Críticas exprés: El alcalde de Zalamea / La estrella de Sevilla / La sesión final de Freud

Me encanta el teatro clásico, me encanta. Especialmente el siglo de oro, disfruto muchísimo cuando me surge la oportunidad de ir a ver una de esas prodigiosas obras todas en verso de arriba abajo; de quedarme admirado con sus florituras en el lenguaje, con todos esos recursos poéticos… etc, para mí resulta absolutamente maravilloso.

Por eso, voy siempre que puedo, y me gusta apoyar a la Compañía nacional de teatro clásico, pues es quien principalmente quien se ocupa de mantener vivas ese tipo de obras (otra cosa es que luego me gusten todas sus producciones o montajes, que ya sabéis que no).

Pero me alegra mucho saber que no soy el único, puesto que en múltiples teatros (públicos y privados) se está apostando por este tipo de teatro, lo cual significa que al público le interesa… y eso me hace sumamente feliz.

Y a ver si aprendemos de nuestros clásicos que mucho tienen que enseñarnos, y el día en que lo aprendamos, será un día agridulce, puesto que estas obras habrán dejado de tener sentido, pero también significará que hemos aprendido la lección. Sí, por paradójico que pueda resultar, el día en que estas grandes obras del pasado se queden desfasadas, ese día, será un gran día.

“Volvemos a casa”, eso es lo que dicen y repiten todos los integrantes de la Compañía nacional de teatro clásico (o CNTC), y ciertamente ha sido un largo periplo, más de diez años de espera, con el Teatro de la comedia cerrado….

Sin duda alguna ha sido uno de los grandes acontecimientos de la temporada teatral (por no decir el gran acontecimiento, y si me apuras, ya no sólo de la teatral, sino de la cultural en general), la reapertura del Teatro de la comedia, después de tanto tiempo cerrado, durante una restauración tan larga… etc; y es que todos queríamos y queremos saber como había quedado, y muy en parte por eso, las localidades se están agotando con facilidad en el reestrenado teatro.

De hecho, no deja de ser sorprendente como se han reservado hasta el estreno… ni siquiera todos los grandes eventos aperturistas de octubre han conseguido que el recuperado teatro de la CNTC se prestara a abrir sus puertas ni un segundo antes del estreno de su primera producción de la temporada (al contrario que en otros casos ya comentados como este o este).

Pero que el entusiasmo por lo nuevo no nos haga olvidar aquel otro coliseo que nos acogió tantas veces y al que también acabamos por cogerle cariño: el teatro Pavón. La realidad es que su futuro es cuanto menos incierto, el INAEM (institución que gestiona los teatros públicos estatales) no se ha pronunciado, y sus propietarios (es de titularidad privada) no dejan de expresar su nerviosismo al respecto, y que no se esté negociando ya una renovación del contrato… proponen por supuesto, diversas posibilidades de uso para el lugar: ensayos, sede de la Joven compañía de teatro clásico… etc; pero nadie sabe aún que va a pasar con el teatro que revitalizó esa tan tradicionalmente castiza como deprimida zona del barrio de La latina. Los propietarios, que son del mundo artístico, tienen en cualquier caso clarísimo que quieren que el lugar siga siendo un teatro.

Seamos realistas, lo único salvable y bonito de verdad del Teatro Pavón es el exterior de principios de siglo, pues realmente todo el interior es moderno (aunque sus butacas con nombres de las personas que donaron dinero son fascinantes) y no tiene gran cosa; pero hay que reconocer que, lo dicho, se le cogió cariño y esperemos que no se lo deje de lado y que vuelva a encontrar su lugar dentro de la temporada teatral madrileña. A mí personalmente, me gustaría volver algún día, ¡tengo tantos buenos recuerdos de allí!.

Y dicho esto, volvemos a hablar del Teatro de la comedia, cuya reapertura ha sido absolutamente triunfal, parece todo nuevo (y hablando de novedades, hasta se ha cambiado la página web de la Compañía; aunque no sabría decir si para mejor, por una parte es más estética, pero por otra, encontrar informaciones básicas como horas de la función, duración de esta… etc resulta una misión imposible y pesada… la verdad es que deberían de mirarlo y tratar de combinar funcionalidad y belleza), casi como si se reabriera por primera vez; y es que la restauración ha dejado un teatro que brilla, deslumbra.

Por supuesto, es un sitio que merece la pena ir ya sólo por la belleza de su sala principal (desgraciadamente no hay más: ni salones, ni salas de paso… nada de nada; parece que el liderazgo de eso lo tendrá siempre el Real) al menos una vez. Ciertamente es de principios del siglo XX, debido al incendio, pero su estilo neomudéjar es realmente fascinante, aunque no acabo yo de estar seguro de que le vaya bien al tipo de teatro que se representa, donde ese estilo ya no estaba de moda…. Sea como sea, el lugar tiene mucho encanto, y no hay que perderse, muy especialmente, la pintura del techo, con alegorías de la fama y de la victoria.

Lo peor quizás son las butacas, no porque estén mal numeradas, que está bien (y además los acomodadores te conducen), sino porque, excepto en la platea, son simples sillas, que no van nada acordes con el resto de la imagen del teatro.

Se dice además, que próximamente se van a hacer visitas guiadas (de modo que ya no será necesario acudir a la función para ver el interior del lugar… pero ello tiene tanto encanto, ¿cómo renunciar a ese placer?), algo que me parece muy lógico, y no es para menos, pues en todos los teatros públicos con un mínimo de relevancia hace tiempo que se hace (o se ha hecho).

Y esperemos que sea así, puesto que la gestión de Helena Pimenta al frente de la Compañía nacional de teatro clásico… bueno, digamos que yo calificaría el resultado de, cuanto menos, irregular, con muchos baches y altibajos; como ahora comentaré.

En cuanto a la programación, por una parte propone buenos títulos, y sabe alternar lo conocido con lo que no lo es tanto; destaca sus producciones con actores famosos (que es tan singular como verlos en un musical… siempre te preguntas como se desenvolverán)… pero también permite algunos montajes espantosos; y unos directores de escena con unas visiones artísticas que horrorizan al espectador… lo dicho, quizás cuando termine su mandato, haya que poner en una balanza lo bueno y lo malo de todo lo que se produjo, porque hay mucho que mirar.

Y desgraciadamente poco más que eso se puede valorar, pues, a pesar del descarado autobombo que da el programa de la temporada (con textos escritos por ella misma dedicados a autoensalzar su gestión y a intentar justificarse; sin mencionar que su nombre está por doquier, por increíble que resulte, en casi un 70% de las páginas del programa -sí, yo también me pregunto como es posible tanto y tan descarado narcisismo- lo que te hace preguntarte si hay algo que no haya hecho Pimenta, -¡es como Denis Rafter en aquella obra!-), lo cierto es que la CNTC no hace mucho más que teatro, y al contrario que otras instituciones, no ha tendido puentes, no ha llevado su actividad cultural más lejos… etc; dicho de otro modo, no hace nada que no haría la iniciativa privada, y sobradamente hemos hablado en este blog de la mucha necesidad que tiene el teatro público de diferenciarse del que no lo es.

En cuanto a la publicidad, una simple foto del montaje, parece más que insuficiente para atraer público… hay que mejorar muchísimo en ese aspecto.

Tampoco se han enriquecido en esta temporada los programas, que siguen teniendo poco más que una información básica y notas del director; lo que es muy pobre. Eso sí, he de alabar, y mucho, que hayan publicado un folleto (no demasiado completo pero al menos es bonito, y algo es algo) sobre el Teatro de la comedia, su historia y restauración que tanto interés ha despertado (que además se reparte con el programa), ¡eso sí que ha sido una gran iniciativa!.

La atención al público, por suerte, no ha disminuido en calidad; a la hora de conseguir las entradas, hay una gran amabilidad, e incluso siendo difícil, te buscan sitio. También los acomodadores son muy atentos y cumplen muy bien su función (aunque deberían de haberlos documentado algo más sobre el teatro, que no faltó quien les preguntara y no supieron resolver las dudas).

Comentado todo esto, vamos allá con la crítica.

-El alcalde de Zalamea: cada vez me horroriza más Helena Pimenta, no me gusta como directora de escena (y ya he comentado arriba que como directora de la CNTC, también considero que deja que desear), pero me trago sus montajes porque, llego al principio de la temporada teatral ansioso de teatro clásico, y claro, allá voy… y a veces acabo considerando que es mejor cerrar los ojos, y concentrarse en la belleza de los versos….

Y encima me parece una mujer tan desmesuradamente megalómana y narcisista (ya he comentado arriba algunos detalles, y aquí otros cuantos que justifican mi opinión)… pues, una vez más, al igual que el año pasado, decide que su montaje (al contrario que el resto de los de la temporada, que apenas duran un mes) debe permanecer en cartel tres meses, así, porque yo lo valgo, como decía el anuncio de L’Oréal.

Desgraciadamente ella debe de ser la única que lo piensa, porque el resultado, una vez más, deja mucho que desear.

El conjunto tiene las características habituales de toda producción llevada por Pimenta, con todo lo bueno (muy poco) y lo malo (mucho) que tiene eso, y que se pueden analizar siempre bajo una misma plantilla (lo cual demuestra el nulo talento de esta directora, que es incapaz de evolucionar, de ofrecer algún tipo de visión artística novedosa o salirse de lo que ya ha hecho mil veces): sobreactuaciones desmesuradas, exageradas y en ningún caso medidas (a pesar de sus declaraciones de querer quitar “solemnidad” al teatro clásico, una cosa es eso… y otra el desmadre y las interpretaciones inverosímiles); reparto compuesto por algunos famosos, aunque, por lo general, resultado de una pésima dirección de casting que elige a las personas menos adecuadas para los papeles menos apropiados (¿Rafa Castejón y Nuria Gallardo los mancebos vástagos de Carmelo Gómez?, ¡venga, no me jodas!… si da mucha risa; y la culpa no la tienen sólo los que lo han propuesto y permitido, sino los propios actores –y Castejón no es la primera vez que tiene esos delirios de imberbe juventud en esta misma compañía-, que ya hay que tener valor para salir a las tablas a defender eso); dirección artística poco grata a la vista, extraña y desfasada, acompañada de un vestuario por lo general inapropiado, fuera de lugar o anacrónico en el mejor de los casos; falta de dinamismo en la dirección y lentitud, muy en parte debido a una escasa coherencia y falta de imaginación; uso de la música, algo en principio muy positivo, pero al final este recurso siempre se lleva a cabo de forma decepcionante (utilizando micrófonos, por ejemplo, ¿qué pasa?, ¿de verdad la cantante es incapaz de llenar con su voz el teatro?, ¡pues que contraten a otra!, ¡anda que no hay gente con capacidades!).

Y además, a esta producción se le unen varios fallos técnicos, especialmente en el sonido, con los altavoces.

En cuanto al texto, está bien, no nos cuenta ninguna historia del otro mundo ni que no hallamos visto mil veces en todo tipo de formatos, géneros y demás; pero no deja de ser Calderón de la Barca, y eso siempre resulta agradable. Y la verdad, esta versión de Álvaro Tato disminuye su fuerza en mi opinión.

En realidad, lo más extraordinario de este montaje, es sin duda alguna Carmelo Gómez, y hay que reconocerlo, por él merece la pena ir a verlo (en uno de esos escasos casos en los que un actor salva casi él solo un montaje). Y es que Gómez se eleva por encima de todo el reparto, y de todo lo que está mal (que como ya se ha descrito, es mucho) ofreciendo una magnífica, brillantísima interpretación (con razón el encabeza toda la cartelería y publicidad de la obra), que no se basa en hacer grande a su personaje, sino, en todo lo contrario, y por eso triunfa: en la humildad.

Bien es cierto que hemos visto a Carmelo Gómez en cine y televisión, en múltiples formatos, y siempre ha demostrado una gran naturalidad sobrecogedora y gran verosimilitud, pero una cosa es hacer eso con un guión actual (aunque depende del guión, que ya sabemos que hay algunos…) y otra cosa es hacerlo con versos de hace siglos y con un lenguaje bastante intrincado, conseguir darle vida de verdad a eso, lograr que todas y cada una de tus frases suenen espontáneas, como si realmente las estuvieses diciendo de verdad, como si realmente tuvieses a una persona de la época hablando para ti… eso está al alcance de muy pocos, sólo unos escasos gigantes de la interpretación pueden conseguirlo, y está claro que Gómez se ha consolidado en esta producción como uno de ellos.

Puede que tenga que ver con su pasado campesino en León, tal vez con sus inicios en el teatro clásico… da igual, como ha conseguido alcanzar tal verdad en escena es irrelevante, lo único cierto es que obtiene un triunfo absoluto; lo único verdadero es que no ves a un personaje, sino a una persona real; lo auténtico es que la naturalidad, la franqueza con la que dice cada una de sus frases suena totalmente real, no es nada artificial ni suena adulterado… y ya es difícil con teatro clásico y más con Calderón de la Barca.

En definitiva, Gómez ofrece la que sin duda será recordada como una de las mejores interpretaciones de su, ya de por sí, importante carrera.

Concluyendo, ¿merece la pena?, pues a pesar de sus muchísimos defectos, “El alcalde de Zalamea” nos descubre una de las mejores interpretaciones, la mencionada de Carmelo Gómez, de teatro clásico que se ha visto en mucho tiempo, con lo que, aunque sólo sea por eso, y por ver como ha quedado el Teatro de la comedia; he de recomendarla, con reservas, pero recomendarla.

Como ya he hablado recientemente del Teatro Fernán Gómez (aunque me haya centrado en su sala pequeña; pero las cosas relacionadas con el personal, programa de mano… etc, son lo mismo), no abordaré más el asunto por esa parte.

Pero sí quiero hablar del lugar donde se representa la obra de la que haré la crítica, que es la sala grande, o Sala Guirau; un lugar realmente interesante de visitar al menos una vez. ¿Por qué?, bueno, en una primera impresión no parece un teatro, sino una sala de cine, y un cine Imax además; con una especie de escenario panorámico e inmenso como pocas veces se ve, para que se entienda, es como si pasáramos del formato televisivo del 4:3 al cinemascope… algo interesantísimo y espectacular, o al menos lo sería si los directores de escena le sacaran el debido partido (en el caso de esta obra no fue así). Y por si esta impresión fuera poca, las butacas, dispuestas también de un modo muy poco tradicional a nivel teatral y totalmente acolchadas (y ligeramente inclinadas), crean una sensación cinematográfica absoluta, realmente da la impresión de que acudes a una proyección de un filme… lo dicho, es un lugar que hay que experimentar alguna vez por lo menos, por lo curioso del lugar.

Eso sí, he de señalar un gran defecto, a nivel de iluminación, y es que no deberían de usar los focos que están justo encima de las butacas, que, evidentemente, han sido muy mal colocados, pues iluminan las primeras filas y parece que las conviertan en una especie de extensión del escenario, de modo que no sabes si va a pasar algo en la primera y segunda fila o qué… es realmente absurdo (quizás es un problema arquitectónico, el escenario debería de haber sido más amplio y lo han reducido para que haya más butacas… en todo caso, la iluminación es tan confusa como espantosa).

Antes de meterme en la crítica, comentar que esta ya no llega a tiempo mientras dura la estancia de esta producción en este teatro, pero, quien sabe, siempre puede salir de gira e ir a otros teatros, con lo cual, no me preocupa.

-La estrella de Sevilla: Yo creo que si hubiera que elegir al dramaturgo más popular del siglo de oro, o al que más gusta al público de hoy, estoy convencido de que Lope de Vega ganaría sin mayor problema; algo que sigue en nuestros días tan vigente como en su época. Ello puede deberse al interés de sus historias; a la claridad de estas; al usar un lenguaje sencillo… etc; el caso es que el fénix de los ingenios, sigue teniendo tanta fuerza como tuvo en origen, y en él se hace cierto el dicho de que “el que tuvo, retuvo”.

Y es que el texto es tan maravilloso como fascinante (aunque la versión de Alfonso Zurro hace que se sufra cierta simplificación y alguna que otra incoherencia, Lope de Vega, sigue saliendo triunfante, a pesar de los tejemanejes que se hacen con su original) y cuenta una historia que te engancha desde el principio hasta el fin; ciertamente nos habla de Sancho el Bravo; pero no faltan historiadores que recuerden que por esa misma época Felipe IV visitaba Sevilla y que tal vez se le esté aludiendo y advirtiendo…  Yo personalmente, ya que nos metemos en posibles inspiraciones históricas, analizando el cariz de la temática, por el desarrollo de la trama y los personajes que intervienen en ella, no me deja de recordar al oscuro asunto de Antonio Pérez durante el reinado de Felipe II; y desde luego también, a una leyenda muy parecida de Sevilla con Pedro I el cruel (aunque el personaje histórico tiránico cambia según la versión y la época) y una doncella del lugar como protagonistas… quien sabe, tal vez sea una de esas historias tan viejas como el tiempo que, simplemente, Lope de Vega llevó a las tablas de los corrales de comedias.

Sea como sea, la obra original es genial, interesante, bien medida, contada y magníficamente llevada… lamentablemente, ahí se acaban las alabanzas que puedo dar a esta producción (y desgraciadamente no es algo intrínseco de ella, pero sí que animo a cualquiera que sepa que hay un montaje de “La estrella de Sevilla” a que acuda a verla), la buena elección de un texto.

Porque a partir de ahí todo es más bien malo, empezando por la mediocre dirección, obsesionada con que los actores anden moviendo el atrezzo de aquí para allá, montándolo, desmontándolo y simulándolo; sin mencionar lo de que se queden parados mirando la escena con caras de “voy a asesinar a alguien”. En definitiva, Alfonso Zurro sin dinamismo y con una pésima dirección de actores; consigue un resultado final muy malo.

Y ya no mencionemos la estética horrorosa, que a saber qué época pretende evocar, todas y ninguna al parecer… da la impresión de que no sabían que hacer o no tenían dinero para ello; sea como sea, la visión del montaje no resulta nada grata, ni atractiva, a nivel visual.

En lo que respecta a los actores, emprenden un concurso de sobreactuaciones en el que el director les deja rienda suelta para que hagan el ridículo a su gusto (por alguna extraña razón, hay demasiados directores convencidos de que el clásico si no se hace de forma exagerada, no llega al público, o este se aburre… o Dios sabe que pasa por sus cabezas de “artistos”)… logrando que los momentos que deberían de ser los más álgidamente trágicos, resulten, finalmente, los más descacharrantemente cómicos (el monólogo final de Rebeca Torres, a todo trapo, dándolo todo, no se puede perder, me dolía el estómago de tanto reprimir las carcajadas); yo tenía que contener la risa…. Eso ya sin mencionar a un reparto masculino más bien afeminado, muy especialmente Pablo Gómez-Pando y Jose Luis Verguizas, que aunque en el original de Lope de Vega se supone que van a ser cuñados, y acaba habiendo una muerte, en la escena en la que uno de ellos expira, parece que va a haber una declaración de amor eterno, y que se van a besar (es más, según el subtexto que transmite esta producción, no me extrañaría nada de nada que uno de ellos buscara la muerte por haber perdido a su amor gay del siglo de oro…).

En definitiva, sólo se salva el texto (que como ya digo, merece mucho la pena, y por él llega a valer bastante la pena sufrir el resto), porque lo demás de la producción deja mucho, pero que mucho que desear… esperemos que el Teatro clásico de Sevilla tenga otras cosas inmensamente mejores que ofrecer, porque para traernos “artistadas”, de eso, en Madrid, como bien se sabe aquí en Universo de A, vamos más que sobrados, no necesitamos que nos vengan también de Andalucía (¡hasta ahí podíamos llegar!).

-La sesión final de Freud: tras su paso triunfal por la sala pequeña del Español hace no demasiados meses, parece que todos aquellos que no consiguieron entrada, podrán disfrutar ahora en el teatro privado de nuevas funciones. Muy recomendable, como ya referencio en la crítica que publiqué en su momento.

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5 respuestas a Críticas exprés: El alcalde de Zalamea / La estrella de Sevilla / La sesión final de Freud

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