S.S.M.M. Don Juan Carlos I de Borbón y Doña Sofía de Grecia y Dinamarca, Reyes de España

En primer lugar, decir que hace mucho tiempo que deseo publicar este artículo, lo cual en principio se hubiese hecho durante el reinado de don Juan Carlos, pero la imprevista abdicación lo impidió… a partir de ese momento quise publicarlo cuanto antes, pero sabía que era un artículo que iba a dar bastante trabajo, con lo que lo fui retrasando y retrasando….

Sin duda, como explicaré, don Juan Carlos I tiene todas las características para ser uno de mis Grandes Personajes a los que admirar; pero el acontecimiento histórico antes mencionado puso de especial relieve otra importante figura de su reinado, que es la de su augusta consorte, con lo cual, pronto me di cuenta de que este artículo iba a ser más largo de lo en principio pensado, puesto que también quería incluír a doña Sofía… lo cual retrasó aún más la publicación.

Dudé cierto tiempo sobre si dedicarles un artículo a cada uno por separado o uno conjunto (como finalmente se ha hecho), pues nunca jamás dos de mis Grandes personajes lo han compartido… pero teniendo en cuenta que sus vidas transcurren paralelas a partir de determinado momento, y que todo lo que hicieron fue en pos de los mismos objetivos y fines, trabajando siempre en perfecto equipo y matrimonio; creo que es quizás la mejor forma de homenajearles.

He decidido también no incluír a nadie más de la Familia Real, no porque no lo puedan merecer, sino porque considero que no hay suficiente perspectiva histórica para valorarlos, y pueden surgir muchos hechos y acontecimientos relevantes aún.

Por otra parte, tampoco quería publicar este artículo (y más después de no haber podido escribirlo a tiempo con motivo de la Abdicación o de la Proclamación Real) en cualquier momento; al principio, valoré hacerlo con motivo del aniversario de la Abdicación, pero me pareció muy triste, puesto que celebraba el final de un reinado y le quitaba protagonismo al comienzo del de don Felipe VI… pero finalmente encontré el momento ideal. Así pues, finalmente lo publico en noviembre, mes que es importante dentro de la vida de mis dos Grandes Personajes; pues el 22 de noviembre de 1975 fue proclamado Rey don Juan Carlos I; y el  2 de noviembre de 1938 nació doña Sofía. De ese modo, también se homenajea a los dos. Sin mencionar que hoy, 1 de noviembre, es el Día de todos los Santos, y teniendo en cuenta la tradición que hay en la Casa Real de bautizar a todos sus miembros, al final del o los nombres elegidos con “de todos los Santos”… la verdad, creo que no podría encontrar mejor fecha ni a propósito.

La razón de que decida incluírlos a ambos en mi galería de Grandes Personajes, es muy simple; y es lo mucho que hicieron por España, con unas vidas casi de novela, realmente espectaculares; pero sin embargo, siempre supieron mantenerse fieles a sus ideales incluso a pesar de las duras pruebas que atravesaron, y perseguir constantemente, hasta alcanzar sus justos objetivos; todo lo cual, me parece muy de admirar.

 

Don Juan Carlos I de España

Introducción biográfica

Consultar la biografía dedicada a él, que publiqué entre las de la Familia Real española.

 

Es uno de mis “Grandes Personajes” porque…

Se suele decir de muchos personajes históricos que sus vidas estuvieron dedicadas a sus países, pero es altamente probable que en muy pocos casos se pueda decir con tanta justicia esta afirmación como de don Juan Carlos I.

Por ello, no deja de resultar sorprendente que una persona que ni siquiera nació en España (sino en Roma) sintiera con tanta fuerza el deber y la necesidad de formar parte de un país que no le vio nacer, y que incluso ignoró, en buena parte, su nacimiento, como tampoco nadie podía siquiera sospechar la gran figura en la que se iba a convertir y la importancia que tendría para España. Su abuelo y su padre sí tenían sobrados recuerdos de aquel país, sí podían sentir nostalgia y recordar muchas cosas, pero don Juan Carlos no.

Bien se podría pensar que no era todo patriotismo y que la ambición de una corona pesaba mucho en ello, ¿pero acaso se puede pensar eso de un niño? (y por otro lado, ¿no hay múltiples Familias Reales actualmente no reinantes que han aceptado no hacer ningún tipo de actividad política con la única condición de que les dejen volver a su país?, parece que la tierra siempre tira y se siente más cuando se es monarca…); y por otro lado, en aquellos tiempos, ¿no estaba muy lejos la posibilidad de una restauración monárquica?, ¿no era casi un imposible?; cualquier persona, más indiferente, hubiera ido con sencillez por un camino más fácil, optar por no complicarse la vida innecesariamente, ¿qué necesidad hay de reclamar algo ya perdido y sin grandes visos de recuperación?.

Si don Juan Carlos hubiese sido una persona más indolente, probablemente hubiese pensado estas cosas, incluso, por mucha presión que hubiera ejercido don Juan, su padre… ha habido sobrados monarcas en la historia que perdieron definitivamente el trono para su familia por su propia despreocupación, desidia, o simplemente, incapacidad para reaccionar adecuadamente (y también mucha mala suerte).

Por ello una de las virtudes que más admiro de este monarca es precisamente esa capacidad para no rendirse, para creer en un ideal y seguirlo hasta el final, sin importar las dificultades, ni las trabas, aún cuando todo se ve imposible, incluso cuando nada parece ir como debe, encuentra la manera de resurgir como ave fénix, y salir adelante. Ello creo que es muy de admirar.

Quizás todo tuvo que ver con una durísima infancia, un entrenamiento constante para asegurar su endurecimiento; pero no nos engañemos, la educación no lo es todo, una persona débil se habría hundido; y tal vez una fuerte no habría salido adelante sin graves moratones en el carácter; por ello, quizás es gran síntoma de la inteligencia de don Juan Carlos el haber podido siempre conservar el sentido del humor que le caracteriza, tal vez eso es una de las principales cosas que le ha ayudado a sobrevivir y a salir adelante (es más, existen múltiples testimonios que aseguran que, a pesar de esta característica, no le faltaban momentos muy serios y melancólicos…).

Por tanto, creo que las cosas que hacen más admirable a don Juan Carlos I como personaje histórico son la capacidad para creer en algo y no rendirse aún cuando todo parece ir en contra; de conseguir sobreponerse siempre y a pesar de las muchísmas dificultades; de no perder nunca la esperanza e incluso el sentido del humor; las capacidades para la diplomacia, la inteligencia y sabiduría para saber siempre qué o quién es más conveniente en cada momento… son las virtudes que más admiro y que le convierten en uno de mis Grandes Personajes.

 

Sucesión contra todo pronóstico o una dura carga

Su dura educación vino muy de parte de su padre, don Juan, el cual había llegado a convertirse en heredero tras varias situaciones trágicas, y se entregó también en cuerpo y alma a una vocación que nunca llegaría a ejercer. Y esa misma pasión y obsesión quiso inculcar a su hijo, que debería ser su heredero; por lo que iba a recibir una intensísima educación (su hermano Alfonso, por lo general, siempre gozaría de una mano más blanda), a lo que hay que sumar todas las adversidades del exilio.

Una de esas primeras medidas sería enviarle a un internado suizo con apenas ocho años; allí aislado (su padre no permitía que se le llamase, con el objetivo de que se endureciera), prácticamente sólo recibía la visita de su abuela, la depuesta Reina Victoria Eugenia, que trataba de asegurarse de que el acento de “Juanito” (como era conocido de forma cariñosa, y modalidad de nombre que el más apreciaría durante toda su vida) no sonara extranjero, de sobras sabía la impresión que eso causaría en España, pues ella era inglesa.

El propio futuro monarca definiría esa etapa de su vida como de gran soledad y de cierto sentimiento de abandono, e incluso calificaría ese momento como el final de su niñez; aunque llegaría a entender los motivos de su padre. Pero lo cierto es que la desaparición del calor familiar, y la aparición de la dureza del mundo harían su presencia en ese momento de la vida de don Juan Carlos y tardarían mucho en abandonarle, de hecho, con toda probabilidad, nunca lo hicieron del todo.

Ello no sólo se manifestaría de forma psicológica, sino también física, a través de diversas enfermedades y dolores que sazonaron una buena parte de su infancia, y que eran reflejo de la vida excesivamente estricta a la que estaba siendo sometido el joven don Juan Carlos.

 

El fin del exilio o el comienzo del juego político

Pero pronto se vería que no era lo más difícil que podía suceder, pues su padre, en permanente búsqueda de la vuelta de la monarquía y la democracia a España, no paraba de buscar medios y soluciones… pero lo cierto es que una persona tenía en ese momento en sus manos el poder, lo sujetaba ferreamente, y tenía claro que no lo iba a soltar, por más que no lo dijese abiertamente, y siempre supiese hacer los gestos claves y manejarlo todo con una inteligente ambigüedad (no olvidemos que en la guerra civil española, en cada bando lucharon diversas ideologías): se trataba del general Franco.

Don Juan en cambio lo tenía claro y se había comprometido, alentado por consejos y por sugeridas esperanzas de los países democráticos, había dejado su posición perfectamente expuesta en diversas declaraciones, que habían culminado definitivamente con el conocido “Manifiesto de Lausana”, en el que no sólo se declaraba partidario, y se comprometía con la creación de una monarquía parlamentaria al estilo de la inglesa en España, sino que además desautorizaba por completo al regimen de Franco, llegando a pedir a sus partidarios que mostrasen también ese rechazo renunciando a sus cargos en el regimen.

Don Juan se había posicionado, había dejado de lado la diplomacia o el intentar entrar en su país poco a poco, y Franco no le perdonaría el ultimatum (es más, no faltan los historiadores que dicen que fue precisamente ahí cuando decidió que nunca sería Rey)… y fue así como, involuntariamente y sin saberlo, ni siquiera sospecharlo, dejó ese trabajo, esa pesada carga, en su hijo y heredero don Juan Carlos; al final, él sería quien, desde niño (como se verá), tendría que estar en una permanente alerta y batalla contra el regimen, todo ello siempre de forma diplomática y oculta; cualidades que tendría que seguir rentabilizando, dado el contexto político, hasta bien entrada la democracia; sin poder hablar, ni protestar, ni quejarse y cometer los menores errores posibles… probablemente fue la mejor escuela de diplomacia involuntaria que jamás se haya creado, aunque en ello también va mucho del temperamento de la persona, del poseer la fortaleza para soportarlo. Don Juan podía enfurecerse, despotricar contra Franco y el regimen en Estoril (Portugal) estaba lo suficientemente lejos para que “el tenientillo” (como llamaban de forma privada en la familia Borbón a Franco) no les oyera; pero al pequeño Juanito se le diría desde muy pequeño que “en boca cerrada no entran moscas” y que “un Borbón sólo llora encima de su cama”. Así pues, si bien no se pueden subestimar los esfuerzos de don Juan por traer la democracia a España, bien es cierto que muy probablemente nunca gozó de todas las capacidades (y quizás la suerte) de un hijo que se vio sometido a las más duras pruebas desde el principio, y que además superó.

En cualquier caso, lo que había hecho el padre del futuro Rey, formaba parte de un conjunto de medidas aislacionistas por parte de las distintas potencias mundiales para asegurar la caída de ese regimen desagradable y enigmáticamente totalitario; y don Juan sería utilizado como un instrumento más. Pero para sorpresa de todos, el regimen franquista sobreviviría a la autarquía.

Ello provocó que la situación para una futura restauración fuera cuanto menos complicada: las democracias no acababan de estar convencidas de apoyar una monarquía potencialmente débil; y aunque a nadie le gustaba una dictadura que había ido dando bandazos durante toda la segunda guerra mundial… mejor eso que el azote comunista que ya estaba critalizando en la guerra fría. El generalísimo al menos parecía asegurar cierta estabilidad; este lo sabía, y sólo tenía que dejar que el tiempo fuera su aliado, el cual, casi siempre actuaría a su favor.

Por eso, con cuidada ambigüedad, Franco se entrevistó con don Juan en su yate; y acordaron la venida de Juan Carlos a España, por la necesidad de que este se familiarizara con su país… para los Borbones pudiera parecer ventajoso el que por fin entraban en España; pero en realidad, todo tenía ventajas para el dictador, que se aseguraba toda una campaña de imagen interior y exterior.

Y es así, como un niño que apenas sabe de que va el mundo, que sólo sabe de España de oídas y quien ha visto monárquicos españoles de vez en cuando (su padre no acababa de ver del todo beneficiosas esas visitas para su hijo, por si se le podía subir a la cabeza); de repente descubre que tiene que ir a ese lugar.

 

La fría España o la ficha en medio del tablero

Pero la calurosa España demostró ser tan fría a nivel moral como la Suiza que había abandonado; y así, en un ficticio colegio (Las Jarillas) montado de una forma apropiada, con otros aristócratas, continuó en una fragil situación y siempre en permanente vigilancia (y con preceptores sumamente escogidos). No nos equivoquemos, esto no significó que Franco o todos los que formaban parte de su regimen estuvieran abriéndole los brazos al joven don Juan Carlos; pues, como era su costumbre, alternando unos gestos con otros, el dictador tanto recibía en su presencia al regio niño, como permitía (pues tenía un control absoluto sobre la prensa) que se publicase en periódicos todo tipo de barbaridades sobre la familia (del tipo de que al pequeño Juanito le gustaba exterminar animales de la forma más cruel; y todo tipo de demagogias baratas) y, por supuesto, sobre su padre.

¿Cómo puede comprender todo esto un niño?, ¿cómo hacérselo entender?, ¿qué sabe del juego de la política?, ¿cómo discernir correctamente en que están pensando “los mayores”?, ¿es posible alcanzar la comprensión de la complejidad del mundo real a tan corta edad?; sea como sea, una vez más, el futuro don Juan Carlos I tuvo que aprender rápido, pues una vez más, su vida reclamaba de él más de lo que en principio hubiera podido, o tenido, que dar.

Fue así como el espejismo de Las Jarillas se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido, las desavenencias entre don Juan y Franco habían explotado. Y comenzó una difícil guerra en la que se jugaron diversas cartas psicológicas, algunas de ellas serían utilizadas como modo de chantaje en muchas otras ocasiones por parte de Franco, valorando este (o fingiendo hacerlo) la posibilidad de instaurar a otros “candidatos” al trono, acercándose a distintas ramas de la familia, según la conveniencia de la situación.

Finalmente, y tras un largo tira y afloja, el que había sido palacio de Miramar (norteño lugar que fue residencia estival de la Familia Real a finales del XIX y principios del XX… y por tanto, lugar muy poco adecuado para las temperaturas invernales, que eran las que había durante la mayor parte del tiempo que los alumnos pasaban allí), fue reconvertido en colegio. El lugar tal vez fue elegido para alejar a don Juan Carlos de la cuestión política, pues don Juan no quería bajo ningún concepto que su hijo fuera vinculado a actos franquistas, cosa que el generalísimo sí quería (cuando convenía); además, el pretendiente a monarca, quería también que su educación fuese lo más normal posible, de hecho, los exámenes oficiales no los haría allí.

Así, a pesar de la cierta ansiedad que producía aquel lugar, con el tiempo, la adaptación fue buena, y aún a pesar de las permanentes tiranteces entre el padre y el dictador, don Juan Carlos terminó el bachillerato en España. Todo lo cual no deja de ser sorprendente, sobre todo cuando sabemos que aquellos dos de los que dependía la educación del chico sostenían una relación imposible y de una ambigüedad insufrible, llena de trampas por ambos lados. Franco nunca le dio otro tratamiento a don Juan que el de “alteza” (en vez de “majestad”, no reconociéndolo por tanto nunca como Rey) y casi siempre se dirigió a él como “Conde de Barcelona” (título que él había adoptado en el exilio, y por el que era conocida la familia: “los Barcelona”); y siempre se negó a que don Juan Carlos utilizara el título de Príncipe de Asturias (sería reconocer a don Juan como Rey); es más, llegaría a calificarlo de “Infante”, y mucho tiempo más tarde, tampoco podría adoptar el título tradicional del heredero a la Corona, siendo “Príncipe de España” (título que, por otra parte, de una forma parecida, había utilizado Felipe II, así que tenía ciertos visos de tradición). Quizás el momento que más claro deja como eran esas relaciones es cuando, años más tarde, don Juan le ofrece, a modo de sugestivo e inteligente cebo, la concesión del Toisón de oro (uno de los honores más grandes que la monarquía española puede conceder, aún hoy, pues se trata de la orden nobiliaria más prestigiosa del mundo) a Franco, y este, hábilmente lo declinó, pues aceptarlo supondría aceptar también a don Juan como Rey; y el generalísimo tenía claro que eso no iba a pasar.

 

El Príncipe soldado o una vida bajo mando

Llegados a este punto, parece obvio que don Juan Carlos nunca tuvo demasiado poder sobre su vida, sin tener mucha más opción que dejarse mandar; sin que lo que él pudiese opinar importarse mucho o nada, pues todo el mundo tenía intereses puestos en él. Y no deja de resultar curiosa e interesante esa vida dedicada a algo inseguro, a una cuestión que nunca se sabe si pasaría o saldría adelante, y la escasez de rebelión en don Juan Carlos; sin embargo, sus educadores siempre han destacado en múltiples declaraciones su sentido del deber y vinculación hacia España, además del conocimiento de quien es y a qué está llamado, algo que no deja de ser sorprendente, cuando una buena parte de su alrededor parece negárselo.

Las cosas no cambiarían al final de su adolescencia, cuando, tras las habituales discusiones entre don Juan y Franco, se decidiría su paso por el ejército. Una vez más, nada de privilegios, y ahora descubriría mejor que nunca que no todo el mundo estaba a favor de la monarquía ni de él, la dignidad heredada no sería suficiente para ganarse el respeto de sus compañeros, y eso fue algo que aprendería muy pronto, y que tendría que defender. Aunque no se puede decir que no se tuviera del todo en cuenta quien era, pero esto se volvía bastante relativo, y tanto podía ser útil como todo lo contrario. No pudo ser fácil ser alguien y a la vez no ser nadie; ostentar una dignidad y a la vez no tener ningún reconocimiento de ella… pero dado que don Juan Carlos siempre prefirió ser “Juanito”, su adaptación fue buena y llegaría a tener buenos recuerdos de su paso por el ejército.

También sería la época de los primeros amores, pero ninguno sería aprobado por su padre (sin mencionar la opinión adiccional de Franco); una vez más, todo debía ceñirse a la conveniencia, a lo apropiado.

La tragedia de la muerte de su hermano Alfonso, sería otro de los puntos más terribles de su vida; ya no sólo por el hecho en sí, sino por los malintencionados actos de sus propios primos. Por lo demás, toda la familia se vio devastada por este asunto y don Juan Carlos más que ninguno, durante muchos años esa carga seguiría enturbiando su vida y mente.

Aún con todo, tuvo que sobreponerse, y tras varios años, terminar sus estudios pasando por todas las academias militares. El siguiente paso serían unos estudios universitarios que nunca llegarían a ser terminados por las diversas circunstancias histórico-políticas (y que tampoco serían fáciles por opositores que no dudarían en manifestarse en contra de él).

Por otro lado, la que sería su vivienda, un antiguo pabellón de caza llamado la Zarzuela, que en su momento dio nombre al famoso género teatral, ya estaba siendo acondicionado (pues había sido devastada durante la guerra civil) como su futuro lugar de residencia (ni hablar de cualquiera de los otros grandes palacios, y mucho menos el Real de Madrid -que en unos años había pasado a ser denominado “nacional”, durante la república; y “de oriente” durante el franquismo-, donde ni Franco se había atrevido a vivir).

 

De la soledad a la compañía o la consorte ideal

Con todos sus otros romances rechazados, don Juan Carlos empezó a sentir interés por una princesa griega, doña Sofía. Tampoco se planteaba nada fácil esta relación; dejando de lado un incidente infantil en la que ella tumbó al joven con una llave de judo durante un crucero patrocinado por la Reina de Grecia; lo cierto es que existían varias barreras: la idiomática y la religiosa para empezar. Por otro lado, a don Juan le gustaba la candidata (una princesa de una dinastía reinante y en principio asentada) pero a Franco no, que consideraba que cualquier española sería mejor opción. Nuevamente, todo era una cuestión política, en la que acabó metido hasta el Papa.

No sobra decir que, en muchos aspectos la pareja siempre han sido polos opuestos, y quizás por eso se atrajeron.

Finalmente, el amor triunfó y en una espectacular doble ceremonia (católica y ortodoxa) en Atenas, el Príncipe don Juan Carlos, probablemente sin sospechar hasta que punto, obtenía la que sería una de las consortes más queridas y alabadas de la historia de España. Pero no sólo eso, obtendría una compañera fiel a su causa en todo momento, siendo ella la primera partidaria de llevar una vida en España.

A partir de ese momento, ambos tuvieron un mismo y claro objetivo: traer la monarquía constitucional y parlamentaria a España, y con ello el ansiado progreso y vuelta del país como gran potencia, como sabemos, lo conseguirían.

Y tal vez por eso, es en esas épocas cuando más parece entreverse como la política de padre e hijo parecen diferenciarse, don Juan Carlos ya toma sus propias decisiones, sabe lo que pasa en España y trata de atenerse a ello, pues conoce el medio; Ello acabará llevando a inevitables enfrentamientos entre el padre y el hijo, siempre cada vez más difíciles pues cada uno tenía su visión de como se debería enfocar el futuro.

Si para un hijo y un padre la independencia siempre es algo, aunque necesario y natural, difícil, tuvo que ser en este caso aún más complicado, donde, a los habituales problemas consecuentes de esta situación, se unían los políticos y los dinásticos; los Borbones no eran personas comunes, y por tanto, sus problemas normales también se veían revestidos de más complicaciones de las habituales, cada decisión, cada paso dado podía afectar muy seriamente al futuro, y quizás, de forma definitiva. Al sentimiento paterno-filial se unían otras cuestiones de deber muchísimo más complicadas; y don Juan Carlos se pasaría la mayor parte de su vida adulta torturado por esa situación.

Sin embargo la primera vida de casados, ya en España, en la Zarzuela; fue cualquier cosa excepto fácil, espiados por doquier por sus propio servicio, con los teléfonos pinchados… pronto descubrieron lo muy necesario que era tener cautela.

En ese aspecto es también donde me sorprende su resistencia, pues, incluso sin tener intimidad, consiguieron salir adelante, otras personas fácilmente se hubieran vuelto locas en semejante situación (sin mencionar los ya incipientes problemas con el padre). Afortunadamente para don Juan Carlos, ahora tenía una compañera, alguien con quien hablar, ser él mismo, que le apoyase, y cuyos objetivos fuesen los mismos. Nunca sabremos hasta que punto la existencia en la vida del Rey de doña Sofía ayudó a este en su reinado, pero resulta difícil negar que tuvo que ser de mucha ayuda, especialmente en los primeros tiempos.

Por otro lado, el regimen no sabía muy bien que hacer ahora con don Juan Carlos, mayor y casado, lo lógico es que tuviera un oficio; así pues, con esta idea, el Príncipe acude ante Franco y le dice que es demasiado joven para no hacer nada; Franco da una respuesta poco comprometida que es que haga que los españoles le conozcan.

Comienzan así los Príncipes unos viajes de nunca sabidas consecuencias, en los que tanto podían obtener vivas como tomatazos, y en los que el apoyo oficial es más bien escaso; no conviene darle excesivo vuelo al tema….

Por otro lado, y cumpliendo con sus obligaciones dinásticas, los hijos iban llegando, el último de ellos sería el heredero, y acabaría reinando como Felipe VI. En el bautizo de este último, tras muchísimo tiempo, la Reina Victoria Eugenia pudo volver a España.

 

Poker de Reyes o la instauración franquista

Pero no toda la vida familiar era agradable, las tensiones de don Juan Carlos con su padre cada vez eran mayores, especialmente con un Franco que cada vez disimula menos su aversión por don Juan y su preferencia por el hijo de este; la situación se vuelve cada vez más tensa.

Pronto habrá que elegir si los objetivos que han sido perseguidos durante toda la vida por la familia merecen ser pagados a cualquier precio o no; pronto habrá que decidir que haya monarquía constitucional y parlamentaria en España o que no la haya; si es mejor dar un paso atrás para poder después dar dos hacia delante… etc; la situación es extraña y complicada, hay que no cambiar nada para que todo pueda cambiar.

Pero don Juan no entiende esta perspectiva, su orgullo le impide asumir que el objetivo de toda su vida sea casi un imposible, al menos en su persona. Don Juan Carlos en cambio ve lo que pasa en España, lleva muchos años conviviendo con el regimen, lo conoce bien y también a aquellos que forman parte de él… y es entonces cuando toma la que es probablemente una de las decisiones más duras de su vida; para devolver la democracia a España, para llevar a su país a la altura del resto de Europa, hay que reventar el regimen desde dentro, lo que además, si sale bien, garantiza una situación pacífica y evita una nueva guerra civil (algo nada fácil, por algo la transición española es conocida como un “milagro histórico”, y por ello don Juan Carlos I acabaría siendo conocido como “el Rey de todos los españoles”)… pero eso tendrá un precio, la ruptura de relaciones con su padre.

Quizás ya estaba acostumbrado a la soledad, tal vez ahora tenía el apoyo y amor de su mujer, pero aún así, no pudo ser fácil; a lo mejor don Juan había hecho demasiado bien su trabajo inculcándole el amor a España y los deberes de la monarquía a su hijo, tanto que acabó resultando ser más papista que el Papa, y ciertamente es historia-ficción el preguntarse si la monarquía alguna vez hubiera vuelto (o si se hubiese mantenido en otra persona) si don Juan Carlos no hubiese aceptado ser el sucesor de Franco; pero la realidad indiscutible es que todos los esfuerzos de don Juan hasta el momento para recuperar el trono habían sido absolutamente infructuosos. Su hijo buscaría otro camino en el laberinto, y encontraría el éxito de una manera pasmosa, casi novelesca (la realidad siempre supera a la ficción).

Pero él tenía claro cual era su objetivo, porque aunque estaba preocupado por jurar las leyes del movimiento, pues no quería romper su palabra, alguien le dijo muy acertadamente, que no debía preocuparse, que una ley se cambia por otra ley… y esa iba a ser la clave de todo lo que sucedería después.

Sentido del deber, inteligencia, una impresionante visión de futuro, valor y coraje… son otras de las cualidades que demuestra don Juan Carlos y que también me parecen más admirables; y buena falta le harían para todo lo que se le echaba encima.

Comenzaba un doble juego, en el que todas las cartas parecían estar en contra de don Juan Carlos; falto del apoyo de su padre, con los demócratas pensando que es un títere del franquismo; y los más ultraderechistas convencidos de que el Príncipe oculta a un liberal peligroso… la situación no es fácil; y aún lo es menos, cuando su primo se casa con la descendencia directa de Franco, ¡que orgullo para la mujer de este, Carmen Polo, que ya imagina una nieta suya Reina de España!, y desde ese momento, está dispuesta a conseguirlo, para lo que no le faltarán apoyos.

Debieron ser años de desconcierto y tensión tremendas… quizás al final, una infancia tan dura dio resultado a la hora de poder soportar esa situación.

En realidad, don Juan Carlos ya sabe por lo que le ha dicho Franco que él, incluso cuando suceda, nunca tendrá tantos poderes como el dictador; y además, hay un general que será un perfecto paladín para mantener el regimen… hasta que un atentado terrorista acaba con él.

Los últimos años del franquismo no pudieron ser sencillos, y en varias ocasiones don Juan Carlos tuvo que sustituírle en la jefatura del estado, una situación peligrosa que él evitó siempre que pudo (¿cómo demostrar sus verdaderas intenciones tan antes de tiempo?).

Pero el dictador cada vez estaba más débil, y más receptivo a otras cuestiones que antes nunca hubiera escuchado, ya no le decía a su mujer “tú calla Carmen, que de esto no entiendes nada”; y eso ponía a los Príncipes de España en serio peligro.

Con la muerte de Franco, se cumple la ley, y don Juan Carlos I es proclamado Rey… y apodado por algunos con malicia “el breve”.

 

El “Rey de todos los españoles” o el comienzo del “milagro histórico”

El discurso de la Proclamación es, por supuesto, un discurso político del que sólo más adelante se puede imaginar e interpretar hasta que punto tienen alcance sus palabras, en cualquier caso, el fragmento en el que se autoproclama “Rey de todos los españoles”, es uno de los que más quedaría para la historia, y probablemente el apodo por el que será más conocido. Ello implica que quería ser Rey de todos, sin distinción, fuese cual fuese su credo político, religioso… etc (ni los ganadores de la guerra serán los perdedores de la democracia; ni los perdedores seguirán excluídos de España); está sentando las bases de su monarquía, la cual quiere que el monarca sea el representante de todos y que este al servicio de todos, como máxima figura del estado.

Comenzaba así un proceso sorprendente, calificado de milagro histórico por estudiosos de todo el mundo, en el que un Rey iba a conseguir traer la democracia, llevar a la modernidad a su pueblo y finalmente ponerlo a la altura del resto de las primeras potencias del mundo.

Pero no era fácil, un bunker aún potente (así llamados los ultraderechistas que apoyaban el mantenimiento del regimen tal cual), cuyo máximo exponente era el propio presidente del gobierno que había sido nombrado por Franco, y el cual, incluso iba a la tumba del dictador a pedirle consejo… pero don Juan Carlos no ha aguantado todo lo que ha soportado, no ha sufrido todo lo insufrible para detenerse ahora ante obstáculos tan nimios.

Hay quien podría decir que el único objetivo de los Borbones era obtener la corona, pues bien, don Juan Carlos ya lo había conseguido, y sinceramente, lo fácil en ese momento hubiera sido dejar las cosas como estaban, el regimen bien hubiera podido seguir así, no había ningún impedimento significativo para que eso sucediese, el propio Franco había dicho que todo quedaba atado y bien atado… y es ahí donde se ve la grandeza de don Juan Carlos, que una vez alcanzada la corona, decide arriesgarla para conseguir lo que considera mejor para su pueblo, no es un monarca indolente que simplemente haya llegado a su meta y ya no necesite más, no, es una persona realmente preocupada por su pueblo, y lo va a demostrar comenzando uno de los procesos de reconversión política más espectaculares de la historia moderna.

 

Jaque mate a la dictadura o los jugadores enseñan sus cartas

Ahora es el momento de arriesgarlo todo, de ir a por todas, ahora o nunca, debió de pensar el nuevo Rey. Y comienzan las reuniones, los contactos, todo el mundo presiona por todos los lados, todos tienen sus propios intereses, pero con el tiempo todos tendrán que llegar a las mismas conclusiones, la solución es ceder, e incluso perdonar y olvidar, el consenso es la palabra clave, y aunque no todo el mundo quiera entenderlo, será la clave de la transición democrática española.

Primero hay que deshacerse de los viejos elementos franquistas reaccionarios que impiden todo avance; así, mediante mucha diplomacia, y cambiando la ley por la ley, el sistema franquista acaba por desarticularse solo; todo lo cual culmina con dos momentos claves que convertirán a don Juan Carlos I en el Rey de la democracia: la reconciliación con su padre mediante la renuncia de este a sus derechos; y la firma de la constitución de 1978 (vigente hasta el día de hoy).

Este hubiese sido un bonito final feliz de la historia, el deseado sueño, objeto de tantos anhelos y años de trabajo al fin conseguido; pero ningún regimen se sostiene por si solo (lección que quizás deberíamos recordar más a menudo), y menos una democracia, queda consolidarla. No faltaban problemas: los ultraconservadores que desconfiaban de cualquier tipo de reforma y cuyo odio hacia la izquierda no había disminuído ni un ápice en décadas; las izquierdas siempre impacientes y ansiosas por ver muestras y gestos que dejaran claro el cambio; los nacionalismos, con sus propias reinvindicaciones e incluso apoyo terrorista… etc; toda una bomba de relojería a punto de estallar en cualquier momento, y un sólo hombre en medio para evitarlo: don Juan Carlos.

Y no iba a ser algo simple, ahora que el Rey había renunciado a los muchos poderes que tenía como continuador del regimen franquista, se encontraba en una situación especialmente complicada, pues era un monarca constitucional y parlamentario, con todas las limitaciones que eso implica; pero su ayuda seguía siendo necesaria, y no faltaban las ocasiones en las que tenía que acudir como “bombero” de la democracia, aún queriendo él evitar a toda costa salirse de sus funciones para mantener la debida legalidad del incipiente sistema.

Tras las primeras elecciones democráticas, ganadas por un partido de recientísima creación y poca historia (el propio Rey veía necesario que hubiera algún partido de derechas porque no lo había); la democracia dio sus primeros y difíciles pasos, no sin falta de problemas.

Indudablemente, el momento culminante en el que explotaron esas tensiones fue en el golpe de estado del 23 de febrero de 1981, situación clave y definitiva en la que el Rey debía de dejar claro definitivamente su posición. Lo hizo, aún arriesgando la Corona y todo lo que había conseguido, afirmando a todo el mundo que la institución que él representaba no apoyaría otra cosa que la democracia; con esta acción, la monarquía había salvado lo que tanto había anhelado para su pueblo y todos los sueños que aún estaban por conseguir.

Este momento, quizás por haber sido tan público, tan vivido directamente por todos tan antes de la actual era de las comunicaciones en la que el más mínimo detalle se difunde por internet a velocidades de vértigo; fue vivido sin embargo por toda una España analógica con gran intensidad, y creó un gran sentimiento de gratitud (totalmente merecido) hacia don Juan carlos I.

Sin embargo, teniendo en cuenta todo lo que he contado anteriormente, creo que sólo fue otra más de las cosas que hizo por España, indudablemente importante, pero no menos que las anteriores; la tensión y la dificultad de ese momento no están por debajo de sucesos vitales anteriores que ya he comentado; y su actuación durante el golpe sólo es la confirmación de todo por lo que había trabajado su vida entera.

 

Juego, set, partido o la victoria final

Superado el punto de inflexión de la transición que fue el 23-F; se puede decir que el resto del reinado de don Juan Carlos I fue una carrera en ascenso, logrando que su Reino consiguese ponerse a la altura del resto de Europa.

Para ello, siguió trabajando incansablemente en favor de esto, y siempre preocupándose por el estado interno de su país; aunque siempre respetando sus limitaciones constitucionales y asegurándose de mantener la legalidad que tanto había defendido.

Llegaron las izquierdas al poder, volvieron a salir, y se mantuvo una sana alternancia de partidos; pero una misma figura estable y segura mantenía el rumbo: el Rey de España.

Fruto de todos esos desvelos, la monarquía se convirtió en una de las instituciones más valoradas y confiables del país (cuando no la más), y sus miembros en personas queridas y respetadas por la gran mayoría de su pueblo. Aún a pesar de la consolidación de la institución que representa, don Juan Carlos siempre siguió afirmando que el trono hay que ganárselo día a día; y por ello no dejó de trabajar por y para España.

Además del reconocimiento nacional, también obtuvo el internacional, con múltiples premios y homenajes; convirtiendose en un ejemplo de democratización a seguir y en una leyenda viva de la historia reciente.

Esa es otra de las cosas que admirar de don Juan Carlos, pues, cumpliendo totamente con la función que se le presupone, se convirtió en una figura de estabilidad, en un baluarte de la democracia que asegura el buen funcionamiento del país y que resulta confiable. Lo que resulta especialmente admirable, puesto que, una persona que ha sufrido tantas traiciones, al que la vida no siempre ha tratado bien, fácilmente podría haberse vuelto un descreído del resto de la humanidad, pero no, el siempre parece sacar el lado bueno de las cosas con un optimismo espléndido; así, a pesar de que se dice que el mayor defecto de los españoles es la envidia, él en cambio le da la vuelta y defiende que es la pasión… ese parece un buen ejemplo de su manera ilusionada de enfocar las cosas.

 

El final de un reinado o una sucesión sin lágrimas

Con la difícil situación de España en los últimos tiempos (enmarcada dentro de la mundial), y con una situación de descredito y desesperanza general debido a esto último; don Juan Carlos I, con la satisfacción del deber cumplido, y bastante tocado de salud, decide ceder el testigo a la nueva generación con más fuerzas (al fin y al cabo, siempre había dicho que no iba a hacer lo mismo que la Reina de Inglaterra a su hijo).

Por tanto, se produce una Abdicación, y a ella le sucede la Proclamación Real de su hijo, que reina como Felipe VI, ceremonia que está llena de momentos tiernos entre padre e hijo.

No sobra decir que los nuevos Reyes son el perfecto reflejo de la actual sociedad española que el nuevo “Rey padre” (aunque no use tal título) tanto se esforzó en crear: una generación estudiada, preparada, que ha superado aquella separación de las dos Españas y que está dispuesta a seguir superándose a si misma, con confianza y autoestima. Indudablemente don Felipe es fruto de la esmerada educación que le dieron sus padres; pero doña Letizia, muy probablemente, jamás habría conseguido hacer todo lo que hizo si en España no hubiera reinado don Juan Carlos I; los nuevos monarcas son así el perfecto reflejo de la España tan anhelada y soñada por el “Rey padre”, la confirmación de la consecución de su éxito.

Don Juan Carlos vive hoy, así, como historia viva, y quizás lo que mejor refleje los triunfos de su reinado y todos sus logros sea, comparar la España de cuando nació, la de cuando fue Rey, y la que dejó al abdicar (incluso a pesar de la mala situación actual). Simplemente no hay color (literal y figuradamente).

Una persona con un sueño, que consigue tener la constancia y las capacidades para sacrificarse y hacerlo todo para conseguirlo; una persona valiente y que a la vez nunca pierde su sentido del humor a pesar de las circunstancias; una persona que es capaz de mejorar las vidas de tantas otras; indudablemente me parece de admirar, y que debe estar entre mis Grandes personajes.

 

File:Estandarte de Juan Carlos I de España.svg

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Doña Sofía de Grecia y Dinamarca

Introducción biográfica

Consultar la biografía dedicada a ella, que publiqué entre las de la Familia Real española.

 

Es uno de mis “Grandes Personajes” porque…

Si la vida de don Juan Carlos fue dura, no le va a la zaga la que acabaría por convertirse en su esposa.

Siempre me asombra el como alternó situaciones de gran bienestar con otras de casi miseria absoluta (vivir de prestado, en casas con ratas; espiada…), y sin embargo, su capacidad de adaptación fue increíblemente buena.

Tal vez algo de ello se deba a que no falta quien dice que tiene una especie “aura” especial (no en vano, siempre ha sido uno de los miembros mejor valorados de la Familia Real, incluso a pesar de ser considerada en ocasiones como fría, especialmente en contraposición a la campechanería del Rey; lo cual, sin embargo, no ha significado para ella una menor popularidad, y eso es una de las cosas más interesantes de su imagen social), e indendientemente de donde la acabe dejando la historia (casi seguro, en ese mismo lugar segundón); es probable que, quizás, a pocas mujeres se les pueda aplicar tan bien ese dicho de que “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”.

Pero sus contemporáneos siempre lo han tenido claro, su labor nunca ha pasado desapercibido, y el aprecio de la gente le ha sido manifestado una y otra vez.

Puede que ella nunca sea calificada como la protagonista (y probablemente tampoco lo querría) de los grandes hechos históricos de la reciente historia española, pero lo cierto es que siempre estuvo ahí, como el apoyo necesario, siempre con una actitud perfecta, profesional y sin tacha.

Nunca sabremos si doña Sofía hubiese sido una buena Reina titular, no estuvo en su destino, pero sí podemos afirmar con bastante seguridad que tenía buenas capacidades para serlo; por lo cual también es de admirar que supiera adaptarse tan bien al papel de consorte. Dicen que hay personas que nacen más para inspirar que para ser creadoras, quizás doña Sofía tiene esas dos cualidades y supo canalizarlas adecuadamente para triunfar en la vida.

En cualquier caso, desde luego, son muy de admirar su fortaleza, su coraje y valor para enfrentarse a las distintas adversidades que tuvo que pasar; pero también su capacidad de adaptación y su inteligencia (además de su muy conocida cultura -a la que siempre ha estado muy vinculada- y gusto por un permanente aprendizaje); aunque desde luego, también su pregonada profesionalidad, y capacidad para mantenerse en su sitio, siendo siempre consciente de su deber y responsabilidades, todo lo cual requiere una gran contención y dominio de uno mismo, lo cual siempre es loable, porque no todo el mundo puede conseguirlo.

 

Una princesa sin Reino

Si su augusto esposo procede de uno de los linajes más antiguos del mundo, no se queda atrás en sangre azul (aunque ella rechace ese término) doña Sofía de Grecia, que cuenta también en su árbol genealógico con algunas importantísimas figuras históricas de primer orden.

Sin embargo esto no le fue de gran utilidad cuando el Reino de Grecia fue invadido durante la segunda guerra mundial y la Familia Real tuvo que marcharse de su país. Así, llevaron una difícil vida de prestado en la que residieron en varios países de África, y en la que una gran pobreza y necesidad los acuciaba permanentemente.

Aunque doña Sofía haya declarado en alguna que otra ocasión que en el exilio no se aprende nada; ciertamente, a tan tierna edad algo así tiene que marcar (quizás ese es uno de los interesantes paralelismos -los cuales no faltan- entre la futura pareja -e incluso las familias-, que llevaron unas vidas sorprendentemente parecidas hasta unirse y llevar la misma).

 

“Mi fuerza es el amor de mi pueblo”

Con el final de la guerra, y tras una desastrosa y absolutamente fracasada segunda república, los griegos quieren, y piden democráticamente, la vuelta de sus Reyes. Se hace así realidad el lema de la monarquía griega, “mi fuerza es el amor de mi pueblo”.

Doña Sofía ocupaba así, de nuevo, publicamente el puesto que siempre le había correspondido, el de basilisa (Princesa en griego); y ello también implicaba una formación, por lo cual se trasladó a un internado alemán; es muy probable que gracias a esta cuidada formación la futura Reina de España adquiriera el dominio de tantas lenguas.

De nuevo en Grecia, comenzaría a demostrar a través de sus estudios rasgos de su personalidad que acabarían marcando su imagen pública y una buena parte de su futura vida institucional: el preocuparse por los demás, y el gusto por la cultura; todo ello gracias a su implicación en actividades de enfermería y sus estudios de arte. Como curiosidad adicional, comentar que llegó a participar incluso en unos juegos olímpicos con su hermano.

Las anteriores características mencionadas son también algunas de las más interesantes y que más me gustan de esta mujer, pues, y aunque los consortes de un jefe de estado necesariamente tienen que volcarse con causas sociales y culturales (pues las políticas se las hay que dejar al titular), lo cierto es que no parece que doña Sofía se tomara nunca esto como un deber, sino más como algo que hacía porque quería; buena prueba de ello es que a menudo asistió a seminarios y ha sido asidua espectadora del Teatro Real; sin mencionar que incluso ahora que es “Reina madre” no ha querido dejar de lado su actividad en las muchas fundaciones que preside, implicándose más allá de lo honorífico en muchos casos… buena prueba de ello también lo parece la cantidad de instituciones culturales que llevan hoy dia su nombre, comenzando por el primer museo de arte contemporáneo del país.

Así pues, su compromiso social y con la cultura no es algo hipócrita, una artimaña política o parte de un trabajo; sino algo que claramente desea hacer y disfrutar, y tener a alguien tan interesada, implicada y volcada en estos temas en un puesto tan alto del estado es magnífico.

 

Una Boda Real española en Grecia

El primer encuentro entre los futuros esposos, doña Sofía y don Juan Carlos, no es muy conocido. Fue durante un romántico crucero por las islas griegas de la realeza europea organizado por la Reina Federica, que fue toda una espectacular promoción turística. Sin embargo, los sentimientos amorosos no alcanzaron en ese momento a los futuros esposos; que estando en la borda, conversaban tranquilamente, así, doña Sofía comentó que estaba aprendiendo judo, a lo que don Juan Carlos respondió jocoso “eso no te servirá de mucho”, no bien lo había dicho, cuando doña Sofía le tendió la mano, y con una llave de judo, terminó por tumbar al Príncipe español en el suelo.

Habría que esperar unos años para que, en una boda, acabaran por empezar su romance. Pero la cosa no tenía ninguna buena pinta, sólo los novios parecían quererlo, y eso que ambos salían de anteriores relaciones complicadas. El primer obstáculo era la religión, España no admitiría otra cosa que el catolicismo, y la ortodoxa Grecia no podía permitir que su Princesa se hiciese católica; y además el contexto familiar, “los Barcelona” como llamaban a los Borbones españoles, no dejaban de ser una Familia Real no reinante y en el exilio, cuyas perspectivas de recuperación del trono eran cuanto menos inciertas, especialmente frente a la pujante y triunfante monarquía griega que había vuelto por petición popular (que gran ironía como acabarían cambiando las tornas el el futuro, y quién lo hubiera dicho); a nivel de relaciones internacionales tampoco la cosa estaba mejor, Franco afirmaba que cualquier chica española podría hacer mejor de Reina de España que cualquier princesa extranjera, y a aquel pretendiente-don nadie español tampoco parecía enloquecer a nadie en Grecia.

Pero el amor fue más fuerte, y los novios decidieron seguir y enfrentarse a todas las dificultades; finalmente, y con la complicidad de sus familias, pudieron ir allanando el camino, y así, con la ayuda de un siempre condescendiente Juan XXIII, alcanzaron una decisión salomónica: una doble boda.

Y así fue, en Atenas se celebró un espectacular ceremonial que incluyó dos bodas, la católica y la ortodoxa, y en el que ambas religiones compitieron en lujo, boato y espectacularidad. No faltaron españoles que acudieron, todos en el mismo crucero, para poder conocer y rendir pleitesía a la que sería su nueva Princesa, aunque oficialmente, el estado español se abstuvo mucho de darle demasiada importancia al tema y de mandar una representación muy significativa. Pero eso no deslució un día que fue probablemente uno de los más espectaculares de la historia de la antigua polis griega.

Estaba hecho, la constancia de los novios y su amor habían triunfado sobre una gran cantidad de dificultades que parecían insalvables, e iban a necesitar esas tan buenas y admirables cualidades para un futuro inmediato….

 

Cuando “no eramos nadie”

Tras una boda que se alcanzó después de montones de complicaciones diplomáticas, doña Sofía se comprometió claramente con su nuevo cargo, asumiéndolo plenamente, intención que dejó clara con la abjuración de su religión (llevada a cabo poco después de la boda, pero ya fuera de Grecia). De ahora en adelante pasaba a ser católica, pues España no admitiría otra cosa. Y Franco menos, bastantes trabas había puesto ya y bien claro había llegado a dejar que “el Príncipe nunca se casará con una Princesa griega” pues acusaba a su familia de masonería (otra de las grandes fobias del régimen), además del tema de la religión.

Pero si por algo destacaría doña Sofía desde el primer momento, fue por su habilidad para ganarse los afectos de todos, y por apoyar incondicionalmente a su marido; así, sería ella quien tendría claro que si había que residir en algún sitio era en España o en Grecia, pues al contrario de lo que pensaba su familia política, no tenía ningún sentido estar en Portugal donde no eran nadie.

Y aunque, como sabemos, la infancia de doña Sofía no fue fácil, ni de “princesita” (en el mal sentido del término), sí que sorprende como consiguió adaptarse a España en esos primeros años de matrimonio, después de haber llevado una buena vida en Grecia; y en los que su habilidad y su inteligencia fueron claves para sortear todo el aparato franquista y a la vez adaptarse a él. La que había sido Princesa de una democracia conoció a un dictador anciano al que según su propia mujer enamoró platónicamente; y resistió la vigilancia permanente del régimen, incluso en su propia casa; pasó de los aplausos y los “vivas” de su país natal, a una situación de incluso peligro… y sobre todo, se convirtió en el mejor apoyo del que se convertiría en don Juan Carlos I. Por ello, su fuerza, su coraje, su capacidad para ser todo un baluarte son cualidades muy dignas de admirar.

También su modestia, pues ella se refiría a esa época (como a otras de su vida) como los años en los que “aún no éramos nadie”; lo que no dejaba de entrever que había todo un trabajo por hacer, algo en lo que ella se empeñaría profundamente; lo que no deja de resultar también admirable, el como se decidió a ser totalmente española y la Reina de un lugar del que probablemente poco más conocería que pinceladas a lo largo de su vida y que en cualquier caso nunca constituiría una preocupación hasta su matrimonio; por ello, no deja de resultar fascinante el como esta mujer toma la decisión de ser Reina de España con todas sus consecuencias, y además lo consigue (no todas lo tuvieron fácil o fueron aceptadas, su antecesora Victoria Eugenia, sin ir más lejos).

Quizás en ello tuvo que ver la fuerza del amor, pero las situaciones complicadas suelen acabar con ese sentimiento (excepto en determinados casos, que lo refuerzan, tal vez, este fue el caso); pero fuera como fuera, doña Sofía parecía tener claro que España era su lugar y que ya nada debía moverla de allí.

Sea como sea, doña Sofía había hecho suyos los objetivos de su marido (al fin y al cabo, no había abandonado su país y a su familia para nada), y quizás veía la situación y la meta con más claridad que el propio Príncipe, al fin y al cabo, la situación emocional de este no era nada fácil, siempre en un tira y afloja con su familia, su deber, y su situación en España; sólo doña Sofía parecía estar ahí permanentemente a su lado, se convirtió en el apoyo clave que probablemente tanto necesitaba su marido.

 

Princesa “en” y “de” España

Y por supuesto, también cumplió con su labor dinástica, dando tres hijos que garantizaban la continuidad sucesoria, entre ellos un futuro Rey.

Debió por tanto ser muy importante cuando se consiguió que su marido fuera legalmente reconocido como sucesor… pero eso sólo era el principio del mucho trabajo que quedaba por hacer.

Diplomacia y prudencia, no perder en ningún momento el sentido, ni dejar escapar las pequeñas oportunidades que se presentaran, fueron las cosas que hubo que tener en cuenta hasta la muerte de Franco; no en vano, doña Sofía se enfrentaba con una peligrosa competencia para la corona de Reina: la propia nieta del dictador.

Si uno lo piensa, no deja de resultar curioso que, en el caso de doña Sofía, una mujer que en principio lo tendría que haber tenido todo; siempre tuvo que luchar, y muy duramente por todo lo que acabó obteniendo, tanto para ser Princesa como para ser Reina, nada le vino dado ni solo ni con facilidad.

 

Reina al fin

Con la Proclamación de su marido como Rey comienza una nueva etapa en la que su apoyo no será de menos importancia, pues la inestabilidad de un país sacudido por los extremismos y el terrorismo era algo difícil de llevar. Aunque sí ayudó el ver como finalmente su suegro renunciaba a sus derechos en favor de su hijo, legitimándolo definitivamente.

A pesar de todo, verá como el sueño de ambos se hace realidad con el definitivo desarme del regimen franquista; una constitución y una democracia incipiente… hasta que un intento de golpe de estado amenaza con acabar con todo. No pudo ser fácil para una monarca que había vivido lo mismo (aunque desde la lejanía) con su propia familia, la Real griega, que negándose a aceptar un golpe de estado militar, tuvo que abandonar su país definitivamente… ¿ahí iba a terminar todo?, ¿ese era el fin de tantos desvelos y esfuerzos?; aislados en la Zarzuela, bien fácilmente podrían entrar los militares a sangre y fuego en cualquier momento… ¿acabarían sus intentos y sueños democráticos en una simples buenas intenciones como en tantos otros países en los que se había intentado dirigirse a regimenes más liberales desde otros más autoritarios?. Pero su marido para el golpe, dice que no lo apoya y que está con la democracia, los golpistas deponen las armas… el Reino entero suspira de alivio.

A partir de ahí comienza un permanente ascenso: un gobierno socialista garantiza la alternancia de partidos (ya decía don Juan que no habría auténtica democracia en España hasta que hubiera un partido de izquierdas en el gobierno); se entra en la Comunidad económica europea….

La consolidación de la democracia lleva a que doña Sofía pueda volver a preocuparse de las cuestiones sociales y culturales que tanto le apasionaban y dejar más de lado los temas políticos; su implicación con organizaciones, fundaciones y todo tipo de entidades es sobradamente conocida, y no sólo honorífica o de nombre, hay auténtico interés. Y también en el exterior cumple magníficamente con su papel de consorte. Al fin y al cabo, el propio Rey don Juan Carlos I la valoró como toda una profesional.

Muy atenta también a la educación de sus hijos, ello ha dado como fruto, entre otras cosas, que don Felipe, ya desde antes de su ascensión al trono, fuera considerado como el heredero mejor preparado de Europa y de la historia de España.

 

Reina madre aunque sin ese título

Siempre se ha hablado de la ejemplaridad de doña Sofía, de su gran capacidad para estar en un adecuado segundo término… pero no ha debido estarlo tanto cuando nunca ha pasado desapercibida (de hecho, al igual que su marido, también ha recibido múltiples premios y reconocimientos).

Tradicionalmente, en todas las encuestas llevadas a cabo, doña Sofía siempre ha aparecido como una de las figuras más populares de la monarquía española. Pero dejando de lado una actualidad pasajera, y dirigiéndonos al legado histórico, lo cierto es que, tras la Abdicación Real y durante la Proclamación Real, se habló mucho (lógicamente) de su marido, pero nadie se olvidó de ella, y todo el mundo cantó sus alabanzas.

Cierto que ha habido alguna que otra polémica insustancial a lo largo de estos años (¿sobre que personaje público no las hay?), pero la realidad incuestionable es que doña Sofía ha contado con la admiración, respeto y cariño del pueblo español durante todo su reinado; tampoco le ha venido regalado, ha luchado mucho para obtenerlo y consiguió su recompensa.

Lo cierto es que, mirándola con perspectiva, y a pesar de ser “sólo” la consorte, es muy probable que su nombre quede para la historia, y que todos los libros de esta temática, cuando traten el reinado de su esposo, le dediquen al menos unas líneas.

Sea como sea, doña Sofía, aunque en la actualidad ha cedido el más alto puesto a su nuera, sigue viviendo implicada, aunque más discretamente, con todo lo que le importa.

Culta, refinada, con un aura especial, valiente, inteligente y constante, sigue luciendo todas esas cualidades que han hecho que haya decidido considerarla uno de mis “Grandes personajes”.

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4 respuestas a S.S.M.M. Don Juan Carlos I de Borbón y Doña Sofía de Grecia y Dinamarca, Reyes de España

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