Crítica exprés: Ha nacido una estrella (2018)

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No sé que tendrá “Ha nacido una estrella”, y en realidad, siempre me ha impresionado más la fascinación que ejerce sobre los demás, que sobre mí mismo. Se ha hecho ya, por lo menos cinco veces (además de los tres remakes reconocidos a partir de la película de 1937, está “The artist”, bastarda que reniega de su madre, o plagio apenas disfrazado), y cada vez que se hace, no falla, le caen premios importantes encima. Y estoy seguro de que esta nueva versión de 2018 no será una excepción a la regla (no olvidemos que “The artist”, hace no demasiados años, se hizo con todos los premios importantes en su momento), lo que nos lleva a la interesante, aunque sin respuesta, cuestión de: ¿mala conciencia en el mundo del arte, tal vez?, ¿velada autocrítica?.

Sin embargo a mí, no sé porqué nunca me ha terminado de entusiasmar, ni siquiera la versión mejor de todas, con diferencia, la de 1954; siempre la he percibido como excesiva e intencionadamente melodramática.

Pero, como siempre, según me parece oír la llamada del musical, allá voy… y a veces me meto en unos embolados….

 

-Ha nacido una estrella (2018): Lo primero y más importante, que hay que aclarar cuanto antes sobre esta película es que NO ES UN MUSICAL(las razones para considerar tal cosa, se pueden encontrar en este enlace, aunque francamente, no hace falta mucho esfuerzo para llegar a esa conclusión… de hecho, la distribuidora ni siquiera se molestó 

mucho en la subtitulación de los fragmentos cantados); y lo gracioso es que, en realidad, ni siquiera es una película con canciones, puesto que salvo dos o tres excepciones, muy cogidas por los pelos, nunca llegamos a escuchar una completa… básicamente, se trata de la historia de dos músicos, y como su trabajo es una cuestión importante en sus vidas, es necesario reflejarlo, como lo sería igualmente, si en vez de esa profesión hubieran sido pintores o mecánicos (en cuyo caso veríamos muchos cuadros o muchos coches, respectivamente, pero no por ello sería una película sobre el arte o el mundo del motor).

Por lo demás, el filme no es sino un pastiche que roba el aspecto contemporáneo de la versión de 1976 y el melodramatismo de la del 54 (a destacar la secuencia de los Grammy, plagiada casi punto por punto de esta última)… sin aportar nada nuevo; peor incluso, puesto que si fuera un guión de nueva creación, se lo consideraría tópico, estereotipado, forzado (todo pasa porque sí, y de las maneras más absurdas, inverosímiles y rocambolescas… un suspiro derriba el más mínimo análisis de la historia que nos están contando) e insoportablemente pretencioso (resulta terriblemente irónica esa frase que resuena una y otra vez en la película como un mantra, esa de que no sólo hace falta talento, sino además tener algo que decir… requisito que este filme no cumple en absoluto), muy especialmente en lo que se refiere a sus reflexiones sobre la fama y el reconocimiento público, las cuales suenan arrogantes, llenas de soberbia y propias de personas que personas que han alcanzado demasiado pronto y fácilmente un prestigio que en absoluto merecen, algo que, por otra parte, esta película parece demostrar. Y es que, según la idea que el filme parece vender, da la impresión que los famosos deberían ser reverenciados cuales dioses cuando se dignan a bajar a la tierra, y dar su permiso para ser admirados cuando les convenga… como si no les fuera en el sueldo, y sino, que hagan el trabajo de cualquiera de sus fans, que seguro que será mucho menos motivador e infinitamente peor pagado. Y si bien, yo siempre he sido partidario de que se les debe respetar (como a cualquier otra persona, todo el mundo tiene derecho al respeto), no soy en absoluto partidario de que sean intocables (cosa que, realmente, tampoco les viene bien a ellos, por otra parte).

En lo que respecta a la dirección de Bradley Cooper, aunque demuestra talento (dan ganas de verle en otro producto en el que sólo dirija), carece de sentido de la medida (el filme se hace largo), y sobre todo y ante todo, es exagerada y descaradamente narcisista: todos los planos están reservados a él mismo, todo son planos lo más cerrados posibles para captarle a él y a sus expresiones… cuando la cámara se desvía un poco a otro personaje, rápidamente vuelve a él, no sea que perdamos el foco de quién es aquí el importante y la auténtica estrella… hasta cuando desaparece, ¡su personaje vuelve en forma de recuerdo!, irrumpiendo con descaro en el filme. No obstante, hay que reconocerle que está genial a nivel actoral… también se ha ocupado muy concienzudamente de que así se vea.

Desde luego, el actor-director está mucho mejor que Lady Gaga, que tiene pinta de ser la típica que, si no está medianamente controlada y constantemente rebajada, a la mínima se pone a sobreactuar que da miedo… y aún así, se la ve pasada de rosca. Yo no me la creí casi nunca. Demuestra así que, sin duda alguna, su talento está en el canto, no en la actuación.

No parece necesario nombrar a casi nadie más del reparto, pues, como ya digo, como todo está pensado para que Cooper los eclipse a todos, se quedan en una mera comparsa que sólo está para darle las replicas al actor-director y que este se luzca en dramáticos primeros planos.

Por lo demás, a nivel técnico, la película tampoco aporta ninguna novedad que no hayamos visto antes.

En fin, qué decir, durante mi proyección hubo personas que abandonaron la sala, con eso ya avanzo parte de la conclusión que expongo a continuación; pero, en cualquier caso, si juzgamos la película como el remake que es, podemos decir que tiene tantas deudas con sus predecesoras, que es incapaz de pagarlas y queda desahuciada; y si la juzgamos como producto individual, deja mucho que desear: es lenta, tópica y absurdamente inverosímil.

En definitiva; para los que conozcan las predecesoras de “Ha nacido una estrella”, mejor volveros a ver la de Cukor y Garland que la disfrutaréis mucho más; y para los que no… tal vez deberíais pensaros la posibilidad anterior, o valorar otras opciones de la cartelera.

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Crítica exprés: Katiuska

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Bien está que el Teatro de la Zarzuela siga cumpliendo con su función pública programando opereta, que ha desaparecido por completo de la escena actual. Verdaderamente debemos agradecer sus esfuerzos por recuperar esos géneros que parecen estar desamparados por los programadores teatrales actuales y que tanto furor hicieron en su época. Ojalá sigamos viendo (tanto nacional como internacional) opereta y revista musical por mucho tiempo (y ojalá volviera el cine mudo con orquesta en directo)… y por supuesto, zarzuela de todas las épocas, como no, pues, este año nos quedamos sin la ya tradicional zarzuela barroca (ni siquiera en coproducción con la Fundación March), lo que es muy de lamentar.

Encontré maravillosa y muy familiar la atención al público, como siempre. Aunque sigue apenándome el que nos hayamos quedado sin guardarropa, ¿no se puede poner a un sustituto/a?.

Magnífico también me pareció el programa de mano, muy documentado e instructivo, disfruté muy especialmente del tercer artículo, en el que el propio Sorozábal escribía sus impresiones acerca del estreno de la obra cuya reposición íbamos a ir a ver.

En fin, vamos a la crítica de la obra en sí:

 

-Katiuska: imagínate que llega un director de escena o de orquesta, muy moderno e innovador él, que considera que la zarzuela es algo rancio, y que Sorozábal necesita ser actualizado porque su música ya no hay quién la oiga, que está trasnochada, así que hay que adaptarla a los nuevos gustos, y a los jóvenes (eterna excusa y principales víctimas de tales procedimientos), para no caer en lo anticuado, cuestión que es un temor siempre permanente, pues parece ser lo peor que se puede hacer (de hecho, paradójicamente, siempre es más fácil de excusar montar una mierda que no le guste a nadie, pero que parezca muy vanguardista; y disculparla, apoyándose en la incultura e incomprensión artística del público). Así pues, tal hipotético director, decide que, lo mejor y único que se puede hacer para salvar esas melodías obsoletas de hace más de un siglo, es instrumentar todos los coros como una fusión de música electrónica house y techno, hacer las romanzas a modo de rap, y el resto (tercetos, cuartetos y dúos varios) a ritmo de reggaetón.

Lo que acabo de plantear es una ficción (aunque, lo peor de todo, es que no me extrañaría que estuviese dando ideas, tal vez para el Proyecto zarza, que ya han demostrado ser muy capaces de eso y cosas peores)… ¿o no?, pues si bien la música suele ser siempre bastante intocable, una vez más, debo lamentarme de que no pase lo mismo con los libretos.

En palabras del propio Emilio Sagi, director de escena (a quién, sin embargo, difícilmente podemos considerar un revolucionario teatral) de este nuevo montaje de “Katiuska”, que inicia la temporada del Teatro de la zarzuela: “también me atreví a reducir algunos diálogos extremadamente lentos y obsoletos en una versión actual” (como de costumbre, se subestima, y se da por hecho que el espectador de hoy padece hiperactividad y que no puede soportar nada que no tenga el estilo de montaje de la MTV), ¡toma ya con el atrevimiento!, ¡no creo que el propio Sorozábal recortase (cuando intentaba salvar la obra a la desesperada centrándose en la música) más diálogo en el propio estreno!.

El resultado de la adaptación del libreto de Sagi es que no se entiende una sola palabra de la historia (como mucho se deduce), y la cierta reflexión sobre las consecuencias de la revolución rusa para sus distintos bandos desaparecen casi por completo (al menos se salva la visión positiva del zarismo y se muestran los desmanes del comunismo… cosa extraordinaria en Sorozábal), también desaparecen o se anulan las situaciones más divertidas, las mejores frases son suprimidas de cuajo (el diálogo final original era precioso)… etc, en definitiva, nos vemos forzados así, a ver un montón de números musicales hilados por unos breves diálogos, y no, los unos no son capaces de justificar a los otros en ningún momento, ni siquiera de hacer que el conjunto tenga sentido (común, ni de cualquier otro tipo).

Visto esto, podríais pensar que la obra queda reducida a ser una especie de versión en concierto, y tendríais mucha razón, si no fuera porque Sagi (al que se le podrán recriminar muchas cosas, pero jamás se le podrá poner tacha acerca de su buen gusto visual y su gran capacidad para la creación de belleza estética en la escena) consigue crear un montaje muy hermoso de ver y con esa clase de momentos que los amantes del teatro esperamos, buscamos y deseamos cual agua de mayo.

Así pues, reconozco que es muy difícil hacer esta crítica, pues parece que la obra haya sido realizada por un director bueno y su gemelo malvado, pues la producción tiene momentos realmente geniales mezclados con otros muy malos.

La escenografía que el propio director del Teatro de la Zarzuela, Daniel Bianco (sí, ya ves, barriendo para casa… aunque supongo que en este caso no podemos hablar de nepotismo o algo parecido… jajaja) crea es un buen ejemplo de las extrañas contradicciones de las que está imbuido el montaje: desde el comienzo del escenario al marco a partir del cual se crea el lugar dónde se desarrollará la acción es algo genial: una especie de basurero de objetos antiguos que evoca las ruinas de una civilización, el fin de un estilo de vida… etc, y el propio marco inestable. Pero a partir de ahí, pierde el sentido: el lugar destinado a la acción dramática es un espacio minimalista (atrezo incluido) y absurdamente empinado que conseguirá que los cantantes bajen varios kilos de tanto subir y bajar la cuesta que se ha creado (eso sin mencionar los que tienen que andar trepando como cabras por los objetos arruinados antes mencionados, debo reconocer que estaba impaciente de que uno se tropezara para partirme de risa)… en definitiva, de todo lo que hay en esa zona, sólo se salvan las proyecciones del fondo como elemento interesante aunque no demasiado original. Por supuesto, podemos evocar todo tipo de teorías justificatorias; como que se está simbolizando la simplicidad o el simplismo del nuevo régimen frente a los excesos del anterior (en todos los sentidos); puede que se quiera hacer referencia a los comienzos de las vanguardias soviéticas y su gusto por que lo práctico es lo bello frente al barroquismo desmandado del final del zarismo… da igual. Sigue sin funcionar. Por otro lado, tan ambiciosas teorías de justificación, caen en picado por las propias declaraciones de Sagi: “acercándome a una estetica cinematografica, planteando a la protagonista como una princesa de película, al estilo de las míticas estrellas de Hollywood de los anos 30”, ¿de verdad alguien se imagina una película de la Metro (o de cualquier otro estudio estadounidense de la época) con unos decorados tan pobres?, ¿con un vestuario tan de saldo, tan de andar por casa?, ¿con una iluminación (o fotografía en el cine) tan descuidada?, ¿con unas coreografías tan cutres (y más en una década en la que existió, brevísimamente, el Oscar a la mejor coreografía -¡qué vuelva, qué vuelva!-)?… repito, ¿de verdad?.

Pero como ya digo, los horrores en la escena se alternan con los momentos mágicos… así que, ¿qué decir?.

Lo mismo pasa con los intérpretes, pésimos actores (uno hasta -acostumbrado a interpretar sus personajes siempre así- hace acento Madrileño del XIX… en una obra que se desarrolla en Ucrania; e incluso Milagros Martín parece perdida en medio del escenario) pero buenos cantantes (por lo menos, se puede decir que están a la altura, aunque no hagan nada extraordinario). Por otro lado, el reparto no está nada adecuado a sus personajes: ves a un montón de viejos que parecen estar más dispuestos a pedir la jubilación que a vivir grandes aventuras amorosas… y no digamos una revolución marxista.

Sin embargo encontré muy bien a la orquesta, magníficamente dirigida, muy capaz de emocionar.

Concluyendo: ¿qué decir? yo no puedo negar que, a pesar de la agresión, violación no consentida y profanación del libreto original (eso sí que merecería acabar en los tribunales), y de los múltiples defectos que esta producción tiene… yo debo reconocer que la disfruté, tanto auditiva como visualmente, tiene muy buenos momentos, es innegable; y aunque no se le puedan (ni deban) perdonar sus múltiples terribles defectos y pecados; sí que se puede dejar ver si te la tomas como una especie de versión en concierto de “Katiuska” (con un estilo exageradamente vistoso, eso sí), y, por supuesto, si no te pones excesivamente purista.

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a través de La muerte de las casas de la cultura

Verdaderamente, estos nuevos artículos de “Actualización” han conseguido tener muchas y muy útiles nuevas funciones, no sólo la de permitirme llamar la atención sobre renovaciones en antiguos artículos y tener al día a los lectores del blog de lo que se va haciendo en este (siempre en continua construcción y reconstrucción), sino también, permitirme destacar como en ocasiones, “Universo de A” llega a resultar profético.

¿A qué me refiero?, pues a que ahora, con tanta investigación acerca de las universidades, y los títulos falsos o bajo sospecha, de tantas personalidades públicas, me parece el momento perfecto para sacar, a modo de cruel augurio recordatorio, mi artículo publicado hace muchos años, sobre la muerte de las casas de la cultura, en el que, entre otras cosas, también hablaba de la vergonzosa e intolerable corrupción de la universidad.

Concluyendo: las cosas que van mal no se arreglan solas, generalmente, si uno deja que sigan así, van a mucho peor. Disfrutad de mi antiguo artículo, difícilmente se le puede rebatir una línea, desde cuando fue redactado hasta hoy día (y sí, a veces no da gusto tener la razón).

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a través de La temporada de exposiciones de primavera-verano de 2018 en Madrid

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a través de La gente no cambia…

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a través de El placer del conocimiento

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a través de ¿Qué dice la gente sobre los libros?

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a través de La temporada de exposiciones de primavera-verano de 2018 en Madrid

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Críticas exprés: Solitudes / Las tr3s hermanas, deconstructing Chéjov

Llego tarde para publicar estas críticas a tiempo de que estén en cartel, pero no me preocupa porque ambas se repusieron alguna vez, así que no será de extrañar que vuelvan a reaparecer en la cartelera.

Levemente aceptable atención al público en el Teatro Fernán Gómez.

Programa de mano de las obras, pésimo, cada vez peor.

Por otra parte, me gustaría comentar que la técnica del JOBO de aficionar a los jóvenes a los teatros municipales parece que está empezando a dar sus frutos; pero la pregunta es, ¿volverán si lo que encuentran no les gusta?, y es que no sólo es necesario proporcionar el acceso al producto, también hay que proporcionar calidad, pues, lo peor de todo es que, si se es joven, no se tiene experiencia y mucho menos paciencia o curiosidad (características demasiado comunes en el mundo en el que vivimos), las primeras impresiones lo valen todo, y siendo así, muchos podrían quedar desalentados de por vida del acto de ir al teatro y no serán capaces de comprender la importancia y la utilidad de salvaguardar este arte (pero no me voy a extender en cómo deberían ser evitados cierto tipo de montajes pues sobradamente lo hice en esta otra crítica).

 

Solitudes

-Solitudes: muy seriamente pensé en darle a esta obra una crítica completa, pero me encontré en una fuertísima disyuntiva, por una parte, lo innegablemente original que era a todos los niveles, pero, por otra, lo mucho que me había aburrido… aunque respecto a esto último, no sé hasta que punto el producto tiene la culpa, pues últimamente siempre me siento muy cansado a esas horas, a saber por qué.

En cualquier caso, procedo a analizarla:

Es innegable, que Kulunka teatro ha inventado otro tipo de teatro, o al menos que le ha hecho un buen lavado de cara, puesto que su obra es absolutamente singular.

Ello se basa en unas inusitadas elecciones estéticas y narrativas que ahora pormenorizo:

Para empezar el uso de las máscaras (en principio, viendo fotos y cartelería de la obra, podrían parecer títeres, pero no lo son, son personas con una máscara -muy particular y fascinante, eso sí- todo el tiempo), que, si bien ciertamente no se puede decir que inventaran la pólvora con ello (recordemos, por ejemplo el teatro griego), sí que es algo poco habitual de ver hoy, al menos en el teatro occidental; y que, consigue darle un aspecto diferente a la obra, una especie de encanto especial que la hace diferencial.

Y la otra elección clave, es hacer la obra en mudo, sí, tal cual se lee, sin una sola palabra; probablemente, ahora muchos quieran recriminar que esto tampoco es el colmo de lo insólito, puesto que desde siempre ha existido el teatro gestual… como también es cierto que casi siempre se ha utilizado para la comedia y no para el drama, además de que casi nunca cuenta historias verdaderamente complejas; así pues, realmente, el hecho de hacer, tal y como se ha realizado, la obra enteramente de manera gestual, eleva a “Solitudes” a una categoría similar a las grandes obras del cine mudo (pero en teatro, lo que supone un gran mérito, innovación y ruptura), las cuales también gozaban de una gran y profunda complejidad, belleza, además de calidad narrativa y en todos los frentes.

En definitiva, tras lo anteriormente descrito, podemos entender, que, en realidad, y especialmente en la creación artística, raras veces importa el “qué” (puesto que casi no existe nada nuevo bajo el sol), sino el “cómo” y el “quién”… porque, al final, el buen resultado de algo realmente depende íntegramente de ello. Dicho de otro modo, la idea no es tan importante como el desarrollo.

Así pues, nos encontramos con un argumento verdaderamente actual, triste y fascinante, que capta con gran sensibilidad la realidad. Probablemente, los mayores fallos narrativos están en concederles demasiada importancia a ciertos gags innecesarios que retrasan y entorpecen el buen desarrollo del argumento y que resultan demasiado tópicos de este tipo de teatro, lo que en ningún caso beneficia al producto final; y, además de eso, ciertas pequeñas tramas que no aportan nada a la general, y que tampoco ayudan a crear un entretenimiento, lo que produce aún más hastío.

En cualquier caso, con toda probabilidad, lo que más perjudica a la obra es la dirección de Iñaki Rikarte, que es lenta, plúmbea, no tiene ritmo, permite que los movimientos de escena se realicen con una parsimonia interminable, lo que resulta especialmente insoportable cuando se trata de acciones que se nota que son completamente irrelevantes… etc; de modo que la representación sale perjudicada puesto que acaba resultando terriblemente lánguida a corto plazo, y, al largo, aburrida.

Posiblemente, tampoco ayuda a aumentar el dinamismo la melancólica música de Luis Miguel Cobo.

Así pues, vemos que los dos factores antes descritos se convierten en un peligroso lastre para el resultado final.

El resto, todo son virtudes: en el apartado técnico, por supuesto me encantaron las peculiares máscaras de Garbiñe Insausti, que mezclan realidad con cierto toque de fantasía a lo dibujo animado; al igual que los preciosos decorados y vestuario, muy apropiados, naturalistas, y que se usan muy bien y dando mucho juego.

Por lo demás, ya sólo me queda hablar de los actores, aunque  mejor dicho, actorazos, porque son realmente muy buenos… de hecho, yo no estuve seguro de si eran hombres o mujeres cuando interpretaban sus personajes hasta el mismo momento en el que se quitaron las máscaras para salir a saludar al público. Verdaderamente, es asombroso como consiguen evocar los más diversos y distintísimos personajes con una eficacia absolutamente espectacular. Resumiendo, realmente son unos auténticos expertos y profesionales del teatro gestual, que consiguen producir una gran emoción, y mover toda la sensibilidad del espectador. En definitiva: brabissimi.

Concluyendo la crítica: aunque no puedo negar que a mí “Solitudes” me aburrió, del mismo modo, tampoco puedo dejar de confirmar su inmensísima originalidad, su incontestable calidad, además de su máximo interés. En los párrafos anteriores de la crítica tenéis mi detallado análisis de lo que os vais a encontrar, en función de ello, tomad vuestra decisión de si os merece, o no, la pena ir. Queda en vuestras manos la elección, que, con la información anterior, podréis tomar informados y con criterio, según vuestros gustos, intereses y necesidades.

 

Las tres Hermanas

-Las tr3s hermanas, deconstructing Chéjov: paradójicamente (o no tanto, a menudo sucede), lo que mejor define esta obra es una de las frases que dice una de las actrices: “¡qué horror!, ¡qué horror!, ¡qué horror!, ¿cuándo acabará esto?”.

Reconozco que me lo merecía, cual niño malo al que le dicen que no toque el fuego o se quemará, he tenido que poner la mano en la llama para hacerme daño… y aún me escuece la quemadura.

Y Lo peor es que no estoy seguro de haber aprendido la lección. Sí, había investigado superficialmente la obra, sabía que no eran “Las tres hermanas” de Chejov tal cual, sabía que había sido “deconstruída” y reescrita (los propios carteles lo anunciaban), mis señales de alerta gritaban en contra de ella… pero eran “Las tres hermanas”, y era Chejov, no me podía resistir; así pues, me engañé a mí mismo y me dije, que, después del todo, reducir todo el elenco a sus protagonistas y simplificar la obra a su esencia básica, podría suponer algo muy interesante, además de que poner un punto de vista absolutamente femenino (a pesar de ser hombre el autor de la versión) podía resultar sumamente curioso. Así pues, cual polilla hacia la trampa que la matará, allí fui al Fernán Gómez.

El origen de todo lo que está mal (que es el conjunto al completo), es sin duda alguna el texto de José Sanchís Sinisterra, que descarada y desvergonzadamente, se atreve a autoproclamarse el autor de la obra. Sí, sí, tal cual se lee; en el folleto encontramos debajo del título las palabras “de José Sanchís Sinisterra”, y en el interior del programa de mano, encima de su nombre, aparece la palabra “autor”. Tal cual lo leéis, supongo que Antón Chejov (lo cual resulta irónico, pues es su autoría es lo que verdaderamente lleva al público al teatro, pues, aunque no dudo de que Sanchís pueda tener su público… ¡no se puede comparar!) no tuvo nada que ver al respecto, pues, con citarlo a modo de subtítulo con el anglicismo “deconstructing Chejov” llega y sobra. Es increíble que Sanchís no se haya molestado en disimular ni lo más mínimo su procaz autoatribución, nada de “versión de”, “adaptación de”, “inspirado en”… etc, simplemente, y sin más, se atribuye el solito la creación de la obra teatral, así, con dos cojones. Verdaderamente, hay que tener un ego muy desmesurado, y lo que es más importante, mucha egolatría y delirios de grandeza (bueno, en realidad, profundizando en la cuestión psicológica, el asunto está muy cerca de la mitomanía) para tener la osadía de hacer algo así, de una forma tan poco velada, nada disimulada, además de tan extremadamente impertinente e insolente.

Aunque al menos así, el pobre Chejov se libra del cruento atentado que Sanchís produce contra su honor y sus derechos morales sobre la obra, puesto que su versión (que es eso, porque, repito, la autoría no es suya, por mucho que hubiese reescrito la obra, la idea y el desarrollo es de otro) es algo abyecto e infame.

Sea como sea, el texto de Sanchís está mal a todos los niveles: no es capaz de siquiera perfilar bien a ninguno de los personajes y darles personalidad; además crea una estructura narrativa caótica, incoherente e ininteligible… al final, el conjunto resulta extremadamente soporífero puesto que el dramaturgo es incapaz de conseguir que entendamos nada, que sigamos alguna línea narrativa, o siquiera que comprendamos o sepamos que pintan en todo ello esos personajes que no aparecen en el escenario y que sin embargo desfilan por las palabras de las actrices una y otra vez, sin lograr que el público llegue a imaginarlos, identificarlos o entender quiénes son o qué pintan en todo esto.

En definitiva, la deconstrucción de Sanchís de la obra de Chejov se puede calificar, total y absolutamente, como el más burdo y total de los fracasos; no consigue reducir la obra a su esencia, no da un punto de vista femenino, no crea una mayor intimidad con las hermanas… sólo engendra un caos incomprensible, indescifrable y enrevesado que resulta inaguantable y aburrido.

Por supuesto, tal texto tiene una dirección a su altura (con todas sus consecuencias), la de Raimon Molins, que parece estar convencido de que, cuantos más sinsentidos y extravagancias se hagan en el escenario, más artística y vanguardista parecerá la obra (podría citar ejemplos innumerables: subirse a las mesas absurdamente; la colocación de los elementos escénicos en los lugares más tontos e injustificables; el uso continuo e irrelevante de unos relojes de pared que no aportan absolutamente nada de nada… etc). Lo cual es, por otra parte, técnica típica y habitual de “artisto”, cosa que ya a muy pocos engaña; muy por el contrario, produce aún más cansancio en el espectador que, cada vez menos, intenta hacer un mínimo esfuerzo por comprender aquello que le están proponiendo, pero, se ve obligado a descubrir qué, visto lo visto, y dado que los responsables de la producción están haciendo todo lo posible para evitarlo (técnica típica de aquellos que no tienen talento, disfrazarse bajo una supuesta profundidad que en realidad sólo es vacuidad… el viejo eruditismo a la violeta del que ya hablaba Cadalso), no queda sino rendirse a la hartura, la indiferencia y la apatía finalmente.

El resto del apartado técnico es pésimo, a juego con todo lo anterior. Si salvara algo de esta producción, tal vez serían los elementos de atrezo o el vestuario, pero tampoco resultan originales, así que digamos que sólo pueden llegar a destacar porque “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”.

Sólo queda hablar de las actrices, que van a juego con el resto de la producción: sobreactuadas, exageradas, no se creen el personaje en ningún momento, lo único que hacen es hacer de actriz que hace un personaje dramático… al menos ellas se lo pasarán pipa haciendo la obra, porque lo que es el público… va a ser que no, resulta inaguantable. En definitiva, el reparto artístico en su conjunto supone un total y absoluto desastre, pero tampoco es de extrañar, especialmente, viendo el panorama anteriormente descrito.

Concluyendo, la forma de definir a esta producción de la sala Atrium sería: horrible, mala, inadmisible, insultante, torpe, inepta, desacertada… y todas las definiciones parecidas que se os ocurran. Es decir, el viejo y típico caso de unos “artistos” que se han creído que son mejores que los clásicos, y, como es habitual y de costumbre, sólo han demostrado mediocridad, además de, como añadido, estafar al público que ha tenido la mala suerte de confiar en ellos. Una desgracia, en definitiva.

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