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Críticas exprés: Solitudes / Las tr3s hermanas, deconstructing Chéjov

Llego tarde para publicar estas críticas a tiempo de que estén en cartel, pero no me preocupa porque ambas se repusieron alguna vez, así que no será de extrañar que vuelvan a reaparecer en la cartelera.

Levemente aceptable atención al público en el Teatro Fernán Gómez.

Programa de mano de las obras, pésimo, cada vez peor.

Por otra parte, me gustaría comentar que la técnica del JOBO de aficionar a los jóvenes a los teatros municipales parece que está empezando a dar sus frutos; pero la pregunta es, ¿volverán si lo que encuentran no les gusta?, y es que no sólo es necesario proporcionar el acceso al producto, también hay que proporcionar calidad, pues, lo peor de todo es que, si se es joven, no se tiene experiencia y mucho menos paciencia o curiosidad (características demasiado comunes en el mundo en el que vivimos), las primeras impresiones lo valen todo, y siendo así, muchos podrían quedar desalentados de por vida del acto de ir al teatro y no serán capaces de comprender la importancia y la utilidad de salvaguardar este arte (pero no me voy a extender en cómo deberían ser evitados cierto tipo de montajes pues sobradamente lo hice en esta otra crítica).

 

Solitudes

-Solitudes: muy seriamente pensé en darle a esta obra una crítica completa, pero me encontré en una fuertísima disyuntiva, por una parte, lo innegablemente original que era a todos los niveles, pero, por otra, lo mucho que me había aburrido… aunque respecto a esto último, no sé hasta que punto el producto tiene la culpa, pues últimamente siempre me siento muy cansado a esas horas, a saber por qué.

En cualquier caso, procedo a analizarla:

Es innegable, que Kulunka teatro ha inventado otro tipo de teatro, o al menos que le ha hecho un buen lavado de cara, puesto que su obra es absolutamente singular.

Ello se basa en unas inusitadas elecciones estéticas y narrativas que ahora pormenorizo:

Para empezar el uso de las máscaras (en principio, viendo fotos y cartelería de la obra, podrían parecer títeres, pero no lo son, son personas con una máscara -muy particular y fascinante, eso sí- todo el tiempo), que, si bien ciertamente no se puede decir que inventaran la pólvora con ello (recordemos, por ejemplo el teatro griego), sí que es algo poco habitual de ver hoy, al menos en el teatro occidental; y que, consigue darle un aspecto diferente a la obra, una especie de encanto especial que la hace diferencial.

Y la otra elección clave, es hacer la obra en mudo, sí, tal cual se lee, sin una sola palabra; probablemente, ahora muchos quieran recriminar que esto tampoco es el colmo de lo insólito, puesto que desde siempre ha existido el teatro gestual… como también es cierto que casi siempre se ha utilizado para la comedia y no para el drama, además de que casi nunca cuenta historias verdaderamente complejas; así pues, realmente, el hecho de hacer, tal y como se ha realizado, la obra enteramente de manera gestual, eleva a “Solitudes” a una categoría similar a las grandes obras del cine mudo (pero en teatro, lo que supone un gran mérito, innovación y ruptura), las cuales también gozaban de una gran y profunda complejidad, belleza, además de calidad narrativa y en todos los frentes.

En definitiva, tras lo anteriormente descrito, podemos entender, que, en realidad, y especialmente en la creación artística, raras veces importa el “qué” (puesto que casi no existe nada nuevo bajo el sol), sino el “cómo” y el “quién”… porque, al final, el buen resultado de algo realmente depende íntegramente de ello. Dicho de otro modo, la idea no es tan importante como el desarrollo.

Así pues, nos encontramos con un argumento verdaderamente actual, triste y fascinante, que capta con gran sensibilidad la realidad. Probablemente, los mayores fallos narrativos están en concederles demasiada importancia a ciertos gags innecesarios que retrasan y entorpecen el buen desarrollo del argumento y que resultan demasiado tópicos de este tipo de teatro, lo que en ningún caso beneficia al producto final; y, además de eso, ciertas pequeñas tramas que no aportan nada a la general, y que tampoco ayudan a crear un entretenimiento, lo que produce aún más hastío.

En cualquier caso, con toda probabilidad, lo que más perjudica a la obra es la dirección de Iñaki Rikarte, que es lenta, plúmbea, no tiene ritmo, permite que los movimientos de escena se realicen con una parsimonia interminable, lo que resulta especialmente insoportable cuando se trata de acciones que se nota que son completamente irrelevantes… etc; de modo que la representación sale perjudicada puesto que acaba resultando terriblemente lánguida a corto plazo, y, al largo, aburrida.

Posiblemente, tampoco ayuda a aumentar el dinamismo la melancólica música de Luis Miguel Cobo.

Así pues, vemos que los dos factores antes descritos se convierten en un peligroso lastre para el resultado final.

El resto, todo son virtudes: en el apartado técnico, por supuesto me encantaron las peculiares máscaras de Garbiñe Insausti, que mezclan realidad con cierto toque de fantasía a lo dibujo animado; al igual que los preciosos decorados y vestuario, muy apropiados, naturalistas, y que se usan muy bien y dando mucho juego.

Por lo demás, ya sólo me queda hablar de los actores, aunque  mejor dicho, actorazos, porque son realmente muy buenos… de hecho, yo no estuve seguro de si eran hombres o mujeres cuando interpretaban sus personajes hasta el mismo momento en el que se quitaron las máscaras para salir a saludar al público. Verdaderamente, es asombroso como consiguen evocar los más diversos y distintísimos personajes con una eficacia absolutamente espectacular. Resumiendo, realmente son unos auténticos expertos y profesionales del teatro gestual, que consiguen producir una gran emoción, y mover toda la sensibilidad del espectador. En definitiva: brabissimi.

Concluyendo la crítica: aunque no puedo negar que a mí “Solitudes” me aburrió, del mismo modo, tampoco puedo dejar de confirmar su inmensísima originalidad, su incontestable calidad, además de su máximo interés. En los párrafos anteriores de la crítica tenéis mi detallado análisis de lo que os vais a encontrar, en función de ello, tomad vuestra decisión de si os merece, o no, la pena ir. Queda en vuestras manos la elección, que, con la información anterior, podréis tomar informados y con criterio, según vuestros gustos, intereses y necesidades.

 

Las tres Hermanas

-Las tr3s hermanas, deconstructing Chéjov: paradójicamente (o no tanto, a menudo sucede), lo que mejor define esta obra es una de las frases que dice una de las actrices: “¡qué horror!, ¡qué horror!, ¡qué horror!, ¿cuándo acabará esto?”.

Reconozco que me lo merecía, cual niño malo al que le dicen que no toque el fuego o se quemará, he tenido que poner la mano en la llama para hacerme daño… y aún me escuece la quemadura.

Y Lo peor es que no estoy seguro de haber aprendido la lección. Sí, había investigado superficialmente la obra, sabía que no eran “Las tres hermanas” de Chejov tal cual, sabía que había sido “deconstruída” y reescrita (los propios carteles lo anunciaban), mis señales de alerta gritaban en contra de ella… pero eran “Las tres hermanas”, y era Chejov, no me podía resistir; así pues, me engañé a mí mismo y me dije, que, después del todo, reducir todo el elenco a sus protagonistas y simplificar la obra a su esencia básica, podría suponer algo muy interesante, además de que poner un punto de vista absolutamente femenino (a pesar de ser hombre el autor de la versión) podía resultar sumamente curioso. Así pues, cual polilla hacia la trampa que la matará, allí fui al Fernán Gómez.

El origen de todo lo que está mal (que es el conjunto al completo), es sin duda alguna el texto de José Sanchís Sinisterra, que descarada y desvergonzadamente, se atreve a autoproclamarse el autor de la obra. Sí, sí, tal cual se lee; en el folleto encontramos debajo del título las palabras “de José Sanchís Sinisterra”, y en el interior del programa de mano, encima de su nombre, aparece la palabra “autor”. Tal cual lo leéis, supongo que Antón Chejov (lo cual resulta irónico, pues es su autoría es lo que verdaderamente lleva al público al teatro, pues, aunque no dudo de que Sanchís pueda tener su público… ¡no se puede comparar!) no tuvo nada que ver al respecto, pues, con citarlo a modo de subtítulo con el anglicismo “deconstructing Chejov” llega y sobra. Es increíble que Sanchís no se haya molestado en disimular ni lo más mínimo su procaz autoatribución, nada de “versión de”, “adaptación de”, “inspirado en”… etc, simplemente, y sin más, se atribuye el solito la creación de la obra teatral, así, con dos cojones. Verdaderamente, hay que tener un ego muy desmesurado, y lo que es más importante, mucha egolatría y delirios de grandeza (bueno, en realidad, profundizando en la cuestión psicológica, el asunto está muy cerca de la mitomanía) para tener la osadía de hacer algo así, de una forma tan poco velada, nada disimulada, además de tan extremadamente impertinente e insolente.

Aunque al menos así, el pobre Chejov se libra del cruento atentado que Sanchís produce contra su honor y sus derechos morales sobre la obra, puesto que su versión (que es eso, porque, repito, la autoría no es suya, por mucho que hubiese reescrito la obra, la idea y el desarrollo es de otro) es algo abyecto e infame.

Sea como sea, el texto de Sanchís está mal a todos los niveles: no es capaz de siquiera perfilar bien a ninguno de los personajes y darles personalidad; además crea una estructura narrativa caótica, incoherente e ininteligible… al final, el conjunto resulta extremadamente soporífero puesto que el dramaturgo es incapaz de conseguir que entendamos nada, que sigamos alguna línea narrativa, o siquiera que comprendamos o sepamos que pintan en todo ello esos personajes que no aparecen en el escenario y que sin embargo desfilan por las palabras de las actrices una y otra vez, sin lograr que el público llegue a imaginarlos, identificarlos o entender quiénes son o qué pintan en todo esto.

En definitiva, la deconstrucción de Sanchís de la obra de Chejov se puede calificar, total y absolutamente, como el más burdo y total de los fracasos; no consigue reducir la obra a su esencia, no da un punto de vista femenino, no crea una mayor intimidad con las hermanas… sólo engendra un caos incomprensible, indescifrable y enrevesado que resulta inaguantable y aburrido.

Por supuesto, tal texto tiene una dirección a su altura (con todas sus consecuencias), la de Raimon Molins, que parece estar convencido de que, cuantos más sinsentidos y extravagancias se hagan en el escenario, más artística y vanguardista parecerá la obra (podría citar ejemplos innumerables: subirse a las mesas absurdamente; la colocación de los elementos escénicos en los lugares más tontos e injustificables; el uso continuo e irrelevante de unos relojes de pared que no aportan absolutamente nada de nada… etc). Lo cual es, por otra parte, técnica típica y habitual de “artisto”, cosa que ya a muy pocos engaña; muy por el contrario, produce aún más cansancio en el espectador que, cada vez menos, intenta hacer un mínimo esfuerzo por comprender aquello que le están proponiendo, pero, se ve obligado a descubrir qué, visto lo visto, y dado que los responsables de la producción están haciendo todo lo posible para evitarlo (técnica típica de aquellos que no tienen talento, disfrazarse bajo una supuesta profundidad que en realidad sólo es vacuidad… el viejo eruditismo a la violeta del que ya hablaba Cadalso), no queda sino rendirse a la hartura, la indiferencia y la apatía finalmente.

El resto del apartado técnico es pésimo, a juego con todo lo anterior. Si salvara algo de esta producción, tal vez serían los elementos de atrezo o el vestuario, pero tampoco resultan originales, así que digamos que sólo pueden llegar a destacar porque “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”.

Sólo queda hablar de las actrices, que van a juego con el resto de la producción: sobreactuadas, exageradas, no se creen el personaje en ningún momento, lo único que hacen es hacer de actriz que hace un personaje dramático… al menos ellas se lo pasarán pipa haciendo la obra, porque lo que es el público… va a ser que no, resulta inaguantable. En definitiva, el reparto artístico en su conjunto supone un total y absoluto desastre, pero tampoco es de extrañar, especialmente, viendo el panorama anteriormente descrito.

Concluyendo, la forma de definir a esta producción de la sala Atrium sería: horrible, mala, inadmisible, insultante, torpe, inepta, desacertada… y todas las definiciones parecidas que se os ocurran. Es decir, el viejo y típico caso de unos “artistos” que se han creído que son mejores que los clásicos, y, como es habitual y de costumbre, sólo han demostrado mediocridad, además de, como añadido, estafar al público que ha tenido la mala suerte de confiar en ellos. Una desgracia, en definitiva.

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a través de XXIV Ciclo de Lied en el Teatro de la Zarzuela

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Crítica exprés: ¡24 horas mintiendo!

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Tras su reciente triunfo evitando la anexión con el Real, y la continuación del proceso para que el género sea nombrado PCI, el Teatro de la Zarzuela retoma la normalidad (se acabaron esas funciones canceladas masivas), celebra su vuelta a ello, y fin de temporada (bueno, más o menos, aún queda algún que otro recital de Lied, ¡estad atentos a las actualizaciones que hago continuamente en mi artículo dedicado a ello!) con la obra de esta crítica.

Hay que reconocer que el título es ya de por sí muy atractivo, ¿así que cómo no pensarse el ir?.

En cualquier caso, una vez más, el Teatro de la Zarzuela cumple magníficamente con su función de teatro público y nos da la oportunidad de profundizar en la revista musical española, diversificando de ese modo el abanico de todo lo que puede programar, y ofreciéndonos una gran y magnífica perspectiva de la obra musical de nuestra nación. Sólo una cosa se puede decir ante esto: ¡Bravo!.

Y es que no sólo se han hecho grandes musicales clásicos en el extranjero, aquí también debemos redescubrir los nuestros… y de la mano de este teatro, que hace estas producciones tan dignas y espectaculares, no se puede imaginar mejor medio de dignificar todo el género español.

Aunque lo que también quiero aplaudir es que el Teatro de la Zarzuela es de esos pocos que no se han rendido a la espantosa moda del micrófono escondido y del altavoz, permitiéndonos disfrutar de la esencia del teatro… cierto que en esta producción en concreto esto se nota más, pues se trata de intérpretes no acostumbrados a proyectar como es debido y eso produce que, a veces, la representación se resienta… pero francamente, yo prefiero esa autenticidad a lo otro, ¡viva el teatro en directo que realmente lo es!.

Y como es habitual, una buena atención al público.

 

-¡24 horas mintiendo!: respecto a la obra original, poco puedo decir porque no se nos deja atisbar demasiado: música y libreto han sido adaptados y revisados. Algo se intuye… pero, por desgracia, una vez más, ha primado más el ego de unos “artistos” que consideran que todo debe modernizarse, adaptarse a los tiempos de hoy y dárselo bien masticado al público porque es tonto, y sino, no lo comprende, ni lo acepta. No voy a extenderme en esto porque suficientemente he hablado en el blog ya sobre el tema.

Así pues, en lo que respecta a esta producción, la verdad es que es un bonito homenaje/imitación de la revista musical, con todo lo bueno y lo malo que tiene eso: un argumento muy liviano y disparatado, pero divertido; una música pegadiza, pero no virtuosística; unos números musicales metidos con calzador, pero espectaculares… etc. Para que los cinéfilos se hagan una idea: este espectáculo les recordará mucho a todos aquellos musicales de los años 30 y 40 qué trataban precisamente de una compañía en apuros, intentando sacar adelante un espectáculo que se lo solucionase todo… películas que eran muy parecidas entre sí. En definitiva, con sus virtudes y defectos amplificados (dados los medios con los que se ha contado y que se han usado), esta producción es una cariñosa recreación de la vieja revista.

El libreto, que siendo una versión libre debería mejorar el original, no consigue mantener la coherencia, definir a los personajes mínimamente, ni integrar debidamente los números musicales; creando un continuo caos, y que la historia, por falta de un buen rumbo, pueda llegar a resultar pesada e inconsistente.

La música, por su parte, se deja escuchar, es divertida, pero no maravillosa, nada que deslumbre.

Por su parte, la dirección de escena de Castejón es muy académica, titubeante y un tanto torpe; hablando claro: no hay talento pero sí suficiente conocimiento del oficio como para salir aceptablemente airoso del lance.

En lo referido al nivel técnico la producción es impecable: encantador decorado y maravilloso vestuario, todo muy cuidado y apropiado estéticamente. Las coreografías también tenían su cierta gracia.

El reparto artístico se muestra, como ya he dicho, poco digno y experimentado en las tablas que pisa, yo en las butacas a veces me costaba oírles… imagínate en el último piso; aunque ya no sólo por eso, la mayoría no reunía realmente las capacidades y cualidades para interpretar el personaje que tenía, se limitaban a hacer de sí mismos y más de uno ni siquiera tenía voz para cantar (Gurutze Beitia destacaba muy negativamente en ese aspecto).

En lo que respecta a la orquesta, Carlos Aragón la descontrola y va por su lado, casi con desprecio de lo que pasa sobre el escenario, tapando múltiples veces a los intérpretes haciendo que sus músicos toquen estruendosamente.

Concluyendo: ¿quieres ver un musical?, pocos o ninguno encontrarás más competitivos a nivel de espectacularidad, calidad y precio que este que se presenta en el Teatro de la Zarzuela; el cual, aunque no puede ser calificado como un imprescindible o una obra maestra sensacional, si es una buena opción en la cartelera teatral para todo aquel al que le guste este género o busque un divertimento sencillo.

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