Juan José

Si el momento álgido de la supuesta tragedia es cuando la protagonista ha tenido que empeñar… ¡su mantón de manila!; imagínate el resto….

Sinopsis y ficha técnica

Drama lírico popular en tres actos

Drama lírico popular en tres actos de Pablo Sorozábal, basado en la obra de Joaquín Dicenta
Música de PABLO SOROZÁBAL
Estreno absoluto de la versión escénica
Nueva producción del Teatro de la Zarzuela

Sorozábal denominó Juan José como un drama lírico popular, aclarando que lo de popular quiere decir proletario y no folklórico. La terminó en 1968 y tuvo un conato de estreno en 1979 que resultó fallido. El 21 de febrero de 2009 se estrena finalmente en San Sebastián, pero en versión de concierto. Es por tanto ahora, en el Teatro de la Zarzuela, donde se llevará a cabo, después de 48 años, el estreno absoluto de la versión escénica.
La historia transcurre en los barrios bajos de Madrid. Juan José y Rosa viven desde hace tiempo juntos y ella es para él el único sentido de su vida. Pronto las cosas cambiarán y los hechos conducirán hacia un fatídico final.

 

Comentario previo

Estamos que no paramos y que lo damos todo con los grandes estrenos, eventos y momentazos de la temporada cultural… una pena que casi ninguno cumpla al final la expectativa (otro reciente caso teatral), si no fuera así, sería el arrase y el no va más. Pero no lo es.

¡Qué lucido queda decir que vas a estrenar por primera vez un Sorozábal inédito!, ¡qué rápido devoró la prensa tal noticia!, ¡y cómo les gustan los titulares rimbombantes! (en muchos aspectos, un periodista no deja de ser un comercial… no en vano, la carrera se estudia, en la mayoría de las universidades, en la misma facultad que la de publicidad, ¿casualidad?), ¡qué inmediatamente se llenaron la boca de grandes frases como “estreno mundial” o que se ha estrenado 47 años después de haber sido compuesta… mientras que dejaban para el final de los artículos (o lo obviaban, directamente) que esta zarzuela ya había sonado anteriormente (entre otras, en una versión en concierto en la tierra del propio compositor)… pero eso no es noticia, hay que impresionar a la gente y darles que hablar… ¡el objetivo periodismo!.

Y no es para menos como posible notición, estamos hablando de un compositor que cuenta en sus obras con algunas de las más míticas de la zarzuela y de la cultura madrileña (ambas cuestiones anteriores están muy unidas), como: “La del manojo de rosas”, “Katiuska”, “La tabernera del puerto” (como curiosidad, decir que Sorozábal siempre dijo que había vivido toda su existencia de tres mujeres… las protagonistas las obras antes mencionadas) o “Black el payaso” (esta última la pudimos ver en pasadas temporadas, en este mismo teatro, en un acertado doble programa); sin mencionar obras instrumentales como “Capricho español”… e incluso la banda sonora de la conocida versión cinematográfica de “Marcelino pan y vino” de 1954. Además, no falta quién diga que fue el último compositor de zarzuela (murió hace pocas décadas).

En realidad este señor tenía que ser todo un personaje: supuesto “rojo” (pero a la vez profundamente vasco) que convive con el franquismo tranquilamente en España mientras alterna la composición de obras religiosas con otras del género lírico hacia el cual el régimen totalitario siente desconfianza (y con razón, leer la crítica de esta obra más abajo o los enlaces que pongo en este mismo artículo a otras suyas); y que tanto se proclama republicano como dimite de una orquesta porque han fusilado a uno de sus músicos por ser del bando nacional… no me extraña que las personas que le conocieron declarasen sobre él que era cuanto menos peculiar.

Aunque en realidad, probablemente, hoy en día, podría ser una noticia mucho más curiosa (y escandalosa) recordar el hecho de que, el compositor, en la década de los 80 escribió a un ministro de cultura pidiéndole que interviniera a su favor en un pleito que había planteado con los responsables del teatro de la Zarzuela… pero eso ahora no interesa (aunque no deja de resultar sumamente irónico, si uno lo piensa, y más cuando el autor ha muerto).

En cualquier caso, hay algo que está claro, la propia institución donde se representa no tiene mucha confianza en el propio producto que han llevado a la escena; y eso siempre se les nota cuando echas una mínima ojeada a la programación, puesto que lo que consideran “más vendible”, siempre tiene un montón de representaciones (que suelen ser todos los días del mes desde el miércoles hasta el domingo), y lo que no creen que apenas vaya a tener éxito (como es este caso, el cual tiene especialmente pocas funciones), apenas se representa unos días escogidos. Todo ello sin mencionar que no se ha hecho el habitual esfuerzo promocional de empapelar media ciudad… se ve que no creen que les vaya a compensar (todo ello sin mencionar esa horrible publicidad de esta temporada con estética de película de terror acerca de la que ya he expresado mi desprecio en más de una ocasión).

Sea como sea, y a pesar de considerar el asunto un evento teatral muy reseñable; no tenía pensado ir, las anteriores obras de Sorozábal siempre me han parecido vulgares y propagandísticas (salvando, a veces, la música) y esta, en la que en la sinopsis decía que era “un drama lírico popular, aclarando que lo de popular quiere decir proletario y no folklórico”, ya me daba auténtico pavor; y aunque hubiera disfrutado muchísimo viendo las caras estupefactas y de indignación del conservador público del Teatro de la zarzuela (y quizás oír más de un abucheo o berrido con alguna frase indignada), decidí no ir. Sin embargo, contra todo pronóstico, las circunstancias cambiaron y acabé acudiendo, por otro lado, no voy a mentir tenía ganas de ver tan “inédita” obra… y como suele suceder cuando vas con prejuicios, no fue lo que esperaba (lo que no necesariamente tiene porque ser para bien).

Ya comenté que trataría de hablar de la nueva gestión del nuevo director, Daniel Bianco, que de cara al público se está presentando como espantosa: ya no hay ni exposición para estas representaciones; este, que debía ser el momento grande de esta institución, como difusora del género zarzuelístico, tendría que estar luciéndose más que nunca y deslumbrando a todo el mundo, demostrando sus esfuerzos en pro de aumentar el conocimiento de toda la población acerca del género; convirtiendo el estreno de “Juan José” en todo un gran evento, en una celebración alrededor de la zarzuela sin precedentes, asociándose con todo tipo de instituciones para destacar este gran momento… etc, pues nada, pero nada de nada. Lo mires como lo mires, es la primera vez que se escenifica la obra de un compositor mítico del género español por excelencia… y nada. Nos enteraremos los aficionados al teatro, que vayamos concretamente al de la zarzuela, y gracias. Sin más. Malos augurios sacuden a este teatro, muy malos, y a su nueva dirección, esperemos que no haya que confirmarlos.

Por lo demás, aunque a la hora de conseguir las entradas fue un poco confuso (les pedí información y hubo que acabar preguntando a otra persona que no estaba allí), finalmente encontré a alguien que se enteraba de algo, y que fue sumamente amable. No puedo decir lo mismo del resto de la atención al público, lejos ha quedado la amabilidad en el guardarropa (la mujer parece estar harta de la vida y de su trabajo… hasta se pone a leer un libro, como esperando y deseando que la gente no vaya -y la verdad, ya va poca- con eso lo digo todo); y si vas a los laterales de platea a la derecha, la acomodadora que tuve era tan incompetente que siempre estaba saturada (a pesar de que la gente venía a cuentagotas) y no conseguía tener la amabilidad de responder un par de preguntas básicas (o lo hacía de mala manera), e incluso obligaba a esperar a los discapacitados, porque ella estaba totalmente desbordada (de no hacer nada, supongo, porque otra cosa no se explica). Desastroso, yo que siempre había alabado tanto el trato familiar y magnífico de cara al público en este teatro, ahora tengo que retractarme, y definirlo como: aceptable y gracias. ¿Tendrá que ver con la nueva dirección?, no olvidemos que en el Teatro Real pasó exactamente lo mismo, fue cambiar la directiva, y todo se descontroló; Bianco debería de tener mucho cuidado, va por mismo peligroso camino de Joan Matabosch.

En definitiva, ¿camina mi querido Teatro de la Zarzuela hacia el desastre?; seguiremos informando, seguramente.

 

Crítica

¡Qué risa, Luisa!, como me reí, es que no podía parar, todo era tan involuntariamente cómico, que juro que tenía que apretar los puños, clavándome las uñas en las manos y mordiéndome el labio para evitar carcajearme sin parar en plena función; los que se sentaron a mi lado en las butacas debían de estar alucinando conmigo (bueno, los que no se fueron en medio de la función, porque hubo un movimiento en las butacas considerable… claro, por eso no había descanso, para que la gente no se pudiera escapar discretamente, y tuvieran más reparo en salirse en medio de la representación, ¡no son tontos ni nada los que lo han organizado! -y más cuando en este teatro siempre hay descanso; lo cual hace sospechar especialmente que se estaban temiendo las deserciones en masa-) y mis esfuerzos para contener la risa, pues, aunque no era lo que se pretendía, en “Juan José”, en la mejor tradición de las screwball comedies o comedias absurdas, cada frase superaba a la anterior en una pirotecnia humorística espectacular.

Yo en realidad no quería ir a ver esta obra, porque me imaginaba que iba a salir completamente indignado; con lo que me asquea que intenten venderme motos o que me hagan comulgar con ruedas de molino (reciente ejemplo de esta sensación en un teatro); y más si, por encima, se trata de demagogia y de adoctrinamiento político… y efectivamente había todo eso, pero era de una forma tan exagerada, tan absurda, que resultaba sumamente paródico, de auténtica risa. Y es que todo el mundo sabe que, aunque parezca mentira, hay una línea muy fina entre la tragedia y la comedia, y aquí se sobrepasa pero con creces.

Pablo Sorozábal declaró que había hecho “un drama lírico popular, aclarando que lo de popular quiere decir proletario y no folklórico”, esta frase en sí misma ya resulta un tanto graciosa (por lo de la necesidad de aclararlo), pero curiosamente, el compositor consigue, no sólo exactamente lo contrario de lo que pretendía, sino incluso más, es más, yo definiría “Juan José” como “parodia melodramática lírico-lúdico-festiva, folklórica y de pandereta”, y es que me tiene mucha gracia, porque es que todo lo que se veía sobre escena era un tópico continuo, y encima exagerado.

En realidad, el libreto de Sorozábal (sí, en esta ocasión también escribió la historia -basada en una novela-, pero no le echemos toda la culpa, que ha tenido de cada libretista anteriormente… que es para darles de comer aparte, ver críticas anteriores como esta o esta) se percibe como la obra del típico pijo repelente, de los que yo suelo llamar “los comunistas de Rolls-Royce”, tipo que se caracteriza porque asegura defender los derechos de las clases más bajas, aunque no se priva de ninguno de los privilegios que goza habitualmente en ningún momento, y su estilo de vida no encaja en absoluto con su ideología, por lo cual, su auténtico conocimiento de la verdadera situación de los más humildes es elitista, distante, de oídas, tópico y nada fundado… vamos, una pura hipocresía ridícula, basada más en una ideología superficial y nada reflexionada (y muchas veces guiada por modas, que también las hay de carácter político), que en unas convicciones auténticas y razonadas, alcanzadas mediante una auténtica madurez, verdadero conocimiento de la realidad, constatación propia de los hechos, y sobre todo, el no haberse dejado guiar por panfletismos ajenos.

Así pues, el libreto resulta, involuntariamente, muy cómico, ¡y es que tiene una gracia!, ¡todo es típico, todo es un tópico!, desde el principio hasta el final: el argumento, los personajes, los diálogos, las reacciones, “los giros” de la historia… es todo tan predecible, que durante la representación llegué a desear que a alguno de los intérpretes se le fuera el texto para poder apuntárselo yo, que seguro que acertaba con la frase a decir; y es que desde el primer segundo sabes exactamente lo que va a pasar punto por punto, escena por escena, sin que haya lugar a sorpresa… bueno sí, sí que te sorprende hasta que punto se puede alcanzar el manierismo de un estereotipo, y como llevarlo a su límite máximo.

En definitiva, el libreto es tan rematadamente malo, con esa pretendida tragedia tan ridícula, llega tan lejos en lo cursi que es, que consigue darse una vuelta a sí mismo y convertirse en una obra maestra de la parodia de las obras panfletistas y propagandísticas… inintencionadamente, pero bueno, yo siempre he dicho que obras malas las hay a pilas, otra cosa es que te hagan gracia, ya que has tenido la mala suerte de que te haya tocado, al menos te queda eso de bueno.

La música, lógicamente también de Sorozábal, tiene algún buen momento, pero en general, también resulta manida, nada que no hayamos oído antes en productos parecidos (la misma situación, con los mismos tonos musicales, ¡que originalidad!), tampoco hay sorpresa, y desde luego, ningún momento sublime, se hace audible, tolerable, y gracias. Lo mismo se puede decir de la orquesta y de la dirección musical.

La dirección de escena de José Carlos Plaza es infame, pero horrorosa, parece que estén haciendo la obra en el salón de actos de un instituto (de hecho, estoy seguro de que no sería nada difícil trasladar esta producción a alguno), ¡por Dios, hasta el atrezzo se nota lo falso que es y como lo han hecho!; todo lo que se ve en escena es terrible: los decorados, el vestuario, la utilería… parece que lo hayan estado haciendo los propios cantantes días antes del estreno, en plan compañía amateur… es algo realmente espantoso, carente de imaginación, pobre, cutre, mísero, vulgar… etc; y no creo yo que sea por falta de presupuesto (a saber donde ha ido a parar…), y, en cualquier caso, para hacer las cosas así, en serio, mejor no hacerlas.

Y ya no hablemos de como dirige dramáticamente a los cantantes, bueno, mejor de como no los dirige, porque les saca algunas de las actuaciones más falsas y artificiales que he visto jamás (los momentos de violencia física son inolvidables, ¡lo que hacen ya no se ve ni en el teatro aficionado!), sólo comparables a las del Real, lugar en donde los cantantes, ni se suelen molestar en actuar (¿para qué?, yo canto, no cuento historias, el concepto de “ópera” se me escapa totalmente…).

En realidad, demasiado estamos sufriendo últimamente con los directores de escena en este teatro, no cogen a uno decente… con lo espectaculares que eran los montajes de este lugar a todos los niveles, y la impecable calidad que han llegado a tener: aquellos decorados espectaculares, con precioso vestuario e interpretaciones impecables… ¿pero qué está pasando aquí?, ¿cómo se ha cambiado tanto para mal?, ¿por qué?.

Luego en la ficha técnica aparece una coreógrafa, Denise Perdikidis… un puesto adicional fascinante, sobre todo porque yo no me explico que se ha coreografiado en esta producción (o por lo menos que sea tan complejo como para que no lo pudiera hacer el director de escena). Alguien ha cobrado un buen sueldo, sin necesidad de hacer mucho, por no decir nada. Así va este país, ¡viva la buena gestión de los entes públicos, el dinero del ciudadano que no se sabe a dónde va, y a nadie le importa ni hace nada para evitarlo!.

Ya sólo queda hablar de los cantantes, ninguno de los cuales pasa, a nivel de canto, de aceptable, y como actores… suspenso demencial (sin mencionar que todos son demasiado viejos para los papeles que representan); es monstruoso lo que hacen, los que se molestan en actuar, hacen algo tópico, y luego ya están los que pasan del tema, porque para qué; supongo que eso exigiría un suplemento en el sueldo y no se lo han dado. El mejor y más fatídico ejemplo de esto es el protagonista, Ángel Ódena, que parece estar diciendo todo el rato: “yo bastante hago con cantar, ¿qué más queréis?”, es algo repulsivo, todo el tiempo está haciendo poses, y cuando va a cantar, se pone en postura, luego hace todas las cosas y todos los gestos, en plan catálogo, que hacen los cantantes malos actores y aficionados, cosa tras cosa, sin dejarse ninguna; dolía verle, pero dolía, de verdad, profundamente; hasta que te hartabas, y para cuando terminaba la función, daban ganas de pegarle del asco que le habías cogido, pues ya estabas convencido de que no se puede hacer algo tan mal sin ser a conciencia, con premeditación y alevosía.

En definitiva, y para concluir, voy a hacer uno de mis mordaces retratos de como es ver este espectáculo para que os hagáis una idea aún más exacta si cabe (¡atención, puede haber algún que otro spoiler!):

Se abre el telón, lo que será lo único bueno que veamos en toda la función (¡es increíble como han desaparecido estas preciosidades de todos los teatros, con lo bonito que es ver alzarse un telón y las muchas maneras que hay de hacerlo!, ¿por qué estará tan desaparecido?)… bueno sí, otro buen momento será cuando vuelva a bajar.

Se plantea una historia nunca vista en la zarzuela: ¡celos en las clases populares!, ¡qué originalidad!, ¡qué deslumbrante e insólito comienzo de argumento!, porque, si exceptuamos… no sé… ¡casi todo el género!, no encontraremos, ninguna, pero que ninguna otra zarzuela que hable de algo así.

El caso es que Juan José es un camarada muy orgulloso de su clase, y con más pedigrí proletario y la sangre más roja que nadie, porque, por supuesto, es huérfano y tiene un pasado durísimo maravilloso que ni escrito por Dickens. Pero está enamorado, sí, de Rosa, aunque por supuesto sospecha de ella (¡faltaría más, sino no habría zarzuela!). Todo esto se lo cuenta a su amiguete que es un cínico estereotipado, que en esos momentos tiene algunas de las pocas frases salvables de la función (como que muchas revoluciones sólo sirven para cambiar a unos por otros, y al final, la gran mayoría sigue en la misma).

El caso es que al poco aparece Rosa, una especie de pretendida versión de Carmen pero sin carisma; en realidad, toda esta zarzuela se parece demasiado a “Carmen” con estos hombres perdidos por la veleidad de las mujeres. Y sí, la obra esta plagada de misoginia por todos los lados.

Luego aparece el pijo repelente, el señorito, que por supuesto, es el villano terrible, una especie de versión ridícula del Duque de Mantua de Rigoletto (como se ve, cada personaje nuevo que aparece destila originalidad y singularidad), que por supuesto también tiene su romanza al uso, propia de tal personaje, contando lo que adora la vida, el vino, las mujeres, lo poco que le importan los demás, lo maravilloso que ser rico y poder hacer lo que te venga en gana sin consecuencias… vamos, toda una primicia en lo que a creación de personajes se refiere. Aunque, bien es cierto, que uno llega a preguntarse como este señor es rico si no trabaja nunca, pero, sorprendentemente, el complejo y sesudo libreto que ha realizado tan profunda introspección en los personajes que estoy comentando, no lo aclara, ¡ayyy, qué fallo!.

El caso es que en un oportuno descuido del camarada Juan José (en realidad todo es muy oportuno, la gente entra y sale de escena sin razón lógica alguna, sin justificación ni nada, sólo obedeciendo a las necesidades de un argumento surrealista), el señorito don Paco (aquí todos tienen nombres supercastizos, hasta los ricos, ¡faltaría más, es todo taaaan popular!) aprovecha para tirarle los tejos a Rosa (que milagrosamentente no se llama María Rosa), la cual no remolonea mucho ante tales proposiciones, porque ella es como las serpientes y va al sol que más calienta (“es mujer, que se podía esperar”, parece ser el mensaje de fondo de esta obra), y un día está con uno, otro día con otro, y al tercero con ambos, ¡como si lo uno fuese excluyente de lo otro!, ¡”vamos”, dice Rosa!.

Además, por si fuera poco, ambos personajes anteriores están hábilmente asesorados por otro personaje que es el culmen de la innovación, originalidad, y quizás una de las mayores y mejores aportaciones de este libreto, algo que nunca jamás de los jamases se ha visto en el arte mundial, y muchísimo menos en el patrio: ¡una celestina!; alucinado me quedé ante tanto vanguardismo y atrevimiento artístico, ¡qué rupturismo, por Dios!. El caso es que el personaje de Isidra se dedica a andar gestionando los amoríos del antagonista y de la protagonista, para los que no tiene que vencer mucha reticencia ya que, en el fondo, allí nadie ama a nadie: Juan José lo que quiere es ser propietario de una mujer; Rosa lo que desea es comodidad, Paco divertirse e Isidra sacar beneficio, así de simple. Ya me dirás tú que drama se puede hacer con semejante material y estos personajes más estereotipados que los de la comedia del arte.

El caso es que don Paco le pide a Rosa que cante para él y su harén, que se ha traído al café esa noche (pues todo el mundo sabe que el proletariado y las clases altas comparten espacios de ocio comunes de toda la vida), y la chica, aunque sabe que su pareja se va a enfadar, decide ir por libre (en el fondo, si lo queremos sobreanalizar ridículamente, en plan profesor universitario, Rosa no es sino el símbolo de la liberación sexual… aunque teniendo en cuenta su final, no sé si el mensaje de Sorozábal es muy progresista que digamos). Por supuesto, nuestro compi proleta Juan José se enfada, se pone en plan macho ibérico alfa, y, con dos cojones, reparte hostias hasta en el carnet de identidad a todo bicho viviente (esa parte no se ve en la representación, en realidad, todo lo interesante se queda en elipsis).

Por si el dramón de los celos de Juan José y lo malos que son los señoritos, no fuera suficiente para enervarnos, empatizar con el protagonista, y hacernos sufrir por el pobre, aunque digno, orgullo manchado de la clase obrera; en el siguiente acto, a Juanjo, mira tú, lo despiden de la fábrica del señorito maligno, ¡pobre compañero Juan José, no leyó en la política de empresa que no se podía pegar al jefe!; claro, pero es que eso se debe a que tampoco sabe leer, ni escribir, encima es huérfano y seguro que un cura abusó de él (esto último no se dice, pero no me extrañaría nada de nada). En cualquier caso, el terrible pasado estilo “David Copperfield” de Juan José metido con calzador, es lo de menos en una escena en la que el ¿drama? alcanza su apoteosis (yo estuve a punto de revolcarme de risa en la butaca), y es que la relación amorosa entre nuestros dos protagonistas no va nada bien desde que no entra dinero en casa, y a Rosa se le está pasando el amor (estaba visto que era un afecto muy profundo y consolidado), ¡y no es para menos!, ¡la calamidad asalta esa casa!; bueno más que asaltar, se ha instalado en ella a vivir directamente, así: en ocho días contados, ni más ni menos, acaban con todos sus recursos económicos (debieron de ir a vivir al Ritz y vaciar el minibar todos los días, porque otra cosa…) y al parecer, morales también, porque ya sólo pueden comer pan y cebolla, y, en el colmo de la tragedia (por favor, preparaos para esto porque es muy fuerte, tomad aliento) ¡Rosa ha tenido que empeñar su mantón de manila! (este es el momentazo, con la orquesta a todo trapo acentuando tan gran clímax dramático); llegados a semejante, y crucial, punto vital, coincidiréis en que ¡esto es inaguantable!, con razón llega a decir Juan José, y cito literalmente: “luego dicen que la gente roba y mata, ¿y qué van a hacer?”, ¡claro que sí, camarada, tú di que sí!.

Hay que aclarar que esta escena está sazonada con las entradas y salidas de los compañeros obreros de los protagonistas y la celestina (que vienen a contar su vida y opinar de todo lo que pasa, porque, al parecer, carecen de vidas propias y todo su mundo gira alrededor de los protagonistas), pues misteriosamente, en ningún sitio de esta realidad alternativa que nos plantea esta obra conocen ese invento tan fascinante llamado “puerta”, y todo el mundo entra libremente a todos los sitios como Pedro por su casa, sin pedir ni permiso, y casualmente, fíjate tú, en los momentos más oportunos. O quizás yo soy muy tonto y no me he dado cuenta de que se trata de una metáfora visual de esa vieja consigna de que “el pueblo unido jamás será vencido”, sí, decididamente, casi seguro que se trata de eso (jajajaja).

Y es en este acto es también cuando Sorozábal demuestra que es un adelantado a su tiempo, presentando una subtrama de mano del personaje del compañero Andrés en la que ensalza la violencia de género, contándonos como cuando este hombre fue a defender a una mujer a la que maltrataba su marido, y esta le respondió, toda pizpireta, que para eso lo era y que por eso podía; ¿qué porque el autor es un adelantado a su tiempo?, ¡por Dios, se está adelantando en décadas a ese notable e ilustrísimo fenómeno literario que es “Cincuenta sombras de Grey”, ¡qué obra maestra! (bueno, en realidad la obra al completo demuestra auténtica maestría en la misoginia).

El caso es que nuestro atribulado Juan José acaba yendo a la cárcel porque tenía que delinquir, ya que la clase opresora lo tiene aplastado de todo. Aquí es donde también Sorozábal demuestra su gran amor por la verosimilitud y el naturalismo, se nota que hizo una profunda investigación de la vida en las cárceles, que indagó, y no me extrañaría nada que viviese en ellas durante un tiempo para empaparse del ambiente… y a continuación un perro se comió su investigación y él sufrió un aneurisma que le hizo olvidar todo lo vivido; porque lo que se plasma en el producto final es de risa (literalmente).

Bueno, la cuestión es que el jefazo de la cárcel dice, delante de todos, que nadie de los de allí (ni los violadores, ladrones, asesinos…) valen nada excepto Juan José (Juanjo, después de esto, yo tendría cuidado en las duchas), y que por eso quiere que vaya con él para fugarse, lo cual cuenta en medio del patio, alegremente y ante todos, como quien comenta el tiempo que hace o si le gusto la comida; pero otro de los presos apunta que nuestro proletario protagonista tampoco vale tanto porque, por supuesto, sigue encoñado con Rosa, e imagina, como es lógico y coherente por lo que hemos visto hasta ahora, ¿verdad?, que tan fiel y constante mujer le va a esperar para cuando salga de prisión.

A continuación se usa otro recurso fabuloso e innovador para crear un flamante giro dramático que azota las ya tullidas emociones de nuestro camarada obrero protagonista, y ahora también presidiario, oprimido por el sistema: Juan José recibe una carta (¡sí!, ¿increíble, no?); en ella se le comenta que Rosa se ha ido con el rico y que se lo está cepillando pero bien (¡uy qué sorpresa, no me lo esperaba para nada!, ¡con lo legal que era esa chica!). Ante tal novedad Juan José decide que la opción de olvidar, evitar volver a caer en la misma piedra y ser feliz no es viable, por lo que maquina una solución muchísimo mejor (y sobre todo inesperada, no tiene nada que ver con las vendettas tan habituales de los personajes operísticos) como es fugarse de la cárcel y asesinar a alguien. Como ya sabemos, en el mundo paralelo de esta obra de Sorozábal, no hay puertas, ni cerrojos, ni cerraduras, ni nada con lo que se pueda impedir el paso, así que deducimos que no le cuesta nada escaparse de la cárcel, y si lo hace, no se transmite.

Pero la verdad es que Rosa está superfeliz ahora que lleva una vida cómoda viviendo en la casa del señorito, hasta el punto de que ha convertido a su celestina en doncella personal (supongo que sería parte del trato); y como no hay puertas, pues Juan José entra tranquilamente en la nueva habitación de su ex, porque es lo más natural y normal del mundo. Uno podría pensar que, con las marcadas diferencias sociales que se supone que hay en esa obra, el pijo repelente tendría, siquiera, quien le guardara los accesos a su casa, pero se deduce que don Paco es tan campechano que le parece bien que todo el mundo pueda pasearse por su hogar, y entrar y salir, a gusto y capricho, sin mayor problema, cual plaza pública. De hecho, para el final de la obra, e inexplicablemente, una buena parte de los personajes estarán reunidos, sin ton ni son, en esa habitación, ¿cómo es posible que llegaran todos tan oportunamente al dormitorio privado del señorito don Paco y más habiendo tantos sitios alternativos donde estar?, un auténtico misterio; pues todos se presentan en ese lugar íntimo, en vez de hacer cosas como, umm, no sé: ir al trabajo (¿no se supone que están explotados por la clase opresora?), a misa (¿no tendrían que estar alienados por la Iglesia?) o simplemente ir a un espacio urbano cualquiera para hacer una manifestación, o a uno privado para celebrar una reunión clandestina que reviente el sistema o algo.

Supongo que la conclusión que tenemos que sacar al final de la representación, es que toda esa historia que acabamos de presenciar no hubiese sucedido si ya nos hubiésemos rebelado e instaurado la dictadura del proletariado como Dios manda (¡uy, perdón!, esto último no, que ya se me olvidaba que la religión es el opio del pueblo); ¡porque esas cosas con la dictadura del proletariado, joder, no pasan!, puesto que, al fin y al cabo, siempre se lleva mucho mejor, ¡donde va a parar!, que un camarada comisario te levante la chorba, ya que, al menos sobre el papel mojado, sois iguales; que qué lo haga un señorito pijo repelente; ¡por favor, por favor!, ¡ni punto de comparación!, ¡es que hay que acabar con estas injusticias sociales ya!.

No os cuento como acaba la representación porque seguro que no os cuesta imaginarlo, se supone que debía de ser el culmen de la tragedia obrera (¡pobres proletas!, ¡que injusto es este mundo sin puertas!) y es el colmo de la comedia involuntaria (a lo cual ayudan mucho unas interpretaciones irrisorias). Con eso lo digo todo.

Bueno, pues ya veis, lo que comentaba, “Juan José” es tan mala que hace gracia, yo os he hecho una crítica y una descripción muy completa, allá vosotros si vais a verla, yo os he dado la información más completa y relevante que he podido; pero la decisión, como siempre, es vuestra.

 

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4 respuestas a Juan José

  1. Ana Sanso dijo:

    Te comparti en google. Estoy absolutamente impresionada. Como escribes, la riqueza de lo que cuentas y la variedad de conocimiento. Soberbio. Cariños

  2. ¡Gracias!, lo acabo de ver, eres encantadora.
    Muchas gracias por esas tan positivas valoraciones, aunque vivas al otro lado del océano, espero que Universo de A te pueda ser útil e interesante. ¡Cariños también!

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