Crítica exprés: Tres sombreros de copa

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Una vez más, la zarzuela ha perdido otra oportunidad de resurrección… esta obra bien podría haberse autonombrado así y hacerse pasar por tal… pero, otra posibilidad perdida para el género.

Sí, es cierto, dicen que no se componen zarzuelas hoy día, ¿pero quién tendría la oportunidad de estrenarla en el caso de que tuviera el proyecto?, ¿de quién recibiría el apoyo?… de las instituciones públicas seguro que no (o le pedirían mil requisitos o tendría que tener el enchufe más trifásico del mundo -ese requisito, imprescindible-).

Sí, estas mismas instituciones públicas cuyos directivos aseguran que para no matar el género hay que entregárselo a matarifes con patente de corso para destrozar los libretos y hacer direcciones de escena totalmente opuestas a la esencia de la obra… las cuales acaban siendo abucheadas unanimemente (o como mínimo, mayoritariamente) por el público, ese público que es la única esperanza de supervivencia que le queda al género. Una desgracia.

Sí, si el género no está vivo, o no como debería estarlo, no es por su falta de calidad, o por la falta de talentos, sino por la incompetencia de quienes están en puestos en los que sólo saben figurar, pero no desempeñar.

Gran atención a los asistentes al teatro por parte del personal; no obstante, sigue resultando de lo más irritante encontrar el guardarropa cerrado. Encontré el programa de mano de pago curioso, pero sólo una mera justificación de lo que se iba a presenciar, se clarificaban algunas cosas más o menos, pero, en el fondo, te dabas cuenta de que no por ello ibas a comulgar con ruedas de molino. Así de claro.

 

-Tres sombreros de copa: aunque me dejó bastante indeciso en su valoración final (a punto estuve de dedicarle una crítica completa y no una express… pero últimamente tengo tantas ocupaciones -y especialmente cosas pendientes que escribir en este mismo blog- que, viendo que tampoco llegaba a un juicio definitivo acerca de su calidad, decidí ser más pragmático que justo), he de admitir que, en general, me gustó.

Y aunque las comparaciones resulten odiosas, resulta curioso establecer paralelismos entre esta obra y uno de los últimos estrenos contemporáneos en este mismo teatro, “La casa de Bernarda Alba”, a cuento de lo cual, vienen algunos de los comentarios del comentario previo a esta crítica. Sí, la música de “La casa de Bernarda Alba” era bastante menos audible y fácil que la de “Tres sombreros de copa”, y, sin embargo, su visionado se llevaba mejor, era más interesante, entretenido, menos plúmbeo… ¿por qué? respuesta asombrosamente sencilla: el libreto. Así, mientras que en la primera, se respetaba con suma fidelidad el original de García Lorca; en la segunda, su compositor y libretista, Ricardo Llorca, se cree que, si uno sabe componer también sabe escribir, que tiene las herramientas y los mecanismos para realizar una buena narración, que puede hacer un copia y pega como le dé la gana y que este tendrá sentido por el simple hecho de que todo está arrancado, troceado, de la obra de Mihura y que, quitándole los pies y la cabeza, mala suerte será que la cosa al final no acabe cuadrando igualmente, porque, al fin y al cabo, aquí lo importante es la música y bla, bla, bla, bla… desastre. Intragable. Infumable. Y sobre todo, lo único no perdonable en el mundo del entretenimiento: mortalmente aburrida. Sí, no digo que la banda sonora de fondo no sea buena, pero eso no es suficiente: no vamos a un concierto, vamos a ver una representación escénica, en la que hay un especial énfasis en la cuestión musical, pero esto, por mucho énfasis que haya, sigue siendo sólo un elemento más que busca un único objetivo en función del cual deben trabajar todos los factores del producto: contar una historia, y contarla bien. Y en eso, señores míos, “Tres sombreros de copa” fracasa abismalmente.

Se convierte así en el ejemplo contemporáneo perfecto del por qué es más importante un buen libreto que una buena música… porque si a una obra de teatro musical con un buen libreto le quitas la música, bueno, con algunos arreglos sigue siendo una buena obra de teatro… pero si a una obra de teatro musical con un mal libreto, le quitas este… te quedas con un montón de cancioncillas descontextualizadas, huérfanas y siempre en busca de dónde encajar, pues nunca tendrán la suficiente autonomía como para ser una obra por sí mismas (de hecho, no existe ningún ejemplo histórico de nada parecido).

Sí, Verdi ya decía que “dame un buen libreto, y la partitura está compuesta”, y por eso sus óperas siguen siendo alabadas y vistas hoy día, porque se fiaba de profesionales e iba a apuestas seguras muchas veces basadas en grandes obras; y Wagner se ocupaba de componer sus propios libretos (más mal que bien, la verdad) porque sabía lo importantes que eran, y su relevancia para la construcción de la obra de arte total, de la cual, su música sólo era un elemento más, y él lo sabía.

Pese a todos estos precedentes históricos, Ricardo Llorca, en su extrema presunción, decide que es mejor que Mihura (por mucho que asegure en declaraciones que siente reverencia por él) y considera que hay que retocar su obra, y seguramente adaptarla a hoy en día, hacerla accesible al público y jovenes (al parecer) tontos de remate actuales… vamos, las típicas excusas-chorradas que suelen soltar estos autorcillos de tres al cuarto… y por supuesto, demuestra su nulo talento para la escritura dramática y para la narración teatral, consiguiendo con ello hundir su propia obra.

En definitiva, el corta y pega (porque no tengo el valor de llamar libreto, o siquiera adaptación de Mihura a eso que ha escrito Llorca) del compositor es un rotundo fracaso que crea una historia profundamente aburrida y que no se sostiene (y no en el buen sentido, es decir, del humor absurdo) en lugar de lo que debió de ser una divertidísima comedia. Si eso no es un sonoro fracaso, que baje Dios y lo vea.

Sin embargo, no puedo dejar de reconocer la calidad musical de la obra, que cuenta con momentos realmente bellos, pero que, no obstante, y una vez más, no están nada bien integrados con el libreto y en ocasiones parece que la composición musical va totalmente por libre (incluso en su inspiración… ¿Italia del sur?, ¿a cuento de qué?… aunque bueno, la verdad es que el compositor en sus declaraciones demuestra un conocimiento absolutamente de turista de la zona; yo, que viví allí, no daba crédito cuando leía tamañas estupideces como decía acerca de la cultura meridionale). La verdad es que, después de vista la obra escenificada (y más con lo que voy a contar luego), creo que ganaría mucho en una versión en concierto en la que se eliminase toda la parte hablada, porque, sinceramente, la música es lo único de toda la producción que vale algo la pena… quizás incluso aún ganaría más rehecha como una suite o tal vez reformulada como música programática… porque como ópera, simplemente, no funciona ni a tiros.

La dirección de escena de José Luis Arellano hace un lucimiento de incompetencia espectacular, se le nota que está perdidísimo y que no sabe que hacer con lo que tiene entre las manos: con la historia, el libreto (de esto no le hecho la culpa, la verdad), las personas que están sobre la escena, las que están detrás… así que se limita a hacer que la feísima e inapropiada escenografía dé unas cuántas vueltas y extiende la mano para cobrar el cheque… ¡facilísimo!.

Respecto al apartado técnico, pues lo ya dicho, todo compite en a ver que es más feo y vulgar, una estética verdaderamente pobre y espantosa.

La orquesta, daba la impresión de que se creían que estaban ellos solos en el teatro (como la propia composición musical con el libreto, para qué engañarnos), así que, entre otras cosas, tapaban continuamente a los cantantes pues parecían olvidarse de que encima de ellos se estaba haciendo una representación.

Respecto al reparto artístico, pues se inicia una brutal competición por a ver quién es más teatral, exagerado, sobreactuado y menos creíble en general… por no decir inapropiado para el papel, porque, naturalmente, con esas nuevas ideas de integración de todo tipo de razas (sean adecuados para el papel o no) la verosimilitud y la lógica sobre la escena poco importan… supongo que, por esa misma regla de tres, al público poco debería importarle también no pagar la entrada y no asistir, pues total, se van a tener que imaginar y reconstruir el espectáculo en su cabeza, ya que el escenario no ofrece nada siquiera minimamente naturalista… ya me dirás.

Eso sí, se consigue el dudoso mérito de que nunca tantas personas de raza negra estuvieron encima del escenario de este teatro… y digo dudoso, porque sería mucho más útil y más lógico que se plantease una zarzuela, por ejemplo, sobre una persona de esa misma raza que Carlos III adoptó (dándole incluso su apellido) debido a su talento, o sobre la hija, también adoptiva, de la famosa XIII Duquesa de Alba… pero para qué contar historias interesantes de verdad, que recuperen y hagan ver momentos realmente curiosos, particulares y verdaderos de nuestra historia, cuando se pueden hacer vacuos gestos de corrección política sin orden ni concierto alguno… además, para estos últimos no se necesita cultura, sólo fanatismo; y esto último, señores míos, muy al contrario que la primera cuestión, cuesta muy poco adquirirlo.

Y por supuesto, nos encontramos con Enrique Viana, en un papel tan hecho para él que ni se molesta en actuar, se limita a hacer de sí mismo (o de sí misma, vete a saber como prefiere él -o ella- que se diga)… uno no deja de preguntarse si se ha sacado plaza de funcionario en este teatro, si el director le debe extraños favores o qué se supone que pasa con este hombre, porque desde luego su talento no explica su irritante y continua presencia.

En definitiva, ningún cantante suena excepcional, pero tampoco tienen la oportunidad para ello, porque el compositor se ha ocupado, muy concienzudamente, ya sea por falta de talento para el tema, o por simple y pura vanidad, de que nada, absolutamente nada en el mundo pueda tapar su música y que esta sea la total, auténtica y absoluta protagonista… en definitiva, esta producción me recordó a esos dvds que te traen la función “sólo música” en la que puedes escuchar, exclusivamente, la banda sonora de la película a medida que ves esta… aquí, obviamente, oyes todo, pero Llorca se ha ocupado tan persistentemente de sabotear el resto de los elementos (consciente o subconscientemente, no lo sé, pero inconscientemente seguro) que claro, lo único que acaba destacando es precisamente su música… el problema es que no se ha dado cuenta de que el fracaso del conjunto arrastra inevitablemente a su composición con todo ello….

Sí, en el programa de mano se reflexiona mucho acerca de lo poco habitual que es que una ópera contemporánea se reponga o vuelva a verse después de su estreno, ¿por qué será?, bueno en esta crítica, si uno lo piensa, estoy exponiendo muchas de las razones de esto, al menos, desde el punto de vista del espectador.

En definitiva, se trata de una ópera contemporánea mucho más, especialmente en lo que a la cuestión musical se refiere, aceptable, audible, tolerable… que la mayoría de sus coetáneas, y eso hace qué, lógicamente, en el país de las ciegas, la tuerta sea reina… pero no nos equivoquemos, sigue siendo tuerta, para bien y para mal.

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