Diecinueve parte de Notas de aburrimiento

¡Estamos de celebración!, ¡mi novela por entregas más avanzada (porque, lo que he despistado las otras, prefiero no mencionarlo), llega a su nota 200!… en fin, sepamos más de las aventuras y desventuras de Abelardo:

 

Post scriptum 26-8-2016: MUY IMPORTANTE, la última parte, de “Notas de aburrimiento”, será publicada poco antes de la celebración de la década de Universo de A… ¡lo que significa que habré terminado mi primera novela por entregas para el blog!… y ello será un magnífico regalo y homenaje de cara a la celebración del cumpleaños o aniversario.

 

Nota 200

Mmmñññnnnn… me estoy despertando y desperezando; ya en casa.

Anoche metí las hamburguesas en el congelador y casi no cabían… no sé si me habré pasado, y conseguiré el efecto contrario: en vez de evitar que Ildefonso haga preguntas, que acabe haciendo más porque no hacemos otra cosa que comer hamburguesas… o que vuelva a criticar la dieta poco variada que seguimos….

No, eso no puede ser… ¡las he comprado de varios tipos!: con pimienta, sin ella, con queso dentro, de tofu, normales… luego, además, las haré con distintas salsas, y las cocinaré de modos diversos (de algo me tiene que servir haber visto tantos programas de chefs en la tele)… ¡si eso no es variedad, entonces no sé que será!… pero, si hubiera que disimular más, puedo desmenuzarlas, y hacer carne picada con ellas, así pueden servir para albóndigas, zorza… etc. Y seguro que si me esfuerzo en disfrazarlas… hasta puedo hacerlas pasar por pescado, pan y espaguetis; ¡todo es ponerse!.

Pero, hay que admitir que Ildefonso se está poniendo de un resabidillo insoportable… y encima lo hace con ese tono tan maduro, tan responsable, ¡pero vamos a ver!, ¿quién es el adulto aquí?.

 

Nota 201

-¡Papá! -me dice Ildefonso, que ya está completamente vestido, aseado y preparado para salir-, ¡no te lo digo dos veces!, ¿eh?, ¡que ya es hora de ir al instituto!. Es que no hago carrera funcionarial de ti….

No quiero ir al instituto. Mi amor de padre me obligó a volver a Espana, con un montón de hamburguesas, para alimentar a mi hijo… y por eso, me he olvidé de la razón de porqué había huido.

-¿Pero aún sigues en la cama? -grita Ildefonso-, ¡se acabó!, ¡hoy te llevo yo al instituto!, ¡de la manita, para que no te escapes!; y me voy a quedar mirando, hasta que entres en la conserjería.

-Bueno, vale -le digo remoloneando-; pero hoy comemos hamburguesas, ¿vale?.

-Lo que quieras, pero vístete -me responde con cansancio.

Genial, que listo soy, ya le he metido en el menú de hoy las hamburguesas… ahora sólo tengo que descubrir como colarle cien más….

-¿Aún no te has metido en la ducha? -exclama Ildefonso-, ¡o entras ya, o te quedas sin hamburguesas!.

Sí, claro; como si tuviésemos otra cosa que comer, no nada más que esa carne, por todos los lados. Aunque eso él no lo puede saber, ¡silencio, Abelardo!, ssshhh, ¡a la ducha!.

 

Nota 202

Mi hijo se ha puesto insoportable, ¡qué obsesión con que vaya a trabajar!, ¡cómo si no hubiera más cosas en el mundo!.

Tengo que enseñarle a disfrutar de la vida; le regalaré algún tipo de droga este fin de semana, a ver si así se relaja un poco… aunque tengo que decidir, si se las voy a comprar naturales o de laboratorio… yo quiero lo mejor para mi hijo, ¿qué clase de padre sería sino?.

Y además, el vendedor de mis estupefacientes, tiene que ser de fiar: una persona honesta y sin tacha; y, a ser posible, con buen expediente académico… tal vez con un doctorado….

Umm, en definitiva… ¿a quién conozco, que me pueda recomendar un buen camello?… o a lo mejor salen en las Páginas amarillentas….

 

Nota 203

Tengo que dejar de lado los planes para iniciar en la drogadicción a mi hijo adolescente… básicamente, porque está llamando a la puerta del baño insistente, y fuertemente, mientras dice:

-¡Papá!, ¡¿por qué pasas tanto tiempo encerrado en el baño?!, ¿qué estás haciendo? -berrea al otro lado-; ¡ahora no tenemos tiempo para tener la conversación de que tu cuerpo está cambiando!… pero no te preocupes, les pasa a todos los chicos, no es nada malo, ¡a todos se les cae algo de pelo en la ducha!.

-¡Ya salgo!, ¡ya salgo! -grito yo.

-¿Quieres que entre yo, a secarte, y así vamos más rápido? -me responde él, paternal.

-¡Ildefonso, necesito intimidad! -respondí yo.

-¡Qué asco!; no me puedo creer que yo, tu hijo pequeño, que debería de querer toda la atención para mí solo, y recomponer nuestro hogar destrozado por el abandono de mamá; te esté diciendo esto, pero… ¡búscate novia!… y por cierto, ¿sabes que el periódico dice que, según múltiples estadísticas, realizadas por las más importantes y fiables instituciones del mundo, la mayor parte de la gente encuentra a su pareja de por vida en el trabajo?.

Lo que me faltaba, ya tengo otra razón para no ir al instituto… no vaya a ser que pase.

 

Nota 204

Me estoy vistiendo, aún no se me ha ocurrido como evitar ir al trabajo… y no voy a poder hacer más tiempo, porque Ildefonso ya me ha preparado el desayuno para llevar… además, me ha metido el zumo que me gusta.

¡Pero no quiero ir, no quiero ir, no quiero iiiiir!.

 

Nota 205

¡Ha sonado el telefonillo!, ¡a contestar!:

-¿Cartero comercial? -contesto yo, a la voz del otro lado-; sí, claro que puede pasar, y suba a casa, le invitamos a desayunar….

-¡Deje la publicidad en el buzón destinado a ello! -brama Ildefonso, quitándome el telefonillo, y respondiendo por él.

-Ildefonso -le digo yo con tono de recriminación, ¡no va a ser siempre él don perfecto!-, no me parece nada bien lo que has hecho; ese pobre hombre, tiene la amabilidad de venir a vernos todos los días, y nosotros ni le abrimos la puerta… ¡me has decepcionado hijo!.

-¡Viene porque le pagan para llenarnos el buzón de publicidad! -me responde él con tono de obviedad-, ¡y no viene a vernos sólo a nosotros, se recorre todo el barrio!… si todo el mundo a quién llama, le diera de comer, no necesitaría volver a alimentarse en una semana….

-Pero hijo, ¿qué sabes tú de la dureza de su profesión?, ¿de las puertas cerradas una y otra vez?, ¿del sueldo que no da de sí?, de… tantas otras cosas que desconocemos… ¡y que podríamos saber, invitándolo a desayunar!; ¿acaso es un crimen ser caritativo?, ¿a qué punto hemos llegado, que nadie tiene piedad de nadie?, ya ni siquiera los niños tenéis corazón….

-Muy bien, pues al bajar, le invitamos a desayunar el domingo: cuando tú libras y yo no voy al instituto; ¡así que vamos! -dice mientras me coge de la mano y me lleva hacia la puerta.

-Nooo -digo yo desesperado-, mejor invitarle hoy, sacarle de su rutina, ¿por qué vernos atrapados en estos horarios, en las prisas?, ¿en qué nos ha convertido esta sociedad?, ¡en máquinas productivas sin capacidad de improvisación! -clamo inútilmente, mientras me agarro al borde de la puerta, e Ildefonso me empuja, para sacarme de casa.

De repente suena el teléfono.

-¡El teléfono!, ¡el teléfono! -grito, mientras esquivo a Ildefonso, con el que parece que estoy jugando al rugby, ¡por poco me placa!, para lanzarme sobre el aparato-; ¡seguro que alguien ha muerto!… ¡que pena!, ya no podremos ir al instituto… ¡haremos luto riguroso!, ¿cuánto tiempo era?, ¿siete años sin salir de casa?… es lo mínimo que le debemos a alguien a quien tanto queríamos… ¿sí?, ¿sí?, -pregunto, con impaciencia, por el auricular-, ¿una encuesta?, ¡claro que tengo tiempo!….

Mi hijo me ha colgado el teléfono, ¡qué maleducado se está volviendo este niño!. A mí, ni se me hubiera ocurrido hacerle algo así a mi padre.

-Ildefonso, esto no ha estado nada bien; ¿si nadie destina tiempo para las encuestas, como van a hacer las estadísticas, que son la base de tantas conversaciones insustanciales, con personas con las que no tenemos nada de qué hablar?, y lo que es mucho más importante, ¿cómo vamos a tener opinión propia si no conocemos antes las de los otros?.

-¿Y qué sentido tienen las estadísticas, si no se cumplen?; ¡hala!, ¡más buscar novia en el trabajo, y menos hacer solitarios en el baño! -dice, mientras me empuja a la puerta del ascensor.

En un par de movimientos espectaculares, dignos de una película de artes marciales, Ildefonso: ha cerrado la puerta de casa, marcado el botón de la planta baja y ha conseguido retenerme en el ascensor mientras hacía todo lo anterior… ¡qué faena!, tendré que encontrar la manera de que se despiste, durante el recorrido hacia el instituto, para escaparme.

 

Nota 206

-¡Ayyy!, ¡vaya! -digo con tono lastimero… y un poco sobreactuado-; me he olvidado de ir al súper, a comprar algo de comer para hoy… ¡y no hay mejor momento que el ahora!. Tú ve yendo hacia el instituto, ya te alcanzo luego….

-Tranquilo papá -dice Ildefonso, mientras me pasa la mano por la cintura, para agarrarme bien (porque a los hombros no llega) y que no pueda irme-, que hay muchas hamburguesas… y por lo que he visto, podríamos sobrevivir a un ataque nuclear con ellas.

Todo padre quiere tener un hijo listo, pero este, lo es demasiado.

 

Nota 207 

Mmm, me acaba de llegar un mensaje al móvil… a ver qué dice… ¡sí, sí, sí!.

-¡Ildefonso!, ¡no puedo ir a trabajar, porque me han dado cita en el médico! -afirmo contundentemente, mientras le enseño el sms.

-Pero papá -dice mi hijo preocupado-, ¿estás enfermo?.

No sé qué responderle: no puedo decirle que no, porque entonces me obligaría a ir al instituto… pero tampoco que sí, porque le dejaría angustiado, y a lo mejor se traumatiza. Difícil situación.

-¿Y cómo quieres que lo sepa? -contesto yo-, para eso voy al médico, para averiguarlo, a ver qué me cuenta….

-Pero eso no tiene ningún sentido… -me dice mi hijo.

Es el momento, me escapo corriendo mientras él está confuso, y ya de lejos grito:

-¡Adiós, pórtate bien, y no te metas en líos!, ¡no hagas nada que yo no haría!.

 

Nota 208

¡Ya está, ya he conseguido evitar ir al instituto esta mañana!… aunque de una forma de lo más imprevista, ¿quién iba a decir, que finalmente me iban a dar cita en el médico?.

Supongo que, al final, la telefonista me metería en una lista rara, en la que todos los que estaba antes de mí, se murieron de viejos, esperando a que les atendieran… bueno, ¡menos quejas, que al fin tengo cita!.

¡Espera!, antes de ir… tengo que pasar por el mercado, para comprar unas cuántas cebollas, ¡así podré llorar de verdad, y hacer creíble mi petición de baja por depresión!.

Umm, Ya sé como lo haré: cortaré unos cuantos trozos de la planta, los meteré dentro de mi pañuelo, y guardaré las que me sobren dentro del pantalón, por si tuviera que utilizarlas luego… ¡allá voy!.

 

Nota 209 

Ya he llegado al hospital, he ido a la ventanilla de información para preguntar dónde tengo que ir:

-Err -dice la mujer-… es que yo soy nueva, y aún no conozco el sitio muy bien… estoy subcontratada por una empresa totalmente ajena al sanatorio (y a toda cuestión médica, la verdad), para estar una hora por la tarde, y otra por la mañana… siempre y cuando no coincidan en años no bisiestos… pero vamos a preguntarle al guardia de inseguridad….

-Pues no tengo ni idea -nos responde el guardia-, es que a mí me ha contratado una empresa, que contrató a otra compañía, que a su vez ha sido subcontratada por el hospital… y mi contrato es por obra y gracia, así que sólo dura cuatro minutos.

-¿Pero hay alguien que trabaje en este lugar de una manera estable? -exclamé yo.

De repente, todo el mundo se quedó parado, y pude ver, por primera vez en mi vida, en un hospital, a los sanos con más cara de dolor que los enfermos.

-¡Eh! -me dijo una joven celadora entusiasmada-; ¡yo me conozco el hospital!, a mí me ha empleado una empresa de trabajo temporal, que nos obligó a doscientas personas a hacer una formación de seis meses para un solo puesto… luego echaron a suertes a quién cogían, ¡y me tocó a mí!… bueno, tuve que sobornarles para conseguirlo, ¡pero voy a trabajar todo un día, un día entero!.

-¿Y eso le sale rentable? -pregunté extrañado.

-Bueno, entre los impuestos, y el transporte para venir aquí, no gano nada… y más bien me sale a pagar… ¡pero estoy trabajando todo un día!. Venga conmigo que le llevo a la ventanilla correspondiente.

 

Nota 210

Acabo de llegar al sitio dónde me van a atender, pero me dicen:

-Uy, pero eso ya no es aquí… es que verá: ahora de estas ventanillas, se ha hecho cargo la empresa de gestión de recursos humanos Mypoder, que lo ha cambiado todo, y se encarga de unas cosas sí y de otras no… aunque no sabemos muy bien cuales son… casi que vaya a preguntar al mostrador del fondo.

Voy, y me dicen:

-Para nada, aquí tampoco es, esto está en manos de Inadeccuado, la empresa líder en estrategia de movilización del talento… y nos ocupamos de las funciones que no tiene Mypoder.

-Pero -digo yo-, en la ventanilla de Mypoder, me han dicho que ellos no saben de que se ocupan… entonces, ¿no se supone que ustedes lo hacen todo?.

-¡Para nada!, y ahora, si me disculpa, mi contrato acaba de terminar.

Entonces veo como se va, y entra otra persona, voy a volver a intentarlo:

-Hola, mira, me ha llegado este mensaje al móvil y querría saber a donde tengo que ir….

-¿Y cómo voy a saberlo?, ¡a mí me acaban de contratar ahora mismo!… los requisitos para el puesto eran, saber diecisiete idiomas a nivel nativo, y tener buena letra… en realidad, no sabía ni a qué puesto optaba cuando me presenté, porque no se decía en la oferta; y cuando tuve la entrevista, no me podían decir nada, porque querían guardar el secreto empresarial… así que hace tres segundos, me comunicaron que trabajo aquí… me han cogido para el puesto… aunque me desmayo cuando veo sangre, no tengo ni idea de medicina, o de qué hay que hacer en un hospital… ni mucho menos experiencia en todo ello; y a pesar de todo, ¡me han considerado cualificado para el puesto!… suerte que mi contrato sólo dura: 5, 4, 3, 2, 1… ¡ya está!, ya tengo algo nuevo que poner en el curriculum… si me disculpa voy a volver a buscar trabajo.

Llevo cinco minutos aquí, y todo el personal ha cambiado seis veces por lo menos. He decidido preguntarle, a una chica que acaba de terminar su contrato:

-Oiga, ¿pero es que no se quedan nunca con nadie, para alguno de los puestos de trabajo?.

-¿Y hacerles un contrato de verdad?, ¡qué chiste!, ¿para qué cree que están las compañías de recursos humanos?… y tampoco podríamos quedarnos por los sueldos, yo, sin ir más lejos, ya me lo he gastado todo en este caramelo que tengo en la boca. Tampoco sé si podré comer en el resto del día, pero lo miro con perspectiva, ¡la operación bikini ha empezado!.

 

Nota 211

Sigo perdido, dando vueltas por el hospital, porque cada vez que le pregunto a alguien… ¡resulta que lo ha contratado Mypoder o Inadeccuado!; y se le acaba el contrato antes de que pueda terminar de decir “hola”… aunque los he encontrado con suerte; algunos tenían contratos de cuarenta horas, a cuatro auros las diez horas, ¡pero qué suerte poder trabajar!… aunque tampoco tienen ni idea del centro, porque resulta que son extranjeros que no entienden ni nuestro alfabeto, y llevan un día y medio en el país.

 

Nota 212

-¿¡Pero cómo puede ser!? -grita un médico-, ¡tengo que operar a corazón abierto, y no están las enfermeras!.

-Es que -le responde una mujer, que debe de ser de administración-, otra empresa de gestión de recursos humanos, Selectividad selectiva, para ganar el concurso público, se ofreció a ocuparse de la elección de las enfermeras, y además gestionar la cafetería por aún menos dinero… así que, las enfermeras también tienen que trabajar como camareras y cocineras… y ahora están preparando el menú de mediodía… a lo mejor, después de servir y fregar los platos, pueden pasarse por el quirófano; al fin y al cabo, ¡han firmado por una jornada de veinte horas diarias!.

Genial, esta es la mía, ¡funcionarios de toda la vida!, seguro que ellos saben donde está todo….

-Pues verá -me dice el médico-, hace cuatro horas, lo que usted me pregunta, estaba en la planta 1 en el mostrador del fondo… y lo digo, porque lo vi de pura casualidad; pues han subcontratado a una empresa que se ocupa de reorganizar el centro… así que, ya no sé ni donde paso consulta… la última vez, fue en uno de los trasteros; porque contrataron a otra empresa de recursos humanos más, y necesitaba espacio para meter más trabajadores… creo que tienen uno por cada segundo del día, y los cambian todos cada seis horas.

-No, estás equivocado Emilio -le respondió la de administración al médico-; porque hace cinco minutos, esa empresa que tú dices, subcontrató a otra a su vez… con lo que han despedido a todos los trabajadores anteriores y han cogido a otros nuevos. El problema es, que esa era la misma compañía que también se ocupaba de la limpieza… en consecuencia, ahora muchos de los médicos, están fregando los suelos; y las señoras de la limpieza, abriendo en canal a la gente… pero tampoco tiene demasiada importancia, porque la empresa que estaba subcontratada, por la que había ganado el concurso, que a su vez estaba subcontratada, por un grupo empresarial, que lo había delegado todo en la que estaba hace cuatro semanas; decidió que Inadeccuado y Mypoder se lo repartieran todo… siempre y cuando se les fuera reservada la debida comisión. En consecuencia, y gracias a su gestión de las personas: los acompañantes de los pacientes, han pasado a ser enfermos; y los pacientes son acompañantes… ¡menuda sorpresa esta mañana!, cuando, operando a alguien de una apendicitis, ¡se descubrió que ya se lo habían hecho hace veinte años, y era a su hijo a quien había que llevar al quirófano!; ¡y pobre niño!, lo encontraron dando los avisos del hospital, porque Inadeccuado consideró que, con lo que berreaba (por el dolor), era el más apto para dar los anuncios, y que, al siguiente concurso lo presentarían como propuesta, para sustituir a la megafonía… dado que hubiera supuesto una bajada en los costes, seguro que la administración hubiera aceptado.

-¿¡Pero entonces, yo a dónde tengo que ir!? -pregunté desesperado.

-¡No lo sabemos nosotros, que llevamos aquí trabajando toda la vida, lo va a saber usted! -me respondió el médico con amargura-; ¡llega un momento, en que ya no sabes ni quién es tu jefe, o quién se ocupa de esto y lo otro, para cuanto más!… me está costando más, entender como funcionan las empresas de gestión de recursos humanos, que mi doctorado.

-Espere un momento -me dijo la de administración, con tono misterioso-… existe la leyenda, de que hay un único mostrador de información en el hospital, que aún no ha sido poseído por la subcontratación, y en el que sigue habiendo alguien… ¡con un contrato fijo e indefinido!… ¡escuche!, según la tradición mítica, debe hacer lo siguiente: siga el pasillo de las baldosas azules, y no se separe de él, hasta que llegue al bosque de los goteros de suero… allí, deberá encontrar la puerta que conduce al ascensor, que le llevará a la planta de los eternos durmientes (los que están en coma, vaya)… ¡pero mucho cuidado!, cuando atraviese toda esa planta, encontrará la zona oscura (porque se ha ido la luz), que es donde están las oficinas de las empresas de gestión de recursos humanos; ¡tenga mucho cuidado, por favor se lo pido!: está llena de jovencitas, cuasi adolescentes, que sólo pronuncian cantos de sirena, tienen la cabeza exclusivamente para maquillarse y peinarse, y si le ven… ¡le harán una entrevista, y le echarán del hospital, diciendo que ya le llamarán!… o peor, le harán tres entrevistas más, y quizás, hasta un contrato leonino… si consigue atravesar tan grave peligro, ya sólo tendrá que recorrer la sala de la angustia (también llamada de espera); el ala del nacimiento… y al final, muy al final, del último pasillo; sólo después de traspasada la puerta de la sangre (porque ahí se hacen los análisis); cerca de una fuente, que hay quien dice que es la de la eterna juventud, pero yo diría que no, porque viene un señor a cambiar el agua mineral cada semana… encontrará el mostrador de información, donde se haya una profesional con unas condiciones laborales justas… dicen que es una de las visiones más bellas del mundo, tanto, que algunos han muerto de emoción con sólo ver un atisbo de su resplandor… por si acaso, yo le recomiendo que se ponga unas gafas de sol.

-¿Contrato fijo e indefinido?, ¡eso no puede ser! -dijo el médico-, ¡yo no he visto a nadie que posea tal cosa!… de hecho, la última vez que supe de alguien que hubiera firmado algo así, fue hace muchísimo tiempo… y creo que era un unicornio.

-Puede… -dijo con tono profundo la de administración, mientras miraba hacia el horizonte- pero la leyenda sigue viva…. -y, repentinamente, continuó hablando con un tono de gran naturalidad- Señor, si al final va a ese mostrador, y hay un unicornio, tráiganos algunos pelos o un trozo de su cuerno (que dicen que de esa criatura todo se aprovecha, como de los cerdos, pero en este caso para la sanidad), que vamos escasos de mecromina.

 

Nota 213

Estoy atravesando la zona oscura… están sin luz, porque aún no han sub-sub-subcontratado a ninguna empresa para que les cambie las bombillas… lo que hace el lugar aún más siniestro….

Todo está lleno de paredes acristaladas…. Y personas con mirada angustiada, temerosa, perdida… pero que tratan de sonreír desesperadamente, lo que hace que parezcan aún más desgraciados…

Los están llamando, continuamente, las jovencitas de las compañías de gestión de RRHH, para una entrevista… y los que entran en esas salas, llevan una actitud, que no sería muy diferente de si fueran al patíbulo.

También he visto al jefe de proyecto de una de las empresas (que es el responsable de que el hospital esté tan bien gestionado); lo encontré, sumando dos más dos con los dedos… pero repetía una y otra vez la cuenta, porque no le salía.

Aunque todo lo anterior, no me ha causado tanto pavor, como escuchar algunos fragmentos de las entrevistas:

“-¿Así que dominas 100 idiomas, tienes diez doctorados, y muchísima experiencia como ingeniero aeronáutico? -dice la entrevistadora-; bueno, tengo el puesto perfecto para ti… porque necesitamos barrenderos en días sueltos. Creo que eres un candidato, bastante apto, porque así, si unos turistas se pierden, podrás darles indicaciones.”

O:

“-Bueno, tu test del idioma ha sido bastante bueno… -dice la de recursos humanos.

-¡Es mi lengua materna! -responde el candidato.

-… Pero, veo que no has hecho ningún curso en los últimos diez minutos.

-Es que no tengo dinero para formarme más, por eso necesito un trabajo.

-Ya, bueno, pues esa oferta a la que optas, en realidad ni siquiera existe… la verdad es que nos estamos presentando a un concurso; y tenemos que enviar a la administración pública los curriculums del personal que supuestamente contrataríamos… que luego, sobra decir, si ganamos, serían otras personas… básicamente, porque si dejamos de hacer interminables procesos de selección, ¿de qué vamos a vivir?… aunque para eso, primero tenemos que ganar el concurso con lo que… a las pocas posibilidades que tienes de que seas seleccionado, súmale las aún menos, de que consigamos que nuestra candidatura triunfe”.

También:

“-¿O sea -dice la jovencita-, que llevas sólo media hora en la ciudad, y no conoces nada de nada?… tampoco tienes experiencia en el sector turístico, ni te interesa… y no eres capaz de leer un mapa… ¡eres perfecta para la oficina de turismo!”.

Además:

“-Pero, tú en realidad, ¿qué estás buscando? -dice la moza que lleva la selección, en la que cuesta distinguir si hay una persona detrás del maquillaje.

-Este trabajo -responde una tímida desempleada.

-Sí, pero en realidad, ¿tú que quieres?; me refiero, a parte de este empleo.

A lo que la pobre candidata, desconcertada, responde:

-¿Es una pregunta existencialista?.

-Sí… no… -responde la de RRHH- ¿qué significa esa palabra?, ¿me la puedes deletrear?”.

Y no hay que olvidar:

“-Así que tienes 45 años, y llevas tres sin trabajar -comenta una chica, con unos tacones tan altos que parecen zancos-… bueno: el puesto son unas prácticas, no remuneradas, en una empresa de mucho prestigio, que no te puedo decir. Si tienes suerte, y les caes bien a todos y cada uno, podrás quedarte como becario otros tres años… sin cobrar, por supuesto. Eso sí, luego, si te haces autónomo, podrían, a lo mejor, si se sienten especialmente generosos ese día, y la digestión les ha sentado bien, hacerte un contrato discontinuo por medio mes… siempre y cuando, hagas la formación obligatoria previa, que, básicamente, dura tres años, son diez horas al día, lunes a domingo, y por supuesto, no remunerada… aclararte que la formación es selectiva y que optáis al mismo puesto varias miles de personas de este país…. Esas son las condiciones, ¿te interesa?.

-Sí… -responde un pobre hombre.

-Bueno, pues te voy a decir lo que va a pasar: ahora yo voy a decidir los mejores candidatos, basándome en los datos que no tengo, ni me importan; se los voy a mandar a otro para que elija con aún más ignorancia de causa; y a continuación, irán a una última persona, que tampoco es quien toma la decisión final, pero se lima las uñas genial…. En cualquier caso, después de eso tendrás que hacer cuatro entrevistas más: una conmigo, otra conmigo y con mi compañero de piso, otra con él solamente, y la última con un señor de Murcia que pasaba por aquí, y que ya estamos eligiendo en otro proceso de selección. Después de eso, te haremos diez pruebas más, varias dinámicas de grupo, y para acabar… la entrevista con el cliente final, que tampoco será tu jefe, sino alguien de recursos humanos de la empresa, lo cual es perfecto porque, ¿para qué vas a saber para quién trabajas o tu propio jefe querría conocer a la persona con la que va a tener que tratar diariamente?… por eso las empresas de RRHH son tan necesarias. En fin, ¿te interesa?.

-Sí… -dice el hombre- la verdad es que necesito mucho el trabajo, tengo tres hijos, ninguno trabaja, mi mujer tampoco ha conseguido encontrar nada….

-Ay, por favor -responde la entrevistadora molesta-, no sigas, que se me corre el rímel, y ya lo he retocado dos veces esta mañana; porque tengo la manía de rascarme mucho los ojos… ¡un momento, tengo una gran idea!, ¡envíame el curriculum de tu mujer!… así podré ver su teléfono, llamarla, y preguntarle si ella conoce alguna marca que no se corra con tanta facilidad, para no acabar la mañana como si fuese un oso panda”.

Sin mencionar:

“Eres absolutamente perfecto para el puesto -dice a otro candidato, la chiquilla de RRHH, mientras se saca el chupete de la boca-: competente, eficiente, con los estudios y la experiencia, talentoso… además has puesto mucho interés en conseguir el trabajo… pero no me ha convencido como me has dado la mano al entrar, ni me gusta el color de tus ojos… así que voy a darle el puesto a aquel cuyo curriculum se quede sobre la mesa después de haberlos tirado al aire”.

 

Nota 214

-¡He llegado, he llegado al mostrador de información! -exclamo feliz, a la señora que está allí, tras finalizar mi odisea-… pero usted no parece un unicornio… a pesar de lo cardado que lleva el pelo.

-¿A usted ya le han contado que mi marido se fue a comprar un cigarrillo electrónico hace veinte años?, ¿no?, pues mire, ¡yo no soy ninguna cornuda!. Mi esposo los habrá estado buscando todo este tiempo, y como no los habían inventado, ¡claro!, no los encontraba… pero ahora que sí que existen, uno de estos días seguro que vuelve… y tal vez lo haga también su secretaria, que desapareció el mismo día para buscar lo mismo… coincidencias de la vida… aunque de ella, he sabido que está viviendo en otra ciudad, con un hombre casado, ¡a saber a quién se lo habrá quitado!.

-No -digo yo alegremente-… en realidad, yo a lo que venía es….

¡Un momento!, ¿pero qué estoy haciendo?, ¿no se supone que he venido aquí a conseguir la baja por depresión?, ¿para qué he investigado tanto sino?, ¡venga, al tema!.

-Venía -digo suspirando, y entrecortando la voz exageradamente-… como me han mandado este mensaje… que apenas he podido leer, porque tenía los ojos llenos de lágrimas… como todas las mañanas, por otra parte… y las tardes… y las noches… también los mediodías… y cuando no estoy llorando, también me cuesta ver, porque se me quedan los ojos muy rojos, de tanto haber llorado en las mañanas, tardes, noches y mediodías anteriores… -la mujer me está mirando con incredulidad, es hora de sacar el pañuelo con las cebollas escondidas, para llorar de verdad, ¡ahí va!-. El caso es que… que me voy del tema… según este sms, se me da cita hoy con el médico, para examinarme de esta situación que no consigo superar, aahhhhh -me lamento a gritos, mientras lloro con una fuerza dramática por la que podrían darme un premio, ¡qué bonito me está quedando, qué convincente!, ¡si no me dan la baja me meto a actor!, ¡está claro que poseo un talento único!.

-Ya -me dice la de información-; yo no soy médico, pero, como sugerencia… ¿ha probado a no frotarse la cara con un pañuelo lleno de hojas de cebolla?.

-¿Qué? -respondo enfadado, porque no ha apreciado mi deslumbrante interpretación dramática-, ¿y usted ha probado a averiguar quién es el hombre casado con el que está viviendo la ex-secretaria de su marido?, lo digo porque, a lo mejor están fumando cigarrillos electrónicos después de acostarse juntos, y quizás, algo saben de que fue de su esposo.

-Bueno, como bien he dicho -me responde la informadora-, yo no soy médico, y si mi marido está comprando un cigarrillo electrónico desde hace veinte años… usted bien puede tener una depresión… en fin, espere a que le llamen de la primera sala de espera, que está detrás de esas puertas.

-¿La primera sala? -pregunto yo.

-Pues claro, no esperará que le vea el médico directamente, ¿verdad?. Si la gente entrara, saliera, inmediatamente, y no hiciera esperas continuas… no podrían apreciar las instalaciones del hospital, ¡ni entablar encantadoras relaciones sociales con el personal del centro!, con lo que estos se aburrirían, y a la cara de cansancio que suelen llevar, se sumaría la de hastío… y eso sí que no lo podemos consentir.

Pero no se preocupe -continuó-, como esto va por urgencias, estaremos pendientes de su caso hasta que se solucione, y usted estará retenido aquí hasta que eso suceda, aunque sean días y días… hubo un señor que se pasó en el hospital un año encerrado, y le dieron el alta cuando descubrió que se había curado solo, mientras aguardaba en una de las salas de espera.

 

Nota 215

Llevo una hora esperando delante de la primera consulta, aguardando a que el altavoz diga mi nombre… ¡por fin!, ¡voy a entrar!, pero lo haré triste, ¿eh, Abelardo?, triste….

-Hola, buenas, ¿por qué ha venido? -me dice una joven.

-Pues, es porque… buahhhh -me he puesto a llorar, como si no hubiera mañana, encima de mi pañuelo-… es que no puedo parar de llorar y….

¡Oh Dios!, se me ha metido una hoja de cebolla en la nariz, he estornudado y… ¡atchuuuus!, han salido disparadas del pañuelo, por doquier, todas las capas que había pelado.

-Entiendo -dijo-, ¿y ha intentado a no meter hojas de cebolla en su pañuelo?.

-¡Qué estoy muy deprimido! -le grito yo.

-Sí, claro que sí -me dice la chica con cara de incredulidad-… bueno, pase a la segunda sala de espera, la que es color violeta marengo….

-¡Tengo una depresión! -gimo con más fuerza.

-Se le ve, se le ve -dice con una sonrisa incómoda-… usted pase a la segunda sala; que se necesita un especialista, muy especialista, para casos tan… como el suyo.

 

Nota 216

Estoy en la sala violeta marengo, y acabo de descubrir… ¡será posible!, que el color tiene un significado, y es para aquellos que, cito literalmente lo que he leído en el cartel: “sin prioridad ninguna, hipocondríacos o inútiles que se han hecho un roce y no saben ni aplicarse agua oxigenada. Largarlos cuanto antes, darles el alta a la mínima”.

¡Está claro que no estoy exagerando lo suficiente!, tengo que ponerme más melodramático o no se creerán mi depresión….

¡Vamos Abelardo!, está en juego tu baja permanente y el no volver nunca más al instituto… ¡tienes que parecer el ser más deprimido y deprimente que hayan visto nunca!.

 

Nota 217 

Me acaban de llamar por la megafonía… ¡al suelo, se ha dicho!.

Entro arrastrándome por la consulta (espero no estar siendo demasiado sutil), apenas separando la nariz del suelo, sólo para que se me entienda cuando hablo.

-¡Ayy! -berreo-, ¡estoy tan deprimido que no puedo ni andar!, ¡no me puedo ni levantar!, ¡porque estoy muy triste!… ¿he mencionado ya, que estoy muy deprimido? -digo mientras me sigo arrastrando por la consulta-; buahhh, ¡qué mal me siento!, ¡qué tristeza inconmensurable, interminable, y muchas más palabras negativas que acaban en “-able”!.

-Ya entiendo, señor, ¿podría tomar asiento? -me dice el profesional que está en la consulta.

-¿Asiento? -respondo, fingiendo estar dolido-, ¡tan cerca ya la vez tan lejos!, ¡lo que para usted está ahí al lado, para mí está a kilómetros de distancia!. No tengo fuerzas para eso… sólo para llorar mi tristeza.

-Inténtelo un poco, por favor -me responde, sin saber muy bien como reaccionar.

-Claro, me esforzaré al máximo, y quizás consiga levantar mi cuerpo… aunque nunca mi alma torturada por el dolor… ¡y qué dolor!, ¡qué tristeza!, ¡¡¡qué depresión!!! -¿habéis visto, lo sutilmente que he introducido en la conversación, el diagnóstico que quiero, ¡soy un genio!-. ¡Ah!, lo intento -me estoy levantando y cayendo, una y otra vez, para fingir que no me puedo ni sostener en pie-, pero siempre fracaso, ¡es una metáfora de mi vida!, ¡buahhh! -estoy intentando llorar, ¡pero de tanto levantarme y caerme, se me han caído las cebollas que me quedaban al suelo!… y ya no me queda ninguna para utilizar.

-¿Y ha intentado a no llevar un kilo de cebollas en los bolsillos?, yo diría que llora por eso… venga, que le ayudo a sentarse -y como es fuerte, el hombre consigue ponerme en la silla, ¡pero da igual!, finjo caerme de ella, ¡menudos trompazos me estoy dando!… cuando termine con esto, me darán la baja por depresión, y además tendrán que ingresarme por múltiples contusiones.

-¡Ni en la silla consigo mantenerme sentado! -digo, lastimero- ¡hasta la silla me rechaza!.

-Bueno, es que tiene la ropa resbaladiza, de tanto frotarla con las cebollas….

-¡Pero quiere concentrarse en lo que le estoy diciendo, hombre! -le grito yo, ya indignado; aunque bajo el tono inmediatamente, y vuelvo a fingir sollozar, recuperando mi papel dramático-. ¡Claro, le importan a usted más las cebollas que yo!, ¡otra razón más para estar deprimido!, ¿lo entiende?, “d-e-p-r-i-m-i-d-o” -le deletreo-… yo no sé, pero… ¡quizás tenga una depresión! -como el tipo este no empiece a captar las indirectas, voy a tener que hablar más claramente.

-A ver, espere a que mire el informe de la compañera que le vio en la primera sala… aquí dice que es usted anormal, lo que no sabe es que grado de discapacidad tendría….

¡Y un cuerno!, ¡no me he estado yo trabajando la depresión para que estos inútiles me diagnostiquen lo que les de la gana!, ¡se acabaron las sutilezas, hay que llevar esto al máximo!, he decidido apostar por la depresión, y con una baja por depresión voy a salir; así que me pongo a gritar:

-Ohh, ¡siempre supe que arrastraba un destino trágico! -exclamo, mientras me levanto como en un espasmo, me tiro al suelo otra vez, y me revuelco por él, mientras me pongo la mano en la frente, imitando a la gran actriz dramática Sara Bernarda, que siempre hace unas películas muy deprimentes, y sufre mucho en ellas-; por eso no consigo levantarme, literal y figuradamente….

El hombre está arqueando las cejas con gesto de incredulidad; se acabó, ¡hay que sacar la artillería pesada!, ¿qué me falta?, ¿qué puede ser más brutalmente trágico y deprimente?, ¡ya sé, sacaré ideas de libretos operísticos!, así que empiezo a berrear, intentando evitar canturrear:

-… ¡Dios mío, morir tan joven, yo que he sufrido tanto!, ¡estaba acaso flipando, cuando esperaba con mi corazón desarmado, a mi prima Constancia!… ¿dónde estará la Barbara, a quien para mi pena tanto amé y que no vuelve a mí?, ¡ah!, impía, si no vuelve a mí, me arrancaré el corazón… ¡Gloria al pueblo gitano y a Isidora, que la hierba se entrelace con los cipreses en la cabeza de los que han obtenido un premio de consolación! -¡uy!, creo que me estoy desviando del tema, se ve que no valen unos versos cualquiera, porque el tipo me mira cada vez con cara más rara, ¡que poca sensibilidad musical-… ¡en vano para evitar correos electrónicos amargos, a la bandeja de no deseado los mandarás!, pues en el libro de allá arriba, si tu destino es la felicidad, spam no recibirás, pero si lo has de recibir, si la palabra temible está escrita por el destino, la carta despiadada repetirá: ¡spam!, una y otra vez, ¡siempre correo spam!… ¡Fígaro, Fígaro, Fígaro!, aquí y allá, a mí fortuna siempre me faltará, me faltará, -me he emocionado y ya estoy cantando… el problema es que, no sé yo, si esta es mi tesitura vocal, me está costando llegar a las notas- meeee faltaráaaaaaaaa.

He dejado al tipo deslumbrado, no se mueve de la silla, ¡ha quedado conmovido por mi versatilidad dramática!, ¡sabía que la técnica operística funcionaría!.

 

Nota 218 

No estoy seguro de que haya salido tan bien como pensé en un principio, cuando terminé mi brillante (aunque trágica, y por supuesto, deprimente) antología operística, el hombre se fue corriendo hacia la puerta, la abrió, y me gritó espantado: ¡a la sala rojo fucsia, a la sala rojo fucsia!; y según salí, cerró la puerta inmediatamente… y echó el pestillo.

Ya he buscado lo que significa estar en la sala de espera rojo fucsia, que viene a ser “pacientes peligrosos, poner en cuarentena inmediata, encerrar y tirar la llave al mar… o sacrificar si se obtiene el consentimiento de la familia”.

Umm, tal vez me he pasado un poco; debería moderar mi actuación, al fin y al cabo, una vez oí que las interpretaciones más sutiles son las más expresivas… tendría que haber hojeado el Método para actores de Estanislao, después de haberme estudiado en qué consistía la depresión… cuánto trabajo, es más agotador fingir enfermedades que tenerlas de verdad.

Por otra parte, ya no me quedan cebollas para conseguir llorar, las dejé todas desperdigadas por la consulta anterior, de tanto levantarme y caerme… quizás sea mejor así, tengo la ligera impresión de que todos hasta ahora, intuyeron cierta falsedad en mi interpretación dramática, debido a la presencia de este alimento, y que ello me restó veracidad y credibilidad… aunque es una pena haberme quedado sin ellas, tenía pensado hacer una buena sopa después, para celebrar mi obtención de la baja por depresión… además de que son el complemento perfecto para las hamburguesas….

 

Nota 219

Estoy entrando en la tercera consulta: tranquilo, sin aspavientos, se acabaron las tonterías y sobreactuaciones… apenas muevo una ceja, ni rastro de los teatros que monté en las anteriores consultas… ¡y por supuesto, voy sin cebollas!.

-¡Cómo apesta a cebolla! -exclama el señor que me recibe, según me siento.

-¿Qué pasa?, ¿es que no puedo comer ensalada? -me autojustifico yo.

-Para próximas ocasiones, recuerde que la forma correcta de comer es llevándose el alimento directamente a la boca, y no barnizándose todo el cuerpo con la comida, no ingerimos por osmosis, ¿sabe?. A ver, le voy a enseñar, ¿ve?, este agujero que tenemos aquí, en la cara, es por donde debe introducir los comestibles -dice señalando sus labios-; no este, ni este, ni tan siquiera este otro -comenta mientras se señala los ojos, las orejas y la nariz-, eeeeste -dice abriendo mucho la boca. Le daría un puñetazo-, por donde le estoy hablandooo.

Nos quedamos un rato mirándonos, mientras él, vuelve a repetirme, gestualmente, por dónde comer y por dónde no. Igual que si fuese completamente estúpido. Al final, acaba con una gran sonrisa, y me dice:

-Bueno; he leído, en el informe que me ha pasado el enfermero que le ha visto antes… que contrasta mucho con el de la primera enfermera que le vio; puesto que él le diagnostica esquizofrenia psicótica paranoide….

¡¿Enfermeros?!, ¡¿lo he dado todo, he hecho las mejores interpretaciones dramáticas que se han visto jamás, para enfermeros?!, ¿¡gente que no podría darme la baja, y sólo estaba para derivarme a un médico de verdad!?… ahora sí que voy a coger una depresión auténtica, tanto esfuerzo para nada.

Se acabó, yo no pierdo más el tiempo… hay que averiguar, de un modo discreto, si el hombre de esta consulta es médico, o es, ¡yo que sé!: un celador, o el de mantenimiento, que venía a arreglar el baño de al lado… a mí ya no me extrañaría nada…. Pero debo hacer esa averiguación de manera sigilosa, astuta, logrando que él me dé la información que quiero sin darse cuenta, de forma totalmente velada… así que le pregunto:

-¿Pero entonces usted quién es?, ¿es el médico auténtico, el de verdad, o sólo un tipo que se ha confundido de fecha, y piensa que estamos en carnaval? -vale, quizás podría haber sido un poco más circunspecto-; porque a mí, que lleve bata o esas ropas verdes ya no me dice nada, que también las llevaban los otros y también las compro yo en una tienda de disfraces… ¿dónde está su titulación?, ¿por qué ya nunca cuelgan los diplomas en la pared? -miro a mí alrededor, y observo que la consulta no es ni una habitación, sino unos improvisados biombos, desde los que se puede oír perfectamente las cinco consultas más cercanas-; ¿cómo voy a saber yo, que usted es el médico?.

-Le aseguro que yo soy el médico… ¿ve?, llevo estetoscopio, y ninguno de los anteriores lo llevaba, ¿a qué no?.

-Sí, lo de que lleva un estetoscopio es incuestionable… pues más vale que sea usted el médico, porque me niego a perder más tiempo con intermediarios que no se enteran de nada… cuando vienen enfermos que no saben lo que tienen, no me explico como se las arreglan.

-¿Cómo dice? -me pregunta el doctor.

-Nada, nada -Abelardo, retoma tu papel… recuerda: contención. Empiezo a relajar los músculos, especialmente los de la cara, miro hacia el horizonte, con la mirada perdida… ¡por fin lo he conseguido!, creo que tengo la cara más triste que he puesto jamás, ¡qué bonito!, haría llorar hasta a las piedras con este rostro.

-Entonces -dice el médico-, ¿usted por qué ha venido?.

Esta gente es que no se entera de nada. Qué frustrante.

-He venido… -le digo con tono impasible, mientras mantengo la mirada lejana, y no muevo ni una ceja-… porque ya no siento nada.

-¿Me está diciendo que no siente ningún dolor?, ¿entonces a qué ha venido?.

-El dolor que yo siento, no es físico, sino espiritual….

-¿Pero no acababa de decirme que no sentía nada?; bueno, da igual, mi diagnóstico es que lee usted demasiada literatura mística del siglo dorado… concretamente, esa frase yo creo que la ha sacado de santa Traviesa de Atila… pues nada, tenga un buen día.

-También siento un gran vacío… -añado con gran aplomo, tanto, que da miedo la calma con la que pronuncio todas mis frases.

-Lógico, ya va siendo hora de comer algo, a mí ya me empiezan a sonar las tripas….

-A veces siento que me hundo en un pozo sin fondo….

-¿Esa frase no es de una canción?, ¿de “Fiel a tu corazón”, tal vez?.

Este tipo es tonto. Pues nada, habrá que servírselo en bandeja.

-Concretamente, siento que: tengo un trastorno mental frecuente, que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración. Ello me dificulta sensiblemente el desempeño de mi trabajo y la capacidad para afrontar la vida diaria. En su forma más grave, me puede conducir al suicidio.

-¡Madre mía!, ¿pero esa no es, exactamente, la definición de depresión que da la Desorganización mundial de la enfermedad? -por fin, uno que se entera de algo-… ¡se la sabe usted perfecta!, ¡yo necesité chuletas para aprobar aquel examen en la carrera!… ¡claro, por eso está usted mirando al horizonte continuamente, para acordarse de todo bien, y no desconcentrarse!. Con todo, ¡le felicito!, ¡qué bien se lo ha estudiado!.

-¡Qué tengo una depresión! -vocifero, ya he perdido totalmente los nervios, a la porra el aplomo-, ¡deme mi baja, e incapacitación permanente, ya!.

-A ver, -me responde el médico- en primer lugar yo no puedo dársela, sino que tiene que verle primero un especialista; y en segundo lugar, usted no tiene una depresión… pero le voy a mandar a psiquiatría igualmente, por los golpes que se ha autoinflingido en la anterior consulta, y que le han producido todas esas contusiones, moratones, el chichón en la frente… y el pequeño corte, en fase final de cicatrización, en el meñique de la mano…. ¡Hala!, pase a la siguiente sala de espera… pero haga una parada previa en enfermería, para que le pongan una tirita en el dedo.

-¡Usted no es psiquiatra! -digo yo mientras salgo de la consulta furioso-, ¡usted no es capaz de penetrar en los abismos insondables de mi alma!.

-Y también menos mal -murmura el doctor.

He cerrado la puerta de un portazo. Y no pienso ir a la enfermería; primero, por no hacerle caso al médico, ¡que se fastidie!; y segundo, porque tal y como funciona este hospital, seguro que voy a que me pongan una tirita, y me acaban haciendo un trasplante de corazón.

 

Nota 220

Ni me he molestado, en averiguar de que color es la sala en la que estoy, o qué significa.

Bueno, miremos el lado positivo: por fin voy a ver al psiquiatra, este sí que puede conseguirme la incapacitación, que tan injustamente, parecen empeñados en negarme.

 

Nota 221

-Hola -me dice un hombre entrado en años, mientras me hace pasar a la consulta-; soy el médico especialista en salud mental del hospital, como puede comprobar por mi estetoscopio (que nunca uso porque soy psiquiatra), y mis diplomas -dice mientras me los señala-: el de mi licenciatura, especialización, y varios doctorados de las más prestigiosas universidades del mundo… que tengo tirados por el suelo, porque no tengo paredes donde colgarlos como bien puede ver. Sin mencionar, que llevo colgado en el bolsillo, un bolígrafo que nos regalaron en un seminario, al que sólo podían acudir médicos y no enfermeros.

-Encantado de conocerle, doctor -digo satisfecho de las credenciales que acabo de ver, mientras tomo el asiento que me ha ofrecido.

-Bien -me dice-; estoy repasando los informes anteriores, y veo que los que le examinaron, no se aclaran muy bien con lo que tiene usted: anormalidad, esquizofrenia psicopática paranoide… y el último que le ha visto, asegura que usted podría tener cualquier cosa… menos una depresión; sugiere además, el abandono inmediato de la lectura de los clásicos del siglo dorado… pero toda esta gente son unos ignorantes que no tienen ni idea, así que a la basura con ello -me dice, mientras tira todos los informes que han hecho sobre mí a la papelera, y luego añade seriamente-. Yo, así a primera vista, a ojo de buen cubero, diría que padece usted una depresión que le incapacitaría laboralmente.

-¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! -exclamo, sin poder reprimirme más-, ¡es usted un genio, doctor!.

-Gracias, gracias… soy conocido por acertar en mis primeras impresiones, y a menudo no profundizo más, pues considero que es una pérdida de tiempo… por otro lado, si lo haces, los pacientes se ponen a hablar, hablar, hablar, y aburrirte con sus tonterías… ¿y eso de qué sirve?, ¿alguna vez alguien ha arreglado algo hablando?, ¿ha visto usted que alguien se curara de una gripe contando sus sentimientos?, ¿vamos a solucionar el tifus y la malaria pidiendo a los enfermos que nos cuenten su infancia?, pues si el resto del cuerpo, que es infinitamente menos complejo que el cerebro, no se cura a base de ejercitar las cuerdas vocales (que, ya me dirá usted, que tienen que ver con la cabeza), mucho menos lo hará la mente… ¡no!, ¡lo que sirve es la acción… la acción de tomar pastillas!.

-¡Qué gran razón tiene! -se lo digo por seguirle la corriente, ya que las otras técnicas fallaron, a ver si esta funciona, ¡ya estoy cerca de mi baja, ya estoy tocándola!.

-Sin embargo -me aclara-, en esta primera consulta, algo tendremos que hablar… pues en estos últimos tiempos, hay demasiados caraduras que se dedican a fingir depresiones para darse de baja….

-¡Qué gentuza! -exclamo yo… mientras me pregunto si ya me creo mis propias mentiras.

-No digo que usted sea uno de ellos -continúa el médico-, puesto que si así lo descubriera, le denunciaría inmediatamente; pero entenderá, que necesito saber la verdad, que le trajo exactamente hasta aquí, si es usted absolutamente sincero podré ayudarle… si no, mucho me temo que le echaré de la consulta antes de que pronuncie cinco palabras, puesto que detecto con absoluta precisión una mentira, para eso soy psiquiatra.

Decir la verdad… ¡ni se me hubiera ocurrido, es que es algo tan poco frecuente en la vida!, pasamos tanto tiempo inventando mentiras, o creyendo las que nos cuentan, que cuando sabemos los hechos reales, ¡hasta suenan falsos!.

Pero siendo realistas, quizás sí deba ser sincero; al fin y al cabo, hay que reconocer que mi comportamiento, desde que he entrado en el instituto nuevo, no ha sido muy normal, y que he hecho una o dos extravagancias….

-Pues verá usted, doctor -le digo con mi tono e intención más sinceras-: todo comenzó hace años, cuando mi mujer nos dejó, a mi hijo y a mí, para hacerse lesbiana… o a lo mejor fue para otra cosa, eso sólo lo sabe ella… pero esa cuestión no es lo importante; en realidad, he empezado a sentirme mal, desde que pedí el traslado de mi anterior instituto, dónde estaba muy bien, y ahora he ido a otro donde todo el mundo está mal de la cabeza….

Y le conté toda la verdad. Desde el principio hasta el final, con todos los detalles, desde mis nombramientos para cargos absurdos e inventados, hasta el apocalipsis provocado por la desaparición de un bolígrafo común y corriente, pasando por todo lo que yo mismo he hecho para evitar volver al instituto….

Fui franco continuamente, conté lo que he vivido, tal cual pasó, y tal cual lo he sentido; igual que hago en estas notas. Hablé con auténtica nobleza y honradez, teniendo como norte la veracidad en todo momento.

Durante todo el tiempo en que conté estas cosas, el psiquiatra no me interrumpió en ningún momento; asentía de vez en cuando, y noté cierta complicidad.

Cuando terminé de relatar, todo lo que me había llevado allí; se levantó, me dio un golpecito cariñoso en la espalda, y me dijo con voz clara:

-Eso no hay quien se lo crea. Hay que tener poca vergüenza -y añadió indignado-; la gente como usted es la que nos da mala fama a los funcionarios.

-¡Pero es que es verdad! -exclamé-; ya sé que suena absurdo y sin sentido, ¡pero es que todo el mundo, en ese instituto, están locos de atar!. A veces me pregunto, si los operarios que pusieron la placa de “centro de educación”, no la traspapelaron con la de “centro psiquiátrico”… ¡seguro que hay un manicomio dónde se está enseñando a los locos ecuaciones y a analizar frases!… si usted hubiera estado, si conociera el lugar, no tendría duda alguna de lo que digo….

-He estado, y conozco el lugar; porque Almudena, la gran directora del IES Tomás de Todaquemada, ¡es mi hermana!, con la que soy uña y carne….

Lo que me faltaba. Ni que esto fuera un culebrón. Seguro que ahora se desvela que también es la madre secreta de mi hijo….

-Usted lo que tiene es mucho cuento -continua el psiquiatra-, ¡con lo bien que le han tratado!, que me lo ha contado todo Almudena… y lo mal que se ha portado usted, ¡lo del bolígrafo en particular me parece imperdonable y horrible!… mire, porque mi hermana es buena y humilde como una santa, ¡que si por mí fuera, le hacía un juicio militar y le condenaba por criminal de guerra!.

-¿Pero qué guerra? -exclamé yo.

-Y puede que usted, en el fondo, tenga una depresión por no estar acostumbrado a estar en un ambiente tan cálido y amable…. -continúa él.

-¿Ah sí? -pregunto con ironía.

-…Pero yo no le pienso dar ninguna baja, porque se merece pasarlo mal, ¡como mi hermana, cuando usted le quitó el bolígrafo!… ¡hala!, fuera de aquí, y a sufrir, ¡qué nadie ha avanzado en la vida siendo feliz!… si en el fondo, lo peor de todo, es que hasta le hago un favor.

 

Nota 222

Increíble. Ahora entiendo porque todos mentimos en la vida como si no hubiera mañana: con la verdad no se llega a ninguna parte. Transmitiré esa importante enseñanza a Ildefonso.

Pues me he quedado sin baja, y sin posibilidades de conseguirla; porque ya me dijo el psiquiatra, que iba a estar muy pendiente de mi historial médico, por si hacía otro intento parecido… mucho me temo, que no me va a quedar otra que volver al instituto (¡sólo con escribirlo tiemblo!, ¡ay!).

 

Continuará….

Todos los capítulos publicados aquí.

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