Sin crítica express (ni de ningún otro tipo): Policías y ladrones o el inteligente boicot de los trabajadores del Teatro de la Zarzuela

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Hace unas semanas, nos enterábamos (y yo, cosa que rara vez hago -básicamente para evitar pasarme la vida comentándolo todo en las redes sociales-, incluso twitteé sobre ello) de la fusión bárbara que se propone el gobierno para que, en pocos años, teatros de la Zarzuela y Real sean uno.

Bárbara porque hay que tener miras muy estrechas para no entender que, aunque musicalmente existan similitudes entre los géneros que se representan habitualmente en estos teatros, lo cierto es que las diferencias son lo más importante y recalcable.

Para empezar, y no creo que esto pueda tener discusión posible, la zarzuela debería estar protegidísima como el género lírico nacional por excelencia que es y que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo (con razón, el teatro utiliza como lema “único en el mundo”); pues fue creada por mandato de la Corona (siempre en su tradicional misión de patrocinar la cultura patria), concretamente por Felipe IV de España (ese que sale al fondo de “Las Meninas”), apodado “el Rey planeta”, y uno de los grandes mecenas de nuestra historia (una importante parte de las Colecciones Reales que se exhiben en el Museo del Prado se las debemos a este monarca, destacando muy especialmente toda la obra de Velázquez), para ser representada en el palacio que acabaría dándole el nombre que sigue llevando el género, el mismo que en la actualidad es la residencia regia… pero luego, en su evolución histórica teatral, este género, a lo largo de los siglos, atravesó los más diversos y curiosos derroteros, alcanzando una gran popularidad, que consiguió, el no poco mérito, de unir a personas de toda clase y condición, disfrutando sin reparos y en armonía (nunca mejor dicho) de un mismo arte. Todo ello, sin mencionar que algunas de las más relevantes figuras artísticas de nuestra historia han creado o participado en obras de este género. Pero sobre todo, la zarzuela logró convertirse en un magnífico reflejo de la idiosincrasia y cultura españolas (incluyendo en ella todas sus regiones y nacionalidades históricas, como se ha demostrado esta misma temporada, y he comentado ampliamente aquí o aquí)… por ello, dudo que nadie se atreva, siquiera, a cuestionar la obligación que tiene el estado en asegurar, además de fomentar, su conservación y difusión, la misma que tiene con el resto de nuestro patrimonio histórico-artístico, por otra parte.

Y es que, por mucho que me guste la ópera (que me encanta), es algo extranjero que no tiene el más mínimo peligro de extinción; lo cual no podemos decir de nuestro género lírico nacional, que a duras penas se consigue hacer conocer como se debe (a pesar de la magnífica y muy excelente función pública que ha hecho tradicionalmente el Teatro de la Zarzuela como institución).

Aunque no creo que nadie haya tenido en cuenta aquí la cuestión cultural (y si se ha hecho, aquellos que están implicados en ello han demostrado la más profunda y supina ignorancia cultural nacional), sino la económica.

Y ahí ya entramos en el funcionamiento absolutamente distinto (hasta dentro de muy poco, si no consigue evitarse) de ambas instituciones:

-El Teatro Real: es una institución elitista, para determinada clase que acude al lugar más a ver y ser vista, lo cual demuestran sus precios de escándalo, inaccesibles para la gran mayoría. Es más, muchos artistas y personas relacionadas con la cultura no han tenido reparos en admitir que la gente que acude allí no tiene ni idea de ópera… ni le importa; y todo el mundo sabe que, desde el siglo XIX, uno de los requisitos para ser alguien en sociedad era tener un palco en ese teatro (hoy día, las cosas han cambiado… a peor: se dice que si tienes uno en el Bernabéu, también puede valer como sustitución)… detalle histórico muy pertinente a recordar en plena celebración de su farsa de bicentenario que todos pagamos y sólo unos pocos disfrutan… “de interés público”, ¡ja!; Sin mencionar que se trata de una farsa como celebración y además farsa histórica: porque, con la cantidad de aperturas, cierres, renombramientos, cambios de gestión, uso y empleo, además de reformas de todo tipo… etc, que ha tenido este teatro, difícilmente se puede decir que haya tenido una historia auténticamente continuada, muy al contrario que en el caso del dedicado al género zarzuelístico.

-El teatro de la Zarzuela: muy por el contrario, y en directo contraste con el anterior (agua y aceite), es un teatro próximo, campechano, familiar, alcanzable para casi todos, con muchos e importantes descuentos.

En realidad, ambos son la perfecta representación simbólica de su género y público.

Así pues, a todas luces, tal fusión sería un perjuicio absoluto para todos, tanto para la cultura como para los espectadores: con tal anexión, la zarzuela como género sería desdeñada, ¡sería una segundona en su propio teatro!, ¡una subalterna en un lugar que, históricamente, fue construido de manera específica para representarla!… aunque eso poco importaría al final, pues con los nuevos precios ya casi nadie podría ir.

Todo ello, sin mencionar que realmente se está caminando hacia una peligrosa privatización, que en determinados casos (como el de la Zarzuela) jamás debería suceder, pues es un tipo de patrimonio que debe ser absolutamente protegido por el estado, debido a sus importantes características intrínsecas a la nación española.

Además, yo siempre he dicho que el teatro público sólo tiene sentido si se hace como se debe, y no se pueden hacer grandes recriminaciones al Teatro de la Zarzuela al respecto, pues verdaderamente cumple una función cultural imprescindible (que además, va más allá de la capital pues se hacen giras por el territorio nacional).

Todo ello, sin mencionar los presumibles problemas que sufrirían sus trabajadores (¿qué se va a hacer con los funcionarios?… aunque si ellos fueran de quién más preocuparse, los que tengan otro tipo de contratos, ¡imagínate!).

Por estas no pocas cuestiones, todo el mundo se ha puesto en pie de guerra con el tema, y muchos se han movilizado recogiendo firmas para evitar la catástrofe, no es para menos (debo decir, tengo entendido, que cualquiera puede acudir a firmar en cualquier taquilla de un teatro del INAEM, y con toda seguridad, en las del Teatro de la Zarzuela se mostrarán sumamente voluntariosos en facilitar que, quien quiera, pueda hacerlo).

Decir además, que con motivo de los paros y la huelga, se están organizando concentraciones sumamente originales, puesto que, ¡se amenizan con piezas líricas!, ¡verdaderamente la zarzuela está en lucha!. La verdad, me parece sumamente inteligente y original hacerlo de esa manera, pues es como si el género luchase por sí mismo y se implicase en todo este asunto (no en vano, se trata de su supervivencia)… y teniendo un mínimo conocimiento de él, existen unas cuántas piezas cuánto menos interesantes para cantar (estoy ya pensando en una o dos de “La Gran Vía” o “El Rey que rabió”)… puede ser tan divertido como aleccionador e irónico (para más detalles, de cuándo y cómo son -además de otras noticias al respecto o la posibilidad de descargar una hoja de firmas-, sugiero consultar la cuenta de Twitter “Salvemos la Zarzuela”).

Pero ahora viene el punto curioso de este artículo que estoy escribiendo: estaba previsto que en estos días se estrenara una zarzuela contemporánea titulada “Policías y ladrones”, cosa muy loable, y mucho más sabiendo que hace demasiado (decir décadas se queda ya casi en poco) que no se estrena nada nuevo de este género, cuestión que resulta de lo más inexplicable cuando sí ha habido el escándalo de que el teatro encargara y estrenara óperas contemporáneas (inadmisible, ¿para qué está el Real sino?). En realidad, resulta del todo imprescindible que la institución dedicada a la lírica nacional encargue zarzuelas, pues entra plenamente dentro de su función pública: descubrir nuevos talentos para el género, desarrollarlo para la actualidad, y, sobre todo, para que tenga un futuro (y no se quede en una reliquia de museo); función que es tan importante como, la que ya desarrolla, de investigar, conservar y difundir el patrimonio musical ya existente.

Muy lamentablemente, y tras haber investigado la obra, “Policías y ladrones” no cumplía ninguno de los requisitos que se le hubiera exigido a un estreno tan esperado y necesario: he sabido que el propio personal del teatro la ha calificado abiertamente de “bodrio”, e incluso no ha faltado quien ha dicho: “si no nos gusta ni a nosotros, que estamos aquí, ¿cómo le vas a pedir al público que le guste?”.

Yo, personalmente, he investigado (pues la curiosidad se me agudizó mucho cuando se canceló un estreno tan extremadamente notorio, y que debía ser la joya de la corona de la temporada) y conseguido acceder a más información de la obra que se hubiese estrenado, y puedo asegurar que la música de Tomás Marco es inaudible (la típica de ópera contemporánea, que pretende ser muy rupturista con la búsqueda de nuevas tonalidades… pero que hace exactamente lo mismo que se lleva haciendo, una y otra vez, cansinamente, sin apenas un resultados decentes o que gusten al público, desde Debussy), y el libreto de Álvaro del Amo, de pura vergüenza ajena (la tópica ruptura de la narrativa clásica, con aspiraciones de tema reivindicativo y polémico, además de unos pareados de risa que parece que se han hecho con un diccionario de rimas de internet), y esto último tiene mucha gracia, porque hoy día nunca se respeta a los pobres libretistas, que generalmente, no siempre serían los mejores contadores de historias, pero sí solían ser poetas realmente buenos (casi cualquiera de sus libretos se podría leer como un largo poema, sin música)… y hoy día, claramente, no parece que nadie les llegue a la suela de los zapatos (o no al menos a quienes contratan para hacer las versiones de los libretos, una vez más, el fallo de no confiar en la persona o el talento adecuado).

Y esto sin mencionar la puesta en escena (que por lo que se ve e intuye, parece tan pobre, materialmente como de ideas), cosa importante, puesto que al fin y al cabo, esto es un estreno teatral; y que estaba a cargo de la infame Carmen Portaceli, nueva directora del Teatro Español, que, desde que ha llegado al puesto, se ha dedicado a incumplir aquellas directrices que contaba a la prensa cuando obtuvo el nombramiento (de una forma sospechosa), a crear una programación inclasificable, y que ha conseguido (increíble), que todas las malas críticas, que no fueron pocas, hechas por este blog a Juan Carlos Pérez de la Fuente (anterior director) se hayan quedado en humo y que no dejemos de recordar aquel bello refrán español que decía “otros vendrán que bueno me harán” o “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

En todo caso, con mucha seguridad, de haber hecho este blog una crítica de “Policías y ladrones”, seguramente la hubiese calificado de una cosa repugnante, vergonzosa e intolerable. Vamos, una de esas críticas mías en las que voy a matar con saña.

Y en este caso especialmente, pues me sentiría muy decepcionado, e incluso dolido, por el que se haya desperdiciado tan gran e importante oportunidad para revivir la zarzuela como género, darle alas y que vuelva a tener el triunfo que merece entre el público general que, tradicionalmente, siempre lo había apoyado por considerarlo como algo suyo y propio (y no hay manera de que nadie pueda estimar “Policías y ladrones” como tal cosa… sino como algo totalmente ajeno, como la fabricación de una abstracción pedante y pretendidamente intelectualoide, para eruditos a la violeta y élites -de cualquier tipo o que se llamen a sí mismas tal cosa- que se quieren dar aires culturetas, es decir; el viejo aparentar para no hacer el esfuerzo de ser).

Si a todo ello sumamos que a sus autores parece importarles bastante poco la situación del propio teatro que les encargó la obra (como se lee en alguna que otra entrevista, en la que incluso apoyan la anexión), está claro que han puesto a los empleados en pie de guerra, y estos han evitado, no sólo que se estrene, sino que se llegue a representar siquiera.

Aunque a lo mejor estas trabajadores tienen unas miras mucho más amplias que las de una simple venganza por la falta de apoyo… son verdaderamente inteligentes. Me explico: el estreno a bombo y platillo de una obra que sin duda abucheará el público, en plena polémica por la anexión del Real, legitimaría esta ante los espectadores, que rápidamente pensarían “para lo que hacen, mejor que los privaticen, y así no pago estos bodrios de mis impuestos”; pues, en realidad, si uno lo piensa, es un truco perfecto, ideal: escenificar fracasos seguros para perder el favor de la audiencia, y que, además del escándalo, las ventas y la confianza en la institución caigan en picado.

Y la verdad, tras el gravísimo, y letal patinazo, de producciones inmediatamente anteriores como la del Proyecto Zarza (concretamente su repulsivo “El dúo de la Africana”)… no es el momento para que la institución pueda permitirse más errores graves que desacrediten inmediata e innecesariamente el trabajo de décadas (o de siglos incluso).

Si a eso sumamos los temas polémicos que trata el libreto (corrupción en la España actual), ello daría la excusa perfecta al gobierno para ir en contra de la institución teatral, con la disculpa de que ha mordido la mano que le da de comer y de que la hay que meter en cintura cuánto antes.

Sí, por lo que yo sé, “Policías y ladrones” no le hacía ningún favor al Teatro de la Zarzuela, y menos, especialmente en este momento, a todos aquellos que luchan por mantener su independencia, legitimidad, interés público e incluso supervivencia… por lo que estos últimos han sido lo suficientemente listos como para evitar que sucediese una catástrofe que sin duda hubiese generado el escándalo perfecto para crear una sólida base, una punta de lanza muy eficazmente afilada, con la que destruir nuestro templo lírico nacional.

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Francamente, esperemos que “Policías y ladrones” no se estrene nunca; y, lo que es muchísimo más importante, ojalá que la actual dirección otorgue su confianza, para la composición de nuevas zarzuelas, a quién verdaderamente la merezca, tenga talento de verdad, esté capacitado para ello… y sobre todo, ame sinceramente el género lírico nacional y desee hacerlo resurgir cual ave fénix a una nueva época dorada… que no será la primera vez que esto sucede (no olvidemos que la historia de la zarzuela ha tenido muchos altibajos).

Ello es realmente importante, porque sólo un buen e impecable trabajo legitimará al Teatro de la Zarzuela como institución, teatro público, y lo librará de la situación que ahora está viviendo.

En fin, sólo me queda acabar este artículo diciendo:

¡Salvemos nuestra cultura, salvemos el Teatro de la Zarzuela!, ¡porque si nosotros no defendemos lo nuestro, nadie más lo va a hacer!.

 

Post scriptum 27-6-2018: ¡Triunfo!, ¡el Teatro de la Zarzuela se ha salvado de la anexión con el Teatro Real!.

No es para menos, mucha gente se había volcado en impedir tal desastre, y la verdad, casi todo el mundo ha reaccionado: desde los trabajadores llevando a cabo incansables acciones para llamar la atención sobre su situación (y no sólo los del propio teatro, otros de instituciones hermanas del INAEM se han unido también); la prensa que lo ha reflejado a nivel nacional… y por supuesto, los espectadores que han apoyado masivamente el evitar tan nefasta fusión.

En realidad, hay una serie de situaciones que reflejan muy bien todo esto: cuando acudí al último recital de Lied, noté ya un ambiente de lo más jovial, y cómo los acomodadores, ya habitualmente familiares y afectuosos, le contaban a todo el mundo la noticia de que “hemos triunfado” (implicando al receptor de la noticia, por tanto), y como los espectadores reaccionaban con alegría, como si aquello también tuviera que ver directamente con ellos (y lo tenía, puesto que muchos se habían implicado en evitar la fusión).

¿De verdad alguien piensa que eso sería posible si los espectadores percibieran un teatro frío y distante?, ¿un simple lugar dónde van a ver un espectáculo?, ¿se hubieran implicado en la salvación del Teatro de la Zarzuela si no fuera porque existe un vínculo afectivo?, a mí me parece que la respuesta está muy clara.

Sí, esta ha sido sin duda alguna una victoria de la cultura (no disertaré sobre ello porque ya lo he hecho párrafos arriba), pero también, un triunfo de los propios trabajadores del teatro, que han conseguido ir más allá del simple trato profesional, y vincular emocionalmente a los asistentes al teatro, de modo que, llegado el momento, también hicieron suya su causa.

Y además, la bonita demostración de que, en una democracia, la opinión del pueblo, cuenta; al fin y al cabo, no debemos desdeñar el hecho de que el cambio del gobierno ha favorecido evitar la fatal OPA hostil del Real… sin duda alguna, el nuevo ministro de cultura, con una cartera que ya cuenta con demasiados escándalos recientes (la dimisión del anterior que ocupó el cargo, siendo el de más corta duración de la historia; en un gobierno de dudosa estabilidad y en peligro de estar haciendo equilibrios permanentemente…), quería evitar más polémicas y problemas, y esta fusión de ambos teatros era una bomba de relojería innecesaria y peligrosa.

En cualquier caso, sin duda alguna, la salvación del Teatro de la Zarzuela es una buena noticia para todos los amantes de la cultura, como también lo es que sigan en marcha los trámites para que la zarzuela (como género) sea declarada Patrimonio cultural inmaterial (eso sólo en España, ¡pronto deberemos pedírselo a la UNESCO también!, ¡tiene el mismo derecho que el flamenco!). Yo, desde luego, como en tantas otras luchas culturales que también apoyé (y que triunfaron, por cierto, como esta o esta), me uno total e incondicionalmente a la reivindicación de la zarzuela como imprescindible e inalienable fenómeno cultural español que debe ser protegido y valorado.

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