Crítica exprés: Las bodas de Fígaro

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Buena atención al público en el Teatro de la comedia. Programa de mano escaso.

Hace relativamente poco tiempo, el escritor Javier Marías publicaba un artículo de opinión titulado “Ese idiota de Shakespeare”, que se convirtió en poco tiempo en la comidilla de la farándula, y que rápidamente recibió un aluvión de ataques, medida habitual de aquellos que son incapaces de defender su propio trabajo (muchos de los cuales claramente no leyeron el artículo original pues es evidente que sólo leyeron un par de frases cuidadosamente seleccionadas, tergiversadas y sacadas de contexto… no se puede esperar otra cosa de ese tipo de personas, por otra parte), puesto que, en el fondo, son conscientes de que lo que hacen es indefendible, así que deciden destrozar e intentar desacreditar implacablemente a aquel que dice la verdad, y toda opinión certera que exprese lo que, en realidad, piensa todo el mundo pero que supondría desvelar que son un fraude (como tantas veces se ha vivido en este blog, a reseñar especialmente el famoso asedio)… con las repercusiones sociales y económicas que ello conlleva.

No obstante, a mí me alegró mucho que un intelectual, una persona de la cultura, totalmente metido y conocido en ese mundo, como Marías, se atreviera a decir las cosas claras y a poner cada cosa en su lugar; necesitamos más gente así, que se salga de la rueda de favores y que se atreva a decir lo que realmente piensa, públicamente y sin tapujos, y es que ¡Universo de A no lo puede hacer solo!.

Sin embargo, he de reconocer que yo no estoy al 100% por 100% de acuerdo con Marías, sino más bien en un 70-80%; puesto que el escritor, a la hora de la verdad, no dejaba de tener una postura un tanto reaccionaria, nostálgica de un teatro que ya se había pasado, de un estilo anquilosado y superado.

¿Por qué hablo de todo esto?, pues porque estoy completamente seguro de que esta producción de “Las bodas de Fígaro”, de la que voy a hacer la crítica, le encantaría a Marías, sin embargo, yo no puedo dejar de condenarla en muchos aspectos. Las razones, en la crítica.

 

-Las bodas de Fígaro: muchas veces he dicho, que el academicismo y lo clásico puede ser un gran y hábil disfraz para aquellas personas sin mucho talento, pues disimula mucho mejor que cualquier apuesta vanguardista, que siempre es un riesgo… pero al final, resulta fácil descubrir cuando algo no tiene arte ni alma, y sucede si no sólo no sientes nada, sino que tienes la sensación de percibir errores, aunque a primera vista no sepas cuales son exactamente… pero con el tiempo, y un ojo clínico bien entrenado, acaban detectándose con facilidad.

Pero antes de nada, hablemos de la obra en sí, secuela de “El barbero de Sevilla” (obra que, por cierto, sería una de las últimas, polémicas y peligrosas diversiones en el Petit Trianón de María Antonieta, antes del fatídico asunto del collar que supondría el principio del final del reinado de Luís XVI), que, como su precedente, también estaba destinada a causar una conmoción por su contenido revolucionario y antisistema (de la época), es más, Mozart (que hizo una conocidísima versión operística que cuenta con algunas de las melodías más reconocibles del género… y que, curiosamente, se estrenó mucho antes que la versión lírica de Rossini de “El barbero de Sevilla”, por tanto, curiosamente, en ópera, la secuela se estrenó antes que la original) no lo tuvo precisamente fácil a la hora de llevarla a la escena, aunque también es cierto que el compositor de Salzburgo elegía unas temáticas de un poco apropiado… que era para darle de comer aparte. Por tanto, debemos entender que, en muchos aspectos, la obra de Beaumarchais es un panfleto, de otra época, pero un panfleto con cierto contenido ideológico propagandístico igualmente.

Sin embargo, el gran problema que tiene la obra de Beaumarchais hoy en día, no es precisamente lo anterior, sino que la versión operística, en la que da Ponte copia casi tal cual en su libreto la obra original, se ha convertido el algo tan icónico y sublime, que, hasta cierto punto, las palabras solas y a secas de Beaumarchais ya no parecen suficientes, sentimos que falta la música de Mozart (a la que esta producción, de la que hago la crítica, hace más de un homenaje, por cierto)… simplemente, el compositor superó al escritor, y ello se hace evidente al ver que las palabras, sin música, quedan despojadas de una buena parte de su encanto… aunque sí hay que reconocerle a la obra original que explica mucho mejor la historia que el lioso libreto de da Ponte.

En cualquier caso, la obra de Beaumarchais, una comedia de enredo con profundo fondo crítico y revolucionario, es demasiado liosa, hay un exceso de acontecimientos, de personajes que no se desarrollan todo lo que deberían y demasiados enredos en general.

En lo que respecta a esta producción, su gran problema es que peca de un excesivo academicismo, es totalmente clásica, pero también absolutamente acartonada y poco original, no aporta soluciones ingeniosas, ni nos transmite nada nuevo, simplemente utiliza los recursos esperables y obvios en el mejor de los casos… eso, en sus mejores momentos, puesto que también hay muchísima torpeza en la dirección de escena de Lluís Homar (que recupera, de memoria, la de Puigserver): sus actores están totalmente descontrolados, no hay un sólo movimiento de escena que no resulte forzado, en el decorado todo es demasiado estático, hay una falta de ritmo absoluta (a pesar de ser una comedia)… y en general, hay una muy deplorable falta de imaginación, ingenio y visión artística. No tengo la más mínima duda de que a un espectador no demasiado exigente, a uno que se conforma con que le hagan la obra tal cual se refleja en el texto, se dará por conforme e incluso la aplaudirá con gusto… pero yo necesito algo más, yo necesito sentir algo, no quedarme frío, y eso es precisamente lo que me pasó durante las tres horas que estuve viendo esta producción en el Teatro de la comedia, durante las cuales, incluso sentí aburrimiento y deseo de que se acabara.

Por lo demás, los decorados son muy estéticos, muy bellos, pero no están muy bien utilizados, al igual que el atrezzo.

Los actores están todos terriblemente sobreactuados y absolutamente inverosímiles en general, y aunque el reparto femenino está algo mejor (muy especialmente Mónica López como la Condesa de Almaviva, que resultó la única medianamente creíble y aceptable de todos), pero lo cierto es que, mayoritariamente, cada gesto, frase o movimiento que hacen se ve forzado, poco natural o como una directriz de la dirección, sin mencionar que no parece que se crean sus personajes en absoluto, sólo que disfrutan haciendo teatro… y eso señores, lo miremos como lo miremos, es mal teatro.

En definitiva, volvemos a lo que se hablaba al inicio, esta producción de “Las bodas de Fígaro” sin duda podrá parecer aceptable y muy aplaudible a muchas personas que se quieren evitar vanguardismos y sorpresas desagradables en el teatro (como Javier Marías, al que citaba al principio), y seguramente muchas de estas personas, al igual que se hizo en otros tiempos en el Teatro Real (curiosamente, con la tercera parte que Mercadante compuso con las nuevas aventuras de un vetusto Fígaro), gritarían “¡así es como se dirige!”… pero yo no le puedo dar el aprobado; sí, toda la producción es bastante aceptable, si se mira superficialmente, no tiene sorpresas desagradables ni grotescas… pero tampoco dice nada, no produce ninguna sensación y hay tantísimos errores, evidente falta de pericia y talento disimulados bajo un clasicismo y academicismo extremo, que yo, simplemente, no puedo recomendarla abiertamente y con todas las de la ley, pues no pasa de ser un producto que le cuesta llegar a ser aceptable o pasable… y algunos buscamos mucho más en el teatro… y en cualquier obra artística en general (como comentaba recientemente, por otra parte).

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