Lady, be good! / Luna de miel en el Cairo

Doble programa, doble triunfo… un viaje en el tiempo en una velada absolutamente sublime

Sinopsis y ficha técnica

Lady, be good!
Musical en dos actos de Guy Bolton y Fred Thompson con letra de Ira Gershwin
Música de GEORGE GERSHWIN
Estrenado en el Liberty Theatre de Broadway, Nueva York, el 1 de diciembre de 1924
Luna de miel en El Cairo
Opereta en dos actos de José Muñoz Román
Música de FRANCISCO ALONSO
Estrenada en el Teatro Martín de Madrid, el 6 de febrero de 1943

Nueva producción del Teatro de la Zarzuela

Un programa doble que nos permitirá viajar de Nueva York a Madrid con el sabor ligero de la comedia musical. En la primera parte se estrena en España la comedia Lady, be good!, de los hermanos Gershwin, y en la segunda se pone en escena la revista Luna de miel en El Cairo, del maestro Francisco Alonso. En la obra estadounidense, tan del gusto de Broadway de los años veinte, disfrutaremos de las músicas de George y las letras de Ira en números tan conocidos como “Fascinating Rhythm”, “So Am I”, “Soon” o “The Man I Love”. Y en la obra española, estrenada en los primeros cuarenta, podremos reconocer cómo la mirada del maestro granadino se dirige a esos mismos escenarios norteamericanos para componer números como “Llévame a una boîte que esté de moda”, “Tus ojos brujos me cautivaron” o “Aquella noche en El Cairo”. Era la nueva propuesta de la revista española una vez anulada, por las circunstacias políticas, la tradición inmediatamente anterior de espectáculos llenos de alusiones eróticas y dobles sentidos. Este programa doble contará con Emilio Sagi en la dirección de escena y Kevin Farrell como responsable musical

FECHAS Y HORARIOS

31 de enero; 1, 4, 5, 6, 7, 8, 11, 12, 13, 14 y 15 de febrero de 2015
19:00 horas (domingos, a las 18:00 horas)
Funciones de abono 31 de enero; 5, 6, 7, 8, 11 y 12 de febrero

FICHA ARTÍSTICA

Dirección musical: Kevin Farrell
Dirección de escena: Emilio Sagi
Escenografía: Daniel Bianco
Vestuario: Jesús Ruiz
Lady, be good! (reparto) Nicholas Garret, Jeni Bern, Gurutze Beitia, Troy Cook, Sebastiá Peris, Letitia Singleton, Carl Danielsen, Paris Martin, Talía del Val, Manel Estéve, Sergio Herrero…
Luna de miel en El Cairo (reparto) David Menéndez, Enrique Viana, Manel Estéve, Eduardo Carranza, Mariola Cantarero, Ruth Iniesta, María José Suárez
Orquesta de la Comunidad de Madrid – Titular del Teatro de la Zarzuela
Coro del Teatro de la Zarzuela / Director: Antonio Fauró

……………………………………………

 

Dado que se trata de un programa doble con dos obras diferentes, hablaré de ellas por separado, una por una.

Decir que el director de escena es Emilio Sagi, y aunque en esta ocasión me encantó su labor, por fin comprendí porque no me acababa de entusiasmar normalmente (pues ya había debatido anteriormente conmigo mismo sobre ese tema, como bien sabéis los seguidores del blog); la razón de esto, es asombrosamente simple, y es que en el fondo sus soluciones de dirección son muy poco originales, no demasiado creativas. Académicas, clásicas y apropiadas; indudabilísimamente, ese es sin duda alguna su gran refugio y lo que disimula su talento menor, pero nunca originales, y vamos a entendernos todos, no hace falta ser rompedor para ser novedoso, son cosas muy distintas. Ahora por fin entiendo porque Sagi siempre me ha dado la impresión de que no terminaba de funcionar (y no es un caso único, bajo la segura capa de lo clásico ya he descubierto a más de una persona poco talentosa, aunque es cierto que resultan más fáciles de disimular que los vanguardistas).

Y ya que hablamos de la dirección de escena, comentar que, si no estoy mal documentado, el musical americano es el más nuevo del doble programa, puesto que “Luna de miel en el Cairo” ya había sido montada anteriormente de la misma manera por Sagi; lo cual, he de decirlo, se nota, pues mientras que la revista española tiene un acabado perfecto, a “Lady, be good!” sí se le notan las costuras (en múltiples aspectos de los que ya hablaremos en las críticas concretas).

En cuanto a las cuestiones del teatro, continuamos con los programas pésimos, además de sin introducciones musicales o conferencias previas a la función (que sólo hubo hace varias temporadas, ¿por qué no las recuperan?), vamos, un desastre. Aunque sí se mantiene esa, ya tradicional, maravillosa exposición en el ambigú del teatro, que nos ilustra más sobre lo que vemos en el escenario; siempre excelentes e interesantísimas, con buena información e incluso objetos interesantes, son un imprescindible de este teatro y su mejor baza informativa y educativa; todo un acierto que nunca me cansaré de alabar.

Tampoco puedo dejar de hablar muy bien del personal del teatro que, salvo alguna excepción (un tipo desagradable del primer piso a la derecha), es sumamente agradable y familiar. Contrariamente a otros teatros, se trata de gente madura que lleva allí mucho tiempo (algunos casi toda la vida si te descuidas), y de hecho, reconocen a los habituales y los saludan con afecto. Lo mismo se puede decir de los taquilleros. En muchos aspectos, ir al teatro de la Zarzuela frente a ir a otros lugares como este, sería como comparar ir al ultramarinos de al lado de casa, el de toda la vida, con la respetable señora para quien tu nombre no es sólo una palabra más; frente a ir a un centro comercial, lleno de plantas, departamentos, y empleados uniformados. La atención en el Teatro de la zarzuela es así más personal, más agradable, menos distante, no es una falsa corrección y una apropiada educación, es una amabilidad real, no sólo pura fórmula y cortesía, y ello, he de reconocer que es algo que siempre me ha encantado de este lugar.

No puedo decir lo mismo de ese mal vicio de subtitularlo todo en inglés excepto las canciones (que también aparecen en español), no a todos los actores se les entiende siempre perfectamente… aunque la verdad, el sistema de subtitulado de este teatro es muy desastroso en general (sólo una pantalla arriba del todo, en el Real hace mucho que solucionaron eso).

Y no quiero dejar de comentar que parece que los Gershwin están en boga en Madrid, ¡y además formando parte de la programación de los teatros más serios y respetabilísimos de la capital!, pues además de estas representaciones que podemos ver en el de la Zarzuela, también el Real tendrá a los compositores americanos como culminación de su temporada (en sustitución del estreno que se ha retrasado a la temporada siguiente).

Pero dejando de lado este tema y volviendo a la maravillosa función que vi, quiero hacer un comentario general sobre ambas obras que forman la representación que se nos ofrece, sobre este glorioso doble programa del Teatro de la zarzuela (que nos ha compensado de los sinsabores que hemos sufrido a principios de esta temporada, como con “Carmen” o “Los diamantes de la corona”), pues es algo maravilloso. Y es que el resultado final es tan genial, tan absolutamente brillante, que es toda una máquina del tiempo, una soberbia creación que nos hace viajar al siglo XX mediante un musical y una revista. Lo dicho, esto no es un espectáculo, es un viaje al pasado, pero viviéndolo al máximo, como si fuera el presente.

Olvidaos de otros musicales, ya estén en la Gran Vía o en cualquier otro teatro carísimo; el reflejo de Broadway, y de los mejores tiempos de la revista española tienen su sede total e inamovible (al menos mientras duren las representaciones, que, en absoluta justicia, deberían prorrogarse) en el teatro de la Zarzuela, brillando como nunca y haciéndonos retroceder décadas en una magnífica experiencia con la que conseguiremos evocar a la perfección las mejores épocas doradas del género musical, tanto americano como español.

Y es que una de las cosas más fascinantes y evocadoras de este doble programa es el descubrir la influencia de una música sobre otra, y el cómo fueron llegando desde EEUU los gustos a España, donde se reinterpretaron en clave nacional, creando un estilo propio (ya se sabe, “Spain is different”); y así, es como descubrimos, con auténtico embeleso, todo lo que tienen en común (que es mucho más de lo que pudiera parecer en un principio) y en que se diferencian el musical estadounidense y al español; cuestión especialmente interesante, sobre todo porque ambas obras se llevan entre sí, al menos, veinte años; lo cual no deja de recordarnos como era la vida antes de que llegaramos a esta era de la información en la que todo es inmediato y en la que la globalización es un hecho considerablemente consolidado. Por ello, es especialmente increíble descubrir como, un doble programa con dos obras que aparentemente no pegan ni con cola, sorprendentemente, y contra todo pronóstico acaban siendo una conjunción ideal, simplemente perfecta. No hay duda de que quien lo programó sabía muy bien lo que hacía, y lo hizo con gran conocimiento y experta mano.

Realmente, pocas veces he sentido un viaje en el tiempo tan brutal en el medio teatral, como si realmente hubiera abandonado el mundo del que formo parte y hubiera viajado a otra época, real o irreal, verdad o ideal; pero no hay duda de que lo consiguen, y ese es otro de los valores excepcionales de este espectáculo.

Ya desde la entrada, y siguiendo una magnífica y muy alabable tradición en este lugar de ambientar el teatro acorde a lo que se representa (y algunas veces incluso se ofrecen animaciones previas, otra idea sublime de este teatro, que desgraciadamente no se repite tanto como debería), nos dejamos seducir por el dorado de figuras bailantes que adornan todo el vestíbulo y los primeros pisos… no hay duda, hemos viajado a una época de brillante frivolidad, de despreocupación y felicidad que sólo el musical puede ofrecer… la ambientación nos ha introducido en ese mundo, los problemas se han quedado fuera, ya nada podrá impedir que seamos felices, porque se respira el triunfo de la alegría… pero sólo es el aroma, habrá que esperar a que empiece la representación para degustarlo de la forma más maravillosa.

En definitiva, si se quiere ver dos grandes musicales (¡al precio de uno!), sólo hay una opción, y es este absoluto imprescindible de la cartelera teatral que es este doble programa de “Lady, be good” y “Luna de miel en el Cairo”, esta soberbia máquina del tiempo que nos transportará totalmente a otra época y otras vidas, donde la dicha y la fortuna no son estados pasajeros. Y es que esto es más que un espectáculo… es un estado de ánimo… es toda una experiencia.

En fin, ¡comenzamos con las críticas por separado! (en las que inevitablemente hablaré de los pequeños defectos, que en ningún caso deben empañar el glorioso resultado final, que como ya he dicho, es absolutamente sublime):

 

LADY, BE GOOD!

Comentario previo

En primer lugar, comentar que este espectáculo es en versión original, de modo que, desde la primera hasta la última palabra hablada o cantada es en inglés. Ello es una pena, pues no se sigue esa tradición tan española de traducir los musicales (aunque en sus tiempos, eso también se hacía con otros géneros, como tuvimos la posibilidad de redescubrir al principio de la temporada), quizás porque de ese modo siempre se le da un aire más culto y respetable.

Y no es para menos, hay que justificar que en un teatro público se programe algo que, en principio, suena a una propuesta demasiado comercial como es un musical (ya el teatro Español se encontró con la necesidad de “justificarlo” en esta o esta otra ocasión, y siempre fue con Sondheim, al que no calificaría como el más comercial o accesible de los compositores del género) y más cuando encima estamos hablando de un teatro que, en teoría, se debería de dedicar en exclusiva al género lírico español.

Con sinceridad, yo creo en el teatro público y en su función de protección de las artes (especialmente las que podrían peligrar más fácilmente de depender de la iniciativa privada, como el género lírico; y que no serían suficientemente investigadas y revisadas de no ser por el afán público, en principio menos interesado en amortizar una inversión económica), por tanto, veo realmente necesaria la existencia del teatro de la Zarzuela para asegurarse de que esté genero siga en vigencia (aunque no se pueda decir que goce de buena salud, puesto que, al contrario que el Real, que encarga nuevas óperas, el de la Zarzuela nunca lo ha hecho, perdiendo la posibilidad de revivir un género tan necesitado de ello) y no desaparezca o se anquilose en las cuatro obras conocidas.

Por ello, me parece realmente importante que se apueste continuamente por el género, y creo que no se debería salir de esa línea; independientemente de que haya disfrutado muchísimo con “Lady, be good”, quizás no es la programación adecuada para este teatro (“Luna de miel en el Cairo” es algo distinto, pues si bien no es ni zarzuela, ni opereta -por más que en el programa lo pretendan, me explico abajo-, la revista española también es un género muy necesario a recuperar y reinvidicar); aunque no se puede decir que esto sea una excepción, pues en todas las temporadas se mete una o varias operetas u óperas que se escapan totalmente de la función y los objetivos primordiales de este teatro.

Quizás ello se deba a lo inapropiado de que la máxima responsabilidad de la gestión del teatro la ocupe un italiano que, francamente, por muchos conocimientos de zarzuela que tenga (y por sus declaraciones, demuestran no ser muchos), nunca podrá entender su idiosincrasia en toda su extensión.

Hablando de extranjeros, todo el reparto de esta primera parte del doble programa está formado por ellos (más el director musical); no sé como se lo estarán tomando los españoles, y más tratándose del teatro de la Zarzuela… no deja de ser una invasión un tanto insultante. Sin mencionar que da la impresión de ser un dispendio un poco absurdo y excesivo, pues frecuentemente, en los dobles programas, se utiliza a los mismos actores en diferentes papeles… ¡y en este caso nada más y nada menos que dos repartos casi completamente diferentes!, lo cual no deja de dar la impresión de ser un aparente despilfarro un tanto escandaloso.

En cualquier caso, y dejando de lado el tema nacional y lo apropiado que es o no programar o permitir intromisiones foráneas en un teatro público de un carácter tan patrio; sí que me interesa reflexionar sobre el género musical.

Hace ya mucho tiempo que en EEUU consideran a diversos compositores de musicales (los Gershwin, Cole Porter…) auténticas figuras de su historia, y quiero que se entienda bien lo que digo, los ponen a la altura de nuestros europeos Mozart o Beethoven; cierto que quizás alguien pueda criticar esto (tenemos una educación muy eurocéntrica); pero lo cierto es que el musical, pese a que no se ha anquilosado, siempre ha sabido reinventarse, y en la actualidad goza de una especial y excelente salud (por lo general, el arte empieza a ser protegido por las instancias oficiales cuando está desaparecido o en peligro de hacerlo,  nunca cuando resulta rentable, algo lógico, pues entonces siempre encontrará críticos) por lo que sigue totalmente vivo; y aún con esto, ya ha dejado un rastro en la historia, ha creado mitos y, como digo, aunque hay novedades, lo cierto es que ya no faltan obras que no suenan tan “actuales”, de modo que pueden pasar a formar parte del patrimonio protegido por las instituciones.

Es lógico que esto pase en EEUU, es su historia al fin y al cabo, y muy probablemente uno de los hechos más importantes y relevantes de su recorrido artístico nacional (incluso, probablemente, su más grande aportación a la humanidad, hasta el punto de que han logrado hacernos creer que el musical es un invento suyo); pero de ahí que consigan que el resto del mundo lo vea así también… y más la vieja Europa, hay mucho trecho.

Sin embargo, es evidente que se ha logrado, como ya comentaba arriba, este año, en dos teatros públicos habrá obras de los hermanos Gershwin, y pocas cosas simbolizan más la consolidación y la “museización” de una obra como esto. Ser programado por lo público suele implicar haber alcanzado un status, una cierta incuestionabilidad de calidad.

Y no hay duda, George e Ira Gershwin ya no son simples “compositores de musicales” (algo dicho en ocasiones de forma despectiva, como si se tratara de un género menor), pues han sido reconocidos como una parte importante de la historia de la música, incluso fuera de su país, y el que sean representados en el teatro de la Zarzuela es la mejor muestra de ello.

Y así, se demuestra también que está claro que el género musical ha conseguido elevarse definitivamente a eso que se suele llamar “alta cultura”, e incluso formar parte de la “música culta” (habitualmente, mal llamada, de forma genérica, “clásica”); ya no estamos ante un divertido entretenimiento, sino ante algo icónico, con el halo de las grandes obras maestras intocables, a eso se ha alzado definitivamente el género musical.

 

Crítica

Las personas de más edad (o más cinéfilas) seguramente tendrán en su cabeza muchísimas melodías de los Gershwin y sin duda formarán parte de los recuerdos más felices de su vida… no es para menos, grandísimos musicales cinematográficos de Hollywood se basaron en sus espléndidas creaciones, y así muchos tuvieron la oportunidad de descubrirlos fuera de su tiempo, y dejarse cautivar por su genialidad.

Y aunque no faltan ejemplos posteriores que embelesan a muchos y que siguen consiguiendo que las nuevas generaciones aprecien su calidad; lo cierto es que los nombres de estos compositores están muy unidos al principio del siglo XX… y eso a muchos no les costará evocarlo. A nivel teatral, el Broadway renacido que se consolida, y pronto, en el cine, con la irrupción del sonido, aparece el nuevo género musical que se convierte en un triunfo total.

No me estoy yendo por las ramas (no más de lo habitual), sólo trato de evocar, de hacer que muchos recuerden esas emociones, para que se hagan una idea de como es el espectáculo del que estamos hablando. Quizás, la mejor forma de definirlo, es que recuerda mucho a una película de Fred Astaire (es más, la primera vez que se representó este musical en Nueva York fue con este actor y su hermana Adele) y Ginger Rogers, sólo que en directo y, gracias a ello, con más intensidad.

Ya comentaba arriba que el presenciar este doble programa es como viajar en una máquina del tiempo, pues bien, esta primera parte nos lleva a los años dorados de Broadway de principios del siglo pasado, y lo hace de una manera triunfal, es más, yo llegué a tener la impresión de que lo que veía era lo más apróximado que podía haber vivido a haber estado realmente en aquella época, acudiendo a un espectáculo de aquellos felices, locos, y dorados años veinte.

Así, la alegría, jauja pura se desparrama por todo el teatro con esta representación que tiene lo mejor de aquellos grandes musicales en los que nada podía ir mal porque todo tenía solución con unos pasos de claqué… ¡maravilloso!.

El libreto, por supuesto, es una típica comedia de enredos (quizás demasiado enredada y no muy bien explicada), un tanto simplista en la definición de personajes y situaciones y no muy trabajada o excesivamente genial; pero en serio, ¿a alguien le importa?; las situaciones que se dan son cómicas, divertidas, y con mucho encanto, con lo cual, todo se le perdona.

A ello contribuye mucho la maravillosa música de los hermanos Gershwin, y además, en este musical se encuentran muchas de sus canciones más conocidas y famosas, con lo cual es un primor ir disfrutando, y descubriendo una por una, como si fuera un collar de perlas, en la que la siguiente siempre sobrepasa a la anterior en perfección y belleza.

En definitiva, el material original de partida es puro júbilo y optimismo que nos encandila desde el primer momento con sus contagiosas ganas de vivir; ahora bien, ¿sabe esta producción del teatro de la Zarzuela aprovecharse de ello?.

La respuesta es un sí con reservas. No hay duda de que el conjunto sí consigue transmitir todo lo anteriormente dicho, y que el resultado final y total, es una victoria absoluta que conquista totalmente al público; ahora bien, eso no significa que la producción no esté exenta de defectos o cosas mejorables.

En general, la dirección de escena se ve un poco más precipitada, tosca y que le falta trabajo, da la impresión de que no ha habido tiempo para pulirlo todo tan adecuadamente como se debería.

Lo mismo se pueden decir de las coreografías, en las que se intuye una cierta torpeza y mala utilización de un coro que, por más que se ponga atrás, no cuesta fijarse en que no es capaz de seguir los pasos de los bailarines de la primera fila.

La escenografía también peca de lo anterior, aunque bella y lujosa, tiene el defecto de Sagi de la poca originalidad, además de que no es funcional, es como un adecuado telón de fondo que no se rentabiliza realmente.

En cambio sólo se pueden decir alabanzas del vestuario, refinado y encantador, nos traslada totalmente a la época del jazz y del charlestón.

Especialmente habilidosa es también la iluminación.

Sólo queda hablar del reparto artístico que, aunque hacen buenas interpretaciones, no parecen estar muy dotados para el teatro, puesto que ni hablando ni cantando conseguían proyectar lo suficientemente bien (muy especialmente al principio, luego van subiendo algo más el tono), y no dejabas de pensar que ojalá pudieras subir el volumen, como si fuera un reproductor de música.

Y sí, ya sé que muchos diréis que lo que estoy diciendo es sumamente irónico, y más cuando tanto critico los micrófonos y altavoces en los teatros una y mil veces, y que en mis últimas críticas ha sido una cuestión monotemática… aunque francamente, y lo digo desde ya, prefiero estar pensando que ojalá subieran el volumen antes que tener un altavoz atronándome al lado. Ahora bien, también lo digo y lo repito, quien no valga para el teatro, que no se dedique a ello, si no puedes proyectar hasta la última fila, dedícate a otra cosa (y ya sé que todo depende mucho de la acústica de los teatros, pero el de la Zarzuela siempre ha demostrado ser buena).

Todo ello lleva a pensar de nuevo en hasta que punto se puede justificar un reparto extranjero en todos los papeles principales si no son capaces de hacerse valer; de acuerdo que no todos los españoles hablarán un inglés perfecto, pero tampoco en la ópera todos los cantantes son italianos o alemanes y hacen los papeles igualmente… en cualquier caso, la incapacidad de proyección de este reparto en el medio teatral pone muy en cuestión el que hayan sido contratados para este trabajo. Es un debate que no debe de dejar de considerarse.

Tampoco les ayudaba mucho el que el director musical, Kevin Farrell (del que queda justificado que dirija en “Lady, be good”, por el carácter extranjero de la obra, pero en “Luna de miel en el Cairo”…), y la orquesta quisieran competir con ellos en “a ver a quién se le escucha más”, de modo que había una auténtica batalla entre el escenario y el foso, en el que más bien diría que este último salió vencedor; y pocas cosas hay más vulgares que una orquesta y un director que no saben estar en su lugar.

Por lo demás, y dejando de lado ese defecto, es un reparto en estado de gracia, con unas voces hermosas a la altura de sus interpretaciones.

En conclusión, de esta producción de “Lady, be good”, sólo se puede decir que, aún teniendo en cuenta sus detalles mejorables y defectos, todos ellos son incapaces de empañar el colosal resultado final que es simplemente espléndido. No hay duda, los Gershwin han resucitado en el teatro de la Zarzuela, y con ellos, los años más gloriosos y dorados de la historia de Broadway; todo un puro éxtasis musical.

 

LUNA DE MIEL EN EL CAIRO

Comentario previo

Frecuentemente, cuando hay un doble programa, una de las dos obras es tan buena que eclipsa totalmente a la otra (pongamos un ejemplo claro de hace unos pocos años como este), que se queda en un suplemento, un extra más para completar el espectáculo, porque de no ser así, la velada hubiera sido muy corta.

No voy a mentir, yo fui por el Gershwin, venía a ver el musical, y tras el descanso, como postre tras el plato principal, esperaba ver, con más que probable indiferencia, la creación de Francisco Alonso y José Muñoz. Tras terminar la primera parte, ya no me cabía duda, salí tan sonriente y tan entusiasmado de aquel musical triunfal (ver la crítica arriba) que no albergaba duda alguna de que nada podría eclipsarlo, era imposible, absolutamente imposible mejorarlo, igualarlo o siquiera acercarse a un atisbo de su excelencia… pero me equivoque.

Como muchos españoles (es parte histórica de nuestra cultura e idiosincrasia, casi desde los bajos Austrias, con hitos muy relevantes en nuestra literatura, y así hasta el día de hoy), y aunque trate de evitarlo siempre, siento también en demasiadas ocasiones ese sentimiento de que lo de fuera siempre es mejor que lo nacional, con una calidad más garantizada, y por ello, claro me resultaba imposible evitar “despreciar” incluso una obra del maestro Alonso (como se le suele llamar); pero, me encanta cuando me callan la boca quitándome la razón en este sentido, de una forma tan secretamente deseada; pues, contra todo pronóstico, de forma totalmente inesperada, “Luna de miel en el Cairo” consiguió igualar e incluso mejorar a “Lady, be good”; cuando creía que no podría alcanzar mayor y más grande éxtasis artístico, nuestra música patria me demostró que no sólo era posible, sino que había estado en el más absoluto error creyendo, sólo por un instante, que tal cosa no podía pasar, pues tenía ante mí algo absolutamente magnífico, una absoluta e imprescindible obra maestra.

No obstante hay un punto que sí quiero aclarar, dependiendo del medio que consultéis, os pondrá que es una opereta, una zarzuela o incluso un musical; nada más lejos, la obra de Alonso es una revista musical de toda la vida; mis razones para llegar a esta conclusión son, brevemente y en síntesis (todo lo que yo puedo hacer eso) que ni tiene el lirismo de una zarzuela ni el de una opereta, pues la música es mucho más ligera; y tampoco llega a ser un musical puesto que las canciones no están perfectamente integradas en el argumento (algunas se salen totalmente del tema) o son todas ellas absolutamente imprescindibles para contarlo… de modo que, el género en el que mejor encaja “Luna de miel en el cairo” es indudablemente la revista musical, cuyas características son un argumento muy ligero que permita la inclusión de canciones modernas (para la época) y diversas, para contentar a todo tipo de público formando un espectáculo total.

Todo ello me lleva a pensar, como ya he venido expresando más arriba, en la necesidad de recuperar la revista musical española, y elevarla a la categoría cultural que se merece; debería de ser programada con más frecuencia y valorada en su justa y muy merecida medida, pues estoy segurísimo de que hay grandísimas obras esperando ser redescubiertas por un público ávido de grandes sensaciones y emociones musicales. Y no hay duda alguna, si hay una institución apropiada para llevar esa misión a cabo, ese es el teatro de la Zarzuela, ojalá vayan por ese acertadísimo camino.

 

Crítica

Una vez más, las personas de más edad recordarán perfectamente lo que es una revista musical, y este espectáculo reproduce eso a la perfección, especialmente gracias al metateatro.

Aunque las comparaciones sean odiosas, lo cierto es que el libreto de José Muñoz Roman es bastante mejor y más trabajado que el de Guy Bolton y Fred Thompson del musical arriba comentado; pues, aunque evita complicarse demasiado (pues no está en un género de grandes alardes narrativos, y ser consciente de eso, y saber llevarlo a cabo también es una habilidad y un talento), sí perfila bien personajes y situaciones, crea momentos muy interesantes y profundos, y reflexiona sobre el mundo del espectáculo y la revista. Hay deliciosa frivolidad (con, por supuesto, un imprescindible final feliz), sí, pero también introspección y meditación, no sólo algarabía gratuíta porque sí.

Y si el libreto ya es muy bueno, a ello hay que sumarle una música exquisita, excelentísima y extraordinaria, que ya eleva la calidad al máximo y hace que nos enamoremos total e incondicionalmente de esta obra.

Aunque quizás lo más fascinante, especialmente a nivel musical (aunque también se percibe en el libreto) es como las influencias exteriores entran en España, aunque no por ello invaden el carácter nacional que se sigue manteniendo; así, un buen ejemplo es que, aunque el jazz hace su aparición en un número, las melodías típicas y castizas españolas no desaparecen en absoluto de las partituras de otros números; y en cualquier caso, todo no deja de ser una adaptación española, una interpretación fascinante desde un punto de vista nacional de las nuevas modas foráneas.

Y tampoco deja de resultar interesante y fascinante lo tarde que llegaron muchas de ellas, aunque de ese aspecto de la escasa globalización de la época ya hablé arriba.

En lo que respecta a esta producción del teatro de la Zarzuela, no sé porqué, pero esta segunda parte del doble programa parece muchísimo más trabajada que la anterior (tal vez sea porque ya se ha representado anteriormente) y muchísimo más acabada.

Y es que en todos los aspectos se luce más: la dirección de escena está muy bien acabada; las coreografías perfectas, mucho más sueltas y naturales; la iluminación está igualmente bien; y una escenografía y vestuario tan impecables como maravillosos, absolutamente verosímiles que nos dan la impresión de, no ya de ver una obra de teatro, sino de presenciar realmente como han sucedido los hechos que han llevado a que nosotros la estemos presenciando; en definitiva, un apartado técnico absolutamente genial.

También el reparto artístico mejora mucho, a estos se les oye perfectamente, y sus interpretaciones contienen una grandísima vis cómica; además, es curioso, pero de repente todo suena más nacional, más propio… ciertamente no puedes dejar de reconocer la maestría incuestionable de los americanos, pero esto es como más tuyo, y no puedes evitar dejarte llevar por ese sentimiento.

Así pues, nos encontramos con un reparto artístico en estado de gracia en el que todos destacan absolutamente por sus grandes voces e interpretaciones, y otra vez, me resulta imposible decir quien me gustó más, porque cada cual era más excepcional que el anterior; ¡Qué gran labor de dirección de casting que no puede dejar de alabarse!.

Y además, estos cantantes no se dejan intimidar por la orquesta, que, o bien consigue moderarse, o al menos logra combinarse mejor con este segundo reparto.

En definitiva, si “Lady, be good” era un viaje al Broadway de los años dorados; con “Luna de miel en el Cairo” la máquina del tiempo, reconvertida en el teatro de la Zarzuela, nos conduce directos a los mejores tiempos de la revista española, y el encanto de otra época vuelve a campar a sus anchas, mientras nos dejamos llevar por un espectáculo absolutamente sublime, donde, una vez más resucita todo un género; siendo así pues, otra vivencia indispensable e imprescindible.

 

Y así, terminará por llegar el final de la función, que, aunque desearíamos que no sucediera nunca, acabará por hacerlo; y puede que consigamos mantener esa impresión de que seguimos viajando en el tiempo cuando abandonemos el teatro, mientras nuestra mente se deja llevar por las melodías más pegadizas y entremezcla impíamente a Gershwin y Alonso en medio de su propio embeleso y fascinación; puede que consigamos mantener incluso esa fantasía hasta el edificio del Círculo de bellas artes, y que incluso este potencie nuestra imaginación, tal vez incluso lo haga también el edificio Metrópolis que da paso a la centenaria Gran Vía; pero entonces, miraremos la carretera, y las luces de los coches nos deslumbrarán, despertándonos de nuestro hermoso sueño.

Y si no permitimos que nos empape la congoja de la vuelta a la vida real (pues un buen recuerdo significa que has vivido, y eso siempre es mejor que no haberlo hecho), aún podremos sonreír pensando en la magnífica velada triunfal que hemos tenido y en nuestro perfecto y vívido viaje a otras épocas.

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