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Sin crítica express (ni de ningún otro tipo): Policías y ladrones o el inteligente boicot de los trabajadores del Teatro de la Zarzuela

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Hace unas semanas, nos enterábamos (y yo, cosa que rara vez hago -básicamente para evitar pasarme la vida comentándolo todo en las redes sociales-, incluso twitteé sobre ello) de la fusión bárbara que se propone el gobierno para que, en pocos años, teatros de la Zarzuela y Real sean uno.

Bárbara porque hay que tener miras muy estrechas para no entender que, aunque musicalmente existan similitudes entre los géneros que se representan habitualmente en estos teatros, lo cierto es que las diferencias son lo más importante y recalcable.

Para empezar, y no creo que esto pueda tener discusión posible, la zarzuela debería estar protegidísima como el género lírico nacional por excelencia que es y que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo (con razón, el teatro utiliza como lema “único en el mundo”); pues fue creada por mandato de la Corona (siempre en su tradicional misión de patrocinar la cultura patria), concretamente por Felipe IV de España (ese que sale al fondo de “Las Meninas”), apodado “el Rey planeta”, y uno de los grandes mecenas de nuestra historia (una importante parte de las Colecciones Reales que se exhiben en el Museo del Prado se las debemos a este monarca, destacando muy especialmente toda la obra de Velázquez), para ser representada en el palacio que acabaría dándole el nombre que sigue llevando el género, el mismo que en la actualidad es la residencia regia… pero luego, en su evolución histórica teatral, este género, a lo largo de los siglos, atravesó los más diversos y curiosos derroteros, alcanzando una gran popularidad, que consiguió, el no poco mérito, de unir a personas de toda clase y condición, disfrutando sin reparos y en armonía (nunca mejor dicho) de un mismo arte. Todo ello, sin mencionar que algunas de las más relevantes figuras artísticas de nuestra historia han creado o participado en obras de este género. Pero sobre todo, la zarzuela logró convertirse en un magnífico reflejo de la idiosincrasia y cultura españolas (incluyendo en ella todas sus regiones y nacionalidades históricas, como se ha demostrado esta misma temporada, y he comentado ampliamente aquí o aquí)… por ello, dudo que nadie se atreva, siquiera, a cuestionar la obligación que tiene el estado en asegurar, además de fomentar, su conservación y difusión, la misma que tiene con el resto de nuestro patrimonio histórico-artístico, por otra parte.

Y es que, por mucho que me guste la ópera (que me encanta), es algo extranjero que no tiene el más mínimo peligro de extinción; lo cual no podemos decir de nuestro género lírico nacional, que a duras penas se consigue hacer conocer como se debe (a pesar de la magnífica y muy excelente función pública que ha hecho tradicionalmente el Teatro de la Zarzuela como institución).

Aunque no creo que nadie haya tenido en cuenta aquí la cuestión cultural (y si se ha hecho, aquellos que están implicados en ello han demostrado la más profunda y supina ignorancia cultural nacional), sino la económica.

Y ahí ya entramos en el funcionamiento absolutamente distinto (hasta dentro de muy poco, si no consigue evitarse) de ambas instituciones:

-El Teatro Real: es una institución elitista, para determinada clase que acude al lugar más a ver y ser vista, lo cual demuestran sus precios de escándalo, inaccesibles para la gran mayoría. Es más, muchos artistas y personas relacionadas con la cultura no han tenido reparos en admitir que la gente que acude allí no tiene ni idea de ópera… ni le importa; y todo el mundo sabe que, desde el siglo XIX, uno de los requisitos para ser alguien en sociedad era tener un palco en ese teatro (hoy día, las cosas han cambiado… a peor: se dice que si tienes uno en el Bernabéu, también puede valer como sustitución)… detalle histórico muy pertinente a recordar en plena celebración de su farsa de bicentenario que todos pagamos y sólo unos pocos disfrutan… “de interés público”, ¡ja!; Sin mencionar que se trata de una farsa como celebración y además farsa histórica: porque, con la cantidad de aperturas, cierres, renombramientos, cambios de gestión, uso y empleo, además de reformas de todo tipo… etc, que ha tenido este teatro, difícilmente se puede decir que haya tenido una historia auténticamente continuada, muy al contrario que en el caso del dedicado al género zarzuelístico.

-El teatro de la Zarzuela: muy por el contrario, y en directo contraste con el anterior (agua y aceite), es un teatro próximo, campechano, familiar, alcanzable para casi todos, con muchos e importantes descuentos.

En realidad, ambos son la perfecta representación simbólica de su género y público.

Así pues, a todas luces, tal fusión sería un perjuicio absoluto para todos, tanto para la cultura como para los espectadores: con tal anexión, la zarzuela como género sería desdeñada, ¡sería una segundona en su propio teatro!, ¡una subalterna en un lugar que, históricamente, fue construido de manera específica para representarla!… aunque eso poco importaría al final, pues con los nuevos precios ya casi nadie podría ir.

Todo ello, sin mencionar que realmente se está caminando hacia una peligrosa privatización, que en determinados casos (como el de la Zarzuela) jamás debería suceder, pues es un tipo de patrimonio que debe ser absolutamente protegido por el estado, debido a sus importantes características intrínsecas a la nación española.

Además, yo siempre he dicho que el teatro público sólo tiene sentido si se hace como se debe, y no se pueden hacer grandes recriminaciones al Teatro de la Zarzuela al respecto, pues verdaderamente cumple una función cultural imprescindible (que además, va más allá de la capital pues se hacen giras por el territorio nacional).

Todo ello, sin mencionar los presumibles problemas que sufrirían sus trabajadores (¿qué se va a hacer con los funcionarios?… aunque si ellos fueran de quién más preocuparse, los que tengan otro tipo de contratos, ¡imagínate!).

Por estas no pocas cuestiones, todo el mundo se ha puesto en pie de guerra con el tema, y muchos se han movilizado recogiendo firmas para evitar la catástrofe, no es para menos (debo decir, tengo entendido, que cualquiera puede acudir a firmar en cualquier taquilla de un teatro del INAEM, y con toda seguridad, en las del Teatro de la Zarzuela se mostrarán sumamente voluntariosos en facilitar que, quien quiera, pueda hacerlo).

Decir además, que con motivo de los paros y la huelga, se están organizando concentraciones sumamente originales, puesto que, ¡se amenizan con piezas líricas!, ¡verdaderamente la zarzuela está en lucha!. La verdad, me parece sumamente inteligente y original hacerlo de esa manera, pues es como si el género luchase por sí mismo y se implicase en todo este asunto (no en vano, se trata de su supervivencia)… y teniendo un mínimo conocimiento de él, existen unas cuántas piezas cuánto menos interesantes para cantar (estoy ya pensando en una o dos de “La Gran Vía” o “El Rey que rabió”)… puede ser tan divertido como aleccionador e irónico (para más detalles, de cuándo y cómo son -además de otras noticias al respecto o la posibilidad de descargar una hoja de firmas-, sugiero consultar la cuenta de Twitter “Salvemos la Zarzuela”).

Pero ahora viene el punto curioso de este artículo que estoy escribiendo: estaba previsto que en estos días se estrenara una zarzuela contemporánea titulada “Policías y ladrones”, cosa muy loable, y mucho más sabiendo que hace demasiado (decir décadas se queda ya casi en poco) que no se estrena nada nuevo de este género, cuestión que resulta de lo más inexplicable cuando sí ha habido el escándalo de que el teatro encargara y estrenara óperas contemporáneas (inadmisible, ¿para qué está el Real sino?). En realidad, resulta del todo imprescindible que la institución dedicada a la lírica nacional encargue zarzuelas, pues entra plenamente dentro de su función pública: descubrir nuevos talentos para el género, desarrollarlo para la actualidad, y, sobre todo, para que tenga un futuro (y no se quede en una reliquia de museo); función que es tan importante como, la que ya desarrolla, de investigar, conservar y difundir el patrimonio musical ya existente.

Muy lamentablemente, y tras haber investigado la obra, “Policías y ladrones” no cumplía ninguno de los requisitos que se le hubiera exigido a un estreno tan esperado y necesario: he sabido que el propio personal del teatro la ha calificado abiertamente de “bodrio”, e incluso no ha faltado quien ha dicho: “si no nos gusta ni a nosotros, que estamos aquí, ¿cómo le vas a pedir al público que le guste?”.

Yo, personalmente, he investigado (pues la curiosidad se me agudizó mucho cuando se canceló un estreno tan extremadamente notorio, y que debía ser la joya de la corona de la temporada) y conseguido acceder a más información de la obra que se hubiese estrenado, y puedo asegurar que la música de Tomás Marco es inaudible (la típica de ópera contemporánea, que pretende ser muy rupturista con la búsqueda de nuevas tonalidades… pero que hace exactamente lo mismo que se lleva haciendo, una y otra vez, cansinamente, sin apenas un resultados decentes o que gusten al público, desde Debussy), y el libreto de Álvaro del Amo, de pura vergüenza ajena (la tópica ruptura de la narrativa clásica, con aspiraciones de tema reivindicativo y polémico, además de unos pareados de risa que parece que se han hecho con un diccionario de rimas de internet), y esto último tiene mucha gracia, porque hoy día nunca se respeta a los pobres libretistas, que generalmente, no siempre serían los mejores contadores de historias, pero sí solían ser poetas realmente buenos (casi cualquiera de sus libretos se podría leer como un largo poema, sin música)… y hoy día, claramente, no parece que nadie les llegue a la suela de los zapatos (o no al menos a quienes contratan para hacer las versiones de los libretos, una vez más, el fallo de no confiar en la persona o el talento adecuado).

Y esto sin mencionar la puesta en escena (que por lo que se ve e intuye, parece tan pobre, materialmente como de ideas), cosa importante, puesto que al fin y al cabo, esto es un estreno teatral; y que estaba a cargo de la infame Carmen Portaceli, nueva directora del Teatro Español, que, desde que ha llegado al puesto, se ha dedicado a incumplir aquellas directrices que contaba a la prensa cuando obtuvo el nombramiento (de una forma sospechosa), a crear una programación inclasificable, y que ha conseguido (increíble), que todas las malas críticas, que no fueron pocas, hechas por este blog a Juan Carlos Pérez de la Fuente (anterior director) se hayan quedado en humo y que no dejemos de recordar aquel bello refrán español que decía “otros vendrán que bueno me harán” o “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

En todo caso, con mucha seguridad, de haber hecho este blog una crítica de “Policías y ladrones”, seguramente la hubiese calificado de una cosa repugnante, vergonzosa e intolerable. Vamos, una de esas críticas mías en las que voy a matar con saña.

Y en este caso especialmente, pues me sentiría muy decepcionado, e incluso dolido, por el que se haya desperdiciado tan gran e importante oportunidad para revivir la zarzuela como género, darle alas y que vuelva a tener el triunfo que merece entre el público general que, tradicionalmente, siempre lo había apoyado por considerarlo como algo suyo y propio (y no hay manera de que nadie pueda estimar “Policías y ladrones” como tal cosa… sino como algo totalmente ajeno, como la fabricación de una abstracción pedante y pretendidamente intelectualoide, para eruditos a la violeta y élites -de cualquier tipo o que se llamen a sí mismas tal cosa- que se quieren dar aires culturetas, es decir; el viejo aparentar para no hacer el esfuerzo de ser).

Si a todo ello sumamos que a sus autores parece importarles bastante poco la situación del propio teatro que les encargó la obra (como se lee en alguna que otra entrevista, en la que incluso apoyan la anexión), está claro que han puesto a los empleados en pie de guerra, y estos han evitado, no sólo que se estrene, sino que se llegue a representar siquiera.

Aunque a lo mejor estas trabajadores tienen unas miras mucho más amplias que las de una simple venganza por la falta de apoyo… son verdaderamente inteligentes. Me explico: el estreno a bombo y platillo de una obra que sin duda abucheará el público, en plena polémica por la anexión del Real, legitimaría esta ante los espectadores, que rápidamente pensarían “para lo que hacen, mejor que los privaticen, y así no pago estos bodrios de mis impuestos”; pues, en realidad, si uno lo piensa, es un truco perfecto, ideal: escenificar fracasos seguros para perder el favor de la audiencia, y que, además del escándalo, las ventas y la confianza en la institución caigan en picado.

Y la verdad, tras el gravísimo, y letal patinazo, de producciones inmediatamente anteriores como la del Proyecto Zarza (concretamente su repulsivo “El dúo de la Africana”)… no es el momento para que la institución pueda permitirse más errores graves que desacrediten inmediata e innecesariamente el trabajo de décadas (o de siglos incluso).

Si a eso sumamos los temas polémicos que trata el libreto (corrupción en la España actual), ello daría la excusa perfecta al gobierno para ir en contra de la institución teatral, con la disculpa de que ha mordido la mano que le da de comer y de que la hay que meter en cintura cuánto antes.

Sí, por lo que yo sé, “Policías y ladrones” no le hacía ningún favor al Teatro de la Zarzuela, y menos, especialmente en este momento, a todos aquellos que luchan por mantener su independencia, legitimidad, interés público e incluso supervivencia… por lo que estos últimos han sido lo suficientemente listos como para evitar que sucediese una catástrofe que sin duda hubiese generado el escándalo perfecto para crear una sólida base, una punta de lanza muy eficazmente afilada, con la que destruir nuestro templo lírico nacional.

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Francamente, esperemos que “Policías y ladrones” no se estrene nunca; y, lo que es muchísimo más importante, ojalá que la actual dirección otorgue su confianza, para la composición de nuevas zarzuelas, a quién verdaderamente la merezca, tenga talento de verdad, esté capacitado para ello… y sobre todo, ame sinceramente el género lírico nacional y desee hacerlo resurgir cual ave fénix a una nueva época dorada… que no será la primera vez que esto sucede (no olvidemos que la historia de la zarzuela ha tenido muchos altibajos).

Ello es realmente importante, porque sólo un buen e impecable trabajo legitimará al Teatro de la Zarzuela como institución, teatro público, y lo librará de la situación que ahora está viviendo.

En fin, sólo me queda acabar este artículo diciendo:

¡Salvemos nuestra cultura, salvemos el Teatro de la Zarzuela!, ¡porque si nosotros no defendemos lo nuestro, nadie más lo va a hacer!.

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La temporada de exposiciones de primavera-verano de 2018 en Madrid

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Esto es un artículo recopilatorio, que se actualiza continuamente (hasta que termina la temporada que dice el título, momento en el que se publica uno nuevo en esta misma sección de Turismo), por lo que, para estar informado de todas las novedades, se recomienda volver a visitarlo a menudo.

Aclarar que, en este artículo en concreto, las últimas actualizaciones siempre son las más pegadas a estas líneas, es decir, las que están más arriba del artículo; y por tanto, las que están más abajo, son las que he comentado hace más tiempo.

Para una información más extensa o sobre otras cuestiones culturales (Turismo, críticas de Películas o Teatro… etc), visitar las secciones correspondientes que aparecen permanentemente en un listado a la derecha.

Si hay algo que aún no he publicado, y sin embargo te interesa, pregunta a través de un comentario, puede que te ayude, ya que a lo mejor lo he visto, pero no he tenido tiempo de escribirlo.

………………………………………………………….

 

Comienza una nueva temporada, el tiempo cambia… ¡y las exposiciones también!; y, aunque últimamente parece que presto menos atención a todas estas cosas, pues me he vuelto más sosegado, ¡aún sigo al pie del cañón en lo posible!.

Curiosamente, comienzo este artículo hablando de algo no muy habitual (ni en los recopilatorios ni en el blog en general), pues ya sabéis que no soy muy de ir de galerías, ya que como dice cierto importante libro, “el espíritu está pronto, pero la carne es débil”… nunca he conseguido sacar ni el tiempo ni las ganas para ello, aunque alguna vez, rara, me haya dedicado a recorrer unas cuantas… tal vez se deba a que no dejan de ser exposiciones muy pequeñas y cortas, con lo que siempre hay que asegurarse de ver varias para que compense el desplazamiento, sin mencionar que no siempre la calidad está a la altura o confirmada (siempre es un riesgo y una apuesta), digamos que cuando vas a un museo, ya estás algo más seguro de lo que ves… luego te podrá gustar más o menos, pero eso ya es otro tema.

Y luego también depende del interés y el gusto que puedas tener por el arte contemporáneo como para que compense ir… pero francamente, aunque te guste algo más clásico, de elegir algo “comercial”, francamente, siempre preferiré visitar una galería que una casa de subastas, pues en estas últimas casi siempre te está dando la impresión de ver material desechable y de segundas; al menos en una galería puedes descubrir algo interesante, especial y novedoso.

De hecho, hace tantísimo tiempo que no pasaba por la calle Orfila (que en mi memoria, era la calle por excelencia de las galerías de arte), que no había podido observar cuánto había cambiado… pues en mi recuerdo de hace años, había un montón de galerías en esa zona, en plan de andar dando dos pasos y toparse con una… en este momento apenas he encontrado dos, las únicas que parecen haber resistido (aunque las más relevantes en mi remembranza, también debo decir).

Sea como sea, en este momento, en Madrid, podemos encontrar:

 

Galería Marlborough

Por una serie de circunstancias, estuve en la inauguración, en la que el catering fue servido por “Mara catering”, empresa que no quedó muy bien y llevó a cabo un pésimo trabajo: ni la bebida que se servía era de gran calidad (el vino blanco era espantoso) y mucho menos los aperitivos.

Si a ello sumamos la extremada impertinencia, incompetencia y pésimo servicio de los camareros, que se comportaban cómo los dueños del lugar o cómo si te estuvieran haciendo un favor trabajando aquella tarde (sería imposible enumerar todo lo que hicieron mal, pero, por destacar algunos detalles: el camarero más viejo apartaba, intencionada y repetidamente, la bandeja de los canapés si intentabas cogerlos; y los jóvenes corrían por toda la sala como si estuvieran en una inexplicable carrera y sólo hubiesen sacado las bebidas para airearlas o para ver quién podía transportarlas más rápido sin que se cayesen, porque otra cosa… es más, daba la impresión de que todo lo que no se comiese la gente se lo iban a tomar ellos, porque si no, no se explica el que evitaran, tan concienzudamente, que la gente pudiese acceder a la comida y las bebidas, es más, ¡hasta casi parecía que les sentaba mal que la gente las cogiese y las ofrecían como obligados!).

Podemos concluir, así pues, que la galería no pudo escoger peor la empresa que se ocuparía de agasajar a los asistentes al acto. Esperemos que jamás los vuelvan a contratar, porque no me imagino peor forma de quedar mal de una manera tan tonta e innecesaria como esa (y es que verdaderamente este tipo de cosas crean una mala impresión del sitio que visitas, pues, aunque no sean los responsables directos de la cuestión, sí que crea una cierta desconfianza hacia el lugar -la galería Marlborough, en este caso-, si ves que no son capaces de gestionar algo tan obvio y básico como es un catering y su propio evento de inauguración), pues existen tantas empresas que pueden hacer un buen trabajo, y más tratándose de algo tan básico y sencillo….

-LEIRO, CUERPO INVENTADO: nueva exposición de un artista gallego más que consolidado y conocido; y en esta muestra se demuestra el porqué.

Sin embargo, he de decir que la exposición es muy desigual, hay obras bastante interesantes y otras por las que he pasado de largo.

Tampoco me convence del todo el que haya conseguido llevar a buen fin su idea de representar la fusión (y quizás dominación) de objeto a sujeto.

Curiosamente, los “extras”, como los bocetos, ha sido de lo que me ha parecido más interesante.

Con todo, hay que reconocer que hay algunas que otras obras interesantes, por las que realmente merece la pena pasarse por la galería y saber que de nuevo está haciendo este importante artista de nuestro panorama artístico contemporáneo.

 

Galería Orfila

Antes de entrar, recomiendo leer un cartel que está pegado en la puerta (lleva ahí años, es un milagro que no se decolorase) y en el que aparece un cuadro de Tiziano… siempre me ha gustado su mensaje y su idea.

-ANTÓN DÍEZ, RESTOS DE BATALLAS: interesantísima obra de muy cuidada estética, y sin duda alguna, evocadora.

He sabido que no le ha ido muy allá con esta exposición (a pesar de que, en general, por lo visto, ha gustado, algo absolutamente lógico, por otra parte), y en mi opinión, es absolutamente injusto.

Me encanta su toque nostálgico, las referencias al arte clásico (Velázquez, los libros medievales iluminados), pero a la vez a la ilustración y los materiales infantiles como los cuentos troquelados, en relieve, o los juguetes antiguos como los soldados de plomo… te evoca los cuentos clásicos, a Juana de Arco, el Rey Arturo y sus caballeros… etc.

El hecho de no utilizar materiales nobles refuerza todo lo anterior, pues nos recuerda también el cierto origen artesanal del juguete y un viejo estilo de entretenimiento, información e ilustración que parece desaparecido o pasado de moda en esta era digital de tablets y smartphones.

Y sin embargo, a la vez, es una parodia de todo lo anterior, pues su obra tiene un inteligentísimo sentido del humor. Además de un cierto y encantador toque de decadentismo.

En conclusión, alcanza el difícil mérito de conjugar modernidad y clasicismo con una habilidad de lo más reseñable, pues fácilmente las obras que se exponen gustarán tanto a los más académicos como a aquellos que prefieren un cierto rupturismo, ya que tiene un toque que realmente puede satisfacer a todos.

 

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Críticas exprés: Los empeños de una casa / Comedia Aquilana

Mucho he criticado a Helena Pimenta (por su actitud megalómana, más que por otra cosa), directora de la Compañía nacional de teatro clásico, en este blog, sin embargo, con estas nuevas obras que he visto en el Teatro de la Comedia tengo que decir algo muy a favor de ella.

Verdaderamente, no sé si de forma consciente o inconsciente, buscándolo o no, ha hecho todo un descubrimiento (pero las formas poco importan frente al importante resultado): el musical historicista. Sí, historicista, puesto que el subgénero del musical histórico ya existía (es decir, cualquier musical que se sitúe en una época anterior a la contemporánea en la que fue escrita la obra); así pues, ¿cuál es la diferencia entre ambos?, pues bien, que el musical historicista, no sólo ubicaría la acción del libreto en el pasado, sino que, además, la música trataría de evocar también el estilo melódico de la época en la que transcurre (prescindiendo, o no, de pequeños recursos modernos que mejoren el conjunto final)… en definitiva, una auténtica genialidad.

Con toda seguridad, esto se ha debido al gusto de Pimenta por la música, y, en particular por que esta se haga en directo, cómo bien se puede apreciar en muchas de sus obras.

Aunque, curiosamente, si uno profundiza un poco en todo esto, quizás nos encontremos con algo un poco más profundo e incluso más interesante… ¿le está la CNTC haciendo la competencia al Teatro de la Zarzuela?; pues bien es cierto que, el musical historicista (como he dado en denominarlo), por textos y estilo bien se podría acercar al género de la zarzuela… así pues, ¿está haciendo Pimenta zarzuelas contemporáneas?. Interesante cuestión, y más sabiendo que el teatro del género lírico nacional estrenará, en no demasiado tiempo, una zarzuela contemporánea (creo no equivocarme diciendo que es la primera en muchas décadas)… así que no faltarán las oportunidades de comparar quién ha estado más acertado en su resurgimiento: Pimenta o Bianco (el director del Teatro de la Zarzuela). Aunque, para ser honestos, la primera juega con cierta ventaja, sus libretistas son los mejores dramaturgos de nuestra literatura… lo que también nos lleva a concluir que difícilmente se podrían llamar zarzuelas contemporáneas, ya que el libreto no lo es; y en el caso de la obra que estrenará el Teatro de la Zarzuela sí.

Sea como sea, pongámosles el nombre que les pongamos, musicales historicistas o adaptaciones zarzuelísticas; lo cierto e innegable es que consiguen un muy buen y sobresaliente resultado, que garantiza el triunfo de la belleza a través de la unión de todas las artes.

También tengo que decir a favor de Pimenta que, verdaderamente creo que está cumpliendo con la función de la CNTC como teatro público, pues con estas dos obras, nos descubre a autores no tan conocidos y representados, lo que es importante, pues este tipo de instituciones también deben dedicarse a investigar, descubrir, además de arriesgarse y apostar por lo no tan conocido, si no, ¿qué sentido tendrían?, sí, sin duda, las instituciones teatrales públicas deben descubrirnos nuestro propio patrimonio, asegurarse de que no se pierda y darlo a conocer al gran público… ¿qué también hay que programar algo más comercial?, sin duda, pero una temporada da mucho de sí para poder programar de todo. Y debo de admitir, si hacemos cierto análisis de la temporada, que Helena Pimenta claramente ha hecho los deberes… Felicidades por ello. Es algo que no suelo decirle en Universo de A, pero viendo lo que veo, simplemente no puedo callármelo (pues hay que decir tanto lo bueno como lo malo); así pues, como dice aquella vieja cita bíblica “a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”.

Por su parte, he de decir que el programa de mano (pues califico los de ambas obras igualmente ya que no hay diferencia en la calidad), es muy malo, ¿tan difícil sería que expertos escribieran sobre los autores, las obras, su origen, gestación, la época… etc?, ¿de verdad sería tan complicado hacer un buen documento que querer guardar y no que tirar según se salga del teatro (o incluso antes)?… francamente, así al menos el papel se aprovecharía.

Respecto a la atención al público, la he encontrado muy buena en todo el Teatro de la Comedia; excepto en el guardarropa, dónde la persona que está ahí para colgar las prendas siempre parece intentar batir records de incompetencia e inutilidad para dar el peor trato posible al asistente al teatro (y ya me ha pasado distintas veces con diversas personas): todo les cuesta trabajo, todo es un problema y una complicación, no paran de buscar trabas, no saben hacer nada, malas caras incluso… vamos, un horror; la verdad, tal y como está el tema, hubiera compensado más que nosotros mismos colgásemos el abrigo o lo guardásemos en una taquilla.

 

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Debo decir qué, aunque me suele gustar la Joven compañía nacional de teatro clásico (de hecho, irónicamente, en ocasiones más que lo que se presenta en la sala principal), lo cierto es que sigue desagradándome esa mala costumbre que tienen de meter actores con cierto grado de consolidación que, claramente y a todas luces, no necesitan estar ahí. Se supone que el objetivo de la Joven es, o debería ser, el descubrimiento de nuevos valores, y dar la oportunidad a emergentes y posibles talentos… y tal y como lo están haciendo no hay manera; pero no me voy a extender en el tema, pues ya hablé de ello anteriormente.

 

-Los empeños de una casa: una producción difícil de juzgar puesto que defectos y virtudes están muy igualados, pero, finalmente, considero que han ganado las segundas. Para comprender esto, comenzaré hablando de los primeros y terminaré por las últimas.

 

Empecemos hablando de los defectos:

-La dirección: una dirección compartida entre Pepa Gamboa y Yayo Cáceres (el cual, a pesar de que en su momento di muy buenas críticas a su labor, cada vez tengo menos fe en él… o por lo menos en los proyectos que elige), que es extremadamente poco verista, artificial y sobreactuada; sin mencionar de pésimo gusto estético.

No tiene ningún acierto: una escenografía en esencia pobre, con vanos intentos de esteticismo a través de unas copias de unas pinturas que están siendo enseñadas y tapadas con una tela, irrazonablemente, todo el tiempo… pero, en general, como ya digo, los decorados son penosos; una iluminación muy poco acertada; unos movimientos de escena exagerados e innecesarios que hacen que parezca que los actores están en un tiovivo en vez de en un escenario; y por supuesto, una espantosa dirección de actores, a los que se permite extralimitarse de una manera grotesca en sus interpretaciones.

-El vestuario: merece capítulo aparte por lo espantoso que resulta: parece que se lo hayan traído los actores de casa; da la impresión de que la producción se gastó el dinero en algo que no debía, y cómo no le quedó nada, les pidió a los interpretes que le cosiesen a su ropa normal algún que otro adorno… y listo.

Pero como en el programa asegura que el vestuario lo hizo una tal Lupe Valero… realmente hay que tener valor para presentar en público algo así, ¡qué vergüenza!, esperemos que tal persona no vuelva a trabajar nunca para ninguna producción, porque lo que ha hecho es verdaderamente deleznable.

-Los actores: además de sobreactuados, berrean como si no hubiese mañana, no proyectan: gritan… llega a resultar insoportable. Tampoco tienen unas voces para el canto muy allá, así que se nota que no se ha elegido nada bien el reparto artístico. A reseñar, la oportuna casualidad de que el hijo de José Luis Alonso de Santos (dramaturgo y, fíjate tú que casualidad tan oportuna, exdirector de la CNTC) siga en los repartos de la Joven, ¿casualidad o enchufismo trifásico descarado?, creo que no resulta muy difícil responder a esa pregunta, y más teniendo en cuenta su escasa o nula calidad como actor.

 

Y finalicemos con las virtudes:

-La obra original: para empezar, siempre es interesante ver una obra clásica escrita por una mujer, tenemos que tener en cuenta que, tradicionalmente, y hasta bien entrado el siglo pasado, el arte era algo puramente masculino, en el que, en muy raras excepciones entraban mujeres (y por ello, las producciones de este tipo son tan destacables en la historia, aunque sólo sea por su calidad de rara avis), de modo que nos encontramos con un documento histórico de primer nivel (aunque, paradójica e irónicamente, la versión la haya hecho un hombre).

En cualquier caso, y dejando de lado su interés como curiosidad histórica, hay que reconocer que la obra es muy buena, divertida, además de perfecta y totalmente a la altura de los más grandes dramaturgos de nuestra historia literaria, ¡bravissima sor Juana Inés de la Cruz!.

-El uso de la música: siempre me ha gustado la música en directo en las obras… pero aún me ha gustado más el como se ha montado esta obra, pues, como es bien sabido, poesía y música siempre han tenido una cierta unión… ¡así que qué mejor que convertir una obra en verso en un musical!, verdaderamente, no llega a haber muchísimas canciones, pero sí las suficientes como para que llegue a parecer una obra del género rey.

En cualquier caso, tal cosa se hace con sumo buen gusto, queda maravillosamente, y realza aún más la obra. Ha sido pues esta, la elección de convertir la obra clásica en un musical, una magnífica elección, con toda seguridad, la mejor que se ha tomado en toda la producción.

 

Conclusiones:

A pesar de sus importantes y muy destacables defectos; debo reconocer que el nuevo montaje de la Joven compañía nacional de teatro clásico, “Los empeños de una casa” de Sor Juana Inés de la Cruz me ha gustado mucho, y no puedo sino recomendarlo, es un clásico musical que resulta delicioso, y que puede acercarse con facilidad a los más variados sectores de público, incluso, a los que en principio este tipo de teatro no les interesaría; no hay duda, por tanto, de que merece mucho la pena y es una muy buena elección en la cartelera.

 

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Me encanta la publicidad de esta obra, con ese estilo que recuerda tanto a los bodegones de época e incluso a Giuseppe Arcimboldo… la verdad es que ya promete mucho desde el principio. Sin duda han estado de lo más acertados con la elección de la identidad visual.

 

-Comedia Aquilana: sin duda alguna, esta producción está bendita y a la vez maldita por la misma persona: Ana Zamora. Por una parte, ella es la responsable de que la obra haya llegado a la escena (lo cual, como se leerá hacia el final de la crítica, es algo bueno); pero, por otra parte, también es la causante de todos sus desatinos (tema que en el que me entenderé en las próximas líneas).

Zamora, que desarrolló (según información del propio programa) todo el proyecto en la Real academia de España en Roma, con una beca que concede la Real academia de bellas artes de san Fernando, la cual, en su habitual inutilidad y carencia de significado hoy día, sigue demostrando que se dedica a desperdiciar el dinero en supuestos artistillos… los cuales, por cierto, a día de hoy, ninguno ha hecho nada digno de mención realmente; prueba, una vez más, de la incapacidad de la institución para ver el talento, apoyar a las personas adecuadas o tener la suficiente visión como para apreciar cualquiera de las anteriores cosas. Muy buena prueba de ello, es la anual exposición (aquí un ejemplo, con la crítica de una de hace un tiempo… a mí me ponían tan enfermo estas muestras, que simplemente deje de ir) de los becados en la propia sede de la RABSF, que siempre suele dar vergüenza ajena, bueno, eso poniéndonos en el mejor de los casos, y de la que siempre sales airado por que ves como el dinero se tira y despilfarra tan alegremente….

Pero dejando de lado este tema, y centrándonos en la cuestión, lo cierto es que las vacaciones pagadas… quiero decir, la beca que Zamora recibió fue tan inútil como era de esperar (el talento no surge mágicamente, da igual dónde estés, en Roma o en Tokio); y, por supuesto, la chica fue incapaz de redactar una versión de la obra de Torres Naharro siquiera aceptable.

Porque yo pregunto, pero vamos a ver, si te empeñas en versionar algo, en no dejarlo tal y como está (contradiciendo el concepto más básico de la razón de la existencia, permanencia y pervivencia de los clásicos), entonces, al menos, ¿por qué no haces algo mejor que sea tan siquiera inteligible y accesible, coño?.

Así pues, el texto de Ana Zamora resulta nulamente eficaz narrativamente, se interrumpe constantemente, y no permite que el espectador capte aceptablemente lo que la historia original quiere transmitir, ni empatizar con los personajes… es como si hubiese una permanente barrera entre tú y la narración. Y, por encima, hay que hacer un auténtico esfuerzo para seguir y entender el argumento. En definitiva, una muy mala versión y peor texto teatral.

Por lo demás, la historia original de Torres Naharro (bueno, lo que bien se puede intuir de ella), incluye ciertas cosas novedosas e interesantes, así que sí puede tener su interés conocerla.

Tampoco está mejor en la dirección la misma Ana Zamora, en la que se muestra torpe, además de que se empeña en hacer las cosas más extravagantes, en meter unos movimientos de escena y una gestualidad que sacan al espectador continuamente de la historia, de modo que te pasas toda la función viendo actores y no personajes. Por otro lado, su escasa pericia llega a hacer que la historia se pueda volver lenta, y en algún que otro momento, incluso pesada y aburrida.

Los actores están muy mal, todos sobreactúan que da miedo; intentan hacer varios personajes, pero a penas se distinguen entre sí (la verdad es que se produce un lío colosal); y lo dicho, estás viendo actores todo el rato, casi nunca personajes.

Y tras haber hablado de todo lo que está mal, que no es poco ni una minucia, hablemos de lo que está bien.

Lo cierto es que si una virtud se puede, y debe resaltar, de esta producción, es su increíble elegancia, su buen gusto, su gran belleza estética… que se logra con una mezcla de moderno y clásico de lo más encantadora.

La realidad es que, en ocasiones, la obra llega a parecer un bellísimo “tableau vivant” (cuadro viviente) de una hermosura cautivadora.

A todo ello contribuye una preciosísima escenografía y vestuario (que han sido diseñados brillante y hábilmente de una manera simbólica, para que, según convenga, vayan a juego) cargadas de referencias a la época, pero sin renunciar a lo contemporáneo (a destacar especialmente, del vestuario, y de este las originales coronas vegetales… aunque, la verdad, las ropas oscuras de hoy día -y especialmente los zapatos marrones que no desaparecían en ningún momento y que resultaban de lo más irritantes-, estropeaban mucho el efecto del bello colorido que producían la evocación de los vestidos de época)… creando una mezcla absolutamente perfecta, y de una belleza absolutamente fina y hermosa… una auténtica maravilla, vamos; de hecho, es suficiente con decir que merecería la pena ver esta obra sólo por la hermosura estética del montaje, de verdad os lo digo, pues su sola contemplación resulta de lo más placentera.

Sólo queda hablar de la música, en este caso especialmente importante, pues verdaderamente esta obra podría entrar en esa definición de musical historicista que he comentado anteriormente (o de adaptación zarzuelística); ya que, con maravillosa música en directo, tocada por fantásticas reproducciones de instrumentos de época, se evoca totalmente el estilo musical renacentista; a través de algún pequeño solo, pero especialmente con interesantes coros (una pena que se note demasiado que los intérpretes no son cantantes y no tengan talento para ello -verdaderamente no ha sido una buena elección de reparto-, sin mencionar que claramente no tuvieron tiempo, o no practicaron lo suficiente para conseguir una buena cohesión coral -cada voz va por su lado, sin conseguir en ningún momento una unicidad-); todo ello, resaltado por una oportuna coreografía, evocadora de las danzas del momento.

También decir que la obra es extremadamente corta, apenas una hora, pero francamente, tal y como ha sido elaborada (en lo que se refiere a la parte narrativa), conviene que así fuera, porque de lo contrario hubiese sido una auténtica pesadilla (no se puede vivir de belleza estética permanentemente).

Para finalizar, decir que, según me marchaba, escuché a múltiples personas, en distintas zonas del teatro, decir que les había gustado, con lo cual, además de mi opinión, tenéis otras cuántas más positivas como añadido.

En definitiva, a mí esta producción de la “Comedia Aquilana” me ha parecido muy grata y muy bella estéticamente, y, en general, agradable de ver. Cierto es que a ciertos niveles es un completo desastre (como detallo en las líneas anteriores); pero no puedo negar que disfruté con ella, y creo que toda persona con cierta sensibilidad artística lo hará igualmente. Por otro lado, tal vez estamos contemplando la consolidación del musical historicista o de la adaptación zarzuelística, así que, puede que estemos ante un subgénero totalmente nuevo y por tanto digno de analizar y descubrir. Sea como sea, yo realmente la recomiendo.

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