La villana

La crema y la nata nacional o el apoteosis del arte español

 

Sinopsis y ficha técnica

Zarzuela en tres actos

Música de AMADEO VIVES
Libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw
Edición crítica de Óliver Díaz
Ediciones Musicales Autor / Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 2017
Edición del texto de Javier Huerta Calvo
Estrenada en el Teatro de la Zarzuela, el 1 de octubre de 1927
Nueva producción del Teatro de la Zarzuela

Zarzuela basada en el drama sobre la honra villana “Peribáñez y el Comendador de Ocaña”, de Lope de Vega.
A pesar de que hace ya más de treinta años que La villana no «visita» el escenario del Teatro de la Zarzuela, estamos ante uno de los títulos más emblemáticos de este recinto a lo largo del siglo XX. Ahora, por primera vez en el presente siglo y después de esas más de tres décadas de vacío, la obra vuelve a subir a estas históricas tablas, materializando así un hecho que sin duda debe ser observado como acontecimiento de primer orden. La reunión de los tres autores de este famoso título: los escritores Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, junto al compositor Amadeo Vives, representa lo mejor de su época —como más tarde volvió a evidenciarse con La rosa del azafrán—.
La villana que ahora se presenta viaja estéticamente por los siglos, sin detenerse, envuelta en esa música en la que Vives combina con asombroso equilibrio la tradición, lo popular, y la melodía elaborada. El predominio de la alegría es una de las características que definen su composición. Y a lomos de esas notas luminosas la escena ejerce de amazona como una prolongación natural.

Dirección musical Miguel Ángel Gómez Martínez

Dirección de escenaNatalia Menéndez

EscenografíaNicolás Boni

VestuarioMaría Araujo

IluminaciónJuan Gómez-Cornejo (AAI)

CoreografíaMónica Runde

Reparto

CASILDA
Nicola Beller Carbone (días 27, 29, 2, 4, 8, 10 y 12) / Mayte Alberola (días 28, 1, 3, 5, 9 y 11)
JUANA ANTONIA
Milagros Martín
BLASA
Sandra Ferrández
PERIBÁÑEZ
Ángel Ódena (días 27, 29, 2, 4, 8, 10 y 12) / César San Martín (días 28, 1, 3, 5, 9 y 11)
DON FADRIQUE
Jorge de León (días 27, 29, 2, 4, 8, 10 y 12) / Andeka Gorrotxategi (días 28, 1, 3, 5, 9 y 11)
DAVID / REY
Rubén Amoretti
ROQUE
Manuel Mas
OLMEDO
Javier Tomé
MIGUEL ÁNGEL
Ricardo Muñiz
LAZARILLO DE OLMEDO
Carlos Lorenzo
CHAPARRO
Rodrigo García*
EL LICENCIADO
Román Fernández-Cañadas*
LABRADORES
Daniel Huerta*, Francisco José Pardo*
*Miembro del Coro Titular del Teatro de la Zarzuela

Orquesta de la Comunidad de Madrid
Titular del Teatro de la Zarzuela
Coro Titular del Teatro de la Zarzuela
Director: Antonio Fauró

 

 

Comentario previo

En primer lugar, quejarme y mucho de la pésima gestión que hacen de la publicidad en el Teatro de la Zarzuela, pues, aunque quería que este (teniendo en cuenta las pocas críticas completas que hago hoy día) artículo quedase muy lucido, y que mostrase toda la belleza y excelencia de esta nueva y maravillosa producción de la que voy a hacer la crítica… sólo he conseguido tres imágenes y de escasa calidad, dos del cartel, y una de la propia obra… y ninguna de ellas en la propia web (que, afortunadamente, ha mejorado en navegabilidad) del teatro. Vamos, un desastre. Busqué por todo internet, y fui incapaz de encontrar más. Así que tendréis que fiaros de mis palabras a secas, aunque siento mucho no poder ilustrar como es debido… pero ya digo, toda la culpa la tiene el teatro, que debería proporcionar los mejores materiales para que otros (periodistas, blogueros… etc) puedan referenciarles, promocionarles y hacerles publicidad… de otro modo, se están perjudicando a sí mismos.

Por lo demás, no puedo dejar de criticar la pobreza que supone asistir a una representación en la que no se te aporta nada más: ni programa, ni exposición, ni decoración ex profeso… realmente el Teatro de la Zarzuela ha vivido tiempos mucho pero que mucho mejores, y se ha tenido mucho más cuidado en la mejora del acto de asistencia a sus instalaciones. Realmente la dirección de Daniel Bianco está fracasando rotundamente en ese aspecto.

Y ahí se acaban las justas y necesarias críticas negativas. Comienzan las alabanzas.

Empezando, como no, por el personal del teatro, siempre tan atento, agradable y familiar a la vez que eficiente y eficaz. Todo un gusto volver a verlos, sin duda su calidad humana y profesional mejora la asistencia al teatro.

Pero dirijámonos al tema de este artículo, cada año (y no es poco, teniendo en cuenta las temporadas del resto de los teatros) el Teatro de la Zarzuela programa una o varias producciones que son obras maestras, luego están las muy notables, y, en ocasiones, también aparece algún que otro bodrio… este año, ya hemos tenido el bodrio, otra muy notable… y ahora nos llega la obra maestra, ¿seguirá la temporada de este teatro hacia arriba, directa al triunfo… o ahora llegará el descendimiento?, el tiempo lo dirá, aunque las perspectivas (teniendo en cuenta la programación), en principio, parecen buenas.

En cualquier caso, y para finalizar el comentario previo, hace poco, una comentarista escribía en mi blog para hablar de su terrible desilusión acerca de la infame “Danzad malditos” del inefable Alberto Velasco (dándome la razón en todo lo que había escrito, por cierto), que había tenido la desgracia de ver en la reciente, infausta e irresponsable reposición que se ha hecho en el Matadero… seguimos conversando a través de comentarios (como podréis descubrir en ese artículo), y me preguntó que obra le recomendaría que estuviese actualmente en cartel… ¡terrible cuestión!, me quedé paralizado, pues me di cuenta de que no se me ocurría nada que valiera la pena… y menos después de haber vivido el horror de “Danzad malditos”; sobre todo, sabiendo además que era su primera obra en España, por tanto, la segunda a la que acudiera debería ser un triunfo absoluto, para evitar desilusiones y que esa chica dejase de ir al teatro para siempre por perder el interés totalmente… necesitaba una apuesta segura y no la tenía, no la encontraba en ese momento. Pero ahora ya sí la tengo: Nicole Beyzaga Meyer, ojalá sigas leyendo este blog, porque ya te digo que la segunda obra que debes ver en España, la que demuestre que en el teatro te puedes encontrar algo de gran calidad, divertido y brillante a la par, es sin duda alguna “La villana”, de la que, a continuación, haré la crítica.

 

Crítica

Cuando vi esta zarzuela quedé absolutamente fascinado (y, por supuesto, volví a sentir varios éxtasis artísticos), aunque también dolido, porque fui perfectamente consciente de que, si esta obra hubiese sido francesa o italiana, todo el mundo la conocería, y los melómanos de todos los rincones del mundo, no pararían de alabarla día y noche… pero esa desconsideración a lo propio, ese gusto por la destrucción de los mitos, es lo terrible de lo español. Triste pero cierto, ojalá quisiéramos y valorásemos más lo propio.

Y es que “La villana” es una absoluta y perfecta obra maestra la mires por donde la mires: el excelente libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw adapta de forma absolutamente soberbia a Lope de Vega… y sí, porque esto es de lo mejor, encima, ¡la obra está basada en una obra original del fénix de los ingenios! (“Peribañez y el comendador de Ocaña”), uno de nuestros más grandes y brillantes dramaturgos por excelencia (que esta producción, además quiere respetar y homenajear especialmente, incluyendo varios pasajes de la obra original con bastante acierto y adecuadamente integrados); de modo que es como si viéramos una obra de Lope, y además con música, ¿irresistible, no? (como leve crítica, quizás se pueda decir que el argumento no es excesivamente original, pues repite el estilo de otras comedias anteriores de honra villana, de estructura muy parecida… ¿pero a quién le importa cuando la historia está tan bien contada?, sabes perfectamente que al final el Rey lo va a arreglar todo y todo eso, ¡pero el proceso es tan maravilloso!, ¿acaso no sabemos que al final Cenicienta se casa con el Príncipe?, ¿y dejamos por ello de ver las múltiples versiones que existen del cuento?, ¡claro que no!).

Pero no una música cualquiera, la música, ¡oh, qué música!, qué maravilla, qué sublime, qué deliciosas armonías, qué brillantes coros, qué duetos que arrebatan el corazón totalmente y lo exhaltan enloquecidamente… así pues, Amadeo Vives, demuestra su absoluta genialidad con esta obra, y, francamente, en mi humilde opinión, no necesitaría otra para pasar a la historia como un gran compositor.

Así pues, tenemos un material de partida absolutamente perfecto, que combina lo mejor de lo nacional, una razón para sentirnos absolutamente orgullosos a nivel patriótico de nuestros logros artísticos, pues, incuestionablemente, esta es una obra absoluta y deliciosamente española, una joya rojigualda absolutamente brillante y deslumbrante.

Y, afortunadamente, esta producción, a la que califico de sobresaliente, está a la altura de tan excelentísimo material original.

Sin duda se podrían argumentar cosas en su contra: como una dirección de escena bastante torpe (la dirección de actores deja que desear -la mayoría de los cantantes que vemos en el escenario no saben actuar y exageran sus papeles como suelen hacer los de su profesión… aunque se nota que lo intentan y se esfuerzan en intentar ser verosímiles-, los movimientos de escena resultan forzados, y hay muchos errores en la concepción de varias escenas que fácilmente provocan que el espectador se pierda y se desoriente); un vestuario un tanto inadecuado y anacrónico (aunque muy estético); y unos decorados que podrían haber dado más de sí (aunque se mueven de una forma bastante espectacular y llamativa… sin mencionar que hay cosas realmente bellas y de gran verosimilitud, como la luna o el trigo de fondo)… pero, en el caso de esta producción, es innegable que la suma total es mejor que la suma de las partes, puesto que es del todo evidente que el conjunto total, el resultado final, funciona y es tremendamente estético, hermoso de ver y que agrada totalmente… así pues, si le perdonamos sus múltiples deslices, bien podemos encontrarnos con algo muy espectacular, disfrutable, grato y encantador. Yo, desde luego, salí muy satisfecho.

Sólo queda hablar del maravilloso reparto artístico, en el que todos los cantantes estuvieron magníficos, con la excepción de Andeka Gorrotxategi, que hizo del Comendador Ocaña, y que se desgañitaba berreando como un descosido. Sin duda alguna, y merecidamente, los más aplaudidos fueron Mayte Alberola y César San Martín, que interpretaron a la pareja protagonista. También aparece en esta producción una cara conocida, una gran diva, la que fue considerada primera figura y actriz de este escenario durante mucho tiempo: la infalible Milagros Martín, que, aunque en un pequeño papel, consigue darle empaque y su habitual buen resultado.

En definitiva, por sus incontables méritos, si hay una obra que hay que ver en este momento, si hay un imprescindible en la cartelera teatral, sin duda alguna esa es esta magnífica zarzuela que es “La villana” (es más, dado lo instructiva y didáctica que es, hasta se deberían planificar funciones escolares, y colegios e institutos deberían acudir en masa a las representaciones), pues se trata de una producción sobresaliente que lleva a buen puerto una obra maestra absoluta. En realidad, al contrario de lo que suele ser habitual, y esa es otra de las excepcionalidades del caso del que estoy haciendo la crítica, en esta ocasión no hay que buscar razones para ir… ¡sino que habría que encontrar una sola razón para no hacerlo!… y francamente, de encontrarse argumentos en favor de esto último, serían muy escasos y de nula validez. No hay duda, “La villana” es la obra en cartel que hay que ver: perfecta, absoluta e incondicionalmente recomendable para todo tipo de público.

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Críticas exprés: Tristana / Eroski paraíso

Y yo me pregunto… si tanto el Fernán Gómez como el Español y el Matadero son gestionados por el ayuntamiento… ¿por qué parece que el primero va por libre?, ¿por qué uno puede consultar toda la programación en la web del Español de ambas instituciones y en cambio no del Fernán Gómez?, ¿y por qué la identidad visual no está totalmente unificada? (aunque en este caso, mejor que siga así, puesto que la publicidad y los carteles del Fernán Gómez son incomparablemente mejores a los del Español y el Matadero, que siempre optan por esa monotonalidad horrorosa y fotos espantosas)… grandes misterios pendientes de resolver.

Y a todo esto, la nueva directora del Español dijo que a partir de este mes empezaríamos a ver los primeros resultados de su gestión… así que a ver con qué nos encontramos.

 

Muchas y muy variadas actividades se hacen con motivo de este estreno (la mayoría gratis), y no sólo el habitual encuentro… yo no acudiré por falta de tiempo, pero algunas resultan interesantes.

También hay que decir, que todas ellas están patrocinadísimas por la SGAE, y que no dejan de ser una forma de propaganda (pues todo está muy ligado a la etapa de Galdós en esta) y de tratar de lavar y blanquear un poco la imagen de una institución sumamente deslustrada y de la que la sociedad en general tiene una visión extremadamente negativa.

No obstante, recomiendo llegar un tiempo antes a la función, puesto que en el vestíbulo se ha puesto una exposición bastante interesante e informativa, tanto sobre Galdós como sobre su obra (en la que, por supuesto, no se deja de reseñar su relación con la SGAE), que incluso incluye parte del vestuario usado en la famosa versión televisiva de “Fortunata y Jacinta”… si no tenéis tiempo, no obstante, no importa, pues al terminar la obra no se cierran las puertas de inmediato y se os permite permanecer allí un poco más de tiempo.

La atención al público me pareció perfecta. El programa de mano horroroso y lleno de obviedades, poco o nada informativo.

 

-Tristana: Mucho y muy bien he hablado siempre en este blog de Alberto Castrillo-Ferrer como director, siempre había conseguido asombrarme… pero esta vez, con “Tristana”, me ha decepcionado profundamente.

La verdad, es que esta adaptación teatral de la obra de Galdós, está plagada de problemas y fallos, entre otros, la obsesión permanente con querer hacer algo superinnovador y maravilloso, algo tremendo y rompedor… que acaba por resultar pretencioso, insustancial y extremadamente confuso.

No sé muy bien decir de quién es la culpa (pues no he visto el texto original que han usado), si de los desordenados y conflictivos diálogos de Eduardo Galán o de la dirección de escena perdida, desesperada y sin inspiración de Castrillo-Ferrer.

Y es que da la impresión de que Castrillo-Ferrer no quería hacer esta obra, que fue un encargo, algo impuesto, y que no se le ocurría como resolverla… así que comenzó a utilizar todo tipo de recursos pretendidamente espectaculares para tapar lo anodino que le parecía todo. Y en realidad, no es lo único que le sale mal: los movimientos de escena se ven excesivamente forzados, el escenario se le hace inmenso (hay momentos en los que los actores tienen que ir corriendo -literalmente- de un lado a otro del escenario para poder decir una sola frase)… y, en definitiva, se ve absolutamente sobrepasado o desinteresado por el trabajo que tiene que hacer. Mucha referencia a Sorolla, mucha reutilización de recursos que antes funcionaron pero… al final, se percibe, con demasiada claridad que no sabe qué hacer con la obra que tiene que dirigir.

Entendámonos bien, sigo convencido del talento y capacidades de Alberto Castrillo-Ferrer, y no creo en absoluto que anteriormente sólo hubiese sonado la flauta… pero nadie es perfecto, todos comentemos errores y tenemos obras menores… y este es el caso.

Por lo demás, la obra se deja ver, sin asombrar o deleitar en ningún momento; el decorado es horrible y un par de proyecciones no lo salvan; el vestuario es medianamente apreciable pero parece de segunda mano.

Los que sí me sorprendieron, fueron los actores, ninguno de los cuales es santo de mi devoción, por lo cual tienen más mérito en las buenas impresiones que me causaron; así pues, excepto Alejandro Arestegui que hace una interpretación tópica, teatral en el peor sentido, falsa e inverosímil en general; el resto del reparto artístico está asombrosa e increíblemente bien: con unas actuaciones poderosas, con garra, naturalistas y con mucha fuerza en general… tal vez, parte de su mérito, se debe a una buena dirección de actores.

En definitiva, Tristana es una opción muy regular en la cartelera, que no da lo que promete, tampoco sorprende, y aunque tiene sus virtudes, resulta extremadamente difícil recomendarla.

 

Eroski Paraíso

Tenía ganas de ver esta obra, pues hace años viajaba más a Galicia, así que aún podía ver lo que se movía por allí… pero mis viajes son cada vez menos frecuentes, y mi vida teatral (y cultural en general) se circunscribe a Madrid… que no está mal, pues aquí llega de todo (es más, la temporada pasada, también se estrenó en los municipales otra obra de Galicia… que tampoco era ninguna maravilla), lo nacional y lo extranjero… también me interesaba el argumento… así que esta obra tenía todas las papeletas para que acudiera a verla. Una pena que no estuviera a la altura; aunque, últimamente, parece que todos los productos audiovisuales que exporta esta comunidad autónoma les pasa lo mismo… sólo hay que ver la infame serie televisiva “El final del camino”.

La atención al público me resultó excelente. El programa de mano, para variar, me ha resultado imprescindible… básicamente, porque si no hubiera leído previamente la sinopsis que aparece en este, hubiera sido absolutamente incapaz de entender nada de lo que se ve en escena… y aún así, cuesta.

 

-Eroski paraíso: esta es la típica obra que es tan mala que da risa, en la que te ríes por no llorar, la típica artistada que pretende ser algo profundo y trascendente (y plagada de emocionalidad de baratillo) pero con una base vacua y yerma… haciendo una analogía: esta producción teatral es como pretender construir el Empire state building sin cimientos y empezando desde la segunda planta… es decir, algo ridículo.

Lo mejor, y lo más llamativo, es que aquí nadie quiere reconocer la autoría de nada… deben de sentirse avergonzados (y no me extraña), porque otra cosa… así pues, se asegura que la obra es de “Chévere”, que es la propia compañía, no hay más autor… tampoco el director parece querer dejar clara su identidad, pues es un tal Xron que a saber quién es, pero que en la primera página de google (que es lo más lejos que estoy dispuesto a llevar mi investigación) no aparece, ni tampoco, en principio, en la página de la compañía… yo una actitud así, de dedicarse a usar pseudónimos porque sí, en plan misterioso, sólo la he visto en el cine porno, y yo pregunto, ¿tanto se avergüenza esta gente de su obra que quiere ocultar a toda costa que trabajó en ella?, ¿consideran tan malo ser asociados con “Eroski paraíso como trabajar en la pornografía?… no digo que no tengan toda la razón para hacerlo, pero ni son los primeros “artistos” que presentan un bodrio ni serán los últimos… al menos “Eroski paraíso” tiene una comicidad involuntaria gracias a la cual no aburre totalmente, que, lo mires como lo mires, ya es bastante mérito para un mal producto.

Pero hablemos del texto, ¿texto?, ¿pero hay tal cosa?, yo estoy convencido de que lo construyeron a base de improvisaciones, de ahí que la narrativa sea pésima, que no haya una estructura y que todo el argumento haga aguas por todos los lados, sin mencionar los diálogos simplones y vulgares… todo suena falso, ridículo y forzado; y, debido a ello, la puesta en escena se vuelve aún más irrisoria, con una chica pretendiendo grabar un documental, para el que cuenta con todo: desde focos hasta mesa de mezclas… excepto una cámara… tú me dirás que documental es ese, debe de ser radiofónico… o a lo mejor es una de las innovaciones de esta obra y yo ni me he enterado; de ser así, el otro gran vanguardismo de esta producción debe ser la reivindicación y revalorización del castrapo (en Galicia se llama así a mezclar gallego y castellano) como bien de interés cultural, porque lo peor no es tratar de entender a los actores cuando hablan en gallego o en castellano, sino cuando los mezclan (que es la mayor parte del tiempo)… tal vez eso se solucionaría con los apenas visibles subtítulos, pero el problema es que estos siempre aparecen demasiado pronto, demasiado tarde, o directamente, se saltan partes enteras de la obra… vamos, una completa catástrofe de vergüenza ajena.

Y para muestra un botón: el argumento de la obra es que una chica decide grabar un documental sobre sus padres (ya que los refugiados y otros problemas globales no le interesan y hablar sobre ello no es honesto -dice ella literalmente-), en el cual ellos le cuentan que es fruto de un embarazo no deseado, después de una fogosa noche en un cementerio en la que iban drogados hasta las cejas. Y sí, para contar lo que yo he dicho en apenas cuatro líneas, esta producción necesita una hora y media… y dado que no se da mucha más información, pues siempre se está dando vueltas alrededor de lo mismo, os podéis hacer una idea de lo tonta que resulta la obra.

La puesta en escena es un desastre completo, un compendio de amateurismo y de errores escandalosos como ya no se ve ni en el teatro aficionado, aunque eso sí, si lo fuera, se trataría de un teatro aficionado absurdamente inflado de presupuesto; en definitiva, todo está mal: la dirección de actores, gracias a la cual llegamos a no oírlos en muchos momentos porque se ponen a hacer absurdos corrillos y a hablar entre sí murmurando; los movimientos de escena, que resultan todos forzados; los múltiples momentos en los que no pasa nada y la obra se queda en pausa de la manera más irracional (el momento de “oro”: todos los actores se ponen a comer un bocadillo, porque sí, durante minutos y minutos sin hacer otra cosa, mientras los espectadores esperamos a que se dignen a terminar de alimentarse… supongo que tiene de ventaja que, así los actores aprovechan para cenar durante la función, porque otra cosa…); una escenografía nada verosímil… etc.

En cuanto a los actores, pues son los de siempre de la TVG (Televisión de Galicia) y hacen lo de siempre, nada pueden aportar ya que nada más saben hacer, quien los haya visto en un papel anterior, verá exactamente lo mismo en este, no actúan, hacen de sí mismos, el rollo habitual.

Como curiosidad, decir que al final de la función sortean una merluza… sí, lo sé, es tan disparatado como suena… si es que la realidad siempre supera a la ficción.

En definitiva, “Eroski paraíso” da mucha vergüenza ajena, podría haber sido una magnífica obra maestra sobre la decadencia, el cambio en el mundo rural en las últimas décadas… etc; y en vez de eso, es algo esperpéntico y sin sentido. Es mala y produce risa por ello… pero no hay tanta comedia involuntaria como para que compense pagar por verla, por tanto, no es nada recomendable.

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Crítica exprés: La ciudad de las estrellas (La La Land)

Existe algo que los científicos llaman la “maldición del conocimiento”, que consiste en el hecho de que, cuando se adquieren unos ciertos saberes, uno ya es incapaz de librarse de ellos y transforman inevitablemente la visión del todo que se había tenido hasta ese momento.

En ocasiones, me acuerdo del comentario de un conocido, que me dijo que, aunque le gustaba la ópera, no solía ir mucho porque no quería convertirse en una de esas personas que al final no son capaces de apreciar nada… al fin y al cabo, cuánto más sabes, más exiges, puesto que ya tienes precedentes con los que comparar… es decir, la maldición del conocimiento.

Sin embargo, cualquier auténtico amante del arte, sabe que este es como una droga, una droga exageradamente adictiva que, cuando es realmente buena, produce un placer incomparable… y como todo adicto sabe, una vez que se consume algo que produce ese efecto, ya sólo quedan dos caminos: intentar dejarlo o dejarse atrapar totalmente; si se opta por lo segundo, ha de saberse que la intensidad de las sensaciones irá bajando gradualmente, a medida que vayamos consumiendo más, con lo que habrá que aumentar la dosis para asegurarse el volver al subidón original y evitar frustraciones… pero, rara vez se consigue algo tan bueno como las primeras veces. Y por eso, uno se convierte en un yonqui del arte, yendo, buscando desesperadamente algo nuevo y emocionante que le produzca ese éxtasis, ese orgasmo incomparable, puro e intelectual, que produce toda gran obra maestra… pero como ya he dicho, cuánto más se ha conocido, cuánto más grande sea la adicción, más difícil es que encontremos algo nuevo que nos complazca. Y de ahí que el amante del arte se convierta en un yonqui desesperado, que sólo reacciona ante el mejor material… porque si no lo es, le deja como estaba, y eso siempre es desagradable y frustrante.

Como todos sabéis, me encantan los musicales, y como me gustan tanto, soy especialmente exigente con este género, que siempre analizo pormenorizadamente (como se puede ver en múltiples críticas anteriores), pues me fascina.

Así que, cuando vi el póster de “La ciudad de las estrellas (La La Land)”, (que al igual que el resto de su publicidad y promoción, no tiene ningún miedo de dejar claro y demostrar que es un musical, cuestión por la cual se merece todas mis alabanzas… pues en demasiados casos anteriores hemos visto todo lo contrario), me emocioné por la llegada de otro nuevo filme de mi género favorito.

También me gustó que fuera de Damien Chazelle, el cual, poco después del sorprendente éxito de “Whiplash” (que no vi, pues no estaba seguro de si sería de mi género favorito… y el resto del argumento me daba pereza y no me llamaba la atención), ya declaraba que su próximo proyecto sería un musical (a pesar de las dudas y temores de gafapastas y pseudointelectuales varios).

Si a eso le sumamos su reciente record histórico en los Globos de oro, con la película de la que haré la crítica unas líneas más abajo; que hace que me enorgullezca aún más de que un filme de ese gran género haya alcanzado tan gran nivel y honor absoluto… pues ya es el no va más.

Así que me preparé para disfrutar… pero lo dicho, la maldición del conocimiento y mi drogadicción artística estaban agazapados esperando desilusionarme.

 

-La ciudad de las estrellas (La La Land): me pasé toda la película con una permanente, constante e interminable sensación de déjà vu… “¿dónde he visto yo esto antes?, ¿dónde, he visto yo, exactamente esto mismo antes?”, no dejaba de preguntarme… por supuesto vi las referencias (o más bien plagios descarados) al dorado Hollywood de los 50 y sus grandes musicales (muy especialmente a los de Gene Kelly… hay algunas secuencias que son reproducciones absolutamente desvergonzadas, lo dicho, no son referencias, son plagios, apropiaciones indebidas), y por supuesto, a todas las versiones de “Ha nacido una estrella” (que siempre consiguen arrasar en los premios, mira tu que casualidad), … pero sabía que había algo que se me escapaba, un algo más evidente… y según llegó el final ya lo vi claramente: había visto un plagio descarado de “Los paraguas de Cherburgo”.

¿Qué estoy paranoico?, de acuerdo, vamos a juntar casualidades: el director y guionista Damien Chazelle es de origen francés… exactamente igual que la película de Jacques Demy, que, por cierto, fue nominada a un Globo de oro y cuatro Oscars, y supondría la internacionalización y salto a la fama de muchos de los que la hicieron, con lo que es más que probable que Chazelle conociera el filme de Demy; el argumento y la estructura del guión (incluyendo, muy especialmente, el giro final, que fue lo que hizo que cayera, definitivamente, en la cuenta del plagio descarado), viene a ser una versión en Hollywood del guión que Demy desarrollaba en Cherburgo: amor imposible y maravilloso que por circunstancias de la vida se ve truncado. El resto, exceptuando las referencias o copias de otros estilos o películas anteriormente mencionadas, plagia totalmente el estilo de la filmografía musical de Demy (porque también hay obvias apropiaciones de “Las señoritas de Rochefort”): la colorista fotografía; los tonos pastel de la dirección artística… hasta la música es una imitación descarada del estilo de Michel Legrand (es más, yo al acabar el filme me puse la banda sonora de “Las señoritas de Rochefort”, y juro que apenas conseguí diferenciarla del estilo de Justin Hurwitz en “La ciudad de las estrellas (la la land)”), y ya no sólo en las partes más musicales, ¡hasta se copian con todo descaro los característicos recitativos (expresarse medio hablando medio cantando) que habían llegado a ser tan identificativos de Demy y Legrand como podrían ser los de Rossini en la ópera.

En definitiva, a todos los niveles, “La ciudad de las estrellas (la la land)” es una obra carente de originalidad, un vulgar plagio del sublime estilo con el que Jaques Demy hizo que Europa volviese a soñar (y se quedó en eso, pues desgraciadamente no se consiguió, y EEUU seguiría ostentando el monopolio de la perfección en la realización del género) con volver a ser el gran origen de los más sublimes musicales. No tengo la más mínima duda de que a muchos desmemoriados e ignorantes del cine europeo, la película de Chazelle les deslumbrará… pero a los que sabemos algo más, nos resulta más que evidente que es un engaño en el que no estamos dispuestos a caer.

No digo que, hasta cierto punto, la película no sea disfrutable… aunque la duración es excesiva para el argumento que se quiere contar, todo sea exageradamente tópico y los personajes sean muy planos… pero también es cierto que hay números musicales aceptablemente agradables con algunas buenas coreografías (aunque también es cierto que todo ello empieza muy bien… y a partir de ahí va en decadencia y caída, sin apenas conseguir levantar el vuelo en el resto del filme). Y no se puede negar lo cuidado de la plagiada estética (a la cual, y sus largas secuencias obsesionadas con la idealización del mundo, debemos muy en parte la excesiva duración del filme).

Y lo cierto, es que hay que reconocer que al final el filme divierte y entretiene… no es, en ningún caso, una obra maestra, pero cumple su función como distracción… y hasta tienes sus toques de superficial pseudointelectualidad y falsa crítica al sistema (lo que, siempre tiene éxito en los premios).

En cuanto a los actores, apenas vemos a dos (ninguno de los cuales es santo de mi devoción… y nunca imaginé que fueran a hacer un musical), así que hablo de ellos, y dado que he visto más de un producto en el que salen, todo lo que comento es aplicable en general, y no sólo para esta película:

-Emma Stone: feúcha como ella sola, no sé como será en directo, pero la cámara no la quiere, no tiene carisma y sus recursos como actriz son sumamente escasos.

-Ryan Gosling: no es un actor, sólo una cara bonita, probablemente sería un gran modelo, pues no sabe actuar, sólo poner cara de palo, un gesto imperturbable, tan aséptico como carente de emoción, ya puede estar ante un tsunami o se le puede caer un lápiz de la mano que su gesto es exactamente el mismo para ambas hipotéticas situaciones dramáticas.

Y sobra decir, que ninguno de ellos tiene una voz bonita para cantar o siquiera apta para ello… menos mal que las melodías son muy simples y no requieren ningún tipo de virtuosismo (y aún así, estoy seguro de que fueron retocadas en el proceso del montaje del sonido), porque sino, se les vería el plumero descaradamente.

En definitiva, no dejo de considerar imprescindible el apoyar al género musical (y más cuando son creados ex profeso) acudiendo a ver “La ciudad de las estrellas (La La Land)”, pero también digo que no hay que dejarse deslumbrar en absoluto por todo el circo mediático que se va a montar a su alrededor, pues es un producto que deja muchísimo que desear y carente de toda originalidad… ¿se podría calificar como “obra maestra”, “sobresaliente” o siquiera “notable”?, ni pensarlo, “aceptable” y muchas gracias… y todo ello, siempre denunciando su plagio descarado del estilo de Jacques Demy en general, y de “Los paraguas de Cherburgo” en particular.

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Crítica exprés: ¡Canta!

Cartel ¡Canta! 2

Desconfiaba muchísimo de esta película, y con razón; para empezar, la hace el estudio Illumination del que no recuerdo nada que me haya entusiasmado (y jamás entenderé el fenómeno de los Nimions); para seguir, ese argumento de alguien que quiere montar un concurso de canto sonaba a que no iba a ser un musical sino una película con un montón de canciones metidas con calzador… pero el título resultaba tan atractivo… y las críticas, oficiales y no oficiales, eran muy pero que muy dispares… aunque todas coincidían en que la película, en el fondo, dejaba que desear.

Pero como yo, ante el mínimo atisbo de que sea un musical ya pierdo el seso, pues allí fui.

 

-¡Canta!: Carece casi totalmente de originalidad en todos los aspectos, apenas hay una o dos ideas buenas… en realidad, lo peor de esta película, es que ya suena a algo que hemos visto mil veces antes; y lo peor es que, si tuviéramos que clasificar este filme de la crítica, entre los miles parecidos, con toda probabilidad, no estaría en el top de la lista.

La historia ya tiene un mal punto de partida: empresario fracasado que quiere salvar su negocio con un gran acto en el que acaban participando perdedores como él… no me explico como hubo un productor que pudo dar luz verde a semejante plantilla de guión.

Y desgraciadamente el desarrollo no lo mejora, todos los personajes son animales por alguna e innecesaria razón (porque evidentemente, no se está haciendo una alusión a las fábulas clásicas), supongo que, como son dibujitos, pues queda más bonito. Pero, lamentablemente, el diseño físico de los personajes no es lo peor sino su diseño psicológico, a cada cual más tópico, y alguno hasta antipático. Por encima son demasiados, así que, aunque estamos ante absolutos estereotipos, no da ni tiempo a presentarlos o a lograr que se comprendan como es debido… y mucho menos a que el público empatice o se involucre de verdad con ellos.

A todo ello hay que sumarle un guión caótico, en general mal escrito, y en lo que todo sucede porque sí y “Deus ex machina”.

Por lo demás, la animación no ofrece nada especialmente relevante, es agradable de ver, pero no sorprende.

En cuanto a si es un musical, se puede decir con toda seguridad que no (es más, la distribuidora ni se molestó en subtitular ni un sólo número musical), por más que el director dijera que las canciones iban y estaban relacionadas con los personajes, yo fui incapaz de ver tal cosa. Así pues, la banda sonora sólo es un revoltillo de temas musicales de éxito.

En definitiva, yo no puedo recomendarla, porque no me dice nada y porque su visionado supone un déjà vu continuo. Ni siquiera la he encontrado razonablemente entretenida.

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Crítica exprés: Pedro de Urdemalas

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Muchas ganas tenía de ver esta obra, Cervantes y la Joven compañía nacional de teatro clásico (la cual había ofrecido algunos de los mejores espectáculos de temporadas pasadas, como este o este, para humillación de la propia Compañía nacional de teatro clásico y sus montajes supuestamente más profesionales), parecía un binomio que no podía fallar… incluso con Denis Rafter en la dirección, quien no me ha dejado muy buen recuerdo.

Ahora bien, según uno comienza a leer la ficha artística (y yo lo hice tarde), se da cuenta de que hay cosas que funcionan… empezando por, obviamente, que un irlandés se dedique a dirigir un texto del autor hispánico por excelencia habiendo tantos directores de escena españoles, pero ya no sólo eso, porque, se supone, o yo lo veía así y me hubiera gustado que fuera de esa manera, que la Joven compañía de teatro clásico era un trampolín para que nuevas generaciones de actores se entrenasen en este género, y pudiesen ser los grandes actores del mañana… y no una excusa para meter jóvenes rostros conocidos en el reparto como si no hubiese mañana.

Sí, yo pensaba que “la Joven” (como se la llama cariñosamente en la CNTC), debía suponer una oportunidad para nuevas caras, y no una forma más de ampliar curriculum y de consagrar más a personas que no lo necesitan en absoluto.

Ciertamente, es verdad que es costumbre de Helena Pimenta meter rostros conocidos en todas las producciones de la temporada para asegurarse una mayor venta de entradas, y no me opongo (a que haya uno o dos), pero “la Joven” debería servir para otra cosa.

Así, la mayor parte del reparto (y en cualquier caso, los papeles protagonistas están copados por ellos) está formado por actores que ya han tenido y conseguido oportunidades más que notables, además de ser conocidos por el gran público; yo apenas he reconocido a unos pocos, que menciono a continuación, pero estoy seguro de que el resto no son una excepción: Daniel Alonso de Santos, que interpreta a Cervantes, hizo un papel en la fracasada serie “Alatriste”, aunque su mérito más notorio es ser hijo del famoso dramaturgo del mismo apellido que, fíjate tú que casualidad, es también exdirector de la CNTC; Jimmy Castro, que aunque es conocido por el gran público como uno de los presentadores del Club Disney en su fase de Telecinco (y quizás, uno de los primeros que ha habido en la televisión española, con tanta relevancia, de otra raza que no fuera la blanca), también ha estado en otros proyectos televisivos que rara vez han salido a flote; David Castillo, conocido como “el Jonathan” de la serie “Aída”, que ahora, por lo visto, también es DJ (sin mucho éxito de público, al parecer, o al menos eso se comenta en diversos foros de internet)… etc.

En definitiva, considero que esa no es manera de llevar la Joven compañía nacional de teatro clásico, que parece haberse convertido en un refugio de rostros televisivos, y si estos al menos estuvieran a la altura de los papeles que interpretan, aún podría ser pasable, pero no siendo así… me parece intolerable.

En realidad, lo peor de todo es que no tiene sentido que en las producciones de la CNTC veamos, continuamente, a actores, muy entrados en edad, interpretando papeles juveniles, y que en la Joven veamos a imberbes haciendo personajes de viejos… ¿es sólo cosa mía o es algo completamente ridículo y sin sentido?. Me parece muy bien que se metan famosillos, en personajes que les vayan, en las producciones de toda la temporada de la CNTC para atraer a cierto tipo de público… pero será mejor que a la Joven se la deje en paz y se permita que se desarrolle como herramienta para acercar el teatro clásico a las nuevas generaciones y no como una excusa para tener un reparto de muchachitos célebres.

Por lo demás, el estreno de esta nueva producción ha supuesto la inauguración, para la actividad teatral, puesto que, no debemos olvidar, que ya había sido usada anteriormente como sala de exposiciones el año pasado de la Sala Tirso de Molina… a la que no le auguro un gran futuro en tal cuestión, pues me parece un sitio más más a propósito para lo segundo que para lo primero, ya que es un lugar de acceso incómodo pues está varias plantas arriba (con lo que las escaleras difícilmente son una opción), los ascensores no están preparados para llevar a una gran multitud (son pequeños y estrechos)… ciertamente el lugar responde a esa moda que hay hoy día por las salas de teatro, que hasta las instituciones más consagradas parecen empeñadas en imitar, y no hay ninguna que no tenga su sala propia que elimine todos los rasgos del teatro tradicional… pero francamente, yo siempre creeré que cuando posees una gran y espectacular sala histórica (que además, en el caso del Teatro de la Comedia está recién restaurada), no tienes nada de que avergonzarte… es tan absurdo y ridículo como si un aristócrata hiciera todos los esfuerzos posibles para parecer plebeyo.

Me gustó la atención al público; y me llamó la atención, que en el programa de mano, los nombres de Helena Pimenta y Denis Rafter no aparezcan por todos los sitios, al contrario de lo habitual, pues nos tienen acostumbrados a hacer un ejercicio de megalomanía impresa… por lo demás, el programa no aporta nada demasiado interesante.

 

-Pedro de Urdemalas: como cualquiera que lea este blog sabe, yo no tengo problema en decir lo que no me gusta, sea de quién sea.

Y la verdad, me parece que esta obra de mi admirado Miguel de Cervantes, es una de las peores de su producción, ciertamente, no deja de tratar, como es habitual en él, grandes temas universales, cuestiones que trascienden cualquier época, y lo hace de modo brillante… pero la estructura del texto es desastrosa, los personajes están fatal definidos y perfilados, y en general, narrativamente hace aguas por todas partes: empieza de una manera y va evolucionando de tal modo, con tantas historias intermedias y periféricas (algo que era muy típico de él, por otra parte) que al final te pierdes, y ya no sabes cual es la trama principal, cuales las secundarias, o que es lo auténticamente relevante de todo lo que te están contando… etc; todo lo cual hace que el conjunto se vuelva absurda e innecesariamente complejo (lo que hace que no te extrañe que por eso Cervantes tuviera mucho menos éxito en los corrales de comedias que Lope de Vega).

A este caos del propio Cervantes, no ayudan la visión de la versión de Jerónimo López Mozo y la del director Denis Rafter que nos presentan en esta producción, pues en vez de ordenar y tratar de reestructurar el original, para presentarlo adecuadamente… deciden rizar más el rizo y volverlo todo mucho más complejo metiendo sus historias y gags propios.

Obviamente, con semejante material de partida, el caldo de cultivo para el fracaso ya está preparado y dispuesto.

Y efectivamente, la poca o nula habilidad de Rafter como director, además de su escasa creatividad e imaginación, es incapaz de transmitirnos la historia que nos quiere contar… al final, tenemos que hacer auténticos esfuerzos para, a través del texto rediseñado que se nos presenta, tratar de entender algo del argumento.

Todo ello se refleja, como no, en una pobre puesta en escena a través de una escenografía casi nula, aunque debo exceptuar de la mala crítica, un bonito vestuario que esta producción no merece.

En cuanto a los actores, como era de esperar (leer los comentarios previos a la crítica), no podían haber sido peor escogidos a todos los niveles (tanto por características físicas como por calidad interpretativa), y en general, adoptan el viejo lema de que el teatro clásico si no se sobreactúa, no es interesante… además de que esta producción se une a esa infausta y desgraciada moda, que aparentemente cada vez está más en boga, de parodiar (sino burlarse) de los clásicos, haciendo uso de una inadecuada perspectiva presentista que nada aporta.

Así pues, entre los actores nos encontramos a un hombre de raza negra haciendo el papel protagónico de Pedro de Urdemalas, que es un personaje del siglo XVI en los Reinos de las Españas… por lo que no tiene credibilidad posible a nivel físico… y la monotonal interpretación de Castro tampoco facilita en absoluto que consigamos autoengañarnos y ver al personaje. Alonso de Santos, por su parte, parece creer que no está interpretando a Cervantes, sino a sus contemporáneos san Juan de la Cruz o santa Teresa de Ávila, pues pone una cara de pasmo continuo, como si estuviese viviendo un éxtasis místico permanente, consistente en la consciencia de lo maravilloso que es ser Cervantes… lamentablemente, no sale de esa misma emoción en toda la obra. Quién sí que me sorprendió positivamente, fue David Castillo, que estaba convencido de que no era un actor de verdad sino sólo una celebridad… y la verdad es que, a través de los distintos personajes que interpretó en la obra, me asombraron sus capacidades dramáticas y su inteligencia para llevarlos a cabo… nunca lo hubiera imaginado, ni hubiera creído que jamás diría esto pero, realmente, era el mejor de todo el reparto con diferencia, y puede que, si sigue por ese camino, llegue a convertirse en un gran y prestigioso actor algún día. El resto de los actores, como ya he dicho, estaban exagerados y pasados de rosca.

En definitiva, mucho me temo que pocas razones (por no decir casi ninguna) hay para recomendar el nuevo estreno de la Joven “Comedia famosa de Pedro de Urdemalas”, pues entre los fallos que tiene la propia obra, y los de la producción en sí misma… al final el conjunto se hunde total y necesariamente.

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Críticas express: Las dos bandoleras / Orfeo y Eurídice

Publico estas críticas demasiado tarde para que se pueda ir en Madrid (a menos que las repongan, no sería la primera vez) pero son obras que a menudo salen de gira, con lo que son críticas aún perfectamente aprovechables.

-Las dos bandoleras: está claro que el CNTC ha visto negocio en eso de traer actores conocidos de la pequeña pantalla… otra cosa es que luego den la talla, y que incluso resulten cruelmente humillados cuando los veteranos actores de teatro clásico les pasan por encima como apisonadoras; de modo que, aunque son sus nombres y su imagen lo que atrae al público al teatro, este acaba conquistando por los “desconocidos” de la escena… la cosa no deja de resultar paradójica.

En este caso encontramos a Carmen Ruiz y Llorenç Gonzalez que, la verdad pasan bastante desapercibidos. Macarena Gómez por su parte, está tan mal como era de esperar, siendo como es, una actriz sin registros y que siempre hace exactamente lo mismo para cualquier personaje, con una voz espantosa y fatalmente modulada, resulta absolutamente horrible en el teatro, aunque, como ya se ha comentado, era de esperar.

No obstante, la obra es muy interesante y muy buena (Lope de Vega, por supuesto), y además está bien dirigida (aunque la escenografía es muy pobre -y parece bastante incómoda para los actores- algo demasiado habitual en este teatro, por otra parte); por lo que sí es recomendable.

-Orfeo y Eurídice: está ópera en el teatro Real fue una de esas pocas para las que ha sido difícil conseguir entrada, puede que por los pocos días, o sobre todo por Pina Bausch (a la que hace unos años se le dedicó una película con su mismo nombre).

Pero antes de nada, no puedo dejar de criticar esa manía que ha entrado en el Real de no subtitular las óperas, por importantísima y relevantísima que sea la danza, los subtítulos son necesarios y exigibles, ¡es vergonzoso!. Ya no estuvo bien que en el Mark Morris dance group (de próxima publicación, estará disponible en este enlace en su momento) adjuntaran la traducción en el programa y que hubiese que volverse loco con la linterna del móvil, pero es que en esta ópera de Gluck, ¡ni eso!, ¡es el colmo!, ¿en que se supone que están pensando?.

Tampoco resulta agradable la permanente falta del conferenciante últimamente (y la gente esperándole en vano, sin que nadie se molestase en avisar que no va a haber conferencia); si a eso sumamos la clara baja de la calidad del programa de mano a nivel de textos… todo esto no parece augurar nada bueno para la nueva temporada, y parece que la gestión del señor Matabosch no empieza muy bien, y va camino de hundir todo el centro de cultura operística que se había conseguido con tanta información para cada ópera entre el programa, la revista del Real, los paneles informativos, la conferencia, los videos… parece que quizás, desde otro lugar, y aunque le pese, monsieur Mortier podrá decir ese refrán tan español de “otros vendrán que bueno me harán”.

Pero volviendo a la crítica de la ópera en sí (si es que se la puede llamar de ese modo, a continuación aclaro el porqué de esta duda) vaya usted a saber a que a venido tanta expectación.

Y es que lo que funcionó con Mark Morris, aquí no da el pego; la ópera ha sido recortada y deshecha hasta ser irreconocible, no funciona nada, y la danza no consigue expresar el mito de Orfeo y Eurídice, logrando que el público se pierda y no sepa muy bien que ha venido a ver, ¿es una ópera?, ¿es un ballet o danza cotemporanea?, ¿no es ni lo uno ni lo otro?, la realidad, mucho me temo es que no consigue ser nada, puesto que la danza no es tan buena como para imponerse, y la ópera ha quedado totalmente destrozada escenográficamente (y sin subtítulos,) además de profanada con un innecesario cambio de idioma… de modo que el producto final se queda en un nada más bien poco interesante.

Por otro lado, el desdoblamiento de los personajes principales no sólo no funciona, sino que desconcierta absolutamente, y la coreografía es medianamente salvable, aunque no destacable, de modo que soy incapaz de entender tanto revuelo con esta coreografa.

Tampoco parece tener ningún o muy poco sentido tener la música y los cantantes en directo en el escenario, donde pintan muy poco o nada humillados y avasallados por los bailarines.

En definitiva, una producción claramente fallida.

Comentar por último también, que hace unos meses se ha reabierto la tienda del Real… pero me parece peor que la de antes. Cierto es que esta es más pública, está más abierta a la calle, pero también está mucho más vacía, no sé, la verdad es que, aunque resulta esteticamente agradable a la vista (con tanto blanco), no me termina de convencer… y por supuesto, los precios están a la altura del teatro (por ser caros).

 

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Crítica exprés: Clandestina

Mi crítica llega tarde para el escaso tiempo (apenas unos días) que ha pasado este espectáculo en el Fernán Gómez, pero he sabido que esta misma compañía suele reprogramar este y otros parecidos, así que creo que mi crítica será útil igualmente tarde o temprano.

Mucho me atraía este espectáculo, no es para menos, lo que decía en los folletos era realmente seductor: “La Bernalina, exquisita cupletista sicalíptica tiene el placer de invitarle a su próxima fiesta clandestina. La fiesta de la que todo el mundo habla y en la que todo el mundo quiere estar. Se ruega máxima discreción”; hoy en día, en un mundo en el que, debido a distintas cuestiones como los medios o las redes sociales, la línea que separa la esfera privada, de la esfera pública es finísima (como en el barroco, ¡qué ironía!, lo viejo se vuelve nuevo); y en la que los secretos sólo lo son a voces… esta idea de la discreción, del secreto, de lo clandestino, aunque sólo fuera un juego, resultaba sumamente divertida y emocionante.

Pero también tenía miedo… harto estoy de espectáculos tipo los de la Tedesco (a la cual no hay quién saque del Fernán Gómez, ni con acido sulfúrico… una y otra vez reaparece en la programación como una plaga, parece que la hayan hecho funcionaria del teatro, ¡y yo no me explico por qué!), que no son sino vulgares conciertos de pub elevados a un escenario que no merecen… y no estaba por la labor de aguantar a otros “artistos” aspirantes a ser algo, por más evidente que sea que no lo serán jamás.

Todo ello, sin mencionar que, tal y como se veía la publicidad… perfectamente podía ser un espectáculo de transformismo… y no sería tan de extrañar teniendo en cuenta la decadencia y caída que han llegado a experimentar a veces los teatros municipales… quién sabe si, ya en el colmo del intento vanguardista, harían algo así. Yo, que ya he visto en esos lugares de todo, ya no me extraño de nada; para qué mentir.

Al final, no me encontré ni con lo uno ni con lo otro, sino más bien, con un término medio, pero eso ya es asunto de la crítica:

 

-Clandestina: no vamos a mentir, se trata más de un concierto con argumento que de una obra de teatro en la que hay canciones; quizás, involuntariamente, se acercan mucho al género de la revista (muy de la época que representan, por otra parte), es decir, que un ligerísimo argumento es la excusa para introducir múltiples melodías.

De hecho, en muchos aspectos, recuerda a los espectáculos de Olga María Ramos (y con un repertorio muy parecido), sólo que con una narración, y sin cambiar de mantón de manila continuamente.

La verdad es que el texto no está muy bien escrito ni es demasiado coherente, sin mencionar que está bastante mal documentado, además de que no faltan anacronismos y cosas fuera de lugar. Pero, como ya digo, dado que sólo es una excusa para introducir las canciones, pues se puede considerar moderadamente pasable.

Ahora bien, el gran problema que tiene este espectáculo es que la dirección de escena de Nacho Sevilla es muy mala y se adapta pésimamente a las circunstancias; pues es ilógico mantener el formato teatral tradicional si se pretende simular que todo el público está invitado a una fiesta clandestina, porque, la verdad es que, por más que se rompa la cuarta pared y se haga participar al público, en ningún caso se entra en la ficción que se quiere llevar a cabo, ya que, al final, realmente, estamos siguiendo el protocolo habitual.

Sin duda, lo más acertado sería impedir que el público estuviera en butacas, y montar una escenografía tipo la que se hizo para la producción de hace unos años de Cabaret, creando un ambiente más informal y distendido.

Aunque también entiendo, y es muy obvio, que no hay presupuesto, que la compañía que nos trae este espectáculo es sumamente pobre y no cuenta con recursos, así que hacen lo que pueden con lo que tienen.

Ahora bien, el talento normalmente se sobrepone sobre la falta de recursos… pero en esta ocasión, no se da el caso en ningún ámbito.

La coreografía, de hecho, a pesar de que hay alguien acreditado para ello (Luis Santamaría), yo llegué a pensar que era improvisada… que es lo peor que se puede decir, probablemente, de algo así.

En lo que respecta al reparto artístico, pues hacen lo que pueden con lo poco que tienen (talento incluido): Cristina Bernal se pasa la función entera haciendo auténticos esfuerzos por no desafinar (aunque está claro que está preparada para ello, pues lo consigue asombrosamente bien) ya que su voz no está realmente dotada para el canto… y actuar, bueno, digamos que hace de sí misma. Lo mismo se puede aplicar a Ángel Burgos que sobreactúa descaradamente, y además disfrutándolo. Nacho Ojeda, el pianista, no es nada del otro mundo como músico.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, la obra tiene sus bondades, pues, aunque no falta más de un anacronismo musical, fuera de lugar en una obra que se ubica en un año muy concreto; lo cierto es que llega a ser un buen repaso por muchas canciones populares españolas de principios del siglo XX; y eso, para el que le guste, más la ambientación extra, es un gran punto a favor.

Y no hay que negar que la función llega a resultar sumamente divertida… dentro del tópico y lo esperable, no nos vamos a encontrar nada ingeniosísimo.

En definitiva, la calidad de “Clandestina” como espectáculo es bastante baja, pero tampoco pretende ser nada deslumbrante, pues en muchos aspectos son conscientes de sus limitaciones y se esfuerzan en superarlas… sin embargo, hay que reconocer su interesante recuperación del género popular, que está prácticamente desterrado del teatro en la actualidad (aunque no han faltado muy notorias excepciones). En definitiva, yo sólo recomendaría asistir si se es un auténtico nostálgico o amante de este tipo de música; de otro modo, me parece absolutísimamente prescindible.

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Críticas exprés: Vaiana / El ciudadano ilustre / 1898, los últimos de Filipinas

Fui a ver esta película al cine Callao y encontré la atención al público sumamente atenta.

 

-Vaiana: tiene gracia, a veces, las personas que peor se caen es precisamente porque tienen muchos defectos en común, y por eso chocan y no se soportan. El caso de esta película es muy parecido, pretende renegar de todo lo que ha convertido a la compañía Disney en lo que es, y sin embargo, carece de la originalidad para romperlo.

Mucho tiempo lleva la compañía del ratón Mickey intentando crear a la princesa heroína americana perfecta, aquella que quede tan consagrada como lo hicieron las europeas que tanta fama, renombre y prestigio han dado al estudio; pero, una y otra vez, parece quedar claro que EEUU no tiene la magia del viejo continente… o por lo menos, Disney no es capaz de plasmarla en cine de animación. Lo intentaron Pocahontas o Tiana, pero ninguna ha sido rival para Blancanieves, Cenicienta, Aurora, Ariel, Bella o incluso la más reciente Elsa.

También se había experimentado en plasmar la belleza de las islas del Pacífico, concretamente Hawái (y por tanto el encanto de américa, más allá de los deslumbrantes castillos europeos… cosa que tampoco salió muy allá en taquilla con filmes como “Zafarrancho en el rancho”), a través de las acuarelas en “Lilo y Stich” pero el batacazo fue más que notorio (por cuestiones narrativas, nunca estéticas, cosa que casi siempre es perfecta), y supuso la definitiva confirmación de la decadencia y final de la tercera época dorada de Disney que se había iniciado en los noventa con “La sirenita”… y lo que es peor, del propio cine de animación tradicional, que no ha vuelto a levantar cabeza desde aquella época (el escaso éxito de “Tiana y el sapo”, y que John Lasseter, pionero del cine de animación por ordenador con Pixar, sea el jefazo del lugar, ha puesto muy en cuestión que Disney vuelva al sistema de hacer cine que les ha dado la inmortalidad, el lugar que tienen en la historia del cine y su posición en Hollywood).

Sin embargo, mucho esperaba yo de esta nueva película, de la que estoy haciendo la crítica, dirigida por John Musker y Ron Clements, que han sido capaces tanto de hacer grandes obras maestras (“La sirenita”, “Aladdin”, “Hércules”), como grandes fiascos (“Basil, el ratón superdetective”, “El planeta del tesoro”); pero, en cualquier caso, siempre películas que, a pesar de la primera impresión, sí suelen merecer un segundo visionado y una segunda lectura, pues nunca están faltas de originalidad y de un algo más.

Si a eso le añadimos que es un musical, pues estaba como loco… aunque, como siempre, me apenara que fuera animación por ordenador y no tradicional (aunque hay alguna que otra breve secuencia dedicada a esta), como siempre había sido costumbre de estos directores (supongo que no les ha quedado más remedio que plegarse a esa exigencia).

Pero como ya digo, el gran problema de esta película es que reniega e incluso se burla de la fórmula del éxito (y está claro que lo es, porque, por más que no falte quien la tache de cursi, el éxito absoluto e incuestionable de “Frozen” refuta cualquier argumento contrario a esta cuestión), así, la protagonista reniega de ser una princesa (cosa que tampoco es original, ya lo vimos en “Rompe Ralph”), aunque está claro que su posición social sería, como mínimo, paralela; entre otros ejemplos parecidos, como que la acompañe un animal completamente tonto (el gallo), para burlarse de los entrañables amiguitos habituales de este tipo de personajes.

Sin embargo, sin duda alguna, lo que hace que uno se cabree con todo lo anterior, pues ya parece que se están burlando de ti, es que el filme es un plagio absoluto de un montón de cosas anteriores (pues jamás consigue ser una parodia, cosa que, por otra parte, ya logró brillantemente “Encantada”), un refrito de material previamente utilizado, a todos los niveles, tanto el argumental como el estético.

Así, Vaiana es idéntica a Tiana físicamente, y de carácter es como Anna de “Frozen”; su abuela es una réplica perfecta, a todos los niveles, de la Abuela sauce de “Pocahontas”; el padre no es muy diferente del Rey Tritón de “La sirenita”; y el personaje de Maui es físicamente como Hércules o Gastón de “La Bella y la Bestia”, y de carácter como el príncipe Naveen de “Tiana y el sapo”. Todo ello, sin mencionar la dirección artística, que copia a la perfección la de “Lilo y Stich” (de hecho, si no estuviera hecha por ordenador, hasta diría que reciclaron cosas)… y fíjate tú que casualidad, la mayor parte de las películas que he nombrado, fueron dirigidas por Musker y Clements… ciertamente, Picasso calificaba el tener, potenciar un estilo propio y característico como una forma de autoplagio… ¡pero es que estos dos directores se han pasado!; ¿falta de ideas, de creatividad, de imaginación?, todo parece indicar que ese es el síntoma principal que aqueja a esta película.

Y ello lo confirma el guión, con una historia ya no demasiado original (en resumen: un viaje necesario para solucionar un problema que desemboca en el redescubrimiento personal de uno o varios personajes… madre mía, lo nunca visto, ¿a que sí?), que se desarrolla mal, pues se incluyen todo tipo de tópicos y lugares comunes archivistos en el cine de animación (y el que no lo es), tanto en las situaciones que se viven (la mayor parte de ellas forzadas, absurdas y poco verosímiles) como en los personajes secundarios que van saliendo al encuentro de los protagonistas (algunos sin sentido o definición alguna -bueno, en realidad, casi todos los personajes están pésimamente o muy tópicamente definidos-, como el Océano o una especie de piratas con forma de cocos que les atacan por el medio de la película, vaya usted a saber con qué objetivo o porqué)… incluso el giro final era de esperar, y poco sorpresivo, en estos directores, que ya utilizaron recursos parecidos en producciones previas. Por su parte, los diálogos también parecen un copia y pega de productos anteriores, da la impresión de que esas frases, discursos y reacciones, ya las hemos visto antes. Todo ello, sin mencionar la buscada y rebuscada emocionalidad forzada, que impregna de forma desesperada cada fotograma, y que se acaba tornando tan artificiosa como repulsiva, pues se nota, se percibe asquerosamente manipuladora, además de que se hace más que evidente que se está siguiendo un modelo, una plantilla prediseñada, un cálculo matemático… pero, por suerte o por desgracia, en el arte 2+2 casi nunca son 4.

Para la música, tan vital en un musical, tratan de combinar el estilo más tribal y popular, con el pop y el musical más tradicional… y por supuesto, fracasan, no ya porque muchos cocineros estropeen el caldo (hasta tres compositores hay, uno de ellos ganador de premios Tony -Lin Manuel Miranda- y otro vinculado a varios grandes títulos de la casa Disney -Mark Mancina, aunque exceptuando “Oliver y su pandilla”, casi siempre trabajó como colaborador-), que también, sino porque los ingredientes que se usan son de un estilo muy diferente, y por tanto, difícilmente combinables… así, aunque la banda sonora de “Vaiana” es pegadiza (por una razón muy lógica, hay una repetición de leit motivs continua, así, por hache o por be, se te va a quedar en la cabeza sí o sí), lo cierto es que no deja poso emocional, las canciones no llegan a impresionar o llegar al punto más álgido de la emoción, siempre se quedan a medias, como un orgasmo que nunca se termina de alcanzar.

Y respecto a la animación, lo ya dicho, es bella, estética (al igual que la cuidada fotografía), pero poco o nada original; no nos aporta nada que no hayamos visto; ninguna imagen nos impactará porque tenemos la permanente impresión de estar viviendo un déjà vu continuo, y todo nos recuerda a algo o varias cosas anteriores muy parecidas o idénticas.

En cuanto al doblaje español, es más que correcto; aunque quiero exceptuar de ello la excesivamente característica voz de María Parrado (conocida popularmente por ser la ganadora de un reality show), usada para las canciones de la protagonista, pues resulta especialmente molesta, y poco o nada apropiada para el personaje que interpreta.

En definitiva “Vaiana” rompe la posibilidad de vuelta a una cuarta época dorada de Disney (que parecía anunciar de forma esperanzadora “Frozen”, con ciertos importantes precedentes en ese aspecto, como fue “Enredados”), y, sin duda, esta película de la que hago la crítica, terminará siendo considerada uno de los clásicos menores de la compañía Disney, y de sus directores.

 

Fui a ver esta película al cine paz (pues ya llevaba tiempo en cartel, y este cine es muy confiable en el aspecto de que las películas tardan tiempo en desaparecer) y encontré la atención al público sumamente amable.

 

-El ciudadano ilustre : imagínate que esta película es española, imagínate ahora que la dirige José Luis Garci, imagínate por último que es candidata al Oscar a la mejor película extranjera (y lo gana)… vaya, pero si no hace falta imaginarlo, ¡esa película existe y se titula “Volver a empezar”.

En definitiva, aunque esperaba mucho del filme argentino del que voy a realizar la crítica (por todo lo que había leído sobre él, aunque el tráiler no me convencía en absoluto), lo cierto es que al final lo percibí como una versión amarga de la amable visión de Garci.

En realidad, y aunque “El ciudadano ilustre” es una versión más actualizada (lógicamente), que, en ocasiones, se mete en otras temáticas en las que no entraba “Volver a empezar” (como también el filme argentino no trata ciertas cuestiones que sí trataba la película española), lo cierto es que en esencia es exactamente lo mismo: escritor que vuelve al lugar al que, por circunstancias de la vida, llevaba mucho sin volver, que es el origen de su inspiración y de las grandes obras que le dieron notoriedad y prestigio; allí, se encuentra con todos sus asuntos sin acabar, con los viejos conocidos, pero sobre todo, con que nada puede ser igual porque ahora él está a otro nivel y ya no tiene nada que ver con quién era cuando abandonó aquel sitio.

Así, aunque se trata de dar una visión diferente del mismo tema, lo cierto es que ambas versiones son demasiado parecidas; por poner un ejemplo: digamos que ambas son mandarinas, una es dulce y la otra agria… pero ambas mandarinas al fin y al cabo.

Por lo demás, no le encontré nada sobresaliente ni llamativo ni en el aspecto técnico o el artístico… quizás que la fotografía era bastante inadecuada.

En definitiva, aunque “El ciudadano ilustre” sí hace algunas reflexiones aceptablemente interesantes acerca de la fama, los orígenes, la cultura, el arte o las instituciones que se supone que lo patrocinan (pero, sin duda alguna, de lo mejor que deja, es como se debe amar la obra sin tener en cuenta al artista… pues es difícil que el protagonista resulte agradable como persona), lo cierto es que no aporta novedad alguna a lo que ya se ha visto sobre estas temáticas en ningún sentido, y, por encima, como ya he dicho, recuerda demasiado a “Volver a empezar”, en versión desagradable, pero “Volver a empezar” al fin y al cabo.

 

Fui a ver esta película a los Cinesa Méndez Álvaro y encontré el trato al público apropiado. Me gusta que te pregunten si tienes la Cinesa card, así no pierdes posibles puntos.

 

-1898, los últimos de Filipinas: sin duda alguna, lo peor y más terrible que se puede decir de esta película de la que hago la crítica, es que la versión anterior (de los años 40, nada menos), apologética de un régimen dictatorial y totalitario, es mucho mejor y más fiel históricamente. Y no soy yo el único que lo digo, internet está lleno de críticas que comentan lo infausta que es la nueva versión; familiares o descendientes de los auténticos soldados se tiran de los pelos o se sienten insultados por el nuevo filme… y en favor del valor histórico de este, apenas se puede argumentar que ya al principio se dice que sólo está basado en la realidad, y que, al menos en esta versión, cosa que no aparecía en la película franquista, sí se deja ver que hubo desertores (argumento que encima es falso, porque en la película del 1945 sí se toca el tema, y bastante mejor que en la nueva versión, en la cual el desertor resulta un personaje grotesco y paródico)… mira tú que gran ganancia, que gran fidelidad a la verdad y que gran defensa de la nueva versión.

En realidad, es lógico que esta película no funcione, básicamente porque vivimos en un mundo en el que la forma de pensar de los héroes de Filipinas resulta totalmente incomprensible para la gran mayoría de las personas, muy probablemente porque hemos creado una sociedad egoísta y materialista en la que la nobleza moral se ha convertido en algo de lo que burlarse. Se dice mucho, hoy día, que los jóvenes no tienen valores, cosa que yo no comparto, pero sí afirmo que no tienen ideales… y esta película es el ejemplo perfecto de ello, pues ha sido realizada por personas claramente incapaces de entender ese concepto.

¿Cómo se puede hacer una película sobre un tema como este, tan vinculado a grandes ideales, si estes no son comprendidos?, ¿cómo se puede hablar y dar a entender valores como la lealtad, el patriotismo, la nobleza, el honor, el sacrificio por el bien mayor… etc, si hoy día la gran mayoría de esas cuestiones, a una buena parte de la sociedad, les parecen como mínimo lejanas, por no decir estúpidas, ridículas, sin sentido o como mínimo pasadas de moda y de otros tiempos?, ¿cómo se puede lograr que los personajes que presentamos sean lógicos y coherentes si aquellos que los recrean no consiguen siquiera entenderlos? (como sus declaraciones ante la prensa han dejado claro), ¿cómo justificar acciones y comportamientos si no se sabe el sentido de estos o por qué se llevaron a cabo?… es absolutamente imposible, y por tanto, esta película necesariamente tenía que ser un fiasco, porque no se puede explicar lo que no se comprende… y paradójicamente, la película franquista tenía que ser mejor, precisamente porque sí podía acercarse más al concepto de los grandes ideales… ¿que esta última era totalmente propagandística?, desde luego, pero también, mucho más capaz de captar la psicología y las acciones de las personas que formaron parte del sitio de Baler. Es muy triste y lamentable tener que reconocer esto, pero desgraciadamente es así.

Así pues, nos encontramos con que el guión de Alejandro Hernández es de risa, no sabe qué hacer con el material que tiene, no entiende a sus propios personajes, está totalmente perdido en los hechos históricos, de los que decide pasar o escoger a su antojo que mete y que no… en definitiva, que es una catástrofe completa. Pero si aún fuera esto sólo, pues el guión como drama ficticio tampoco vale gran cosa, porque se obsesiona con un melodramatismo extremo, con crear unos diálogos absolutamente incoherentes, llenos de frases pretendidamente profundas y pomposas, para finalizar autoinmolandose con la incapacidad para definir a los personajes si no es de una manera tópica o estereotipada, y el cualquier caso, siempre desmesuradamente superficial… así pues, no hay profundidad, todo sucede porque sí y los personajes se comportan de l modo que lo hacen porque lo dice el guionista. Obviamente, ningún espectador puede tragar con esto.

Salvador Calvo, en la dirección, intenta darle ritmo a la cosa y que tenga el estilo de una superproducción, pero, con el material que maneja, aunque logra crear un producto medianamente entretenido, como drama ficticio, el resultado final, necesariamente, le explota en la cara.

Lo mejor es la cuestión técnica, que aunque tampoco es todo lo fiel que debería, sí que es visible, me gustaron la fotografía y la dirección artística.

El reparto artístico demuestra, una vez más, lo poco a la altura que suelen estar los actores españoles de una gran producción, y porque nos seguimos viendo obligados a ver sitcoms vulgares con chistes zafios. Todos los actores jóvenes están perdidísimos y tienen una expresión permanente que parece expresar “¿y ahora que tengo qué hacer?”; en cuanto a los veteranos, son incapaces de entender a sus personajes (bueno, ni ellos ni nadie), así que se dedican a fingir, para ellos mismos y para el resto, que saben lo que hacen… mientras, de vez en cuando, en más de un plano, su inseguridad aflora una y otra vez.

En definitiva “1898, los últimos de Filipinas” se quiere presentar como un producto de calidad… pero difícilmente consigue engañar a nadie pasados los cinco primeros minutos (diez máximo); su falta de fidelidad histórica, mirada presentista e incapacidad de trabar confianza con los hechos y personajes que trata, la llevan a un lógico fracaso; terminando por ser un drama superficial, sin mucho sentido, incluso ridículo, y mal interpretado por los actores.

Pero yo creo que, más que cualquier crítica que pueda hacer, lo más ilustrativo de cara a entender como es ver esta película, es que haga una de mis irónicas reproducciones de lo que supone su visionado, que tantas veces he hecho para la sección Teatro (aviso, tiene SPOILERS):

Comienza el filme, Álvaro Cervantes, con un intento de acento extremeño que le viene y se le va arbitrariamente, según la secuencia, nos comenta que luchan por mantener un imperio y los Filipinos por la libertad (sí claro, como si con nosotros no fueran libres… que luego lo han sido mucho más), dejando claro el tono de la película: los españoles eramos una mierda imperialista y los filipinos unos santos y oprimidos varones que sólo luchaban por la justicia… a tan peculiar visión (especialmente siendo el filme de nacionalidad española, y subvencionado por este mismo país) se une la mirada presentista y absolutamente ligada a determinados valores actuales que nada tienen que ver con la época que tratamos, ¿qué esa no es manera de juzgar la historia?, bueno, como pronto descubriremos, según las ideas de los creadores de este filme, la historia está para pasársela por… etc.

Llegan los soldados al pueblo, con la típica secuencia, que no puede faltar, de la gente cerrando puertas y mirando de reojo, ¡que tensión!, ¡y qué originalidad!.

Se nos presenta, por decir algo, a los personajes:

-Hola, soy Luis Tosar… esto… Martín Cerezo, ¿y usted quién es?.

-Yo… pues el militar psicópata y sanguinario… -contesta Javier Gutiérrez- mira que cara de misterioso pongo, ¿a qué parece que tengo un secreto y doy miedo?, ¡se nota que soy fundamental para el desarrollo de la trama!.

Primer plano de la reacción inexpresiva de Álvaro Cervantes

-Mentira -responde contundente Tosar/Cerezo-, tú eres Satu, el de “Águila roja”, que te veía siempre en la primera de televisión española, ¡a mí no me engañas que soy muy listo!.

Primer plano de la cara de Álvaro Cervantes, cuya inexpresión mataría de envidia a la esfinge mitológica.

-Ya, claro que sí -responde Gutiérrez-, ¿y tú para ser extremeño, no tienes mucho acento gallego?.

-Vamos a dejarlo -replica Tosar.

Interviene Eduard Fernández:

-¡Ay maricones!, dejad de pelearos, que aquí la única reinona que hay soy yo, que para eso soy el capitán. ¿Habéis visto que perrito más bonito me he traído a la guerra?, ¿y que, misteriosamente, no tiene nombre?, todo el mundo en esta película se va a referir a él como el perro… bueno, voy a darle la mitad de las provisiones, que lo mejor tiene que ser para mi ricura.

-Todo esto nos pasa porque las palabras vuelan, pero los escritos permanecen -afirma un chico.

-¿Pero qué dice, soldado? -grita Tosar/Martín Cerezo en la película.

-No sé -replica el chico-, intentaba decir una frase profunda, ¿es ese tipo de película, no?.

Un sacerdote, interpretado por Karra Elejalde, se acerca a otro soldado, interpretado por Álvaro Cervantes:

-¡Eh!, ¿quieres colocarte?, ¡tengo una mierda que flipas!, ¡si quieres ir al cielo, lo tengo yo!.

Álvaro Cervantes le mira de forma inexpresiva. Elejalde continua:

-Quien calla otorga, ¡vamos!, tú tranquilo, nadie se va a dar cuenta de que vas puesto hasta las cejas, incluso a pesar de tus ausencias continuas o de que todos compartamos unos pocos metros cuadrados.

-Es verdad -dice Tosar-, no nos damos cuenta de nada, estamos muy ocupados buscando una personalidad.

Aparece una filipina y se desnuda delante de todos.

-¿Pero qué haces putilla? -pregunta Javier Gutiérrez.

-Pues no lo sé -responde la mujer-, pero es lo que hay que hacer, al fin y al cabo, esta película es española, ¿no?… y ahora voy a cantar, ¡porque sí!, ¡sin más!, ¡como si esto fuera una película de Marisol!.

-A todo esto, -pregunta Tosar- ¿por qué nos odian los filipinos?, ¿alguien lo sabe?, ¿cuál es el contexto histórico en el que estamos?.

Todos se quedan con cara de incógnita, excepto Álvaro Cervantes, que mantiene la misma pose inescrutable que hubiera hecho furor entre los seguidores del estoicismo.

Acto seguido, comienza el asedio.

-¡Ay maricón, que mal me siento! -comenta Eduard Fernández, que supuestamente, interpreta al capitán las Morenas-, ¡menos mal que los filipinos están muriendo todos!, no se sabe cómo, fuera de la iglesia dentro de la que estamos nosotros encerrados, ¡qué gran muestra de valor estamos dando todos aquí dentro!.

Álvaro Cervantes pone cara de poker.

-¡Es verdad! -afirma un soldado-, incluso aunque nuestro país sea una mierda imperialista, las guerras no tengan sentido y morir por la patria sea una estupidez… sin mencionar que todos nuestros gobernantes son corruptos, incompetentes o tontos del bote… pero… oiga, teniente, si todos pensamos eso, ¿por qué estamos aquí pasándolas putas y cagándonos en todo?.

-¡Porque me da la gana, joder! -replica Tosar-, he perdido a toda mi familia, soy demasiado joven para prejubilarme, no tengo nada mejor que hacer… ¡y esto es lo más parecido que me ha ofrecido el ejército a unas vacaciones pagadas!, ¡así que yo no me muevo de aquí hasta que me ponga moreno y me compre algún souvenir!, ¡por mis cojones que en este lugar nos quedamos!.

-¡Claro! -vuelve a decir el chico de las grandes frases, siempre certero en su análisis de la situación-, ¡lo que pasa es que hay hombres que quieren Pinakbet, y otros que quieren volver a comer tortilla de patatas!.

-Pero el gilipollas este, -brama Tosar/Cerezo- ¿que se cree con esas frases grandilocuentes?, ¿que está en una gran película épica?.

-No creo que nadie piense eso -afirma con dificultad el cura, interpretado por Elejalde, sin apenas poder sostenerse en pie de lo ciego que va, y con las pupilas tan dilatadas que apenas se le percibe el iris.

-¡Los voy a matar a todos! -murmura Gutiérrez-, ¡a los filipinos, al perro, al capitán, al cura, al teniente… pero sobre todo al soldado de las frases profundas!, ¡me da igual, yo lo que quiero es matar, matar, matar!, ¡¡que gustirrinín me da!!… pero de momento, voy a mirarles mal y a hacerme el interesante.

-Yo no me preocupo -reacciona otro soldado- porque tengo aquí mi medalla, de plata de ley, de la Virgen de las Alpujarras del Toboso que me va a proteger de todo mal por siempre jamás… -se oye un tiro, el soldado que acaba de pronunciar esta frase está desangrándose y comienza a decir sus últimas palabras- ¡mierda!, ¡ya sabía yo que el que decía este tipo de frases muere siempre!, ¡si es que no aprendo los tópicos que me salvarían! -el soldado muere.

Álvaro Cervantes reacciona a todo esto con tal impasibilidad, que ríete tú de las imágenes religiosas del románico. De repente, la putilla filipina comienza a cantar.

-¡Pero qué harto me tiene esa mujer! -berrea Tosar/Cerezo.

-¿Por qué?, ¿Por qué está intentando tentarnos con sus malas artes femeninas? -pregunta un soldado.

-¡No!, -exclama Tosar/Cerezo- ¡la mataré porque sólo se sabe dos canciones de Marisol y no para de cantar las mismas una y otra vez!, ¡qué horror!, ¡esto es tortura psicológica!, ¡os juro que como vuelva a oír “Tómbola” por milésima vez… le pego un tiro!… porque yo puedo aguantar el hambre, la necesidad, la enfermedad, la muerte, y todo lo que quieras… ¡pero “Tómbola” otra vez, eso sí que no!.

Unas cuantas secuencias y varios tiroteos después….

-¡Esto es terrible! -grita exhaltado Carlos Hipólito en el papel del médico-, ¡estamos todos enfermos!, ¡a los que no se les ha clavado una astillita de madera en el dedo gordo del pie, les ha entrado polvo en el ojo!… ¡y yo no tengo tanto betadine!.

-Tú tranquilo que yo ya tengo las hierbas medicinales que lo solucionan todo -comenta el cura que interpreta Elejalde.

-¡Aparta drogata!, ¡no me extraña que los soldados deserten ahí, delante de nuestras narices, y que nos dé igual!… bueno, los que no ha matado y se ha comido el militar psicópata, claro… que aquí no se desaprovecha nada. A todo esto, Álvaro Cervantes… estooo, ¡perdón!, quise decir, soldado cuyo acento extremeño viene y va, dime una cosa ¿cómo es posible que hagas unos dibujos tan bonitos y tan detallados si nunca pones el lápiz encima del papel?, y lo que es más importante, ¿de dónde sacas el tiempo y las fuerzas?, ¿pero no estamos en un asedio?.

Primer plano del rostro hierático de Álvaro Cervantes, que ya lo quisieran para sí las esculturas del antiguo Egipto prehelénico.

-Este chico es el típico soñador con aspiraciones que se truncan en el desenlace -replica el militar psicópata interpretado por Gutiérrez-, para que el público llore y salga del cine creyendo que todo esto ha sido muy injusto y una cabronada, ¡qué bien está vendiendo el mensaje el guión!, ¡no se nota para nada la descarada manipulación emocional!.

-Es que las miserias de la guerra -afirma el soldado profundo con voz trascendente, digna de la gran frase que va a decir-, miserias son, y en miserias se quedan.

-¿Pero tú no te habías muerto ya? -berrea Martín Cerezo/Tosar-, ¡mira, por favor, deserta ya o te juro que te pego un tiro!, porque no puedo esperar más a que te maten los filipinos… que están muriendo todos ahí fuera, a saber cómo… a lo mejor de aburrimiento, porque otra cosa, ¡no me dirás!.

Por fin, se acaba el asedio, pues Luis Tosar descubre que periódicos, cartas, palomas mensajeras, telegramas, burofaxes, correos electrónicos… y hasta la propia Reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, que se desplazó ex profeso para convencerle de que entregara la plaza (y a la que Tosar/Cerezo expulsó a patadas, calificándola de farsante, pues todo el mundo sabe que las Reinas siempre llevan corona… y esa vil embaucadora ni siquiera tuvo la decencia de ponerse una capa de armiño, aunque sólo fuera para disimular un poco), ya que Filipinas había caído en manos de EEUU… era todo auténtico y verdad; pero sólo se da cuenta de ello, porque no le ha llegado la última entrega de “Barcos embotellados” la colección por fascículos que estaba haciendo, lo que, sin duda alguna, certifica con absoluta seguridad, que España ha perdido Filipinas.

-¡Vaya!, con lo bien y tranquilos que estábamos todos aquí, ¡qué pereza volver a España!, ¡pero que asco le tengo a la madre patria, de verdad! -exclama Tosar en su personaje de Martín Cerezo, tras haber anunciado a sus soldados que abandonan la iglesia.

Álvaro Cervantes, que ha perdido uno de los dedos centrales de la pierna derecha, se muestra inexpresivo, a pesar de que vive la gran tragedia de que nunca podrá realizar su anhelado sueño de ser modelo de pies.

-¿Cuántos han muerto al final? -pregunta Javier Gutiérrez.

-Pues no sé, entre los que has asesinado tú, y los que han fallecido por diarrea… es que estos viajes a lugares exóticos, es lo que tienen… pues no sé que decirte, además, yo en la iglesia siempre contaba la misma cantidad de figurantes -responde Carlos Hipólito-, pero no te preocupes, la película asegura al final, en los créditos, que murieron más filipinos… aunque no sé como.

-Así empezó la caída del imperio español… -exclama dramáticamente el soldado profundo- ¡porque sólo se puede destruir a una gran nación, cuando ella misma se ha destruido interiormente!.

-¡Oye! -dice otro soldado-, ¡esa frase ni siquiera es original!, ¡es de otra película, de la de “La caída del imperio romano”!.

-¿Y qué esperabas de un intento de imitación de superproducción como este? -responde Tosar/Cerezo.

-¡Pero qué cansinos! -grita el general filipino-, ¿queréis marcharos ya, pesados?, ¡que se acabó!, venga anda, que aunque me halláis matado a mitad del ejército, os acompañamos con honores a la salida del país, ¡que no se diga que somos unos maleducados!.

-¡Ay, pues muchas gracias!, ¡qué detalle!… pero por favor te pido, que antes de irnos, mates al soldado profundo, porque por Dios te juro que no voy a ser capaz de aguantar más frases rimbombantes… que tenemos mucho viaje a España -responde Luis Tosar/Martín Cerezo.

En la última secuencia, el ejército se aleja del pueblo de Baler. Primer plano de la cara inalterable de Álvaro Cervantes, que ha conseguido no cambiar de expresión en toda la película.

Fin.

¡Pues hala!, con esta descripción que os acabo de dar, ya no os hace falta ni ver la película… y lo que es peor, seguro que os divertirá bastante más mi escrito que el filme.

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Crítica exprés: La muerte de Luis XIV

Mucho busqué y deseaba ver esta película, y aunque, las críticas que leía me causaban auténtica desconfianza (no por malas, sino por demasiado buenas y por lo mucho que resaltaban ciertas cuestiones que, si uno lee entre líneas, pronto se da cuenta de que están describiendo un filme con muchas pretensiones artísticas pero que, en realidad, es un bodrio que no gusta a nadie de verdad), pero Luis XIV de Francia es uno de mis personajes históricos favoritos, y yo estaba empeñado en ver esta película, fuera como fuera… y cualquiera que me conozca sabe que poseo una tenacidad espectacular (o testarudez, depende de como se mire).

En cualquier caso, el hecho de que apenas se haya estrenado en este país (lo que tampoco era la mejor de las señales), y que los pocos sitios dónde se encontraba era en Andalucía, hacía peligrar mi intención… así que fue una sorpresa descubrir que también la podía encontrar en Madrid… en sólo un cine.

Más motivos para desconfiar, un sólo cine la estrena, así que rápidamente ya imaginas cómo será y que panorama te vas a encontrar… pero la vida siempre depara sorpresas, ¡ahí está lo divertido!… por decir algo.

Así pues, me decidí a acudir al único lugar que tenía la película, un cine llamado “Artistic metropol” de reciente aparición en la villa y corte. De la experiencia que supone acudir a tan “fascinante” lugar (siguiendo esa tradición de hablar de los sitios a los que acudo) voy a hacer algunos comentarios a continuación, antes de la crítica.

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En fin, como decía, investigué que sólo se podía ver “La muerte de Luis XIV” en este lugar, así que decidí saber más… y uff, primeras sorpresas, no hay sesiones todos los días ni en muchas horas, como es lo acostumbrado, sino extremadamente repartidas, de modo que, en vez de lo habitual, que es que el cine se adapte a ti, en el Artistic Metropol tú te tienes que adaptar al cine (ejemplo: a lo mejor sólo hay una sesión diaria, y esa es, en distintas horas, dos o tres días a la semana)… y cómo tampoco tienes más opción, porque tienen el truco de que las películas que hay allí, no las hay en ningún otro sitio, ¡pues hala!, ¡o vienes cuando a ellos les convenga o no la ves!.

Por supuesto, también tenía que descubrir dónde estaba el local, y… ¡más sorpresas!, cerca del rastro, en una zona que no falta quién califique de “quinquilandia” (si alguien se pregunta porqué, le sugiero que inspeccione las salidas del Metro Embajadores, el cercano parque del Casino de la Reina… o la okupada Tabacalera); lo que nos faltaba, menuda localización escogieron para un lugar autodenominado como “la primera sala de Madrid especializada en cine independiente, gestión cultural cinematográfica y servicios audiovisuales”, no me parece a mí el ambiente más intelectual, pero bueno, también la Casa encendida está en la misma zona, y el jardín de El Capricho estuvo rodeado de chabolas, y no por ello merecía menos la pena… así que juzgar por el emplazamiento puede ser un error (en algunos casos), y eso lo sé.

¡Además, da igual, porque yo soy un temerario!, ¡y tozudo como una mula!, pensaba ver la dichosa muerte de LuIs XIV en el cine ese, ¡aunque tuviera que morir yo también el proceso!, así que modifiqué, adapté toda mi agenda para acudir a la única sesión que tenían aquel día… y me aventuré por “quinquilandia” adelante, el Madrid profundo… y que conste que no lo sentí por mí, sino por el pobre Luis XIV, ¡si levantara la cabeza!.

El exterior del lugar, absolutamente discreto y escondido, pues sólo se encuentra fijándose con atención, de lejos parece una tienda más, y de cerca, un videoclub decadente… tampoco inspira demasiada confianza el que todo el cristal esté lleno de carteles, que hacen que temas lo que vas a encontrar dentro… si lo ocultan tan concienzudamente, por algo será.

Pero da igual, yo aquel día estaba dispuesto a todo, así que allí entré… y no tardé en encontrarme con el público habitual y predecible que suele acudir a este tipo de cosas: muchos gafapastas, aspirantes a bohemios con aires pseudointelectuales que sólo van a este tipo de sitios para decir y presumir de que son muy diferentes o de que tienen un pretendido nivel cultural (y esto no es sólo una suposición, antes de entrar, me encontré a una señora que pareció hacer una llamada exclusivamente para decirle a alguien que estaba “otra vez, como siempre, en el Artistic”)… y a los que les falta tiempo para comentar, a quién quiera oírles, todo lo último de arte y ensayo que han visto, y lo mediocre que es el resto.

Uno pensaría, que tan selecta clientela, tendría que tener un personal a la altura, y eso sería lo esperable… ¡pero ya he dicho que en la vida, lo más divertido, es siempre lo más impredecible!.

El caso es que me pongo a la escasa cola, y en el mostrador que hace las funciones de taquilla (que además, tiene una máquina de palomitas al lado… aunque sea inimaginable que a tan distinguida audiencia se le ocurra siquiera caer en el consumo de un producto que se ha convertido en sinónimo del cine comercial, el cual, con razón, es denostado de “palomitero”… ¿o quizás sí que caen, y resulta que no somos tan intelectuales como vamos diciendo por ahí?) me encuentro a dos hombres, uno de pelo plateado y apariencia respetable… y el otro, ¡ay, Dios mío, el otro!, un tipo con aspecto de poligonero que encajaba tan bien con el propio barrio, que no lo hubieran podido escoger como tópico de habitante de este más ex profeso, ¡lo tenía todo!: tatuajes por todos los lados, el pelo mal teñido (o unas mechas muy raras, y que, en cualquier caso, le daban un aspecto espantoso), piercings, camiseta vieja y de mal tejido ¡en pleno invierno!… vamos, el cuadro completo.

Mis esperanzas se dirigieron hacia el tipo del pelo plateado, ante la cierta inquietud que me producía sacar la cartera delante del joven… pero mis anhelos se desvanecieron completamente cuando el señor aparentemente respetable se marchó, dejando al poligonero al mando.

Pero bueno, yo siempre digo que no hay que fiarse de las apariencias… hasta que se confirman; y los barriobajeros gustos estéticos de aquel joven, en lo que se refiere a su aspecto físico, estaban perfectamente acordes con su actitud y comportamiento de cara al público, así pues, se hizo con uno de los bastones de caramelo (esos típicos de navidad, rojos y blancos) que estaban a la venta, y se puso a chupetearlo con descaro, mientras se le llenaba la mano de azúcar y apenas podía hablar o hacer otra cosa, pues estaba muy ocupado en tan importante actividad no laboral. Supongo que también quería encontrar alguna distracción alternativa a un bohemio, hombre de larga barba negra, que parecía obsesionado con ligar con él (su presencia allí no parecía tener otro propósito, pues ni entró en la sala, ni parecía dispuesto a comprar nada), pues no dejaba de preguntarle cosas como “¿cuál es la última película que más te ha gustado a ti?” o “¿esta película te ha gustado a ti?”, todo ello, siempre acentuando mucho el dar a entender lo enormemente que valoraba la opinión del joven que, a juzgar por la crítica que dio de cierta película comercial en cartel, no era precisamente un avezado cinéfilo. También es cierto que al bohemio barbudo le costaba horrores conversar con él, y que el joven no sabía bien como librarse de tan persistente y oneroso pretendiente… lo ignoraba en todo lo posible, pero tampoco se sentía capaz de mandarle al sitio que le gustaría y dónde no huele bien.

El caso es que por fin me llegó el turno, y el jovencito este me tutea, se dirige a mí como si hubiésemos pasado horas de conversación, y me trata con unas confianzas como si llevásemos toda la vida compartiendo litrona o hubiésemos quedado para el botellón del sábado noche… tuve que controlarme para no dar un paso atrás, que diera a entender claramente, a todos los presentes, que yo a ese señor de los tatuajes, el pelo de un rubio extraño y la camiseta en pleno invierno, no lo conocía de nada, ¡es más, que no lo había visto en mi vida!. Así que hago esfuerzos por entender su dialecto arrabalero, y consigo la entrada, que se queda pringosa del bastón de caramelo… ¡pero todo sea por Luis XIV!.

Así que me pongo a esperar, puesto que este “cine” sólo dispone de una sala (por lo que hay que esperar a que acaben los créditos de la anterior película, que en esta clase de sitio, siempre hay gente que se queda a memorizarlos o Dios sabe qué), y aprovecho para fijarme en la decoración, que posee unas mezclas que la hacen de lo más hortera, todo pintado de rojo evocando el glamour del cine, cartelería mezcla de películas que fueron comerciales en su momento (¿pero no eran tan de cine independiente y serie B?) y otras menos… y hasta venta de figuritas y productos de lo más friki. No se podía esperar menos, por otra parte, visto lo visto.

En cualquier caso, nuestro joven taquillero, por fin tiene la oportunidad de dejar de lado, un rato, el cortejo del bohemio barbudo (asimismo, no abandona la importante actividad de continuar la degustación del bastón de caramelo), para ocuparse de dar paso a los asistentes a la siguiente sesión, marcando las entradas que él mismo ha vendido… y es entonces, cuando tenemos la oportunidad de poner la guinda del pastel, si todo lo anteriormente descrito acerca de este joven parecía insuficiente, cuando ves el resto del atuendo que ocultaba el mostrador, ya llegamos al súmmum total del vestuario poligonero: lleva puestos pantalones de chándal (vale que yo soy de los que sigue apreciando que algunos de los acomodadores del Palafox lleven librea… pero es que una cosa es que se pueda entender que, en los tiempos que corren, el vestuario sea más informal… y otra el desmadre absoluto del chico este, ¡qué hay que saber dónde se está y no todos los contextos exigen el mismo código al vestir!).

Es entonces cuando uno empieza a preguntarse que como es posible que, de todas las personas que hay en la lista del paro, él haya sido precisamente seleccionado para un puesto de cara al público, de atención directa al cliente; que cómo es factible que una persona que carece de todo para tal empleo (presencia, formas… etc), esté allí trabajando. Misterio total, y lo que es peor, habla mucho más de la empresa que lo contrató que de quién está empleado en ella.

Llegados a tal punto, yo ya estaba convencido de que todo aquello que había visto previo a la entrada en la sala era un happening, una performance artística previa a la película, una magnífica broma ofrecida para amenizar la espera previa al visionado de la película… no hay que descartarlo, pensé, al fin y al cabo, aquí todo es tan pretendidamente artístico, vanguardista e independiente, que es mejor no extrañarse de nada.

Pero mucho me temo que no, que no era una guasa, porque si lo era, continuó según entré en la sala.

¡Madre mía!, ahora con lo digital, a cualquier cosa pueden llamar cine, imagínate: una sala poco más o tan grande como el salón de cualquier casa de vecino; con el suelo mal nivelado, y dispuesto de tal modo, que se crea una leve cuesta arriba hacia la pantalla (y normalmente se hace al revés, lógico, para compensar la altura de los de delante), de modo que tienes garantizado pasarte toda la película mirando por detrás de la cabeza de alguien… y lo peor, los medios técnicos: un proyector, situado encima de nosotros (porque no hay cabina de proyección), como podría tener en casa y… ¡ni siquiera había una pantalla!, ¡era un rectángulo blanco pintado en la pared!, ¡inaudito!, ¿pero eso es un cine?, ¿de verdad pretenden llamarlo así?.

Por supuesto, el sentimiento de haber sido estafado se apoderó muy pronto de mí… y no tardé en imaginar al jovencito poniéndonos un DVD que les hubiera pasado la distribuidora (eso, en el mejor de los casos) como hacen en tantos cines de pueblo… cosa que será una proyección, pero desde luego, no es cine.

Y vale que los precios no son más caros que en otros cines (están igualados)… pero da igual, visto lo visto, lo que cobran es absolutamente abusivo, lo mires por donde lo mires (claro que también entiendo que tienen la suerte de poseer un “casi monopolio”, de modo que puede ser difícil escapar de ellos y no acabar cayendo alguna vez si tienes unos intereses cinematográficos variados).

Pero bueno, yo sabía a que venía y a lo que me arriesgaba, así que decidí disfrutar de la película (la crítica abajo) mientras me “acomodaba” (por decir algo) en unas butacas (que no me extrañaría nada que fueran de segunda mano) colocadas de un modo tan poco adecuado que, haciendo una analogía, si hubieran sido dientes, necesitarían una ortodoncia urgente que la misma seguridad social no se podría negar a pagar.

Y comenzó la película, de la cual, parte de mi recuerdo inmortal, será siempre el peinado de la señora de dos filas más adelante, cuya cabeza tuve que andar sorteando, haciendo equilibrios en mi butaca para poder ver algo, aunque nunca conseguí ver la pantalla completa… supongo que en eso consistía el juego y la diversión de ver una película en este cine.

Por si tan amena distracción y reto extra para ver la película fuera insuficiente, a mi lado contaba con el típico gafapastas perroflauta, que debía de leer muchísimo, porque claramente no encontraba tiempo para esa tan prosaica acción cotidiana que es lavarse, lo que le ocasionaba la considerable molestia (o gusto, no sé) de estar rascándose con fuerza, obsesiva y compulsivamente todo el tiempo, de modo que yo llegué a temer que no le quedase nada de piel al final de la proyección (miedo que no me atenazaba tanto como el que me pudiese contagiar chinches -y esto no necesariamente es una exageración, no olvidemos los recientes problemas que ha habido en el cine Doré con estos asuntos-, piojos, la sarna, la peste bubónica… o qué se yo); en cualquier caso, el egregio espectador que acabo de describir, sólo podía descansar de tan noble acción, cuando una o dos personas se levantaban para ir al servicio y nos tapaban definitivamente al resto la poca pantalla que apenas habíamos conseguido vislumbrar hasta el momento. De todos modos, cuando faltaba este último entretenido pasatiempo de conseguir ver algo de la película, siempre nos encontrábamos con el desafío de lograr oír algo del sonido del filme, complicado reto, debido a las toses constantes e inacabables (¡ni que tuviese la tisis!, tosía con tanta perseverancia y tesón, ¡que os juro que parecía que estuviésemos en el último acto de “La traviata”) de otro de los ilustres asistentes a tan distinguido lugar, al que, con la paciencia casi agotada, a punto estuve de gritar “¡muérase o beba agua!, pero, por Dios, ¡pare ya, descanse un poco!”.

Por supuesto, todas las proyecciones son en versión original subtitulada, no vaya a ser que la delicada sensibilidad de tan eruditos asistentes sea dañada por algo tan infame como el doblaje… supongo que tan doctos espectadores, olvidan (o más bien ignoran por completo) la gran tradición que hay de traducción en este país desde hace siglos, que muy escasas películas se hacen con sonido directo… y un largo etcétera de argumentos que podría dar a favor del doblaje y sus profesionales, ¡pero es que queda tan chupiguay, tan culto decir que ves películas en versión original!, si es que eso de facilitar el acceso a la obra artística o entender las cosas a la primera es para la chusma.

En fin, cuando se terminó la película, salí de allí con la convicción de haber asistido a un happening, a una performance artística… y que había pagado por eso. Supongo que alguna justificación tenía que encontrar mi mente a semejante traumática vivencia, aunque sólo fuera para evitar la indignación y el cabreo; si es que ya lo dice la canción “tomar la vida en serio es una tontería, hay que gozarla y hay que reír”.

Ahora bien, muy desesperado tendría que estar para volver al Artistic Metropol, pero muy desesperado. Esto me ha hecho gracia una vez, dos sí que no.

 

Post scriptum 17-1-2017:

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Y yo pregunto, ¿esta gente habrá leído siquiera mi crítica?, ¿o le han dado al me gusta sólo porque hablaba de ellos sin echar un leve vistazo a lo que he escrito?.

En cualquier caso, se consolida que Universo de A ya no sólo llama la atención de las gentes del teatro, también las del cine.

¡Si es que este blog es tremendo!.

 

-La muerte de Luis XIV: si esta película poseyese una locución con una voz seria y profunda, no se la podría llamar de ficción, sería un docudrama de forma evidentísima.

Y es que, la realidad es que difícilmente podemos considerar este filme como una ficción, ya que, exceptuando las escasas y puntuales reflexiones acerca de la medicina y sus profesionales en tiempos pasados, el resto no es más que una exhaustiva relación de hechos históricos, más o menos adecuadamente contados, mejor o peor dramatizados, pero sin estar contando una historia de verdad, la película nos hace una crónica y se queda tan ancha.

Todo ello se debe a que, como era de esperar, los guionistas (entre ellos el director) prescinden de toda estructura dramática clásica porque, según los falsos vanguardistas, eso de introducción-nudo-desenlace es para paletos (o para quienes saben narrar historias de verdad, que es lo que piensa el resto de la humanidad); así pues, se meten en el supuesto reto de contar los hechos reales tal cual fueron… pero desgraciadamente, la vida no tiene una buena linealidad narrativa, y por tanto, el guión se pierde en cosas totalmente insustanciales, provocando que las casi dos horas de duración se hagan largas, y seas absolutamente consciente de que todo lo que te están contando, se hubiera podido relatar en apenas una hora.

Yo he de decir que, personalmente, la aguanté toda por puro interés en el tema, y aún así, me cansó.

Así pues, el director, Serra, muestra absoluta torpeza en la elección de planos, ritmo, montaje… y todo en general.

Sin embargo, en el resto del apartado técnico hay que repartir muchas alabanzas, así, aunque no se ha grabado en Versalles, consigue disimularse muy bien a través de una eficaz dirección artística (y está claro que ha sido una película barata, así que esta cuestión tiene especial mérito -aunque también es cierto que todo el argumento se desarrolla en apenas una habitación-), a lo que ayuda que Serra haya estado muy acertado, hay que reconocerlo, empleando primeros planos de forma permanente (con los que intenta vampirizar, a la desesperada, las poco latentes emociones de sus actores), con lo que hace que sea difícil asegurarse o distinguir, en una primera impresión, si se ha rodado allí o no. Tampoco se puede dejar de mencionar un no menos notable vestuario. La fotografía también es muy bella, y su estimulante colorido recuerda a los artistas del barroco.

En realidad, no puedo dejar de reconocer que, con toda seguridad, la cuestión estética es uno de los puntos fuertes de este filme, pues está cuidadísima y todas las imágenes poseen una gran belleza plástica.

En cuanto al reparto artístico… la verdad, yo no vi interpretaciones (y me da igual cuantas alabanzas haya recibido el protagonista por la crítica oficial), vi, al igual que en la mayoría de los docudramas, a actores soltando frases o haciendo gestos, sin creerse en absoluto sus personajes.

En definitiva, dejando de lado el que sea un filme carnaza para pseudointelectuales que quieren creerse muy diferentes; creo que también podría gustar a todos aquellos interesados en el período histórico-artístico que trata. No es una película maravillosa, no es imprescindible, no es algo genial; pero puede llegar a tener su gracia y encanto verla… una vez.

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