos de ver… pues imagínate (una vez más, para variar, la historia se desarrolla en los 50 o 60 del pasado siglo… no sé de quién será la culpa, o qué pasa, si es que el teatro no da dinero para vestuario o todos los directores de escena están obsesionados con esa época, pero, lo cierto es que, desgraciadamente, y da igual qué obra se escenifique en este coliseo, ya sea de época barroca, del XIX, del XX o de cualquier momento, e independientemente dónde se situe la acción dramática, al final, la puesta en escena siempre se desarrolla, cansinamente, a mediados del siglo XX… qué aburrimiento por Dios).

Con todo, y a pesar de todo, reconozco que el resultado final de la puesta en escena tiene un cierto valor estético y, que al menos, no es demasiado estorbo para apreciar la obra original (como demasiado a menudo pasa).

El diseño de iluminación, por su parte, hace auténticos hallazgos, muy especialmente en determinados momentos, transformado la sala del teatro en un auténtico paraje tropical.

La coreografía cumple su función, pero no demuestra talento, organicidad ni naturalidad… simplemente está ahí. No se revela como inteligente o tiene buenas ideas para combinar el movimiento y la parte física de ambas culturas… y es una pena, pues debido a las características del proyecto, suponía toda una oportunidad profesional para crear algo nuevo o al menos digno de ser recordado, pero, no ha sido posible.

En lo que respecta a la orquesta, bajo la dirección musical de Óliver Díaz, aunque incuestionablemente hacen muy bien su parte, del mismo modo también está fuera de cuestión que lo hace de modo egoísta, ignorando lo que pasa encima del escenario, van por libre… sí, la orquesta suena maravillosa, y el director ovetense verdaderamente consigue captar y expresar la fuerza y pasión de los ritmos latinos… pero no lo hace al servicio de la historia, sino de la música (o de sí mismo), no narra, da un concierto, parece que dirige una suite de “Cecilia Valdés”; la mejor prueba de todo ello es que la orquesta, en los escasos momentos en los que debería de estar funcionando como banda sonora de fondo para los diálogos, se enfrenta a ellos y los tapa con todo descaro, como reivindicado su presencia y exigiendo la atención del espectador, forzandole a elegir entre la música o la historia; cosa que, en teatro musical, es del todo punto inadmisible.

Gran trabajo por parte del coro.

Respecto al reparto artístico (yo vi el primero y de ese hablo) creo que pudo haber sido mejor elegido, así, aunque hay cubanos, me faltan más… veía demasiados españoles, o, peor, demasiados acentos neutros o castellanos y sin los modismos típicos de la isla (lo cual, a veces, llega a resultar un tanto ridículo); y, en cualquier caso, aunque vi buenos cantantes, no vi a ningún buen actor sobre la escena (crítica que es especialmente despiadada cuando, efectivamente, no todos eran cantantes), tampoco es todo culpa suya, como ya he dicho, la dirección de escena de Carlos Wagner no se lo facilita nada y les está poniendo zancadillas continuas a la hora de hacer verosímil o de naturalizar cualquier acción. Por lo demás, en mi función, los más aplaudidos fueron los protagonistas.

En definitiva, no falta quien califica el estreno de “Cecilia Valdés” como hecho histórico… y no me gustaría que fuese así, pues un hecho histórico es algo excepcional y aislado, y yo espero y deseo que esto sea el comienzo de algo (que ya he descrito ampliamente párrafos arriba)… sea como sea, sin duda alguna, “Cecilia Valdés” es una de las excepcionalidades de la cartelera teatral madrileña en este momento, un imprescindible para todo melómano y para todo aquel con un mínimo de inquietud cultural o que, simplemente, quiera disfrutar de una velada con calidad en el teatro.

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Cosas que me fascinan

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Todos tenemos nuestros intereses particulares, nuestras manías o cosas que nos fascinan sin saber necesariamente muy bien porqué (bueno, en realidad, mucha gente ni siquiera es consciente, se conoce lo suficientemente bien, o quiere reconocer que tiene una fijación concreta con algo), todo lo cual, de algún modo, ayuda a configurar nuestra personalidad y gustos.

A continuación, comento algunas de las mías, que he acabado por reconocer, porque son características que puedo encontrar en muchas cosas que me gustan y que, no sería arriesgado decir que bien podrían definir porque me agradan o ayudan a que eso sea así.

Por otra parte, como es lógico (y como es todo el blog) este artículo es permanentemente ampliable, especialmente cuando vaya cayendo en otras cosas que me fascinen o con las que tenga fijación y de las que me dé cuenta:

 

-El decadentismo

O como siempre me ha fascinado el concepto de la decadencia… no sé bien porqué (siempre es difícil saberlo), tal vez por el romanticismo y belleza que tienen las ruinas de algo que quedó atrás, o tal vez por la perfecta consciencia de que, para decaer, siempre hay que llegar a un punto álgido, y es que sólo se habla de decadencia cuando se ha llegado a lo más alto, lo cual siempre tiene un innegable mérito.

Tal vez esta fascinación también tiene mucho que ver con el tan humano y desesperado deseo de inmortalidad, y de evitar ver lo efímero que es todo, que cada cosa tiene un tiempo marcado inevitable. Sí, porque la decadencia implica ser consciente de que algo que aparentemente ha existido siempre (o nos ha acompañado durante toda nuestra vida), que parecía que duraría eternamente, de repente se descubre como una invención mortal, y por tanto, también sujeta a sus mismas limitaciones… y la decadencia siempre son los últimos coletazos (más o menos gloriosos) de algo, es una muerte lenta (no hay decadentismos rápidos) y a menudo dolorosa, una agonía larga… lo que implica el valor de resistir, el intentar sobreponerse, la pretensión de supervivencia, algo que siempre es muy valorable, y resulta admirable incluso (o especialmente) cuando todo está perdido… en cualquier caso, tiene un gran romanticismo.

O quizás mi fijación con este tema pueda tener que ver con que la decadencia siempre implica nostalgia, que no es un recuerdo verdadero, sino idealizado, de un tiempo que jamás volverá, y como eso no va a suceder, puede soñarse con gusto y libre albedrío, pues no existe una realidad implacable para contrastar, es decir, uno puede quedarse alegremente con lo bueno y olvidar lo malo (es decir, no recordar cuales fueron las auténticas causas de esa decadencia, que a menudo fueron justificadas).

En todo caso, me he dado cuenta de mi interés por este tema porque, durante toda mi vida, cuando veía algo bello o sabía de una institución, clase social, forma de estado histórica… etc, que había sido muy importante o poderosa, y a pesar de todo ello, había desaparecido, siempre me preguntaba: ¿por qué terminó?, ¿cómo pudo desaparecer algo así?, ¿cómo pudo ser que algo que había sido tan grande, que aparentemente funcionaba, terminara desapareciendo?… en realidad, si lo pienso, siempre me han fascinado más las decadencias que los ascensos y los momentos de gloria… estos dos últimos son relativamente predecibles y les falta el encanto de un verdadero drama, que los momentos de declive siempre poseen… tal vez ese sea otro de las razones por las que el decadentismo me fascina.

 

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-La dualidad

Es decir, la capacidad de un mismo ente de ser dos cosas al mismo tiempo, preferiblemente (y casi siempre), absolutamente opuestas o contrarias (ejemplos: los ángeles -son un mismo ser, con la misma composición… pero sólo pueden ser la bondad o la maldad absoluta-; el dios hinduista Shiva -con la capacidad de la creación, pero también la de la destrucción; su danza es lo más hermoso que se pueda ver jamás… pero si la concluye, destruye el mundo).

¿Cómo es posible que un mismo ser sea, al mismo tiempo, dos cosas diametralmente opuestas?, sin embargo, puede suceder y ello le da una especial interés a su personalidad (si lo analizáramos desde un punto de vista narrativo, sería un personaje especialmente rico por la cantidad de aristas y contradicciones que produciría); lo cierto es que las personas más normales son capaces de los actos más extraordinarios; y tantas veces somos sorprendidos (generalmente para mal) por personas que realizan cosas que nunca les hubiésemos imaginado….

Pero eso anterior es más bien lo vulgar, a mí me fascina más cuando se trata de algo no humano (incluso una ciudad, que sea a la vez opulenta y decadente, o bella y a la vez terrible… como Nápoles), cuando un mismo ser reúne unas características que por su naturaleza no debieran darse en la misma cosa, ser capaz de lo uno, pero también de lo otro, con la misma, sorprendente y paradójica facilidad.

Tal vez esto me fascina porque yo mismo soy una persona contradictoria (y eso siempre implica un cierto grado de dualidad): con ideas conservadoras y otras progresistas, metódico pero a la vez muy libre, caótico pero sumamente organizado… y todo ello mezclado, hábilmente… o tal vez lo que pasa con estas fascinaciones, es que intentamos explicar lo que hay en nuestro interior, por medio de las cosas que vemos en el exterior, ¿quién lo sabe?.

O tal vez me interese esta cuestión por lo ya mencionado, el importante componente narrativo y dramático que siempre poseerá la dualidad, pues es capaz de crear personajes realmente complejos e interesantes.

 

-Lo enigmático

Aquí he de hacer una diferencia, como persona me encanta ser enigmático, me divierte muchísimo jugar a ser misterioso aún sin razones para ello (lo que coloquialmente se suele entender como “hacerse el interesante”, aunque no exactamente, puesto que para eso hay que tener un objetivo claro, cosa que yo no tengo) hasta puntos increíbles (quizás también, porque es una manera de estar más protegido, para que mentir), disfruto muchísimo jugando, utilizando el condicional, usando el “podría ser… pero también podría ser esto otro”… prueba de ello es también este blog.

Puede que esto forme parte de mi personalidad desde siempre… o puede que lo haya aprendido en los muchos años que pasé en Galicia (donde la indefinición y la ambigüedad es una característica común)… o volviendo a las teorías narrativas, tal vez sea porque, un personaje o un argumento que es totalmente claro y cristalino, carece total y absolutamente de interés.

Ahora bien, si me gusta lo enigmático en mí mismo (lo que no significa en absoluto que no sea honesto y sincero)… ¡no lo soporto en los otros! (quizás me lo tomo como un privilegio y prebenda personal), a los que siempre les exijo las cosas claras y el chocolate espeso, pues siempre tengo la necesidad de saber qué es exactamente lo que piensan, sienten de verdad… y en definitiva, que les pasa realmente por la cabeza.

Pero en lo anterior, existe la notoria excepción del arte y la historia, dónde la leyenda, el misterio, y la pregunta abierta del que pudo pasar, o las varias posibilidades del cómo pudo haber sido, siempre me fascinan y las exploro todas una por una. En este caso, las probabilidades abiertas, me resultan sumamente interesantes, puesto que te dan la libertad de completar la historia más a tu gusto, pues el enigma permite una libertad que la verdad, siempre absoluta e implacable, no deja… quizás precisamente por ello, yo, una persona libre por naturaleza, me siento más cómodo con lo enigmático, que siempre da más permisividades

 

En fin, ¡tal vez coincidáis conmigo en alguna de mis fascinaciones!, en cualquier caso, no dudéis en comentar cuales son vuestros intereses, manías y fijaciones varias (recordad en cualquier caso que no hablo de simples gustos, hablo de algo más profundo, lo que se podría calificar como el origen de los gustos)… pensadlo un poco, que seguro que las tenéis, ¡y el autoconocimiento siempre es interesante y una ayuda!… de hecho, puede que hagáis un descubrimiento inesperado ahora mismo… pero al tema, ¿qué fascinaciones permanentes albergáis en el fondo de vuestro ser?.

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ACTUALIZACIÓN: XXVI Ciclo de Lied en el Teatro de la Zarzuela

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Anastasia

Sí fue un sueño… pero un hermoso sueño, o, encuentra el camino, Anastasia

Sinopsis y ficha técnica

“Anastasia” es un musical basado en la película de animación de Fox (ahora propiedad de Disney) de 1997, con libreto de Terrence McNally, música de Stephen Flaherty y letras de Lynn Ahrens.

Tras un periodo de prueba en Hartford, el espectáculo se estrenó en 2017 en el Broadhurst Theatre de Broadway y fue nominado a dos premios Tony.

Una gran producción con una espectacular puesta en escena, que incluye las dos famosas canciones de la película, “Journey to thePast” y “Once Upon a December”.

Madrid será la primera ciudad europea donde se estrene este musical que triunfa actualmente en Broadway, donde ha recibido grandes críticas. The Wall Street Journal, The New York Times o Variety, entre otros medios, han aplaudido la calidad de esta gran producción que llega al teatro Coliseum, en la Gran Vía de Madrid el 4 de octubre.

Jana Gómez es Anya – Anastasia
Iñigo Etayo es Dimitry
Javier Navares es Vlad
Silvia Luchetti es Lily
Carlos Salgado es Gleb
Ángels Jiménez es La Emperatriz
José Navar es Cover de Vlad

Andrea Currello Cantante, Cover de Condesa Lily y de Emperatriz Viuda
Diego Rodríguez Cantante, Cover de Dimitry y Gleb
Juan Bey Cantante y Cover de Vlad
Marc Flynn Cantante y Cover de Dimitry
María Arévalo Cantante y Cover de Anya
Marta Malone Cantante y Cover de Emperatriz Viuda
Rafael Granados Cantante y Cover de Gleb
Xènia García Cantante, Cover de Anya y de Condesa Lily

Jaime Soriano Bailarín y Dance Captain
Alberto Escobar Bailarín
Anna Coll Bailarina
Antonio Fago Bailarín
Esteban Verona Bailarín
Morena Visci Bailarina
Paula Arévalo Bailarina
Pep Guillem Bailarín
Rosa Planchart Bailarina
Vivec Llera Bailarina

Dirección: Darko Tresnjak
Producción Stage Entertainment España
Libreto: Terrence McNally
Traducción Libreto: Zenón Recalde
Letras: Lynn Ahren
Traducción de letras: Roger Peña
Musica original: Stephen Flaghert
Orquestaciones: Doug Besternan
Coreografía: Peggy Hickey
Escenografía: Alexander Dodge
Vestuario: Linda Cho
Iluminación: Donald Holder
Sonido: Peter Hylenski
Peluquería: Charles G Lapointe
Proyecciones: Aaron Rhyne
Supervisor Musical Original:  Tom Murray
Arreglos Vocales: Stephen Flaherty
Arreglos Coreografías: David Chase

 

Comentario previo

Bueno… desde que fui a este musical supe que, a la hora de escribir el artículo que incluiría la crítica, esta me iba a dar mucho trabajo, básicamente porque hay tantos temas paralelos y transversales interesantísimos que quiero tratar… de modo que me va a salir uno de esos artículos míos larguísimos pero, probablemente, también interesantísimos… o eso quiero creer.

Por otro lado, me alegra publicarlo ahora, pues, al igual que la película y la canción, mi crítica podrá ser leída “Una vez, en diciembre…”.

Así pues, paso a abordar los siguientes temas:

 

Cuestiones personales:

Al contrario que para muchos, “Anastasia” no fue la primera película con la que conocí Don Bluth (en su etapa independiente fuera de Disney, obviamente), fue precisamente una familiar quien, para hacerme ver que había cine de animación de calidad más allá de Disney, me regaló “Pulgarcita” (un excelente filme de la Warner, hoy, injustamente, bastante olvidado)… si esto hubiera pasado hoy día, me hubiera faltado tiempo para investigar a Bluth de arriba a abajo y profundizar en su filmografía… pero sucedió en los tiempos del VHS, en esa primera época del entretenimiento doméstico (parecida a cuando salieron los primeros registros sonoros) en la que poseer una cinta ya era un lujazo, una colección videográfica una excepción (y de hecho, superados los prejuicios, comenzaba a adquirir un prestigio parecido al de tener una buena biblioteca)… en cualquier caso, y a pesar de que se haya dicho mucho que hubo un altísimo porcentaje de mercado pirata en este sistema, yo francamente, nunca lo llegué a conocer; es más, lo que recuerdo de esta época, y más en contraste con la actual, es que la información, la cultura, comenzaba a circular, pero circulaba lo justo… es decir, que no es como hoy que, con cierta (y muchas veces asombrosa) facilidad podemos conseguir cualquier tipo de documento de nuestro interés.

Así pues, “Pulgarcita” me pareció en su momento la excepción que confirmaba la regla, pero cuando conocí “Anastasia”, precisamente gracias a esa misma familiar, me di cuenta de que aquello daba más de sí, y que era posible que hubiera más excepciones de las que imaginaba… como ya digo, por desgracia, no tuve la oportunidad de ir más allá porque no era una época en la que fuese fácil acceder a la información y menos dónde vivía en aquel tiempo.

Con todo, si en un pasado me había fascinado la revolución francesa, esta película prendió la llama de mi interés sobre la rusa, y fue gracias a ella que me puse a investigarla profundamente, y a dejarme fascinar por la decadencia del zarismo, la crueldad y espíritu vengativo revolucionario, el cómo se destruyó un legado de siglos (el propio principio de la película no podría ser más atrayente: “hubo una vez una época, no hace demasiado tiempo, en el que vivíamos en una edad dorada… de grandes palacios, grandes fiestas… corría el año 1904, y mi hijo, Nicolás, era el zar de la Rusia imperial. Celebrábamos el tricentenario de nuestra dinastía (…) tantas vidas fueron destrozadas aquella noche… lo que siempre existió, desapareció para siempre…”), los personajes que pulularon por su fin… sí, el arte, y el cine muy concretamente, muchas veces tiene la virtud (aunque le falte exactitud, pues al fin al cabo es ficción) de crear el interés por otras cosas y llevarnos a ellas, y eso siempre es bueno. Y por supuesto por el fascinante misterio histórico, que siempre tiene encanto, de si sobrevivió alguien… quizás, porque te hace sentir como que estás intentando desentrañar algo, siendo realista (y más con los medios que tenía) sabía que nunca lo conseguiría, pero, siempre disfrutas averiguando más.

Así pues, la película de “Anastasia” tenía demasiados factores para gustarme: su delicioso decadentismo, su misterio, el ser un musical o enlazar con la mejor tradición de princesas Disney… la hicieron convertirse en una película icónica para mí.

Bueno, no sólo para mí, porque uno de los mayores halagos que se pueden decir de “Anastasia” es que mucha gente está convencida de que fue producida por Disney, su calidad es tal que la confunden con una de las producciones de la época dorada de la compañía… hoy día, con la compra de la Fox por parte de esta, pues ya es así, pero, en su momento, era una película de otra empresa, un intento por hacerse con algo del rico pastel del cine de animación que ya había dejado su decadencia atrás. En fin, miremos la parte positiva: quizás próximamente veamos paseando por los parques de Disneyland, tal y como ya lo hace la Princesa Leia, a la Princesa Anastasia, y tal vez, incluso a Los Simpson (aunque sí, hasta yo empiezo a preguntarme si el poder de la compañía del ratón Mickey no será demasiado).

 

La Gran Duquesa Anastasia, Anna Anderson… y demás: 

La mayoría de la gente asocia la revolución rusa al comunismo, es decir, cayeron los zares, y hala, marxismo. No fue así. En ciertos aspectos (también fue casi dos siglos más tarde) la revolución rusa fue más compleja que la francesa, pues de hecho, realmente, la constituyeron dos revoluciones: la de febrero, en la que cayó el zarismo (pero era una revolución burguesa, republicana) y la de octubre, en la que se alzó el comunismo.

Lo primero que debemos comprender de la historia de Rusia, es que, si la analizamos, siempre fueron un siglo por detrás de lo que pasaba en el resto de Europa. Si eso es bueno o malo no me meto, cada país y cada cultura tiene sus particularismos, necesidades y no hay que juzgar o pensar que sólo porque algo te vaya bien a ti, a los demás tiene que irles también. Pero el hecho es que a principios del siglo XX, el Imperio ruso seguía siendo una monarquía absoluta, posiblemente de las que retenía más poderes en Europa (Austria también lo era, por ejemplo).

Para entender la caída del zarismo, debemos entender que, si el XIX fue la época de formación de imperios (especialmente coloniales), estos fueron cayendo a lo largo del siglo siguiente, a medida que las ideas nacionalistas cobraban auge… Rusia era uno de esos gigantes enfermos. Tras las distintas alianzas del alemán Bismark para establecer un equilibrio europeo, se dio la llamada Belle epoque, así conocida porque fue el periodo más largo de paz en Europa… pero todo estalló brutalmente con la primera guerra mundial: en cuestión de días, y como fichas de un dominó, aquellas alianzas tan hábilmente trazadas, sólo sirvieron para que todos los países se declaran la guerra entre sí, arrastrándose unos a otros. De hecho, el Imperio ruso no estaba preparado para una guerra convencional en esa época, y mucho menos para la que acabó siendo la primera guerra mundial, que fue de todo en vez de la “guerra relámpago” que se esperaba.

Para colmo, en la familia imperial ya había problemas: Nicolás II heredó el trono muy joven, y con motivo de su coronación, se produjo la tragedia de Jodynka (una celebración pública, llevada a cabo con toda la buena intención del mundo, que acabó en un caos durante el cual murieron y resultaron heridas varias personas) que parecía ser un adelanto de la inevitable mala suerte que sacudiría su vida y su reinado y que todas sus buenas intenciones no podrían evitar… sí, llegaría a celebrar el tricentenario de su dinastía (falso por otra parte, tecnicamente la dinastía de los Romanov había cambiado hace mucho, pero siempre se mantuvo el apellido, como en otros países como Mónaco), pero sería el gran último festejo del zarismo, su canto de cisne. Por si las cuestiones políticas fueran pocas (y no lo fueron) en el seno de la Familia Imperial existía un gran y peligroso secreto, la Zarina Alejandra, alemana de origen y directa descendiente de la Reina Victoria, había heredado de esta la enfermedad de la hemofilia, que las mujeres sólo pueden traspasar, con resultados mortales, a sus hijos varones, así, el Zarevich, el heredero de todas las Rusias, padecía una enfermedad que provocaba que, cada vez que la sangre no coagulase, y, por tanto, la más mínima herida era mortal (esto también pasó en España y fue una de las razones que destruyó el matrimonio de Alfonso XIII y Victoria Eugenia; si a ellos esta cuestión los separó, en cambio a los zares los unió más); debido a esto, la zarina había buscado y confiado en los personajes más variados… el último de ellos fue el más peligroso: Rasputín, al que ella quiso mantener a toda costa a su lado, incluso a pesar del descrédito de su reputación y de la propia monarquía, convencida como estaba de que sólo él conseguiría salvar a su hijo. Cuando el vil sacerdote fue asesinado por miembros de su propia familia, previamente, este le envío una carta advirtiéndole de que si esto pasaba, ella y toda su familia morirían. El fatal augurio se cumpliría.

El resto ya es historia: la gran guerra deja exhausto al zarismo, Nicolás II excluye de la sucesión a su hijo (por las razones que ya imaginaréis, también excluyó a sus hijas, aunque las mujeres podían reinar en Rusia, de hecho, algunas de sus  monarcas más prestigiosas fueron mujeres) prefiriendo abdicar en su hermano el Gran Duque Miguel que rechaza la sucesión debido a las presiones… y mientras todo esto pasa, se acaba produciendo la revolución de febrero y se proclama la república. La situación de la Familia Imperial cada vez se vuelve más complicada, y cambian su residencia continuamente, entre otros sitios a la terrible Siberia; son un problema, una incomodidad, no se sabe muy bien qué hacer con ellos (llegaron a valorar marcharse a Inglaterra, de quienes eran familiares, pero este país prefirió no acogerlos. Alfonso XIII de España, en cambio, intentó salvarlos, como a tantas otras víctimas de la guerra, mediante su Oficina de la guerra Europea). El nuevo gobernante, Kerensky (que hasta valoró autonombrarse zar), sin embargo, está decidido a mantener la credibilidad de Rusia y sigue en la sangrienta guerra mundial… facilitando la revolución de octubre, y la llegada del comunismo.

Y la Familia Imperial experimenta su último traslado, a Ekaterimburgo, y las últimas humillaciones. No durarán demasiado. Nadie está seguro de quién dio la orden (aunque la mayoría de los historiadores sostienen que efectivamente fue Lenin) o de si estas personas actuaron por su cuenta y riesgo, teniendo en cuenta la cada vez mayor proximidad y poder del ejército blanco (rusos monárquicos); pero el hecho incuestionable es que un día, se anuncia a la antigua Familia Imperial que deben bajar al sótano para hacerse una fotografía; según lo han hecho y se han colocado, los únicos artefactos que ven aparecer no son para sacar fotos, sino balas, y los proyectiles de las mortíferas armas impactan sin previo aviso en los antiguos monarcas y en sus hijos, menores de edad, niños.

Y a partir de ahí nace la leyenda, ¿qué pasó realmente? hay quien asegura que su muerte no llegó o fue más dolorosa precisamente porque llevaban cosidas joyas a la ropa (a esas alturas considero muy inverosímil que las conservaran y que no se las hubieran encontrado en algún registro). Sus tumbas tardaron mucho en encontrarse, los asesinos, para evitar que sus cuerpos fuesen jamás encontrados u objeto de veneración, los rociaron con acido sulfúrico. Y dos de los cuerpos, en concreto, durante mucho tiempo no aparecieron: los del zarevich Alexis y los de la Gran Duquesa Anastasia… ya tenemos más material para la leyenda.

Pero, ¿por qué se centra toda la leyenda en la hija menor de los Zares, la que menos posibilidades tenía de heredar el trono? bueno, la cosa parece bien fácil de entender, suena improbabilísimo que el Zarevich, con su enfermedad, pudiese sobrevivir… así que, ahí surge la leyenda: una niñita, unas balas que no la terminan de matar pero la dejan inconsciente, un bolchevique que se apiada, una Gran Duquesa que escapa… ¡y ya lo tenemos todo montado para una historia o cuento encantador!.

Como sucedió tras la revolución francesa (en este caso con el hijo de Luis XVI, Luis XVII, candidatura a la que se llegó a presentar hasta… ¡un niño indio!), tras el asesinato de los soberanos, pronto empezaron a surgir rumores de supervivencia de algún familiar, y mayoritariamente de la Gran Duquesa Anastasia. Hubo muchas candidatas a tal puesto, pero, sin duda alguna, la que más destacó y pasó a la historia (la prueba de ello es que, en última instancia, muy libremente o incluso indirectamente, el musical del que hago la crítica se basa en ella) fue Anna Anderson, ¿pero quién fue esta mujer?, ¿una pobre trastornada, hábilmente inducida por un exmilitar para creer que realmente ella era la hija del último Zar?, ¿o tal vez la única y traumada superviviente de la Familia Imperial?… el debate, que incluyó litigios legales varios y una autobiografía titulada “Yo soy Anastasia”, duró años (cuatro décadas, ya solamente, en tribunales alemanes)… no era para menos, todo el mundo se contradecía, unos decían que era ella y otros no… ahora bien, ¿era todo desinterés también por parte de los que podrían haberla reconocido?… al fin y al cabo, supuestamente, los Zares habrían dejado una cuantiosa cuenta en el Banco de Inglaterra a nombre de sus hijos, privando a otros familiares de la suculenta herencia, y ya se sabe que “el muerto al hollo y el vivo al bollo”… y desde luego no faltaron rusos ilustres que la apoyaron (moral y económicamente) y la creyeron… incluso hoy día, y con todas las declaraciones posteriores, la cosa sigue siendo contradictoria y un misterio; aún diré más, hasta con los avances científicos actuales, también las pruebas de ADN hechas han sido cuestionadas, y se encuentran puntos para dudar de su autenticidad (no es para menos: ¿son esos los verdaderos cuerpos de los zares -o más bien, lo que apenas queda de ellos-?, hasta que punto se tiene un resto fiable de Anderson cuando fue incinerada el mismo día que murió?… etc).

Dejando de lado las cuestiones legendarias o si la Gran Duquesa Anastasia o alguien sobrevivió; lo que sí es verdad y seguro, es que la Iglesia ortodoxa rusa acabó canonizando a toda la Familia Imperial rusa y considerándolos mártires por la fe, es más, no es nada difícil encontrar, y adquirir, imágenes de ellos representados como santos (incluso en Madrid).

Y ello resulta especialmente curioso, puesto que, realmente, Rusia ha conseguido reconciliarse curiosamente bien con su pasado (algo que, particularmente, sólo no logramos en España), aunque ya lo había hecho durante el comunismo, incluso durante el periodo Stalinista, sólo hay que ver las creaciones de Eisenstein de “Ivan el terrible”; y fue en la etapa de Yelstin cuando, con gran ceremonia, se enterraron los restos de los Romanov en el panteón de la familia (la iglesia de san Pablo y san Pedro) en San Petesburgo… cierto, no hay grandes posibilidades de restauración monárquica de los Romanov, y muchos rusos reconocen que, verdaderamente, en Rusia sigue sin haber democracia, y que quizás tampoco la buscan o necesitan porque prefieren un gobierno y un líder fuerte que sepa mantener tan desmesurado territorio… pero también es cierto que están lejos de ver el periodo zarista como algo malo (tampoco el comunismo, ¡ojo!, que tal vez Stalin ya no estará en la Plaza roja de Moscú, pero la momia de Lenin ahí sigue, y las estrellitas rojas no se han quitado), es una parte muy importante de su historia, y reconocen sus grandes hitos y monarcas… y en lo que respecta al resto del mundo, bueno, es evidente que los Romanov siguen causando fascinación, sólo hay que echar una ojeada a internet para ver como hay gente que está totalmente fascinada con ellos.

Respecto a los que quedan en la actualidad… bueno, cumplieron el deseo de Alfonso XIII de venirse a España, dónde en la actualidad residen… y, como en la mayoría de las monarquías exiliadas, hay un debate sobre quién es el legítimo pretendiente a un trono, paradójicamente, al menos en este momento, inexistente. En este caso, la discusión se centra en dos ramas, una descendiente de Alejandro II, y representada en la actualidad por María Vladímirovna Románova (que suele utilizar el título de “Gran Duquesa”, o, directamente, el de “Emperatriz y autócrata de todas las Rusias”) y otra de Nicolás I, que hoy día, no he conseguido averiguar por quién estaría representada, puesto que sus dos cabecillas más importantes han muerto, pero que publicitaron sus actividades a través del sonoro nombre de “Asociación de la familia Romanov”. La pretensión más seria, reconocida (por el propio patriarca ortodoxo de Moscú y por tanto de toda Rusia) y aparentemente con más fundamento, sería la primera de ellas, pues sería la sucesión más lógica… pero la segunda rama les debate, entre otras cosas, los coqueteos de uno de sus ascendientes con los revolucionarios (como curiosamente, también pasó en Francia, cosa que, llamativamente, no le impidió al, en su momento, Conde de Provenza, alcanzar el trono como Luis XVIII), lo que privaría a todos sus descendientes de la sucesión… etc… es decir, los habítuales líos de familia, bueno vale, de ese tipo de familias. Curiosamente, los segundos han conseguido que uno de sus miembros fuese el primer Romanov en casarse en Rusia tras la caída de la monarquía, y también ser invitados a la inhumación de restos de diversos familiares… curiosamente y hablando de eso mismo, María Vladímirovna Románova, cuando la última Familia Imperial asesinada fue enterrada, a pesar de ser invitada, al parecer por consejo de la Iglesia ortodoxa, declinó asistir por considerar que no era seguro que fueran ellos… por lo que se ve, que, incluso entre la familia, la leyenda sigue viva.

 

Las predecesoras directas del musical:

Podríamos hablar de precedentes, pero el musical del que haré la crítica, más que eso, tiene una serie de paternidades mayor o menormente reconocidas (curiosamente, y ello es muy destacable y habla mucho de cómo es el ser humano, en todas ellas se le concede a Anastasia el final feliz que nunca tuvo en la realidad… y ya a nivel artístico, también es curioso descubrir que todos los ejemplos que menciono fueron nominados a premios por sus bandas sonoras).

Ya he hablado de los precedentes históricos, e incluso mencionado alguno literario, pero fueron muchos los que se ocuparon de contar esta historia y hacer que interesara… por lo cual, no tardó en llegar a la pantalla. Estos son los casos que considero más importantes en lo que refiere a la cuestión principal de este artículo:

-“Anastasia” (1956): supuso el perdón de Hollywood para Ingrid Bergman (en sus propias palabras “en Hollywood pasé de santa a puta y luego de puta a santa otra vez”, refiriéndose a su idilio amoroso italiano con Rosellini), que volvía a consagrarse como estrella y gran actriz, al concedérsele un nuevo Oscar por este papel. Ojo, que también lo merecía: su interpretación plasma, con mucha seguridad, quién y cómo fue Anna Anderson (esta murió en los años 80, con lo que estaba viva cuando se estrenó, y de hecho, vivió durante muchos años en EEUU -es más, murió allí-, aunque no precisamente cuando salió este filme) o tal vez la impresión que causaba y por qué pudo resultar tan desconcertante… pero, por supuesto, el filme prefiere dejar muchos cabos abiertos, cosa que Bergman se encarga de interpretar brillantemente dando vida a una chica permanentemente perdida, trastornada, confusa.

Sin embargo, la actriz es de lo poco salvable (el guión es poco o nada consistente y la dirección más bien torpe) de esta cinta basada en una exitosa obra de teatro… pero paradójicamente, esta película del Hollywood clásico es la ascendiente directa de la película de animación, que sigue prácticamente sus mismos pasos (no sólo en el guión, sino incluso estéticamente), pero mejorándola y corrigiéndola hasta convertirse en una obra maestra transformándola en un musical… sin embargo, y a pesar de la incuestionable mejora, ello lleva a que sea fácil preguntarse, ¿por qué el cine de animación podrá plagiar (pues no es el único caso) libremente y ser librado de tal acusación? es un misterio.

-“Nicolás y Alejandra” (1971): no se puede hablar de los últimos Zares, del final del regimen monárquico en Rusia y de cómo este ha sido reflejado en el arte sin mencionar esta excelente obra maestra, que de hecho, fue nominada a seis oscars (mejor película y actriz entre ellos), ganando dos. Muy larga, como todas las grandes superproducciones clásicas que daban los últimos coletazos, exhibiendo la suntuosidad (tan propia de la decadencia) de una forma de hacer cine que agonizaba; nos cuenta exhaustivamente la biografía de los últimos zares. Dado que el final sucede, sin más, en el famoso sótano, no se mete en la pregunta de si alguien sobrevivió o no… pero a la vez, deja la cuestión abierta, pues lo dicho, el filme se interrumpe en ese preciso momento de disparos y gritos.

Contó con lo mejor de lo mejor del cine británico (Lawrence Olivier incluido); y fue rodada mayoritariamente en Madrid (lo sé, a veces uno se pregunta que extrañas ligazones nos enlazan con Rusia… esta película hecha aquí, los Romanov también viven aquí…), de hecho, los palacios que aparecen, son en su mayoría los de Patrimonio Nacional (es decir, los de la Corona española, yo en particular recuerdo ver los exteriores del Palacio Real, del de Aranjuez y sus jardines…) aunque también aparece la Estación de las Delicias (hoy Museo del Ferrocarril, que, por otro lado, sigue prestándose con mucha frecuencia a rodajes de época).

-“Anastasia” (1997): y llegamos a la obra clave, la obra maestra que ha permitido que pueda escribir este artículo y la crítica posterior del musical.

En los años 90, Disney salía de la crisis en la que se había encallado desde la muerte de su fundador en los años 60, gracias a un cambio de timón… pero para ese momento, ya varios artistas de nivel se habían marchado debido a múltiples razones. Don Bluth (y su eterno colaborador, Gary Goldman) era uno de ellos; había aprendido el oficio en los 70, y ahora quería volar solo… de hecho, lo intentó muchas veces como independiente, prueba de ello, es que muchas de sus películas fueron financiadas o distribuidas por distintos estudios (Metro, Fox, Warner…).

El caso es que, para el momento en que se estrena “Anastasia”, Disney está en la cresta de la ola, ha estrenado obras maestras o triunfos año tras año: La Bella y la Bestia, La sirenita o Aladdín son de esa época… y la Fox quiere parte del pastel, así que confía en Bluth para realizar “Anastasia”… y el resto ya es historia. Sólo comentar, no obstante, que el reparto de voces original fue verdaderamente impresionante, toda una colección de estrellas de cine, televisión, e incluso teatro, como Meg Ryan, John Cusack, Kelsey Grammer, Christopher Lloyd, Hank Azaria, Bernadette Peters o Angela Lansbury

Destacar sin embargo que “Anastasia” consiguió el éxito a pesar de que compitió contra un rival titánico (nunca mejor dicho) y para nada despreciable: “Hércules” de Disney, que una vez más, contaba con la banda sonora del genio, del segundo compositor más oscarizado de la historia, Alan Menken (pese a todo, ninguno de ambos filmes de animación obtuvo el galardón -fue el año de “Titanic”-, pero “Anastasia” fue nominada tanto por banda sonora como por canción).

Pero después del ascenso, llegó la caída… y esta fue brutal: la siguiente apuesta de Bluth para fue “Titan A.E.”, un colosal (y justificable) fracaso que hundió definitivamente los Fox animation studios, y que a punto estuvo de destruir también la carrera del animador… o quizás sí lo hizo, porque este desistió durante mucho tiempo de volver a hacer filmes y prefirió centrarse en los videojuegos, pero esa, ya es otra historia… quien sabe si con final feliz, pues las últimas noticias que tengo de él fue que ha intentado un micromecenazgo para hacer un nuevo filme y devolver al cine de animación al lugar que nunca debió perder… ojalá lo consiga.

 

En cualquier caso, lo que está claro, es que la película de animación de 1997 ha tenido la suficiente repercusión como para que, más de una década después, en 2012, la productora holandesa Stage entertainment, que más de una vez ha traído a España los éxitos broadwayescos de Disney (cuyo triunfo, una vez más, también quiere ser emulado por otros), haya decidido apostar por el filme de la Princesa de la Fox (que ahora quizás sea integrada con las demás de Disney) para un nuevo musical. Para ello se recuperó a los compositores de las canciones de la película original (la banda sonora había estado a cargo del muy eficaz David Newman) Stephen Flaherty y Lynn Ahrens. Como curiosidad extra, decir que, en las primeras lecturas y pruebas varias, Angela Lansbury volvió a retomar el papel que ya había doblado de la Emperatriz viuda… pero nunca llegó a Broadway.

A continuación, el proyecto avanza, evoluciona, pasa el tiempo y tras el preceptivo estreno de prueba fuera de Nueva York, se estrena en esa ciudad en 2017. La producción no gana ningún premio importante pero sí es nominada (aunque, también lo digo, generalmente, en pocas categorías importantes).

Y alguna especial confianza debe tener Stage Entertaiment en Madrid (aunque sólo sea como ciudad de prueba) para que decida que esta debe ser la primera ciudad en Europa en la que se estrene su zarista apuesta; para ello, escoge a uno de los nuevos templos de los musicales por excelencia, el Teatro Coliseum. Y aparentemente no les ha ido mal, la versión musical de “Anastasia” ya está en su segunda temporada (algo que no es fácil de conseguir en Madrid) y les fue muy bien en los Premios del teatro musical… aunque los Max los ignoraron por completo.

En definitiva, un musical teatral con sus luces y sus sombras, pero eso ya es tema a analizar en la…

 

 

Crítica

La primera y muy importante advertencia que hay que lanzar a todo el que se plantee acudir a este musical por que le ha encantado la película… es que han cambiado muchísimas cosas, y se podría decir que la obra está más basada o inspirada en el filme, que que sea una traslación de este al escenario (como suelen hacer las producciones Disney, con mejores o peores resultados)… y cuando hablo de cambios, me refiero en todos los aspectos: desde el argumento a las canciones (pocas han quedado tal cual, y casi ninguna en su lugar original en la película), pasando por el vestuario, la estética en general e incluso los personajes… al fin y al cabo, han pasado 20 años, y los creadores del musical buscaron (o más bien intentaron) hacer crecer, evolucionar la película de animación.

La verdad es que, cuando yo me enteré de la existencia de este musical, rápidamente busqué la grabación de Broadway para ver cómo habían transformado la película; de modo que, para cuando llegó el día en el que la fui a ver sobre el escenario del Teatro Coliseum, yo sabía de sobra lo que me iba a encontrar: conocía totalmente las canciones (nuevas y originales con sus cambios) y sabía perfectamente cómo se había modificado el libreto y la historia… de hecho, hasta que finalmente fui, tuve un largo debate conmigo mismo acerca de si merecía la pena ir, y es que, no mentiré, cuando conseguí la grabación neoyorkina y leí el argumento y los cambios que habían hecho… en general supuso una gran decepción.

No obstante, también debo decir que la grabación broadwayesca es asombrosamente mala y experimental (algo poco habitual), vamos, que da la impresión de que se hizo antes de hacer un montón de cambios justo antes de llegar a escena, puesto que lo cierto es que faltan muchos números musicales (muy especialmente repeticiones, recitativos e instrumentales)… en definitiva, que, con todo, y aún conociendo sumamente bien lo que iba a ver, lo cierto es que viendo la obra, me llevé más de una sorpresa positiva; pues lo dicho, ni siquiera la grabación del reparto neoyorkino es fiel a lo que acaba siendo vivir la producción teatral en sí misma.

Terrence McNally, autor del libreto, consideró que la “Anastasia” de Broadway debía ser más “adulta” (a saber qué significa eso) y por tanto decidió eliminar (supuestamente con el consentimiento de los compositores) todo elemento fantástico del filme, así pues, el personaje de Rasputín (villano perfecto teniendo en cuenta lo fascinante que resulta históricamente) desaparece de cuajo.

Tambien es cierto que, si analizamos la película, los personajes van dando saltos de una secuencia animada espectacular y de grandes efectos a otra, y que a veces casi parece que el resto del argumento es una excusa para que ello pueda suceder; de hecho, si nos fijamos, realmente, es lo único que hace el personaje de Rasputín, pensadlo: el descarrilamiento del tren, la pesadilla en el barco durante la tormenta y por último, el enfrentamiento final en el puente de Alejandro… todo lo cual queda muy bien y muy emocionante en una pantalla de cine, ¿pero cómo lo pasas a teatro?, es muy difícil, no imposible, cierto, pero es innegable que cine y teatro no son el mismo medio y en este caso, es cierto que es improbable que lo que ha funcionado tan bien en un medio lo haga en el otro; así que, hasta cierto punto, sí comprendo la necesidad de McNally de hacer ciertos cambios.

Ahora bien, ha hecho demasiados y no ha conseguido aportar nada a cambio, y el mejor ejemplo de ello es precisamente el cambio del villano, de Rasputín por el comisario Gleb, así, si el monje era (como se ha comentado antes) un personaje de acción; el bolchevique simplemente se pasea y da vueltas (literal y figuradamente) por la trama sin mayor trascendencia, es más, podría eliminarsele totalmente de la obra sin mayor esfuerzo (simplemente quitando todos sus diálogos y escenas) y ni nos daríamos cuenta… ya me diréis que clase de villano potente es ese. Y no es por que no pudiera ser un buen antagonista, que podría, pero simplemente, el libretista no está a la altura para convertirlo en tal cosa.

Tampoco considero que consigan un resultado más adulto, pues, desde luego, la explicación de la revolución rusa del musical no es menos simplista que la de la película (y bastante menos emocionante, dramáticamente no funciona tan bien, sin mencionar que debieron utilizar la brillante partitura original de Newman); cierto, se introducen más críticas al sistema comunista (que queréis, la obra no deja de ser estadounidense), y se pasa el foco de Rasputín a Ekaterimburgo como momento climático y traumático… y sí, lo dicho, es más realista, no hay elemento fantástico… pero no más verosímil.

Y es que, con toda probabilidad, el gran problema de esta obra frente a la película, es que comete el fallo que no debe tener ninguna adaptación de filme a musical teatral: no aportar nada más; y lo cierto es que no lo hace, no sabemos mucho más (y los que sí, pues no aportan… el ejemplo paradigmático es la Familia Imperial, que tien más papel, pero no expresan nada más, nada nuevo) sobre los personajes (de hecho algunos directamente nos los cambian) ni se dan argumentos que no estaban presentes antes… sí vale, se introducen una serie de anécdotas o hechos históricos extras acerca de los emigrados rusos (en general, en forma de canción) pero la realidad es que no se encajan bien en la trama.

Para colmo, con tanta variación sobre el argumento original, que lógicamente tiene la obligación de mantener mínimamente (sólo faltaría), McNally no es capaz de hilarlo como es debido, quedándole un puzzle extraño en el que las piezas o no terminan de encajar o sólo lo hacen haciendo fuerza y malamente; así, si en la película original todo iba como un guante y no había un detalle que no estuviese cuidado, en el musical teatral todo son incoherencias y cabos sueltos… cierto, los que hemos visto la película antes ya sabemos qué vamos a ver, y sabemos la historia de memoria, por lo que no necesitamos más explicaciones; pero, estoy convencido de que los que vayan a ver la obra sin tener conocimiento del filme, encontrarán gazapos e incoherencias por todas partes.

No negaré que sí hay cosas interesantes en el libreto, como lo ya mencionado de la profundización en el sistema comunista ruso o convertir Ekaterimburgo en la clave de bóveda de todo; pero, como ya se ha comentado, la adaptación del libreto es tan mala, que ni siquiera consigue hacer que estas ideas inteligentes levanten el vuelo y se quedan en mera anécdota y en un pegote malamente encajado.

Desgraciadamente, todo lo anteriormente dicho se puede decir igualmente del resto de la producción, pero sigamos por partes.

Cuando oí la música de la obra, me costó verdaderamente creer que fuese hecha por Stephen Flaherty, exactamente el mismo compositor que hizo las canciones de la película original, simplemente no lo entendía.

Aunque cómo hacerlo, pues pese a que se pueden destacar algunas cosas positivas (como varios guiños a la cultura y el folklore musical ruso, y ciertos puntos de gran belleza lírica -el cuarteto en el ballet roza lo operístico-), lo cierto es que, ya sea porque la orquestación para el teatro simplemente no funciona (que yo creo que no) o lo que sea, la música simplemente no posee el encanto de la banda sonora original, y todas las canciones originales de la película que han sido modificadas o alargadas para el musical, han experimentado un cambio a peor (el más notorio “Rumores en San Petesburgo”) que hace que añores las que ya conocías (la menos tocada, que se ha quedado prácticamente igual, es, por supuesto, la más famosa y nominada en su momento “Una vez en diciembre”).

Por otro lado, desgraciadamente, entre las nuevas canciones tampoco ninguna supera lo que ya conocíamos… pero no necesariamente por falta de calidad, sino, simplemente, porque son otra cosa, no tienen que ver con el material que esperamos o presuponemos, así que de primeras crean cierto rechazo… pero no es menos cierto que en una primera audición, tampoco consiguen alcanzar del todo la fibra emocional del espectador (algo letal en el teatro, de vocación efímera, y dónde la posibilidad de una segunda impresión la damos pocos) y que incluso algunas suenan un tanto manidas y recuerdan demasiado a números musicales parecidos, del estilo de Lord Andrew Lloyd Webber o de “Los miserables”, hasta el punto de que da la impresión de que se quisiera hacer una versión rusa de este último musical mencionado.

No obstante, sí quiero destacar algunos números musicales muy salientables, como: “My Petesburg”, “We’ll go from there”, “Quartet at the Ballet”, “Everything to Win” o “The Press Conference” (este último número, posiblemente sea la única y mejor aportación al argumento del filme original, pues retrata el circo mediático en torno al caso de la Gran Duquesa Anastasia, mientras que en la película parece que nada de todo ello es público y todo se reduce a un asunto y encuentro familiar).

Por su parte, las letras de Lynn Ahrens, vuelven a demostrar ser sumamente inteligentes (al igual que en la película)… de hecho, uno se pregunta porque no fue ella la que escribió todo el libreto… aparentemente, hubiera sido mucho mejor.

Aunque todo lo anterior se podría considerar pasable, aceptable si no hubiéramos conocido el filme original… hay algo que sí es verdaderamente desastroso, y eso es la poco o nula imaginativa dirección de escena, que además, acaba por resultar torpe y catastrófica. Todos los movimientos sobre el escenario se ven como forzados y muy teatrales, y con unos actores que intentan naturalizarlos a la desesperada.

A todo esto, no ayuda nada la falta absoluta de una auténtica escenografía, y sí, digo falta absoluta, porque para mí, usar unas cuántas proyecciones y hacer un poco de videomapping, podrá sonar muy moderno y muy innovador… pero lo siento, no cuela… tal vez porque ha sido muy torpemente utilizado (hasta el punto de resultar infantiloide, justo lo contrario de lo que busca esta producción), como el resto de los recursos, por otra parte… y es que al final, todo se reduce a dos paredes acristaladas que de vez en cuando se mueven un poco o sobre las que a veces, dentrás o en ellas se proyecta algo… y con eso se pretende reproducir desde San Petesburgo hasta París… podéis imaginaros el desastre y la decepción en este aspecto. La iluminación tiene un punto salvable porque intenta solucionar los desarreglos anteriores, pero es como don Quijote contra los molinos….

Por su parte, el vestuario sin embargo, pese a que prácticamente sólo existe un vestido que sea fiel a los bellos conjuntos que se ven en la película, lo cierto es que debo reconocer que es, de lejos, lo mejor de la producción (con razón siempre fue nominado a todos los premios importantes), muy en parte porque se le han realizado bonitas y brillantes incrustaciones que lucen mucho encima del escenario, además de ser acompañado por una maravillosa bisutería.

Las coreografías no son nada notables… es más, otra vez, las comparaciones con la película resultan odiosas… ¡y más sabiendo que esta es de animación!; dicho de otro modo, que los dibujantes fueron capaces de hacer movimientos de danza mucho más atractivos que un coreógrafo humano, y supuestamente profesional.

Ya sólo queda hablar del reparto artístico, el cual es el típico de cualquier producción de Stage Entertainment (suelen ser diferentes, y sin embargo da la impresión de que siempre son los mismos, pues siempre parecen seguir un mismo modelo): malos actores con voces sin personalidad; no puedes esperar ninguna sorpresa o novedad porque ni está ni se la espera; es un reparto poco arriesgado, diseñado para complacer a un público poco exigente que demanda lo básico y que no le hagan discurrir demasiado… el tipo de público que compra palomitas cuando va al teatro, y que consume este como el aperitivo mencionado.

Con todo, si quiero destacar, para mal, la espantosa interpretación de Jana Gómez como Anastasia, que tiene todo el rato un acento rarísimo (y no, no es ruso); o la extremadamente tópica de Ángels Jiménez como la Emperatriz viuda, que tan poca personalidad tiene, que hasta parece que está haciendo todo el rato una imitación de Vicky Peña.

Con todo, este es uno de esos casos en los que la suma parcial da mucho menos que la suma total, pues yo debo reconocer que, en conjunto, y sabiendo como sabía lo que iba a ver (eso es importante para evitar decepciones, pues he conocido personas que salieron defraudadas de la obra precisamente por eso), yo disfruté el espectáculo y hasta lo recomiendo… ¿qué está muy lejos de ser perfecto? cierto, pero tampoco hay mejores opciones de musical en este momento en Madrid (es bien sabido que “Billy Elliot” por ejemplo, es de vergüenza ajena), y con todo, este al menos es disfrutable si uno es medianamente concesivo… yo por lo menos lo pasé bien y para mí supuso una velada con mucho encanto, la verdad sea dicha.

 

 

Quizás, al final todo esto de lo que acabo de hablar se resume en lo que dijo una de las supervivientes de la familia del último Zar tras entrevistarse con Anna Anderson: “No es ella. Pero no importa lo que digas, no importa la verdad, la gente quiere seguir creyendo”, ¿por qué? se preguntarán algunos, pues, tal vez la respuesta sea muy sencilla y primaria: por esperanza, la esperanza de que, después de muchísimo sufrimiento, de incluso haberlo perdido todo, aún haya posibilidades de alcanzar un final feliz. Por eso, la historia de Anastasia, Anna Anderson o quien sea, sigue y seguirá encandilando, porque, en el fondo, no deja de ser una versión más cruda y real de La Cenicienta… y ese cuento da resultado, en todas sus formas, desde hace milenios.

 

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