Críticas exprés: Tenemos que hablar / ¡Ave César!

Y una vez más, con demasiado retraso me pongo a estas críticas… menos mal que siempre queda el cine en casa (y en alguna sala seguro que aún están).

En cualquier caso, quiero hablar de un cine (siguiendo mi tradición de hablar de los sitios a dónde voy) dónde estuvieron ambos filmes: los Cines Callao.

He de reconocer que desde que cerraron el Avenida y el Palacio de la música, voy menos a los cines de la Gran Vía, y eso que aún subsisten varios (la mayoría de ellos -Callao y Palacio de la prensa- gestionados por City lights desde hace poco; excepto el Capitol que creo que está en manos de Cinesa), pero no sé, he perdido una costumbre que debería recuperar….

Los cines Callao son, en cualquier caso, interesantísimos e imprescindibles de visitar, aunque sólo sea a modo turístico, merece la pena comprarse una entrada y disfrutar de este cine modernista de principios de siglo asombrosamente bien conservado (con razón fue elegido para proyectar películas clásicas durante las celebraciones del centenario de la Gran Vía), puesto que la verdad es que, tanto el curioso exterior (que quizás necesitaría ser restaurado o por lo menos limpiado) como el maravilloso interior de la sala 1, merecen una visita para poder dejarse fascinar y hacer todo un viaje en el tiempo.

Ciertamente tuvo mejores épocas, pues hasta hace muy pocos años, y antes de que instalasen esas horribles pantallas digitales que hacen que la plaza del Callao parezca una película futurista, lo cierto es que en esos cines aún se seguían pintando carteles gigantescos de las películas que se proyectaban, que deslumbraban a todos con su arte y con su gran sabor clásico, añejo y de maravillosa tradición que se conserva… pero con un claro cambio de gestión (que ahora lleva Callao city lights) y quizás con la necesidad de que sobrevivieran, muchas cosas han cambiado, y ya no sólo cine se proyecta, sino que también se hacen espectáculos semiteatrales como monólogos cómicos y cosas por el estilo… hasta cierto punto, supongo que está bien, al fin y al cabo, siempre será mejor eso que qué se convierta en otro espantoso centro comercial o que la especulación lo devore; y la verdad es que sería una pena, puesto que es un sitio maravilloso y cargado de historia.

Tampoco voy a mentir, la verdad es que este lugar no es el tipo de cine que a mí me entusiasme, puesto que, como ya he dicho en alguna que otra ocasión, yo necesito pantallas gigantes, y este lugar no me las ofrece: la de la sala 1 es de tipo antiguo y más cuadrada que rectangular; y la sala 2 es diminuta… con lo que es difícil que quiera pagar en un cine por no ver algo grandioso.

Aunque también es cierto que en esta ocasión decidí volver porque ver una película como “¡Ave César!” (crítica abajo) sobre el Hollywood clásico, en un lugar como este… simplemente no tiene precio, ¡es que es una maravilla, un privilegio, algo tan absolutamente fantástico, una experiencia tan totalmente sensacional, que difícilmente se puede describir lo mucho que se disfruta en un lugar que evoca tan maravillosamente esas cuestiones, haciendo que la sensación que produce el filme sea totalmente envolvente y vaya mucho más allá de la pantalla, pues es toda una experiencia! (un poco como el “Festival de arte sacro”, dónde el arte musical se complementa con el resto de las bellas artes por hacerse los conciertos en iglesias cargadas de historia y arte); y todo eso se puede vivir en la histórica sala 1, magníficamente conservada, que tiene esa enormidad característica de otro tiempo, que nos recuerda que una vez el cine realmente fue un fenómeno de masas y que seguramente, hubo una época en la que todas esas butacas estaban llenas, aunque ahora la sala resulte inmensa y quizás incluso desproporcionada para una demanda ya no tan alta como es la actual; quizás también ese cierto toque decadente ayude a darle un gran encanto.

En cuanto a la atención al público, es muy buena y familiar; por si fuera poco, conservan los acomodadores (que son amables, y algunos hasta están enterados de la historia del edificio), de modo que, como ya digo, el acudir a este lugar es todo un maravilloso viaje en el tiempo; a una época, no sé si mejor, pero desde luego diferente, en la que ir al cine sí era y suponía algo especial y un maravilloso acontecimiento social… y lo cierto es que en los Cines Callao aún pervive algo de ese aroma, de ese encantador recuerdo que se resiste a ser borrado… y yo me alegro mucho de que así sea.

En definitiva realmente recomiendo ir, aunque sólo sea una vez en la vida, a los Cines Callao, pues son historia viva.

 

-Tenemos que hablar: hace muy poco, en mi crítica de “La corona partida” reflexionaba sobre el cine español y decía cosas como las siguientes:

“El cine español se está convirtiendo en una franquicia americana, echemos sino una ojeada a los estrenos de los últimos años, todos ellos con grandes pretensiones y una gran apariencia que pretende disfrazar vanamente una gran deficiencia de medios y de talento, un intento desesperado por copiar una fórmula ajena sin presupuesto… en definitiva, un quiero y no puedo”

o

“Tal vez la culpa sea también del público, siempre hemos dicho que no nos gusta nuestro propio cine, lo hemos tildado de todo tipo de cosas negativas y lo hemos castigado no apoyándolo, atacándolo (la vieja recriminación de las subvenciones), y yéndonos a ver películas estadounidenses por considerarlas de más calidad. Y los nuevos cineastas han crecido con eso, han tenido su propio escarmiento, y ahora hacen copias de lo que consideran que es bueno, tiene calidad y funciona, con lo que tienen a mano, que es poco (aunque su talento tampoco da para más, para que negarlo, porque un auténtico artista jamás intenta reproducir el estilo de otro…)”

… etc.

Muy desgraciadamente, esta película es un buen ejemplo de estas afirmaciones anteriores.

Esperaba mucho más de David Serrano, que hace unos años nos traía la excelentísima “Una hora más en Canarias” (a la que di muy buena crítica), que si bien no estaba exenta de defectos, conseguía torearlos muy bien y meterlos en cintura… pero esta vez, con “Tenemos que hablar”, no se ha conseguido en absoluto.

El guión es un magnífico quiero y no puedo, una mezcolanza de comedia romántica actual y cine de enredo de principios del siglo XX; de modo que resulta extremadamente visto, todo se ve manido… y lo que es peor, como “una mala versión de”, puesto que la película aspira a tener una estética de lujo, como aquellas idílicas películas de los 30, y fracasa totalmente en el intento, acabando por verse como un absolutamente patético “quiero y no puedo”.

Lo único salvable del guión, es su análisis de la situación de las personas desempleadas, que resulta sumamente aguda, inteligente y perspicaz… pero apenas hay unos chistes sobre el tema y no se llega a profundizar apenas en la cuestión, pues, como ya digo, se prefiere optar por lo mil veces visto en montones de películas, especialmente estadounidenses. Y es una pena, porque, también me quejaba en aquella crítica de la necesidad de un cine nacional, y si Serrano y Diego San José (ambos hicieron el guión) hubieran optado por hacer un análisis cómico de la situación de los parados en España, con toda seguridad hubieran conseguido una auténtica obra maestra, algo digno de lo que estar orgullosos, y un paso más en la construcción de una cinematografía identitaria que trata los problemas que nos importan a los españoles… pero no, optaron por una película de vulgar escapismo, copia de otras tantas que se han hecho hace décadas, que se siguen haciendo ahora, y que se seguirán haciendo más adelante, y en la que sólo podrán plagiar una fórmula en versión cutre, de modo que el público no se la tragará.

La dirección de Serrano es medianamente aceptable, funciona pero poco más.

Y sólo malas cosas se pueden decir de un apartado técnico en el que falla todo porque se está intentando evocar algo para lo que no se tiene presupuesto, así, ante la pantalla desfila un continuo tropel de incapacidades y de “intentos de” que lo abarca todo, desde la fotografía hasta el vestuario… eso sin mencionar las chirriantes localizaciones.

Tampoco nada bueno se puede decir del reparto, ni siquiera de Michelle Jenner (que desde “Isabel” se había convertido en mi nuevo amor platónico… y sí, lo sé, es muy patético tener amores platónicos a mi edad) que hace lo que puede, a pesar de que los departamentos de maquillaje y vestuario parece que se han empeñado en afearla. Hugo Silva también sale más o menos airoso… pero el resto, el resto del reparto es a cada cual peor y más desastroso, no se salva ni Verónica Forqué (¡ni ella está graciosa!); y ya prefiero no mencionar las espantosas “interpretaciones” (por llamarlas de alguna manera) de Belén Cuesta, Oscar Ladoire o Ernesto Sevilla… aunque de ninguna de estas personas se puede esperar nada bueno, también es cierto, pues, si nunca lo han hecho antes, ¿por qué habrían de hacerlo ahora?.

En definitiva, una comedia que es un “quiero y no puedo”, un permanente intento de conseguir algo que nunca alcanza: intenta ser ingeniosa, y apenas lo consigue; intenta ser divertida, y poco más que unas medias risas obtiene; intenta copiar el estilo de otros filmes, y se hace muy evidente… etc. Aceptable tal vez, porque no se puede decir que sea mala o que su visionado sea insoportable, pero desde luego no aporta nada, ni al público potencial ni al cine patrio, por lo que mucho me temo que se puede, y se debe, calificar como un fracaso.

 

-¡Ave César!: película sorprendentemente patriotera (en el peor sentido de la palabra), tanto que no parece actual; básicamente porque la máxima viene siendo que en el Hollywood clásico (y se deduce que ahora también) sólo había dos tipos de personas:

-Los auténticos patriotas, que tal vez no necesariamente tengan muchas luces (hasta determinado momento dónde les surge toda la inteligencia que no habían tenido en toda la película, probablemente inspirada por el espíritu del amor a su país) pero sí buen corazón, gran nobleza y una admirable determinación.

-Los maricones e intelectuales, que son todos traidores, comunistas y les encanta lavar el cerebro de todo el mundo, siempre y cuando no están vendiendo su fantástico país a la URSS; aunque lo cierto es que pueden combinar ambas actividades sin problemas.

Y ya mejor no hablemos de la imagen que se da de las mujeres (todas: o tontas o putas… o ambas cosas, que no son incompatibles). La verdad es que el mensaje que parecen transmitir en este filme los Cohen resulta muy desagradablemente conservador, repugnantemente derechista de hecho; hasta el punto de que decidí no darle más vueltas o hubiera sentido nauseas.

Por otro lado, incuestionablemente, es todo un preciosísimo homenaje al Hollywood clásico (de hecho, a punto estuve de dedicarle una crítica completa), una preciosa carta de amor de hecho… pero como toda carta de amor, la objetividad brilla por su ausencia: no existe crítica al sistema de mandos en absoluto: el personaje de Eddie Mannix es un héroe, un vaquero en traje y corbata, que va solucionando todos los desmadres que causan actores y directores inútiles, estúpidos o inconscientes en el mejor de los casos (siempre y cuando no son traidores a su país, claro)… para nada se habla de los sistemas dictatoriales que se utilizaban en los estudios, de las presiones terribles, del abuso de poder, del uso de la imagen de los actores sin contar con ellos… etc; es decir, no se habla de aquella gran fábrica que era realmente Hollywood, en la que, por muchos elementos humanos que hubiera, estos debían funcionar como máquinas, lo quisieran ellos o no, porque el arte, si se conseguía, pues muy bien, pero lo importante era que las películas fueran taquilleras, allí se vendía un producto, y lo importante era que la gente lo comprara, sin darle más vueltas.

Por eso en muchos aspectos la película de los Cohen es muy fallida, pues no hay ni el más mínimo atisbo de crítica, no hay neutralidad, es casi una película propagandística; pues se nos vende un Hollywood irreal, precisamente el mismo Hollywood que los estudios pretendieron vender en su momento y que era tan inventado como las propias películas que hacían, porque toda la publicidad se manejaba muy cuidadosamente para obtener el resultado deseado y todo estaba bajo un férreo control… y nada de esto se refleja en el filme.

Todo ello sin mencionar la clara crítica al cine musical que queda muy por debajo de las películas del cine del oeste… algo muy relevante, pues no olvidemos que si EEUU tiene dos géneros nacionales por excelencia, son esos… y quizás a posteriori el musical ganó la partida.

No negaré que es una película agradable, divertida, y que todos aquellos que amen en cine clásico también les gustará bastante, pues los homenajes son múltiples, es disfrutable, y tiene ese toque de superproducción que encanta a cualquiera… pero es muy imperfecta, lo cual es una pena, pues pudiera no haberlo sido.

Sin duda los principales problemas están en el guión; la dirección es bastante buena y las interpretaciones de los actores, aunque muy mejorables, se dejan ver. Pero lo cierto es que, como ya digo, la gran estrella de esta película son los medios técnicos desplegados para reproducir la gran época de los estudios, algo que, hay que reconocerle a la película, se evoca maravillosamente.

En definitiva, creo que sólo es recomendable para amantes incondicionales del cine clásico, el resto no sacarán mucho de ella.

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5 respuestas a Críticas exprés: Tenemos que hablar / ¡Ave César!

  1. Athenea dijo:

    Ese “tenemos que hablar” me hace pensar en la larga lista de películas que se podría extraer de la realidad de nuestros días… Ese temblar a la espera de unas palabras que se esperan o desesperan.

    Disculpa mi divagar, pero la mente es así… Habla por hablar.

    Un abrazo ✴

  2. Y se han hecho amiga mía, se han hecho (y se seguirán haciendo); precisamente, quizás una de las mejores películas españolas con esta temática es “Mujeres al borde de un ataque de nervios” de Almodóvar.

    No importa que divagues, tú siempre encuentras cosas insospechadas… siempre me resultaba espectacular cuando me citabas, y te salías por la tangente de un modo totalmente inesperado pero extraordinario.

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