Crítica exprés: Bailar en la oscuridad

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Con el tiempo, cuando has visto mucho de algo, desarrollas una especie de sexto sentido que te permite detectar con suma certeza lo que debes esperar de algo, por supuesto, puedes equivocarte (generalmente para bien, si uno se apoya demasiado en el viejo dicho de “desconfía y acertarás” acaba volviéndose excesivamente susceptible), pero especialmente, y más cuando se trata de que sea para mal, se acierta.

Muchísimo me llamaba la atención el que se hiciera un musical en el Fernán Gómez; y no puedo dejar de alabar tal empeño; consideraba también, en cierto modo, que era mi deber apoyar tal iniciativa como gran amante del género que soy (Universo de A le ha dedicado una cantidad de artículos muy importante, por ejemplo este)….

Si además le sumamos el cómo este teatro se está especializando magníficamente en ciclos musicales de los tipos más variados (próximamente una novedad, ¡uno de música clásica!, al que posiblemente acudiré), pues parecía que progresar al teatro musical era el paso más lógico y natural. Verdaderamente estará muy bien si siguen por ese camino, y yo seré el primero en aplaudirlo.

Pero había bastantes cosas que me tiraban para atrás de esta nueva producción que presentaba el Teatro Fernán Gómez:

  1. La elección de ese musical en concreto: cierto que en un teatro público siempre hay una mayor pretensión de intelectualidad (como bien recordamos con Mario Gas, en otro teatro muncipal como es el Español), pero elegir precisamente escenificar el de Lars von Trier, no parecía un buen presagio; independientemente de la calidad que tenga (que la tiene) sonaba a producto pretencioso, más centrado en intentar elaborar complejas, sesudas y forzadas profundidades que en tratar de hacer un gran musical en el que la introspección llegase por sí misma.
  2. El espacio en sí mismo: el Fernán Gómez es un teatro con sus virtudes, pero también con unas limitaciones escénicas importantes de cara a los exigentes requerimientos de espectacularidad que un musical pide. Por otra parte, los múltiples ciclos musicales que allí se celebran, han demostrado sobradamente que los técnicos del teatro podrán dominar la palabra en materia de sonido, pero con la música tienen más dificultades. Tampoco hay un foso o lugar dónde poner a músicos en directo de forma tradicional (cosa que, por desgracia, es un intento que yo tampoco recuerdo haber visto, incluso cuando más deseable sería).
  3. El reparto artístico: Echándole una ojeada se podía deducir, con enorme facilidad, que por muchos milagros que hiciesen (aunque, excepcionalmente, alguna vez he visto tales maravillas), era imposible lograr una gran espectacularidad en los números musicales. Un musical tiene casi siempre la exigencia de tener un reparto considerable, se necesita coro, bailarines… etc; hasta el punto de que, a veces, es parte de la publicidad del espectáculo decir la cantidad de gente que llega a haber en escena. Seis actores en total, y más para la historia que se quería contar, sonaba desmesuradamente pobre… peor, sonaba terriblemente cutre.
  4. Salvo raras excepciones, si bien una adaptación del teatro al cine suele funcionar muy bien, no suele ocurrir lo mismo a la inversa. El teatro tiene la ventaja de la espectacularidad del directo, de interactuar más directamente con el espectador, además de la posibilidad de una sorpresa que el cine no… pero el séptimo arte posee la capacidad del infinito, casi todo lo imaginable puede ser plasmado en una pantalla con aceptable verosimilitud. Así pues, cuando un musical ha sido concebido para cine, es difícil que funcione si es traspasado a las tablas; y, si se consigue, hay que hacerlo de un modo absolutamente genial, verdaderamente diferencial con el producto cinematográfico.
  5. “Bailar en la oscuridad”, como todas las grandes obras, puede tener un mensaje distinto según la persona (desde sobre la pena de muerte hasta sobre el capitalismo), pero a los idealistas, a aquellos que amamos el género musical, nos habla mucho de nosotros mismos, del cómo la realidad se impone sobre la fantasía y de la necesidad de escapar gracias a la segunda de la primera… el final de la historia es tan duro para nosotros porque es tan brutal como realista. Así pues, es una historia muy dura, difícil de degustar. Esta, por supuesto, se trataba más de una razón personal que otra cosa para no acudir; básicamente, porque, a los amantes de los musicales estos suelen gustarnos tanto porque nos suelen garantizar una gran felicidad y despreocupación (¡todo, por terrible que sea, se soluciona y supera con unos pasos de claqué!).

Pero me convencí a mí mismo para ir, a última hora; por las cosas buenas que he mencionado antes; porque la obra había sido prorrogada; además descubrí que habían hecho sus propias canciones (y eso siempre produce curiosidad) ya que no habían podido utilizar las de Bjork que había retirado los derechos (teniendo en cuenta que siempre destacó su experiencia con von Trier como pésima, y que incluso llegó a advertir a Nicole Kidman para que no participara en “Dogville”… pues el asunto se entiende); además de que me recordé a mí mismo que había dado muy buena crítica a la anterior obra que había visto en este mismo teatro… así pues, me decidí a ir, ¡a la aventura!.

Y descubrí que el instinto al que no quise hacer caso, acertaba de pleno. Al menos no fue peor.

El programa de mano sólo era una autojustificación de intenciones, en el que ya se adelanta lo que se va a ver si se lee mínimamente entre líneas….

 

-Bailar en la oscuridad: realmente, cuesta considerar que esta versión teatral de la película sea un auténtico musical (o no cumple con lo que considero que es una obra de este género).

En cualquier caso, lo que sí no es, es una adaptación de cine a musical teatral como entendemos que se debe hacer habitualmente; es decir, aquella en la que el argumento es profundamente revisado y ampliado para convertirlo en un espectáculo completo (generalmente de mayor duración que el filme original) en el que se incluyen, no sólo las canciones originales reinterpretadas y extendidas, sino además, otras nuevas que siguen el tono de las anteriores, ampliando así la historia original en todos los frentes… todo lo cual se logra, según el caso, con mayor o menor pericia.

No, muy por el contrario, esta producción de “Bailar en la oscuridad” te vuelve a contar la película que conoces. Ese es un error que incluso renombrados espectáculos han cometido, pero aquí es mucho peor porque se hace con una torpeza inmensa.

No se puede echar toda la culpa de esto a Patrick Ellsworth o Fernando Soto, que se enfrentaron con la titánica y complicadísima tarea de tener que adaptar un estilo tan cinematográfico y tan particular como el de Lars von Trier al teatro, la verdad es que lo tenían extremadamente complicado (otros directores de talento indudable, como Rob Marshall, fracasaron en el mismo intento, incluso siguiendo en el mismo medio, en este caso que acabo de mencionar, tratando de imitar a Fellini), se necesitaba un talento descomunal. A mí mismo me cuesta imaginar como podría hacerse para conseguir darle personalidad a la propia obra y a la vez mantener la esencia de von Trier….

En cualquier caso, fracasan rotundamente, la representación no es sino una sombra desvaída de la película, y, posiblemente, lo peor que se puede decir de ella es que, tanto mientras la ves, como cuando la acabas, sientes las ganas, el deseo del ver el filme original. Es decir, la obra no tiene entidad propia, no consigue destacar como producto diferencial y en sí mismo.

Las razones se pueden encontrar en todos los campos posibles; para empezar el libreto, que es una mera, y muy torpe narrativamente, copia del guión, al que, sin embargo, no sigue cuando se le complican demasiado las cosas (el nudo de la historia está muy pero que muy mal resuelto); con lo que la falta de recursos se ve aún más notoria y acentuada (y no, no me creo que estén haciendo teatro Dogma 95 o neorrealismo teatral); y, para colmo, consigue resaltar todas las incoherencias y defectos de la narración original (especialmente en lo que a la definición de los personajes se refiere).

La dirección de Soto es aceptable, invisible, terriblemente convencional… lo que hace que eches aún más de menos a von Trier. No obstante sí que le reconozco el gran mérito de tener la idea genial de usar el formato panorámico que ofrece el teatro y que es ideal para un musical o una obra de grandes dimensiones.

El vestuario es una copia, casi calcada, del de la película. Sólo salvo, dentro del apartado técnico, la escenografía diseñada, porque consigue, con escasos recursos, dar mucho de sí; aunque, la verdad, también imita a lo visto en la película.

La prometida nueva música, al principio pensé que estaba homenajeando a Bjork… luego me di cuenta de que estaba imitándola, y al final llegué a la conclusión de que la islandesa bien podría interponer una demanda por plagio. Con todo, desaparecen la mayor parte de las canciones del filme y sólo quedan algunas de las más destacables; y dado que tampoco las hay nuevas, la mayor parte de la cuestión musical queda borrada de un plumazo, haciendo que, como ya he dicho, calificar a esta producción de musical sea cuanto menos dudoso. Si a eso le sumamos que no hay música en directo y que lo que se oye parece haber sido orquestado por el dueño de un karaoke… imagínate el resultado.

Las coreografías son nefastas, de aficionados total. Si me hubieran dicho que esa misma coreografía estaba diseñada para ser enseñada a unos niños de párvulos para entretenerlos un rato, francamente, me lo hubiera creído. Pero me parece infame para un espectáculo teatral, más aún, una falta de respeto, al espectador y al género.

Aunque en el fondo, tanto da, puesto que todos los números musicales cometen el peor error posible en el género: parece que sobran y que no contribuyen o aportan nada a la historia.

En lo que respecta al reparto artístico de esta producción, son actores y se nota… quiero decir, actores que no cantan ni bailan. Aunque tampoco les hace falta, sólo dos lo hacen realmente: la protagonista, que canta (mal, desafinando; aunque el hecho de que el sonido se distorsionase varias veces no la ayudaba); y el actor que hace de su hijo, que baila claqué (otra cosa mal hecha, se podría haber articulado toda la obra, y hubiera quedado bien, con la idea de que ella sueña a través de su hijo, y monta los números musicales a partir de ahí… pero, muy por el contrario, simplemente es un tipo bailoteando claqué por aquí y por allá sin sentido alguno).

Para colmo, todo el reparto realiza unas actuaciones pésimas y sobreactuadas; a lo que no ayuda en absoluto una dirección de escena totalmente falta de inspiración; así que, al final, las escenas más dramáticas resultan cómicas. Como, para colmo, todos intentan copiar las interpretaciones de los actores de la película, al final, más que una versión teatral de “Bailar en la oscuridad”, parece que estés viendo una parodia no intencionada de esta (que, visto lo visto, hubiese sido mejor hacer eso, y precedentes demuestran que, aún con pocos medios, puede salir muy bien).

En definitiva, aunque deseo que haya muchos más musicales en el Fernán Gómez en el futuro… esperemos que no sean como este, porque ha sido un completo desastre, una producción cutre, una especie de versión de apariencia amateur de la película, como si fuera un montaje de los vecinos de un barrio que tienen un grupo de teatro en el centro cultural… y, en definitiva, hace aguas por todos los lados de manera insalvable.

Una pena, podría haber sido algo realmente bueno. Habrá que esperar a que surja otra oportunidad.

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