ACTUALIZACIÓN Universo de A apoya la candidatura del Eje del Paseo del Prado y Parque del Retiro (o lo que es lo mismo y bastante más bonito, los nombres originales: el salón del Prado y el Real Sitio del Buen Retiro) para ser Patrimonio de la UNESCO

ACTUALIZACIÓN Universo de A apoya la candidatura del Eje del Paseo del Prado y Parque del Retiro (o lo que es lo mismo y bastante más bonito, los nombres originales: el salón del Prado y el Real Sitio del Buen Retiro) para ser Patrimonio de la UNESCO

¡Victoria!, ¡finalmente, la capital del Reino de España ya tiene Patrimonio de la Unesco! (con todo lo importante que eso es, y todo lo que implica).

Esto, hace poco tiempo que se acaba de proclamar, de modo que, de ahora en adelante, cuando paseemos por el Retiro, o vayamos a algunos de nuestros mejores museos… estaremos yendo a bienes reconocidos internacionalmente por su calidad, y como imprescindibles culturales a nivel mundial; ello era algo muy lógico, merecido; por eso, hay que sentirse orgullosos de ello, y apreciarlos, además de cuidarlos, incluso más de lo que ya lo hacíamos.

Esta proclamación es también, de modo más o menos directo, un reconocimiento a la institución de la monarquía, muy especialmente a la dinastía borbónica y a todo lo que ha hecho por mejorar la vida de sus súbditos, pues el nuevo sitio patrimonio de la Unesco, es o comprende, de modo más o menos simbólico, todo su programa de mejoras o de su reformismo ilustrado.

La candidatura tiene, además, el mérito extra de entrar en la lista a la primera, sin ningún voto negativo (incluso a pesar del informe no favorable del ICOMOS -cuando no su directa oposición-), y para colmo, el bien ha sido reconocido como el primer paisaje cultural urbano de Europa, además de una influencia a nivel mundial… es decir, se lo distingue como algo especialmente excepcional en una lista, ya de por sí, llena de los lugares más extraordinarios del planeta.

Ahora, sólo esperemos que las cosas no cambien demasiado para los habitantes de la ciudad, en lo que respecta a esos lugares, debido a esa declaración, y que podamos seguir gozándolos como hasta ahora… ¡o incluso mejor! (y es que no olvidemos que el turismo es un arma de doble filo, que hay que saber gestionar muy bien, pues que duda cabe que la inclusión en tal lista es todo un revulsivo).

Aunque considero que es una pena y un error que las celebraciones alrededor del tema hayan sido tan escasas, que se hayan reducido a unos fuegos artificiales y una iluminación azul durante una semana… ¡un triunfo cultural de semejante magnitud exige un programa de de homenajes y festejos a la altura!.

Por lo demás, está claro que la inscripción en la lista de la Unesco del Real salón del Prado y del Real Sitio del Buen Retiro (aunque admito que el título que le dieron a la candidatura, finalmente, “paisaje de la luz”, con todo su punto metafórico, me está terminando por gustar) es un triunfo para la Villa y Corte, para todo el Reino y para la cultura en general.

En definitiva: ¡Madrid capital ya es patrimonio de la Unesco!.

Madrid presenta su candidatura a Patrimonio Mundial de la UNESCO
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Cuento: El hombre que un día se despertó siendo un dragón o la verdadera historia del unicornio

Lo sé, en mi anterior publicación afirmaba que se acababan los cuentos durante un tiempo… pero el caso es que, como muchos otros escritores, suelo anotar las ideas que tengo para en un futuro desarrollarlas, y me estaba dirigiendo al documento en cuestión para decidir que sería lo próximo que escribiría… cuando otro escrito se topó en mi camino….

Por supuesto, lo recordaba perfectamente; había sido un experimento, de hecho, tanto, que ni lo había vuelto a hacer; y hasta tenía miedo de revisar aquel documento, por si sentía auténtica vergüenza por lo que había hecho, que sin duda no podía estar bien. Antes de nada, he de aclarar que, como para otras cosas de la vida, soy un escritor concienzudo, que, generalmente, antes de ponerse a redactar nada, ya tiene la idea de qué va a poner sobre el papel muy clara, con su introducción, nudo y desenlace muy bien trazados, con todos los giros pensados e incluso con pasajes enteros sumamente detallados o casi semiescritos (otra cosa es que luego esas cosas, a medida que escribes, evolucionen, como ya decía en una publicación anterior)… por eso no me daba ninguna confianza este documento reencontrado, cuyo título, de por sí, daba cierto pavor “cuentos improvisados”… efectivamente, la única vez que lo había hecho, me había dejado llevar por la escritura automática, en plan romántico, sin planear, mirar atrás ni corregir nada, poseído por emociones exaltadas… y había salido lo que había salido. Supongo que por eso no lo volví a mirar, por el temor de que habría sido y si su calidad hubiera sido nula o espantosa.

Pero, como he dicho, el documento se ha vuelto a cruzar en mi camino, así que me decidí a leerlo por ver si había en él algo aceptable (siquiera una idea) o se podía y debía eliminar definitivamente… ¡pero menuda sorpresa!: encontré un relato que me pareció de gran belleza, calidad, y cuya simplicidad (que no simpleza) era su mayor virtud… aunque posee, en mi opinión, una gran, pero disimulada profundidad, de la del tipo que poseen los grandes cuentos.

Debido a eso, al pasarlo ahora al blog, he optado por mantenerlo, en todo lo posible tal cual estaba, haciendo cambios mínimos y muy ligeros; para que conserve su esencia improvisatoria y fruto del momento.

Supongo que, al final, es verdad ese consejo que una vez recibí, y que me ha resultado muy útil a la hora de llevar a cabo, y facilitarme, el acto de la creación (siempre, como ya he comentado anteriormente, para mí un parto tan satisfactorio y hermoso como doloroso y complicado): “no hay nada que pensar, no hay nada que decidir, sólo hazlo”.

Heraldic Mystical Dragon Tapestry | Dragon wall, Medieval tapestry, Tapestry

El hombre que un día se despertó siendo un dragón o la verdadera historia del unicornio

Érase que se era, un hombre que se convirtió en un dragón; dado que vivía en un mundo en el que las cosas fantásticas suceden con gran frecuencia, el hecho en sí mismo no le sorprendió tanto como le disgustó.

Sí, ser un dragón cambiaba totalmente su vida, él era un joven guapo, apuesto, con futuro… y de repente, ahora, era un monstruo del que todo el mundo huiría. Y dado que tampoco sabía cómo o por qué se había producido la trasformación, difícilmente lograría invertirla.

Así pues, y no quedándole otro remedio, decidió marcharse y abandonar todo aquello que había conocido para empezar una nueva vida como dragón. Para su sorpresa, estos seres, a menudo temidos, le recibieron con gran afecto y respeto, y, con el tiempo, acabó por entender que ellos recelaban tanto de los humanos como estos de aquellos, además de que, verdaderamente, no había diferencias irreconciliables, sino que tenían distintas costumbres y modos de entender la vida.

Pero el día en que comprendió todo esto y lo creyó de verdad… ¡patapún!, para su sorpresa, se retransformó en hombre. Lo que hace pensar que más humanos deberían de ser convertidos en dragones.

Sin embargo, eso no le hizo feliz, puesto que ya había encontrado su sitio junto a los dragones… pero ahora no podía permanecer allí, puesto que ya no era como ellos. Tampoco podía volver al sitio de dónde había venido, no sólo por la lejanía (había llegado a aquella tierra tras haber volado una inmensa distancia), sino, sobre todo, porque ahora que sabía lo que era ser un dragón, ya no podía volver a ser un hombre normal.

¿Qué era entonces? ¿Hombre o dragón?… ni lo uno ni lo otro, por tanto, no podía convivir ni con unos ni con otros. Hay quien pensará que podría haber sido su mediador… ¿pero quién haría caso a un solo hombre, habiendo tantos de ambos bandos ansiosos por pelear?.

Así que volvió a marcharse. Fue a una ciudad, donde esperaba encontrar mentes más abiertas; y durante un tiempo la experiencia le satisfizo; pero sólo le demostró que debía, que necesitaba viajar más.

Así recorrió el mundo entero, pasando apenas unos meses en cada lugar: vio ciudades monumentales, que pasmaban con su sola contemplación; atravesó selvas y bosques frondosos, en los que los rayos de luz apenas se colaban tímidamente, casi pidiendo permiso; también recorrió extenuantes desiertos, en los que la arena creaba tan bellas formas como mortalidad albergaba; se detuvo en pueblecitos encantadores, con grandes historias por doquier o que habían conocido épocas más florecientes, pero que ahora estaban parados en el tiempo….

Un día, cuando ya estaba especialmente cansado de viajar, llegó a la población de la que había partido por primera vez y que le había visto nacer. Al reconocerla desde la lejanía, pensó que aquella era la señal para dejar su vida nómada, la señal que le decía que, al fin había terminado su periplo y encontrado su lugar… pero una vez allí, descubrió que nada quedaba de él o de su recuerdo. Todo aquello que había amado alguna vez, había cambiado o desaparecido. Entonces, tuvo más que claro que, definitivamente, no encontraba su lugar. Y se echó a llorar.

Entonces, los dioses, el universo, las hadas… o quien fuera, compadecidos, transformaron a aquel humano en un unicornio, es decir, el ser más puro que existe, representante por excelencia de lo bueno y esencia de la magia blanca; lo que fue un regalo, un don, pues por primera vez aquel ser fue, y se estimó, verdaderamente libre e independiente, por lo que nunca más volvió a sentirse solo. Hay quien dice, que aquello sucedió porque había alcanzado tal excelencia que, simplemente, ya no podía seguir viviendo en el mundo vulgar.

Unicorn Medieval Italian Tapestry, H33" x W26"

Toda la ficción propia (relatos cortos, novelas por entregas, microrelatos…) publicada en Universo de A está reunida aquí, en el Índice-Guía de Grandes Relatos.

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ACTUALIZACIÓN: La temporada de exposiciones de primavera-verano de 2021 en Madrid

ACTUALIZACIÓN La temporada de exposiciones de primavera-verano de 2021 en Madrid

¡He tardado en actualizar este artículo, pero ahora os traigo un montón de novedades… haced click en el enlace de arriba para descubrirlas!.

Algunas de ellas merecen muchísimo la pena, pero se acaban pronto… ¡así que salid a descubrirlas! (especialmente en este momento que se puede ir por la calle sin mascarilla, apreciando los olores del mundo que nos rodea -aunque haya que mantenerla en interiores-), pues, aunque ahora dé pereza encerrarse en cualquier sitio, especialmente después de lo vivido, ¡hay cosas que, simplemente, no pueden, no deben, perderse!.

Así pues: tres, dos, uno, cero… ¡qué comience el maratón cultural!

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Cuento: El Rey pendenciero, el arma más poderosa del Reino y la disputada mano de la Princesa Vesot

¡Ay, que iluso fue por mi parte marcarme esa meta de un relato corto por mes!, ¡cómo me olvidé de cuando lo intenté con las novelas por entregas y lo difícil que era publicar los capítulos correspondientes!… con todo, y aunque quizás no sea capaz de publicar una narración mensual, sigo teniendo claro que lo haré con extremada frecuencia (básicamente, porque disfruto mucho de los momentos de creación) y que la sección de Grandes Relatos seguirá siendo la gran, y principal protagonista (es decir, la que más publique), de la actual etapa de Universo de A.

La razón de mi trompazo anterior con la realidad, es que me he dado cuenta definitivamente (aunque siempre lo he sabido, de un modo u otro), de que eso que se suele comentar de que las creaciones propias son como hijos, no es una metafora vana o un cliché en absoluto; no sólo por los tópicos de lo que cuesta desprenderse de ellos o que se les quiera por igual, sino también por otras cosas… y es que, verdaderamente, el acto de creación artística se asemeja a un parto: es un proceso difícil, agotador, y algunas veces, hasta doloroso, pero también, terriblemente satisfactorio… e incluso, en ocasiones, hasta sientes una cierta depresión postparto. Las similitudes de tener hijos con la obra artística no terminan ahí; porque, por ejemplo, en ambos casos, puedes guiarles, pero al final ellos eligen el camino que quieren tomar; sabes cómo empieza en asunto pero no cómo acabará (en el caso concreto del cuento que publico hoy, jamás me imaginé que tendría una extensión tan larga… pero salió así), y en algún momento, debes dejarles ir o liberarles al mundo….

En definitiva, que en todo acto de creación siempre existe un cierto descontrol e inevitable caos, y más cuando tienes (como es mi caso, en este momento, gracias a gestionar casi todos mis medios de producción) tanta libertad creadora, con lo que no quieres coartarte o ponerte limitaciones (ya bastantes impone la vida), y el tiempo es la más grande de ellas; por lo que, de ahora en adelante, publicaré mis nuevas narraciones con toda la frecuencia posible, pero sin fechas de entrega.

Por lo demás, hoy os presento mi nueva incursión en el género del cuento de hadas, la cual, posiblemente, sea la última en un tiempo, no porque lo que haya hecho no haya sido satisfactorio, que sí, sino porque creo que es momento de explorar otros horizontes….

Una última curiosidad, cuando esbocé el planteamiento para este cuento (es lo que generalmente hago -aunque sé que no soy el único-, anoto ideas, luego, en un futuro, veo si puedo y quiero desarrollarlas… porque, mi consejo para todo creador siempre será, que, aunque no se puedan impulsar o elaborar inmediatamente, jamás hay que dejar escapar las fugaces flores que ofrece la inspiración), dejé escritas las siguientes palabras como concepto general a plasmar o conseguir: “Cuento, o con la forma de tal, pero con muchas vueltas y fondo”. Y francamente, creo que he logrado ese objetivo inicial del que partió todo, lo cual es sumamente gratificante.

Así pues, paso a relatar:

Resultado de imagen de castillo espada

El Rey pendenciero,

el arma más poderosa del Reino

y la disputada mano de la Princesa Vesot

Había una vez, en un lugar muy lejano, dos monarcas, conocidos como el Rey Tádomo DV, y su esposa la Reina Efrolía; que no eran capaces de tener hijos, lo que les ponía muy tristes, tanto por el deber que tenían hacia su nación, como por lo mucho que se querían; lo cual despertaba la inmensa compasión de todos sus súbditos, pues eran enormemente queridos por estos; sin embargo, y a pesar del deseo unánime de que la situación cambiara, y por más que personas de todas las clases sociales intentaron buscar soluciones (hubo campesinos que animaron, e incluso pagaron, a los curanderos de su localidad para acudir a la Corte, y caballeros que recorrieron todo el mundo buscando a una persona que pudiese ayudar a los soberanos a concebir), y enviaron a palacio, desde sesudos médicos con la ciencia más avanzada, hasta hechiceros, grandes conocedores del arte de la alquimia; lo cierto es que nada cambió: los monarcas parecían condenados a no tener nadie de su sangre que les heredase. Con todo, los años pasaron, y si bien el dolor y la preocupación por la falta de un descendiente no desaparecieron, al menos se mitigaron; y con ello, llegó la aceptación de aquel hecho por parte de todos los habitantes del lugar, pues el pensamiento realista debía imponerse por fuerza: los soberanos ya eran demasiado mayores como para poder procrear, era una batalla perdida.

Y efectivamente, así lo pensaba ya todo el mundo (incluidos los propios Reyes); cuando llegó un día, mientras iban en carruaje a uno de los pueblos fronterizos de su Reino, para acudir a una ceremonia oficial, en que, mientras iban por el bosque, se toparon con una niña tirada en medio del camino por el que pasaban; el cochero intentó desviar el transporte para rodearla sin más, pero la Reina Efrolía ordenó parar, y se bajó del vehículo para acercarse a la muchacha.

-¿Quién eres, preciosa? -preguntó gentilmente la soberana- ¿qué haces en medio del camino?, ¿no ves que es peligroso, que podría pisotearte cualquier caballo o cualquier carroza al pasar?.

La niña, no muy agraciada, contestó que estaba allí precisamente para eso, su familia entera había muerto de unas terribles fiebres, y ahora ella no tenía a donde ir, había intentado sobrevivir en el bosque, pero ahora se había partido una pierna y estaba absolutamente desesperada. Los soberanos, rápidamente se apiadaron de ella, y tras una breve conversación, decidieron adoptarla.

Sin embargo, la nueva Princesa adoptiva rápidamente horrorizó a propios y extraños, tanto en la Corte como entre el pueblo: ¿si los Reyes iban a prohijar a alguien, por qué no a una persona de la sangre más azul pasada por cinco filtros?, ¿y por qué no a un varón, un guerrero que defendiese el Reino si fuese necesario?, o, en cualquier caso, de ser una niña, y de cualquier clase social, ¿por qué no a una con una belleza despampanante de la que todos pudiesen estar orgullosos cuando les representase. en vez de a esa cría feúcha, torpe, y, para colmo, con una cojera crónica?… la decisión de los monarcas parecía injustificable. Para colmo, la niña adoptada, proveniente, claramente, de un nivel extremadamente bajo, era incapaz de adaptarse a los modos cortesanos, en infinidad de ocasiones hacía el ridículo o provocaba vergüenza ajena debido a su ordinariez; por si fuera poco, tampoco se portaba bien; además de que parecía ser incapaz de tener cabeza para los estudios.

Una y otra vez, los Reyes fueron aconsejados; por los más desconsiderados, que debían deshacer lo hecho y que tenían que devolver a aquella inefable chiquilla al lugar donde la habían encontrado, pues, realmente, no era su responsabilidad; pero incluso los más piadosos, apuntaron que era necesario deshacerse de ella, poniéndola a cargo de una familia de su propio ambiente, donde su adaptación fuese más sencilla, menos difícil y no les pusiese, ni a ellos ni al Reino, en un compromiso; pues, incluso a pesar de su adopción oficial, ¿quién querría reconocer a tal cría como Princesa?, cierto que no tenía, ni podía tener, a pesar de lo anterior, ningún derecho al trono (en aquel país las leyes sólo permitían la sucesión a personas consanguíneas), pero igualmente, seguía siendo parte de la Familia Real, y por tanto, imagen, representación del país, y mientras eso siguiese así, constituía un problema. Pero, por más presión que recibían en ese aspecto, los monarcas siempre respondían: “el día en que adoptamos a esa niña se convirtió en nuestra hija, ¿qué clase de padres seríamos si la abandonásemos? nuestro deber es ayudarla en todo lo que podamos”, y por más que les insistían en que la niña no era de su sangre, ellos se negaban a perder a la que consideraban su hija, y por la que, a pesar de los disgustos que les daba, habían llegado a sentir amor, aunque sólo fuera porque sabían que estaba tan sola y necesitada como ellos… además de que sería lo más parecido a un descendiente que tendrían.

Pasó el tiempo, y la Princesita no mejoró nada, quizás incluso empeoró; fue entonces cuando llegó una gran celebración, que llevaba mucho tiempo preparándose en el Reino: la conmemoración de la subida al trono de la dinastía; todo estaba previsto, dispuesto triunfalmente, con sólo ver el programa se podía sentir algo de aquella gloria futura… pero había un elemento que fallaba: la niña adoptada; no había manera de que pudiera hacer un papel digno en un evento de gran categoría, al que acudirían incluso representantes internacionales; lo cual no se podía permitir, así que se sugirió a los Reyes, Tádomo y Efrolía, que no se la incluyese en nada, y que se la encerrase en sus aposentos, o mejor, se la enviase a un castillo lejano bajo la supervision de un aya. A ello, los monarcas se negaron en rotundo, recordándoles a todos que su hija, la Princesa, por su dignidad, debería estar presente en unas celebraciones de ese calibre.

Y aunque se intentó demostrar a los soberanos, enseñándoles la incapacidad de la niña adoptada para salir adelante en ninguna de las situaciones previstas por el protocolo, estos se empeñaron en que su hija no podía estar excluida de nada.

Llegó el gran día, la ceremonia más importante de todas, la más solemne… y la niña se portó peor que nunca: no sólo no daba una a derechas, es que ni lo intentaba; se cansaba muy rápido de todo, perdía la atención, no recordaba nada de lo que tenía que hacer, y para colmo, su comportamiento era de lo más vulgar, soez y maleducado. Fue entonces cuando se colmó el vaso, y a punto estuvo de haber allí mismo una revolución, pues todos los presentes le exigieron al monarca que abominase inmediatamente de esa niña inicua. El Rey Tádomo DV afirmó que era consciente de su responsabilidad para con su Reino, que sus súbditos eran como sus hijos, más aún a falta de descendencia propia; pero por la misma lógica, iguales o mayores deberes tenía hacia esa chiquilla que había acogido en el seno de su propia familia; que, en cualquier caso, un buen padre no elige entre sus hijos; y que, desde luego, tampoco desampara a sus vástagos más débiles o menos dotados por la naturaleza, sino que, quizás o precisamente por ello, los quiere y ayuda más.

Tan fuerte fue la furia que se desató ante semejantes declaraciones, que allí mismo, legisladores del Reino realizaron dos documentos: uno de abdicación y otro para repudiar a la adoptada; y, a continuación, todos los presentes le manifestaron al monarca que no saldría de aquella sala sin firmar uno de ellos, el que él mismo eligiera… estaba contra la espada y la pared.

Sin embargo, el Rey sabía que su oficio consiste en hacer lo correcto, con lo que, aproximó a sí mismo el documento de renuncia al trono (para desesperación de toda la concurrencia, que veía que su coacción no había tenido éxito) , y estaba a media firma cuando….

-No sigas papá, ya no hace falta.

Todos se dieron la vuelta; la voz que habían escuchado parecía la de la niña adoptada, pero no sonaba como siempre (torpe, estúpida, confusa, tartamudeante, con una pésima dicción e incapaz de pronunciar bien palabra alguna…), sino, muy por el contrario, hermosa, melodiosa, suave, fina, acariciadora… sobrenatural. Cuando, a continuación, cada uno de los presentes miraron a aquella que había pronunciado la frase que había acallado, completamente, por primera vez en la historia, la sala del trono; aunque reconocieron a la niña perfectamente, esta se veía muy distinta: ya no parecía tan infantil y enclenque, sino una grácil jovencita; ya no era feúcha, sino con una belleza distinta, con atractivo y personalidad… en definitiva, en su conjunto y totalmente, resultaba encantadora. Para todos, aunque mil veces la habían visto (y despreciado) fue como si hubieran vuelto a conocer, por vez primera, algo que ya habían conocido; como si se hubiesen quitado un velo, o un cristal empañado de delante, y ahora, pudiesen ver clara y objetivamente, algo que, en realidad, siempre había estado a la vista y delante de ellos.

-Gracias por haberme desencantado -prosiguió la adoptada-. Todos deben saber que yo soy una hechicera que ha dedicado su vida entera a proteger a los virtuosos y bondadosos; por ello, cuando una bruja malvada intentó destronar a un abnegado Rey, para beneficio de unos envidiosos y codiciosos republicanos; me batí en duelo con ella, y esta, para evitar ser derrotada, me lanzó un maleficio, según el cual, debería parecer la niña más terrible, malcriada del mundo, y solamente, si algún día llegaba a conocer el verdadero e incondicional amor paternal, me libraría del encantamiento, con el que llevo penando más de cien años… por ello gracias de nuevo.

Nadie en la sala fue capaz de pronunciar una palabra, en realidad, casi ni de respirar, ante algo tan extraordinario.

-Por fortuna -continuó la que había sido la niña adoptada-, sortilegios como aquel con el que me maldijeron tienen un precio: si finalmente se rompen (y no es nada fácil conseguirlo), quien hizo uso de ellos pierde todo poder mágico, el cual pasa por entero a quien lo sufrió; por lo que, en este momento, mi enemiga se ha convertido definitivamente en una simple mortal, y yo soy doblemente poderosa.

-Hija -respondió la Reina Efrolía- te queríamos cuando no eras nadie, y te queremos ahora igualmente. Para nosotros nada ha cambiado: sigues siendo nuestra niña.

-Sin embargo, como podéis ver, vuestra niña ya es mayor, y parte del ciclo de la vida es dejar que los hijos hagan su vida… -dijo mientras veía como las lágrimas empezaban a brotar de los ojos de sus padres adoptivos- no obstante, gracias a ese doble poder que he mencionado, ahora soy capaz de concederos algo que antes nunca hubiera podido (y que pocas de mi clase pueden, pues es alterar las leyes naturales más recias), vuestro mayor deseo: una hija propia, una descendiente legítima, que os sirva pues, como compensación, de la pérdida de esta adoptiva; anhelo que además confiero con mayor gusto que nunca, pues nadie ha demostrado jamás mayor deseo, ni méritos, para la paternidad. Albergarla en tu vientre, y la felicidad que tendrás al sentir latir su corazón en tu interior, es mi regalo para ti, mamá. A ti, papá, te regalo esta espada -y, mágicamente, tal objeto apareció delante del Rey-, para que puedas defender a tu futura sucesora, y con la que, siempre que lo desees, podrás derrotar a todo el que se enfrente a ti cuerpo a cuerpo, por muy fuerte y hábil que sea en la lucha.

-Para recordarte siempre -respondió el Rey Tádomo DV-, y por el cariño y gratitud que te tenemos, le pondremos tu mismo nombre a nuestra futura hija: se llamará Vesot.

A continuación, la que había sido la niña adoptada, dio un abrazo a sus padres, y pareció empezar a desaparecer, cuando el soberano exclamó sollozando:

-¡Espera!, ¿Volveremos a verte?.

-Por supuesto -respondió la hechicera-, ¿qué clase de persona sería, si no volviese para el bautizo de mi hermana? además, le traeré un regalo, que podréis entregarle cuando consideréis que debéis hacerlo. Pero después, deberé seguir mi camino, mi lugar no está aquí.

Y dicho esto desapareció. Mas cumplió su palabra: efectivamente, poco después, la Reina Efrolía se quedaba encinta, y su embarazo fue maravilloso… en realidad, todo fue tal cual había pronosticado la hechicera, incluido el precioso bautizo, que se convirtió en la más grande celebración que jamás había vivido el Reino; y en el que vieron, y se despidieron, ya por última vez, con ese sentimiento agridulce que siempre tienen los cambios de ciclo en la vida, de la que había sido su hija adoptiva, para dar la bienvenida a otra nueva y propia.

Así, los años pasaron, y la descendiente biológica de los Reyes, creció tremendamente sana, hermosa e inteligente: una auténtica Princesa. Pronto deslumbró a todos en su propio país con su gracia y talento, por lo que su buena fama no tardó en extenderse y comentarse por el mundo entero.

Sin embargo, a pesar de esto (y de las, en cierto modo, garantías sobrenaturales que habían recibido), sus padres no podían evitar ser muy sobreprotectores con ella (ya desde su infancia), al fin y al cabo, constituía todas sus esperanzas de futuro, y también de su mayor responsabilidad y herencia: el Reino.

Se dijo que todo esto (y lo que pasaría después), se debía a que, especialmente el Rey Tádomo DV, se tomó de modo literal, y en todos los sentidos, las palabras de la hechicera de que debía defender a su sucesora; y si tal cuestión sólo había sido un rumor durante mucho tiempo, este extremo no tardó en parecer confirmarse, precisamente cuando la Princesa Vesot estaba a punto de alcanzar la edad apropiada para desposarse; momento para el cual, debido al ya mencionado, alto renombre de la hija del Rey (y el prestigio de su nación), se estaban preparando, desde hacía mucho tiempo, las candidaturas de los más variados pretendientes, algunos de la sangre más azul, incluso turquesa o lapislazuli… pero todo esto se frenó en seco ante un acontecimiento totalmente inesperado; pues, escaso tiempo antes de que la ansiada fecha llegase, era expedido un Real Decreto, según el cual, y para sorpresa de todos, se anunciaba que todo aquel que pretendiera la mano de la hija del soberano, debería enfrentarse a este en singular combate, y solamente si derrotaba al monarca tres veces, el candidato podría casarse con la heredera del Reino.

Mucho se comentó, a lo largo y ancho de aquel país, e incluso de los extranjeros, una ley tan particular… y de hecho, no faltaron los que se escandalizaron ante ello: ¿acaso aquel padre no estaba llevando su obsesión sobreprotectora demasiado lejos? era sobradamente notoria la fuerza, inteligencia y habilidad del monarca, especialmente en la lucha cuerpo a cuerpo, lo que le hacía prácticamente imbatible… pero para colmo, además contaba con aquella espada mágica (que sin duda usaría), la cual, definitivamente, lo hacía absolutamente invencible; así que, ¿de qué servía un decreto como ese?; sin duda, nadie cuestionaba la gracia y enormes virtudes de la Princesa Vesot, y que, por supuesto, debería casarse con alguien digno, a su altura… además, al fin y al cabo, no era menos cierto que ¿quién podía recriminar a un padre, a cualquier padre, el querer lo mejor para su descendencia? se podía entender que el progenitor la quisiese tanto, la viese tan buena y se sintiese tan orgulloso de su hija única (a menudo los padres se sienten así en casos inmerecidos, así que, con más razón podía darse tal situación en esta ocasión, donde sí existían objetivamente los méritos) como para no querer desprenderse de ella sino en favor de un yerno que realmente lo valiese y diese la talla… pero, no obstante ¿no estaba llevando el soberano su afán de custodia de su sucesora demasiado lejos?, incluso analizando el asunto desde un punto de vista pragmático, ¿de qué serviría una futura Reina solterona? (ya que, aparentemente, habría que esperar a que el invulnerable padre muriese, para que esta pudiese tener la oportunidad de casarse, una vez libre de las desmedidas exigencias de tan estricto custodio), ¿se debía todo aquello, tal vez a que, como los monarcas ya se habían quedado sin una hija, ahora no soportaban perder otra, y querían retrasar su inevitable progreso, y evolución vital, el mayor tiempo posible? todas estas cuestiones, y otras muchas teorías, a cada cual más estrambótica, fueron largamente comentadas y rumoreadas tanto en aquel Reino como en otros extranjeros, convirtiéndose todo el asunto en fuente de gran debate y polémica.

Con todo, como se ha dicho, la buena fama de la Princesa había volado muy alto, y aunque en el Real Decreto no se aclaraba que sería del perdedor del combate; ante lo cual muchos se acobardaron, temiendo que, aunque el precio de la victoria fuese la mano de la hija del monarca, el costo de la derrota bien pudiese ser la propia vida (algo no tan extraño según las costumbres duelísticas de aquellos tiempos, en los que el vencido quedaba a disposición del campeón… y a nadie le agradaba la idea de ser decapitado en el campo de la lid, por una espada… por mágica que esta fuese); lo cierto es que una mezcla de razones (ya fueran la hermosura de la sucesora al trono, su virtud, la ambición por su herencia, o incluso por el propio orgullo y vanidad de haber tenido el mérito de derrotar a alguien supuestamente invencible) llevaron a algunos valientes, y otros temerarios, a presentar sus candidaturas.

De nada sirvió. Al principio, todo el mundo estaba pendiente, con intriga y emoción, de los aspirantes: se les alababa o criticaba ferozmente, se creaban grupos de apoyo o partidarios, ¡e incluso se hacían apuestas en favor de uno u otro!… pero, rápidamente, todo el asunto se volvió rutinario y aburrido, siempre se repetía el mismo esquema: el Rey Tádomo, con sus impertinentes (unas gafas con mango que siempre usaba para examinar los documentos del Reino, e incluso en las recepciones públicas y reuniones privadas con las más variadas personas -a pesar de que nadie sabía exactamente que enfermedad podía tener en los ojos, ni se recordaba que alguna vez hubiera sido visitado por un médico de la vista-), comprobaba y aceptaba todas las candidaturas, a continuación, hacía llamar al pretendiente en cuestión (por riguroso orden de llegada de la solicitud), al que invitaba, en una audiencia, con la mayor afabilidad, a una cena con la Familia Real, y a hospedarse en el castillo el día previo al combate… pero ahí se acababan las cortesías: al día siguiente, se producía el duelo, y, aunque el postulante podía elegir el arma que quisiese para luchar, lo cierto es que daba muy igual: el resultado siempre era exactamente el mismo, Tádomo DV, sin apenas despeinarse, derrotaba al más pintado.

Al principio, pasaron por el combate valientes y ambiciosos. Después, viendo que, finalmente, no había peligro de muerte (tras la derrota, el Rey dejaba marchar a todos), simples aventureros… poco importaba: fuertes, inteligentes, mercenarios expertos, hábiles estrategas en la ciencia militar, campeones de esgrima… todos, uno tras otro, sucumbían ante el soberano sin la menor piedad, y ni uno solo pasaba del primer combate.

Y así fue como cundió el desánimo, y lo que había sido una avalancha de pretendientes; un duelo (¡y hasta dos o tres!) diario; una costumbre, un entretenimiento cortesano cotidiano; se transformó en un cuentagotas; no sólo porque se estuviesen acabando y disminuyesen los solicitantes, ante una situación tan claramente desesperanzada; sino porque, encima, las derrotas infligidas por el monarca eran, en múltiples ocasiones, inmensa, excesiva y deliveradamente degrandantes: Su Majestad no tenía el más mínimo recato en, apenas pasados unos segundos del comienzo del duelo, y con casi un solo, pero determinante movimiento, desarmar o tumbar a cualquiera del modo más humillante; de modo que, muchas, y muy grandes reputaciones, fueron destrozadas en apenas un instante… al fin y al cabo, cuanto más grande era la expectativa por un candidato, mayor era la decepción con su fracaso.

Hubo quien incluso pensó que todo aquello era, en realidad, una estrategia de política exterior, una advertencia del peligro que supondría declarar la guerra a aquel Reino… otros, menos filosóficos y más desencantados, aseguraron que el asunto, verdaderamente, no trataba de otra cosa que del extremo, ridículo engreimiento y jactancia de aquel Rey y su Princesita.

Pero ciertamente, estos últimos no sabían qué pensaba la hija del soberano de toda aquella situación que tanto tenía que ver con ella… la verdad es que estaba triste, desesperada y más en desacuerdo imposible. Todo el asunto, desde el principio hasta el final, le parecía mal, un sistema ridículo y un despropósito sin sentido alguno. Es necesario darse cuenta, de que la Princesa Vesot era una mujer muy leída y culta, así que aquella exaltación y apología de la fuerza física (que suponían, directa o indirectamente, aquellos duelos) le resultaba del todo inadmisible, incluso vulgar.

Y aunque públicamente, como debía ser, la Familia Real mantenía la compostura, según se cerraban las puertas de los apartamentos privados del castillo, se producían unas discusiones brutales: la Princesa no dejaba de recriminarle a su padre semejante método de elección de su marido (que ni siquiera tenía la excusa de estar basado en algún tipo de antigua, insólita y extravagante tradición o costumbre, sino que, para colmo, estaba recién inventado, ex profeso para ella), con el cual, lo único que se podría conseguir sería un esposo corpulento, pero sin duda estúpido, ¿y de qué iba a hablar con un tonto?, ¿con quién compartiría sus múltiples inquietudes?, ¿cómo soportaría, durante el resto de su vida, a un más que probable vanidoso al que sólo le importa e interesa su cuidado exterior?, ¿cómo aguantaría, ya no sólo tener que llevar una vida pública impecable con él, sino encima compartir la intimidad? (el escaso tiempo para ello), la cual es aún más cara, apreciada y sagrada para una persona cuya vida transcurre bajo un escrutinio público constante… el solo pensamiento le resultaba insoportable.

La hija del Rey era perfectamente consciente de que su matrimonio era una cuestión de estado, así que, ciertamente entendía que no se podía basar únicamente en sus preferencias personales, pero de esto último, a lo que estaba pasando, que a todas luces no parecía servir a nada positivo, había un abismo.

Finalmente, cuando la sucesora de Tádomo DV se hartó de discutir con este, dándolo por imposible; decidió recurrir a su madre, que esperaba que la comprendiera mejor, aunque sólo fuera por una mayor empatía como mujer… pero se encontró con la misma respuesta: su padre sabía lo que hacía, y que no iba a hacer nada por mal de su hija; además era el Rey, por lo que había que apoyarlo, respetarlo, y atenerse a lo que había ordenado, aún más siendo de la Familia Real, pues había que dar ejemplo, si no fuera así, ¿con qué derecho se le podría pedir a sus súbditos lo mismo?.

Sin embargo, aquello seguía siendo demasiado, y la Princesa Vesot se negaba a resignarse a un destino innecesariamente desgraciado, así que decidió empezar a tomar cartas en el asunto, de un modo sutil, disimulado, apropiado… pero, esperaba, lo suficientemente determinante como para que la ayudase a conseguir sus objetivos. No iba a ser una figura decorativa que se conforma con lo que llega, iba a buscarlo, a perseguirlo, y, a ser posible, a conseguirlo.

O eso era lo previsto… pero la situación cambió de la noche a la mañana de la manera más repentina. Un inesperado día, cuando no se había anunciado, ni se aguardaba la llegada de nadie, se presentó en la puerta del castillo, un Príncipe llamado Tecisteo: guapo, fuerte; y, como se vio en la cena, discreto y correcto. Tras haber inspeccionado al imprevisto candidato (en la audiencia dada con motivo de su llegada, para invitarlo a la cena, como era habitual), con sus impertinentes, como solía y había hecho con todos, el Rey adoptó una actitud especialmente cordial con el nuevo aspirante… no de forma extremadamente evidente, pero sí lo suficiente como para que la Princesa no diese crédito, ¿qué había pasado aquí?, ¿acaso Tádomo DV se había cansado de luchar con todos?, ¿tal vez el largo parón y sequía, que habían precedido a la llegada de este último pretendiente, y quizás las continuas discusiones familiares, le habían hecho darse cuenta a Su Majestad de lo equivocado de su método?, ¿tal vez había entendido, súbitamente, que su hija no se iba a hacer más joven, y ya, sólo por eso, y ante la falta de nuevos postulantes, iba a aceptar al último que había llegado sólo porque no había más?, ¿de verdad ese iba a ser el final de todo este absurdo asunto?.

Al principio la Princesa Vesot decidió acallar estas ideas inquietantes, y creer que todo aquello era obra de su imaginación; tal vez, la ausencia de novedades, o la continuidad de una situación tan difícil para ella, la había turbado, y ya veía cosas que no eran; al fin y al cabo, el Rey había sido cortés con todos… hasta el día siguiente. Sí, sólo había que esperar, y el problema se resolvería por sí solo, como siempre.

La jornada posterior, se celebró el combate, que no levantó expectación alguna porque todos sabían de sobra su previsible y decepcionante desarrollo y desenlace, así que las abanderadas tribunas del elegante campo de tela de justas (antes atestadas, y causa de conflicto permanente entre los asistentes -todo el mundo quería ser el primero en gritar un “¡viva!” dedicado al nuevo miembro de la Familia Real-, hasta el punto de que hubo que regular el acceso al lugar, por lo que un porcentaje considerable del servicio del castillo tuvo que abandonar sus tareas para ayudar a gestionar el evento, y no pocos de los concurrentes a este, debido al conflicto continuo que había por conseguir un sitio, acabaron en duelos que nada tenían que ver con el de la mano de la Princesa) se mantuvieron casi vacías, con la excepción de algunos ociosos, que fueron a sentarse allí, del mismo modo que podrían haber ido a un banco de los jardines… ¡pero, ay, lo extraordinario no avisa, y más de una persona, que maldijo su suerte al no ser capaz de entrar en los primeros combates, ahora se descubría afortunado!… o al menos en presencia de algo diferente e inesperado….

El combate comenzó con los protocolos habituales, nada inusual, y a lo que nadie prestó la más mínima atención, salvo la Princesa Vesot (aún con la mosca detrás de la oreja), y tal vez, la Reina Efrolía, que, como siempre, se hallaban presentes en la tribuna real. Pasada esa primera parte, y después de haber realizado el saludo reglamentario; lo imaginable, previsible y usual, era que el candidato atacase, y el monarca, de una simple estocada, le derribase, o incluso que, con apenas un gesto, pusiese el filo de su espada en un lugar, tan mortal, que al aspirante no le quedase más remedio que proclamar su rendición si pretendía salir con vida (no faltó alguno de ellos que, ante el sentimiento de humillación por haber perdido -y aún sabiendo, y habiendo sido advertido, de las condiciones del duelo- calificó todo el asunto de abuso y farsa, pues, dijo con no falta de malicia, que que uno de los contendientes poseyera una espada encantada, no parecía precisamente una lucha equitativa)… pero nada de eso pasó en esta ocasión: para empezar, el Príncipe Tecisteo no fue el primero en atacar, y tras un rato con ambos contendientes midiéndose, a la vez que daban vueltas en círculo; por romper aquella tensión que comenzaba a haber, el soberano marchó sobre su adversario en la lid, y, desde arriba, asestó un golpe directo… ahí fue cuando todos los presentes, que miraban de soslayo, pensaron: se acabó, a otra cosa… pero, para sorpresa de todos, el candidato a la mano de la Princesa, no sólo no fue desarmado, sino que, paró el golpe, y, encima, resistió el embate, consiguiendo, tras un poco de tiempo, obligar al monarca a retroceder en su ataque y cambiar de táctica… nadie daba crédito. Para colmo, el duelo se prolongó, y comenzó a volverse verdaderamente emocionante: con rápidas y hábiles estocadas que llegaban de todos los lados, ofensivas que eran detenidas mediante paradas espectaculares… nadie recuerda quién fue exactamente (aunque más de una persona, e incluso familias nobiliarias enteras, reclaman tal distinción), pero lo cierto es que, sólo hubo un cortesano que, llegado aquel punto, tuvo el valor de apartar los ojos, y salir fuera del campo de justas para proclamar, a voz en grito, lo que estaba pasando… en apenas unos pocos minutos, el lugar que había sido abandonado por “aburrido” volvía a conocer una gloria mayor que la que nunca antes había tenido (y posiblemente, nunca más fuera a tener).

Todos los presentes recordarían, hasta el día de sus muertes (independientemente de lo que pasó después) aquella lucha sin igual (que, en versiones muy poetizadas, modificadas y llenas de licencias artísticas, llegaría a convertirse en un cantar épico y legendario, ya fuera en versión hablada o cantada, habitual en el repertorio de bardos, juglares y trovadores múltiples), en la que ambos contendientes lucieron lo mejor de sí mismos, cual si aquello fuera una demostración del arte de la esgrima… pero los minutos pasaban, y el enfrentamiento no parecía decidirse entre ninguno de los dos participantes… con lo que aquello se convirtió en una prueba, ya no de habilidad con la espada (que parecía estar bastante igualada), sino de resistencia.

Muchos supuestos expertos en la lid (algunos de los cuales ni siquiera habían llegado a estar en dónde sucedieron los hechos, pero opinaron con tono aleccionador, como si hubiesen sido los propios implicados en la refriega) manifestaron, con cierto aire, inesperadamente poético y simbólico, y más tratándose de personas de armas; que aquel no había sido un enfrentamiento de fuerza bruta (en cuyo caso, sin duda, afirmaban con seguridad, habría ganado el Rey), sino, muy por el contrario, un combate entre lo viejo y lo nuevo (no siendo esto, únicamente, una forma de señalar la edad de los participantes en la lucha, y su distancia intergeneracional, sino también refiriéndose a tácticas, lucha cuerpo contra cuerpo… etc), lo emergente y lo decadente; el pasado que, por glorioso que fuera, al final, debía ceder su sitio para dar paso al inevitable futuro… etc.

El caso es que, tras media hora batiéndose, se veía claramente que Su Majestad empezaba a flaquear, pues, al fin y al cabo, era un hombre de una cierta edad, y, por en forma que se mantuviese, difícilmente podía competir con un joven en las mismas condiciones (físicas y de conocimiento de la esgrima), con la ventaja extra de estar en su plenitud corporal. Fuera como fuera, llegó el momento en el que, el Rey Tádomo DV, para evitar una fuerte ofensiva que le venía tirada desde arriba (irónicamente, igual a aquella con la que él empezó el combate), optó por dar un paso atrás… con tan mala suerte que, su veterano, pero exhausto cuerpo, no pudiendo soportar más aquel sobresfuerzo, debido a aquel embate continuo, tenaz, firme e incansable, perdió el equilibrio debido a un tropiezo en el cruce de pies… y cayó en la arena.

La Princesa Vesot ahogó un grito. Sólo la Reina Efrolía hizo gala de una regia contención. El resto de los presentes fueron bastante menos sosegados: el que menos, lanzó un grito de asombro… y las que más abierta y escandalosamente se expresaron, fueron algunas mujeres que, ahogadas por sus propios corsés (con los que pretendían resultar más atractivas y deseables, al parecer más delgadas… acto de vanidad que dio pábulo al rumor de que sólo se habían comportado así para llamar la atención de posibles galanes), al ser incapaces de inspirar y espirar adecuadamente, se desmayaron, dando a la situación general, aún más aspecto de hecatombe.

De cualquier modo, el Príncipe Tecisteo, ignorando todo lo que pasaba a su alrededor, y con la misma concentración que había caracterizado su limpia técnica de lucha, siguió el protocolo con una gran dignidad, absolutamente exenta de arrogancia, y situó su espada encima del Rey, de forma lo suficientemente apropiada como para declararse vencedor de la justa, pero sin que resultase humillante, y respetuosamente, solicitó la rendición a su oponente. Lo único que el monarca hizo, fue mirar hacia otro lado, pero como no se levantó, ni hizo el más mínimo gesto de resistencia, el recién llegado fue proclamado campeón.

Aquello sí era una novedad. Pronto, la noticia corrió como la pólvora por toda la Corte, de esta, pasó a la capital; en poco tiempo, todo el Reino lo sabía; y, no demasiado después, la cuestión traspasó fronteras; manteniendo atareadas y ajetreadas a embajadas y cancillerías varias, dónde se analizaba, pormenorizada, e incluso exageradamente, todo el asunto y sus consecuencias.

Los únicos a los que la afamada derrota del Rey Tádomo DV no pareció impresionar, fueron los juristas más letrados y puristas, los cuales, siempre que tenían la oportunidad, recordaban a todos, con tono desdeñoso y docto, que todo aquello, en última instancia, no significaba nada, puesto que el Real Decreto expedido por el monarca, especificaba claramente que este debía ser vencido tres veces, cosa que no había pasado, y, a buen seguro, no sucedería ahora que el soberano había tenido la posibilidad de observar, conocer y medir adecuadamente a su adversario.

Con todo, los leguleyos aún tuvieron más oportunidades de lucir en sociedad sus conocimientos, y convertirse, orgullosamente, en el centro de atención de los salones y tertulias a las que acudían; puesto que la situación se volvió, si cabe, más intrigante y tensa: aún no había fecha para el segundo combate. La razón, volvía a ser legislativa, pues la ya mencionada ley en boca de todos (y que había convertido, en las conversaciones informales, a quién más, quién menos, en juriconsulto), especificaba que el subsiguiente duelo sólo podría celebrarse mientras no hubiese otros primeros duelos (hablando claro: todos los contendientes con los que el Rey luchase debían estar al mismo nivel); y ahora que se había demostrado, fácticamente, que Su Majestad no era invencible, rápidamente, volvió a aparecer la avalancha de candidatos a la mano de la Princesa (algunos, que ya lo habían intentado, probaron a solicitarlo por segunda vez, pero naturalmente, sus peticiones fueron rechazadas; una vez más, siguiendo la legalidad establecida); al fin y al cabo, estaba claro que el monarca estaba envejecido, que en realidad había sido derrotado por el propio e inexorable tiempo… y que, por tanto, ahora también podría hacerlo cualquier otro.

Terrible equivocación. Como si el duelo con el Príncipe Tecisteo no hubiese sucedido nunca; y quizás con aún más furia, todos los siguientes aspirantes fueron derrotados con una contundencia, si cabe, todavía más drástica, radical y denigrante. El mensaje era evidente: el león dormido se había despertado y rugía fuertemente, dejando claro que, para nada estaba acabado, y que no había despojo alguno que recoger o del que aprovecharse. Entre tanto, el campeón del anterior lance, cumplidor y correcto, permanecía en el regio castillo, en calidad de invitado de la Real Casa, a la espera.

Resulta fácil imaginar lo pronto que los pretendientes volvieron a ser contados: estaba claro que el monarca no había perdido ni un rastro de su destreza con la espada, y, claramente, aquella efímera y extraordinaria victoria anterior contra él, comenzaba a tener la pinta de haber sido solamente una pura casualidad (de hecho, no faltaron rumorosos que comenzaron a decir que, ¿no se comentaba en la Corte, unos pocos días antes del notorio suceso, que el soberano se había quejado de un cierto dolor en la rodilla, o de que se había lastimado el tobillo al bajar de un caballo?). Poco importaba, el futuro lo diría, pues, teniendo en cuenta las circunstancias, el segundo combate no sería retardado durante mucho más tiempo.

Pero había quien no estaba dispuesta a esperar a que el tiempo venidero le diese una respuesta (al fin y al cabo, se trataba de su propia vida, y no de un divertido cotilleo ajeno), y esa era la Princesa Vesot; a la que el principal aspirante a su mano estaba lejos de satisfacerla; sí, era incuestionablemente guapo y atractivo, pero la verdad es que su personalidad nunca le había caído en gracia: tan aparentemente afable, recto, caballeroso, respetuoso, circunspecto… ¿quién actua así, si no es para obtener un beneficio o es un remilgado?; en la primera cena con la Familia Real, este apenas sí le había dirigido la palabra, concentrándose casi exclusivamente en su padre, ¿qué pasa, que acaso ella era posesión de su progenitor y sólo había que contentarlo a él?, y, posteriormente, cuando ella había intentado acercarse a su pretendiente, lo había encontrado sumamente esquivo, hasta que finalmente, este le confesó que quería respetar el Real Decreto, la normativa del duelo, a su padre y a su Casa, por lo que prefería no profundizar en su relación hasta que hubiese ganado, tal y como estaba estipulado. Eso ya era el colmo, ella, ¡casada con un total desconocido!, ¡peor aún, con un completo estúpido que lo único que sabía hacer era manejar una espada, entrenar su cuerpo y hacer lo que le dijeran como un niño!, ¡Hasta ahí podíamos llegar!.

Pero ya está dicho que la hija del Rey estaba decidida a intervenir en algo que tanto la afectaba; y efectivamente, iba a hacerlo: a lo largo de los siguientes días, decidió fijarse atentamente en los candidatos, y elegir ella misma al más conveniente….

Poco tiempo después, llegó un Caballero llamado Quinwed al castillo, no era el colmo de la belleza, pero sí que pronto demostró una especial capacidad para ganarse a la gente… a todo el mundo menos al Rey, que tras observarlo con sus impertinentes, pareció mostrar un leve desprecio al recién llegado, ¿acaso esa actitud era clasismo?, ¿se suponía que el problema era que el nuevo no tenía el rango de su, aparentemente, hasta ahora, favorito? (que, aparte de la primera simpatía por haber vencido, no había conseguido ninguna más, debido a su aislamiento y obsesivo cumplimiento estricto de la legalidad… ni un arrebato romántico, un guiño hacia los que le habían apoyado, o siquiera, algo que diese que hablar a unos cortesanos siempre ansiosos de charla insustancial…) aunque, esto último parecía desmentirlo, aparentemente, el hecho de que el monarca no había rechazado ni una sola solicitud de las que habían llegado, proviniesen de quien proviniesen… pero también era cierto que tampoco les había dejado ganar.

Sin embargo, desde el principio, la Princesa Vesot quedó encantada con el recién llegado, que se adaptaba muy bien a ella, siempre con las palabras y comportamiento oportunos: ya desde la primera audiencia, apenas prestó atención a otra cosa que a la hija del soberano; luego, resultó tan galante en la cena… pero lo mejor, fue como, rebeldemente, se saltó todos los protocolos y, en medio de la noche, se presentó bajo el balcón de la heredera del Reino… tras una larga conversación (en la que ¡cuántas promesas se hicieron, cuánto planificaron todo lo que harían cuando, al fin, pudieran ser el uno del otro!), que duró casi toda la noche, a pesar de que él debería batirse al día siguiente (¡pero cuánto hacía y se arriesgaba por ella!, ¡cuántas demostraciones de amor le estaba haciendo saltándose todo lo establecido!); ella tuvo muy claro que él era el elegido, ¡cómo dudarlo!: un hombre hecho a sí mismo, siempre tan gentil, que se esforzaba por coincidir y sacrificarse por ella en todo….

-Ojalá fuésemos libres para estar juntos, ¡somos el uno para el otro! -afirmó Quinwed, mirando a la Princesa desde un suelo que, en no demasiadas horas, dejaría de estar brumoso para dar paso al alba-, el problema es ese duelo que nos lo puede impedir… si hubiera alguna manera de vencer a tu padre… ¡pero qué debilidad podría tener un hombre tan bravo y listo!, ¡y encima con esa espada!

-Umm, puede que haya una manera. Ciertamente, respecto a su arma, nada se puede hacer, pues forma parte de una selección de la Real Armería, ubicada en la cámara del tesoro, a la que sólo el Rey puede acceder, pero hay otras cosas que se pueden intentar….

Así pues, en primer lugar, la Princesa Vesot, recomendó a su elegido que al día siguiente se declarase indispuesto, y pidiese postergar el duelo un día, pues necesitaría su cuerpo y sus reflejos en el mejor estado posible para el combate… aún cuando fuese a contar con una ayuda extra: lógicamente, la hija del monarca, y más siendo su única descendiente, había sido entrenada en las armas y el arte de la guerra, en múltiples ocasiones por su propio padre, por lo que conocía a la perfección todas sus debilidades, manías, flaquezas, tendencias, dónde bajaba la guardia… etc, conocimiento que había multiplicado, sabiendo que le sería útil llegado el momento, a través de observarle intencionadamente, con suma atención, desde que habían empezado los combates, y especialmente, desde que había decidido buscar a su futuro marido ella misma; además de que, por supuesto, sabía de primera mano la situación de la salud física del soberano, y como, efectivamente, el combate que había perdido le había dañado ciertas articulaciones que, con seguridad, aún seguirían convalencientes… todo esto le reveló a su favorito para hacer lo posible que se alzara vencedor; y además, consideró que era lo más apropiado, ¿no había sido todo aquello, hasta ahora, una vulgar refriega de fuerza bruta? pues ahora pelearían maña y fuerza, y a ver quién ganaba, ¿no se le había dicho que debía respetar el sistema? pues bien, lo destruiría desde dentro o con sus mismas armas… el Rey creería que había vencido el mejor (o se vería obligado a reconocerlo, atrapado por sus propias normas), y en realidad, la mejor sería ella, porque, aún cuando su padre creería haber elegido él (o según sus reglas) en realidad, sería su hija quién realmente lo habría hecho.

Y así, el plan salió más o menos como estaba previsto: al día siguiente, el caballero Quinwed se declaró indispuesto, pero como los médicos no le encontraron nada (salvo un ligero cansancio), sólo se retrasó el duelo un día. Dada su capacidad para ganarse a la gente, su cierto magnetismo personal o lo que habían gustado públicamente sus llamativos y apasionados gestos hacia la Princesa, y como esta los aceptaba, más o menos sutilmente; su combate generó cierto interés y expectación… y desde luego, sí iba a dar espectáculo; para empezar, duró más que ninguno otro anterior, y para seguir, el Rey parecía estar en un constante estado de desconcierto, que muchos pudieron percibir; y no era para menos, su adversario parecía sabérselas todas, prever todo lo que iba a hacer antes de tiempo, y, para colmo, intuir cada una de sus debilidades…. En lo que respecta a la hija del Rey, le pareció percibir, en algún momento, como si su padre hubiera adivinado lo que había hecho y le hubiese enviado alguna mirada de recriminación… pero, seguramente, sólo se trataba de nerviosismo.

Sin embargo, lo que estaba claro, es que esta vez el monarca no pensaba dejarse vencer tan fácilmente, dio guerra, agotó, y no se lo puso nada fácil a su adversario; cuando parecía que el soberano al fin caía o era vencido… milagrosamente se recuperaba y luchaba con incluso más fuerza… pero su contrincante tenía muchos ases en la manga (entregados, oportunamente, por la Princesa), de modo que, al final, aún quedando sumamente igualados, y, desde luego, terminando la lucha en un estado físico similar y no ventajoso para ninguno de ambos (aunque Su Majestad pareció saberlo disimular con un mayor sentido de la dignidad)… el Rey Tádomo DV era derrotado.

¡Qué emocionante y qué maravilla, este candidato que daba qué hablar, y que no era un soso como el otro! (que sólo parecía gustarle al Rey, quizás porque así nunca tendría un yerno que le hiciese sombra y que además hiciese todo lo que le dijese) pensaba la Corte, alegrándose de que esta nueva situación pusiese las cosas más emocionantes, y con todo el mundo deseando que, al fin, se empezase a avanzar y se produjesen los segundos combates… el deseo colectivo podría ser cumplido con facilidad, pues, sorprendentemente, esta segunda victoria no animó a más candidatos sino más bien lo contrario: cundió la teoría de que era la espada la que decidía a unos predestinados, así que era una tontería intentarlo, si estaba de ser, sería… fuera por esto, o fuera porque pocos mas se podían o querían presentar ya, lo cierto es que, en no demasiado tiempo, se anunció que se pondría fecha a los segundos duelos.

Respecto a la Princesa, saboreaba una victoria que veía como suya… una pequeña parte de ella, en el fondo, se sentía mal por el Príncipe Tecisteo, pues, al fin y al cabo, era consciente de que este había respetado las normas, tenido una paciencia inmensa (como invitado en la Corte, tenía una existencia discreta… al contrario que el festivo y divertido Quinwed, cuyas juergas en sus aposentos, tenidas lugar después de ganado el combate, a pesar de ser, en principio, fiestas privadas, comenzaban a comentarse en todo el castillo, haciendo que muchos quisiesen conseguir una invitación para tan jolgórico y canallesco evento, el cual, se decía, era algo como nunca se había visto antes en aquel lugar), y llevado el asunto con una inmensa resignación y dignidad, más sabiendo que no podía ser fácil estar en una situación de tensión constante como la que estaba sufriendo, sin duda demostraba persistencia… pero todos estos pensamientos de la hija del soberano, rápidamente eran acallados por otros que preguntaban: ¿y acaso eso era todo?, ¿debería por ello resignarse a soportar a una persona superficial y sin conversación?, ¿a un más que posible narcisista, o como mínimo un ser apático y anodino?, ¿un bobo sin iniciativa alguna, y que claramente sólo sabía mostrar arrojo con las armas?; ella, una mujer culta, leída, preparada, sin duda se merecía algo más. Y estaba dispuesta a tenerlo.

Por ello, la hija del Rey sabía que no debía desaprovechar el tiempo, el efecto sorpresa había dado resultado una vez, pero quién sabe si funcionaría otra; así que las conversaciones clandestinas nocturnas desde el balcón, con su pretendiente favorito, se continuaron manteniendo, con el principal objeto de descubrir el mejor modo de alcanzar la victoria final.

-Quizás haya una manera -afirmó Quinwed-, todos sabemos del poder fenomenal de esa espada, y que ese tipo de magia, a veces, se une a las emociones, los deseos más internos y el subconsciente más oculto… si consiguiéramos predisponer a Tádomo en contra de Tecisteo, posiblemente le derrotaría.

-Es posible, ¿pero cómo? no creo que de una persona tan insustancial se pueda decir gran cosa….

-Pues precisamente, tal vez ese sea su mayor defecto. Al menos según lo que se rumorea en la Corte: se dice que su familia perdió el trono a manos de una revolución que los echó por inútiles y apáticos; ahora su nación es una república… tal vez por eso está aquí, porque no tiene donde ir, o porque quizás quiera ganar en este país lo que perdió en el suyo propio… en todo caso, dudo que Tádomo, como jefe de estado, quiera arriesgarse a que en este lugar pase lo mismo, introduciendo ese lastre y elemento conflictivo en su propia casa; Y como padre, no creo que quiera para su hija a un niño mimado cuyo único mérito le viene por herencia. Yo me he trabajado llegar a donde estoy; nadie me ha regalado nada, todo lo he conseguido por mí mismo, porque lo valgo, he ido de abajo hacia arriba.

“Vaya, vaya”, pensó la la hija del Rey; así, la pareja, habló de que lo mejor sería que ella fuese, con la excusa de comentar “esos preocupantes rumores”, a ver a su padre, y así, conseguir su objetivo. Pero era más fácil decirlo que hacerlo, desde el combate con Quinwed, el monarca se había mostrado inaccesible con su hija, no habían tenido ni un momento privado, y cada vez que había la posibilidad, el monarca decía “debo ir a reflexionar”, y se marchaba del lugar, de modo que la situación de intimidad, antes algo habitual, ahora se había vuelto imposible.

Pero una de las características de la Princesa Vesot es que no se rendía fácilmente, así que, con determinación, decidió conseguir encontrarse en privado con su padre, en parte, por el plan que se había trazado; pero también, porque lo cierto es que estaba preocupada por su actitud últimamente (¿estaba enfadado tal vez?, ¿quizás porque sabía que había hecho trampas?), la cual como hija la disgustaba (aunque tenía claro que no cedería en sus intereses o futuro), y quería hablar con él, limar asperezas, y quien sabe, si las cosas salían bien, si conseguía comprenderla, volver a la cariñosa y franca relación que siempre habían tenido. Pero nada salió como ella esperaba, absolutamente nada.

Entró en el despacho privado, que el monarca tenía en sus aposentos, sabiendo que lo encontraría allí, ocupado en asuntos del Reino, pero conociendo que a esa hora solía tomarse un breve receso, para así tomar un ligero tentempié (durante el cual, de pequeña, su madre solía llevarla, pues se convertía en la alegría, el ánimo de su padre para seguir adelante… ahora quizás, con mayor o menor consciencia de ello, la Princesa pretendía recuperar ese recuerdo en su beneficio), que le diera fuerzas para continuar con su ardua labor.

-Hola papá -dijo dulcemente, casi infantilmente la sucesora del Rey-, últimamente has reflexionado tanto, que no hemos tenido ni tiempo para hablar… aunque ya sé que desde hace un tiempo sólo discutimos….

-No te preocupes, hija mía -contestó el monarca, con un tono de cierto cansancio por el trabajo-, ya he meditado lo suficiente y he llegado a una conclusión….

La Princesa se quedó asombrada, y temerosa, ante semejante afirmación, así que decidió intervenir e interrumpir rápidamente:

-Tal vez cambies de opinión cuando sepas lo que comenta toda la corte, ya sé que no debemos hacer caso a cotilleos vanos, pero merecería la pena investigar el fundamento de este, verás….

-Sé lo que has hecho -manifestó cortante el Rey.

La descendiente del soberano se quedó muda, sabía que esa situación podía darse en algún momento, pero no esperaba que fuera así.

-Y porque lo sabía -continuó el monarca-, dejé vencer a Quinwed, ¿o acaso creías, de verdad, que se puede derrotar a un arma invencible por más que el adversario conozca tus debilidades? por eso es mágica, porque las condiciones físicas normales no la afectan.

Tras una breve pausa, el Rey, continuó en un tono más paternal:

-Me he equivocado hija, y lo siento. Creía que mi última misión como padre, e incluso como Rey, era encontrarte a la persona ideal, a alguien como tu madre lo ha sido para mí: no sólo una persona que se pueda sentar dignamente en el trono a tu lado, sino que además sea tu fuente de apoyo, fuerza, y afecto constante, en definitiva, alguien que sea el primero y mejor de tus súbditos… pero ahora, me doy cuenta de que esto ni me correspondía a mí, ni estaba en mis manos. Quizás, en eso únicamente, tenían razón aquellos que me han criticado tanto por ser excesivamente sobreprotector….

Y de repente, como cambiando totalmente de tema, el soberano adoptó un tono más risueño:

-¿Sabes? todo el mundo cree que el arma más poderosa del Reino es mi famosa espada. Pero se equivocan. Son estos impertinentes.

Y dicho esto, sacó de su bolsillo aquellas gafas con mango (las cuales, debido a su simplicidad y desornamentación, era fácil suponerles un uso absolutamente pragmático), que, con el tiempo se habían convertido en algo característico de él; y a continuación, cogió de un cajón de su escritorio una preciosa caja realizada en caoba y otras diversas maderas finas, además de con preciosas incrustaciones de nácar; que a la Princesa no le costó identificar (a pesar del evidente contraste), como realizada ex profeso para aquel objeto, al parecer tan precioso, el cual fue depositado en tal recipiente, con el que el padre se acercó a su hija para continuar su discurso:

-Supongo que te acordarás de tu hermana mayor adoptiva, te hemos hablado muchas veces de ella….

-Sí, la hechicera buena gracias a la cual yo nací…

-Exacto -continuó el progenitor con seriedad-, pues bien, todos conocen los dos regalos que nos dio a tu madre y a mí, pero sólo nosotros conocemos el que decidió hacerte a ti con motivo de tu bautizo. Al entregárnoslo (la última vez que la vimos a solas, el día de la celebración), nos dijo que podríamos conferírtelo cuando lo considerásemos, y que, entre tanto, éramos libres de usarlo. Ahora, después de tantos años, puedo y quiero dártelo, diría que ya casi no me hace falta, pues estoy de vueltas de todo, y con el tiempo, aprendes a ver estas cosas por ti mismo… con todo, me fue muy útil siendo más joven. Pensaba legártelo con motivo de la boda, para obsequiarte algo especial, pero considero que ya es el momento…

Dijo el monarca mientras entregaba a su sucesora la mencionada caja, de fina marquetería, con los impertinentes dentro; y ella le miraba con una extrema extrañeza… no estaba entendiendo nada de aquel alegato aparentemente sin sentido….

-El regalo, es decir, los impertinentes, son mágicos, y su poder, aunque no lo creas, es mucho mayor que el de la espada; al menos en mi opinión, pues creo que, como dijo un sabio, la mejor victoria es la que se obtiene sin llegar a luchar. El poder de este objeto consiste en que, a través de él, se puede ver el alma de las personas (¿por qué crees sino que nunca me he equivocado con nadie?): su auténtico carácter, de dónde vienen, están y a dónde van, sus verdaderas intenciones, quienes son realmente… en definitiva: todo; apenas con un vistazo, nada se oculta a estas lentes maravillosas, y hasta lo que absolutamente nadie sabe (a veces ni el propio observado) se revela a través de ellas…. Ahora son tuyos. Úsalos, ayúdate de ellos para decidir qué pretendiente te conviene… y cuando lo hayas hecho, si durante el duelo, tras pasar un tiempo prudencial, los posas sobre cualquier superficie, sabré que debo derrotar al aspirante con el que me esté batiendo, y si los mantienes en los ojos, le dejaré vencer. Tú decides. Lo único que te pido, es que aprendas la lección más importante que enseñan estos impertinentes: lo que parece evidente, no siempre lo es.

Y dicho esto, el Rey Tádomo DV volvió a su escritorio, y retomando un tono más jovial, dijo:

-En fin, me he pasado de tiempo con la pausa, ¡ya me hacías esto de entretenerme cuando eras pequeña!; hasta más tarde, mi niña… por cierto, antes de que entraras, ya había enviado a mensajeros y un pregonero para anunciar que el segundo combate tendrá lugar mañana, bueno es que estés informada de ello para que liberes tu agenda de otros posibles compromisos. Ahora déjame, debo resolver ciertos asuntos de la guardia real: al parecer, su relevo es incompatible con el patio dónde habitualmente se celebra, pues se están haciendo unas obras allí… así que lo cambiaré al lugar más próximo y apto, que son los jardines meridionales; sí, lo sé, será casi debajo de tu balcón, y habrá una presencia constante de soldados bajo de tus aposentos, pero no te preocupes, será algo temporal, y no resultarán una molestia, además de que conocen la situación… en fin, voy a continuar con el trabajo… ya sabes lo que se ha dicho “Inquieta vive la cabeza que lleva una corona”….

Estaba claro que no había más que hablar, así que la Princesa salió de los aposentos de su padre, portando la caja con el preciado y fabuloso objeto, y volvió a los suyos propios, completamente confusa y desconcertada, ante aquel sobreexceso de información.

El día siguiente despertó con gran expectación para los que fueron capaces de digerir la noticia; otros aún no habían asimilado el (algunos dijeron que intencionado) efecto sorpresa; y no faltaron cortesanos que lamentaron haberse marchado del Real Castillo para pasar una temporada en sus propiedades, lo que, estando demasiado lejos o con una capital colapsada por la noticia, les impedía retornar para los segundos duelos.

Desde que los pregoneros hicieron el anuncio público, nadie tuvo tiempo a reaccionar, excepto para correr la noticia, que resultó inesperada en todos los aspectos: para empezar por lo precipitado (¡de un día para otro!, ¡en qué cabeza entraba organizar un evento de tal magnitud, que tantísimo interés suscitaba, de una manera tan improvisada!); pero no sólo, lo que llevo a unos cuántos a intentar sobornar, sin éxito, a los incorruptibles funcionarios de la Corona, para conseguir un sitio, fue el hecho de que no habría segunda oportunidad: los dos duelos tendrían lugar el mismo día, uno de mañana, otro de tarde (y se había dispuesto de tal modo que era imposible a acudir a ambos, había que elegir).

Por su parte, la Princesa Vesot sólo había podido quedarse ella sola con sus pensamientos, hasta el primero de los combates, al que acudió (bien acompañada de sus nuevos impertinentes, por la curiosidad que estos le levantaban, sin duda; además de porque se lo había pedido su padre; pero también, en parte, con el objetivo de lograr, una vez más, vencer a su progenitor con sus propias armas, y encontrar todo lo malo que tenía el aspirante menos meritorio a sus ojos) sin haberse podido volver a comunicar con su querido Quinwed… en cualquier caso, el primer lance no sería el suyo, sino el del Príncipe Tecisteo.

Al contrario de lo esperado, las tribunas no estuvieron demasiado llenas, el pretendiente de la mañana no era especialmente popular, y dado que había que elegir a cuál de los dos combates ir, la mayoría se decantó por el del favorito, que era por la tarde. Es más, se diría que pocos de los que fueron allí tenían auténtica fe o interés porque el Príncipe venciera, y que, simplemente fueron, porque sabían que difícilmente entrarían al otro, así al menos, tendrían algo de qué hablar a la hora de contrastar ambos candidatos.

Sólo la Familia Real, dado que tenía tribuna propia, podía acudir a ambos duelos, y así fue. Los contendientes se presentaron en el campo, y, acto seguido, la Princesa Vesot alzó los impertinentes, un objeto sorprendentemente sencillo, que con razón había pasado desapercibido durante todos esos años, a pesar de su, al parecer, fascinante poder. Con ellos, apuntó hacia el Príncipe Tecisteo, y empezó a ver….

Lo que se le mostró fue una mezcla de lo esperado y a la vez de lo que no lo era en absoluto: el aspirante matinal, lejos de ser un privilegiado, precisamente por haber nacido, en apariencia con todo, por eso mismo, había estado siempre sin nada; con un padre extremadamente estricto que quería inculcar, a él y sus hermanos, los deberes, responsabilidades y sacrificios que el trono implicaba, había sido implacable con ellos en su educación, no permitiéndoles que hicieran uso de prebenda alguna. Lo que hacían los demás, ellos tenían que hacerlo doblemente mejor, para demostrar su valía y que no se lo debían todo a ser hijos del Rey.

Todo ello, había convertido al Príncipe Tecisteo, en particular, en una persona austera, perfeccionista, honesta, honrada, cumplidora, ética y moral… pero tales cualidades no siempre gustan, o fastidian a ciertas personas; a lo que había que sumar su ya mencionada posición, belleza natural… y sí, también su gran inteligencia y cultura, que con el tiempo había aprendido a disimular, no hablando más de lo preciso, lo que le volvió una persona de aspecto taciturno… todo lo cual había provocado que, ya desde niño, y a lo largo de una buena parte de su vida, sufriera muchísima envidia y le hicieran la vida muy difícil… pero existen dos personas ante el sufrimiento: quienes no aprenden de él (o que no son capaces de superar o cicatrizar las heridas que les han causado), los cuales se acaban convirtiendo en seres similares a aquellos monstruos que tanto dolor les infligieron, y por tanto, se dedican a seguir expandiendo dolor por el mundo; y quienes sí aprenden de él, que, muy por el contrario, dedican su vida a intentar evitar que otros padezcan las miserias que ellos han sufrido. El principesco pretendiente era de estos últimos.

El combate seguía, y la Princesa Vesot no bajaba ni por un momento los impertinentes (aunque sabía que debería hacerlo si quería que aquel candidato fuera eliminado), ansiosa por seguir indagando, por descubrir qué se le podía ocultar, para seguir observando sorprendida, y profundizar en aquella alma, hasta ahora, claramente desconocida… fue así como vio todas sus auténticas intenciones: supo que él había visto un retrato suyo, y sintió un fuerte enamoramiento, por lo que preguntó por ella, y cuanto más sabía, más le gustaba, deseando verla en persona para conocerla mejor, descubrir si eran compatibles (aunque todo parecía indicar que sí)… se iban a preparar los trámites o alguna excusa diplomática (del tipo de un viaje oficial al Reino de Tádomo DV) cuando a su padre le fue robado el trono.

Para bien o para mal, surgió el famoso Real Decreto (sobre cómo aspirar a la mano de la Princesa Vesot), con el que, nuevamente, aunque en el exilio, el Príncipe Tecisteo volvió a ver la luz, y su oportunidad para, al menos, conocer a su amada… pero como era prudente y no un alocado, no deseando idealizarla, o hacerse ilusiones debido a su precaria situación; además de que, al fin y al cabo, había que ganar tres combates contra una espada invencible y un monarca bastante próximo a ello; asimismo, también deseaba conocerla de verdad, despacio, pues realmente le gustaba; sin mencionar que quería protegerse emocionalmente a sí mismo para no hacerse, o que le hicieran daño (por si las cosas no salieran bien en cualquiera de los sentidos -y había muchos-: ya fuera que no consiguiera vencer los duelos, que su adorada no fuese quién él esperaba, o que a ella él no le gustase… etc)… todo lo anterior, que la hija del Rey había malinterpretado, era lo que lo había mantenido a distancia de ella; además de, por supuesto, su propio código de honor, que exigía un máximo respeto hacia ella, su honra y buena fama; hacia su padre (al fin y al cabo estaba bajo su techo); su Casa; la legalidad vigente… explicado claramente: él no era ningún aventurero que viniese allí para ver si salía algo; él quería hacer las cosas bien, porque ella realmente le gustaba e interesaba.

El tiempo pasó y pasó… pero la Princesa Vesot estaba cada vez más confusa y desconcertada ante aquella nueva avalancha de información (que aunque estuviera volviéndose constumbre últimamente, no por ello era más fácilmente asumible); aparentemente se había equivocado por completo con el Príncipe Tecisteo…¿lo había juzgado mal?, peor, ¿lo había prejuzgado?… y resultaba irónico, porque, precisamente ahora que lo sabía todo sobre él, tenía, por primera vez, algo que previamente nunca había sentido por el que había sido el primer vencedor: curiosidad. Así que, completamente paralizada, e incapaz de sacar los ojos de aquel objeto fascinador, la cogió totalmente por sorpresa cuando se anunció el fin del combate: Su Majestad, Tádomo DV, había sido derrotado por segunda vez.

La hija del Rey abandonó las tribunas casi inmediatamente, sin prestar atención a la mirada complice y cariñosa de su madre o a su leve caricia; y mucho menos a los corrillos, que ya bullían escandalizados con el nuevo comadreo, todos entendían que no se hablaría de otra cosa, y quienes habían estado presentes en el duelo, se sabían protagonistas, fuentes principales de información… al menos hasta aquella misma tarde…. Pero lo dicho, la Princesa decidió huir de todo ello, y evitar a todo el mundo para no hacer ningún tipo de declaración, estaba demasiado desorientada.

Sin embargo, después de la comida (¡ah!, ¿por qué comer y dormir hará que todo se vea mejor?), entendió que, aunque algo había cambiado, tampoco había que sacar las cosas de quicio, Quinwed era su hombre ideal, y del mismo modo que los impertinentes le habían descubierto la virtud del Príncipe Tecisteo, igualmente, confirmarían su conocimiento sobre su favorito… sí, vale, el doblemente campeón era una bellísima persona, estaba enamorado de ella y tenían muchas cosas en común; muy bien, pero, la realidad, es que no habían interactuado apenas directamente (más allá de la cortesía básica); mientras que con el caballero se había probado sobradamente su conexión… finalmente, agotada y turbada por el exceso de pensamiento sobre un tema que difícilmente podía resolver en ese momento, decidió, sabiamente, dejar de reflexionar acerca de ello (todos deberíamos hacer eso cuando nos encontramos en situaciones así). Además, poco quedaba para el duelo de la tarde, y entonces, con toda seguridad, se despejarían todas las dudas que pudiera albergar.

Pero no iba a ser así, de hecho, su confusión iba a aumentar; la cual, antes que en la mente de la Princesa, comenzó en los accesos al Campo de tela de justas y en sus gradas, pues este era el duelo que todos querían ver… varios de ellos, el día anterior, hasta habían tenido la oportunidad de felicitar por adelantado al candidato en la fiesta, que se celebraba en los aposentos que se le habían asignado en el castillo, en el momento en el que el mensajero entró, improvistamente, para dar el aviso del Rey Tádomo DV… aunque algunos de los presentes supieron de tal información a través de alguna ventana, desde donde oyeron a los pregoneros. Con todo, la juerga no se suspendió, ¡el combate era por la tarde, había tiempo de sobra para descansar!… además, Quinwed contaba con ver a la hija del Rey antes… cosa que, a posteriori, se demostraría imposible, debido a la fuerte presencia de la guardia bajo su balcón. Claramente, se habían acabado los encuentros íntimos y secretos. El pretendiente creyó la explicación oficial, cuando al día siguiente se informó al respecto, sobre la presencia militar en tal sitio; y, en cualquier caso, no consideró que eso fuera a resultar determinante para sus posibilidades, al fin y al cabo, realmente, la sucesora del soberano poco más le podía aportar ya.

El mencionado ambiente de alboroto en las gradas, no benefició al aturdimiento mental de la Princesa Vesot cuando entró a la tribuna real; donde su madre ya estaba presente, entreteniéndose discretamente con una de sus actividades favoritas, por resultarle de lo más relajante: el bordado. A continuación, ambas tuvieron ese tipo de conversación en la que lo que se habla es totalmente insustancial, y lo que se calla es absolutamente vital, y que, aunque esto último quiere saltar de la boca, se retiene ahí; pero la charla no duró mucho, no sólo porque no diera de sí (además de que, en la garganta, se generaba una obstrucción, al tragar todo lo que no se podía o quería decir), sino porque el combate comenzó, y la única descendiente del soberano necesitaba volver a usar el regalo de bautismo, de su hermana mayor adoptiva, con total atención, con la esperanza de resolver definitivamente su desorden mental.

Y una vez más, comenzó a ver… y las sorpresas fueron incluso mayores que la primera vez, además de que el visionado resultó incluso más aturdidor: Quinwed sólo le había dicho la verdad en unas pocas cosas: realmente se había trabajado llegar a donde había llegado, básicamente, porque en su ambición ilimitada, no le había importado pisar a quien fuera necesario para conseguirlo, incluso a los que con mejor, o interesada voluntad, le habían ayudado, a todos había traicionado según le habían dejado de ser útiles o le había convenido, con tal de sobrevivir él o de sacar algún tipo de beneficio; efectivamente, nadie le había regalado nada, básicamente porque lo había robado él mismo, ya fuera dinero o una posición o lugar que correspondía a otro; y ciertamente, había sido su valía en las artes de la inmoralidad, su don de gentes, con el que ocultaba a una tóxica y peligrosa serpiente, lo que le había permitido ir de abajo a arriba; al precio que fuera, acabando con quien tuviera que acabar… incluido el padre del Príncipe Tecisteo, puesto que Quinwed (que no ostentaba el título de Caballero, tal vez, la menos grave de sus muchas y peligrosas mentiras), era uno de los conspiradores republicanos que lo había destronado.

Lo cierto es que aquel Rey (progenitor del doblemente campeón), preocupado al enterarse de las actividades ilícitas de ciertas élites, que se estaban enriqueciendo y consiguiendo influencia de un modo venenoso, ordenó una investigación… pero estas personas viles habían creado ya toda una telaraña de corrupción en la que no faltaba quien pudiera perder más o menos economicamente, o su reputación y posición verse comprometidas como mínimo; y que, con la estricta justicia de la monarquía, seguro que el asunto terminaría en los tribunales y todo saltaría por los aires… para evitarlo, una serie de confabulados, dieron un golpe de estado y cometieron el mayor hurto imaginable: el de un trono.

Mediante la maledicencia, la demagogia, la tergiversación de la verdad… etc consiguieron engañar y manipular a los más simples e incultos; a eso unieron falsas promesas de un futuro supuestamente mejor (que, en realidad, sólo les beneficiaría a ellos, pues les ponía en el poder, a costa, claro está, de privar a todo el país del bienestar y justicia de los que antes habían gozado)… y con eso pudieron simular una falsa revolución, con la que instauraron una república que aseguraba sus privilegios, en la que todo lo que hacían (por inmoral que fuese) quedaba legalizado y legitimado; de modo que se creaba una oligarquía en la cual, aquellos que antes hubieran sido, lógicamente, perseguidos por sus delitos, ahora, por el contrario, eran elogiados por ellos. Aquel terrible sistema, por supuesto, no tuvo duda alguna en prohibir, por completo, lo que se le opusiese (comenzando por la propia monarquía, o todo lo que de algún modo la evocase), además de acallar, y matar, a quienes pensasen en defender la justicia, de modo que se dieron múltiples bajas en la población… naturalmente, también en la propia Familia Real, que a duras penas consiguió alcanzar el exilio para escapar de aquellos asesinos de ellos y de su propia nación.

Quinwed había mamado de aquel sistema republicano, se había educado en su inmoralidad, movido con gran soltura y sacado mucho beneficio de él… había nacido en una familia humilde, y, profundamente envidioso por naturaleza (como también lo eran el resto de los golpistas, de ahí su oportunista ideología antimonárquica), siempre había deseado tener lo que tenían otros, especialmente si era más de lo que él poseía; de hecho, según su particular ética, si él no disfrutaba de algo (especialmente si era para él solo), no veía razón para que otros lo hicieran… así, de niño no había dudado en cometer pequeñas rapiñas para, según su curioso sentido de la integridad, repartir un poco mejor el mundo… aunque el único que obtenía algo de su peculiar redistribución era él mismo.

Sin embargo, casi tanto o más que a quienes poseían más que él, el falso caballero sentía un desprecio profundo hacia toda la gente buena, honesta, trabajadora, honrada, eficiente, eficaz y competente; de la que se burlaba en sus círculos, calificándolos de sumisos y fracasados; aunque esto no impedía que tratase con ellos para engañarlos, utilizarlos o aprovecharse de ellos en cuanto tenía la ocasión… sin embargo, la realidad era que odiaba tanto a este tipo de personas porque, a la hora de la verdad, lo más valioso que tenían, su dignidad moral, era algo que él nunca podría robar o siquiera tener por tan solo un instante… además de que, evidentemente, eran personas que construían, mientras él sólo podía destruir.

Por supuesto, su familia ya tenía contactos en aquel mundillo indecente, en el que se querían hacer las cosas de un modo que les beneficiase a ellos, de modo que, a través de intercesiones e influencias varias (lo cual resultaba irónico, porque él siempre presumía de que, como persona de orígenes bajos, difícilmente podía haber gozado de las recomendaciones que tanto criticaba a otros supuestos privilegiados -las cuales les presuponía sólo por haber nacido en una posición, que su resentimiento, fundado en un profundo complejo de inferioridad, consideraba mejor o más ventajosa que la suya-… lo que era, a todas luces, el colmo de la hipocresía por su parte), pudo ir entrando, trepando… y luego, su valía en todo tipo de malas artes, debida a su perfidia natural, hizo el resto. No le resultó difícil: no tenía ni conciencia, ni el más mínimo respeto por la humanidad (lo demuestra el cómo sedujo a mujeres casadas sólo para que le hablaran bien a sus maridos de él -o las puso en una situación difícil para luego coaccionarlas-, o cómo destrozó la vida de solteras, viudas… ya fuera acabando con su reputación, o incluso negándose a hacerse responsable de embarazos no deseados bajo el pretexto de que “en el nuevo regimen, que estaban construyendo, todos deberían ser libres de elegir lo que querían sin ataduras”… eso, sin mencionar las vidas y familias enteras que destruyó mediante extorsiones, chantajes, engaños, estafas y timos de toda clase… etc), sólo sus propios objetivos, y no se paraba ni respetaba nada con tal de conseguirlos.

Todo lo cual era curioso, pues, como se ha comentado, no era muy agraciado; aunque se diría que, a fuerza de envidiar a los que poseían belleza física; en contrapartida, su fealdad exterior se había acabado vertiendo en su interior, de modo que había desarrollado un don de gentes y un atractivo muy efectista, que, para él, era su legítima arma contra los que de otro modo le hubieran rechazado (o al menos así se autojustificaba), por lo que veía perfectamente lícito usarlo en su contra y utilizar a los demás en su propio beneficio… al fin y al cabo, cuando no hay escrúpulos, estos no son un problema.

Pero el problema de los escorpiones (como de todos los seres venenosos y repugnantes) es que no pueden evitar picarse entre sí; y eso mismo le pasó a Quinwed, que también fue traicionado por varios de sus, supuestamente, más firmes aliados y que más comprometidos estaban con él… al menos hasta que dejó de convenirles (pues obviamente, entre republicanos, él no era el único inmoral, sólo uno más); de modo que no pudo conseguir el puesto principal de mando al que aspiraba en la nueva república; además los que tomaron el poder (que eran los que siempre lo habían tenido en aquellos deshonestos círculos, y que no estaban dispuestos a a permitir que nada ni nadie cambiase el status quo, que debía favorecerles únicamente a ellos), con el, más o menos claro propósito de librarse de él (ahora que ya no les iba a ser más útil, pues ya tenían lo que querían), pronto tuvieron otros planes para tan incómoda persona: una nueva misión (al parecer de vital importancia para el asentamiento definitivo de la nueva república), o excusa, que le mantendría lo suficientemente alejado como para exterminar o minar a los contactos que le quedasen, o que pudiesen cuestionar, de algún modo, a los dirigentes del nuevo sistema.

Tal excusa se estuvo valorando un tiempo, ¿cómo se le podía anular, definitivamente, y devolverlo a su sitio?… pero, finalmente, vino dada sola: la noticia de la primera victoria, en el famoso duelo por la mano de la Princesa Vesot, cruzaba fronteras… ¿y adivina quién era el inesperado vencedor? pues sí, un viejo conocido, nada menos que uno de los hijos del Rey que había conseguido escapar del genocidio republicano: el Príncipe Tecisteo. Por supuesto, él en sí mismo no suponía un problema, su padre y su hermano mayor estaban vivos (la república sólo había conseguido capturar, torturar y asesinar, de la Familia Real, al hijo menor, un niño, y a una hermana -que fueron encontrados refugiados en casas de criados del castillo, cuyas familias, por el recién inventado delito de deslealtad republicana, fueron enteramente pasadas a cuchillo-), por tanto no tenía ninguna opción al trono de pretender reivindicarla… pero constituía el pretexto perfecto para enviar a Quinwed lejos, bajo la justificación de que, de ganar, el “ciudadano Tecisteo” podría influir, o conseguir ayuda militar, para recuperar su antiguo Reino para su padre; si a eso se le sumaba el dato de la famosa, y peligrosa, espada invencible… la excusa para mandar a alguien allí, en una misión de clara y supuesta gran importancia, tomaba la mejor forma imaginable (a pesar de que, lo dicho, era ya demasiado elucubrar que el exiliado Príncipe consiguiese vencer más de una vez, o que, aunque lo consiguiese, que también pudiese lograr convencer a su familia política de que su Reino se embarcarse en una guerra que nada tenía que ver con ellos).

Así pues, la misión de Quinwed era clara: tenía que asesinar al hijo del depuesto Rey para que no tuviese oportunidad alguna de ganar… y los dirigentes republicanos, por su parte esperaban y deseaban, secretamente, que, cuando tal cosa se hubiese consumado, no sólo se hubiese eliminado a otro miembro más de la Familia Real (es decir, a un posible estorbo para que ellos mantuvieran su poder), sino que, por añadido, con algo de suerte (o forzando esta mediante la filtración de la documentación adecuada), el incomodo enviado a la misión también fuese descubierto, procesado y finalmente neutralizado en el extranjero… a continuación, la república se lavaría las manos, desentendiéndose totalmente de él, afirmando que actuaba por su cuenta, y dejando actuar a la justicia foránea… de modo que se matarían dos pájaros de un tiro, nunca mejor dicho.

Por supuesto, el falso caballero, o sabía o sospechaba, demasiado bien aquellos planes, elaborados por gente tan o más taimada que él… y dado que los sinvergüenzas se reconocen y se leen con gran rapidez entre ellos; Quinwed entendía perfectamente que estaba en un callejón del que tendría que hallar la salida, porque no tenía a donde ir, y que debía ganar en aquel país extranjero lo que había perdido en el suyo propio. Así pues, elaboró su plan particular, no iba a ser el típico tonto al que manipulaban para que otros consiguieran beneficio (como tanto él había hecho, por otra parte); en primer lugar, se presentó con una buena excusa en aquella Corte, que fue, competir por la mano de la Princesa, ello quedaba justificado ante la república como necesario para que un extranjero como él pudiera permanecer allí sin sospechas… pero también beneficiaba a su auténtica intención, que era seducir a la hija del Rey, no para usarla y tirarla inmediatamente, como había hecho con tantas otras mujeres antes, sino para que esta le introdujese en las debilidades de su Reino… ¡y qué fácil fue!, ¡pobre estúpida que tan inteligente se creía y nada podía contra su astucia!, pensaba el republicano; daba igual, si algo sabía este es que hasta la persona más lista podía ser engañada fácilmente por una lo suficientemente malévola y astuta, sólo había que saber cómo dorarle la píldora adecuadamente: cuando decir que sí, cuando que no; cómo expresar las opiniones para que pareciesen sinceras, pero sólo resultasen convenientes; cómo hablar lo justo para dar a entender lo que era necesario o que la persona lo entendiese como quería… etc; Quinwed era un consumado maestro en ese tipo de cosas, así que sabía que aquella, que veía como una tontita privilegiada, caería en sus redes… por alguna extraña razón, en cambio, el Rey se le resistía, parecía como si desconfiase, peor aún, como si, ante todo lo que hacía, le viese venir y se adelantase a él… pero eso no preocupó al segundo candidato, no sería el primer monarca que destronaba y no necesitaba su alianza, al fin y al cabo, Tádomo DV era un Rey, y como tal, estaba sujeto a la legalidad, por lo que se vería obligado a seguirla, le gustase o no, precisamente porque, sino, al ser la cabeza visible del sistema, todo este quedaría deslegitimado si no seguía sus propias normas… con las que Quinwed pensaba atraparle y destruirle, a él y a todo el bien que representaba.

Fue así como el falso caballero consiguió utilizar a la hija del soberano contra su propio padre, manipulada bajo la creencia de que eran sus propias ideas, su decisión y que ella estaba eligiendo algo… cuando todo lo que hacía le había sido inoculado, de forma sutil, previamente, por su hipócrita pretendiente (que no sentía otra cosa que desprecio hacia ella).

Pero aquel no era el fin de sus planes, por supuesto que no, existían varios objetivos puestos en marcha: como extender un veneno inmoral mortal en la Corte mediante la generación de un constante descontento (ese era el objetivo de las fiestas), captarlo, y generarse aliados con ello; y para conseguirlo, ¿qué mejor que inventarse un enemigo común? pues fue el propio Quinwed quien, con las peores malas artes (a las que tan acostumbrado estaba, por otro lado), filtró, exageró, mintió y tergiversó absolutamente todos los rumores sobre la caída de la familia del Príncipe Tecisteo y sobre este mismo, mediante todo tipo de patrañas e infundios…y dado que el hijo del Rey extranjero callaba, y no participaba en la vida en la Corte, difícilmente se podía defender de tales embustes; por lo que rápidamente se convirtió, de cara a la galería, en lo opuesto a lo que realmente era… de hecho, como si se tratase de un grotesco intercambio de personalidades, para la gente en general, el verdadero Quinwed se transformó en Tecisteo, y el auténtico Tecisteo en Quinwed… pero eso también era parte lógica del plan del malvado: destruir públicamente la imagen de su adversario, anulando aún más sus posibilidades ante todo el mundo… a la vez que, aunque sólo fuera por oposición, mejoraba la suya propia y se hacía ver como el mejor candidato posible, creando así, también, una presión a su favor… y él sabía muy bien lo útiles que podían ser las masas, cómo manipularlas… no era la primera vez que lo hacía, al fin y al cabo.

Después, el propósito era avanzar en los combates, lo deseable era ganar al final; pero, de no hacerlo, siempre se podría intentar asesinar al Rey en uno de ellos (ahora conocía sus debilidades, y quizás la Princesa le pusiese más en bandeja), o incluso retar al Príncipe Tecisteo a duelo “por el amor a la Princesa”, y así, también matarlo a traición en un lugar lo suficientemente discreto… pero, como se ha dicho, estos eran planes secundarios, porque de finalmente ganar (y seguro que a esto último, la imbécil de Vesot le ayudaría, pensaba él), su plan era organizar un atentado terrorista (siguiendo una tradición muy arraigada en la ideología republicana) durante la Boda Real, con el que eliminar a todos cuantos se le pudieran oponer (o simplemente estuvieran presentes, daba igual la cantidad de muertes, víctimas inocentes, con tal de lograr un objetivo superior: satisfacer su ambición), crear un vacío de poder, y, en medio de este, hacerse con el mando, y, por supuesto, con todos los tesoros del Reino… que rápidamente se convertiría en una república de la que él sería el presidente.

En semejante futura posición, no le costaría negociar con aquellos que le habían mandado a la misión, una intervención militar que le asegurase en el puesto… al fin y al cabo, desde que la nación de dónde provenía se había convertido en una república, la ruina había arrasado el país, pues la corrupción era tan extrema que ya nada quedaba en unas arcas públicas vacías por un hurto constante y desproporcionado… ¿y que mejor, para solucionar eso, que el dinero de un Reino próspero como el del Rey Tádomo DV? el intercambio parecía de lo más sencillo y justo: él obtenía y aseguraba su posición al mando, y los que le habían enviado no caían en una indisimulable bancarrota. Todos ganaban (excepto los gobernados).

A todo ello, había que sumarle la eliminación definitiva de toda posible oposición, y de aumentar la ganancia gracias a la masacre terrorista mencionada (de la que, llegado el momento, encontraría el modo de culpar a la Corona, o de justificar que esta se lo merecía, con palabras tan grandilocuentes como faltas de contenido), pues a la celebración del matrimonio sin duda acudirían los más altos representantes de los más variados países, incluidos otros soberanos, cuyas florecientes monarquías, debido al caos generado, también podrían quedar a su disposición, para que tomase sus estados, de forma más o menos directa, ya fuese mediante guerras (y poseyendo una espada invencible, ¿quién podría oponérsele?) o inestabilidades inducidas… hablando claro: si su plan salía como había previsto, iba a ganar mucho más de lo que jamás hubiese ambicionado en toda su vida… lo cual no era poco, porque si había algo ilimitado en Quinwed, era la codicia.

Con la visión de todo lo anterior, Su Alteza Real cada vez estaba más mareada, quizás habría quien podría pensar que era porque estaba usando unas lentes que no se adaptaban a sus ojos… pero eso no explicaría lo revuelto que tenía el estómago y lo cada vez más mal que se sentía… sin embargo, era extraño: estaba totalmente paralizada por la fascinación que produce lo horrible… y a la vez no sabía qué pensar… como con el Príncipe Tecisteo, buscó y buscó respuestas, pero las imágenes del alma del que era su favorito, que le devolvía aquel objeto mágico, eran demasiado claras. Y ella estaba cada vez más agarrotada, aunque ya no sabía bien por qué, si por el terror, la incredulidad, la indecisión, la tristeza, el desengaño, la duda…. Posiblemente por lo anterior, fue incapaz de detectar las miradas que, de vez en cuando, le lanzaba su padre, para saber que debía hacer. Pero la Princesa no se decidía, no hacía nada determinante, el máximo gesto que había hecho era dejar los impertinentes a medio camino entre sus ojos y la tribuna. No importaba, quedaba un tercer duelo. Finalmente, tras un tiempo bastante extendido de enfrentamiento, y con el Rey, más agotado por fingir una lucha que por combatir de verdad, este, se dejó derrotar, por supuesto, de un modo camuflado y poco evidente.

¡Cuántas aclamaciones, cuántos vítores e incluso algunas flores fueron lanzadas al nuevo doble vencedor!, todo lo cual este recibió con una sonrisa de disimulada avidez y una cierta sorna: sabía que estaba consiguiendo exactamente lo que quería, que ya estaba mucho más cerca de lo que buscaba… y todos aquellos que ahora le aplaudían y apoyaban, no eran conscientes de que estaban labrando su propia destrucción, o de a qué clase de ser perverso estaban elevando de modo absolutamente inconsciente….

Aquella noche, mientras, oficialmente la Corte decía celebrar ambas victorias (pero en realidad sólo celebraban la de Quinwed… o al menos este era el único presente en la fiesta) el Rey optó porque la Familia Real evadiera todo acto público (hubo quien dijo que era para no mostrar preferencia por ninguno de los candidatos o dar a entender algún tipo de parcialidad) y convidó a sus miembros a una cena privada en uno de los salones más pequeños, tranquilos y recónditos del castillo… era una invitación a una intimidad familiar deliciosa, como hacía tiempo que, especialmente desde que la Princesa se había hecho mayor, por unas u otras circunstancias, no tenían oportunidad de disfrutar.

Una vez más, como estaba siendo demasiado frecuente últimamente, el yantar se celebró con una tensión palpable aunque disimulada. Finalmente, fue el propio monarca el que rompió el hielo y habló de lo que todos estaban pensando:

-He visto que has comenzado a dar uso al regalo de tu hermana. Me alegro de que hayas encontrado ocasión para hacerlo. Su poder es grande, pero sólo es efectivo si realmente miramos, prestamos atención a lo que se ve a través de él… hay que saber darle utilidad. Al principio, sin duda los impertinentes te producirán cierto mareo, confusión, como si fuesen unas lentes que no están hechas para tus ojos o lo que necesitas ver… ¿pero no es así, en cierto modo, también la propia verdad? en cualquier caso, como tantas otras cosas en la vida, te acabarás acostumbrando, aunque al principio pueda costar….

-Yo, por suerte, apenas he tenido la necesidad (ni ganas) de utilizarlos -afirmó la Reina-; pero sí recuerdo que, al principio, a veces tu padre se llegaba a poner verdaderamente mal, después de pasar bastante tiempo usándolos, casi enfermo incluso… de hecho, llegué a la conclusión de que no podía seguir así y le recomendé no abusar de su poder… básicamente porque siempre he creído que, las más de las veces, es mejor no hacer preguntas de las que uno no quiere saber la respuesta….

-Ya -respondió la Princesa con cierta suspicacia, mientras usaba los cubiertos con una sofisticada naturalidad muy propia en ella-, pero la pregunta sería, ¿realmente te muestran la verdad o sólo lo que otros quieren que veas?, porque, en el fondo, ¿qué es realmente la verdad?….

-Te muestran los hechos -interrumpió el soberano-. La interpretación de estos, y como uses esa información, te corresponde solo a ti; los impertinentes, lo habrás advertido, no modifican tu visión sobre el mundo o tus impresiones previas (eso, repito, sólo tiene que ver contigo), sólo te aportan más información o complementan la que tenías.

-¿Y entonces se supone que son confiables, que no pretenden manipular ni forzar nada?, ¿hasta el punto de valer como única fuente de información? -dijo con cierto tono desafiante la hija del Rey-. Cambiando de tema, he estado examinando planos del castillo, y se me ha ocurrido un nuevo sitio a donde trasladar la guardia, porque entenderás que prefiera el canto del ruiseñor, o incluso el del gallo, al de la corneta para despertarme….

La Princesa Vesot esperaba una mirada dura, furiosa, gélida de su padre, y más después de haberle hablado de un modo tan provocador… sin embargo, muy al contrario, obtuvo una de tristeza y de angustia; quizás, fue eso también lo que provocó que no se atreviera a seguir adelante con su discurso; además de que ella misma sabía que no había hecho bien con aquellos encuentros nocturnos, pues había traicionado, o como mínimo puesto en cuestión, a su propio padre, la ley, la Corona e incluso a sí misma, y su honor, con su irresponsabilidad… así que en ningún caso podía exigir abiertamente retomarlos (sin mencionar que tampoco estaba segura de si su padre sabía sobre ello, aunque sospechaba que sí, pero, si no tenía esa información, prefería no hacerle más daño…), por más ganas que tuviese de aclarar las cosas y de volver a hablar con Quinwed, para intentar desvelar algo por sí misma, sin ayuda de magias extrañas que, hasta ahora, ni sabía que fueran posibles siquiera, y en las que no estaba segura de si confiar….

Con todo, lo que se había dicho (y cómo se había dicho) ya había resonado en la estancia, lo que provocó un silencio que pareció durar una eternidad. Pero Su Majestad, el Rey Tádomo DV, tal vez para evitar otro enfrentamiento más, o una mayor incomodidad, respondió con docilidad (no exenta de una fuerte y evidente intuición):

-Respecto a la Guardia Real, eres libre de hablar con el capitán e intentar convencerle, pero sabes bien como es de estricto, riguroso… y militar en todos los sentidos de la palabra; antes de que digas dos palabras, te habrá abrumado con todos los puntos estratégicos del castillo y difícilmente encontrarás manera de contradecirle. Además, este plan ha sido aprobado por el estado mayor, de modo que el tema se complica aún más. Sabes que las cosas aquí no se hacen arbitrariamente, pero, no obstante, si tan segura estás, presenta tu propio proyecto, como todos, serás escuchada, y si demuestras que es mejor, sin duda será aprobado. Aunque no creo que este sea el mejor momento para eso. Tu agenda institucional está repleta de compromisos, algunos de los cuales ineludibles, pues tienen que ver con tus pretendientes… no los podemos tener esperando a verlas venir indefinidamente. Hablando de estos, sé que siempre te has quejado de que no has pasado suficientemente tiempo con ellos en un ambiente, digamos, más distendido; pues bien, mañana se harán dos anuncios: el primero se refiere a que mañana se celebrará un gran baile de despedida (sería de mal gusto hacerlo cuando ambos o uno de ellos haya sido derrotado); y el segundo a que, tras un día de descanso, se convocará el tercer y último duelo.

-Pero amor mío -respondió la Reina, aparentemente dirigiéndose a su marido, pero mirando casi en todo momento a su descendiente-, ¿qué pasará si ambos te derrotan otra vez?, ¡nuestra hija no puede casarse con los dos!.

-Pues entonces -afirmó el monarca-, como también está contemplado en el Real Decreto, la Princesa elegirá a su preferido, o incluso a ninguno de ellos si no los considerase dignos. Pero me atrevería a decir que esa situación nunca ha supuesto un problema para ella.

El tono, evidentemente irónico que destilaba esta última frase, resultó especialmente hiriente. No lo fue menos que, justo a continuación, el monarca posase su servilleta encima de la mesa, dando por concluida su cena, y se retirara, invitando, sin embargo, al resto de su familia a continuarla. Lo hicieron, madre e hija, pero fue en un casi continuo, desagradable e incómodo silencio. Justo antes de terminar, y retirarse, la Reina Efrolía rompió aquel mutismo para decir:

-En realidad no sabíamos cuando darte los impertinentes, ¡quién sabe cuándo es el momento!; si lo hacíamos demasiado pronto, posiblemente te hubieras resabiado demasiado… tenías que tropezar, caer y volver a levantarte, aprender a confiar, desarrollar tu propia intuición, moral, límites con los demás… sin embargo, ahora me pregunto si no te los hemos dado demasiado tarde… creo que tu padre ha cometido un error al, en cierto modo, sugerir que debías usarlos con completos desconocidos de primeras, ¿cómo vas a tener confianza en ese objeto que también es un extraño?; ahora pienso, que quizás debimos habértelos entregado antes para que así, pudieses aprender a usarlos y ver, no sólo las cosas malas, lo que oculta la gente, eso que, curiosamente, tanto deseamos saber; sino también, las cuestiones positivas, incluida la conveniente intuición que has tenido con tantas personas o las buenas elecciones que has hecho en ese aspecto… ¿no confias en la magia de los impertinentes? te entiendo hija, es más, veo prudente y lógico que quieras ser crítica, pero entonces ponlos a prueba: úsalos con gente que conozcas de siempre, de quienes lo sabes todo y difícilmente te pueden ocultar nada, con aquellos que te han probado su honestidad, lealtad y cariño.

Y dicho esto, se marchó del lugar; dejando a la Princesa con aún más dudas sobre todo, y agarrando con la mano, en un movimiento inconsciente, los impertinentes, que llevaba dentro de uno de los bolsillos de su vestido.

El día siguiente despertó a todos con las noticias que Su Majestad había dado a su familia de antemano; lo que causó gran emoción, por supuesto, porque se celebraría el tercer combate próximamente, y así se resolvería definitivamente aquel tenso aunque emocionante empate, poniendo final a la cuestión que había dado tanto de qué hablar durante mucho tiempo, cuyo desenlace todos querían presenciar y aguardaban con impaciencia (fuera cual fuera su origen y círculo social); pero también, la exaltación fue mayor, en parte, porque hacía tiempo que no había un gran baile oficial, que, siendo en honor de unos huéspedes extranjeros, por fuerza tendría nivel de evento de estado, y por tanto sería mucho más fastuoso.

“Nada de impertinentes” pensó la Princesa Vesot, mientras se daban los toques finales a su atuendo para el baile, acondicionando su peinado para ponerle una bella diadema de brillantes con pendientes a juego; cosa que hacía su camarera mayor, hija primogénita y heredera de un importante noble, la cual había estado al servicio de la hija del Rey desde su infancia, lo que las había convertido en buenas amigas y confidentes… pero precisamente por ese sentimiento de afecto, y aunque se sentía un poco culpable, la sucesora al trono había mantenido a la descendiente del aristócrata ajena a mucho de lo relacionado con todo aquel asunto de los duelos, los pretendientes, sus conflictos familiares… para no comprometerla (y más teniendo en cuenta que la heredera a la Corona no siempre había actuado como debería haberlo hecho). “Mi madre tenía razón, yo tengo una buena intuición, y con ella puedo juzgar sin necesidad de magia: iré al baile, hablaré con ambos y a ver que veo”, concluyó la sucesora al trono para sí misma.

Y efectivamente, aquella celebración de la danza colmó las expectativas de todos, encantadora, lujosa, con buena selección musical y conversación… ciertamente, muchos de los presentes ya habían estado en las desenfrenadas juergas de Quinwed (financiadas con el dinero que había robado previamente a sus compatriotas), donde los comportamientos insanos, las drogas y, en definitiva, el descontrol era la regla; así que no es que el evento del baile les resultase excepcional, pero este último se diferenciaba de lo anterior en que tenía clase, estilo, ese tipo de sofisticación, carente de vulgaridad, que posee todo festejo cuyo objetivo no es la fiesta por la fiesta, y que resulta excepcional, porque realmente se celebra algo, y se hace bien.

La aceptación de la invitación al acto, y consiguiente aparición del Príncipe Tecisteo, fue una sorpresa para todos (a aquellas alturas, no faltaba quien lo apodara, despectivamente, “el monje”), y pronto lo convirtió en el centro de atención (más que Quinwed, a quien tenían más visto) de una insana curiosidad, cosa que él detectó y rechazó, con lo que, rápidamente, volvió a quedarse solo en la fiesta… pero poco le importaba, no había venido allí por ellos.

Toda la Familia Real estaba presente, pues presidir el acto era su deber; y aunque los Reyes no dudaron en abrir el festejo con una apropiada, y digna danza, además de hacer todo lo que el ceremonial exigía, también entregaron algún que otro baile extra, no a la Corte, sino a ellos mismos y al gran amor que se profesaban, moviéndose al compás, muy abrazados y susurrándose intimamente al oído, cosa que a veces derivaba en alguna que otra discreta risotada… sin embargo, sin duda alguna, como era de esperar, la gran protagonista de la gala fue la hija de los soberanos, no sólo, obviamente, por la plenitud de su juventud, belleza y estilo, sino también, como es lógico, por la situación en la que se encontraba… ¿era, así pues, aquel, su último baile como soltera y su despedida de ello? algunos de los allí presentes la habían visto nacer y seguido toda su evolución vital, con lo que, aquel momento de floración definitiva, de tránsito a una nueva etapa, de la que había sido una Princesa tan ansiada, tan deseada, era muy emotivo, y prometedor de una nueva, y quizás, incluso mejor época.

-Su Alteza Real -dijo el Príncipe Tecisteo, acompañando sus palabras con una formal reverencia-, el protocolo, por haber sido el primer doble vencedor, me concede el primer baile con vos, ¿querréis hacer el honor? -dijo mientras tendía galantemente su ejercitado brazo.

-Así es, mi señor; ojalá sepáis bien los pasos de esta pieza, pues es de mis favoritas -respondió la Princesa con una apropiada sonrisa.

Él le devolvió el gesto, contento con tal cordialidad. Sin embargo, la hija del Rey no se engañaba a sí misma, puede que para la mayoría de los presentes aquello sólo fuera júbilo y diversión, pero ella, por toda una experiencia vital, sabía sobradamente que aquella celebración, como toda ceremonia cortesana, estaba muy marcada (estaba archidecidísimo con quién bailaría cada pieza, el protocolo lo tenía todo extremadamente pensado para evitar que nadie se sintiera ofendido o fuera de lugar, hasta el último detalle había sido medido y evaluado para garantizar el éxito, lo que no dejaba sitio posible a la improvisación), por lo que debería aprovechar cada segundo con cada uno de sus pretendientes.

Y fue, durante ese acto tan romántico que es la danza, el cual, cuando se ejecuta bien, y de forma armónica, conjuntamente, es lo más parecido que existe a estar enamorado; cuando observó algo que hasta ahora no se había molestado en percibir del Príncipe, pues sus pensamientos preconcebidos sobre él se lo habían impedido: vio en sus ojos la gran devoción que sentía por ella (ahora que lo pensaba, ¡era increíble que hubiese necesitado previamente unas lentes para darse cuenta de ello!); y fue entonces cuando empezó a redescubrirlo: su discreción, y sin embargo, su ingenio al hablar, que la introducía en una conversación buena y placentera; su formalidad, pero a la vez, su capacidad para sorprender, cuando hizo alguna que otra pirueta que ella no esperaba… en realidad, hasta su talento para bailar la asombró, y cuando, sorprendida, la hija del Rey le dijo con los ojos “vaya, nunca hubiera dicho que sabes divertirte”, él, como si hubiera entendido a la perfección aquellas palabras nunca dichas, le susurró con una sonrisa abierta y sincera: “para cada cosa hay su momento”… fueron también los pasos sincrónicos de la danza, los que la llevaron a ver cómo se podían llegar a complementar… así, por ejemplo, ciertamente él era muy prudente, y ella era más bien impulsiva, sin duda podían compensarse… y como en eso, en tantas otras cosas.

La pieza terminó, y la pareja hubo de separarse… aunque ambos hubieran deseado pasar más tiempo con el otro, pero ciertamente, los dos sabían que pertenecían a un mundo en el que la propia voluntad, muchas veces, se debe sacrificar a bienes mayores, con lo que cumplieron su papel con dignidad… sin embargo, a medida que se separaban sus dedos, mientras las últimas notas (que hubieran deseado que fueran eternas) agonizaban en el aire, sentían que dejaban un poco de ellos mismos en el otro….

Con todo, la Princesa Vesot sí tuvo la oportunidad de volver a observar al que fuera el primer campeón, cuando bailaba con su camarera mayor, con arte y gentileza… poco después, esta le confesó a la hija del Rey como le sorprendió el Príncipe, pues, a pesar de lo que decía toda la corte, si bien podía dar una primera impresión de ser demasiado callado y sombrío, lo cierto es que era incuestionable lo cortés y caballeroso que era, lo cual, pensaba ella, dejaba entrever el alma de un buen hombre.

Aunque, por supuesto, aquel no fue al único pretendiente que examinó la heredera de la Corona. El protocolo había previsto (teniendo en cuenta el orden de llegada y victoria) que el baile con la hija del Rey lo abriera el primer campeón y que lo cerrara el último; y dada la alcurnia, y alta posición (la mayor posible) ocupada por la amiga y confidente en la Casa de la Princesa, fue lógico que también Quinwed bailara con ella (lo opuesto hubiera haber podido ser interpretado como una preferencia o un desprecio inadmisible)… pero ahí, las buenas impresiones de su compañera de juegos de la infancia, que más tarde no dejó de alabar lo divertido, simpático que era ese pretendiente, o como había alabado su vestido aquella noche… ya no la calaron tanto, pues, la Princesa, mientras estos dos bailaban, empezó a verlo todo desde una perspectiva distinta, como si no estuviese implicada, y no conociese a esas personas, tomó distancia, mantuvo la cabeza fría, y fue entonces cuando, como si se hubiese vuelto a poner los impertinentes, miró a aquel aspirante a su mano con nuevos ojos: vio su sonrisa congelada, no era una mueca natural, salida de una emoción, sino forzada, acostumbrada, utilitarista; vio en sus ojos el aburrimiento, el sentimiento de pérdida de tiempo… y cuando la miraba a ella, y le guiñaba el ojo desde lejos, ya no vio un gesto de rebelde picaresca, sino el mismo ademán, que hace un cazador cuando tiene a tiro a su presa; veía en su cara, y en el resto de su lenguaje corporal, muy disimulado, pero presente (como si su subconsciente necesitase la liberación de la verdad), el profundo asco y odio hacia todos los que le rodeaban, y el desdén que sentía hacia incluso aquellos que le hacían muestras de aprecio… como con el Príncipe Tecisteo, todo estaba ahí, lo había estado siempre, pero se había negado a verlo, tal vez, porque era más cómodo no hacerlo, y no pudo evitar pensar que eran verdad las palabras de aquel artista que dijo que la culpa no era de los que adulan sino de los que se dejan adular… o las de su propio padre: “lo que parece evidente, no siempre lo es”.

Pero, precisamente por hacer honor a estas mismas palabras, y por su propio orgullo, decidió bailar, en todos los sentidos de la palabra, con aquel favorito del que quería averiguar quien era realmente. Difícil misión se había planteado la Princesa: como todos los hipócritas avezados, Quinwed tenía (o más bien no la poseía) una personalidad muy fluida, amoldable; así, jamás expresaba una opinión determinante acerca de nada, a menos claro, que la otra persona lo hubiese hecho expresamente, cosa que casi siempre sucedía, puesto que él se había preocupado de preguntar y conseguir la información que necesitaba o quería antes, lo que le permitía adoptar, copiar o amoldarse a los pensamientos ajenos del modo más conveniente….

-No veía el momento de volver a verte… y no me puedo creer que tenga que ser en público -dijo Quinwed a la Princesa, con una mirada y un tono en el que antes hubiera visto pasión, pero ahora veía impaciencia; previamente habría notado audacia, cuando ahora percibía ambición.

-Sí… hemos tenido que esperar todo el baile para poder siquiera hablar… -respondió Su Alteza Real, y entonces se le ocurrió una idea que puso en marcha inmediatamente- aunque la peor parte te la has llevado tú, he visto que has tenido que soportar a mi camarera mayor en el baile, con lo torpe que es… sin mencionar su mal gusto…

-Cierto, sólo hay que ver su vestido, no se puede ser más hortera, hasta me costaba mirarlo… apenas he estado unos minutos con ella y me costaba aguantarla… aunque supongo que todo el mundo me resulta insufrible estando tú… y ya no digamos si no estás….

Parecía que le había pillado en una mentira, tal vez no una muy grande, pero una mentira.

-¿Sabes? no soporto las fiestas y los bailes, siempre he preferido celebraciones más íntimas y con personas escogidas…. -dijo astutamente la Princesa Vesot

-Pienso exactamente lo mismo -“quién lo diría, teniendo en cuenta las noches de farra que todo el mundo sabe que has organizado”, pensó ella tras oírle decir a él eso-, ¿no estaríamos todos más cómodos sin toda esta sudorosa masa alrededor… es tan plebeyo….

-Sin embargo, de vez en cuando, está muy bien tener un gran baile….

-Es verdad, tienes toda la razón, es necesario, aunque sólo sea por cuestiones de estado….

Ahora costaba poco percibir su comportamiento hipócrita, de hecho, como si se tratase de un juego, la Princesa volvió a hacerle esa trampa a Quinwed de contradecirse de forma absurda, sólo para ponerle en un aprieto y comprobar como él cambiaba todo lo que había dicho previamente a conveniencia…. Sin embargo, el problema era que, a pesar de la clara mala intuición que ahora sí sentía hacia él, de ahí a que fuera aquel ser malvado que le habían enseñado los impertinentes, había un abismo… con todo, la pérfida intención que se atisbaba al fondo de sus ojos, fuera más o menos peligrosa, era bastante difícil de negar. Necesitaba saberlo, porque, si era el criminal que al parecer era, ¿se le podía dejar ir sin castigo y con todo el mundo creyendo que era el pretendiente ideal?.

-He hecho algo que nos ayudará a vencer por fin -mintió la hija del soberano-. Como la espada mágica se usa en ceremoniales (ya que, como en todo Reino, se usa como símbolo de la justicia del monarca), para evitar sacarla demasiado, con todos los riesgos que implica (de seguridad, de desgaste de su poder, de poner en peligro a gente…), se fabricó hace años una réplica exacta; y como ahora puedo acceder a la cámara del tesoro, para elegir las joyas de la Corona más apropiadas para lucir en nuestra boda, no me ha costado intercambiar ambas armas estando allí… es decir, en el último combate, mi padre tendrá una espada normal y corriente sin saberlo, estará a tu merced, de modo que, todo lo que pase en el duelo, dependerá de ti y de tus méritos.

La Princesa había escogido, con precisión, dar toda esta información justo cuando se terminaba la pieza, de modo que, a continuación, se separó de su pretendiente, y volvió a ocupar su sitio de honor, al lado de sus padres.

Por supuesto, no existía, ni había existido jamás, réplica alguna de la espada mágica, era todo un ardid de la hija del monarca para comprobar, de forma definitiva, si su falso pretendiente se descubría como quién se suponía que era realmente. En medio del barullo del final del baile, aprovechó para advertir a su padre de lo que había hecho, este afirmó con la cabeza, se quedó pensativo, y finalmente dijo:

-De acuerdo hija. Pero tú acuérdate de lo principal: si mantienes los impertinentes en los ojos, me dejo ganar; si los posas, venzo al candidato en cuestión.

El día intermedio al tercer y último combate, pasó con impaciencia, y deseo de que terminara, por parte de todos, excepto de la mayoría de los verdaderamente implicados en su resultado (es decir, todos excepto Quinwed), ya fuera por lo que significaba o se aventuraba en ello, o por la ansiedad y tensión que todo aquello había producido, muchos de ellos, en tanto sus obligaciones se lo permitieron, optaron por el reposo y relajación en soledad… bastantes emociones traería el día siguiente.

Y este amaneció realmente precioso, digno de una celebración o del momento histórico que se iba a efectuar. La organización del programa era exactamente la misma que la de la vez anterior: duelo de mañana y duelo de tarde. Por supuesto, seguía habiendo un favorito, pero en esta ocasión la gente fue menos remilgada, al fin y al cabo, cualquiera de los combates iba a ser trascendental, en un sentido o en otro, y quién estuviera presente, podría contar algo grande: ya fuera una mayúscula derrota o una monumental victoria; es decir, venciese quien venciese, perdiese quien perdiese, el público más frívolo e inconsecuente sentía que ganaba de todos los modos y en cualquiera de los casos.

La tribuna real se rellenó como en las veces anteriores, y una vez más, la Princesa portaba los impertinentes, pero esta vez, con un objetivo diferente… mientras se desarrollaba el duelo entre el Rey Tádomo DV y el Príncipe Tecisteo; la hija del soberano miró a su camarera mayor, al fin y al cabo, ¿qué le podría esconder aquella chica que había estado con ella desde niña? necesitaba comprobar el valor y la eficacia del objeto mágico de forma definitiva… y efectivamente, vio a través de él… la mayoría de lo que ya sabía; por supuesto, hubo alguna que otra cosa que no; como cierto amorío adolescente frustrado que su amiga prefirió no contarle por vergüenza; o el descubrir que uno de los juguetes a los que más cariño le tenía de niña la sucesora al trono, y que apareció roto, en realidad, se lo había destrozado su compañera de juegos sin querer, por accidente, cuando lo había tomado prestado porque a ella también le encantaba, cuestión de la que se sintió culpable durante muchos años, por lo cual siempre le daba sus dulces a la Princesa… aunque esta última siempre había pensado que lo hacía por la posición que ocupaba… ahora sabía la auténtica verdad. Aunque esas minucias no fueron lo más importante que vio, pues esto fue el inmenso sentimiento de cariño que su amiga de toda la vida sentía por ella, pudo observar toda la plena belleza de aquel verdadero, puro sentimiento de afecto… y era una visión fascinante, muy hermosa, en la que no pudo evitar concentrarse… con la que entendió que, en demasiadas ocasiones, tendemos tanto a buscar lo malo en las personas, que nos olvidamos de lo bueno, que, al final, es lo que realmente importa.

En lo que respectaba al combate, tenía claro que mantendría los impertinentes puestos todo el rato para que el Príncipe Tecisteo pudiese vencer… había reflexionado mucho, observado con gran atención a ambos aspirantes; y había entendido que, aún no teniendo la información que tenía gracias al objeto mágico, lo cierto es que, aunque el primer pretendiente a su mano no fuese lo que ella en principio quería, o siquiera esperaba, la verdad es que sí era lo que necesitaba; al fin y al cabo, estaba claro que siempre iba a ser mejor estar con una persona buena, que mirara por ti, que se preocupara por los súbditos… en vez de una, cuyas únicas cualidades fuesen el atractivo, la frivolidad, la capacidad de engañar, sin mencionar una ambición insana y egoísta (cuestiones, todas ellas, que había demostrado sobradamente Quinwed sin necesidad de verlas a través de lentes mágicas algunas, y sin el conocimiento de todo su terrible pasado) que a la larga sólo traería problemas, produciendo todo tipo de conflictos al Reino o destruyendo a la propia Corona… Sí, tal vez el Príncipe Tecisteo no podía, ni podría nunca, competir en popularidad y habilidades sociales con el segundo pretendiente, ni tendría su carisma… pero sus buenas intenciones lo valían… además de que, tampoco la monarquía era una flor de un día, todo lo que es célebre, está destinado a dejar de serlo, pero la institución monárquica debe permanecer eternamente… y la heredera de la Corona no debía olvidar que tenía que elegir, no sólo a su futuro marido, sino a un Rey consorte, a alguien que supiera hacer ese papel… sin mencionar que, a fin de cuentas, la primera impresión se desvanece, pero el cariño permanece… y la Princesa Vesot ya empezaba a sentirlo por el Príncipe.

Fue así, como el hijo del destronado Rey venció el último duelo, proponiéndose como un serio candidato a la mano de su amada… y por primera vez, desde que había empezado todo aquello, ella, no pudo evitar sonreír; y, como un gesto que ya se había convertido en una complicidad entre ambos, él, también le devolvió la sonrisa. Y nadie se fijó, pero, igualmente, ambos monarcas de aquel Reino sonrieron disimuladamente. En el resto de las gradas, por lo demás, dominaba la emoción y el jolgorio del “¿y ahora qué?”, sin mencionar que, en cualquier caso, ahora había un más que firme candidato a casarse con la hija del Rey, que, sólo esta, directa y claramente, podía rechazar… cosa que todos sabían, puesto que, nuevamente, los picapleitos aficionados de la corte, ya se habían releído y memorizado el Real Decreto para hacerse los entendidos ante de todos.

Sin embargo, el combate del gran favorito aún estaba pendiente; desde luego, ya había un ganador incuestionable, pero aún podía haber empate… la verdad es que todo el mundo había comenzado a seguir aquello como si fuera un juego tonto, con insensibilidad, como si no hubiese personas y sentimientos implicados; aún más, con gran irresponsabilidad, como si no les fuese a ellos algo también o no se estuviesen jugando su futuro… es curioso como la gente termina por frivolizar o insensibilizarse ante aquello de lo que se habla continuamente, por más serio y peligroso que pueda ser.

Y por supuesto, nadie sospechaba que la decisión definitiva estuviese en manos de la Princesa (literal y figuradamente), que nuevamente, acudió aquella tarde al Campo de tela de justas para el último combate; allí, desde su tribuna, observó a Quinwed a punto de batirse, ¡cuánto había pensado en él desde que le había conocido!, ¡y cuánto le había este, involuntariamente, enseñado!; ahora sabía que no debía sentirse mal por haber sido engañada por una mala persona: esa era su naturaleza; ella no había hecho nada malo en conciencia, él era el malvado; y aunque debía subsanar los errores que había cometido por su causa y perversa influencia (porque ella sí tenía escrúpulos y eso es lo que hacen las personas buenas cuando se equivocan), lo podía hacer con la tranquilidad que otorga la auténtica inocencia; la hija del Rey también había entendido, definitivamente que, que una persona se acercara a ti y te persiguiese, no era necesariamente una prueba de afecto, pues, de hecho, ahora veía que era una técnica típica de seductor (en el más amplio sentido de la palabra, ya fuera uno de poca monta que simplemente quiere un pequeño favor, u otro que puede destrozarte la vida): dedicarte mucho tiempo al principio, amoldarse en todo a ti… hasta que consigue lo que quiere, y una vez lo obtiene, te da de lado… la realidad era que, había aprendido la Princesa, a la hora de la verdad, son las personas que permanecen; las que soportan pruebas; las que dan, lo más precioso que tenemos, que no son posesiones materiales, sino el tiempo; las que verdaderamente merecen la pena, nos deben importar y las que debemos tratar de retener en nuestra vida… y claramente, el Príncipe Tecisteo era una de ellas, pues había soportado, con inmensa paciencia, todo aquello a lo que se le había sometido, actuado siempre de modo correcto y acorde con su sentido de la dignidad moral, y allí seguía, contra viento y marea… ¿y qué más se le podía pedir, no ya sólo a una pareja, sino a un Rey consorte?.

Con todo, la sucesora a la Corona levantó los impertinentes una vez más… pero no miró al que había sido su pretendiente favorito, ya sabía lo que había y no necesitaba más datos… sino, primero a su madre, y después a su padre, que ya estaba empezando a combatir… y aunque, efectivamente vio… algunas de las mentiras piadosas que le habían contado alguna que otra vez (incluida la de la Guardia Real -cosa que, curiosamente, no había sido idea de su padre sino de su madre, al contrario de lo que ella siempre había pensado-, que efectivamente no tenía porque haber estado bajo su balcón… todo había sido por protegerla, a ella y a su reputación), todas las cuales no conocía, lo que, una vez más, no hacía sino confirmarle el poder y la objetividad de aquel objeto mágico… pues, aunque sus padres no le habían dicho la verdad acerca de esas pequeñas cosas, tonterías, y seguramente hubieran preferido que nunca la supiera, lo cierto es que habían preferido arriesgarse a eso, desvelárselo todo, hacerse daño, perjudicarse incluso a ellos mismos antes de que ella sufriera… ¿y que era eso sino afecto?, de hecho, ¿qué es tal cosa sino pensar antes en el otro que en uno mismo?… es decir, lo que acabó observando sobre todo, a través de las lentes, lo que obnubiló su visión, fue aquel poder potentísimo que, aunque no era magia, décadas atrás había liberado a una hechicera de su encantamiento: amor, absoluto e incondicional.

Sólo quienes han tenido la oportunidad de usar un objeto mágico así, pueden saber como de hermosa es tal visión, indescriptible con palabras. Sin embargo, y a pesar de la fascinación que esta ejercía sobre la Princesa, y de que ella quizás hubiera preferido regodearse en ello; sabía que tenía otras prioridades aquel día y en aquel momento, así que, apenas pasados unos minutos de combate, posó los impertinentes sobre la tribuna.

Según Su Majestad, el Rey Tádomo DV, observó esto (un gesto que no dejaba lugar a dudas, pues su hija hasta había apartado el objeto mágico de sí misma claramente, dejándolo, incluso fuera de su alcance inmediato), el tono del combate cambió claramente. Hasta ese momento, había sido extremadamente agresivo por parte de un Quinwed absolutamente exaltado y confiado en derrotar (e incluso matar… al fin y al cabo, ¿no se trataba de ganar el tercer duelo? el cómo era irrelevante, la figura del anciano monarca ya era innecesaria para él, e incluso, teniendo en cuenta su pasada actitud, podía ser un estorbo, ¿por qué no eliminarlo entonces? ahora sólo le era precisa la Princesa… además su acción sería plenamente justificable, ¿no estaba en medio de un combate? en tal contexto pueden darse tantos accidentes, tantas cosas que suceden “sin querer”… se sentía absolutamente cubierto y, más cerca que nunca, de sus traicioneros objetivos) con facilidad a un viejo que ya no tenía ventaja alguna, de modo que, para el Rey, no había sido sencillo defenderse de una belicosidad tan llena de odio y malintencionada, no porque no pudiese vencerle, sino porque, pudiendo hacerlo con extrema facilidad, su mayor esfuerzo estaba enfocado en mantener la ficción de que existía una lucha auténtica, que su superioridad no fuese demasiado obvia, y que su vestusta torpeza pareciese natural… cosa que no le ponía fácil aquel tipejo, que no seguía ninguna de las normas caballerescas que un duelo a espada como ese implicaba, pues únicamente quería ganar, a cualquier precio, sin el más mínimo sentido de la deportividad.

Pero, como está dicho, según el soberano advirtió el gesto pactado con su hija (y por tanto su decisión), las tornas cambiaron drásticamente; y a los ojos de Quinwed, inyectados en odio, inquina y rabia, apenas les dio tiempo de pasar, de las emociones mencionadas, al asombro; pues, de una sola, hábil e inmediata estocada (que más tarde fue altamente descrita, exagerada y dramatizada en la corte, además de, posteriormente, poetizada por los bardos), fue tumbado en el suelo, y tuvo la espada invencible sobre su cuello: había sido derrotado. Todo se había acabado.

Desde las gradas se escucharon gritos de asombro, desconcierto e incredulidad… la verdad es que, a esas alturas, ya todos veían los combates como meros trámites, e imaginaban que, al final, cual si aquello fuera un vulgar concurso, sería la propia Princesa quién elegiría y rechazaría a los pretendientes en un gran evento público, tal vez, sacando sus nombres de un sobre. Pero, como ya se sabe, la Familia Real no tenía pensado sucumbir a esas trivialidades y chabacanerías.

En cualquier caso, con toda seguridad, el más asombrado de los presentes ante lo sucedido, fue de lejos el propio implicado, Quinwed, que se quedó en shock en el suelo: por supuesto, no ayudaba la humillación de haber sido vencido por un viejo que no tenía ayuda sobrenatural (tal idea era perfectamente creíble conociendo las habilidades del monarca y su buena forma); pero lo más importante era, que no sólo se había desmoronado él, sino también todos sus planes y todas las posibilidades que había trazado. No había habido muchas veces en su vida (pero esta era la más importante y relevante de ellas) en las que su avaricia hubiera roto el saco, sin embargo, ahora había perdido completamente aquella apuesta del todo por el todo: el gran atentado terrorista, sus posibilidades de negociación con los dirigentes republicanos desde una posición ventajosa… nada de eso sucedería ya. Y como aquel era su último combate (y por tanto debería marcharse), ni siquiera volvería a estar cerca del Príncipe Tecisteo para poder asesinarle, cosa que, al fin y al cabo, era para lo que le habían enviado allí, y su principal posibilidad de recuperar su posición de privilegio, volviendo a la república como un héroe… pero ahora no tenía nada; un sentimiento, que, como es sabido, no soportaba, y más cuando veía que otros sí… en su retorcida mente, todo aquello era una injusticia, una prueba definitiva de porque esos, que veía como de otra clase, aquella gente que consideraba indigna y oponentes, debían ser exterminados; según su torticera mentalidad, habían jugado con él para entretenerse, se habían burlado en su cara; y le habían quitado todo lo que tenía, lo que iba a ser suyo, y lo que le correspondía por derecho… si hubiese estado ante el público adecuado, hubiese transformado, mediante engañosas palabras, su situación individual en una cuestión colectiva, haciendo que pareciese un asunto de clasismo, victimizándose, logrando que diese la impresión de que, aquella circunstancia personal, era, en realidad, el paradigma del abuso de los poderosos sobre los débiles… y hubiese mentido tan bien, que, posiblemente, hasta él mismo se lo creería, de hecho, quizás, en realidad, sería el primero en tragarse su propia calumnia (pues, ¿no es eso acaso lo que distingue a los mentirosos verdaderamente buenos?)… ¿y por qué no?, llevaba años haciéndolo, defendiendo lo indefendible y justificando lo injustificable….

Sin embargo, apenas se habían repuesto los espectadores de la sorpresa, cuando aún les esperaba otra. Después de que el Rey hubiese derrotado a Quinwed, y mantenido su espada el tiempo suficiente como para proclamar su victoria, con naturalidad y gran dignidad, se dio la vuelta sin articular palabra, dando por terminado el asunto, y dirigiéndose a beber un poco del agua que estaba dispuesta, y bajo la guardia de un lacayo, en el lado del campo del que había salido, como venía siendo habitual por otra parte… pero esta vez hubo una diferencia notable en el desenlace del duelo: el derrotado se levantó, y en vez de retirarse, como era lo esperable, por donde había salido, la zona opuesta del campo; muy al contrario, alzó su espada, y cargó furioso contra el monarca, que estaba de espaldas, bebiendo… al fin y al cabo, el republicano ya no tenía ninguna cosa que perder, nada sería según sus planes, así que había que improvisar otro… necesitaba una victoria mínima… o venganza… le daba igual como llamarlo mientras otros, y no él, sufriesen… y aquel vejestorio de espaldas, indefenso sin su arma mágica, ahora pagaría por todos (el malvado apenas se llegó a cuestionar si la Princesa le había dicho la verdad, así de confiado y soberbio estaba en que era él el astuto y los demás sus engañados; y en cualquier caso, tanto daba, a ver como el soberano era protegido por su querida espada, por fantástica que esta fuese, de un ataque, impensado y cobarde, que no venía venir). Al ver esto, completamente sorprendidos, los presentes ahogaron un grito.

Lo siguiente que pasó, fue muy rápido y confuso: algunos juraron que primero oyeron un silbido (que según leyendas que se oían por ahí, sería el aviso de la espada mágica a su dueño); pero lo que es seguro es que en un determinado momento, Su Majestad vio el filo de su arma, y cual espejo (mágico o no); le devolvió la imagen del ataque por la espalda que estaba a punto de sufrir… y en una reacción espectacularmente rápida, consiguió desarmar, enviando el acero de su a traicionero agresor a clavarse al otro lado del campo, y lo tumbó nuevamente; por supuesto, este fue inmediatamente detenido por la guardia.

A continuación, con gran dignidad, se sentó en la silla jamuga que estaba dispuesta al lado de su mesa, que albergaba el precioso servicio de cristal tallado que contenía el agua, y con gran majestad pronunció:

-No voy a negar que imaginaba que haríais esto, y hasta lo esperaba. No puedo condenaros por los delitos o crímenes que cometisteis fuera de nuestras fronteras, ni por los que pensabais perpetrar aquí, puesto que no se pueden penalizar las intenciones, no en este Reino al menos… ya que sé que en el regimen malévolo de donde venís es algo habitual… o al menos lo era; pues debo informaros de una noticia de la que he tenido conocimiento recientemente, y de la cual he impedido su difusión hasta después de este combate: vuestra república ha caído; el pueblo, indignado por su vileza, corrupción, y no creyendo más en sus continuas engañifas, o las promesas que ni podían, ni querían cumplir; se ha revolucionado, y ha exigido el retorno urgentísimo del Rey, por lo que la monarquía ha sido restaurada inmediatamente. A estas alturas, según me han informado, este monarca, padre del Príncipe Tecisteo, tras un triunfal paso por su recuperado Reino, vitoreado por todos sus súbditos que se alegraban de haber recuperado tal condición, ya ha llegado a la capital, y recuperado su legítima posición. Por otra parte, sí puedo, y debo, castigar el delito de falsificación, además de la usurpación de identidad en la que habéis incurrido, pues no ostentáis el título de Caballero; o el crimen de lesa majestad que habéis intentado cometer; todo lo cual, como mínimo, implica el destierro de mi nación; lamentablemente, no es posible repatriaros a un estado que ya no existe, y el actual no tiene necesidad alguna de un repulsivo elemento como vos… así pues, seréis conducido a mis fronteras, donde seréis abandonado a vuestra suerte.

Desde las gradas, casi nadie se enteró de lo que estaba pasando en el campo, de hecho, muchos se tomaron aquel asunto como un gesto de mal perder por parte de Quinwed. Y dado que el Rey no había subido el tono, sino que había hablado con normalidad cuando había dicho todo lo anterior, ninguno pudo enterarse de lo que realmente había sucedido. Por tanto, lógicamente, tampoco pudieron percibir la ira, la crueldad y la aversión en los ojos del, ahora impotente vencido, el cual presenció, con frustración, una de esas pocas veces en su vida, en las que el bien vencía al mal.

No fue hasta un tiempo después, que la Corte pudo entender y completar toda la historia: el falso pretendiente fue llevado a un calabozo acto seguido; y al día siguiente, conducido al confín del país, allí, sin tener a dónde ir, se instaló en territorio interfronterizo, e intentó soliviantar a las poblaciones de aquel mismo Reino y del vecino, incitándoles a revolucionarse contra la monarquía, dando encendidos discursos republicanos, llenos de la hipocresía, demagogia, sectarismo y maniqueísmo, que anteriormente le habían dado resultado… pero los habitantes de aquel lugar, ya habían oído hablar de él y de su intento de regidio, así que ignoraron su vil discurso… sin embargo, al continuar insistiendo (a pesar de las advertencias, al fin y al cabo, ya no tenía a donde ir a parar, sólo le quedaba su fanatismo y maldad), y resultando su continuo alegato tan abyecto, repulsivo y mezquino, además de, con el tiempo, incluir burlas e insultos (hay quien dijo que ya se había vuelto loco); llegó un día en el que los pobladores de la zona, hartos de sus ofensas constantes (de las que no se podían librar legal o judicialmente, por estar él en tierra de nadie), se descontrolaron, y acabaron atacándole, con tan mala suerte que la masa le dio un golpe mortal… como fue en territorio transnacional, fue imposible determinar de quién era la responsabilidad del caso, tampoco existió denuncia como tal, y no había manera de decir quién le había dado el golpe de gracia… de modo que, al final, todos se lavaron las manos y el cadaver quedó, pudriéndose, a la intemperie y a disponibilidad de las bestias. Sin embargo, ni esto fue definitivo, puesto que, pasado un tiempo, se encontró a un animal muerto, y como se sabía que había estado cerca del cuerpo, se sospechó que había muerto envenenado al comerlo; así pues, por puro sentido de la ecología, para proteger a la fauna del lugar de algo tan tóxico, que aún muerto seguía haciendo daño, sus despojos fueron incinerados… consiguientemente, la paz y la felicidad volvieron, y el tema fue olvidado definitivamente.

Sin embargo, como ya se ha dicho, todo esto (y lo que había pasado antes) tardó bastante en saberse en la Corte, en la cual, inmediatamente, sólo se pudo ver la detención de Quinwed por los soldados… y a falta de novedades, tan extraño e imprevisto caso fue altamente comentado. Aunque lo cierto es que no hubo primicias porque, al contrario de lo esperado, a continuación no se realizó una gran y fastuosa ceremonia de petición de mano, sino, muy al contrario, y por solicitud del propio vencedor definitivo, el Príncipe Tecisteo, a este se le fue concedida una audiencia privada con la Familia Real.

Tal cosa sucedió al día siguiente en el salón del trono, allí, Su Majestad, el Rey Tádomo DV se dirigió al tres veces campeón:

-Espero, Su Alteza Real, que el que vuestro padre haya recuperado el trono, no haya cambiado vuestras intenciones de cara a mi hija….

-No, mi señor -contestó el Príncipe- pues estas fueron siempre las mismas, tanto en los buenos tiempos como en los malos. Y ahora debo confesarlas y hacer honor a ellas; ya he satisfecho vuestras leyes, ahora, permitidme que me dirija libremente a vuestra hija.

-Concedido -afirmó el monarca

-Mi señora -dijo el hijo del restaurado Rey-, por Real Decreto soy vuestro prometido, nadie puede cuestionar esto, ni siquiera vuestro padre, pues, como en toda monarquía, él debe ser el primero en someterse a la legislación… sin embargo, como todos los honores, este que he conseguido con mi esfuerzo y constancia, también está en mi mano aceptarlo o no… y siento decir que no deseo hacerlo en las presentes condiciones -cuando dijo esto, todos suspiraron asombrados, especialmente la Princesa, que, para su sorpresa, sintió un cierto dolor en el corazón, como sabiendo, siendo consciente de que estaba a punto de perder algo importante, valioso-. No os equivoquéis Alteza, estoy enamorado de vos, desde que supe de vuestra existencia he deseado tener la oportunidad de conoceros, y por eso estoy aquí. Pero no es suficiente. No es justo, ni bueno, ni para vos ni para mí, que nos casemos con completos desconocidos. No cuestiono las leyes de vuestro padre, pero no estoy conforme con ellas, y como considero que se debe cambiar la ley con la ley, pues es el único modo pacífico y bueno de progresar, he pasado por todo esto. Pero mi señora, no quiero que os caséis conmigo por Real Decreto, sino porque realmente me ameis, porque me consideréis bueno para vos y para vuestro Reino; quiero que me conozcáis, y yo quiero conoceros a vos, con nuestras virtudes, sin duda, pero también los defectos, con los que también tendremos que convivir… en definitiva, quiero que me elijáis, y yo a vos, no por un galante duelo a espada, sino por libre albedrío… y para todo eso, es necesario tiempo, paciencia y voluntad, y no realizar ahora mismo una gran boda precipitada que, tal vez, en el futuro, podría ser fuente de gran infelicidad y arrepentimiento. Sus Majestades, Su Alteza Real, espero no haber sido irrespetuoso, pero pedí permiso para hablar libremente, y esto es lo que pienso. Si no me consideráis digno, o no podéis acceder a mi ruego, entenderé y apoyaré que se rompa el compromiso.

Terminado su discurso, el Príncipe se postró ante el trono. La Familia Real al completo, allí sentada bajo palio, apenas era capaz de salir de su sorpresa, pero esta era, como rara vez sucede en la vida, una positiva. El primero en reaccionar iba a ser el Rey (para pedir al Príncipe que se levantara, pues ese exceso de respeto y reverencia no correspondía al rango que le otorgaba el protocolo), pero la Princesa se le adelantó, descendió del estrado, cogió a su pretendiente de las manos y le alzó, devolviéndolo a su altura, y le dijo:

-No podéis imaginar como hemos estado siempre de acuerdo, ni soy capaz de creer lo ciega que he estado al no verlo; y si alguna duda me hubiera podido quedar acerca de vuestra idoneidad, esta se ha resuelto definitivamente tras escucharos. Pero, con todo, tenéis razón, y a quién la tiene, hay que dársela; debemos ir al matrimonio en igualdad de condiciones… así pues, permitidme que os deje usar, contra mí, el arma más poderosa del Reino, que no, no es la famosa espada….

A continuación, la Princesa Vesot sacó de un bolsillo los fabulosos impertinentes, y empezó a explicarle al Príncipe su fantástico y mágico funcionamiento… a ver esto, el Rey Tádomo DV a punto estuvo de parar la conversación de la pareja (al fin y al cabo, se le estaba enseñando a un extranjero algo de gran valor para el estado, y que había constituido, casi, un secreto de este), pero la Reina Efrolía, con un gesto, le tranquilizó, como recordándole que, al fin y al cabo, ya sabían a quién se lo estaba mostrando, y que, por tanto, no había problema.

Tras haber finalizado de hablar, la hija del Rey, le prestó el maravilloso objeto a su pretendiente, y este empezó a ver… y vio a aquella a la que deseaba encontrar, ciertamente, no era un ideal absurdamente perfecto (de esos que sólo existen en nuestra mente, y razón de tantas decepciones en la vida real), pero precisamente saber eso le demostraba la sinceridad y la autenticidad de las lentes (ya que, al fin y al cabo, él lo vio todo, incluidos los escarceos con Quinwed… ¿y qué dama honorable, o que persona a secas, no querría ocultar algo, a la postre, tan vergonzoso y bochornoso?); y lo que es más importante, saber quién era ella realmente… por otro lado, también vio su bondad, su independencia, su cultura, su sentido de la responsabilidad o del humor… y si en su corazón aún seguía prendado de un retrato, de una ilusión; ahora, tal fugaz vivencia se borró, y se dio cuenta de que estaba locamente enamorado de ella, de una persona. En aquel momento, bajó las lentes, y se quedó mirándola en silencio.

-Y ahora que lo habéis visto, y lo sabéis todo -preguntó la Princesa Vesot timidamente, pues era consciente de que, con todo aquello se había arriesgado mucho, no sólo por la cuestión oficial o institucional; sino principalmente por la emocional, ya que el amor verdadero es una doble dirección para la que es aconsejable, necesario, e incluso saludable, desarmarnos del escudo que el tiempo nos ha obligado a forjar, por peligroso o doloroso que pueda llegar a ser-, ¿aún queréis casaros conmigo?.

-¡Sois vos! -exclamó el Príncipe-, no me puedo creer que haya tenido el privilegio de encontrar a mi pareja ideal, la que me complementa, a la que me quiera tanto como yo a ella… sí, sí, sí que me casaré con vos.

En ese momento, inesperadamente, la Reina Efrolía dio un salto y un grito de alegría; el Rey Tádomo DV se mantuvo sentado, pero con una gran sonrisa que no concordaba con la gravedad del trono… y la Princesa Vesot se puso a llorar de alegría, mientras abrazaba a su, final y definitivamente, prometido, que la acogía en sus fornidos brazos mientras le besaba los cabellos.

En cualquier caso, lo subsiguiente a la audiencia privada fue extremadamente decepcionante para la Corte y el pueblo: se emitió un escueto comunicado en el que, formalmente, se anunciaba el compromiso real entre ambos Príncipes. Esto fue furiosamente criticado por muchos, y no faltó quienes afirmaron que todo se debía a la falta de nivel del ganador final, que, si por el contrario, hubiese sido el favorito de todos, las cosas hubieran sido muy distintas, empezando por haber realizado una gran fiesta para hacer tal anuncio. Con todo, la Familia Real poca atención prestó a tales reprobaciones, pues estaban sumamente satisfechos con como se habían desarrollado los acontecimientos… y los Príncipes en particular, bueno, ellos, con toda la experiencia y conocimientos que tenían de grandes ceremonias, no eran capaces de imaginar una mejor petición de mano que la que habían tenido, íntima y quizás inapropiada… pero tal vez por eso mismo, perfecta. Sin embargo, sabían que su posición implicaba unos deberes públicos, que se debían a sus súbditos, y que era necesario contentarles con una gran celebración que siempre recordasen y que pudiesen contar a sus nietos; así que, en compensación de lo austero del compromiso, organizaron la más grandiosa y fastuosa Boda Real que imaginarse pueda.

Sin embargo, y aunque en esos primeros tiempos (del compromiso y el posterior matrimonio) la principesca pareja navegó entre sonrisas y la definitiva floración de su amor; no fue una época necesariamente fácil para el Príncipe Tecisteo, que debía vencer el fantasma de la popularidad de Quinwed (no se debe olvidar que toda la verdad sobre él tardó en saberse), el cual continuaba siendo considerado el preferido por muchos, que lo seguían considerando la mejor opción, y sentían mucho que hubiese ganado aquel soso… sin embargo, con el apoyo y afecto de su nueva familia política, que sabía quién y cómo era realmente su nuevo miembro, o todo lo que podía aportarles, a ellos y al Reino; él consiguió salir adelante, simplemente, siendo él mismo, porque, y como le recordaba su amada, ello no tenía nada de malo.

Algunos cronistas dijeron, con el tiempo, que los súbditos de aquel Reino se acabaron enamorando conjuntamente, poco a poco, con la Princesa Vesot de su pretendiente (aunque, quien haya leído esta historia, sabe que eso no es verdad); pero lo cierto es que, pasados los años, el Príncipe Tecisteo acabaría convirtiéndose en uno de los consortes más queridos y apreciados de la historia de aquella nación; y no por compensación, porque se conocieran los crímenes de su malvado rival (pues eso sucedió bastante después) sino por sí mismo, porque él lo valía, y todos acabaron por verlo y apreciarlo.

En cualquier caso, viviendo siempre en perfecta armonía (dentro de lo que cabe en la convivencia amorosa), la pareja, como si aquella fuera la última bendición extra de la hechicera, tuvo diez hijos, todos los cuales sobrevivieron, y que solucionaron definitivamente el problema que dio inicio a esta historia, que era el de apuntalar feliz y definitivamente aquella monarquía… aunque eso sólo fue la señal, el principio de una dicha y prosperidad mucho mayores, puesto que, cuando aquellos hijos crecieron, gracias a ellos y a la habilidad diplomática del matrimonio como Reyes, se trazarían una serie de alianzas que, a la larga, lograrían la paz, estabilidad y prosperidad definitiva en todo aquel lejano continente… lo que provocaría que la espada magica acabase en un museo, en calidad de vestigio innecesario de un pasado anacrónico.

Con todo, al final, todas estas peripecias sirvieron para que muchos aprendieran que, si bien es sabido que no es improbable que la belleza exterior no se corresponda igualmente a una interior; también es verdad que existe el tópico demasiado extendido (en parte divulgado por cuentos del estilo de este) de que los menos hermosos albergan y reúnen más virtudes, precisamente por no tener la, siempre solo supuesta ventaja, de una mayor apostura o gallardía externa (lo cual también puede ser aplicado a todo tipo de otras cuestiones, como la clase u origen social, raza, nivel académico… o cualquier otra cosa que se pueda esgrimir como factor diferencial, sea este positivo o negativo)… la realidad es que no existen garantías, y que el único aval posible es conocer, explorar el alma de la otra persona: sólo así, sabremos quién es realmente, sus cualidades y talentos; y si, en efecto, posee la hermosura que importa de veras.

Y dado tan bello e ilustrativo final feliz, fue así como esta historia fue relatada por copleros, poetas… y todo tipo de artistas… pero también fue transmitida por el pueblo, las madres a los hijos, los abuelos a los nietos… engrandeciéndola y volviéndola más y más maravillosa… hasta que, finalmente, se convirtió en el hermoso cuento que ahora os estoy contando yo.

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Cuento: Los prometidos

Y cumpliendo mi promesa, continúo publicando, con cierta periodicidad, ficción de mi autoría.

En este caso, vuelvo sobre algo que hacía mucho tiempo que deseaba retomar (y que, posiblemente, también sea el género de la próxima publicación), que es el cuento de hadas. Los que sigan este blog desde hace tiempo, ya sabrán que no es la primera vez que me meto en este género (y espero, no será la última) que verdaderamente aprecio y que creo que debe ser reivindicado como una parte fundamental y base de nuestra cultura (más allá de absurdos prejuicios); pero no sólo como un objeto arqueológico, sino como algo que debe ser revivido.

Desde Universo de A, continuo haciendo mis contribuciones a tan noble causa, y este cuento es una de ellas:

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Los prometidos

Érase una vez, hace mucho tiempo, en un Reino muy lejano, un viejo y querido monarca murió sin dejar descendencia; al haber dos posibles candidatos al trono, con similares derechos a este, era de esperar una guerra civil, pero como nadie quería eso, acudieron ante el consejo de las hadas, conocido por su sabiduría y sus capacidades mágicas (para incluso ver el futuro), lo que les permitiría saber que era lo mejor para el país.

Finalmente, tras tres días de viaje, y pruebas, puestas por las propias criaturas mágicas, para saber si eran puros y dignos para entrar en su Reino, sólo uno de ellos, Wendosio, consiguió ver a las hadas… su rival, se perdió en medio de su bosque encantado, dónde encontró un trol que lo encerró en una jaula de la que no le soltaría hasta que acertase su terrible acertijo… que nadie, hasta el día de hoy, ha conseguido adivinar.

-Has conseguido llegar ante nosotras -afirmó la Reina de aquellos mágicos seres, ante su espectacular Corte, tremendamente bella, a pesar de no contar con ninguna de las cosas que a los vulgares humanos suelen impresionar o considerar opulentas-, y esa es la mejor prueba de que eres el mejor candidato al trono -Wendosio se sorprendió al escuchar esto, puesto que ni siquiera le había mencionado la razón de su viaje a la monarca; sin embargo, no se extrañó, conociendo como conocía el poder de aquellas criaturas-; vuelve pues, por el camino de rosas que trazaremos para ti hacia tu Reino, y reclama la corona. Pero el consejo de las hadas también ha determinado que debemos respetar las leyes mortales, y dado que tu rival y tú estáis igualados en derecho, imponemos que la hija que tendrás, deberá casarse con uno de los dos hijos de él, para unificar ambas ramas y crear una dinastía de legitimidad incuestionable.

-¡Pero eso es imposible! -protestó Wendosio-, ¡ni yo, ni el otro candidato al trono tenemos descendencia… y él se perdió en el bosque durante el viaje!.

-Con tus ojos terrenales no eres capaz de ver muchas cosas -dijo la soberana-, entre ellas, que tu oponente está perfectamente seguro en manos de uno de nuestros vasallos; acudirá para tu Proclamación como Rey. Yo misma, con toda mi Corte, excepcionalmente acudiré, y te coronaré ante todos para dotarte de una indudable licitud… pero no olvides con qué condiciones.

Y así fue, el noble Wendosio volvió a su Reino, ya no a través de un laberíntico bosque, sino sobre un unicornio, de un blanco puro y brillante, que galopaba sobre la alfombra de rosas prometida como senda de retorno. Al llegar, y tras una reunión para hablar sobre lo que había pasado en aquel lugar encantado; su rival, se postró ante él publicamente, y lo reconoció como su soberano, terminando por tanto con el conflicto sucesorio.

La Coronación fue el día más hermoso que jamás se haya vivido: las hadas hicieron que el color del cielo cambiase a cada hora, las nubes reproducían retratos de anteriores monarcas, y todo tipo de figuras encantadoras. Llegado el momento, la soberana de las hadas impuso la corona sobre la cabeza de Wendosio, y, a continuación, se inclinó y le susurró al oído: “no olvides nuestro acuerdo. Esta Corona yo te la dado, y yo te la puedo quitar”; sucedido esto, todos los seres mágicos que habían acudido a la ceremonia desaparecieron a la vez, y no se los volvió a ver más… pero como el Reino entero estaba de celebración, no sólo por tener un nuevo Rey, sino por haber evitado una guerra civil, nadie le dio mayor importancia… además de que todos conocían el comportamiento, en ocasiones, aparentemente estrambótico, errático e inescrutable de tales criaturas.

Sin embargo, todos sabían también que sus designios eran inapelables; y su profecía se cumplió: tras una magnífica Boda Real, un año después, la nueva y amada Reina daba a luz a una niña. Doce meses antes, el antiguo rival al trono, después de una aristocrática boda, cuyo suculento banquete pasó a formar parte de la cultura popular, en forma de refrán (la gente decía “no ha se ha comido tan bien desde las bodas de…”), tenía un hijo, y, un año después del nacimiento de la Princesita, su mujer le daba otro descendiente niño.

Aunque el Rey Wendosio intentó tener más hijos (preferiblemente un varón, que tuviese preferencia al trono), pronto se vio impotente para ello; y acabó por entender, en toda su extensión, las palabras de las hadas: nadie iba a verlas o las molestaba en vano; sus designios eran ineludibles, bajo pena de las más terribles y peligrosas consecuencias (¿entendéis ahora, porque los seres humanos ya no se relacionan con las hadas?).

Así pues, y con una disimulada mala gana, el monarca nombró a su antiguo rival Príncipe del Reino, e hizo público el acuerdo matrimonial según el que, pasada la mayoría de edad de su única hija y heredera, esta debería desposarse con uno de los dos hijos del antiguo candidato al trono, el cual, depositaría todos sus derechos sobre el elegido, concluyendo, definitivamente, con el problema sucesorio… tal y como habían previsto los seres mágicos.

Y fue así, como la Princesa Dilunia, que así se llamaba, creció sana (tal vez cuidada invisiblemente por las hadas, que siempre se aseguran de que aquello sobre lo que se pronuncian no sea en vano), no era especialmente hermosa o fea; pero sí muy capaz, talentosa y con gran aptitud para el aprendizaje rápido. Sin duda, a todo ello contribuyó el que su padre la dotara de una educación impecable (orientada a hacerla consciente de su papel como Reina titular, y para evitar que su futuro marido, el hijo de su rival, la relegara en tal labor)… y las capacidades de la Princesa hicieron el resto. Así, se convirtió en una mujercita verdaderamente extraordinaria: ciertamente, nadie podía competir en la Corte con su refinamiento y maneras, tanto, que todas las aristócratas se esforzaban en imitar torpemente su elegancia natural; pero, del mismo modo, no había mejor amazona en el Reino, y, a menudo, superaba a todos con sus habilidades, ingenio y estrategia para la caza; de la cual podía volver, triunfante, para debatir, en uno de los múltiples idiomas que hablaba con fluidez, acerca de los temas más sesudos con las personas más preparadas; y no era menor su talento para las artes, hasta el punto de que su profesor de canto, que había sido uno de los intérpretes más aclamados de aquel país, y de varios otros, al ver como su alumna lo superaba tan considerablemente, hizo voto de silencio por siempre jamás.

Todo esto alegraba enormemente al Rey, que creía ver así como la Corona se aseguraba en la cabeza de su hija; pues aunque las mujeres podían heredar y transmitir derechos sucesorios en aquel estado, lo cierto es que existían demasiados prejuicios respecto a su capacidad para reinar (entre otras cosas, porque los necesarios, y continuos embarazos, que debían dotar de herederos y estabilidad al país, a menudo las mantenían en una debilidad considerable), cosa que se esperaba que hiciesen los esposos que tuviesen; de modo que, para la opinión pública, cuando se elegía a un marido para una Princesa heredera, no sólo se optaba por un consorte, sino por un soberano… por ello, Wendosio III, quería demostrar a toda costa, manifiestamente y a todos su súbditos, que su hija estaba perfectamente capacitada para ser su digna sucesora… en todos los sentidos de la palabra.

Pero, curiosamente, aunque su padre creía que debía estar expuesta a todo y a todos, pues en eso consideraba que consiste reinar; sí que la protegió de una única cosa, curiosamente, la más inevitable (¿por qué la humanidad tenderá tanto a resistirse a aquello que no está bajo su control?), como era conocer a sus pretendientes; así, aunque hubo oportunidades, e incluso el antiguo candidato al trono se prestó a ello, y ofreció que sus hijos fueran educados en la Corte; lo cierto es que el Rey Wendosio sólo pensaba en cómo aplazar lo inaplazable, aquel forzoso destino de su hija (tan parte de sus deberes como cualquier otro, teniendo en cuenta las circunstancias); de modo que, creyendo protegerla, inventó toda clase de pretextos para evitar que los futuros novios se viesen alguna vez; o que estes pisasen la Corte y pudiesen formar una camarilla de aliados allí… no obstante, todo esto no intranquilizó al nuevo Príncipe del Reino, quizás incluso más bien lo contrario, pues, tras haber estado encerrado en una jaula custodiada por un trol, sabía bien que destino les reservaban las hadas a quienes caían en desgracia ante sus ojos.

Sin embargo, tras pasar la mayoría de la edad de la Princesa, no se hizo anuncio de compromiso alguno; ni al Príncipe del Reino o a sus hijos les fue permitido mudarse al castillo del monarca. Pero en no demasiado tiempo, la Reina enfermó gravemente, de modo que ninguno de los médicos conseguía adivinar su mal; el Rey, se desesperaba por lo mucho que la quería, y no se apartaba de su cama ni por un momento, dejando a su preparada hija todas las responsabilidades. Una noche, la Reina tuvo un sueño: en él, un hada le entregaba, con una inmensa gravedad, un anillo de compromiso… cuando se despertó, como por encanto, descubrió que tenía la joya en la mano; se lo hizo saber al Rey, y le comunicó que su última voluntad era que su hija se casase, lo antes posible, con quién debía, para evitar mayores males al Reino… y dicho esto, expiró.

El Rey Wendosio, a punto estuvo de enloquecer de tristeza y de culpa… pero el mensaje sobrehumano estaba muy claro, demasiado; de modo que, antes de sucumbir a una profunda depresión; y con la magnífica, pero a la vez terrible, excusa de los funerales de su esposa; invitó al Príncipe del Reino a que se presentase en la Corte, con sus hijos, para que pudiesen presentar sus condolencias, y también para que establecieran su residencia allí, de modo permanente, en calidad de futuros miembros de la Familia Real.

Tal cosa no fue una sorpresa para la Princesa Dilunia, pues, aunque nunca había tenido la oportunidad de conocer a sus pretendientes o a su futuro suegro, hacía muchos años que se le había hecho saber, muy claramente y sin cortapisas, el destino inevitable que la esperaba y las razones de todo ello. Tras la llegada de la futura familia política, la noche anterior al funeral de la Reina; el soberano, con lágrimas en los ojos, le contó a su hija como murió su madre y le recordó su sino inevitable.

-Ahora ya lo sabes -afirmó compungido Wendosio III, mientras le entregaba el anillo del sueño de la Reina- entrégale esta sortija al elegido. El protocolo exige un determinado tiempo de luto por tu madre (que sin duda las hadas respetarán), el cual impide también el anuncio de un compromiso de boda… eso te da un tiempo breve, pero valioso, para tomar una decisión. Te ruego, hija mía, que no la retrases más de lo que sea imprescindible; yo ya cometí ese error, y ahora peno por ello… no nos tengamos que lamentar de nada más, ni nosotros, ni nuestros súbditos.

Pasado el funeral, el monarca concedió una audiencia a su antiguo rival al trono y a sus hijos, para que fueran oficialmente presentados ante toda la Corte… además de a su propia hija. Hecho esto, consideró su labor realizada, y se encerró en los antiguos aposentos de su esposa, lugar de donde, consumido por la aflicción y la culpabilidad, cuál si fuera un ermitaño que al fin ha encontrado el lugar donde purgar sus faltas, no volvió a salir jamás.

Fue así, como la Princesa Dilunia conoció a los hijos del Príncipe Real: los Infantes Rubelto (el mayor) y Dorulfo (el menor). Para la hija del monarca, desde ese primer encuentro, quedó muy claro quién era la mejor opción: el atractivo del primogénito no tenía parangón; por supuesto, a nivel físico su porte dejaba vislumbrar a un hombre que se había cultivado en cuerpo, pero también en mente, según se demostraba cuando empezaba a hablar con su voz cantarina, que parecía hechizar a todo el que la oía. Por el contrario, el Infante menor, poseía un físico bastante común, y por lo que se conseguía extraer de su tímida charla, aunque culta, esta era poco o nada melosa, y sin tamiz, de modo que resultaba un tanto pedante, incluso arrogante o impertinente.

La Princesa sabía que tenía un límite de tiempo, así que rápidamente etiquetó a ambos hermanos, y tomó su decisión antes de conocerlos en profundidad… por supuesto, tampoco iba a ser tan estúpida, temeraria e imprudente como para anunciar su compromiso inmediatamente (tampoco las circunstancias se lo permitían); pero conociendo como conocía, que el periodo de duelo alteraba las circunstancias habituales de la Corte, por lo cual no iba a poder a pasar tanto tiempo como quisiera, relacionándose y dedicándole tiempo a cada uno de los pretendientes (más bien contadas ocasiones) decidió apostarlo todo al que, claramente, era el caballo ganador, al fin y al cabo, ¿para qué perder el tiempo con un percherón?.

De modo que, rápidamente, pidió al mayordomo mayor del castillo que extendiese una invitación, para todas las actividades privadas o de su tiempo de ocio (especialmente las que le permitiesen alcanzar una mayor intimidad) a Rubelto; y, para compensar, no quedar mal o que pareciera que estaba haciendo un desprecio demasiado evidente (que se le pudiese recriminar publicamente), el Infante segundón fue invitado, en su lugar, a todos los actos oficiales, públicos o colectivos.

Con todo, las apuestas de la Corte no tardaron en centrarse en el primogénito como ganador de la mano de la Princesa, ¿y cómo no iba a ser así, siendo como era un hombre tan simpático y cautivador que poco había tardado en hacerse con el afecto de todo el mundo con tanto donaire y agasajo? era indudable, que, nuevamente, la hija del soberano había elegido inteligentemente al futuro Rey.

Aquellas primeras impresiones, tardaron poco en confirmarse: en el tiempo pasado con Rubelto, la Princesa Dilunia descubrió a una persona similar a ella, con la que coincidía en todo, lleno de atractivo; lo que se demostraba en las largas cabalgadas (entre otras muchas actividades que gustaban ambos de compartir) acompañadas de una interesante conversación; durante las cuales, además, el primogénito demostraba tener los mismos intereses que la propia hija del Rey.

Por su parte, el Infante Dorulfo, como si no fuese consciente de la displicencia con la que estaba siendo tratado, acudió a todos los actos a los que fue invitado… con desastrosos resultados: aunque con el debido respeto a la persona real, el segundón se negaba a la adulación o a conceder o expresar algo que no pensase realmente; a lo que había que sumar su librepensamiento conflictivo; por lo que, dada su torpeza, poco tardó en causar una pésima impresión en la Corte y en la propia Princesa, al ser, claramente incapaz del trato social preciso en aquel contexto. Así, en una audiencia a una Orden de caballería, fue memorable, y el cotilleo insaciable las semanas siguientes, la fuerte discusión de ambos sobre una determinada legislación y el cómo esta afectaba a un gremio concreto.

Teniendo en cuenta todo esto, poco o nada hacía falta para que la balanza se inclinase de forma clara y evidente hacia un candidato, ¿o acaso no era sencillo elegir entre el extrovertido, aventurero, fácil y gallardo Rubelto; frente al reservado, sensible, complejo y contradictorio Infante segundón?

Así pues, poco después de terminado el luto; la Princesa, haciendo honor a la palabra dada a su padre, y a la última voluntad de su madre, anunció que deseaba cumplir el deseo de sus progenitores, es decir, contraer matrimonio, y que el elegido para ello sería Rubelto; todo ello, se formalizó en una espectacular ceremonia, en el salón del trono, en la que el primogénito del antiguo aspirante al trono, le pidió formalmente la mano, y en la que ella le regaló el anillo de las hadas… esperando con este gesto, cumplir la profecía y mandato de las criaturas mágicas… además de aplacar definitivamente su ira. El Infante Dorulfo, por su parte, se marchó muy discretamente de la Corte, según se hizo el anuncio, aunque nadie supo interpretar si había sido por mal o buen perder… por un lado, era evidente que su presencia ya estaba de más, y resultaba incluso violenta (sobre todo teniendo en cuenta sus precedentes), así que, parecía noble hacerse a un lado y ceder el protagonismo definitivo y absoluto al vencedor; pero, por otro lado, su marcha inmediata, que de disimulada parecía que había sido a escondidas o con algún objetivo taimado, además de la clara evidencia de que no pensaba acudir a la boda de su hermano y de su futura cuñada; se convirtió rápidamente en el comadreo de los más chismosos del castillo.

En cualquier caso, no es fácil organizar una Boda Real (y menos una de esta magnitud, con tanto simbolismo debido a la dignidad que exige la unión de dos prestigiosas dinastías), por lo cual, la fecha para esta se puso meses después. En ese tiempo previo, la Princesa Dilunia tuvo la oportunidad de tratar más con su prometido, y apreciar sus interesantes puntos de vista acerca de su futuro rango de consorte; así, este no tardó en sugerir la necesidad de ser más conocido por todos, al fin y al cabo, él y su familia habían pasado tanto tiempo desterrados de la Corte y del mundo… así que, la hija del Rey decidió concederle una mayor primacía en las actividades de la Familia Real. Pero un protagonismo protocolario pronto se demostró insuficiente, de modo que Rubelto, comentó que, si formase parte del Consejo del Reino (órgano con el cual este era gobernado), sin duda podría ayudarla a imponer sus puntos de vista y observar que ministros intentaban manipularla según sus propios intereses… además de que, por otro lado, ¿no supondría un desprecio público enorme, que la gente interpretaría, y murmuraría, como desavenencias entre la pareja, si el marido estaba categoricamente excluido y censurado en lo que al gobierno respecta?, también, teniendo en cuenta sus orígenes familiares, y la razón de la boda, tal cosa parecía inexcusable… y efectivamente, la hija del soberano también vio esto lógico, al fin y al cabo, ella misma estaba presidiendo el consejo sin que su padre hubiera abdicado…. En cualquier caso, Rubelto se demostró de ayuda, sobre todo porque ella no había ejercido totalmente el poder hasta ese momento, de modo que era bueno tener un apoyo, alguien en quien confiar.

Un día, tan generoso se mostró el prometido, que le anunció que había organizado un torneo para las mejores amazonas del Reino, y que ella podría participar, presidirlo… y que no debía preocuparse, ya que del Consejo del Reino ya se ocupaba él. Tanto éxito tuvo tal actividad, que la Princesa Dilunia, bajo la idea de que eso le permitiría conocer mejor a sus súbditos (y no según los intereses de un secretario u otro, que sin duda manipularían las audiencias para favorecer a los colectivos o personas que les interesasen), permitió también a su futuro marido la organización de su agenda institucional.

En poco tiempo, todo el trabajo de la hija del soberano se convirtió en actividades protocolarias, y sus actos estaban cada vez más lejos de la Corte… porque, sin duda, una futura monarca debía conocer todos los rincones de su Reino y a todos sus súbditos.

Tras una leve enfermedad, cogida durante uno de esos viajes, que obligó a la Princesa a estar en cama un corto tiempo (durante el cual, su prometido se aseguró de que estuviese entretenida, ya fuera con libros, damas de compañía, músicos… etc); esta decidió que ya era hora de retomar su actividad en el gobierno; cuando se lo comunicó a su futuro marido, este le dijo que no hacía falta, y cuando ella insistió, mantuvieron una fuerte discusión, en la que el novio dejó claro lo que esperaba de aquel matrimonio y de su esposa: él sería el que gobernase, y ella debería quedar reducida a una bonita figura decorativa; entretenida en esas aficiones que compartían, pero sin que se la dejase desempeñar su legítimo derecho, que, por otro lado, no se esperaba ni que ella ejerciese, ni correspondía realmente a su familia (como demostraba el que las hadas hubiesen ordenado aquel matrimonio)… escuchar aquello, fue una inmensa decepción para la hija del Rey, sin embargo, ¿podía decir que aquel hombre hubiese sido un hipócrita, que la hubiese engañado? lo cierto es que no: simplemente no lo conocía; lo había idealizado porque compartía con él una serie de gustos superficiales, lo que es suficiente para iniciar una relación… pero no para mantenerla. Y quedaba una semana para la Boda Real.

Estaba en una situación imposible, ¿cómo cancelar el regio desposorio teniendo en cuenta las circunstancias?… pero eso no era lo más preocupante; con inteligencia y disimulo, rápidamente, la Princesa se ocupó de calcular los daños… y habían sido terribles: Rubelto había extendido su veneno por todo el lugar, y su torticera interpretación de las leyes del Reino había calado lo suficiente gracias a su falso encanto, carisma y mentiras.

Visto esto, la hija del soberano decidió que debería tratar de anular a su adversario antes de casarse para así asegurar su posición… pero sus intentos fueron recibidos con una cierta tibieza; excepto por parte de su prometido, que ya completamente airado, y para evitar que sucediese lo que claramente se estaba viendo que iba a pasar, el día antes del matrimonio, la encerró en sus aposentos; “esta boda no la para nadie” exclamó.

Pero aquella Alteza Real no se había dejado mangonear nunca, y no iba a empezar ahora, así que, se escapó de sus habitaciones por la enredadera que llegaba a su balcón, y por la que mil y una veces había trepado siendo más joven.

Sin embargo, se sentía sola, ¿qué podía hacer ahora?, ¿cómo reclamar su legítimo derecho? entonces, se acordó de las palabras que su padre le había contado que le había susurrado la soberana de las hadas “esta Corona yo te la dado, y yo te la puedo quitar”… parecía la solución más adecuada y pacífica (además de que, por otro lado, aquellos seres eran los únicos que podían vetar aquel infausto desposorio), así que, rápidamente, la Princesa se encaminó al bosque encantado para poder ver a las criaturas mágicas.

Pero, ¡ay!, todo el que alguna vez se adentra en un lugar mágico, debe saber que uno rara vez halla lo que quiere sino aquello que debe encontrar (los seres fantásticos no están para servir a la humanidad, y si lo hacen, nunca es sin cierta ironía, para recordarles a los hombres su dignidad superior… de ahí que ya casi nunca se trate con ellos); y así, por más que la Princesa Dilunia recorrió monte y floresta, fue incapaz de encontrar la Corte de las hadas.

Un día, ya anocheciendo, llegó, con desesperación, a un linde del bosque, al traspasarlo, se divisaba un hermoso castillo con bellos jardines; la hija del soberano sabía que aquella no podía ser la residencia de los seres mágicos (que no se preocupan de esas cosas que importan a los hombres, quizás porque pueden tenerlas todas con un simple gesto) no obstante, decidió que sería buena idea pedir alojamiento, y quien sabe si encontrar un aliado.

Cuando se presentó en la puerta, fue sorprendentemente bien recibida, por lo que pidió ver al señor de la fortaleza, a lo que le respondieron que podría encontrarse con él en el salón de tapices; a medida que la Princesa Dilunia caminaba por la propiedad, guiada por el mayordomo, para poder llegar a la mencionada sala, quedó sorprendida del buen gusto y cultura que aquella colección de objetos de arte destilaba, o de lo increíblemente bien realizado que estaba el diseño del jardín, lo que se percibía a través de unas preciosas y coloridas vidrieras.

Ansiosa por encontrar un aliado, o al menos por poder dormir comodamente aquella noche, esperó impaciente… y entonces se abrió la puerta. ¡Horror, y que desilusión!, de todos los súbditos con los que podía ir a haber dado, fue precisamente con el hermano de su antiguo prometido, aquel sobre el que tanto la Corte murmuró que se marchaba para organizar una guerra civil como venganza al desaire que se le había hecho.

Al traspasar el umbral, el Infante Dorulfo adoptó un comportamiento, como era demasiado habitual en él, tan inesperado como particular, pues hincó la rodilla en el pavimento, a la vez que inclinaba la cabeza, y decía:

-Alteza Real, es un honor recibiros en mi casa. Espero, si aún no la habéis tomado, que permitáis a vuestro humilde servidor ofreceros la cena.

-¡Infante! -dijo, con disimulado temor, la Princesa-, tenéis una bella propiedad. Pero sólo deseo dormir unas pocas horas para luego continuar mi camino.

-Como gustéis, no obstante, espero y deseo que me permitáis anunciar que habéis estado aquí, de hecho, no estaría de más que se os viese públicamente….

-No estoy muy segura de que eso sea buena idea….

-Pero, mi señora, vuestra desaparición ha provocado el caos….

-¿Mi desaparición?, ¡sólo he estado fuera del Castillo Real un día!.

-No, señora, han sido muchos días… y temo que también estaréis desinformada de todo lo que ha pasado en vuestra ausencia: tan pronto se confirmó vuestra falta el día de la boda, mi hermano exigió a mi padre que depositase sus derechos sucesorios en él, para poder hacerse con el poder de un modo torticeramente legal; pero mi progenitor, temeroso de las consecuencias (mortales y sobrenaturales), se negó. Esto no hizo que mi hermano se rindiera, ciego de ambición y codicia, se aseguró de lograr ciertos apoyos… mientras todo esto sucedía, vuestro padre, Su Majestad el Rey Wendosio III murió. Os doy mi más sentido pésame. Aunque la explicación oficial fue que había muerto de las mismas fiebres que su esposa, de las que se habría contagiado por vivir enclaustrado en los mismos aposentos en los que esta murió… lo cierto es que suena poco factible medicamente hablando, y demasiado casual… sobre todo, teniendo en cuenta lo que sucedió inmediatamente después: Rubelto, justificando sus acciones debido al vacío de poder (el Rey muerto, la Princesa desaparecida), proclamó la república y forzó una votación amañada para ser elegido presidente de esta. Llegado este punto, mi padre, horrorizado, y con el corazón destrozado al comprobar el monstruo de maldad que había procreado, decidió abandonar la capital, pero fue encarcelado antes de poder hacerlo, a pesar de que no tenía la más mínima intención de organizar una resistencia contra su propio hijo.

La Princesa Dilunia apenas fue capaz de reaccionar ante todo este discurso. Era demasiada información. Apenas pudo susurrar:

-Pero si yo sólo he visto ponerse el sol una vez….

-Sin duda, sabéis que las normas naturales no funcionan igual en el lugar en el que habéis estado… al igual que tampoco parece casualidad que, tras tanto recorrido, halláis acabado en mi castillo….

Cierto, ¿qué significaba eso?, ¿por qué las hadas la habían entregado en manos de sus enemigos?, ¿estaban diciendo que, efectivamente, su familia ya no ostentaba sus derechos?.

-… porque no encontraréis un mayor defensor de vuestro trono y honor -continuó diciendo el Infante Dorulfo, para sorpresa de la Princesa-, de la justicia y del bien común.

En otro tiempo, aquellas declaraciones la habrían extrañado, quizás incluso hecho reír; pero ahora, por primera vez, entendía a aquel hombre: tenía ante sí un librepensador, una persona que hacía las cosas, no por el beneficio que pudiesen tener para él, sino guiado por su particular sentido de la ética y la dignidad moral.

Los siguientes días pasaron muy rápido, y no hicieron sino demostrar lo acertados que habían estado los seres mágicos enviándola allí: estaba en un lugar donde era apreciada por quien era (y no sólo por su cargo o rango), donde estaba segura y protegida… estaba en casa. Ello no significa que todo lo que sucedió a continuación fuera fácil, pero las adversidades son una de las cosas que más demuestran que temple tienen las personas, y cómo son realmente, lo cual fue útil para aquellos nuevos, y en apariencia inverosímiles, aliados.

Así, lo primero que hizo el Infante, fue hacer pregonar la visita de la Princesa a sus tierras, y, para demostrarlo, hicieron una salida, en carruaje abierto, donde todos pudieron reconocerla (paradójicamente, aquellas visitas oficiales por el Reino, planificadas con intenciones perversas, por el republicano Rubelto, ahora eran la mejor garantía del reconocimiento de la hija del Rey), y se demostró que no había perdido la más mínima popularidad, muy al contrario, se vio lo mucho que se deseaba su vuelta… esto era también parte del plan del Infante Dorulfo: tomar el pulso a la opinión pública, y ver como reaccionaba para saber como podían jugar sus cartas.

Claro está, la noticia de semejante acontecimiento no tardó en llegar al recién nombrado castillo nacional del presidente de la república, el cual, escribió una carta a la “ciudadana Dilunia” invitándola a volver para celebrar el matrimonio al que se había comprometido y ocupar su puesto de primera dama.

Cuando tal misiva llegó, y tras debatirla, tanto la Princesa Dilunia como el Infante Dorulfo tuvieron claro que se trataba de una trampa: en el mejor de los casos, para que Rubelto pudiera pretender legitimar su dictadura, y en el peor, para asesinarla a ella, como ya había hecho con su padre. Así que su respuesta fue la más sencilla, lógica y legal: acudieron a una plaza pública, y ante un pueblo exultante, la heredera legítima del anterior monarca, fue proclamada Reina.

Tras esto, apareció apuñalado (aunque la explicación oficial volvió a ser que, las mismas fiebres terribles, que supuestamente aún andaban por el castillo -aunque sólo habían afectado, muy oportunamente, a todo el que estorbaba a Rubelto-, le habían causado llagas), en la mazmorra en la que había sido encarcelado, el Príncipe Real, y dado que este nunca había depositado sus derechos sucesorios, en vida, sobre ninguno de sus dos hijos… estos pasaban automáticamente al primogénito; privando de cualquier posible reclamación al Infante Dorulfo (o de que el padre de ambos pudiese legárselos directamente, si es que tenía alguna mínima oportunidad para ello).

Bajo este argumento, el hecho de haber sido el elegido por las hadas (al fin y al cabo, llevaba la sortija como prueba) y el de haber sido votado (en su referendum manipulado), ordenó la mayor leva que había conocido aquel país y se decidió a militarizar como nunca un lugar en el que, anteriormente, los soldados prácticamente sólo habían sido vistos en bonitos desfiles.

El mayor temor, aquello que se había querido evitar hacía décadas, ahora era una realidad: el republicano Rubelto quería y preparaba una guerra civil para imponerse definitivamente. No habían servido de nada los gestos simbólicos para que abandonara el usurpado e ilegítimo poder. Dice el dicho que dos no pelean si uno no quiere, pero la realidad es que llega un momento en el que el agredido debe hacer algo para defenderse.

Con todo, no hizo falta enviar mensajeros para constatar el apoyo a la nueva Reina, que, unánime, llegó de todo el Reino: no faltaron nobles que se presentaron con ejércitos a los que ellos mismos habían dotado, o voluntarios que querían luchar por el Reino benéfico que habían conocido, y contra aquella república dictatorial y maléfica.

Pero la lucha armada directa no entraba en los planes ni de la Reina Dilunia ni del Infante Dorulfo, o al menos no si era posible evitarla. Así, decidieron trasladarse a una fortaleza en donde poder resistir un posible asedio, tener la posibilidad de dar refugio a quién lo pidiera (cosa que no tardó en suceder, puesto que a quien se negaba a formar parte del nuevo ejército de la república le era todo expropiado, y, si no valía gran cosa, incinerado) y entrenar a quien lo desease para defender el Reino.

Y a pesar de las tensiones, esta etapa también tuvo de positivo que la nueva monarca tuvo la oportunidad de comprobar y entender el gran error que había cometido etiquetando, decidiendo, despreciando todo conocimiento de causa, quién era el segundo hijo del Príncipe Real, y el mal que había hecho con eso; así, pasando largos momentos con él, descubrió que el tiempo es lo más precioso que tenemos, y que, a veces, regalárselo a los demás es hacernos el mayor regalo a nosotros mismos.

No fue lo único que aprendió la Reina Dilunia, en esta, una de las etapas más difíciles, y sin embargo más fructíferas, a nivel de enseñanzas vitales, de su existencia; pues a base de estar tanto tiempo juntos, ayudándose, colaborando, organizando y haciendo preparativos para la posible defensa, etc, pudieron apreciar lo muy bien que se complementaban: si ella sabía guiar a un ejército, él conocía todas las posibles tácticas de estrategia o tenía la imaginación suficiente como para crear otras nuevas y más sorpresivas a partir de las clásicas; si ella sabía cómo parapetar una fortaleza, él estaba sumamente versado en cómo almacenar para un asedio… etc. Y entre medias, en necesarios momentos de relajamiento, para que el alma pueda tomar un respiro, iniciaban interesantes debates en los que, no siempre estaban de acuerdo, pero se respetaban mutuamente… y eso, entendió la nueva soberana, era lo verdaderamente importante: al final, tener a una persona buena y honesta, que sepa decirte, con la debida cortesía, aquello que realmente piensa, es la verdadera lealtad; y no los hipócritas que dicen que sí a todo, o al menos, mientras les conviene.

Pero un día, aquel impasse que parecía que se había establecido en sus vidas, aquella adulterada armonía, tal inestable tranquilidad, se rompió definitivamente ante una realidad que había dejado ser hipotética para ser muy palpable: el bárbaro ejército republicano de Rubelto (formado por personas corrompidas o coaccionadas) se había plantado delante de la fortaleza, con la muerte como bandera.

Antes de dar su arenga a todos los que estaban bajo su protección, en el que se presumía el día antes de la batalla; la Reina Dilunia observó como su habitual compañero de todo aquel tiempo, su principal apoyo, aquel que no se había separado de ella ni por un momento, que no la había permitido decaer o desanimarse, que había creído más en ella que ella misma; se mantenía a una respetuosa distancia. Observándolo, recordó todo el tiempo con él, y comprendió que, a la hora de la verdad, aquello que mantenía las relaciones a largo plazo era, no compartir una serie de gustos personales superficiales, sino el tener en común similares valores morales y éticos (respeto, tolerancia, honestidad, lealtad, consideración… etc)… y tras tener este pensamiento, le dijo:

-Venid a mi lado, Infante, pues no quiero tener a mi lado un hombre inferior o superior, sino un igual, un compañero de lucha… de todo lo que tenga que venir.

-A vuestras órdenes, mi señora -respondió el segundogénito.

Pasado el amanecer del día siguiente, cuando debía empezar el asalto a la fortaleza por parte del ejército republicano, se dio una situación desconcertante: no había ningún tipo de formación militar, muy al contrario, caos y confusión en las filas enemigas, además de que parecían intuirse deserciones masivas.

En la fortificación del Infante, ahora bajo el mando de la Reina, la extrañeza no dejó de aumentar, especialmente cuando vieron una hermosa figura blanca avanzar, sosegadamente, como totalmente ajena al éxtasis de anarquía que se daba justo detrás de ella, por el prado que, presumiblemente, se acabaría convirtiendo en un sangriento campo de batalla. Cuando el níveo ser estuvo cerca de las murallas, repentinamente, echó a volar, mostrando ser un hada, hasta acercarse a la monarca y a su defensor, a los que les dijo:

-Ya no hay razón para la guerra. El Reino del bien ha triunfado y la república del mal ha perecido: Rubelto ha muerto de las mismas fiebres de las que murió vuestra madre la Reina… pero por las mismas razones que vuestros padres… sin duda se habrá contagiado a través de la sortija de vuestra madre -informó, a ambos, con esa solemnidad tan característica de esos seres mágicos, a pesar de que, especialmente en esta última frase, no dejaba de percibirse una cierta ironía-; Pero no temáis, yo misma me he asegurado, hechizándola para que no pueda hacer ningún mal, sino que, por el contrario, quien la porte goce de una salud excelente. Vuestra es, haced con ella lo que debáis.

Y dicho esto, le entregó el anillo a la Reina Dilunia; al tenerlo en la mano, ella, supo lo que tenía que hacer, de modo que se giró para entregárselo al Infante Dorulfo, pero este declaró:

-No quiero que os caséis conmigo sólo porque sintáis la obligación de hacerlo. Del mismo modo que no os he ayudado o luchado por deber, sino por convicción, porque creo en vos y en lo que representáis. Me habéis dicho que queréis a vuestro lado un igual, un compañero, y yo tampoco quiero tener el deshonor de conformarme con menos. Por tanto, como único depositario de los derechos sucesorios de mi dinastía, renuncio a todos ellos en vuestro favor: sois libre.

-No se es libre -respondió la soberana- sin libertad de elección, y yo os elijo a vos. Y como efectivamente quiero un igual, renuncio también a todos mis derechos en vuestro favor.

Todos los presentes allí, se quedaron desconcertados ante semejante situación, entonces, ¿quién era el legítimo monarca?.

-Parece -afirmó el hada, que algunos ya habían empezado a reconocer y recordar como la Reina de aquellas criaturas- que ahora estáis igualados en derechos. Justo es pues, que ambos seáis coronados, reineis en igualdad, y que vuestro ejemplo sea fructífero y enriquecedor para todos.

Así, todos acudieron a aquel que debía haber sido un sangriento campo de batalla, y que se había transformado en un campo de gozo y celebración, ¡mucho se abrazaron aquellos que debían, sólo unas pocas horas antes, matarse injusta y absurdamente entre sí!, ¡ya no había partidarios de una u otra cosa sino una monarquía de todos!.

Sin embargo el momento culminante de aquel bendito día, fue cuando, ante todos los presentes, la Reina Dilunia se arrodilló ante el Infante Dorulfo y le pidió la mano en matrimonio, a lo que este accedió felizmente… aunque, poniendo como única condición que ella conservase la sortija encantada, de modo que a todo el mundo le quedase claro que su salud y capacidad para gobernar era perfecta y absoluta.

Boda Real, Coronación, Bautizos Regios (ceremonias durante las que, aseguran las crónicas, el antiguo profesor de canto de la Reina Dilunia, excepcionalmente, rompía su voto de silencio para cantar en honor de la pareja y su descendencia)… y demás grandes celebraciones monárquicas empaparon el país, ante una población alborozada y eufórica, que sentía que, por fin, habían terminado definitivamente los problemas de ser ciudadanos y habían recuperado el honor de ser súbditos… y no se equivocaban: aún sin ser por esa razón concreta, los monarcas cumplieron el mandato del hada, y en parte gracias a ello, en parte gracias a sus habilidades y virtudes combinadas, tuvieron uno de los reinados más largos y felices que se recuerdan, y dado que transmitieron a su descendencia, y a cuantos trataban, la sabiduría que adquirieron cuando se conocieron de verdad, sin prejuicios ni etiquetas, la dicha acabó por invadir todo el Reino.

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ACTUALIZACIÓN: La temporada de exposiciones de primavera-verano de 2021 en Madrid

¡Haz click aquí ya para saber que novedades tienes pendientes de La temporada de exposiciones de primavera-verano de 2021 en Madrid!

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ACTUALIZACIÓN: Instrucciones para votar

He actualizado un montón de veces esta publicación, pero siempre hay algo más que agregar (quizás, precisa e irónicamente, por su vocación de atemporalidad)… en el caso actual, además de algunos pequeños añadidos o leves correcciones, incluyo un muy interesante apartado destinado a comentar y detallar el habitualmente poco conocido proceso del voto por correo… teniendo en cuenta cómo están las cosas en estos tiempos de pandemia (cierres, estado de alarma, restricciones… etc)… quizás os interese más de lo que imagináis; en cualquier caso ¡haced click aquí para descubrir todas las novedades de este artículo!.

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Relato corto: ¿Quién triunfó?

Durante años, este blog ha priorizado lo urgente sobre lo importante: la sección Grandes Relatos nació para ser principal y tremendamente importante en Universo de A… pero al final, siempre han sido otras las que han conseguido llevarse, robarle el protagonismo; ya fuera, según la época, Películas, Teatro, Turismo, y, en los últimos tiempos, Grandes Personajes… ¡y hasta Libros!.

Ya sé que ya lo he dicho varias veces, pero se acabó. Voy a dejar de dedicarle tanto tiempo a la obra de los demás y a centrarme en la mía. El plan sería comenzar a publicar, con cierta frecuencia (mensual sería ideal, pero no sé si seré capaz) relatos cortos, y con el tiempo, y el hábito, retomar las novelas por entregas.

La verdad es que me gustaría mucho, pero ya se sabe “el espíritu está pronto, más la carne es débil”; en fin, al menos lo intentaré… he llegado a una época de mi vida en la que creo que tengo posibilidades de conseguirlo. Se irá viendo.

En cualquier caso, la publicación que hago hoy, no deja de ser igualmente un evento, puesto que no se publicaba otra narración desde que finalicé la novela por entregas de “Notas de aburrimiento”, ni otro relato completo desde “El campeón”.

Así pues, con todas las esperanzas de que este sea un primer paso (un muy buen, y positivo, primer paso), un comienzo de algo más grande, comienzo a relatar….

No dejes de soñar, porque tener éxito es posible | GNDiario

¿Quién triunfó?

Introducción: una persona desconocida

“No hay que meterse en la vida de los demás, nunca se sabe qué vida llevan realmente”, afirmó convencida la anciana, con ese tono de sabiduría adquirida por la experiencia que, contrariamente a la conseguida académicamente, podría sonar simple pero nunca pomposa; era evidente que se trataba de una opinión personal, regalada (o tal vez luchada) por una larga existencia, de esas que desprecian esos eruditos autoencumbrados, sólo porque no cita opiniones de otros como ellos, aún cuando esas afirmaciones se basen en el método más empírico que existe: la vida… y sin embargo, la frase que había pronunciado, sonaba y se escuchaba como una verdad esencial; como si los dioses se complacieran, ya fuera por burla a un desgraciado (que nunca volverá a hacer otra aportación igual a su especie) o tal vez para poner a prueba la soberbia y los prejuicios de la humanidad; en, de vez en cuando, darle un fugaz instante brillante a la persona menos esperable e imaginable… aunque, tal vez, la realidad sea menos poética y todo tenga que ver con la veteranía que da la senectud.

Pese a que Paz llevaba un buen rato escuchando a aquella persona desconocida, con mayor o menor atención, pues al fin y al cabo había sido una interacción social no solicitada (o siquiera deseada, quería usar el viaje en bus para pensar en sus cosas), lo cierto es que aquella frase recuperó su interés en una charla que no había tenido interrupción (ni se atisbaba que fuera a ser de otro modo hasta que llegaran al destino) desde el mismo momento en el que la mujer de mediana edad se había sentado, en la plaza que le correspondía del bus, al lado de la sonriente anciana, la cual desde la primera mirada, parecía dejar claro que su concepto de “compañeros de viaje”, no era precisamente el contemporáneo, de dos individuos que se ignoran durante horas, y, como máximo, sólo cruzan un par de palabras de cortesía básica y forzada; sino más bien el de antaño, cuando el individualismo aún no se consideraba una virtud. O tal vez, simplemente, se trataba de una señora mayor sola que necesitaba hablar desesperadamente; quizás, por la extraña creencia, que parecen tener muchas personas de que, expulsando palabras maquinalmente, también se expulsa la soledad.

Aunque tampoco parecía exactamente el tipo anterior de persona, pues la anciana sabía escuchar… quizás demasiado bien, pues apenas se había sentado la mujer más joven, cuando la señora mayor, bajo la idea y excusa de un “me suenas” ya la había investigado de arriba a abajo… quizás, también por eso, a Paz le había llamado la atención esa frase en boca de la desconocida, no sonaba muy coherente… pero la señora tampoco parecía la típica cotilla malintencionada… así que, ¿qué más daba?; al fin y al cabo, en poco tiempo se acabaría el viaje; la de mediana edad había prestado atención cuando quería y cuando no volvía a sus pensamientos, y al llegar a la estación, cada una por su camino y asunto resuelto.

Sin embargo, como se decía, Paz volvió a prestar atención a la desconocida, que, sin ser consciente de lo sabio de su sentencia, y de como el mundo se había paralizado por un momento para escucharla (premio de los dioses a la genialidad), continuó sin más con su charla: “yo, por ejemplo, durante años envidié el huerto y las flores de mi vecina: siempre con todo tan cuidado, tan perfecto, y con unos resultados que yo no he conseguido nunca en mi vida, por más que me empeñe… hasta que un día, la vi a ella, en una carretera cercana, vendiendo lo que había trabajado. Sí, las flores también. Tampoco me sentí mejor al saber que este esfuerzo aún tenía que ser mayor, porque practicaban agricultura de subsistencia, así que claro que su huerto estaba trabajado, ¡más les valía!. Y todo esto, después tenerse que venir a vivir aquí de una ciudad más grande, porque su marido llevaba desempleado una eternidad… la casa era de los padres de ella, y, por horrible que sea decir esto, a la pareja joven le vino bien que falleciesen, si no, no tendrían donde caerse muertos, se lo digo yo… pero, igualmente, para unas personas que estaban acostumbradas a otro tipo de vida, ¿qué gracia les pudo hacer, tenerse que venir a vivir a una casa vieja, para la que además no ganan para tantas reparaciones como hay qué hacer? los padres, lógicamente, de mayores que iban, habían descuidado la propiedad desde hacía tiempo, y además, llevaban años fuera de ella, en una residencia… así que yo soy la primera sorprendida cuando pienso que la vivienda aún se mantenía en pie para cuando llegó la hija y su marido…”.

Llegado este punto de la conversación, por fin, el bus había llegado a la estación, y aunque Paz no quería, ni iba a ser maleducada, consideraba que el tiempo que había invertido en la desconocida había sido más que suficiente; tanto le daba dedicarle más o menos atención durante el tiempo muerto de un viaje, pero ahora tocaba retomar su vida. Además, la de mediana edad, al contrario que la anciana, ya formaba parte (y se había integrado y adaptado perfectamente) de la cultura de las prisas. Así pues, Paz cortó lo más diplomáticamente que pudo la conversación, y se dirigió con rapidez fuera del bus para ir a buscar su equipaje.

Lunes 1 de febrero: Paz

La mujer madura se dirigió presurosa al maletero, con este tipo de impaciencia y urgencia absurda, que, en realidad, no viene a nada, ni tiene sentido, o siquiera permite disfrutar de las cosas más pequeñas o importantes de la vida, pero que se había convertido en una innecesaria convención social: todo el mundo tenía prisa (y cuánta más -o más fingías que tenías- más importante eras) y Paz no quería ser menos.

No había nadie esperándola en la estación, tampoco estaba previsto lo contrario; y, en realidad, hubiera podido pararse a contemplar, detenidamente, durante minutos enteros, los preciosos, y poco frecuentes, colores con los que se había entintado el cielo aquel día, y las nubes que complementaban aquella decoración, cual esculturas de mármol que reflejaban la belleza de los tonos que recibían (otro regalo de los dioses no apreciado por los simples mortales); mientras el resto de los pasajeros luchaban entre sí por conseguir sus equipajes… sí, Paz hubiera podido disfrutar de esta encantadora visión, relajarse y volver a apreciar la belleza de la vida, para después recoger tranquilamente su equipaje de un maletero ya vacío… pero no lo hizo; tenía prisa, no sabía de qué o por qué, pero tenía prisa.

Y sin embargo, los dioses, el destino, o quién fuera, tenían pensado jugar con ella (tal vez como castigo a la afrenta de ignorar su creación celestial), forzar una detención de su vida, marcar un punto de inflexión y cambiar sus planes… bueno, los de ella, y los de otra mujer que, quizás también con razón, merecía ser castigada por sus prisas.

Mientras luchaba contra la muchedumbre, por sacar su equipaje, en un espacio tan reducido como incómodo, tras hacer fuerza, logró sacar su maleta, pero esta se había enganchado a la de otra persona que también tiraba, tras varios intentos para lograr despegar ambos equipajes (¡ay!, ¡qué juguetones son los dioses!), ambas personas se vieron obligadas a dirigirse, siquiera una mirada de cortesía, acompañada de una sonrisa incómoda, y entonces…

-¿Ágata?.

-¿Paz? .

Y, en ese momento preciso, los equipajes de ambas mujeres se despegaron, sin que hubiera que hacer más esfuerzo… ya estaba todo hecho, al fin y al cabo. Sin embargo, curiosamente, ese momento de asombro, les hizo perder más tiempo que todo el frenesí anterior intentando desunir los equipajes… ironías de la vida.

-¡Ah!, ¿cómo estás? -reaccionó al fin Ágata.

-Bien, bien, ¿y tú?.

Respondió intentando sonreír; en realidad, la pregunta era una mera cortesía, para Paz era demasiado evidente como estaba Ágata; de hecho, le asombraba no haberse fijado antes en ella, porque destacaba sobre el bus entero: todos con aquellos atuendos tan provincianos (e incluso algunos rurales), ella misma incluida (hasta el punto de que trató de ajustarse mejor el abrigo para que no se viese el jersey viejo que llevaba… pero pronto se dio cuenta de que era inútil, sus zapatos gastados no engañaban a nadie… y repasar el resto de su vestuario visible -e incluso el que no estaba a la vista- sólo le dio más dolores de cabeza); frente a aquella supermujer, recién salida de la selva urbana y vestida para matar, con aquel deslumbrante traje de raya diplomática, que se entallaba tan bien a su cuerpo que parecía hecho a medida “posiblemente lo sea, seguro que lo es”, pensó Paz.

Tenía razones para creer esto último, al fin y al cabo, puede que ambas mujeres no hubiesen tenido contacto alguno durante años, pero eso no significaba que Paz no supiese perfectamente lo que Ágata había estado haciendo, para bien o para mal… tampoco era algo que pudiese evitar, la mujer trajeada no era famosa (y por tanto, evitable con tal de esquivar publicaciones relacionadas con una determinada temática), pero, de vez en cuando, su nombre y su foto salían a relucir en algún medio, así como una punzante sorpresa de “yo a esa la conozco”.

Tras un breve cruce de frases, y con un sofisticado ademán para echarse algo hacia atrás el flequillo de su impecable peinado, Ágata propuso:

-¿Tomamos un café?.

De repente, Paz ya no tenía prisa, todo aquello que era tan urgente hacía tan sólo unos segundos, había perdido toda prioridad… y no era porque desease rendirse a una actividad placentera, relajada y vencer la cultura de las prisas; muy al contrario, como si se pudiese observar desde fuera a sí misma, veía con fascinación su carrera hacia el cataclismo del dolor (¿el castigo de los dioses?).

-Claro, tengo tiempo -respondió Paz- ¿qué tal en la cafetería de la estación? hacen un buen cappuccino -respondió intentando sonar a mujer de mundo.

A medida que veía avanzar a su antigua amiga hacia el local, Paz pudo observar que llevaba un precioso equipaje nuevo, de la considerada mejor y más elegante de las marcas… y se preguntó cómo podía ocultar su zarrapastrosa maleta, de distintivo desconocido, añeja y considerablemente deslucida….

“No le dará tiempo de verla mientras caminamos, no si la pongo hacia atrás, del otro lado y camino levemente un paso por detrás… según lleguemos a la cafetería la esconderé debajo de la mesa… ¿y para qué le habré dicho que allí hacen un buen cappuccino? como sólo sea un simple café con leche voy a quedar como una estúpida y va a ser peor el remedio que la enfermedad…”.

Como casi todos los sitios, que se conocen demasiado bien, por una característica determinada, y que han cambiado de manos con cierta frecuencia, la cafetería de la estación era conocida por toda la gente y llamada exactamente así “la cafetería de la estación”; de modo que Paz ni siquiera recordaba que, en realidad, su auténtico nombre era “La rústica”, y a punto estuvo de ponerse colorada al ver ese nombre que, especialmente al pasar ambas por debajo del cartel, parecía un insoportable titular sobre la foto de aquel humillante encuentro.

-Ponme un cappuccino -ordenó Ágata al camarero, con una firmeza y seguridad, no obstante exenta de arrogancia, típica de quién está acostumbrado a mandar- dicen que por aquí lo hacen bueno -añadió guiñándole un ojo a su antigua amiga.

Para Paz, tener a aquella sofisticada mujer directamente delante, y poder observarla con detenimiento, era incluso más insoportable: percibía como todas las imperfecciones parecían estar fuera de ella, es más, parecía que si estas se atrevían a acercarse mínimamente a esa mujer, resbalaban ante su esplendor; especialmente aquel estúpido bar provinciano, cuya música de fondo era el insoportable y vulgar sonido electrónico continuado de una máquina tragaperras, además de unos parroquianos ruidosos y… rústicos. La bella… y las bestias: ella con su refinado peinado a lo garçon; su maquillaje sutil pero elegante, tan bien aplicado que parecía fundirse con la mayor naturalidad en su piel; su traje a medida, su top de encaje, sus zapatos con tacón de aguja dorado… Ágata no encajaba en aquel ambiente; en cambio, Paz se veía a sí misma demasiado integrada en él: su pelo rizo, largo por puro descuido, que hacía demasiado tiempo que no pasaba por la peluquería, graso, porque el día anterior apenas había tenido tiempo a ducharse; su cara, que uno de los crueles reflejos, de los espejos del bar, le pareció que le devolvía la impresión de que había sido pintada con un kit de maquillaje para payasos; y ya mejor no mencionar la ropa… al principio tuvo, nuevamente, el desesperado pensamiento de taparlo todo con el abrigo, pero entonces recordó lo pasado que estaba este de moda, con aquel estampado a cuadros tan espantoso y ordinario, por lo que tal estrategia no serviría de nada… con todo, y a pesar de la incomodidad física, no fue capaz de quitárselo durante toda la reunión; al fin y al cabo, mientras no enseñase lo que llevaba debajo, nadie podría decir con seguridad lo que era, y si se veía, se sabría seguro… con todo lo que ello implicaba, y decía, sobre ella.

-Bueno… eso dicen, tampoco he venido tanto… -dijo Paz intentando retractarse ligeramente de sus palabras, pero acabó por pensar que la mejor táctica sería la distracción, así que decidió cambiar el tema- ¿sabes? te vi en el telediario, qué emocionante que tu proyecto para la reforma y ampliación de la Real Pinacoteca haya sido el elegido….

-Sí bueno, llevábamos bastante tiempo detrás de ello….

Al menos ella había tenido la posibilidad de estar detrás de ello. Por primera vez en su vida, Paz era consciente de lo que revientan las personas que no valoran ni son conscientes de su propia suerte, y que, erróneamente, creen que se lo deben todo a sus méritos personales o a su esfuerzo… la mala suerte existe.

Su autocompasión la llevó a recordar un pasado que daba a entender aquel presente: Ágata y Paz se conocían desde la más tierna infancia: eran vecinas de calle, siendo del mismo barrio, fueron a la misma guardería, parvulario, escuela y, finalmente, instituto; así que no es sorprendente que, debido a su similar edad y carácter, se hicieran amigas; pero, al contrario de lo que sucede habitualmente con la mayoría, sus cambios con la edad nunca afectaron a su amistad, que se prolongó en los años de una manera asombrosa, es más, daba la impresión de que cuanto más tiempo pasaba, más amigas eran, más inseparables se volvían y más tenían en común, hasta tal punto que empezaron a decir de ellas “las que van siempre juntas”, y de tanto repetirlo, la inocente frase acabó derivando en un mote “las juntas”… de hecho, hubo muchas personas que creyeron, al conocerlas, que eran hermanas; a lo que otros, mejor informados, solían contestar, bromeando, “tal vez, pero separadas al nacer”.

Y es que “las juntas” parecían haberse desarrollado paralelamente, nutriéndose y complementándose entre sí: eran estudiosas (de las primeras de la clase, generalmente Ágata destacaba más en letras y Paz en ciencias, y aunque hubo quien, estúpidamente, intentó motivar una competitividad entre ambas, lo cierto es que se ayudaban mutuamente, y jamás sintieron celos o envidia, sabían que el éxito de la otra no significaba su propio fracaso), con inquietudes culturales, alegres, hasta cierto punto populares… a tanto llegó su crecimiento común que hasta desarrollaron aspiraciones y ambiciones conjuntas, tenían el futuro de ambas planificado: primero, las dos estudiarían arquitectura en la mejor facultad del Reino; y aunque les supuso un largo debate, finalmente, consiguieron decidir en qué empresa harían las prácticas; poco después, una vez ya contratadas, harían algunos pequeños proyectos durante un breve tiempo hasta que les llegase la gran oportunidad, y… de ahí al cielo: los grandes encargos, los concursos internacionales, el prestigio, los premios, el saber que tu creación perdurará por siempre… etc. Y todo ello, siempre juntas, inseparables, la una complementándose a la otra, como siempre había sido… y como ya estaba siendo, de hecho, desde que habían decidido dirigir sus pasos a la carrera profesional de la arquitectura, habían empezado a interesarse por ese mundo, adquirir publicaciones relacionadas, entablado interminables debates relacionados con el tema, e incluso hecho amagos de proyectos, con planos que se rectificaban entre ellas, hasta llegar a un acuerdo (a menudo corrigiendo aquellos otros que habían sido presentados oficialmente pero que a ellas no les convencían)… sí, como todos los jóvenes, “las juntas” habían diseñado, con convencimiento toda su vida, bajo la bendita ignorancia de que esta tenía otros planes para ellas… y de que siempre gana la partida.

-¿Y tú qué?, ¿cómo está tu niño… -continuó Ágata mientras sacaba una pitillera que, por el aspecto, y por el sonido al posarse sobre la mesa, hicieron entender a Paz que se trataba de plata pura; aunque si eso fuera lo único, hasta los cigarros que se veían en aquella pitillera eran lo más: eran conocidos por ser los que fumaba la clase alta, los famosos; no se vendían en tabacaleras normales, y al parecer, eran tan caros y exclusivos porque estaban compuestos de una selección de las mejores plantas de tabaco de todo el mundo… ahora también, Paz tenía la desagradable oportunidad de descubrir algo más que había oído acerca de ellos: su grato aroma, que comenzaba a impregnar el aire; y hacía que la mujer de mediana edad se diese cuenta de que no se había puesto, ni siquiera, uno de sus perfumes baratos… aunque ya prefería no pensar en cuál de las dos cosas, si llevarlo o no, era peor.

-Bueno, ya no es un niño….-interrumpió Paz.

-… y León? -espetó Ágata, llegando al punto clave de la cuestión.

-Estamos todos bien, como siempre.

-Ahhh.

Tal vez si ella no hubiese tenido dos hijos, estaría tan delgada, estilizada como Ágata… y no con su cuerpo deformado, entrado en kilos, con carnes grasas mal distribuidas; no pudo evitar pensar Paz; porque, bien observado, ni queriendo podría meterse en el traje de la arquitecta. “Tal vez”, hasta ese cruel, aunque instantáneo, pensamiento tuvo la mujer, “si no hubiese tenido hijos, podría tener ese traje”… y todo lo que lo acompañaba y simbolizaba. En realidad, no había tanta diferencia de peso entre ambas féminas, pero Paz estaba interpretando esa desemejanza como el abismo que separaba sus dos vidas.

La conversación continuó con la misma tónica superficial, y en ella, como en todas las charlas de ese tipo, entre personas que hace mucho tiempo que no tienen trato, ambas mujeres trataron de desviar continuamente el tema a la otra; para Paz su interés era más justificable: con una mezcla de dolor, fascinación y profundos celos, preguntaba y escuchaba a Ágata hablar de lo que le había dicho el ministro, sobre su audiencia con el Rey, de los últimos y prestigiosos encargos, que le estaban lloviendo al estudio de arquitectura últimamente, o su supuesta y rumoreada nominación a un importante premio internacional… “sin embargo no es pedante, no ha cambiado nada, sigue siendo quién era” pensó Paz mientras asumía que la cotidianeidad y convivencia de la arquitecta con lo extraordinario era tal, que ya no reparaba en ello, y dado que esa era su vida normal, expresaba y contaba con la mayor naturalidad lo que le pasaba en su exquisito día a día, porque ¿qué culpa tenía ella de que para la mayoría del resto no fuese así?.

-… Por eso, venir aquí, precisamente ahora, creo que va a ser casi como unas vacaciones… -dijo Ágata.

-Ah, ¿pero no has venido a eso, a tomarte un descanso?- preguntó Paz.

-¡Qué más quisiera!; no, he venido a culminar una transacción comercial.

Qué bien hablaba, qué lenguaje más sofisticado… lo que hacía que Paz no dejara de preguntarse ¿cuándo se había transformado a sí misma en el más vulgar estereotipo del ama de casa?; ¡si ella no era así, no había sido así!… ella era, había sido… ¡como Ágata!… ¿pero qué tiempo queda para culturizarse, y con quién vas a exhibir o compartir eses deslumbrantes conocimientos, cuando tu día transcurre entre las tareas de la casa, primero el lenguaje infantil de hijos pequeños y después su indiferencia de adolescentes, además de un marido que vuelve desganado a casa?.

-De hecho, -continuó Ágata- creo que hasta aprovecharé para volver a cocinar, hace una eternidad que no tomo una buena comida casera, así que, por malo que sea lo que haga, seguro que me gusta igual… ¡o quizás me muera de hambre! -rió la arquitecta.

“Premio. Por fin algo que yo tengo y tú no (algo que yo sé hacer, algo con lo que lucirme)” fue el pensamiento que se le pasó a Paz por la mente como un rayo, y que, con la misma celeridad e impulsividad, la llevó a decir:

-Bueno, no puedo permitir que eso pase, ¿por qué no te vienes mañana a cenar a casa?.

Apenas lo había dicho, apenas se había arrepentido, ¿en qué estaba pensando?, ¿la supermujer en su casa?, ¿la que habían entrevistado en el telediario?, ¿la que viviría en un lujoso ático, de metros y metros cuadrados, transportada a su siempre desordenado y ruidoso cuchitril, al que llamaba hogar?; y su ingenuidad… ¿iba a cocinar para la mujer que conocía, y había reformado, los restaurantes de los chefs más de moda, y más vanguardistas del momento, de los cuales, sin duda alguna, sería amiga y principal comensal?. Horrorizada con estos pensamientos, deseo que Ágata hiciese lo típico de poner una excusa para decir “no”; y poco después, terminar ese suplicio de conversación, cada vez más surrealista y sin sentido. Pero ya se ha dicho que los dioses estaban juguetones aquel día:

-Claro, -respondió Ágata- pero no mañana, hasta que acabe todo este asunto voy a estar centrada en eso, los distintos trámites que hay que hacer… no soy una buena compañía cuando tengo algo rondándome la cabeza… mejor el día antes de irme, estaré más tranquila, despejada y apreciaré mejor la cena -dijo guiñando un ojo.

Horror, había aceptado; pensó Paz; ¿y qué quería decir con eso de “apreciaré mejor la cena”?, ¿qué se supone que espera?, ¿un menú degustación de siete platos de gastronomía macrobiótica como esos que cocinan sus amigos chefs que alaban los críticos de las guías elegantes? “¡yo no sé hacer eso!” se lamentó Paz para sí misma; mientras trazaba, para su amiga, una sonrisa tan grande como su angustia interna. Pero era tarde, como un tren que no puede evitar descarrilarse ante una vía en mal estado, la mujer de mediana edad vio, como si se estuviese observando a sí misma desde fuera, el como aceptó y acordó el cambio de día y hora “encantada” (según sus propias palabras), y contempló como la arquitecta sacaba su elegante móvil, de última generación como no, para anotar la cita. Poco más quedaba que decir salvo despedirse hasta el día fijado, y eso hicieron.

El final de la conversación, hubiera debido haber supuesto también el final del tormento para Paz, pero fue exactamente lo contrario; a medida que volvía a casa, más la repasaba y más se obsesionaba; cuando llegó, se encerró en el baño, y al verse en el espejo, se lavó aquel pintalabios que la hacía verse (o más bien que la hacía sentir) como una mujer barata… y se echó a llorar, incansablemente, un largo rato; no sabría decir la razón concreta de por qué estaba tan acongojada, pero sabía que la había… o más bien, que no era una sola específica y sí muchas abstractas… quizás porque, aún más doloroso que no cumplir sus sueños (herida que, a menudo, se cura con el tiempo mediante el analgésico del conformismo), era ver, directa y claramente, a una persona que llevaba exactamente la vida que hubiera querido tener; y peor aún, no a una persona cualquiera, desconocida, cuyas circunstancias no se saben y reinventan para justificarse; sino a una que, hace no mucho, no se diferenciaba demasiado de ella, de la que conocía demasiado bien todo su pasado… eso lo hacía todo más insoportable, porque los paralelismos entre ambas vidas, pasados y presentes, aún se volvían más crueles y grotescos.

Aquella noche, Paz anunció a su familia la visita de Ágata, y a medida que pasaban los días, su ansiedad, en vez de decrecer, aumentaba: de repente, ya nada le gustaba en su casa, incluso las cosas que más apreciaba (aunque sólo fuera por su valor práctico)… nada estaba a la altura. Al principio ideó, ingenuamente, cambiar un par de cosas e introducir otras nuevas que le dieran un mayor nivel a su hogar… pero rápidamente acabó por pensar que poner una cosa cara al lado de otras baratas, muy al contrario de centrar la atención en lo costoso, lo hacía en lo módico, haciendo que el conjunto desentonase de tal modo que el nivel de mal gusto se elevaba hasta la estratosfera. Mirase a dónde mirase, todo le parecía vulgar, desde los adornos a la pintura de la pared… finalmente, acabó por rendirse y entender que no podía cambiar toda su casa, o reconstruirla de cero… no antes del jueves, por lo menos; y sin embargo, su mente aprovechó para jugarle una mala pasada, mediante un cruel latigazo del pensamiento “Ágata sí podría”.

El asunto acabó afectando directamente a la familia, y su convivencia, en esos días previos a la cena; Paz se volvió una persona melancólica, irritable, susceptible, maniática, estricta, obsesiva… nada de lo que se hacía en su casa le parecía bien (todo lo cual, por otro lado, siempre se había hecho); nunca tanto y tan fuerte había discutido con sus hijos (todo lo hacían mal: no sabían comer o siquiera coger los cubiertos, llevaban ropa que parecía de personas fuera de la ley, hablaban mal… etc). Respecto a su marido, León, hombre sensible e intuitivo, entendió perfectamente lo que pasaba después de que su esposa se echase a llorar, histéricamente, porque no sabía si Ágata era vegana, y ya no sabía ni que debía de ir a comprar (y según Paz, con lo sofisticada que era aquella mujer, seguro que sí… peor aún, seguro que seguía alguna otra moda culinaria, aún más cosmopolita, que ella, en su catetismo, no sólo no conocía, sino que ni siquiera podía sospechar)… hizo falta que el matrimonio repasase el encuentro, con pelos y señales; y sólo después de que León hiciese una breve investigación en internet, con la que venía a demostrar, que difícilmente Ágata podía ser vegana teniendo en cuenta el tabaco que fumaba, Paz halló la tranquilidad… pero sólo durante unos pocos minutos, porque poco después ya comenzaba a hablar de las distinguidas, coquetas y discretas joyas, sin duda de la mejor calidad (y estaba segura, porque le había visto la marca al precioso reloj de pulsera que llevaba la arquitecta, firma que se caracterizaba por sus productos de lujo, así que no se podía dudar de que fuera de oro, y aquellas piedras, diamantes), que llevaba su antigua amiga, y comenzaba a lamentarse de que ella no tenía nada que ponerse, que sólo tenía bisutería grande, barata y de mal gusto; todo ello mientras examinaba con repugnancia las alhajas, que con tanto cariño (y esfuerzo económico) le habían sido regaladas en sus aniversarios, para después tirarlas con desprecio en su joyero y terminar cerrándolo violentamente.

La tensión fue aumentando a medida que llegaba el día, hasta tal punto que, llegados a esa altura, todos en la casa, a pesar de estar completamente enfrentados (Paz estaba en guerra y crítica continua contra todos, los hijos se defendían, León cada vez era más incapaz de controlar la situación o proteger a nadie, ni a sus vástagos, ni a su mujer de sí misma, o siquiera a su propia persona cuando le caía un buen rapapolvo por parte de su frustrada esposa…), o tal vez precisamente por ello, compartían un único deseo común: que llegara la cena y que se pasase cuanto antes, para así recuperar la normalidad. Al final, León entendió que lo mejor era, por cruel y despiadado que pudiera sonar, evitar a su mujer, y muy especialmente, cualquier tipo de confrontación, por mínima que fuera; y los hijos, asombrosamente con la misma intuición, acabaron por hacer lo mismo… al menos mientras a Paz le durase la “Ágatamanía”.

Jueves 4 de febrero: Ágata

Curiosamente, sobre lo que más pensó Ágata, en aquellos días que fue a pasar a la población que la vio nacer y crecer, no fue aquello que la había traído allí o cualquier otra cosa que hubiese podido esperar, sino el próximo encuentro en la casa de su antigua amiga… sí, bien es cierto que no fue una venta sencilla, en parte porque ella misma no lo puso fácil, entre el poco tiempo (también por una acuciante y agobiante falta de él) que le había dedicado al asunto estando en la gran ciudad, y el corto periodo en el que quería resolverlo una vez allí, apenas unos días… pero había compradores interesados y consiguió concentrarlos donde y cuando deseaba; fueron esas mismas habilidades negociadoras, demasiado acostumbrada como estaba a su uso continuo, las que le permitieron arrancar finalmente el precio que quería… pero no fue sencillo, fue un asunto bastante arduo en realidad, de presiones y contraofertas continuas… ¡pero pobres adquirentes!, en realidad habían perdido antes de empezar a jugar, pues apenas habían movido el primer peón, y ya Ágata preveía todos sus movimientos para conseguir ella el jaque mate… conocía excesivamente bien aquel juego, lo había aprendido de la más brutal manera: con los mejores en ello.

Sin embargo, para Ágata, aquello de obsesionarse con una cosa personal era algo nuevo… por supuesto, en sus primeros tiempos como profesional, los proyectos podían llegar a obnubilarla, pero había acabado viendo, dolorosamente, las consecuencias de ello directamente, y como destruía a las personas más validas, que, de tanto tensarse y pretender flexibilizarse… acababan por romperse. En la cima hace frío, y más vale que uno se adapte al hábitat rápidamente si pretende sobrevivir… de primeras, la mente debía volverse cual camaleón, y, como uno de esos polos que culminan doblemente el planeta tierra, tenía que volverse calmada, gélida… siempre fresca. Pensar demasiado, calienta la cabeza, y consume la energía que se necesita para sobrevivir en un desierto helado. Esas lecciones crueles, sabía Ágata, nunca se aprenden sin daño.

Por eso le sorprendió que el tema le rondase la cabeza más de lo que le gustaría; como persona acostumbrada a tener el control, y a raya todo (su mente incluida), desde hacía tanto tiempo, aquello que se le escapaba, se le rebelaba, que llegaba a constituir una preocupación (grave calificativo, y más cuando ella sabía estructurar muy bien su lista de lo que era urgente, importante, y sobre todo, lo que no) resultaba frustrante. Así que usó la técnica de psicoanalizarse para ver si, entendiendo la razón, los pensamientos recurrentes se marchaban: quizás, fuera que el asunto de la compraventa había sido tan ridículamente fácil y previsible que ni su estímulo de cazadora había excitado, así que apenas había ocupado su mente en algo tan mecánico y banal. Tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, no tenía que pasar horas y horas revisando planos, informes e interminables documentaciones… había liberado demasiado bien esos días, se había organizado en un modo excesivamente eficiente y satisfactorio. O podría ser que fuese el terrible vacío que exhalaba aquella casa, aquel viejo domicilio cuyo atronador silencio devoraba todas las habitaciones, aquella vivienda donde los sonidos de la soledad (el aislado zumbido de un aparato, el ruido de las propias pisadas… cuyo eco parecía amplificarse, como si tuviesen a su plena disposición, el sistema de sonido más sofisticado jamás inventado) habían sustituido, tristemente, otros de los que ya sólo quedaba el recuerdo.

La memoria es algo curioso y valioso, nos permite, no sólo algo tan práctico y necesario como aprender de la experiencia; sino también recuperar, devolver al presente, nuestros momentos más felices, y devolvernos, por unos instantes, ese mismo bienestar… pero ese alquiler del pasado no siempre es gratis: recordar, cuando se trata de algo, en modo alguno recuperable, es doloroso… y en aquella casa ya sólo quedaba una mujer sola con sus recuerdos… quizás, la pareja que le había comprado el piso de sus padres pronto lo cambiaría, pues la chica estaba embarazada, pero eso Ágata ya nunca lo vería; y además, tampoco tendría sentido que lo hiciera, la casa albergaría los recuerdos, las alegrías, de la nueva familia, no de la de ella. Su historia, y la de los suyos allí, había concluido; de iure, había quedado establecido cuando terminó de estampar su firme y segura rubrica en el contrato… pero de facto, había sido mucho, tantísimo tiempo antes….

Así, para combatir las visiones de la niña que entraba saltando por la puerta, de vuelta del colegio, cruzaba aquel pasillo, dejaba la mochila en su preciosa habitación rosa y llena de muñecos (ahora, totalmente desangelada y mohína), se sentaba en la calurosa cocina, ante la cuidada mesa de una madre que había estado cocinando con tanto amor para su familia, como demostraba el aroma que acababa abrazándolos a todos durante la comida… pensó momentáneamente en encender la radio o la televisión y así tener un sonido de fondo al que no prestarle atención, pero desistió, porque eso era una técnica de solitarios, y los solitarios son unos fracasados; así que decidió abrir algunas ventanas del salón, que le trajeran el ruido externo, la calle, el tráfico… no aguantó mucho, hacía un fresco terrible, y mientras las cerraba, pudo evocar algunos de los cálidos abrazos que le dio su padre allí mismo, por ejemplo, aquella vez después de haber visto sus notas… de eso también, ahora sólo quedaba el recuerdo… y mucho frío.

Es triste y desolador ver un sitio dónde ya sólo quedan remembranzas, es como ver una ruina, una ruina inútil absurda y no funcional… como arquitecta, Ágata sabía muy bien lo que eso significaba y las actuaciones que había que llevar a cabo. Y eso estaba haciendo. Pero no era fácil. Tampoco creía que pudiera hacer otra cosa: nada la ligaba ya a aquel lugar, era un pasado tan pasado, que parecía el de otra persona, la mujer que se apoyaba en la ventana del salón mirando su móvil, poco tenía que ver con la niña que entraba saltando por la puerta… y desde el punto de vista práctico (o el único para la arquitecta), no tenía ningún sentido seguir pagando impuestos y demás parafernalia por aquella propiedad, de hecho, era simplemente absurdo, insostenible a nivel racional. Y eso era lo único que importaba. Quizás, con ese mismo pensamiento, arrancó, uno a uno, los muñecos que aún quedaban en su habitación, y los puso a la venta en una app (¿para qué los quería? ella ya no los necesitaba, y tampoco tenía, ni había perspectivas de que fuera a tener, a nadie querido a quien dárselos)… estos, únicos hijos imaginarios que tendría Ágata, a pesar de haberla esperado tanto tiempo, no tuvieron siquiera el consuelo de abrazar por última vez a su mamá… el destino aún sí les reservaba el privilegio de entregar y recibir amor de otras, pero no más de la primera madre que habían tenido; en realidad, esta no se podía permitir el lujo de dárselo ni a ellos ni a nadie. Tampoco tenía tiempo, así que….

Quizás todo aquello ya viniera de más atrás, había apostado al peligroso juego de la nostalgia y esta iba ganando… su ayudante, en la gran ciudad, ya le había contratado el habitual servicio de alquiler de coche con chófer que le habría hecho la vida muy fácil y cómoda durante esos días… pero ella, a última hora, había cambiado de idea: “¡cancélalo, cancélalo!, cómprame un billete de bus” había dicho Ágata; su ayudante al oírla, no daba crédito, pensó que se trataba de una broma, y estuvo a punto de reírse… pero entonces recordó que nunca había visto bromear a su jefa, de hecho, ni tan siquiera sonreír (no a nadie que no se tuviese que ganar, al menos); y dado que su dura mirada vítrea ya estaba centrada analizando los nuevos documentos burocráticos con las condiciones y formalidades varias enviadas por el ministerio, para aquel triunfo conseguido de la Real Pinacoteca (un conjunto de requisitos, o más bien, dolores de cabeza, que venían a cambiar, y obligar a rehacer, o como decían ellos, a “readaptar”, todo su proyecto original, para así asesinar su esencia casi por completo); y había vuelto a ignorarle como si no estuviera allí, el ayudante no se atrevía a reivindicar su presencia nuevamente (aunque sólo fuera para decir que los gastos de esa cancelación eran muy considerables), a permitirse el volver existir sin previo requerimiento; y menos ante aquella mujer, cuyo estiloso traje blanco de pantalón de aquel día, sus discretas pero imponentes joyas de glacial plata, o la palidez de su piel y cabello (bregadas a base de pasar mucho tiempo en interiores, trabajando), la hacían parecer, más que nunca, un iceberg.

Por supuesto, Ágata era todo menos una mujer caprichosa, y como persona que se ha visto forzada a llevar una vida pragmática, por más que su ayudante no entendiera aquella decisión suya (ni lo haría jamás), todo aquello tenía sentido en su cabeza: aquel no era un viaje a un lugar, un traslado de un sitio a otro; sino un viaje al pasado… aún más: un viaje de despedida; ¿y qué mejor manera para hacer un viaje en el tiempo, que usando, exactamente el mismo transporte que la llevó por vez primera a la gran ciudad, aquel que tantas veces cogió para ir y volver de la universidad a su lugar de origen… el que, en su momento, tanto odiaba, despreciaba, la agotaba y le parecía que le suponía una gran pérdida de tiempo?… es curioso como es de romántica la memoria (quizás esa sea precisamente su característica principal: estar enamorada del pasado), porque ahora, lo que siempre había considerado una paliza de viaje, se le iba a quedar corto… o tal vez fuera porque sólo apreciamos las cosas (lo merezcan de verdad o no) una vez que sabemos, consciente y realmente, que nunca más las tendremos.

Pero como queda dicho, los dioses estaban juguetones, también con la ocupada, presurosa, calmada y fría Ágata; por lo que, socarrones ellos, habían tenido la gentileza de organizar y regalarle el pack de viaje al pasado experiencia completa platino todo incluido (paquete de lujo, no podía ser de otra forma), precisa e irónicamente, a una persona que ya no se acordaba de la última vez que se había tomado unas vacaciones… como tendría la oportunidad de descubrir.

Buena parte del día de la cena (y achacó el exceso de tiempo invertido en ello a que se había quedado sin casi nada que hacer allí), se lo pasó intentando elegir como vestirse, “no tengo nada que ponerme”, pensaba… si Ágata tuviese que preparar, en ese mismo momento y lugar, una reunión con el patronato de la Real Pinacoteca, seguro que hubiese encontrado el traje ideal; pero ahora, para esto, descubría que no tenía, no sabía que llevar.

No podía negar que había disfrutado con la evidente fascinación que le había causado a Paz (hasta le pareció ver un pequeño destello de envidia en sus ojos, tal vez), del mismo modo que, una parte de ella tampoco rechazaba la idea de que merecía esa compensación… pero aquel encuentro había sido una casualidad, una coincidencia no organizada: Ágata sólo pensaba viajar entre completos desconocidos, ignorándose mutuamente, ir a lo suyo, resolver sus asuntos, y vuelta a la vida normal tras la definitiva despedida del pasado… pero nada había salido como estaba previsto; y, pensaba Ágata, era demasiado presentarse en una cena informal, casera, familiar, lugareña… vestida como para una comida de negocios de la gran ciudad. De hecho, resultaría ridículo, pretencioso, estúpido, “¿quién se cree que es?” pensarían… lo que se agravaba más porque no tenía la excusa de ser confundida con una pobre urbanita, criada y amamantada por la gran capital, perdida y desorientada en la provincia de la que no conoce las costumbres; porque allí todos sabían, perfectísima y sobradamente, cuales eran sus orígenes: era uno de ellos… o lo fue. En cualquier caso, para esa noche debería volver a serlo.

Valoró hasta comprarse ropa nueva, pero lo descartó según pasó por delante del escaparate de una tienda, ¿qué sabía ella de lo que se llevaba ahora? si se atrevía a comprar algo, iba a parecer un payaso, y sería peor el remedio que la enfermedad… lo cierto es que hacía una eternidad que no se iba de compras, no podía, no tenía tiempo… como otras personas de su nivel, encargaba lo que necesitaba en establecimientos de confianza, dónde la conocían a ella, sus medidas, sus necesidades… y dado que lo clásico no pasa de moda, además de que siempre es apropiado, pues una cosa inútil menos de la que preocuparse y con la que perder el tiempo.

En realidad, aunque hubiese entrado en alguna de las tiendas para intentar lograr su propósito, ni siquiera sabría qué comprar, qué elegir… nunca se había dado a sí misma la oportunidad de desarrollar su propio gusto y estilo… en realidad, sólo sabía lo que no le gustaba: y eso era exactamente como vestía; la desagradaba profundamente, la hacía sentirse poco femenina, o peor, como una dominatrix… en realidad, sentía que llevase un uniforme, un uniforme que se encadenaba a su cuerpo y la asfixiaba, sometiéndola y reduciéndola, toda ella, a su profesión, como si eso, fuese lo único que ella pudiese ser o aportar. Pero en realidad era la pescadilla que se mordía la cola: Ágata no tenía tiempo para comprar, y no compraba porque no tenía tiempo, de modo que su armario se llenaba de más y más atuendos de presidiaria de su trabajo, todos los cuales le desagradaban profundamente, pero que para ella eran como para un fontanero podía ser un mono o para un obrero un casco (aunque su valor económico fuese inmensamente mayor)… en realidad, su miseria a ese nivel era tal, que ni siquiera disponía de una ropa casera o para estar cómoda… aunque ¿para qué, cuándo la iba a utilizar?.

Se sintió también perdida en los usos sociales, ¿tendría que llevar algo? si se hubiese tratado de una cena con unos potenciales clientes, sabría exactamente a qué restaurantes llevarlos… pero no era el caso “¿se sigue llevando vino?” se preguntó Ágata, y lo que era peor, ¿qué vino? no podía aparecer con uno de esos de lujo que reservaba para agasajar a potenciales clientes… imagínatelo, vestida de alta costura y con su botella exageradamente cara… sonaba a humillación intencionada, y Ágata no quería humillar a nadie en esa casa, ya no.

Al final, fue al supermercado (qué extraño volver a entrar en uno) cercano y eligió una botella que le pareció que subía de los precios más comunes, pero tampoco demasiado. A continuación, decidió reducir su vestuario a lo más austero: no podía evitar los pantalones de traje, pero sí la chaqueta, un jersey de cachemira, zapatos de tacón bajo… y sin joyas; “no, sería muy obvio, ya me ha visto”, pensó, así que se puso los pendientes más pequeños que tenía (con todo, unos diamantes de talla impecable y pureza inmejorable); “supongo que así va la gente a cenas informales”… la verdad es que no tenía ni idea, hasta las comidas más, supuestamente distendidas, en las que había estado, se debían, en realidad, a algún interés u objetivo que conseguir.

Al fin se acababan los dolores de cabeza, y allí estaba, delante de la puerta, con el vino, pulsando el timbre….

-¡Ágata! -dijo Paz mientras abría la puerta y hacía pasar a su amiga al interior del vestíbulo de su casa- ¡estás preciosa!, gracias por el vino, no hacía falta… -dijo mientras se lo pasaba a León, que ya había salido del salón, dónde sonaba la televisión, para ir a recibir a la invitada; mientras su esposa abrazaba a la recién llegada.

Un abrazo. Al principio, Ágata no supo cómo reaccionar, y le llevó unos segundos devolver el gesto y dejarse fundir por él… no recibía un abrazo en años, de hecho no recordaba ni cuando había sido la última vez (¿de adolescente, de pequeña… quizás alguno en la primera juventud?)… hoy día, ella lo único que hacía era estrechar manos… y ese gesto no tenía nada de afectuoso, de hecho, era todo lo contrario, era una demostración de poder: había que hacerlo de modo firme, fuerte, potente… dejar muy claro que se tenía el control… y más siendo mujer. El tacto social al que ella estaba acostumbrada, no tenía nada de la cordialidad y candor del abrazo de Paz, de hecho, Ágata había olvidado, por completo, que el contacto físico también puede expresar amor.

Pero ese inesperado viaje a emociones olvidadas, y su regodearse en él (parte del pack turístico de los dioses, sin duda), exigió pronto un peaje por parte de la arquitecta: apenas acababa el abrazo, abrió los ojos, y vio a León, sonriendo y dándose la vuelta para llevar el vino a la cocina.

“León”, pensó Ágata, su primer romance, el amor de su vida. Cuando se sentaron a la mesa, fue una tortura, durante toda la cena, tener a Paz en frente y a León a un lado, ¿cómo lo miraría con naturalidad?, ¿cómo podría saborear, con los ojos, al hombre en el que se había convertido frente al adolescente al que había conocido?.

Aquella amalgama de emociones, la llevó, una vez más, a rememorar un pasado que creía haber dejado atrás, pero que ahora, volvía a vivir en ella: se acordó de los grandes tiempos de “las juntas”… ah, ¡qué orgullosas se sentían de ese mote!, especialmente cuando decidieron ser arquitectas… “estaba predestinado” manifestaba la jovencita Ágata “¡nos pusieron apodo de elemento arquitectónico!”… hoy día, a nadie se le pasaría por la cabeza motejarla, para eso tienen que ver, sentir, algo por ti, lo que sea… y la profesional no era para los demás otra cosa que eso.

¡Pero qué combinadas estaban siempre “las juntas”!, ¡hasta cuando les gustó un chico, fue a la vez, y fue el mismo!, ¡cuántas conversaciones sobre lo guapo y genial que era León mantuvieron!… pero Ágata se adelantó, sentía que estaba en su derecho, al fin y al cabo, de las dos, la verdaderamente popular, guapa, simpática y querida era Paz; la futura gran arquitecta, una jovencita más bien seria y demasiado natural, se sentía sólo como la acoplada que venía con el pack; así que lo merecía, merecía tener al hombre, tener esa compensación… por lo que, directa y segura, como era ella (o estaba aprendiendo a ser), le pidió salir a León. Y este dijo que sí. Y se convirtieron en la pareja más popular e inverosímil del instituto.

Sorprendentemente, al menos al principio o en apariencia, y más teniendo en cuenta las circunstancias que se habían dado, una vez más, la amistad de “las juntas” consiguió superar, para sorpresa de propios y extraños, la prueba del noviazgo de una de ellas: nada cambió, únicamente el número de los componentes del grupo, la pareja se convirtió, con toda espontaneidad, en un trío que estaba junto a todas horas, y no había ni rastro de rencores, celos o problemas entre ellos; aquello que al resto parecía extraño y casi incestuoso, a ellos tres les resultaba de lo más natural.

León no quería ser arquitecto (ni tampoco alcanzaba las calificaciones para ello), claro, hubiese sido ya demasiada casualidad, pero apoyaba la aspiración de ambas jovencitas, las animaba a salir adelante y dejaba que compartieran todos sus proyectos con él, aunque no siempre los entendiese.

Y entonces llegó la noticia, el tsunami que lo hundiría todo, el maremágnum que barrería para siempre al trío y que se convertiría en la comidilla de todos quienes los habían conocido: Paz estaba embarazada. La pregunta lógica “¿de quién?” tenía una contestación demasiado obvia como para no encontrar una pronta respuesta, al fin y al cabo, ¿con qué chico estaba ella siempre?, ¿con quién se la veía continuamente?… y la respuesta, cruel e implacable, cayó pronto, como un rascacielos durante el más terrible de los terremotos, sobre una inicialmente incrédula Ágata. Pero era así. Ambos habían confesado: Paz y León iban a tener un hijo. Primero se lo contaron a sus padres, después se supo abiertamente, todo se enrareció en el lugar, y finalmente, de un día para otro, el trío dejó de llamarse, como si hubiese sido por una imposición suprema externa… posiblemente, no ayudó en absoluto, y fue un gran error por parte de Paz y León, nunca haber hablado directamente con Ágata, ser tan extremadamente cobardes como para fingir que no pasaba nada hasta que todo se desveló publicamente, cuando ya fue absolutamente inevitable… pero visto desde su punto de vista por un momento, sólo hacían algo tan comprensible y humano como intentar alargar, aprovechar un poco más, hasta el límite, la vida y la felicidad que sabían que iban a perder para siempre.

Se diría que Ágata entró en shock, aunque si fue tal cosa, está claro que no salió de él hasta el día de la cena, pues el último año del instituto, contrariamente a lo que hubiera sido imaginable y comprensible, es decir, que se abandonase totalmente a sus emociones y acabase presa de un abatimiento o ira fulminantes, se centró totalmente en sus estudios, de un modo furioso, insano, torturador, martirizador: nadie visibilizó una emoción en ella el resto del curso.

No le fue difícil llevar a cabo su propósito: a pesar de tener la compasión de la gente en general (¿y qué es la compasión, acaso se vive de ella?), lo cierto es que el tandem, Paz-León funcionaba mejor para la mayoría, y que fueran a tener un churumbel, tan jovencitos, les daba incluso un aire más simpático… y no les restaba la necesaria piedad por el futuro truncado que se les presentaba, lo que también ayudó mucho a apaciguar las malas lenguas… Ágata se quedó sola.

Así, mientras la futura arquitecta, cual si fuera su venganza, iba coleccionando calificación espectacular tras otra; Paz elegía ropa y cochecito de bebé… y entre ellos no se hablaban, los que siempre habían estado juntos, de repente, parecía como si no se hubiesen conocido nunca en la vida.

De ese modo, al final del curso, Ágata conseguía un título académico, y Paz, un hijo… sin embargo, aún antes de lo que pareció una huida (hacia delante, la universidad o donde fuera) la futura arquitecta aún tuvo tiempo de oír que su antigua amiga había dado a luz un niño… el chico que ahora tenía delante, sentado también a la mesa.

Cuando se lo presentaron, a él, a su hermana, ambos ya correctamente dispuestos para la cena en el salón, y este la saludó alzando la mano además de con una sonrisa (atractivo y encantador como su propio padre); no pudo evitar pensar que ese era el hijo que le habían robado, el hijo que tendría que haber tenido con León… no como lo hizo Paz, por supuesto, más adelante en el tiempo… pero aún así, se trataba del hijo que no tenía. Que nunca tendría. Aquellos eran los hijos, sintió, a los que jamás les daría los muñecos que había vendido. La familia que le habían robado.

“No he venido aquí por León” se dijo Ágata. Mentira. Mentira podrida. Se estaba engañando a sí misma, incluso mintiéndose a sí misma. La verdad es que esa era una de las mayores razones (sino la principal) por las que había aceptado la invitación, aunque no lo quisiese reconocer. Y no por la típica reacción psicológica, no saludable, por la que determinadas personas espían las redes sociales de otras, que difícilmente volverán a sus vidas; sino más bien, exactamente por lo contrario: necesitaba cerrar ese capítulo, destruir, derruir ese ideal… ¿y qué hay mejor para hacerlo que viendo el inclemente, inflexible y despiadado quehacer del tiempo?, ¿que podía ser mejor para acabar con el mito adolescente, que ver a al hombre gordo, calvo, torpe, dejado, avejentado y con pelos en todos los sitios menos atractivos posibles, en el que se ha convertido? pura terapéutica medicinal.

Pero los dioses no fueron compasivos ni complacientes con Ágata, sin duda León ya no era el jovencito que había sido, pero en su madurez conservaba un gran atractivo: tenía todo el pelo (y algunas canas oportunamente puestas, en la barba también, que, para la arquitecta duplicaban su encanto), y aunque no se podía decir que estuviese delgado (o no como lo había estado), la subida de peso le había favorecido y le daba un tono más fuertote y de mayor masculinidad… para enorme dolor y zozobra de la arquitecta, era el marido soñado, el esposo perfecto… tuvo que ejercer toda su entrenada capacidad de autocontrol para no imaginarse como hubiera sido la vida con él…. ¿pero dónde hubiera sido esa existencia, esa encantadora vida familiar con la que ahora se embelesaba?, ¿dónde hubieran criado a aquellos hijos?, ¿en su espantoso ático minimalista por el que apenas pasaba?, ¿ese que bien hubiera podido ser, y de hecho lo fue, parte de un reportaje de una revista de interiorismo?… muy estiloso, sí, a la moda del momento, también… pero absolutamente frío e impersonal. También era lógico, ella no había hecho, puesto o aportado nada allí: la decoración había sido realizada por un prestigioso y multipremiado diseñador de interiores que colaboraba a menudo con el estudio de arquitectura; uno de sus “amigos” (una manera, como cualquier otra, de llamar a lo que realmente es un contacto en una rueda de beneficios).

Sin embargo, a Ágata, una persona que había hecho su tesis universitaria sobre el flamante, abarrotado y abigarrado barroco napolitano; se puede entender que su propia casa, el lugar que supuestamente tendría que llamar hogar (o al menos al que iba a dormir), la repugnase. Pero era práctico. Y para el tiempo que pasaba allí, que no era casi ninguno (pues siempre estaba trabajando, y los escasos momentos en que se hallaba en su piso, también tenía que hacerlo, de modo que no se podía relajar lo suficiente como para apreciar su propio domicilio), pues un estilo así era útil y sencillo, no daba ningún esfuerzo… era pragmático.

Además, cuando tienes que utilizar tu casa también para negocios (y así dar una falsa sensación de intimidad), no puedes tenerla como quieres, sino como esperan que la tengas: los clientes te van a juzgar por lo que vean en ella, y más siendo arquitecta… de modo que, al final, su piso se había terminado convirtiendo en una extensión de su despacho en el estudio.

Sí, ¡qué gracia!, ¿te lo puedes imaginar?, ¿se iba a llevar a León de su precioso y confortable hogar, adornado sin el gusto de la moda pero con satisfacción, a su decorado comercial?, ¿iba a arrancarle de lo agradable y cálido, para encerrarle en su iglú de acero, cristal y blanco por doquier? a quién quería engañar, ni ella quería estar allí. Pero formaba parte del juego, y había que jugarlo: tener la casa adecuada, en el barrio adecuado, en la ciudad adecuada… todo muy… adecuado… “excepto para mí”, pensó Ágata, perdiendo el control sobre un pensamiento rebelde por un momento.

-¿Te gusta? -preguntó Paz a la arquitecta con un disimulado tono de ansiedad- perdona, se me ha pasado un poco….

-Lo que importa es la intención, te has pasado la tarde cocinando, has sacado lo mejor de tu repertorio… -interrumpió León.

-Esto a nosotros sólo nos lo hace en fiestas -apuntó la hija, simpática.

-¿Pero qué tonterías decís? -reaccionó Paz un tanto nerviosa- si sólo he cocinado un par de cosas que tenía por ahí, como siempre….

-Sí, por ahí en el congelador, esperando a las próximas fiestas -rió jovial el hijo.

-Está delicioso -cortó Ágata- hacía mucho que no comía nada igual.

-¡Oh!, exagerada -respondió Paz sonrojándose- seguro que es la frase de cortesía que les dices a tus amigos chefs, ¿dónde tiene exactamente el restaurante este último, tan conocido, que sale en la tele, y al que le hiciste el último local… sí, ese todo acristalado, hasta el techo, y un poco metido en el mar, en esa playa tan bonita? a León y a mí nos gustaría ir algún día, si vamos de vacaciones por la zona….

En realidad, Ágata decía la verdad más absoluta, desde la cocina de su madre, prácticamente no había vuelto a tener un sustento casero, cuando era joven, como la mayoría, prefería la comida basura, y no apreciaba el encanto de una alimentación sana; y cuando creció… se dio cuenta de que ni siquiera sabía cocinar, no había tenido tiempo para aprender. Una cosa lleva a la otra, y un estilo de vida tiene determinadas exigencias, así que, si tenía tiempo para comer, iba a un restaurante, y si no, pues lo mismo que muchas cenas, encargaba algo para mantenerse en pie mientras continuaba trabajando, más y más horas en el despacho… aunque, en demasiadas ocasiones, no había mucha diferencia entre comer allí o en un local, no en vano, “comida de trabajo”, se llama así porque es precisamente eso: trabajo. ¡Ja!, si hasta sus populosas cenas y fiestas “íntimas”, en la “calidez” de su iglú, las servía el catering habitual del estudio… todo orgánico, eso sí… a lo mejor hasta resultaba que eso era comida casera y no la reconocía porque ya ni se acordaba de cómo era… ¿y quién lo sabía?, ¿acaso había visto cómo la habían realizado?, ella pagaba y ellos se lo traían todo hecho; porque la inmensa cocina de su apartamento estaba sin usar, inodora y aséptica; no como la de Paz, desde la que se filtraban, inevitablemente hacia el salón, agradables aromas, promesas de agradable tiempo familiar que compartir….

-¿Os importa que fume? -exclamó Ágata interrumpiéndose a sí misma y a su propio hilo de pensamiento. Era una pregunta de protocolo, de cortesía (como todas las que ella ahora hacía), en realidad, no llegó a haber respuesta, apenas un gesto de aceptación antes de que ella sacara los cigarrillos que tanto necesitaba.

Tal vez aquella sana familia, ejemplo de la virtud consanguinea, no tuviera aquellos repugnantes vicios, y tal vez incluso les asquearan; pero toda la cena había sido para Ágata una demostración de que ella no era como ellos, de que su apacible vida llena de cariño le era inalcanzable (¡qué gracia que pudiese pensar, en su soberbia, que de algún modo ella pudiera humillarles a ellos cuando toda la velada había sido una constante exhibición de aquello que ella no podía tener, de todo lo que había perdido!, “¿y si ha sido una trampa y he caído en ella?”, pensó por un segundo… no, reflexionó descartando rápidamente la idea, ellos no eran como sus “amigos”, sus compañeros de la gran capital…); así que necesitaba rebajar su ansiedad ante aquella visión de perfección hogareña, ante aquel triunfo doméstico que parecía sacado de uno de los empalagosos trabajos de los publicistas que conocía.

Fumaba mucho, muchísimo; le estaba trayendo incluso problemas de salud; pero cuando llegas a determinados niveles, tienes que encontrar maneras de mantener el control, rebajar la ansiedad… y desde luego, su vicio no era el peor ni el más peligroso: había visto directamente a colegas, e incluso jefes, inyectarse o esnifar cosas para poder mantenerse en pie, activos y entregar proyectos en plazo… tampoco le extrañaba, quién más, quién menos, tenía algún recurso; pues sinceramente, no veía mucha diferencia entre ellos y aquellos que tenían fuertes medicaciones recetadas (drogas también, al fin y al cabo) para poder, siquiera, tener un segundo de relax o dormir alguna vez.

No podía quejarse, o decir que no sabía nada: había aprendido el precio del éxito hacía mucho tiempo; durante un largo, tortuoso y complicado camino de años; entre otras ocasiones, una vez cuando aún era una joven, estaba empezando… y tomó sus propias y conscientes decisiones; en aquella época, un cliente se propasó con ella en medio de una reunión… cuando su jefa la encontró, asustada, llorando en el baño; tras contárselo, la superior le dijo “¿no irás a ponerte emocional ahora?, ¿no irás a echar por tierra el trabajo de todos?, ¿sabes lo que supondría perder este proyecto, para el estudio… y para ti?”. El mensaje estaba muy claro. Ella tenía que tomar una decisión. Y la tomó. Volvió a la sala de juntas, y sonrió como si no hubiera pasado nada. Años más tarde, fue su jefa la que se puso “emocional”: sufrió una crisis nerviosa repentina (ni siquiera hubo una razón concreta, simplemente el vaso se colmó, estalló sin más) y acabó siendo despedida por ello. Un tiempo después, Ágata ocupaba su puesto.

Quizás fue en esa época cuando decidió adoptar el peinado que aún llevaba: si no la percibían como una mujer, no sufriría las consecuencias de ello en todos los aspectos; y así, menos posibilidades de acoso, menosprecio, prejuicios… etc. No le gustaba, pero era práctico (maldita, repetitiva y lapidaria palabra). A veces, al mirarse al espejo, después de terminar el corte, se sentía como si fuese santa Juana de Arco, una vez más, preparada para continuar con su particular guerra de los cien años… o para ser martirizada en la hoguera; aunque, al contrario que la doncella de Orleans, a ella le costaba saber por qué luchaba, ya que su sueño, su ideal, lo que realmente quería hacer, había muerto hacía muchísimo tiempo. Tal vez lo hizo el día en que volvió sonriendo a aquella sala de juntas; o quizás cuando permitió que sus planos fuesen firmados por sus superiores mientras ella, a su vez, autografiaba mentalmente un invisible contrato de venta de su alma… o quizás fueron todo el conjunto de experiencias parecidas, vividas y sufridas durante años y años, en los que se demostraba que nada era, ni iba a ser, como lo había querido e imaginado.

¿Aunque no era eso acaso lo que le habían enseñado en la universidad? de hecho, era lo único que había podido aprender: inmoralidad y falta de ética. Nada había sido como esperaba, con aquellos profesores estirados, absolutamente incultos, alejados de la realidad, carentes de verdadera preparación; ellos y sus teorías pasadas, desfasadas. Además, por supuesto, tampoco había conseguido las prácticas dónde tanto había querido y aspirado, no tenía los contactos, así que su ilusionada carta de presentación sólo recibió una respuesta tipo; mucho se tuvo que arrastrar y humillar para conseguir unas malas prácticas, indecentes… sin futuro, una y otra vez. La vida, había terminado por descubrir, no se trataba de cumplir sueños… y quien pensaba eso, acababa mal.

-La niña -apuntó Paz mientras echaba hacia atrás su exuberante, rizada y libre melena morena, que rápidamente provocó la envidia de Ágata-, está pensando en estudiar arquitectura… ¡es como nosotras!, ¿te acuerdas?, me haría una ilusión que fuera a la universidad, como yo no pude ir….

La hija devolvió una mirada de extrañeza a la madre.

-Sólo dije que aquel edificio me gustaba, y que debe ser bonito hacer algo así… -dijo la chica, demasiado joven como para ser consciente de lo poco que importaba su opinión en aquel contexto, y de que, aunque se la mencionase, aquello no tenía nada que ver con ella.

-Hace muy bien -replicó Ágata- la universidad es muy importante.

-Bueno, yo no he ido y tampoco me ha ido tan mal -participó León, mientras Paz le enviaba a su marido una sonrisa que, disimuladamente, quería decir “cállate la boca cariño, no nos dejes en evidencia”.

-Pero es que tu siempre has sido muy mañoso, la universidad es para inútiles como yo, que lo único que sabemos hacer es pensar, y pensar, y pensar… -rió la arquitecta junto con el resto de la mesa.

Mañoso sí. Qué manos (y qué oportunidad, su intervención en la conversación, para volver a mirarle). Lo que daría por volver a tener sus manos sobre ella, pensó Ágata. Aunque llegados a este punto, las de cualquiera. Se había esforzado tanto por protegerse, se había escudado tantísimo, había construido a su alrededor tantas barreras… que ahora nadie se molestaba ni en intentarlo. Es curioso como el éxito atrae y a la vez espanta. Peor aún, ella misma no sabía como salir de su prisión, o si siquiera quedaba algo más que esa cáscara. No estaba segura de si sería muy injusto echarle la culpa de todo a León, por haberle causado un trauma tan profundo siendo tan joven… lo cierto es que hasta desarrolló una cierta androfobia en sus primeros años universitarios… y cuando la podía haber superado, bueno, pasaron otras cosas… ¿pero de qué se quejaba? si había conseguido exactamente lo que quería, de hecho, había tenido un éxito rotundo y absoluto: todo el mundo la veía, solamente, como a una arquitecta; y nada más…. Por otro lado, si daba igual, ¡qué tonterías!, ¿cuándo iba a tener tiempo para dedicárselo a una relación?, ¿acaso quería la distracción de los conflictivos divorcios de sus compañeros? tener vida personal es un lujo, y ella era demasiado rica como para poder comprarlo.

-¿Esa es la marca de cigarrillos que fuman los políticos? -preguntó León, deseando que su mujer se hubiera equivocado.

-Sí, está de moda en determinados círculos -aclaró Ágata- ¿queréis uno?.

El hijo, curioso, acercó la mano, pero su padre cortó el gesto rápidamente diciendo:

-¡Qué va, sentiría que me fumo un billete de los grandes!.

Las risas forzadas volvieron a llenar la habitación mientras Ágata pensaba en lo mucho que ganaba… y lo mucho que gastaba. No sólo por los demoledores impuestos de un estado que pretende sangrar por todo; nadie se imagina lo caro que es tener dinero… y moverse con gente que lo tiene; de repente, cosas absolutamente innecesarias y superficiales, se vuelven elementales: hay que dar una apariencia; si te mueves en determinados círculos, tienes que actuar como ellos, encajar socialmente; las habilidades a ese nivel, te llevan a unos contactos, y esos a otros mejores… y todo ello tiene un precio, hay que tener una imagen, y esta a veces lo es todo. Así, si el estudio de arquitectura en el que trabajaba no estuviera en un rascacielos de la mejor zona de negocios de la ciudad, sino en un coqueto loft de un pequeño y apartado barrio… no tendrían los clientes que tenían, ni conseguirían los logros que alcanzaban. Incluso aunque su trabajo fuera el mismo. Tan cierto como cruel.

Y como la fachada es lo que cuenta, había que, una vez más, renunciar a quién se era para mimetizarse con el entorno, ¿o acaso hubiese conseguido, por ejemplo, el contrato para musealizar el palacio de aquel Duque si no hubiese llevado encima, muy oportunamente, una de las pitilleras exclusivas de la joyería, de la cual su noble familia era cliente desde hacía generaciones?, ¿acaso había habido mejor introducción, precedente y preparación, para la conversación que realmente importaba, la de negocios, que el hecho de que Ágata tuviese tan buen gusto como para haber escogido y comprado, exactamente el mismo objeto precioso, que el aristócrata había elegido y regalado a la Duquesa por su aniversario?, ¿qué mejor prueba para valorar una buena futura sintonía, coincidencia de gustos y criterios?… y esto no dejaba de ser clave, pues esta era otra terrible lección que también había tenido que aprender Ágata: muchas veces no se decide por lo profesional, sino por lo personal; tener cosas en común, frecuentar los mismos sitios… crea conversación, vínculo… y es de una gran ingenuidad pensar que el talento sirve de algo sin los contactos adecuados; de hecho, no sirve de nada, ¡tantos han triunfado sin un ápice de él y otros se han muerto de hambre rebosando de ello!… el mejor proyecto del mundo, el más brillante, trabajado y elaborado, podía ser tumbado por un mero y burdo amiguismo. Aunque eso ya lo sabía de la universidad, al fin y al cabo, ¿de qué le servía tener razón si las calificaciones las ponían otros? quien tiene el poder, impone su razón, y al final, es la que vale.

A veces, dándose cuenta de todas estas cosas, la arquitecta se sentía como una prostituta de lujo… por eso, la cena estaba resultando de lo más indigesta: el espectáculo, en función continua, de toda esa paz, tranquilidad, naturalidad, afectos sinceros y mutuos… el hecho de que pareciese que aquella casa se hubiese quedado atrapada en un tiempo perdido, por el que Ágata sólo podía sentir nostalgia, comenzaba a resultar insultante, ultrajante… y le producía una envidia atroz… ¿o tal vez sólo tenía revuelto el estómago porque hacía una eternidad que no digería algo que saliese de una cocina normal? quizás todo era lo mismo.

Tal vez por eso, poco después de terminar el café, y a lo mejor también para evitar más incomodidades o situaciones forzadas, Ágata anunció que se tenía que ir, que aún no había preparado el equipaje y que mañana tenía que marcharse.

-¡Ah!, ¿pero te vas de verdad?, ¿cuando vuelves? -dijo Paz, mientras la arquitecta se encaminaba al vestíbulo, donde el ama de casa le acercó y ayudó a ponerse su suave abrigo.

-Pues no sabría decir… pero esto tenemos que repetirlo -respondió Ágata.

-¡Desde luego!, no podemos volver a perder el contacto, toma: este es mi teléfono -contestó mientras sacaba de una cómoda, un papel viejo que originalmente era una factura, lo rasgaba, y escribía a bolígrafo, con torpe letra, los números de su móvil.

-Gracias, este es el mío -respondió la arquitecta, mientras entregaba una elegante tarjeta, sacada de su exclusiva cartera, y cogía el papelucho que su antigua amiga le estaba dando.

-¡Adiós, ha sido un placer verte! -dijo León, mirándola desde la lejanía, concretamente desde el sofá, donde estaba sentado con sus hijos delante de la televisión, completando una perfecta estampa de preciosa armonía y felicidad familiar.

“No sabes cuánto”, pensó Ágata.

Según la puerta de la casa se cerró tras la arquitecta, un poderoso escalofrío se apoderó de ella, e hizo que su cuerpo temblara como no lo había hecho en años. El calor volvía a abandonar su vida, posiblemente para siempre.

No fue lo más sorprendente que pasó, de hecho, lo más asombroso fue que, a medida que comenzó a andar con prisa, el frío se volvió, repentinamente, más intenso en su cara, debido a la humedad de una gota que… no sabía como había llegado allí; ¿de verdad había salido de sus ojos?, pensaba que había olvidado lo que era llorar… otra de las múltiples cosas que no se podía permitir y para las que no tenía tiempo.

Así que miró por última vez el domicilio de Paz; a continuación, arrugó levemente el papel que el ama de casa le había dado, y lo tiró en una papelera; que pareciera que el destino hubiese colocado, ex profeso, justo en frente.

Después continuó hacia delante, desbocadamente hacia delante, como uno de esos caballos a los que ponen anteojeras… sin mirar atrás.

Domingo 7 de febrero: León

Mientras salía aquel día de casa (curiosamente, a la misma hora a la que, unos días antes, se iba también Ágata), León no pudo evitar acordarse de la mañana siguiente a la cena, cuando, al dar los mismos pasos para irse de la propiedad, su mirada se posó, mientras esperaba antes de cruzar la carretera, en un papel arrugado que rodaba por el suelo… y su instinto le obligó a cogerlo para confirmar la sospecha que tenía: era el trozo de hoja que su mujer había entregado a su antigua amiga.

“Mejor” pensó León.

El hombre acabó por percibir, con sorpresa, que la cena fue, curiosamente, para Paz como una vacuna, o como si hubiese necesitado alcanzar el paroxismo del enfebrecimiento para que se pudiera comprobar si la paciente iba a morir… o volver a la normalidad. Por fortuna fue lo segundo.

León aún no podía estar seguro de esto último apenas una noche después, pero tenía claro que si algo no iba a facilitar su convalecencia, sería ese descubrimiento, así que se aseguró de devolver el papel a dónde pertenecía, pero esta vez, en un lugar lo suficientemente alejado como para que nunca volviese a sus vidas.

No es que no le doliese, el día anterior había visto como su esposa guardaba la tarjeta que le habían dado como si fuese un material precioso… pero le tranquilizó mucho comprobar que lo hacía sólo para tener un buen contacto para sus hijos… especialmente para ella, la futura arquitecta, la que debía realizar y conseguir lo que no había logrado su madre… qué extraño fue para León sentir dolor y alivio a la vez, ¡su hija arquitecta!, ¡por favor, por más que presionase Paz, bastante suerte tendrían si conseguía sacar la educación obligatoria!… pero en alguien había que poner las esperanzas, el hijo hacía ya tiempo que había demostrado ser un bala perdida que había frecuentado las peores compañías posibles, con la consecuencia lógica de acabar teniendo problemas con la ley… ¡cuánto se había gritado, llorado y discutido por y con ellos en aquella casa!… en fin, al menos así, no habría que llamar a Ágata de nuevo, y volver a escenificar aquella falsa familia de serie televisiva.

A veces Paz, había echado la culpa de todos los problemas que habían tenido a que eran demasiado jóvenes para tener hijos, que no estaban preparados… pero nadie lo está nunca; además, los hijos se conciben, no se fabrican, son seres humanos, no robots, y por tanto, con capacidad de libre albedrío para tomar sus propias decisiones… ¿y qué se puede hacer con eso?.

Quizás, y en eso León no dejaba de sentir cierta culpabilidad (por si sus problemas de pareja habían repercutido a su descendencia), tampoco había ayudado que su matrimonio no hubiera sido ningún camino de rosas, y pleno de dificultades desde el principio. Efectivamente él aún era muy joven y no sabía quién era. Sin duda quiso a Paz y a Ágata a su manera, pero ninguna era el amor de su vida, con quien hubiera deseado estar… y de repente, se encontró comprometido, anclado y atrapado de por vida con algo que sólo debiera ser pasajero… con el tiempo y la convivencia, la frustración se volvió evidente; Paz acabó por sentirse cada vez más suspicaz, sospechosa de su marido, y finalmente, tras tener la oportunidad de investigar su móvil, descubrió los verdaderos sentimientos de León.

Hubo una separación. A punto estuvo de haber divorcio. Pero no compensaba; ¿qué iba a hacer Paz sola y con dos hijos?; y León, ¿cómo se iba a presentar ante la gente después de todo lo que había pasado? porque aquello no era la gran ciudad, no había posibilidad de esconderse… ¿y de dónde iba a salir el dinero para el divorcio y sus consecuencias? ya no eran niños (nunca más) tenían que ser responsables y hacerse cargo de sus actos. Fue así como Paz y León hicieron un pacto silencioso no hablado: aunque su matrimonio era una farsa (¿pero cuál no lo es?, ¿existe el matrimonio perfecto?) se respetarían mutuamente, seguirían adelante juntos… y se pusieron la excusa típica “por los niños”.

Visto con perspectiva, costaba saber si había servido de algo. O quizás, y recordando sus reflexiones anteriores sobre la crianza de los hijos, León entendió que no importaba, porque una vez que se conocieron y aceptaron mutuamente, surgió entre ellos aquello que verdaderamente mantiene unido un matrimonio al final: el cariño… aunque fuese a base de una forzosa convivencia.

Estas reflexiones de León, se interrumpieron cuando llegó a su destino: un lugar arbolado, oscuro, con un punto siniestro; por donde merodeaban otros hombres con miradas turbias; entonces, el marido de Paz se quedó observando fijamente a un joven que, por edad, podría ser compañero de estudios de su hijo (y quizás lo era o lo había sido), aunque a León le llamó la atención porque, con lo que las sombras permitían intuir o imaginar de él, le recordaba al compañero del equipo de fútbol al que más había querido cuando estaban en el instituto… entonces el joven se le acercó, se arrodilló, y le hizo una felación.

Espiar a nuestros hijos adolescentes

Toda la ficción propia (relatos cortos, novelas por entregas, microrelatos…) publicada en Universo de A está reunida aquí, en el Índice-Guía de Grandes Relatos.

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La temporada de exposiciones de primavera-verano de 2021 en Madrid

Agenda Exposiciones | Turismo Madrid

Este artículo es uno de los los llamados artículos recopilatorios, que se actualizan continuamente (hasta que termina la temporada que dice el título, momento en el que se publica uno nuevo en esta misma sección de Turismo), por lo que, para estar informado de todas las novedades, se recomienda volver a visitarlos a menudo. No obstante, los seguidores del blog (correo electrónico, redes sociales… etc) reciben actualizaciones de todo lo que se hace en Universo de A.

Aclarar que, en este artículo en concreto, las últimas actualizaciones siempre son las más pegadas a estas líneas, es decir, las que están más arriba del artículo; y por tanto, las que están más abajo, son las que he comentado hace más tiempo.

Para una información más extensa o sobre otras cuestiones culturales (Turismo, críticas de Películas o Teatro… etc), visitar las secciones correspondientes que aparecen permanentemente en un listado a la derecha.

Si hay algo que aún no he publicado, y sin embargo te interesa, pregunta a través de un comentario, puede que te ayude, ya que a lo mejor lo he visto, pero no he tenido tiempo de escribirlo.

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Antes de nada, decir que, dadas las especialísimas circunstancias que estamos viviendo, continuamente se están prorrogando o ampliando las fechas en las que se pueden ver determinadas exposiciones, con lo que recomiendo enormemente consultarlas; por ello, también mi anterior artículo recopilatorio de este tipo puede ser aún muy útil, a pesar del cambio de estación, pues mucho de lo escrito allí se seguirá manteniendo un largo tiempo.

En fin, el buen tiempo anima a salir… y tal vez pueda ser a:

 

PERMANENTE

 

Mirador de la Cornisa del Palacio Real | Turismo Madrid

Mirador de la cornisa del Palacio Real

Después de muchísimos años (décadas diría, incluso) se reabre, al final de la explanada entre el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, el mirador de la cornisa del Palacio Real, que, como ya se intuía por la salida de lo que es actualmente la Armería Real, tiene unas vistas espectaculares sobre el oeste de la capital, particularmente el Campo del Moro, la Casa de campo… o el famoso cielo de la Corte, y ya se sabe que “de Madrid al cielo”…. Sin duda vale la pena acercarse para deleitarse y relajarse en el acto de la contemplación.

Aunque no es la única razón, se han repuesto unas rejas históricas de los tiempos de la Regencia de María Cristina de Habsburgo (que son las que cierran el lugar y establecen sus horarios), con lo que se crea un espacio con aún más encanto, e ideal para fotografías.

No se puede dejar de decir, que además, esta apertura es la antesala de la futura (a saber cuándo, pero eso ya es otro tema) inauguración del Museo de las Colecciones Reales, la cual, lleva años retrasándose… al fin y al cabo, esta cornisa mirador será su entrada… y francamente, más vale verla ahora, pues, muy posiblemente, en un futuro este lugar será usado para acondicionar la inmensa cola al nuevo museo, de modo que perderá todo encanto… ¡así que hay que aprovechar para ir ahora!.

 

Parque cuarto depósito

Nadie se imaginaría que, pegado a ese entramado tan desmesuradamente urbano (en el peor sentido de la palabra), que es la Plaza de Castilla, que recuerda a una autopista en medio de la ciudad; lugar dónde hay tanto movimiento, se juntan tantos intercambiadores y gente; hasta el punto de que parece un desierto de asfalto y contaminación; totalmente ajeno, de espaldas a la naturaleza… se esconde un oasis en la ciudad.

Y eso es el oculto a simple vista Parque cuarto depósito, que, hasta con su nulamente atractivo nombre (reflejo de su historia, por otra parte) parece querer seguir siendo un secreto.

No ayudan en nada sus entradas: feas por todos los accesos, se mire por donde se mire, parece que entras en un complejo industrial (al fin y al cabo, es lo que era), ahora reconvertido en cultural con las dos señeras salas de exposiciones de la Fundación Canal de Isabel II… pero nada más parece que se pueda esperar… se diría que se atisba algún arbusto, pero no tiene pinta de ser gran cosa, una simple, vaga concesión a la naturaleza en medio del omnipresente cemento (que, especialmente en verano, aún da más la impresión de convertirse en un desierto en el que todo es igual).

Así, con lo anterior que describo, viví engañado durante años: mil y una veces fui a ambas salas de exposiciones (suelen organizar cosas muy interesantes); y mil y una veces decidí no explorar aquel parque, a pesar de lo que me gustan los lugares de este género, bajo el pensamiento y la seguridad de que no valdría la pena.

Sin embargo, en esta ocasión, el destino quiso otra cosa, y esta vez, si fui bastante más allá de las puertas… y menuda sorpresa me encontré. No podía creerlo.

En una fascinante simbiosis, como utópica, de repente, en el mismo lugar convivía la naturaleza y las vistas al fondo de los rascacielos… además, misteriosamente, los ruidos de la ciudad parecían quedar amortiguados en el lugar… es decir, un oasis.

Entendámonos, no es un parque histórico; pero sí estuvo muy bien planificado (hoy está un tanto descuidado, se nota la importancia que tuvo el agua en su concepción, lo cual ha perdido mucho brillo), tiene mucho encanto descubrirlo y da más de una agradable sorpresa.

También hay que decir que, efectivamente, está muy ordenado, de modo que tiene un cierto toque artificial (no es naturaleza salvaje), pero con encanto.

En definitiva, de algún modo, este parque se convierte en una deliciosa utopía de cómo podría ser la convivencia entre hombre y naturaleza… en cualquier caso, yo tengo claro que, cuando vuelva por allí, sin duda reservaré un tiempo para dar una vuelta por él.

 

Nueva estación de Gran Vía (con la reproducción del templete de Antonio Palacios y el museo de su interior)

Próximamente.

 

TEMPORAL

 

Museo Sorolla

Sorolla. Tormento y devoción | Turismo Madrid

-SOROLLA, TORMENTO Y DEVOCIÓN: lo más frecuente en esta casa museo es que se tire del depósito, o, en cualquier caso, de colecciones propias que generalmente no están expuestas (aunque hay que reconocerles que lo realizan tan bien, que poco importa que lo hagan… aunque tal vez sea porque falta mucho Sorolla por ver); lo que hace que, hasta cierto punto, a esta institución se le haga difícil competir con los grandes (aunque no es la única razón: poco espacio para las exposiciones temporales; un único nicho de mercado -los interesados por el pintor-, ya que no exploran más allá de eso… etc)… aunque quizás tampoco haya querido… hasta ahora.

Posiblemente, estamos ante la exposición más ambiciosa organizada por este museo en años, lo que deja claro el hecho de que, muchas de las obras mostradas, no son propias, sino de colecciones privadas, lo que, inevitablemente, le da al evento un interés especial por convertirlo en una oportunidad única, al poder ver algo que normalmente no está disponible ni accesible al público en general.

Entendámonos bien, el espacio expositivo sigue siendo el mismo (y el montaje bastante similar, cuidado, estético, pero austero), por lo que difícilmente pueden entrar obras de gran formato… pero esta vez han conseguido alcanzar un punto medio: nada de muchos cuadros diminutos, sino menos, más grandes y más espectaculares.

Sea como sea, la exposición sería igualmente un imprescindible por el simple hecho de que aborda una etapa del pintor muy poco vista y tocada antes, y que apenas parece presente sólo en colecciones privadas… y es que el tema que se trata es el de Sorolla antes de ser Sorolla; y ese es el punto más apasionante que tiene: el artista que se busca a sí mismo, su estilo, cómo intenta salir adelante, sus fracasos (no todo iban a ser triunfos, y menos al principio de su carrera)… en definitiva, resulta apasionante, fascinante, observar su evolución, el cómo se convierte en el personaje de la historia del arte que conocemos (hasta el punto de que en muchos cuadros de esa etapa, cuesta reconocerlo, pero ahí está lo interesante).

Si a ello le sumamos una magnífica selección de obras para la muestra (bellas, cautivadoras, estéticas; desconocidas… tesoros artísticos a descubrir…), parece que, efectivamente, es una de las exposiciones más recomendables de Madrid… y por si aún quedara alguna duda, durante algunos meses, este museo, junto con otros estatales, será gratuito y los jueves abrirá más horas… en definitiva, ¿es que puede haber alguna razón para no ir?.

 

Fundación Canal de Isabel II

-FERNAND LÉGER. LA BÚSQUEDA DE UN NUEVO ORDEN: aunque la tenía como una de esas exposiciones que no me podía perder bajo ningún concepto, lo cierto es que fue una absoluta decepción: breve, poco representativa del artista… y en definitiva, sin apenas alicientes; simplemente, da poco de sí a todos los niveles; pues apenas se llega a intuir el estilo de Léger en las obras que se presentan o hay alguna de gran interés.

Teniendo en cuenta lo retirada que está esta sala del circuito cultural habitual, pues resulta difícil, por no decir imposible, recomendar el acudir a esta exposición, que sólo podría gustar a los interesadísimos; y aún así, lo dudo, pues la muestra no tiene ningún punto retrospectivo, ni aborda una etapa concreta, o una temática… simplemente junta unas cuantas obras, que más o menos coinciden por cronología o iconografía, y se quedan tan anchos; sin que la cosa llegue a cobrar sentido o lógica alguna en su conjunto o en sus partes… es decir, como si fuéramos a un extraño y colorido trastero de Léger… impresión a la que ayuda un montaje con más pretensiones que medios, y que termina por resaltar lo insuficiente, a todos los niveles, del total.

 

Caixaforum

Como en tantas ocasiones cuando vas a una institución en la que hay varias exposiciones, vas por una, y te quedas por la otra. El caso que presento aquí es especial e inesperadamente paradigmático.

-LA IMAGEN HUMANA, ARTE, IDENTIDADES Y SIMBOLISMO: iba con mucho interés e ilusión a ver esta, la temática sin duda resultaba apasionante se mirase por dónde se mirase… pero menuda decepción.

En realidad, el principal problema de la exposición es el famoso dicho de que “quien mucho abarca, poco aprieta”, y efectivamente es así: quieren hablar de tantas cosas, que al final no hablan de ninguna, se pierden, divagan… etc.

Y para colmo, tanto las cartelas, como los textos de sala, dan vergüenza ajena por su falta escandalosa de documentación, su ignorancia supina, su superficialidad, además de incluso obviedad e infantilismo (existen innumerables ejemplos de esto, pero, entre otros, afirmar que Maximiliano I porta una cadena de oro como símbolo de su poder -sí, como si fuera un rapero-, de lo que se extrae la incapacidad para reconocer el collar del Toisón de oro -una de las órdenes de caballería más importantes de la historia hasta la actualidad-… pues clama al cielo), lo que hace que, al final, sea necesario desconfiar de todo lo que está escrito; de modo que, si se aprende algo, es mediante la observación, reflexión y capacidad crítica del propio visitante, pero en ningún caso por nada que se nos enseñe allí.

En realidad, si uno lo piensa, tal vez el párrafo anterior explica toda la exposición en sí misma (incluyendo su laberíntico montaje): el porque es tan caótica, desordenada, sin demasiado sentido; porque todo se ve artificioso, forzado… y es por el simple hecho de que, quien o quienes se encargaron de realizarla, no tenían ni idea de lo que hacían a ningún nivel (de hecho, ni siquiera tenían tal cosa).

Supongo que se salvan de la quema muchas de las obras que se muestran por sus propios méritos y valor… pero lamento decir que, salvo notorias excepciones, yo no vi ninguna que mereciese la pena pagar el precio que piden por la entrada, o, siquiera, pasarse a verla aunque fuera gratis; con lo que, como digo, la selección de lo mostrado deja que desear, y el conjunto no funciona como tal.

En conclusión, simplemente, la exposición no merece la pena.

Homo ludens. Videojuegos para entender el presente | Exposiciones |  CaixaForum Madrid

-HOMO LUDENS, VIDEOJUEGOS PARA ENTENDER EL PRESENTE: y si el plan original era ver la anterior y disfrutarla como un enano; por esta, sólo tenía pensado pasar superficialmente, casi con desprecio y sin prestar mayor atención… ¡pero, ah, que gran error son los prejuicios y los pensamientos preconcebidos!, pues me esperaba una auténtica maravilla de gran interés.

Habiendo sabido de esta exposición (y más siendo en la primera planta, y por tanto una exposición menor y más reducida), lo esperable es la típica muestra que no es tal, y que en realidad sólo son unos cuántos dispositivos para poder jugar a los videojuegos, y en el que, los padres que no saben que hacer con sus hijos, pueden entretener a los niños en el interminable fin de semana… craso error.

Salvo alguna que otra obra de arte de carácter interactivo, lo cierto es que la exposición es toda una muy completa reflexión y acercarcamiento al mundo de los videojuegos; con un carácter tan serio y profundo, que, francamente, irónicamente, se echa de menos precisamente lo que no creías que fuera a faltar en una muestra de este tipo: jugar.

Pero lo dicho, la exposición no va de eso, sino de darnos una idea del fenómeno que supone este entretenimiento que, como se nos muestra y demuestra, puede ser mucho más que eso; pues repito, es el acercamiento a este mundo más formal y digno que he visto hasta el día de hoy, tratando la cuestión en todos sus posibles aspectos y de todas las maneras (ciertamente, no puede profundizar demasiado en ello -no hay espacio ni lugar para ello-, pero el acercamiento que se hace es más que suficiente).

Aunque la realidad es que la muestra va mucho más allá de eso, incluyendo en ella obras de arte (algunas verdaderamente inteligentes, que captan nuestra sociedad con esa habilidad que sólo tienen las obras maestras) que dan, como lo hace siempre este, una nueva perspectiva sobre el tema que se trata, y produciendo una interesante reflexión sobre ello.

El montaje, con su punto interactivo, es más que efectivo, convirtiéndose, quizás, en el juego en sí mismo cuyas fases deberemos pasar. En cualquier caso, demuestra inteligencia y buen saber hacer, sabiendo aportar a cada sala, un ambiente diverso y evocador.

En definitiva, no hay duda que, de ir al Caixaforum, esta, contra todo pronóstico, sería la exposición que hay que ver y no la anterior; Y es que, “Homo ludens” resulta absolutamente recomendable para todos aquellos que quieran ir más allá del simple juego dentro del mundo de los videojuegos, o para cualquiera minimamente interesado en el tema y desde luego para todos los amantes del arte contemporáneo en su versión más poco convencional.

 

Espacio Telefónica

Aunque te ponen un poco de traba obligándote a reservar la entrada (que sigue siendo gratuita), lo cierto es que tampoco son demasiado estrictos con el tema, así que merece la pena acercarse.

-COLOR. EL CONOCIMIENTO DE LO INVISIBLE: está claro que esta es una de las grandes apuestas de la fundación en este momento… sólo hay que ver que durará hasta el año que viene… eso o que, como en tantas otras instituciones culturales, sus cifras de asistentes han bajado drásticamente.

Sin duda alguna, la exposición trata un tema muy genérico del que, por tanto, es difícil salir con bien sin resultar insustancial… pero, milagrosamente, hay que reconocer que consiguen salir adelante, y con nota además.

Entendámonos bien, obviamente, la exposición no puede ser extremadamente profunda, pero sí lo es suficientemente como para satisfacernos… y repito, no es fácil porque se trata la temática, de la que parte, desde los puntos de vista más variados: desde los más científicos a los más artísticos, pasando por los sociológicos o tecnológicos… etc. En definitiva, todo un análisis de lo que es, pensamos que es, o nos produce el fenómeno del color.

Como de costumbre el montaje es espectacular, aunque se echa mucho de menos una sala amarilla (hay zonas enteras dedicadas a otros colores), pues se siente que le han robado ese derecho a uno de los colores primarios por excelencia, para entregárselo a otros totalmente secundarios, cosa que no tiene sentido alguno.

Por otro lado, se ha hecho una muy curiosa selección de piezas para la exposición, las cuales aportan además, mediante las cartelas, todo tipo de fascinantes curiosidades extra.

En definitiva, es innegable que, a todas luces, es una exposición muy interesante sobre algo que forma parte de nuestras vidas de una forma importantísima… así que sólo puedo recomendarla absolutamente.

-CANO LASSO. ARQUITECTURA TELEFÓNICA: exposición sobre un tipo de arquitecto y estilo (racionalismo) que no es santo de mi devoción en absoluto… pero que, con todo, nos encontré paralelismos en nuestra forma de ver y pensar la arquitectura.

Sin embargo, sin duda el mayor defecto de la muestra es tremenda superficialidad… hay quien me podría decir que, habiéndose organizado donde se ha organizado (el vestíbulo antes de la colección permanente), no se puede pedir más… pero lo cierto es que conocemos sobrados precedentes de exposiciones magníficas llevadas a cabo en este mismo lugar, que incluso superaban a aquellas a las que se les dedicaban todas las salas de otras plantas… o sea que no hay excusa.

En definitiva, al final todo se queda en una mirada trivial sobre Cano Lasso, terriblemente somera, en la que se intenta hablar de todo para, al final, no conseguir hablar de nada… sí, se nos dan algunos datos sueltos, algunos proyectos… pero apenas salimos de allí sabiendo poco mas que el nombre de este arquitecto; y eso, señores míos, en una exposición divulgativa, es algo imperdonable; lo siento pero es así.

-JOANIE LEMERCIER. PAISAJES DE LUZ: últimamente esta institución se está centrando en las instalaciones audiovisuales (no olvidemos la muy reciente exposición dedicada a Bill Viola), cosa que, la verdad, me parece bien, no es algo que se vea con demasiada frecuencia, y mantiene el gusto por la vanguardia y la extravagancia de esta institución.

Aunque se haya dicho, y así es, que la exposición son sólo unas pocas instalaciones audiovisuales, lo cierto es que no es una muestra que se acabe inmediatamente; en realidad, a algo como esto hay que ir con más paciencia y mente más abierta que a otra cosa más clásica, para poder apreciarlo en lo que vale. 

Si lo anterior se hace, la exposición esta bien y puede valer la pena; aunque, la verdad, podríamos dividirla en tres: la primera parte la compone una sola obra que fue realizada ex profeso para la institución que le dedica al artista esta retrospectiva… y se nota que es un encargo, un boceto hecho sin demasiadas ganas de molestarse (las referencias, en el texto de sala, a su interés por la geometría, el espacio y todo eso desde el principio de su carrera, a mí no me cuelan, me parecen vulgar palabrería); la segunda parte lo compone el verdadero núcleo de la muestra, lo verdaderamente interesante, una serie de instalaciones, en general bellas o, en cualquier caso, atrayentes; y la tercera parte, es vulgar e indisimulada propaganda ecologista, hecha sin inspiración alguna, tan vendida a la causa (por justa y buena que esta sea, que lo es, las imágenes mostradas verdaderamente son devastadoras e impactantes) que se olvida de toda creatividad… los vídeos no son más que insulsos documentales (y ni eso, en realidad, apenas meros registros audiovisuales), sin narrador, a los que se les pretende dar una profundidad (mediante los textos de sala) que no tienen.

Con todo, por el nucleo central comentado, la exposición a mí me parece plena y absolutamente recomendable, el caso típico en que se va, más por la experiencia sensorial, que por otra cosa, para que te sorprendan, para adentrarte en otra cosa.

 

Centro cultural coreano

Desde hace tiempo, Corea tiene sus ojos puestos en occidente: muchos países, de diversos continentes, han sufrido su “abordaje cultural” a lo largo y ancho del mundo; desde los esfuerzos por visibilizar su cine y cultura en general, en España e Italia, mediante todo tipo de llamativos eventos en las instituciones más prestigiosas a nivel nacional; hasta, incluso, llevar un musical al Broadway neoyorkino… todo lo cual se ha intensificado en los últimos tiempos… ¿cuál es su objetivo?, ¿a dónde quieren llegar?, ¿para qué este más que considerable esfuerzo que no se ciñe sólo a las capitales nacionales sino también de provincias? reconozco que es una campaña de imagen que, como mínimo, me intriga.

Sea como sea, y con motivo del décimo aniversario de su centro, se han unido a las celebraciones por excelencia del verano en Madrid (o lo único que se hace a nivel oficial), es decir, “Los veranos de la villa”… demostrando que, una vez más, siempre saben y quieren aliarse con lo mejor y lo más señero.

Por mi parte, hasta este momento, reconozco que desconocía este lugar por completo… pero, como bien ilustra este artículo, Madrid siempre te descubre cosas y te da sorpresas, sin duda, uno de los encantos de esta ciudad… aunque tal hallazgo vuelve a ponerme sobre las reflexiones antes mencionadas, pues, ciertamente, el centro no está precisamente en un lugar discreto y apartado, sino en el principio del Paseo de la Castellana, al lado de los Jardines del descubrimiento y el barrio de Salamanca… mmmm.

-INTERCAMBIO DE MIRADAS ARTÍSTICAS, ESPAÑA-COREA: pequeña exposición (una sola sala, la de la planta baja) que, aunque se ve en un momento, sin duda tiene atractivo.

La premisa de la que parte es interesante, aunque típica y habitual: el diálogo entre artistas de dos naciones en el centro que una de ellas tiene instalado en la de la otra… es decir, la exposición, básica, esperable, de inicio (sino hay otra antes de presentación de grandes artistas -clásicos o contemporáneos- o de grandes hitos culturales del país en cuestión); y aunque inevitablemente hubiera tenido su punto de encanto el establecer comparaciones o ver las interpretaciones de los artistas sobre ambas culturas; lo cierto es que finalmente la exposición va más allá, lo que la mejora y hace que merezca la pena.

Sin duda existe algo de ese diálogo que se ha comentado, pero el interés individual de varias obras por sí mismas, supera el atractivo del conjunto; y hace que merezca la pena.

Si a eso le sumamos, el hecho de que es un arte venido del otro lado del mundo, que, a pesar de su occidentalización (lo que evita también los falsos exotismos), conserva en cada zona unas perspectivas y maneras de vivir la vida propias y particulares… al final, a su manera, las obras se nos hacen accesibles y familiares, aunque con cierto punto extraño y foráneo… lo que indudablemente, multiplica su fascinación debido a su punto diferencial.

En definitiva, a pesar de ser reducida, no se puede negar que la muestra tiene su encanto y calidad.

 

Museo Reina Sofía

La atención al público no podría ser más vergonzosa, cada vez más, en los museos estatales; muy especialmente en este, y sobre todo en las taquillas, donde parece haber un concurso de a ver quién es más inepto y sabe hacer peor aquello para lo que fue contratado. De auténtica vergüenza ajena. Y lo peor, es que caracteriza demasiado bien a este país (de ahí que sean nuestra primera imagen ante los extranjeros) en donde se premia antes la incompetencia que el celo en el trabajo… así nos va. Menuda desgracia pública y notoria.

Hay alguna exposición que ya fue referenciada y sigue disponible, consultar este artículo anterior.

-TRILOGÍA MARROQUÍ: posiblemente nada una más a los pueblos, ni haya supuesto mejores ni más fructíferos intercambios (España con sus artes mozárabe y mudéjar es la prueba constatable e incuestionable de ello) que el arte y la belleza… ahora que nuestras relaciones con el país vecino no están en su mejor momento, tal vez sea el momento de recordar estas máximas y el como la cultura debe servir para unir y no para separar.

Aunque la exposición, muy desgraciadamente, tiene la característica demasiado típica de este museo de carecer del más mínimo sentido pedagógico (es tan absurda y ridículamente difícil, que ni siquiera se molestan en poner la primera sala, cronológicamente hablando, por el sitio por el que entras, aún tienes que recorrer varias… hasta ahí llega la soberbia de los comisarios y su más absoluto desdén por los visitantes); su montaje ser verdaderamente vulgar y aburrido, nada coherente o estructurado; además de poseer textos pretenciosos, difusos y nada didácticos….

En definitiva, sobre el papel, es un fracaso garantizado… pero, como en tantos otros casos, salvan el asunto las obras de la muestra que sí valen la pena y son interesantes. Si a eso le sumamos que son una representación de décadas de arte marroquí, pues el tema se vuelve aún más fascinante, pues se ve toda una cautivadora evolución, de unas obras, que están a caballo entre oriente y occidente, la tradición y la modernidad.

En definitiva, francamente, descubrir el arte o a un artista de cualquier otro país siempre es sugestivo, pero en este caso es una mirada tan completa, un resumen tan atractivo… que, realmente, es muy necesario recomendar esta exposición a todo amante del arte.  

Palacio de Velázquez

-VIVIAN SUTER: es la típica exposición en la que valoras más la vivencia y el cómo que el qué.

Resumámoslo en que son las típicas obras en las que la gente, al verlas, dice eso de “eso también lo hago yo”; y aunque no se puede negar que hay alguna que otra reseñable y cautivadora; lo cierto es que, al final, lo que más llama la atención son esas instalaciones en las que puedes interactuar con la obra circulando por entre los lienzos; y es que, aunque sólo sea por su punto diferencial, salido del común, resulta especialmente emocionante, excitante, crea una nueva experiencia y forma de relacionarse con la tan a menudo estática cultura… ahora bien, ¿eso es arte?, ¿unos lienzos acumulados y mal pintarrajeados (algunos de ellos, ni siquiera a propósito o por la artista, sino por los elementos naturales o meteorológicos como el propio texto de sala reconoce), tendidos cual colada son una creación artística? difícil decirlo. En cualquier caso, lo que es seguro es que estas instalaciones, creadas para este lugar ex profeso por la autora, son una interesante, llamativa y curiosa atracción turística; al menos si se pasa por el parque del Retiro.

Palacio de cristal

-PEP AGUT, MERIDIANO DE MADRID, SUEÑO Y MENTIRA: todo es tan repugnante a todos los niveles, que cuesta describirlo o siquiera recordarlo sin vomitar o montar en cólera ante tanto cinismo y analfabetismo. Baste decir, que es la propagandística exposición de un independentista catalán… y orgulloso de ello.

Al final, la muestra, paradójicamente, a poca cabeza que se tenga para verlo, no representa lo que el autor querría, sino más bien lo contrario (es lo que tiene el arte: de lo que uno hace… a lo que los otros perciben…), es decir, la incuestionable realidad desnuda y cruda: el típico separatista hace uso de su habitual hipocresía para pedir (o robar) el dinero español; no teniendo la más mínima coherencia, lógica o fidelidad con sus supuestos ideales (posiblemente, lo más nauseabundo de esta gente, y lo que la hace imposible de respetar -si no fuera así, aún se podría hacerlo, incluso estando en desacuerdo-, es precisamente eso: su perenne cinismo y oportunismo); mientras el único estado legítimo, verdadero, como demuestra incontestablemente la historia, es decir, el Reino de España, cede a la continua extorsión, chantaje, y sigue dando y dando a aquellos que se aprovechan de él y lo espolian… es decir, tiende la mano para recibir un escupitajo continuo; y encima, hasta pide perdón y sonríe.

En otro lugar, gente como estos independentistas (probados criminales, delincuentes o terroristas absolutamente demostrados, incluso a nivel oficial… y que no sólo no se avergüenzan, sino que incluso presumen de ello); serían objeto del más lógico y legítimo ostracismo (en el mejor de los casos), se les pondría en su sitio y se les quitarían todos los privilegios, hasta sacarles la tontería y recordarles cuál es su lugar, qué son y cuál es su función; pagarían por sus crímenes con creces, incluso más de lo debido, azotados por la aversión general. Pero no en España, dónde a menudo las peores cualidades son premiadas, a la vez que las mejores son envidiadas y sepultadas.

Y así, es como tenemos, en pleno centro de la capital del Reino, una exposición llena de odio a este; así, acogemos a un autor que llama al resto de la nación genocidas y perversos; que reinterpreta nuestra historia conjunta de una forma adulterada a conveniencia y perversa; que pide la destrucción absoluta, como bien muestran sus, llamémoslas “obras” (las cuales vuelven a demostrar lo poco de pacífico que tienen los separatistas catalanes, y lo único que saben hacer: devastación y violencia), que insulta a todos sus compatriotas en su cara de una forma tan grosera como pedante. Y España pone la otra mejilla (si es que le queda alguna de tantas veces que esos matones le han partido la cara), porque es un hecho tan incuestionable como lamentable, que esta muestra ha sido organizada y promovida por un museo nacional.

En definitiva, viendo y analizando todo lo anterior, uno no deja de preguntarse, que hubiera pasado si una exposición similar, pero a la inversa en lo que se refiere a la clave ideológica (y ni siquiera teniendo la necesidad de andar manipulando o tergiversando torticera e interesadamente la historia como ha hecho Agut, simplemente, mostrando hechos históricos incuestionables, al desnudo, a secas, sin interpretación alguna… es decir, lo que hay) hubiese sido organizada en pleno centro de Barcelona, por un gran museo de esa Comunidad autónoma… todos sabemos, que por mucho menos, ha ardido la ciudad condal y ha habido disturbios durante días; ¿así que, quienes son los monstruos? una vez más, se demuestra la diferencia entre separatistas y españoles… y es que los primeros, cuanto más se empeñan en su discurso, más enseñan quienes realmente son y lo peligrosa que es su ideología totalitaria o lo ajena que es a la realidad.

En definitiva, la instalación (unas malas y repetitivas reproducciones de las columnas del edificio, troceadas y vandalizadas… que demos gracias a que no son las auténticas, porque sabemos que esta chusma es capaz de todo… lo hacen en su propia región, que no harán en la que odian tan furibunda e irracionalmente como es la acogedora y tolerante Madrid -tal vez sea eso realmente lo que no soportan de la capital, siempre he dicho que lo que había detrás del separatismo, en realidad, era envidia y acomplejamiento-) es una tontería, aburrida e irrelevante, sin saber qué es (no es llamativa, es vulgar, no es original… y parece que estén en obras en el lugar, da la impresión de que en cualquier momento se van a pasar los peones a limpiar); y repulsiva cuando lees el texto que la explica, no tanto por las estupideces que dice, que obviamente son las esperables, sino por la inmensa y extraña mezcla de incultura y falsedad que destila, acompañada del tufo de la tirria más rabiosa; haciendo que veas que quien lo escribe es un sectario (en el sentido más amplio de la palabra, quien haya conocido independentistas sabe que son como discos rayados incapaces de razonar o exponer un solo argumento válido o con sentido), que todo aquello ante lo que te han puesto no es más que un vulgar e infecto panfleto… y tú no has venido a eso. Si para colmo defiende, directa o indirectamente, valores tan asquerosamente inmorales y amorales… es muy de entender que la visita a esta muestra produzca, como mínimo, nauseas en cualquier persona con un mínimo sentido de la decencia o de la nobleza moral.

Quizás habría que hacer interminables manifestaciones delante del Palacio de cristal o del Museo Reina Sofía (o ambos) exigiendo que el bandidaje de esos provincianos, de esos pueblerinos exaltados (puesto que el nombre de nacionalistas, siempre lo diré, se les queda muy grande) cese de inmediato, y que no puedan volver a estar en ningún sitio oficial sin, paso previo, reconocer públicamente su lealtad firme, indudable y acrisolada al país y a sus instituciones (comenzando por la Corona), lo que, que menos, sería lo lógico y natural (pero ya se sabe, “Spain is different”), ya no sólo por una cuestión de hacienda pública (el dinero de todos), sino por coherencia básica (algo que ellos, en su codicia y oportunismo infinitos, parecen desconocer por completo gracias a una hipocresía extrema)…  pero quizás, tales protestas públicas aún les darían una publicidad innecesaria, pues, al fin y al cabo, todos sabemos que esta exposición pasará sin pena ni gloria por este lugar (que no deja de ser un punto secundario, subsidiario del auténtico museo, al que se llega más de paso, por estar en el Retiro, que a propósito), y que a continuación habrá otra, de modo que la actual tardará menos en olvidarse que el tiempo que tardó en organizarse y llevarse a cabo. Con todo, ¿debería ignorarse este nuevo abuso, una vez más, sin consecuencias para esos sinvergüenzas?.

 

Fundación ICO

Me he enterado, por la propia página web que nunca había visitado, que al parecer disponen de toda una colección de arte que nunca muestran, optando por esas obsesivas exposiciones de fotografía sobre arquitectura… por favor, un poco más de variedad, sobre todo disponiendo de material para ello (de hecho, ahora entiendo porque en su momento expusieron la Suite Vollard… ¡si es suya!)… pero me da que no van a hacer caso alguno; está claro que tienen al típico director que sólo quiere satisfacer sus propios gustos y los de sus amiguetes (o rueda de beneficios) y que le da muy igual lo que piense el público, total, el va a cobrar igual aunque no vaya nadie a ver la exposición….

-EN ESPAÑA. FOTOGRAFÍA, ENCARGOS, TERRITORIOS, 1983-2009: la premisa de partida es indudablemente interesante, y es el cómo la fotografía de encargo ha ayudado a crear la imagen de determinados sitios o a modificarla… desgraciadamente, tal cosa se acaba diluyendo en poco tiempo.

En realidad, apenas hay premisa real de la que partir, salvo algunos eventos excepcionales y sin continuidad (con el muy notable caso diferencial de “Vigovisión”) para trazar una evolución… al final todo se queda en unas ideas más interesantes que los propios resultados; sí, sin duda hay algunas que otras fotografías muy buenas e interesantes, pero, son más la excepción que la regla en un album interminable del cual, la mayor parte sólo nos causa indiferencia y sopor (cuando no, la típica afirmación de “esto lo puede hacer cualquiera”)… eso sin contar las que están claramente ideologizadas, que, directamente, producen rechazo.

Un buen ejemplo son las series que intentan plasmar el cambio para el año 92 de Sevilla y Barcelona, que deberían plasmar algo tan apasionante como la transformación drástica de ambas ciudades y sus consecuencias… pero todo se queda en fotos de obras que podrían haber sido tomadas en cualquier parte.

En definitiva, salvo series fotográficas muy concretas (en las que la exposición ni quiere, ni puede pararse a profundizar), encontré el conjunto bastante aburrido.

 

La casa encendida

Pocas veces en mi vida he visto tanta y tan pedante superioridad moral como la que se ha reunido en este lugar, en este momento, en todas las salas de exposición. Y es irónico, porque, precisamente pertenece a un banco, lo cual multiplica infinitamente la ya habitual hipocresía y cinismo de este tipo de actitud. Y seguro que, encima, lo que se ve se ha hecho con dinero español (utilizado para denigrarnos), si es que, encima de cornudos, apaleados… ¿cuándo aprenderemos a defendernos y a pedir cuentas de estas afrentas?. En definitiva, repugnante, últimamente por ahí no se puede uno ni acercar.

-NOW YOU SEE ME MORIA: típico caso en el que se pretende vender lo malísimo que es occidente y como se muestra indiferente ante el sufrimiento de otros pueblos para mantener sus privilegios (en este caso, mostrando un campo de refugiados)… habría que dar una mirada menos parcial y maniqueísta, más real y objetiva, pero eso no conviene… como si aquí no hubiese desgracias también, pero eso no se refleja y las tragedias del aquí y ahora, se esconden descaradamente. Como si las cifras de suicidios no hubieran sido en ocasiones superior a la de accidentes por tráfico en este país. Pero eso no vende, no es teatral, no es espectacular, no es operístico; nadie se indigna ni escribe soflamas en sus redes sociales por ello.

Y de esa cuestión, nos pretende culpabilizar, con toda desfachatez, una institución sostenida por un banco, que cayó tras vergonzosos escándalos económicos, y que arrastró a mucha gente de este país a la situación anteriormente mencionada. Hay que tener poca vergüenza.

-AÚN APRENDO. JONATHAN BALDOCK: a pesar del título de la exposición, pues no se nota.

Con un olor insoportable (a planta podrida) que se cuela por parte del resto del edificio, los textos son pretenciosos y lo que se ve, lo típico que hace que la gente piense que el arte es una payasada y un refugio de vividores.

Y para colmo aleccionador; del tipo de ecologismo que nos pide que nos vayamos a vivir a los árboles, que volvamos a la prehistoria, argumentando que nuestra vida no es sostenible, pero lo hace, con toda desfachatez, destrozando la propia naturaleza, y con los medios más modernos… que lo que vemos en la sala no apareció tal cual en el medio natural, y alguien tuvo que destrozar sus elementos para jugar a decir que hacía arte. En definitiva, doblez en estado puro.

-UN ENCUENTRO VEGETAL: si el resto de “exposiciones” (por llamarlas de alguna manera), que en este momento tienen lugar en este sitio, resultan repulsivas, esta las supera a todas, pero con creces.

Resulta insultante a todos los niveles: con su mensaje malvado de odio, inculto, analfabeto; su tergiversación torticera y malintencionada de la realidad histórica (que desconoce por completo), además de su pretendida, repugnante, afectada y pretenciosa superioridad moral (si ya se sabe que la ignorancia es muy osada)… con todo, como ya he venido diciendo (es lo bueno de los fanatismos), acaba entrando en contradicciones insostenibles, y su manipulación acaba siendo tan ridícula como evidente… así, pretende dar una perspectiva actual sobre acontecimientos históricos con neologismos que apenas hoy están instaurados, para cuanto más entonces (lo que nos faltaba, pretender decir que España no era un país sostenible en el siglo XVI); intenta vender, entre tantas otras cosas, con maligna saña, que el cultivo de quinina que sirvió para curar a tantas personas, especialmente indígenas, destruyó parte del ecosistema… supongo que, según esta gentuza, era mejor que miles de seres muriesen para satisfacer su ansia de conservación del medio ambiente (¿aunque eso no sería también una forma de alterarlo?, ¿ves? otra contradicción); o que el desarrollo de las ciencias en los territorios de ultramar tuvo de negativo que acabó con las supersticiones nativas (y con todo lo que se muestra en la exposición, se vuelve a demostrar lo muchísimo que hizo la Corona de España por el desarrollo de sus tierras más allá de la península y que no tuvo nada que ver con aprovecharse de ellas, sino en mejorar las vidas de sus habitantes, otra magnífica paradoja y contradicción de la muestra, que vuelve a dejar mal a quienes la organizaron y participaron en ella)… y en definitiva, que todo lo que hizo occidente, y muy especialmente España, fue negativo, incluso las acciones más bondadosas y benignas. Es decir, tira de falsedad y leyenda negra por un tubo (la ignorancia supina es lo que tiene).

Y por supuesto, se habla mucho de ecología mientras se destruye el medio ambiente para montar esta porquería de exposición, y se pone a caer de un burro a este país mientras se usa los materiales (en préstamo) de sus instituciones (que demuestran el esfuerzo que pusieron en el desarrollo de todas sus tierras) para difamarlas. Decir que es asqueroso, repugnante, es quedarse corto.

En definitiva, sólo radicalismo, extremismo, intransigencia, xenofobia y racismo se puede encontrar en una exposición tan monstruosa, que, expresa todo su odio a través del nuevo medio de estos tiempos: el victimismo más cínico. Nunca seré capaz de entender como puede haber personas tan inmundas, llenas de ira, amargura, tan manipuladas, sectarizadas… y que encima pretendan que el resto acabemos igual de imbéciles. En definitiva, nauseabundo.

-INÉDITOS 2021: exposición comisariada por los típicos enchufados sin talento ni capacidades, pero muy redichos y muy cargantes.

Así, sus montajes son pura basura de cabo a rabo (en el caso de más de una obra, literalmente… como para no creérselo), y los artistas a los que invitaron a participar (obviamente sus coleguitas), unas personas sin capacidad alguna para la creación, para cuánto más para el arte.

Da tanta vergüenza ajena que resulta entre indignante y vomitivo.

 

Biblioteca Nacional

Tras una larga temporada de sectarismo, demagogia, politización vergonzosa y repugnante (por ejemplo: la exposición sobre el usurpador Manuel Azaña y el genocida e ilegítimo regimen de la segunda república o la de la literatura catalana -en vez de española de cataluña, como debería ser-); que, cual peste negra, ha recorrido últimamente las instituciones públicas culturales (especialmente las estatales); al fin podemos volver a nuestra Biblioteca Nacional (exacto, nuestra, de todos, y no sólo de los de una ideología o sesgo político) sin demasiado riesgo de adoctrinamiento… ¡aunque atentos!.

Una curiosidad, el museo (la colección permanente) está cerrada… se ve que han tenido la inteligente idea de aprovechar la pandemia para reformarlo… ¡a ver con qué nos encontramos a la vuelta! (llegados a este punto, yo ya me conformo con que no se convierta en un nuevo centro de aleccionamiento o propaganda; cuestión que ya se está volviendo difícil de evitar, la verdad… y que resulta de lo más desagradable e irritante).

-EMILIA PARDO BAZÁN: teniendo en cuenta que estamos celebrando el centenario de uno de mis personajes históricos favoritos (forma parte de mi galería de “Grandes personajes”), os podréis imaginar cuanto interés e ilusión tenía en ver esta exposición (la cual forma parte de una serie de actos conmemorativos… los cuales están demostrando que la ilustrísima Condesa aún tiene capacidad para seguir levantando polémica, cien años después -aunque ciertamente, quienes la buscan hoy en día son analfabetos funcionales fanatizados, que sólo son capaces de extrapolar y tergiversar a la gran autora, sin llegarle a la altura de los zapatos… es decir, que poseen la cualidad republicana en extremo, por excelencia: la envidia).

Ciertamente, la exposición ha sido comisariada por Isabel Burdiel, elección de apariencia lógica, sabiendo que la Fundación March le encargó escribir una biografía sobre la escritora recientemente… pero si uno conoce alguno de los textos de la comisaria de la exposición, sabrá que es bastante sectaria y muy poco equitativa (veáse la última versión de su biografía sobre Isabel II, en la que se habla de todo excepto de la Reina de los tristes destinos, que queda como una mera figurante, un nombre que aparece de vez en cuando -y sólo para mal- dentro del libro a ella dedicada; sin mencionar que la autora de tal escrito, se dedica a menospreciar o intentar desacreditar, a la desesperada y con insano resentimiento, a ensayistas de anteriores y muy prestigiosos trabajos biográficos con bastante más méritos -a todos los niveles, tanto literarios como documentales… etc- que el suyo)… afortunadamente, aunque con algún latiguillo que se le escapa inevitablemente (véase entre otros, el apartado dedicado a Meirás), Burdiel está bastante contenida en su partidismo, no haciendo que la exposición resulte insufrible o un mero panfleto.

No obstante, la carencia de talento de Burdiel para la labor que ha tenido que desempeñar es obvia: por más que los textos sean medianamente correctos, es absolutamente incapaz de crear una cronología didáctica, pedagógica (como en sus propios libros, donde todo está absurdamente mezclado y lioso, incapaz como es, de decidirse por hacer un orden temático o temporal, y respetar esto estrictamente)… y al final intenta abarcar tanto, que rompe el saco, quiere contar mucho y no cuenta nada en el fondo (repito, como en sus propios escritos, que también carecen de un buen orden o estructura adecuada; aunque ello también se debe a su falta de talento literario).

A nada de ello ayuda su carencia absoluta de sentido para la estética, la espectacularidad, lo vistoso, o siquiera, alguna originalidad en el montaje; que repite lo que ya hemos visto en esta misma institución, pero más feo (imagínate, todo negro, sin más, ¿qué sentido tiene?).

Respecto a lo que se expone, los que ya hayan realizado el correspondiente peregrinaje de culto a los lugares de la Pardo Bazán (sobre los que hablaba en este artículo), encontrarán demasiadas cosas que ya conocen (no en vano, un alto porcentaje de lo que se muestra está habitualmente expuesto en la casa museo de la escritora… aunque bien es cierto que en este lugar, al estar todo tan abigarrado, nos acabamos fijando más en el todo que en las partes, y es verdad que en la exposición de la BNE terminamos por prestar atención a aquello que, de otro modo, sólo formaba parte de un conjunto); aunque no se puede negar que hay algunas joyas excepcionales y cosas que normalmente no están tan accesibles al público.

Por otro lado, destacar la buena idea de la institución que acoge la exposición, de hacerla en bilingüe, no como es habitual, castellano-inglés, sino, en esta ocasión, castellano-gallego; porque no en vano, como ya he dicho anteriormente, si bien la señora Condesa de Pardo Bazán nunca escribió, lo que se dice exactamente, en gallego; sus textos están llenos del toque de esa lengua; además de que la Real Academia Galega le debe su existencia, y de hecho, aún siguen en el edificio que les legó su familia.

Otra cosa que se agradece de esta muestra, es que la hayan hecho en la sala grande, ciertamente Emilia Pardo Bazán se lo merecía… una curiosidad, apenas hace un año, en este mismo lugar, se le dedicaba otra a uno de los grandes amores de su vida: Benito Pérez Galdós… aunque aún más particular es el hecho de que, no hace demasiado tiempo, en la otra sala, su enemiga Concepción Arenal también tuvo su propia exposición.

En definitiva, se trata de una exposición compleja a la hora de decidirse a recomendarla; básicamente porque no se puede aconsejar a no iniciados (personas que no sepan nada de la escritora), básicamente porque les parecería todo demasiado difuso, y, o se perderían o, peor, no captaría en absoluto su interés; pero tampoco es muy sugerible a personas que sepan demasiado sobre el tema, porque no les aportará apenas ninguna novedad a lo que ya saben… supongo que, en realidad, es una muestra para aquellos que realmente ya están interesados, les gusta la ilustrísima señora Condesa de Pardo Bazán, y ya, por tanto, se satisfacen con ver y apreciar algunas cosas suyas o recordar lo que ya saben… en cierto modo, es la típica exposición en la que, las cosas que aprendes, no lo haces por lo que te dan hecho, preparado (los textos de sala, folletos… etc); sino por lo que te encuentras allí casualmente, no intencionadamente (una de las cosas que están expuestas, que cumple la función de ejemplificar algo según el comisario de turno, pero tú te das cuenta o te interesas por otra cuestión absolutamente distinta a la que te dicen -o incluso opuesta-); y descubres algo que no sabías; o ello te lleva a hacerlo, investigándolo por tu cuenta y por tu propia curiosidad y sentido crítico.

Luces del norte : El Blog de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

-LUCES DEL NORTE, MANUSCRITOS ILUMINADOS: resulta extraño que la BNE no hubiera hecho una exposición sobre algo tan comercial (¡hasta hoy día hay editoriales que viven de vender reproducciones de ese tipo de libros!) y tan del gusto del público como esto mucho antes… pero en fin, supongo que más vale tarde que nunca.

La verdad es que este es uno de esos casos de exposición que, si no es perfecta, desde luego lo roza, porque todo es excelente: los textos de sala (claros, organizados, didácticos, coherentes…); el montaje (precioso, estético, cuidado, evocador… si hubiera tenido algo de música en algún sitio, ya hubiera sido absolutamente sublime); y sobre todo, lo principal, aquello que se expone (que nos demuestra los magníficos y hermosísimos ejemplares que se custodian en nuestra Biblioteca Nacional).

En definitiva, simplemente no hay razones para no ir, porque la muestra es recomendable a todos los niveles, tanto para quienes busquen el aprendizaje y lo divulgativo, como para aquellos que prefieran el arte y la estética… verán plenamente satisfechas sus ansias… y a quienes vamos detrás de ambas cosas, bueno, ya entramos en éxtasis directamente. Concluyendo, es una exposición para todos, porque todo el mundo le encontrará, inevitablemente, algún atractivo.

-DANTE ALIGHIERI EN LA BNE: curiosamente, esta exposición no se ha hecho también en bilingüe español-italiano, y es una pena desperdiciar esa oportunidad, no sólo por los lazos histórico-culturales que nos unen con Italia (y eso que el comisario es de allí), sino porque esta muestra se encuadra dentro de las actividades del evento “Madrid città dantesca” (lo sé, curioso nombre, pero no es tan malo como se pudiera pensar) que conmemora el séptimo centenario de Dante… entre otras muchas actividades que se están desarrollando a lo largo del mundo, y por supuesto, en la península itálica.

La muestra, es de esos raros casos que tiene el honor de situarse dentro de lo que es la BNE y no en el museo (además, y como extra, se permite acceder a la gran escalinata, e incluso ver desde fuera la sala del Real Patronato), y aunque el espacio es reducido (una sala previa a la de lectura), el montaje es muy bello, con ese sentido de estética impecable, clásica e incluso de cierto horror vacui tan italiano (¡hasta el techo, cuál si fuera un fresco de un palacio, está decorado con una proyección de los círculos de la “Divina Comedia”!).

En lo que respecta a la exposición en sí, la verdad es que, a pesar de sus pequeñas dimensiones, consigue ser de lo más concentrada, aportar mucha información y múltiples datos de interés. Respecto a lo que se expone, es simplemente precioso y maravilloso, ya sólo por su belleza estética vale la pena ir a verlo.

Por lo demás, es una exposición ideal para hacer justo después de la anteriormente reseñada de los manuscritos iluminados, pues claramente la complementa.

 

Museo arqueológico nacional

Altamira y Sautuola, en el milenario viaje del arte rupestre que traza el  Museo Arqueológico Nacional | El Diario Montañes

-ARTE PREHISTÓRICO, DE LA ROCA AL MUSEO: quien conozca la historia de las cuevas de Altamira o la trágica vida de Marcelino Sanz de Sautuola… o haya visto el filme “Altamira” de hace unos pocos años; puede tomarse esta exposición como una secuela, como un, qué pasó después.

Y efectivamente es muy interesante, porque se hace todo un recorrido sobre como el arte prehistórico se llegó a considerar como tal; y hay una cierta, aunque sutil, defensa de una de las tesis que afirma que, en lo que respecta a las pinturas no todo era ceremonial mágico (o cualquier otra cuestión pragmática), sino que es innata en el hombre la necesidad del arte, incluso en sus más primitivos orígenes.

Sea como sea, resulta apasionante recorrer el, desde cómo se negó su autenticidad, a cómo se fue haciendo conocer al gran público su valor, hasta, finalmente, el día de hoy.

A todo ello ayuda un montaje que destaca especialmente por sus vídeos, en particular ese que da vida a las pinturas y que nos ayuda a evocar mejor que pudieron significar estas para sus autores.

Por lo demás, toda la información de sala está muy ordenada y bien medida.

En definitiva, una exposición, muy recomendable, especialmente para aquellos a los que les interese esta temática del arte prehistórico.

 

Casa de Lope de Vega

¡Nunca hay que perder una oportunidad para venir a este lugar encantador!, ya sea a una de las escasas (por desgracia) exposiciones que organizan; como a algunos de los actos (siempre sobrepasados de gente por la falta de espacio); y, desde luego, si simplemente se pasa por delante, para deleitarse en su tan cuco jardín (de acceso libre, uno de esos secretos de la Corte)… es simplemente, un sitio que vale la pena.

Además, por lo general, salvo actos concretos para los que resulta muy difícil conseguir entrada, para el resto, no suele estar muy masificada.

Libro: Unos clásicos de cine - 9788445139127 - · Marcial Pons Librero

-UNOS CLÁSICOS DE CINE, EL TEATRO DEL SIGLO DE ORO EN EL LIENZO DE PLATA: es raro que no se haya hecho antes esta exposición, que encuentro muy lógica; además de lo sumamente interesante que es el comparar el paso de un medio a otro, y más siendo artes hermanas, como es el caso del teatro y el cine.

Como de costumbre en este museo, consiguen hacer de la necesidad virtud (sólo disponen de una pequeña y estrecha sala para realizar las muestras) y a través de unos buenos textos, cosas interesantes a mostrar, y un montaje lo suficientemente espectacular; consiguen que realmente pienses que te ha merecido la pena ir (lo cual, a la hora de la verdad, y más tratándose de un sitio tan reducido, es lo más importante).

En definitiva, todo cinéfilo y amante del teatro, o simplemente interesado en la literatura del siglo de oro, debería ir a ver esta exposición.

Como detalle extra, comentar que, con acierto, conjuntamente a la exposición se organiza un ciclo de cine… para el que, por supuesto, es casi imposible hacerse con una entrada (ya era difícil conseguirla antes de la pandemia, y ahora con las medidas sanitarias… imagínate). No obstante, si no fuera por quién lo presenta y su obsesión con hacer propaganda de la ilegítima y genocida segunda república, estaría bien (¡cine mudo con piano en directo en el precioso jardín-huerto!)… pero qué queréis que os diga, si hubiera ganado Pablo Iglesias las elecciones, habría que torear como mejor se pudiese esas gilipolleces, pero no siendo así… pues me parece inadmisible la sesión de adoctrinamiento, que además no viene a cuento, pues tú sólo has ido a ver una película, no a que te aleccionen. Que ya está bien.

 

Museo Thyssen

En esta ocasión, encontré la atención al público nefasta, y, en general, bastante maleducada. No sé quién se supone que se dedica a contratar a esta gente, no ha de ser tan difícil encontrar gente apropiada.

Póster Calle de Nueva York con luna

-GEORGIA O’KEEFFE: la serie “Will&Grace” (la original, antes de la penosa, aburrida, propagandística y aleccionadora revisión de los últimos tiempos) con su ingenio habitual, definió a esta artista a su modo irónico, incisivo, y a la vez, extremadamente inteligente además de humorístico; a través del personaje de la deslenguada Karen, que en un capítulo decía: “vamos a ver uno de esos cuadros de Georgia O’Keeffe, ya sabes, esa artista que pinta flores como coños… ¿o coños como flores?”… quizás algunos tuvieran su primer contacto con el arte de esa pintora de tal manera, y puede que entonces no entendieran el chiste… pues tal vez sea el momento de que lo hagan, y, además, que también descubran que O’Keeffe es mucho más que ese tópico, puesto que una de las cosas maravillosas de una retrospectiva es, precisamente, que te permite conocer toda la evolución y etapas de un artista.

Sin duda alguna, el Thyssen, se ha trabajado esta muestra, y ha conseguido un gran éxito con ella, hasta el punto de que es una de las referencias de la temporada: es un imprescindible por su calidad, tanto la de la propia artista que es indispensable conocer si se quiere saber algo de arte contemporáneo; como por la selección de obras que se ha traído… aunque, como siempre, el montaje es el vulgar y poco original de siempre; en lo único en lo que han mejorado, y ello sólo se ha debido a que con la pandemia han tenido que eliminar todo el papel, es en el hecho de que ahora hay más textos de sala y cartelas.

En definitiva, magnífica selección de obras para crear una visión de conjunto; buenos textos de sala para complementarlos y entender lo que vemos… si a eso le unimos la importancia de la artista; lo dicho, está claro que estamos ante un esencial de la vida cultural de Madrid; del que hay que destacar también, la originalidad en la decisión de hacerlo y apuesta por ello (aunque, mucho me temo, y en eso prefiero ya ni pensar, que ello tiene más que ver con las ridículas políticas de género, que con el reconocimiento de la verdadera calidad de la pintora… afortunadamente en el caso de esta muestra, al menos no salimos perjudicados; aunque las mujeres se deberían sentir insultadas por este tipo de privilegios y visibilidad que parece concedérseles únicamente por política y no por méritos propios, lo que provoca algo muy malo, que es que se cuestione si realmente tienen tal cosa, o es todo mera moda de nuestros tiempos… es el gran problema de hoy día -no en el caso de esta exposición concreta, claro está-, que una mujer difícilmente sabrá si realmente vale, o si simplemente, la han impuesto como válida por algo tan fútil e irrelevante como es su género).

-MARINA NÚÑEZ, VANITAS: como dice en el texto de sala es una exposición realizada “desde la perspectiva de género” lo que yo ya he llegado a la conclusión de que significa y se traduce como “desde la perspectiva del analfabetismo funcional, la incultura, el fanatismo, el sectarismo, el maniqueísmo y la más profunda amargura además de acomplejamiento”.

Así, por supuesto, es una muestra feminazi, que ataca al hombre y victimiza a la mujer por el mero hecho de serlo, con un lenguaje agresivo y un contenido cargado de una profunda, repugnante, supina y soberbia ignorancia.

No negaré que tiene un cierto punto estético, pero es una belleza vacua, sin contenido… como la propia ideología feminazi (¡qué coincidencia!).

En definitiva, de ir a verla, lo mejor que se puede hacer es no leer nada y simplemente, ver lo que hay e intentar disfrutarlo.

-CLAUDIA COMTE, AFTER NATURE: otra de esas exposiciones en alianza con las otras instituciones Thyssen, y otra vez, cual maldición o una crónica anunciada, vuelve a ser un completo fiasco.

Una vez más, se trata de una muestra de propaganda ecológica (que no tendré nada en contra de estas cosas, pero lo que siempre digo, no soporto que pretendan hacerme comulgar con ruedas de molino), en esta ocasión, sobre los arrecifes de coral; a tanto llegan en considerar al público como idiota, que hasta hay un vídeo que, en un tono infantil, una voz locutada finge ser un coral y se pone a soltar su rollo… sobra decir que apenas lo vi, ni me paré.

El resto es una horterada monumental que ni arte se puede considerar. Resulta curioso, cómico incluso, pero nada más.

-EL CABALLERO DE CARPACCIO, RESTAURACIÓN: fastuoso montaje en plena colección permanente para resaltar los cuidados que se le han aplicado al cuadro y hacer casi un reestreno de este.

Indudablemente, y más porque viene con video, es interesante para todos aquellos interesados en el proceso de restauración (aunque ya advierto que la muestra no se mete en grandes complejidades técnicas), y porque siempre es emocionante ver una obra recién limpiada y con un aspecto impecable.

Con motivo del centenario del Barón Thyssen-Bornemisza

-LUCIAN FREUD, RETRATOS DEL BARÓN: unos pocos retratos de la colección que se han puesto juntos en el vestíbulo con un texto que nos hace una comparativa. Interesante, sobre todo en lo que respecta a la exploración psicológica que yace en una obra de estas características. Obviamente, no da mucho de sí, pero es inspirador y evocador.

-TESOROS DE LA COLECCIÓN DE LA FAMILIA THYSSEN-BORNEMISZA: curiosa idea que consiste en, con motivo del centenario, hacer una reconstrucción (o más bien una evocación) de cómo era el museo en su apertura, cuando no sólo incluía pinturas, sino tantas más cosas de la colección de la familia Thyssen… y ahora que las relaciones han mejorado, hay que aprovechar.

Independientemente de que el montaje sea un caos absoluto, pues los objetos están perdidos por toda la colección permanente (bueno, sobre todo en la segunda planta), y no se los puede distinguir del resto, excepto porque tienen cartelas de otro color, por lo que resulta sumamente difícil seguir la exposición y hay que ir a la caza de lo nuevo; pero como digo, a pesar de eso, lo cierto es que vale mucho la pena darse un paseo por el museo (que siempre es un placer, aunque sólo sea para ver las obras de siempre) y deleitarse con algunas piezas magníficas… aunque es una sensación agridulce, pues te hace entender también todo lo que hemos perdido, y lo que podría (y quizás debería) haber formado también parte del actual museo… una pena.

No obstante, lo dicho, a pesar de ser pocas piezas, encuentro sumamente recomendable lanzarse a su busca por la colección.

 

Galería Ansorena

De lo que había visto hasta ahora, aquí se suele exponer a artistas contemporáneos… pero parece plenamente legítimo que los reales proveedores de Su Majestad, desde hace siglos (una de las joyas de pasar de la Familia Real proviene de esta casa, y también la última diadema que se ha incorporado con doña Letizia), también se dediquen a algo más clásico.

Ansorena - Casa de Subastas de Joyas y Arte en Madrid

-DE LA EDAD MEDIA AL BARROCO: ESCULTURA ESPAÑOLA Y EUROPEA: hablemos claro, esta es una exposición de museo, pero de museo de nivel. Apenas cruzas la puerta y quedas deslumbrado con grandes nombres de la historia del arte, de modo que, la única pregunta que puedes hacerte es, ¿cómo es posible que todo esto esté en manos privadas? (tendemos, o al menos yo, a creer que lo más significativo está en los museos, y que para los coleccionistas particulares queda, un poco lo secundario, la morralla, por hablar mal y pronto… pero está claro que no).

Y si sólo fueran los nombres impresionantes… ¡no!, además hay calidad, mucha la verdad.

En definitiva, acudir a esta muestra supone un recorrido impresionante por este improvisado sucedáneo de museo que ha sido capaz de montar, muy competente e impresionantemente, la galería Ansorena; logrando algo que hace que pienses “tengo que estar pendiente de este sitio y volver”.

 

Feria salón de arte moderno

A pesar de su pésima gestión virtual y de redes sociales en general (no sé quien o quienes se dedican a ello, pero claramente son unos incompetentes); de su organización que deja que desear (el lugar no es el mejor para exponer, con sus estrecheces y su iluminación mejorable, y el que las obras estén apiñadas les quita nivel) o de la falta de tacto de los galeristas para tratar con el público… lo cierto es que las obras allí presentes merecen la pena.

Si hablando de la Galería Ansorena refería que me impresionaban las grandes obras de arte clásicas de calidad que están en manos privadas; también puedo decir lo mismo de las contemporáneas después de haber visitado esta impresionante feria (aunque hay una única y notoria excepción de una galería dedicada a la arqueología)

Y de hecho, en realidad, es más rentable que irse de galerías, porque te encuentras a muchas concentradas allí, con lo mejor de lo mejor que tienen, de modo que vas de obra sensacional en obra sensacional. Y para variar hay cartelas, lo cual es práctico, que duda cabe.

En definitiva, no puedo negar que, para todos a los que les guste el arte contemporáneo es muy aconsejable, aunque sea únicamente por, como ya digo, las obras que se pueden ver (pues ninguna otra virtud tiene la feria, la verdad sea dicha).

 

Exposiciones con motivo del Orgullo

Son tres, aunque de momento yo sólo he visto dos, y no estoy seguro de que vea la tercera.

Existen muchos tópicos acerca de esta celebración, llevada a cabo con motivo de la manifestación; entre ellos, que es una fiesta continua de gente que se desnuda. La verdad es que no es así. Incluso este año, siendo como es la celebración a medio gas (como ha titulado un periódico), se organizan actividades culturales como es habitual. Y uno no se arrepiente de ir a ellas (incluso este año, a pesar del asesinato de aquel chico y el cómo se ha querido rentabilizar políticamente el asunto de la manera más repugnante), pues difícilmente (o apenas) se les ve un toque sectario, adoctrinador o victimista… simplemente, hay la legítima reivindicación de querer ser uno mismo.

Casa de vacas

-TRÁNSITO 15-21: al parecer, Roberto González Fernández es uno de los artistas españoles pioneros en la visibilidad LGTB+… pero no por ello debemos esperar una obra panfletaria y vulgar; indudablemente tiene su punto reivindicativo, pero de forma sutil, como lo tiene siempre el auténtico arte, que deja que tú saques tus propias conclusiones sin dártelas ya hechas y manipuladas oportunamente; que te invita a la reflexión y no te obliga a pensar como el artista. De hecho, de lo mejor que se puede decir de esta exposición es que, si no tuviéramos textos de sala y cartelas, no resultaría nada obvia la temática LGTB+, e incluso a algún visitante hasta le podría pasar desapercibida; aunque que conste, ello está ahí.

El estilo del artista, es de ese tipo que ya cuesta encontrar en el arte contemporáneo, mezclando toques de hiperrealismo con surrealismo e incluso cierto aire de simbolismo.

Por otra parte, se muestran diversas series creadas en los últimos tiempos, con lo que la pandemia del Coronavirus tiene especial protagonismo.

En definitiva, aunque la exposición está indudablemente ligada a las celebraciones del Orgullo, bien podría haber sido realizada en cualquier otro momento y sería igualmente recomendable e interesante de ver, porque no se trata sólo de que forme parte de un evento cultural mucho más grande, tiene auténtica calidad por sí misma.  

Oficina de correos del Palacio de Cibeles

Personalmente, no sabía, bueno, en realidad, ni me imaginaba que existiese esta sala de exposiciones… toda una sorpresa, supongo que, cuando se pase por la zona, habrá que estar más pendiente de esta oficina de correos, por si hay algo más que ver en ella a parte de funcionarios.

-HUMOR QUEER: aunque breve, compacta, reducida; no deja de ser una exposición de cierto interés, particularmente si se compara, si se traza una evolución de las obras cronológicamente más antiguas con las más actuales; de modo que podemos ver el cómo se cambia del estilo de la contracultura (en épocas de mayor discriminación), a otro más clásico (cuando se consigue la tolerancia y aceptación); resulta, así, apasionante observar como las perspectivas artísticas se modifican a la vez que la situación social del colectivo.

No obstante, la muestra no deja de tener sus problemas, e importantes: uno de ellos, sin duda es la falta de filtro, en todos los aspectos, con las obras elegidas; así, se mezclan nombres conocidísimos con otros que parecen aficionados; tampoco los formatos son nada uniformes, y, en general, no se encuentran tampoco obras de gran formato… todo se acerca (o al menos lo que se ha expuesto), demasiado, más al arte menor que al mayor… en definitiva, de tanto abarcar, han roto el saco. Y otro de los inconvenientes de esta colección, es precisamente que, las creaciones de la etapa más contracultural son demasiado eróticas (algunas casi pornográficas) como para que sea algo que pueda ser visto por todo el gran público y estos puedan sentir aceptación por ello (hablando claro, yo por ejemplo, no llevaría niños); esto último además supone un problema, pues extiende peligrosamente el mito, el repugnante tópico, de la persona LGTB+ pervertida e insanamente obsesionada con el sexo, incapaz de normalizarse o integrarse en una sociedad que rechaza en pos de seguir un camino de depravación… sobra decir, que no todas las personas de sexualidad diversa son así (y menos a medida que han alcanzado más derechos y se les ha reconocido el derecho a ser ellos mismos y sus relaciones han sido aceptadas), por supuesto las puede haber, del mismo modo que también hay heterosexuales que son de tal manera; porque, lo dicho, de todo hay en la viña del Señor.

Quizás los aspectos anteriormente comentados son los que impiden que esta colección consiga su legítimo anhelo y aspiración de tener un museo propio; algo que sería plenamente lógico, sabiendo que hay instituciones de este tipo dedicadas a las cosas más variopintas imaginables; y que, uno que tratase la temática LGTB+, sin duda sería sumamente original (y no tengo la más mínima duda de que tendría público, se trata de un grupo social muy unido), además de que pondría a nuestra país en una nueva vanguardia cultural y social. Tampoco es que a la cuestión le falten méritos para ello, es indiscutible que el colectivo ha conseguido crear toda una cultura propia.

Por lo demás, es evidente que no se han manejado grandes recursos para hacer la exposición, así que el montaje no es nada del otro mundo. Hay textos de sala interesantes (y alguien hábilmente corrigió, en uno de ellos, un caso de lenguaje inculto -es decir, lo que los sectarios llaman el politizado lenguaje inclusivo-), aunque podría haber más información sobre cada una de las obras (tal vez con cartelas).

Otro problema que tiene la exposición es que, a pesar de estar tematizada, no consigue realmente su objetivo de traer obras verdaderamente humorísticas, graciosas, divertidas… no sé, digamos que, al verla, sentí que me habían prometido algo que no me habían dado. No digo que lo que vi no me lo compensara, que sí, bastante, pero no era lo que iba a ver.

En definitiva, aunque sólo sea para analizar la evolución del arte de temática LGTB+ a lo largo de las últimas décadas, y ponerla en paralelo al cambio social, encuentro esta exposición plenamente recomendable y fascinante.

 

Fundacion March

¡Esta institución privada vuelve a ofrecer cultura a todo trapo!, y como si hubieran querido recuperar el tiempo perdido, a pesar de que casi siempre daban por terminada su temporada al empezar el verano, en esta ocasión, han decidido seguir.

Ciertamente, han tardado mucho en retomar su programación por causa de la pandemia (bueno, al menos la que se hace en directo, puesto que virtualmente, con rapidez han cogido carrerilla reprogramando las cosas que no se hicieron cuando irrumpió el coronavirus)… pero ahora, lo dicho, ¡ni vacaciones se toman!.

-GOYA, LA TIRANA: con esta exposición, retoman esas pequeñas muestras de arte clásico que hacía tiempo que no llevaban a cabo… cierto que lo recomendable sería que hicieran algo más grande (y que se dejaran de tanta Bauhaus), pero es lo que hay.

Pero dejemos las cosas claras: en la exposición sólo hay un cuadro, que se complementa con unos pocos textos (más evocadores que informativos); un vídeo musical del cuarteto Quiroga con la pieza dedicada a la protagonista del cuadro (que es la otra gran joya que se exhibe); y otro pequeño documental reflexivo y emocional, acerca de cómo se llevaron a cabo los proyectos relacionados con esta muestra. Desde luego, una de estas cosas por sí sola, no vale demasiado la pena (a menos que se sea muy pero que muy fan de Goya), pero el conjunto va compensando… no obstante, no lo merece en absoluto pasarse a propósito, si se está de paso sí, pero si no….

Y si se va, puede resultar más que interesante, luego, pasarse por la Real academia de bellas artes de san Fernando para comparar ambas Tiranas (no olvidemos, además, que para la exposición de la March se reutilizó el fondo del cuadro de la academia para crear la estética del montaje).

 

Real academia de bellas artes de san Fernando

¡Decir que descubrí nuevas salas!… si normalmente siempre habíamos asociado a la Real academia de bellas artes con lo académico o academicista (valga la redundancia y el juego de palabras), parece que en su última planta están dispuestos a librarse de esa catalogación. 

Y ha sido con varios golpes: uno, el de la donación de la galerista Helga de Alvear; y dos, el de la incorporación de obras propias regaladas por académicos… en definitiva, que si antes veíamos como el recorrido de la visita se terminaba a principios del siglo XX (yo recuerdo, particularmente, cuadros de Julio Romero de Torres y Zuloaga), ahora se extiende hasta finalizar este, y entrar en el XXI (existe un cuadro de don Felipe VI ya como Rey)… ¿es ello tal vez un gesto, un golpe de efecto de la academia, para decir “no estamos muertos, aquí seguimos”?, ¿o tal vez un modo de dejar de acumular una cantidad de obra contemporánea que se estaba acumulando?… quién sabe.

-CRISTINA IGLESIAS, PREMIO NACIONAL DE ARTE GRÁFICO: llevada a cabo en la sala de la calcografía nacional, todo es una mera excusa para hacer una exposición, con una artista de renombre, aprovechando que ha sido premiada (con mayor o menor mérito, es otro tema).

Personalmente, desde que vi la exposición del Museo Reina Sofía sobre ella, estaba deseando profundizar… pero me da que, como dice el dicho, no hay más leña de la que arde.

La realidad es que, aunque esta artista ha creado cosas maravillosas (sus laberintos o evocaciones de la naturaleza son algo fabuloso), lo cierto es que no se ha movido de ahí, y no hace más que repetir una y otra vez las mismas temáticas, que por interesantes que sean, llega un momento en que, simplemente, esperas algo nuevo, algo de creatividad… o como dijo Picasso: “el estilo es una forma de autoplagio”; y ese es el problema, Iglesias claramente lleva autoplagiándose décadas sin hacer nada novedoso… ¿que le funciona? no hay duda… pero yo me pregunto si eso será satisfactorio para ella como artista.

En definitiva, la exposición supone una decepción: mismo concepto, distinto formato… pero a la hora de la verdad, nada que no hayamos visto antes, más repetición de lo anterior, como fabricado en serie y con piloto automático….

-XAVIER MISERACHS: pequeña exposición en la sala de fotografía, dentro de la colección permanente de la institución; no sé si todas sus muestras serán temporales o qué… pero, en cualquier caso, gracias a buscarla, encontré los fondos contemporáneos del museo.

Posee cierto interés, cierto encanto… pero desde luego no para ir a propósito y mucho menos para pagar la entrada de todo el museo si ya se ha visto.

 

Instituto italiano de cultura

Hacía mucho tiempo que no venía aquí, ¡años incluso!, no sé si es porque me queda a desmano o las exposiciones son siempre demasiado poca cosa y no me compensa, o qué, pero ganas no me han faltado, especialmente desde que volví de Italia… pero, por estas cosas de la vida, finalmente no lo he hecho hasta muy recientemente.

Mucho ha cambiado el lugar, se ha “españolizado” en los peores aspectos; así, ahora ya no tiene ese toque tan descuidado, dejado italiano gracias al que podías hacer prácticamente lo que te diera la gana… muy por el contrario, ahora es necesario pasar por todo un proceso de seguridad para entrar (¡qué tiempos aquellos en los que simplemente subías y bajabas la escalera, porque estabas de paso, y sabías que lo podías hacer sin mayor problema ni requisito!); muchas zonas se han cerrado y ya no son de acceso libre; además, para colmo tienes a un guardia persiguiéndote por todas las salas. A cambio, se ha producido una significativa restauración del palacio de Abrantes (muy especialmente del salón de actos); la cual ha terminado de arrebatarle al lugar, el delicioso toque decadentista que caracteriza a la bella Italia… hablando claro, entrando en el edificio, ya no se entra en el país vecino, sino que se sigue, claramente y a todas luces, en Madrid, con todas sus consecuencias (buenas y malas).

-EL DISEÑO, UN VIAJE ENTRE ITALIA Y ESPAÑA: FINALIZADA. Sinceramente, no la encontré interesante, y además la vi muy perdida en sus conceptos. Al menos había la voluntad de mejorar (también) el montaje, frente al simplismo que era la norma habitual de lo que había conocido previamente.

En cualquier caso, me pareció una oportunidad extremadamente desaprovechada, sobre todo a nivel conceptual, para desarrollar un tema muy interesante y que podría dar mucho de sí, ya no sólo en lo contemporáneo, sino incluso a nivel histórico… pero no se ha hecho de ese modo, una pena.

 

Museo del Prado

Me negué en rotundo a volver a este museo mientras permaneciera la exposición feminazi de “Invitadas”; porque ya está bien de ideologización, adoctrinamiento, sectarización y politización de los museos; las instituciones culturales no sirven (o no deben hacerlo) para vender cuestiones, banderas o modas políticas, y menos las públicas, que deben ser de todos. Yo digo “no”, bajo ningún concepto.

En cualquier caso, en este momento, el Prado se ha renovado mucho por dentro (en parte debido al coronavirus) con lo cual, hay que destacar que han surgido una serie de novedades con distinto carácter y vocación, ya sea:

Permanente: claramente, un modo de llamar la atención por parte de la nueva administración, porque aquí todo el mundo tiene que dejar su huella, tener su momento y nada de lo que hicieron los anteriores está nunca bien… afortunadamente, no se producen demasiados destrozos, y hasta hay alguna que otra buena idea….

-HISTORIA DEL MUSEO DEL PRADO Y SUS EDIFICIOS: próximamente.

-SALA DEL BOSCO (NUEVO MONTAJE MUSEOGRÁFICO): tras el desbordante éxito de la exposición temporal sobre él, poco han tardado los responsables del museo en decidir explotar el tema cual, si en vez de una institución pública, gestionasen un comercio privado… por supuesto, de devolver el jardín de las delicias a Patrimonio Nacional y a su emplazamiento original y legítimo, en el Palacio de San Lorenzo del Escorial, ni se habla….

En realidad, tampoco es que se hagan grandes cambios, excepto dedicarle al artista toda la sala sin distracciones, modernizar un poco la exposición, e incorporar un vídeo bastante tonto con detalles de las obras (que ya me dirás por qué lo vas a ver en pantalla pudiendo verlo en directo, pero…).

En definitiva, es la típica tontería hecha para llamar la atención y decir “eh, estamos haciendo algo” o “nosotros mejoramos (aunque sólo sean minucias sin importancia) lo que los anteriores no fueron capaces de cambiar”

Temporal: el formato de siempre, aunque alguna de las exposiciones claramente instrumentaliza y usa como excusa el coronavirus para hacer las reformas de la nueva administración… me remito a lo dicho párrafos arriba.

-REENCUENTRO: una mezcla entre chorrada y falacia monumental que se pretende vender como una exposición temporal siendo la exposición permanente del museo. Es sin duda, también otro caso desesperado de la nueva administración para llamar la atención: nueva directiva, nuevos sitios para los cuadros… como si eso arreglara o mejorara algo.

Intentaron venderlo cómo que evocaban como estaba el museo en el XIX, pero sus propias cartelas delatan que no es así y que la cosa no tiene nada que ver. En realidad, todo el asunto es tal despropósito de no creérselo, y sólo parece una excusa para cerrar más de la mitad del museo… eso sí, cafetería y tiendas siguen perfectamente abiertas y llegaron a ser de paso forzoso en el recorrido… ¡no vaya a ser que nos perdamos lo auténticamente importante! (lo sé, de vergüenza ajena).

Como curiosidad, decir que en el Real gabinete de descanso de Sus Majestades sigue expuesto el baño de Fernando VII… teniendo en cuenta (como se dice en este mismo artículo) que este museo ya tiene vicio y experiencia quedándose con las piezas de museos ajenos (aunque en este caso, sea cierto que, verdaderamente, a este váter le corresponde estar ahí porque era realmente su sitio original), ¡tiembla Museo del romanticismo!, ¡a saber si lo recuperarás!.

-EL GRECO EN ILLESCAS: una exposición prorrogada para bien, pues resulta de sumo interés, y más cuando las obras acogidas se han puesto en la sala habitual de otras que también fueron pensadas para otro retablo del mismo artista, e incluso ambas tienen algunas temáticas e iconografías similares, de modo que es una gozada contrastar.

De cualquier modo, aunque reducida, resultará una exposición maravillosa para todo aquel que disfrute con el arte del maestro griego.

-PASIONES MITOLÓGICAS: te atraen con lo de que las “poesías” que pintó Tiziano para Felipe II se exponen juntas de nuevo después de siglos; y aunque no decepciona, sabe a poco; no por la calidad de las obras, que desde luego es incuestionablemente espectacular, sino por su cantidad; al final es una exposición muy breve.

Pero sin duda, el aspecto que más falla es la información a todos los niveles: tiene un título tan sugerente, que da tanto de sí, podrían haber hecho un recorrido tan completo, interesante y fascinante… y se desaprovecha absolutamente la oportunidad (con decir que ni siquiera se comenta, en detalle, el propósito original de por qué se hicieron las pinturas de Tiziano, que no deja de tener también su punto morboso -el Playboy de la época de Felipe II para compensarle de su matrimonio con María Tudor-)… aunque tampoco estoy nada seguro de que tuvieran la capacidad para ello; así, una vez más, la incultura feminazi se cuela en los textos (podremos haber escapado de “Invitadas”, pero el tufo ha quedado), el caso más notorio, de reír por no llorar, es cuando se dice de Ganímedes (hombre), que fue “una figura más” de los amoríos olímpicos (cuando en realidad fue un pastor raptado, retenido en el Monte Olimpo, violado y esclavizado a modo de copero de los dioses eternamente); y en cambio, Calisto (mujer) es “violada” (cosa que, como tantas otras víctimas de género inventadas, a conveniencia ideológica, por las feminazis, jamás sucedió: Calisto formaba parte del cortejo de la diosa Artemisa, y es seducida por Zeus transformado en esta última… no existe ninguna fuente clásica que hable de violación -y no son estos textos que tuvieran miedo a la corrección política actual, y a decir las cosas tal cual son-… ni siquiera una no clásica seria); hablando claro, resulta muy divertido que se nos pretenda decir, con todo cinismo, que esta ideología radical quiere la igualdad cuando, claramente, establece dos varas de medir muy diferenciadas según el género. Por lo demás, como ya digo, encontré en general todos los textos muy incompletos, vagos, y que dejaban mucho que desear.

En definitiva, ¿merece la pena ver esta exposición? pues la verdad es que es el típico caso que solo vale lo que vale por las obras que se ven, por lo que no puedo decir que sea un imprescindible; sin duda los amantes de la pintura mitológica y clásica disfrutarán, y también los de la historia al ver un conjunto tan notorio reunido… pero de ahí a recomendar algo tan escaso, y con tan poco sentido de lo pedagógico, al público general… hay mucho trecho.

-EL LEGADO DE CARMEN SÁNCHEZ: unos pocos cuadros que, como ellos mismos reconocen, jamás se hubieran expuesto, sino que hubieran quedado ad eternam en los fondos, de no ser por el Berruguete que han adquirido (y que tampoco es nada del otro mundo, pero es el único que tienen).

Entre las obras expuestas, una que, otra vez, ha levantado polémica con otro museo (la pinacoteca clásica no gana para conflictos con sus colegas), concretamente de María Blanchard, que, por fechas, no falta quien discuta que le correspondería más al Museo Nacional Centro de arte Reina Sofía que al Prado.

Se ve también un descarado intento feminazi por manipular la realidad y dar mayor protagonismo a las figuras femeninas (a través de los textos de las cartelas)… pero una vez más, la verdad y los hechos hablan por sí mismos: si no fuese por un hombre (Berruguete) nada de lo que vemos hubiese sido expuesto.

También, visto que Carmen Sánchez donó ese dinero para ese propósito concreto de realizar adquisiciones que mejorasen el museo, y viendo en qué lo han gastado, uno no puede evitar preguntarse si le mereció la pena y qué hubiera dicho si pudiese verlo, saberlo, y opinar sobre ello… porque lo dicho, tampoco es que se vean unas adquisiciones grandísimas y maravillosísimas… por ello, aunque si se está por el museo, no estará de más pasarse, también es cierto que no es nada del otro mundo, y que, si no se pudiera ver por falta de tiempo, tampoco sería ninguna tragedia (hablando claro, no es otra sala Várez Fisa).

-MARINUS: es una exposición breve y que tampoco da mucho de sí porque continuamente se exhiben unos pocos cuadros con la misma temática, que son interesantes de comparar, pero como no hay mucho más que eso….

Con todo, si te interesa la pintura flamenca, o analizar como un mismo artista aborda un tema repetidamente, sin duda, te gustará.

 

Biblioteca histórica Marqués de Valdecilla

Piranesi siempre parece atraer público, de hecho, cada pocos años, resurge con alguna exposición, ya sea en esta misma institución, o en otra privada como el Caixaforum, e incluso en una de primer nivel como la Biblioteca Nacional… con tanta reaparición, a menudo remoloneo a la hora de ir (bajo el -falso- pensamiento de que ya lo he visto todo de él y no se me puede descubrir nada nuevo sino más de lo mismo), pero lo cierto es que, sabiendo lo que me gusta, siempre acabo cayendo.

-PIRANESI, DISEÑADOR Y ANTICUARIO: esta es, sin duda alguna, una exposición para quién conozca sobradamente a Piranesi (cosa que ya pudimos hacer en esta misma sala hace no demasiado tiempo) y quiera ver una faceta nueva, porque mucho me temo que, aquellos que sean introducidos en ella sin previo aviso, quedaran, no sólo sumamente decepcionados, sino desconcertados y no comprendiendo la razón de su fama.

El montaje es el habitual en esta institución, simple y austero; pero, también como de costumbre, la selección de obras a mostrar es muy acertada e ilustrativa; sin embargo, siguiendo del mismo modo la costumbre, el conjunto sabe a poco, y se queda en algo que, aunque pueda resultar completo, es muy reducido como para que compense desplazarse a propósito allí (y más teniendo en cuenta una temática tan extremadamente especializada). Lo que sí es excepcional es la superficialidad de los textos de sala, que incluso llegaban a decir obviedades.

En definitiva, esta es una exposición para los super entusiastas de Piranesi, o los que quieran conocer una nueva faceta suya porque las otras ya las tengan muy vistas, y quizás también para aquellos interesados en el diseño de interiores barroco; pero al resto de los visitantes, mucho me temo que les aportará muy poco, lo dicho, es una muestra que, aunque sea indirectamente, exige tener unos precedentes.

 

Fundación Mapfre

En este momento, la zona dónde se ubica esta fundación, parece haberse convertido en una trinchera de la guerra civil, puesto que ha logrado transformarse en el epicentro del sectarismo: con unos Jardines del descubrimiento (o Plaza de Colón) habitualmente tomados y reivindicados por la extrema derecha, que tiene la costumbre de celebrar sus mítines ahí (y creo que sus oficinas no están lejos); contra una extrema izquierda, que habiendo tomado las instituciones públicas, celebra en la Biblioteca Nacional una exposición sobre el usurpador de la jefatura de estado durante la dictatorial segunda república (razón por la cual yo no entraré en el lugar hasta que se quite algo tan repugnante e indigno) o sobre literatura catalana (en clave separatista, se deduce)… a todo lo cual, ahora se suma la propia Fundación Mapfre, que, no contenta con dedicar parte de su tienda a adoctrinar en clave feminazi; con la exposición de Yoneda, muestra una alineación muy clara hacia la extrema izquierda y la justificación o negación de sus barbaries durante la ilegítima segunda república. Aunque soy incapaz de entender porque la fundación hace esto, la realidad es que los fanáticos no van a instituciones culturales (por eso lo son), no son un público potencial o siquiera posible, y a los que vamos, todo este sectarismo nos repugna profundamente….   

En todo caso, desgraciadamente, en este momento no hay ninguna exposición interesante que ver aquí. Supongo que tanto y tan descarado partidismo lo estropea y enturbia todo, hasta la capacidad de organizar algo que merezca la pena.

-JAWLENSKY, EL PAISAJE DEL ROSTRO: a pesar de ser un descanso del fanatismo que lo circunda, lo cierto es que, realmente, en general, no te encuentras nada del otro mundo. Sí, unas obras pueden llamar más o menos la atención e incluso gustar; pero si valoras el conjunto, te das cuenta de que el pintor no hizo nada que no hubieran hecho otros antes o mejor, y que siempre estaba siguiendo alguna corriente colectiva de la vanguardia de la época, sin llegar a crear algo verdaderamente único, característico, personal o verdaderamente original… supongo que tampoco ayuda el que estuviera rodeado de gigantes creadores que, lógicamente, le han hecho sombra, pero resulta difícil creer, analizando sus pinturas y aunque no hubiese pasado lo anterior, que verdaderamente él tenía entidad propia para destacar.

-TOMOKO YONEDA: a parte de resultar la exposición sectaria, maniqueísta, parcial… etc (especialmente cuando se refiere a Federico García Lorca); la realidad es que te das cuenta de que ninguna de las fotos valdría gran cosa (e incluso podrían parecer hechas por una persona cualquiera con un móvil y con un sentido utilitario -del tipo mandarlas por mensaje-) si no fuera por los textos que las acompañan… hablando claro, quita las cartelas y te quedas sin nada.

Lo que nos lleva a la típica y triste reflexión sobre el arte, y el porque unos triunfan y otros no… puesto que es imposible creerse que esta mujer haya podido impresionar a nadie con sus fotografías… pero teniendo en cuenta dónde ha vivido o estudiado, no resulta difícil imaginar sus contactos.

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ACTUALIZACIÓN: La temporada de exposiciones de otoño-invierno de 2020-2021 en Madrid

La temporada de exposiciones de otoño-invierno de 2020-2021 en Madrid

Muchas y muy destacables novedades trae esta nueva actualización… ¡hay unas cuántas cosas que no os deberíais perder!.

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