Críticas exprés: Solitudes / Las tr3s hermanas, deconstructing Chéjov

Llego tarde para publicar estas críticas a tiempo de que estén en cartel, pero no me preocupa porque ambas se repusieron alguna vez, así que no será de extrañar que vuelvan a reaparecer en la cartelera.

Levemente aceptable atención al público en el Teatro Fernán Gómez.

Programa de mano de las obras, pésimo, cada vez peor.

Por otra parte, me gustaría comentar que la técnica del JOBO de aficionar a los jóvenes a los teatros municipales parece que está empezando a dar sus frutos; pero la pregunta es, ¿volverán si lo que encuentran no les gusta?, y es que no sólo es necesario proporcionar el acceso al producto, también hay que proporcionar calidad, pues, lo peor de todo es que, si se es joven, no se tiene experiencia y mucho menos paciencia o curiosidad (características demasiado comunes en el mundo en el que vivimos), las primeras impresiones lo valen todo, y siendo así, muchos podrían quedar desalentados de por vida del acto de ir al teatro y no serán capaces de comprender la importancia y la utilidad de salvaguardar este arte (pero no me voy a extender en cómo deberían ser evitados cierto tipo de montajes pues sobradamente lo hice en esta otra crítica).

 

Solitudes

-Solitudes: muy seriamente pensé en darle a esta obra una crítica completa, pero me encontré en una fuertísima disyuntiva, por una parte, lo innegablemente original que era a todos los niveles, pero, por otra, lo mucho que me había aburrido… aunque respecto a esto último, no sé hasta que punto el producto tiene la culpa, pues últimamente siempre me siento muy cansado a esas horas, a saber por qué.

En cualquier caso, procedo a analizarla:

Es innegable, que Kulunka teatro ha inventado otro tipo de teatro, o al menos que le ha hecho un buen lavado de cara, puesto que su obra es absolutamente singular.

Ello se basa en unas inusitadas elecciones estéticas y narrativas que ahora pormenorizo:

Para empezar el uso de las máscaras (en principio, viendo fotos y cartelería de la obra, podrían parecer títeres, pero no lo son, son personas con una máscara -muy particular y fascinante, eso sí- todo el tiempo), que, si bien ciertamente no se puede decir que inventaran la pólvora con ello (recordemos, por ejemplo el teatro griego), sí que es algo poco habitual de ver hoy, al menos en el teatro occidental; y que, consigue darle un aspecto diferente a la obra, una especie de encanto especial que la hace diferencial.

Y la otra elección clave, es hacer la obra en mudo, sí, tal cual se lee, sin una sola palabra; probablemente, ahora muchos quieran recriminar que esto tampoco es el colmo de lo insólito, puesto que desde siempre ha existido el teatro gestual… como también es cierto que casi siempre se ha utilizado para la comedia y no para el drama, además de que casi nunca cuenta historias verdaderamente complejas; así pues, realmente, el hecho de hacer, tal y como se ha realizado, la obra enteramente de manera gestual, eleva a “Solitudes” a una categoría similar a las grandes obras del cine mudo (pero en teatro, lo que supone un gran mérito, innovación y ruptura), las cuales también gozaban de una gran y profunda complejidad, belleza, además de calidad narrativa y en todos los frentes.

En definitiva, tras lo anteriormente descrito, podemos entender, que, en realidad, y especialmente en la creación artística, raras veces importa el “qué” (puesto que casi no existe nada nuevo bajo el sol), sino el “cómo” y el “quién”… porque, al final, el buen resultado de algo realmente depende íntegramente de ello. Dicho de otro modo, la idea no es tan importante como el desarrollo.

Así pues, nos encontramos con un argumento verdaderamente actual, triste y fascinante, que capta con gran sensibilidad la realidad. Probablemente, los mayores fallos narrativos están en concederles demasiada importancia a ciertos gags innecesarios que retrasan y entorpecen el buen desarrollo del argumento y que resultan demasiado tópicos de este tipo de teatro, lo que en ningún caso beneficia al producto final; y, además de eso, ciertas pequeñas tramas que no aportan nada a la general, y que tampoco ayudan a crear un entretenimiento, lo que produce aún más hastío.

En cualquier caso, con toda probabilidad, lo que más perjudica a la obra es la dirección de Iñaki Rikarte, que es lenta, plúmbea, no tiene ritmo, permite que los movimientos de escena se realicen con una parsimonia interminable, lo que resulta especialmente insoportable cuando se trata de acciones que se nota que son completamente irrelevantes… etc; de modo que la representación sale perjudicada puesto que acaba resultando terriblemente lánguida a corto plazo, y, al largo, aburrida.

Posiblemente, tampoco ayuda a aumentar el dinamismo la melancólica música de Luis Miguel Cobo.

Así pues, vemos que los dos factores antes descritos se convierten en un peligroso lastre para el resultado final.

El resto, todo son virtudes: en el apartado técnico, por supuesto me encantaron las peculiares máscaras de Garbiñe Insausti, que mezclan realidad con cierto toque de fantasía a lo dibujo animado; al igual que los preciosos decorados y vestuario, muy apropiados, naturalistas, y que se usan muy bien y dando mucho juego.

Por lo demás, ya sólo me queda hablar de los actores, aunque  mejor dicho, actorazos, porque son realmente muy buenos… de hecho, yo no estuve seguro de si eran hombres o mujeres cuando interpretaban sus personajes hasta el mismo momento en el que se quitaron las máscaras para salir a saludar al público. Verdaderamente, es asombroso como consiguen evocar los más diversos y distintísimos personajes con una eficacia absolutamente espectacular. Resumiendo, realmente son unos auténticos expertos y profesionales del teatro gestual, que consiguen producir una gran emoción, y mover toda la sensibilidad del espectador. En definitiva: brabissimi.

Concluyendo la crítica: aunque no puedo negar que a mí “Solitudes” me aburrió, del mismo modo, tampoco puedo dejar de confirmar su inmensísima originalidad, su incontestable calidad, además de su máximo interés. En los párrafos anteriores de la crítica tenéis mi detallado análisis de lo que os vais a encontrar, en función de ello, tomad vuestra decisión de si os merece, o no, la pena ir. Queda en vuestras manos la elección, que, con la información anterior, podréis tomar informados y con criterio, según vuestros gustos, intereses y necesidades.

 

Las tres Hermanas

-Las tr3s hermanas, deconstructing Chéjov: paradójicamente (o no tanto, a menudo sucede), lo que mejor define esta obra es una de las frases que dice una de las actrices: “¡qué horror!, ¡qué horror!, ¡qué horror!, ¿cuándo acabará esto?”.

Reconozco que me lo merecía, cual niño malo al que le dicen que no toque el fuego o se quemará, he tenido que poner la mano en la llama para hacerme daño… y aún me escuece la quemadura.

Y Lo peor es que no estoy seguro de haber aprendido la lección. Sí, había investigado superficialmente la obra, sabía que no eran “Las tres hermanas” de Chejov tal cual, sabía que había sido “deconstruída” y reescrita (los propios carteles lo anunciaban), mis señales de alerta gritaban en contra de ella… pero eran “Las tres hermanas”, y era Chejov, no me podía resistir; así pues, me engañé a mí mismo y me dije, que, después del todo, reducir todo el elenco a sus protagonistas y simplificar la obra a su esencia básica, podría suponer algo muy interesante, además de que poner un punto de vista absolutamente femenino (a pesar de ser hombre el autor de la versión) podía resultar sumamente curioso. Así pues, cual polilla hacia la trampa que la matará, allí fui al Fernán Gómez.

El origen de todo lo que está mal (que es el conjunto al completo), es sin duda alguna el texto de José Sanchís Sinisterra, que descarada y desvergonzadamente, se atreve a autoproclamarse el autor de la obra. Sí, sí, tal cual se lee; en el folleto encontramos debajo del título las palabras “de José Sanchís Sinisterra”, y en el interior del programa de mano, encima de su nombre, aparece la palabra “autor”. Tal cual lo leéis, supongo que Antón Chejov (lo cual resulta irónico, pues es su autoría es lo que verdaderamente lleva al público al teatro, pues, aunque no dudo de que Sanchís pueda tener su público… ¡no se puede comparar!) no tuvo nada que ver al respecto, pues, con citarlo a modo de subtítulo con el anglicismo “deconstructing Chejov” llega y sobra. Es increíble que Sanchís no se haya molestado en disimular ni lo más mínimo su procaz autoatribución, nada de “versión de”, “adaptación de”, “inspirado en”… etc, simplemente, y sin más, se atribuye el solito la creación de la obra teatral, así, con dos cojones. Verdaderamente, hay que tener un ego muy desmesurado, y lo que es más importante, mucha egolatría y delirios de grandeza (bueno, en realidad, profundizando en la cuestión psicológica, el asunto está muy cerca de la mitomanía) para tener la osadía de hacer algo así, de una forma tan poco velada, nada disimulada, además de tan extremadamente impertinente e insolente.

Aunque al menos así, el pobre Chejov se libra del cruento atentado que Sanchís produce contra su honor y sus derechos morales sobre la obra, puesto que su versión (que es eso, porque, repito, la autoría no es suya, por mucho que hubiese reescrito la obra, la idea y el desarrollo es de otro) es algo abyecto e infame.

Sea como sea, el texto de Sanchís está mal a todos los niveles: no es capaz de siquiera perfilar bien a ninguno de los personajes y darles personalidad; además crea una estructura narrativa caótica, incoherente e ininteligible… al final, el conjunto resulta extremadamente soporífero puesto que el dramaturgo es incapaz de conseguir que entendamos nada, que sigamos alguna línea narrativa, o siquiera que comprendamos o sepamos que pintan en todo ello esos personajes que no aparecen en el escenario y que sin embargo desfilan por las palabras de las actrices una y otra vez, sin lograr que el público llegue a imaginarlos, identificarlos o entender quiénes son o qué pintan en todo esto.

En definitiva, la deconstrucción de Sanchís de la obra de Chejov se puede calificar, total y absolutamente, como el más burdo y total de los fracasos; no consigue reducir la obra a su esencia, no da un punto de vista femenino, no crea una mayor intimidad con las hermanas… sólo engendra un caos incomprensible, indescifrable y enrevesado que resulta inaguantable y aburrido.

Por supuesto, tal texto tiene una dirección a su altura (con todas sus consecuencias), la de Raimon Molins, que parece estar convencido de que, cuantos más sinsentidos y extravagancias se hagan en el escenario, más artística y vanguardista parecerá la obra (podría citar ejemplos innumerables: subirse a las mesas absurdamente; la colocación de los elementos escénicos en los lugares más tontos e injustificables; el uso continuo e irrelevante de unos relojes de pared que no aportan absolutamente nada de nada… etc). Lo cual es, por otra parte, técnica típica y habitual de “artisto”, cosa que ya a muy pocos engaña; muy por el contrario, produce aún más cansancio en el espectador que, cada vez menos, intenta hacer un mínimo esfuerzo por comprender aquello que le están proponiendo, pero, se ve obligado a descubrir qué, visto lo visto, y dado que los responsables de la producción están haciendo todo lo posible para evitarlo (técnica típica de aquellos que no tienen talento, disfrazarse bajo una supuesta profundidad que en realidad sólo es vacuidad… el viejo eruditismo a la violeta del que ya hablaba Cadalso), no queda sino rendirse a la hartura, la indiferencia y la apatía finalmente.

El resto del apartado técnico es pésimo, a juego con todo lo anterior. Si salvara algo de esta producción, tal vez serían los elementos de atrezo o el vestuario, pero tampoco resultan originales, así que digamos que sólo pueden llegar a destacar porque “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”.

Sólo queda hablar de las actrices, que van a juego con el resto de la producción: sobreactuadas, exageradas, no se creen el personaje en ningún momento, lo único que hacen es hacer de actriz que hace un personaje dramático… al menos ellas se lo pasarán pipa haciendo la obra, porque lo que es el público… va a ser que no, resulta inaguantable. En definitiva, el reparto artístico en su conjunto supone un total y absoluto desastre, pero tampoco es de extrañar, especialmente, viendo el panorama anteriormente descrito.

Concluyendo, la forma de definir a esta producción de la sala Atrium sería: horrible, mala, inadmisible, insultante, torpe, inepta, desacertada… y todas las definiciones parecidas que se os ocurran. Es decir, el viejo y típico caso de unos “artistos” que se han creído que son mejores que los clásicos, y, como es habitual y de costumbre, sólo han demostrado mediocridad, además de, como añadido, estafar al público que ha tenido la mala suerte de confiar en ellos. Una desgracia, en definitiva.

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a través de Saga exprés: Mamma mía!

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a través de XXIV Ciclo de Lied en el Teatro de la Zarzuela

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Crítica exprés: ¡24 horas mintiendo!

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Tras su reciente triunfo evitando la anexión con el Real, y la continuación del proceso para que el género sea nombrado PCI, el Teatro de la Zarzuela retoma la normalidad (se acabaron esas funciones canceladas masivas), celebra su vuelta a ello, y fin de temporada (bueno, más o menos, aún queda algún que otro recital de Lied, ¡estad atentos a las actualizaciones que hago continuamente en mi artículo dedicado a ello!) con la obra de esta crítica.

Hay que reconocer que el título es ya de por sí muy atractivo, ¿así que cómo no pensarse el ir?.

En cualquier caso, una vez más, el Teatro de la Zarzuela cumple magníficamente con su función de teatro público y nos da la oportunidad de profundizar en la revista musical española, diversificando de ese modo el abanico de todo lo que puede programar, y ofreciéndonos una gran y magnífica perspectiva de la obra musical de nuestra nación. Sólo una cosa se puede decir ante esto: ¡Bravo!.

Y es que no sólo se han hecho grandes musicales clásicos en el extranjero, aquí también debemos redescubrir los nuestros… y de la mano de este teatro, que hace estas producciones tan dignas y espectaculares, no se puede imaginar mejor medio de dignificar todo el género español.

Aunque lo que también quiero aplaudir es que el Teatro de la Zarzuela es de esos pocos que no se han rendido a la espantosa moda del micrófono escondido y del altavoz, permitiéndonos disfrutar de la esencia del teatro… cierto que en esta producción en concreto esto se nota más, pues se trata de intérpretes no acostumbrados a proyectar como es debido y eso produce que, a veces, la representación se resienta… pero francamente, yo prefiero esa autenticidad a lo otro, ¡viva el teatro en directo que realmente lo es!.

Y como es habitual, una buena atención al público.

 

-¡24 horas mintiendo!: respecto a la obra original, poco puedo decir porque no se nos deja atisbar demasiado: música y libreto han sido adaptados y revisados. Algo se intuye… pero, por desgracia, una vez más, ha primado más el ego de unos “artistos” que consideran que todo debe modernizarse, adaptarse a los tiempos de hoy y dárselo bien masticado al público porque es tonto, y sino, no lo comprende, ni lo acepta. No voy a extenderme en esto porque suficientemente he hablado en el blog ya sobre el tema.

Así pues, en lo que respecta a esta producción, la verdad es que es un bonito homenaje/imitación de la revista musical, con todo lo bueno y lo malo que tiene eso: un argumento muy liviano y disparatado, pero divertido; una música pegadiza, pero no virtuosística; unos números musicales metidos con calzador, pero espectaculares… etc. Para que los cinéfilos se hagan una idea: este espectáculo les recordará mucho a todos aquellos musicales de los años 30 y 40 qué trataban precisamente de una compañía en apuros, intentando sacar adelante un espectáculo que se lo solucionase todo… películas que eran muy parecidas entre sí. En definitiva, con sus virtudes y defectos amplificados (dados los medios con los que se ha contado y que se han usado), esta producción es una cariñosa recreación de la vieja revista.

El libreto, que siendo una versión libre debería mejorar el original, no consigue mantener la coherencia, definir a los personajes mínimamente, ni integrar debidamente los números musicales; creando un continuo caos, y que la historia, por falta de un buen rumbo, pueda llegar a resultar pesada e inconsistente.

La música, por su parte, se deja escuchar, es divertida, pero no maravillosa, nada que deslumbre.

Por su parte, la dirección de escena de Castejón es muy académica, titubeante y un tanto torpe; hablando claro: no hay talento pero sí suficiente conocimiento del oficio como para salir aceptablemente airoso del lance.

En lo referido al nivel técnico la producción es impecable: encantador decorado y maravilloso vestuario, todo muy cuidado y apropiado estéticamente. Las coreografías también tenían su cierta gracia.

El reparto artístico se muestra, como ya he dicho, poco digno y experimentado en las tablas que pisa, yo en las butacas a veces me costaba oírles… imagínate en el último piso; aunque ya no sólo por eso, la mayoría no reunía realmente las capacidades y cualidades para interpretar el personaje que tenía, se limitaban a hacer de sí mismos y más de uno ni siquiera tenía voz para cantar (Gurutze Beitia destacaba muy negativamente en ese aspecto).

En lo que respecta a la orquesta, Carlos Aragón la descontrola y va por su lado, casi con desprecio de lo que pasa sobre el escenario, tapando múltiples veces a los intérpretes haciendo que sus músicos toquen estruendosamente.

Concluyendo: ¿quieres ver un musical?, pocos o ninguno encontrarás más competitivos a nivel de espectacularidad, calidad y precio que este que se presenta en el Teatro de la Zarzuela; el cual, aunque no puede ser calificado como un imprescindible o una obra maestra sensacional, si es una buena opción en la cartelera teatral para todo aquel al que le guste este género o busque un divertimento sencillo.

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a través de Sin crítica express (ni de ningún otro tipo): Policías y ladrones o el inteligente boicot de los trabajadores del Teatro de la Zarzuela

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a través de XXIV Ciclo de Lied en el Teatro de la Zarzuela

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Crítica exprés: J. K. Rowling después de la saga Harry Potter

Este blog es algo curioso, aunque yo nunca haya querido que fuera así, lo cierto es que no todas las secciones se han desarrollado por igual, y casi involuntariamente, ha habido siempre unas preferentes, o al menos, unas en las que la publicación estaba asegurada sin que pudiera mediar la más mínima excusa de pereza.

Muy desgraciadamente, esta de “Libros”, no ha sido el caso; para ella siempre funcionaba la disculpa del “ya se hará, hay tiempo, si total no hay prisa…” o la de “si redacto acerca de todo lo que hago, tendré que dejar de hacer cosas porque ya sólo podré escribir”.

Todo ello, muy al contrario que para otras secciones más afortunadas como “Películas” o “Teatro”, que tienen garantizada una publicación por cada vez que vaya a uno de estos espectáculos (con excepciones, por supuesto, no escribo acerca de todas las películas que veo porque si no, no acabaría nunca; así, no escribo sobre todo lo que pueda ver en televisión o en formato doméstico, pero sí lo que vea en las salas… del mismo modo, en lo que respecta al teatro, casi sólo publico lo que veo en Madrid, con alguna rara excepción).

Sea como sea, y volviendo al tema, lo cierto es que muy rara vez termino una lectura y voy a escribir un borrador de crítica. Ahora, aunque me ha costado, y he tenido que mantener esa idea como inapelable varios días en mi cabeza (porque creedme, tengo un montón de borradores de artículos pendientes de escribir que a veces me pregunto si algún día verán la luz), al fin he conseguido llevarla a cabo, ponerme a ello… y una vez empiezo algo en serio, muy rara vez lo dejo sin terminar.

Finalizar este tema, añadiendo que otra de las cosas que siempre me ha dado rabia de esta sección es su cierta irregularidad: se juntan críticas de grandes clásicos junto a las de otros libros irrelevantes, además de los típicos superventas… aunque supongo, por otra parte, que esto también tiene algo de bueno, pues en la variedad está el gusto, y siempre es bueno ofrecer todo tipo de posibilidades de lectura.

Pero dirigiéndonos al tema de este artículo, no voy a extenderme acerca de lo que pienso sobre J. K. Rowling, y su carrera, anterior y posterior a la saga Harry Potter, puesto que considero que ya lo hice abundantemente en la crítica en la que abordé, entre otras cosas, el tema de su primer guión cinematográfico.

En cualquier caso, sí quiero decir que, al igual que me pasó con el actor protagonista de la saga del mago inglés; sí quería ver, y tenía mucha curiosidad por comprobar como se manejaba la escritora fuera de ese ambiente mágico que le había dado tanto éxito y en otros menesteres. Tardé tiempo en conseguirlo y ponerme a ello, pero lo hice, y este artículo ha sido el fruto de mis desvelos.

Por supuesto, no he leído todos los libros que ha publicado a posteriori de su famosa saga, ni ganas que tengo, mi curiosidad ha sido sobradamente satisfecha con lo que ya he visto (en cualquier caso, para más detalles sobre ello, ruego que se consulte esta otra crítica),  la razón de ello, la podéis leer en las conclusiones que saco más abajo.

En fin, comenzamos, las publicaciones de Rowling que he leído a posteriori de Harry Potter han sido:

 

Como curiosidad, antes de nada, comentar que este libro es editado por Salamandra (como todos los de la autora, que yo sepa), la misma empresa que ha hecho lo propio con las novelas… y que en ningún otro caso se les hubiera ocurrido publicar teatro. Hay que ver cómo tira el dinero y que poco tira el arte.

Tampoco está de más aclarar que la edición española es la de los ensayos de la obra, y por tanto no la versión definitiva (es decir, que si cuando se escenificó se hicieron cambios de cualquier tipo -incluso en el propio argumento-, estos, evidentemente, no están reflejados en la publicación de la editorial española).

 

-Harry Potter y el legado maldito: saber hasta que punto hay una sola línea escrita por Rowling en esta obra, y no solamente su consentimiento legal para hacerla, sería una cuestión interesante; cierto que si uno coge el libro o ve algunas de las imágenes promocionales de la obra, su nombre es el que sale el más grande… pero rápidamente se vislumbra que poco parece haber hecho (tres personas se atribuyen la idea original, entre ellas Rowling -como es obvio, pero tal mérito ya habría que otorgárselo legalmente sólo por haber creado los personajes de las novelas, sin necesidad de que hiciera ninguna otra cosa más-… pero las otras dos son el dramaturgo y el director de escena, haced cuentas y decidme, si creéis que esta mujer hizo algo más que extender la mano para cobrar); y la verdad es que ni siquiera se intuye el estilo de la autora en todo el texto.

¡Quién hubiera dicho que la saga de Harry Potter no continuaría audiovisualmente en cines sino en teatro! (y no en sitios cualquiera, ha estado en el West End londinense, y va camino de Broadway); por supuesto, declaraciones aparte de los autores, lo cierto es que no hay una verdadera justificación para el cambio de medio, más bien todo lo contrario, pues debido a la absolutamente innecesaria longitud del texto, aquellos que acudían a su representación se veían obligados a pagar dos entradas para poder ver el espectáculo completo, ya que este se dividía en dos sesiones de varias horas cada una (nunca una gallina de los huevos de oro fue tan prolífica ni unos fans se dejaron camelar tan sumisamente).

Respecto a la obra original, hay que reconocer que prepara una puesta en escena espectacular… bueno, más bien imposible y megalómana; que, por fotos y vídeos que he visto por todo internet, parece que la dirección, como era evidente, debido a las lógicas y obvias limitaciones del medio, no consigue llevar a cabo (vi soluciones de lo más simplistas y en las que se pedía más a la imaginación del espectador de lo que se ofrecía en escena). Sea como sea, no voy a seguir hablando de una dirección de escena que no vi en directo, puesto que no tendría sentido, aunque sí creo que el comentario anterior no está de más.

Así pues, me centro en el texto en sí mismo, que probablemente (y, hasta cierto punto, desgraciadamente) se ha convertido en el texto teatral más vendido de las últimas décadas; cosa que no es poco para un género que, al igual que la poesía, no es de los más adquiridos por el gran público, y siempre de los más ignorados en las estanterías (de hecho, a veces da la impresión de que sólo los estudiantes de arte dramático leen teatro… y sólo por obligación, por supuesto. Quizás ello se debe a que no hay cultura de hacer tal cosa, de leer algo, siempre leemos novelas… y ello resulta paradójico, puesto que el teatro es increíble, inmensamente fácil, rápido y dinámico de leer).

La historia que nos narra “El legado maldito” sería una secuela de Harry Potter que se desarrolla poco después de dónde acaba la última novela, es decir, en ese futuro en el que todos los personajes que hemos conocido ya están en la edad adulta. No hay que negar que no es mal punto de partida, al fin y al cabo, muchos sintieron sed de más al terminar el último libro, y estuvieron convencidos de que la cosa continuaría por ahí.

Lamentablemente, la continuación se hace de una manera absolutamente penosa, pues si bien se saca a colación alguna que otra cuestión muy sugestiva (la relación padre-hijo de Harry y Albus es bastante interesante, aunque este último personaje es de lejos lo mejor de toda la obra, pues a través de él se hace una reinterpretación y revisión en plan pesimista del propio personaje de Harry Potter), lo cierto es que, en general, acabas teniendo la impresión de que estás leyendo un fanfiction, oficial y con mucho dinero detrás, pero un fanfiction en cualquier caso.

Y es que la verdad es que la obra de teatro no aporta casi ninguna novedad; además, se excede tanto en los homenajes, que se acerca más al plagio que a la admiración por las novelas originales; pues da la impresión de que se está siguiendo una misma plantilla en la que hay que meter los mismos elementos sí o sí para que el orden de factores no altere el producto.

Dicho de otro modo, no hay imaginación, ni creatividad, ni sorpresa… todo lo que hemos visto en las novelas vuelve a reaparecer como si estuviésemos en una eterna ceremonia de rendición de pleitesía al terminal mundo de Harry Potter.

Incluso lo que deberían de ser sorpresas, los grandes clímax dramáticos de la historia, acaban por resultar cómicos, por lo forzados, tópicos e incluso predecibles que resultan. Insisto de nuevo, en la obra existe una gran falta de imaginación.

En realidad todo ello me ha recordado, especialmente un caso concreto, y salvando muchísimo las distancias, a la saga de Los tres mosqueteros, en los que el personaje de Milady siempre volvía en todas las nuevas entregas… pero cómo la habían matado en el primer libro, siempre retornaba de las formas más grotescas y surrealistas para seguir dando problemas desde la ultratumba: con un hijo secreto, con el heredero de un hombre que fue su amante… etc.

Por otra parte, las pocas novedades que se introducen, son bastante poco veraces o aceptables. En ocasiones, también se nos quieren vender algunas cosas como aportaciones a la saga, pero rápidamente se ve que no son sino recursos muy viejos, vistos ya antes en mil productos de este mismo género.

Y lo que es peor, la obra peca, en general, de frivolidad y superficialidad, algo que difícilmente se achacaba a las novelas originales dónde se podían encontrar, con mayor o menor sutileza, algunas ideas o reflexiones inteligentes y profundas acerca de los más variados temas, como: los mecanismos de los sistemas totalitarios, el racismo, el poder, el funcionamiento de la prensa, la represión… etc. Con toda probabilidad, la ausencia de esto último es lo que infantiliza y le da a la obra más aspecto de fanfiction; pues sólo nos encontramos con un texto que habla de maguitos y de hechizitos magiquitos en castillitos-colegios maravillositos… impresión que queda reafirmada por unas acotaciones entre tontas, irrisorias y grotescas, pues parecen más fascinadas por el “J. K. Rowling’s wizaring world” que por intentar hacer un texto con un mínimo de calidad, o con, al menos, una historia o personajes que se sostengan, o, siquiera, que sean dignos de contar.

Hablando claro: desde luego, si pretendían resucitar la saga con esto, más bien han conseguido lo opuesto. Sin embargo, lo peor de todo, es que tampoco creo que les preocupara, puesto que estoy seguro de que eran conscientes de que la gente acudiría en masa fuese cual fuese la calidad del producto final… ¡Harry Potter en teatro, y en el West End (y pronto en Broadway)!, ¡no es para menos!, al fin y al cabo, ¿a quién no le agrada disfrutar de aquello que le gusta en todos los medios posibles?… estoy seguro de que muchos, que hasta ese momento ni se les había ocurrido pisar un teatro, lo hicieron con este motivo (seguramente, ahora algunos querrían meterse en el clásico debate de si ello podría ser bueno para este medio, y si logra atraer un  nuevo público… pero yo soy partidario de que tal cosa no sucederá: esta clase de público fue a ver a su querido Harry Potter, y ahí se acaba todo).

En cualquier caso, los diálogos resultan más bien infantiloides, tontos (muy especialmente los de Scorpius, que parece que tiene una tara mental), y verdaderamente, necesitarían muy buenos actores para sacarlos a flote, y conseguir que el producto no parezca una obra para niños… en el peor de los sentidos.

Así pues, el texto se desarrolla de una manera más bien torpe y se extiende innecesariamente para contar muy poco, pues fácilmente se ve que podría haberse resumido; la historia, lo que se cuenta, simplemente no da de sí, no tiene la importancia que se quiere autoasignar.

En definitiva, y concluyendo, esta obra de teatro no es sino un fanfiction oficial, que seguramente a muchos les gustará disfrutar como la continuación de su saga de novelas favoritas, como los seguidores de “La guerra de las galaxias” consumen cualquier cosa que lleve su marca… pero eso no significa que sea buena o que esté a la altura. Aunque tampoco puedo afirmar que las novelas originales fueran la maravilla nunca vista… así que, supongo que con la lectura (y probablemente, también el visionado) de “Harry Potter y el legado maldito” todos obtenemos lo que buscamos, queremos o merecemos. En cualquier caso, después de leer esta crítica, que nadie diga que no estaba avisado.

 

¿Pero quién es ese Robert Galbraith?, ¿este artículo no iba sobre J. K. Rowling?… pues sí, sigue siendo sobre ella, puesto que a la autora le dio por firmar con pseudónimo. La teoría oficial asegura que lo hizo porque deseaba empezar desde cero, y volver a sentir la emoción de ello (cómo se nota que no le costó mucho llegar a donde llegó), además de no estar bajo la presión de las expectativas… la realidad y la lógica indican que, más bien, fue ese mismo exceso de expectativas, y la mala recepción por parte de crítica y público, de su primera novela, tras la saga de Harry Potter, lo que la llevó a emprender, de nuevo (con las novelas del mago publicó con sus siglas porque le recomendaron que no desvelase que era mujer), el camino de la ocultación de su identidad.

¿El resultado?, pues yo creo que se podría calificar como desigual: Robert Galbraith, a pesar de ser, supuestamente, un autor novel, fue apoyado y publicitado por la editorial como el más consolidado de los escritores… pero no terminó de convencer al público. Así que pronto se desveló quién estaba detrás de sus escritos… y, por supuesto, las ventas se catapultaron. Que quieres, somos así, no tenemos remedio.

 

-El gusano de seda, un nuevo caso de Cormoran Strike: sin duda, si lo que Rowling buscaba era alejarse de la imagen de autora de libros infantiles-juveniles (etiqueta que, como la gran mayoría de los artistas, ella nunca ha reconocido pues le ha sido impuesta por el mercado), con estas novelas del detective Cormorán Strike lo ha conseguido, pues tanto sus personajes como el uso de un lenguaje extremadamente “adulto”, coloquial (aunque algo de ello ya se ve en las novelas de Harry Potter, al menos en la lengua original) e incluso procaz, lo refrendan claramente.

Por otro lado, si no fuera porque sabemos con seguridad que Rowling es Galbraith, yo reconozco que, a veces leyendo el libro, he llegado a dudarlo. Tal vez lo que suceda es que la escritora tiene un estilo escurridizo o los traductores españoles no consiguen plasmarlo lo suficientemente bien.

En cualquier caso, esta novela no aporta nada al género de detectives al que pertenece: sigue sus mismas pautas y reglas sin aportar novedad alguna, ni en la estructura o los personajes. Hablando claro, no veremos nada que no hayamos visto antes en escritos o películas del estilo.

Pero muy desgraciadamente, sí se deja viciar por algunos de los mayores errores narrativos que a veces encontramos en los peores ejemplos del género: como los deus ex machina continuos, falsearnos, cambiarnos u ocultarnos información… y en general, realizar todo tipo de trampas que hacen que el lector, al final, se sienta estafado, pues sabe que la autora no ha sido honesta con él, y que no le ha permitido en ningún momento, o dado siquiera la más mínima oportunidad, de tratar de resolver el crimen con el detective o intentar confirmar sus sospechas. En cualquier caso, al final, cuando se da la resolución del crimen, es tan forzado e inverosímil, tan “tienes que creértelo porque yo lo he decidido así”, que resulta sumamente decepcionante. Haciendo una analogía deportiva: es como si nos hubiesen invitado a jugar un partido, luego nos dejasen todo el tiempo en el banquillo, y encima, para colmo, nuestro equipo hubiese perdido.

Tampoco está de más decir, que se encuentran unas cuentas incoherencias y contradicciones narrativas que producen especial desagrado en el lector, digamos que el argumento, la información y los datos que manejamos se alteran intencionadamente según convenga a la autora, y que son muy fáciles de cazar y detectar a poco que se vuelva unas cuantas hojas atrás.

Por otro lado, aunque el estilo es muy fácil de leer (mejor que el de Harry Potter), las descripciones siguen dejando que desear. Los personajes son sumamente tópicos, pero eso se puede perdonar hasta cierto punto en una obra tan de género como esta.

Sin embargo, con toda probabilidad, lo más interesante (y quizás original) de su lectura está en cómo se adentra en el mundo literario, editorial actual, con sus miserias a todos los niveles y rangos; cosa que hace en manera implacable e impía… hasta el punto de llegar a resultar desagradable (y suena incluso desagradecido, y más para una persona con la que, a todas luces, ese mundo se ha portado más que bien, y difícilmente puede tener nada que recriminarle), no se salva nadie: editores, agentes, aspirantes a escritores y los que están consolidados, grandes ejecutivos… etc. Con todo, considero que esta característica es la más interesante y valorable del libro.

Las citas “celebres” (fragmentos de distintas obras inglesas, algunos sin mayor interés) que dan inicio a cada capítulo, pueden sonar un tanto tontas, innecesarias o petulantes en muchas ocasiones; pero también se pueden redescubrir como un recurso sumamente interesante, especialmente si se leen, no justo cuando se empieza el capítulo dónde están situadas… sino justo después de terminarlo.

En definitiva, “El gusano de seda” es un libro absolutamente de género y poco original, con todo lo bueno y lo malo que tiene eso (por resultar en muchos aspectos tópico), pero además, con el enorme defecto de ser extremadamente tramposo, cosa que es muy desagradable para un lector acostumbrado a este tipo de narración o que ha leído las grandes obras de este tipo. No negaré que se lee bien… pero ello no lo convierte en una lectura imprescindible, sino en algo para pasar el tiempo y a lo que no dar mayor importancia una vez acabado. Yo personalmente, no albergo ningún interés en leer más de los nuevos casos del ficticio detective de Denmark Street, Cormoran Strike. Estuvo bien una vez, pero se acabó, es hora de pasar a lecturas más interesantes, trascendentes y relevantes.

 

Conclusiones: ha resultado curioso descubrir a Rowling fuera de Harry Potter… pero no me convence como creadora literaria; en el fondo, siempre le veo las mismas temáticas (personajes corrompidos y pasados tenebrosos) y tampoco me parece que lo que escribe merezca tanto la pena o que vaya a aportar algo único, inédito y original. Así pues, aunque nunca se puede decir que de “este agua no beberé”, tengo claro que no voy a hacer mucho más por leer otras cosas de la autora inglesa.

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¡¡¡Actualización, actualización, actualización!!!

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Bueno, sin duda alguna, los seguidores del blog ya os habréis dado cuenta de que en Universo de A hay una novedad (básicamente porque, mediante mis experimentos os he estado mareando continuamente), y es la de que ahora surgen, con cierta frecuencia, artículos con el único título de “Actualización”. Debo decir que, para entenderlos, uno debe ir al texto del artículo en sí mismo.

¿De qué sirven?, pues, como Universo de A es un blog que está en permanente reescritura, reforma y revisión desde sus inicios, lo cierto es que siempre había el problema de que, cuando quería notificar que se había modificado algún artículo de manera sustancial, no podía hacerlo sin que apareciese duplicado, las redes sociales ayudaron un poco a solucionar ese problema (pero no demasiado, resultaron más un parche que una solución definitiva); y, hasta hace muy poco, no encontré la solución ideal, que era conseguir que se pudiese anunciar, en todos los medios, la actualización… sin necesidad de cambiar la fecha del artículo original o que pareciese que estaba recién publicado, o tener mil copias del mismo artículo… ¡y lo conseguí, encontré la solución!.

Una solución que, además, beneficia absolutamente a los seguidores, que, por ejemplo, ya no tienen que venir a propósito al blog a consultar los artículos recopilatorios, pues cada vez que hay una actualización, les llega inmediatamente sin mayor esfuerzo (aunque no sólo en este caso, pues ya me dirás quién se iba a fijar, sabiendo que esta bitácora cuenta con más de once años, en artículos modificados del tercer año -aunque una de las cosas más sorprendentes de Universo de A es que, a veces, artículos publicados hace mucho tiempo, de repente, se ponen de moda y reciben muchísimas visitas-).

Así pues, ahora ya siempre seguro, cada vez que se actualice cualquier artículo, de cualquier época, de forma importante en Universo de A, podréis estar seguros de que recibiréis noticias de ello.

¿Cómo funciona?, pues bien, se publica un artículo con el título “Actualización”, y cuando vais al cuerpo del mensaje, encontraréis que es concretamente lo que se ha actualizado y así podréis acceder, si os interesa, mediante el enlace que allí encontraréis, al artículo en cuestión.

Además, todas estas actualizaciones quedarán reflejadas dentro de la sección “Sin categoría”, que consigue, de este modo, una nueva, inesperada y muy útil función dentro del blog (puesto que así, estos continuos artículos de “Actualización” no aparecen pesada y redundantemente, afeando reiterativos el resto de las secciones).

Además, estos artículos tienen la otra gran ventaja de que todo el mundo puede enterarse de su publicación y acceder a ellos: los no seguidores se los encontrarán en la portada del blog; y los que sí lo sean, de cualquier medio (correo y redes sociales) les llegarán también a través de aquello de lo que sean seguidores.

En definitiva, toda una mejora para todos, ¡a disfrutarla!.

Así pues, quedan reconocidos, oficialmente, tras haber experimentado su muy buen funcionamiento y utilidad, los artículos de “Actualización”.

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