Crítica express: En un lugar del Quijote

En un lugar del Quijote

-En un lugar del Quijote: vuelve esta producción al teatro Pavón después de, al parecer, hacer una amplia gira.

Me encanta el “Don Quijote de la Mancha” (y algún día haré la correspondiente crítica de él para la sección Libros; y probablemente lo haré en forma de especial, e incluiré otro artículo con algunas de las más importantes referencias de todas las artes -pues todas sería imposible, tendría que escribir un libro-), con lo cual, cuando supe de esta adaptación no me la quise perder; si a ello sumamos el que fuera avalada por la Compañía nacional de teatro clásico; y que encima supe que era de mi género predilecto (¡el musical!) mi expectativa creció. Aunque debo admitir que temía eso de que estuviera dentro del programa “mi primer clásico” (que también tuvo otros fiascos considerables), por si tenía un toque demasiado infantiloide.

Pronto se demostraría que ese temor no era lo peor que podía pasar, es más, yo no recomiendo esta obra a niños para nada, de hecho, en mi función había (como a menudo sucede en este teatro, que van muchos colegios y especialmente institutos, ¡un bravo para los profesores que organizan estas actividades y se vinculan realmente en la educación de sus alumnos en todos sus frentes!) muchos preadolescentes, y la verdad, les costó aguantar.

La razón es principalmente el texto; un horror indeterminado, inconexo y absurdo que escoge partes del Quijote pero es incapaz de hilarlas o de darles un sentido al conjunto… con lo cual el resultado final da auténtico sopor. Bien es cierto que ellos mismos dicen al final en una magnífica canción (de las pocas buenas) a modo de finale, que que no les recriminen que la adaptación sea imperfecta porque falten partes (y las van nombrando de una forma muy cómica)… pero el problema no es ese, lo cierto es que todas las adaptaciones de cualquier libro tienen que dejar cosas fuera, es absolutamente imposible trazar página por página, y aún haciéndolo, no garantiza nada (el mejor ejemplo es la famosa serie animada, que está plasmado casi cada capítulo; pero aún así no es una buena adaptación, tal vez sí una buena traslación a la pantalla en forma de dibujos animados, pero desde luego, no una buena adaptación). Entonces, ¿cómo se consigue hacer una buena adaptación?, pues no es nada fácil, porque lo que hay que conseguir es conservar la esencia, lo vital del libro, aquello que realmente quiere evocar o expresar.

La verdad, es muy probable que el Quijote sea uno de los libros más difíciles de adaptar que hay (yo aún no he visto ninguna que me convenciera, no al menos una adaptación fiel); y no por el tema de la extensión (hay libros, tan o más amplios, que se han adaptado de forma genial); sino porque tiene muchos matices, las más diversas ópticas (y de ahí su riqueza y lo que ha conseguido que se eleve a la categoría de gran obra de la literatura universal). De hecho, un buen ejemplo es que muy a menudo se olvida un detalle principal (debido quizás a la consideración de lo sacro y eruditísimo de la obra), que es el humor (cosa que, curiosamente, en esta función no obvian). Sin embargo, yo estoy convencido de que tiene que ser posible realizar una gran adaptación en buenas manos.

Desgraciadamente, no es el caso de la versión de Ron Lalá cuya crítica estoy haciendo, pues su libreto es realmente malo y aburrido hasta la saciedad; bien es cierto que intenta meter cosas actuales, que trata de modernizar el libro, y eso lo hace bien (en algunos casos excelentemente, es más consigue hacer que te rías)… pero contar un par de anécdotas de un libro de cientos de páginas no es contar su historia, ni mucho menos hacer una adaptación.

Por supuesto, no hay la más mínima profundización en los personajes, y todo se toca de una manera frívola y superficial. Para que lo entendáis, es como si hubiera arrancado cuatro páginas cada cien, y las hubiera cosido y dijera triunfante: “¡este es el libreto de la obra!”. Ello logra que no haya implicación ni con la historia ni con los personajes, y si no fuera porque casi todos nos sabemos el libro de memoria (aunque sólo sea de oídas, esto es como Romeo y Julieta -y parecido al caso del Real, pero peor, si uno lo piensa-), no nos enteraríamos de absolutamente nada, todo se da por supuesto, nada se explica… etc; dicho de otro modo, un extraterrestre sería incapaz de saber de que va “don Quijote de la Mancha” después de haber visto esta obra (o esbozaría un mal argumento). Así, a falta de que se cree algún tipo de vínculo con lo que estamos viendo, el espectador pierde todo el interés, porque lo que tiene delante, simplemente no funciona a ningún nivel.

El mismo autor también hizo las canciones, casi todas ellas horrorosas (podemos salvar como máximo tres de la adaptación de la segunda parte); la música es una auténtica pesadilla, y cada vez que se ponen a tocar no dejas de implorar para ti mismo que paren, que abandonen esa cruel tortura para tus oídos (aunque la verdad, la falta de buenas voces de los actores, o que la instrumentación sea muy poco atractiva -una guitarra, algo de percusión y poco más; aunque no olvidemos que en “50 sombras!” tampoco tienen mucho más, y mira que sobresaliente resultado en odiosa comparación con esta obra de la que hablamos ahora- tampoco ayuda a realzar unas melodías ya de por sí, muy poco aptas).

Las letras van a juego con la trivialidad del libreto; el mejor ejemplo que ilustra a la perfección todo lo que estoy contando es que hay una canción dedicada a explicar lo que es una bacía de barbero; sí, tal como lo leéis, no se molesta en hablar del yelmo de Mambrino, pero eso sí, dedicar una canción entera de minutos y minutos para saber lo que es una bacía y como se utiliza es vital para la historia que estamos contando… por favor.

Sin embargo hay algo que sí merece la pena ver en este montaje (aunque quizás no sea suficiente para el público en general, pues es lo único que se salva) y es la impresionante dirección de Yayo Cáceres. Es algo magistral, un auténtico talento desatado lo de este hombre, que me ha impresionado de verdad; ¡qué imaginación!, ¡qué visión!, ¡qué capacidad!; el mejor ejemplo es como, con dos simples manos de dos actores y un foco blanco apuntando a estas consigue evocar la existencia de dos grandes ejércitos… ¡absolutamente genial!.

Sin embargo, y como importantísimo defecto, no puedo dejar de señalar esa insufrible manía de utilizar de micrófonos y los altavoces… ¡ahora en teatro clásico!, ¡pero a donde vamos a llegar!, ¡esto ya es absolutamente intolerable, todo el siglo de oro se debe de estar removiendo en sus tumbas!; ¡qué infamia intolerable!, ¡qué despropósito y qué falta vergüenza!; y me da igual que tenga algo de formato de musical (con más razón). Pero lo peor es que esta pésima costumbre cada vez tiene más arraigo y hace que el espectáculo teatral pierda muchísimo encanto; yo siempre lo consideraré una estafa al espectador y nunca dejaré de criticarlo (como ya he hecho, demasiado recientemente para mi gusto, aquí, aquí o aquí).

Si queremos buscarle algún otro defecto a la dirección, quizás se puede decir que es excesivamente dinámica (está claro que quiere evitar que el espectador se canse -no me extraña, con semejante material…-) con lo que se va por la historia de forma un tanto precipitada y a trompicones. Pero eso es lo de menos cuando te encuentras tan buena e ingeniosa puesta en escena que sabe sacarle partido a unos recursos absolutamente mínimos y que consigue que realmente menos sea más; y ¡qué estupenda estética!. Por si fuera poco, también tiene un claro talento para la dirección de actores (de hecho, le otorgo todos los méritos en lo que respecta a salvar las interpretaciones de estos), consiguiendo revitalizar las enmohecidas palabras de tan poco lucida adaptación.

Y francamente, no me extrañaría nada que muchas de las gracias que más diversión provocan fueran totalmente idea de Cáceres y no estuvieran en el texto original.

En denitiva, se atisba talento, y mucho, en la dirección; ojalá tenga la oportunidad de ver otro proyecto suyo (y darme cuenta de que lo es, porque no siempre me fijo en los nombres o los recuerdo) para seguir juzgando y ver si todo es humo o no; me encantaría ver lo que hace con presupuesto y un buen material.

En cuanto al reparto artístico es reducidísimo, todo hombres intepretando un montón de personajes… y lo dicho, es sólo gracias a la dirección que esto cuela, sino, hubiera sido absolutamente insufrible.

Seguro que gracias a esa buena dirección las interpretaciones se salvan medianamente, puesto que lo cierto es que todos los actores interpretan a unos personajes… pero yo soy incapaz de ver a los del libro, son otros (es más, estoy convencidísimo de que ninguno de los intérpretes ha leído el “Don Quijote de la Mancha”, segurísimo), una creación suya, propia que nada tiene que ver con la obra de Cervantes, pues no recogen ninguna de sus características o rasgos esenciales, además de que todos son demasiado jóvenes para los papeles que pretenden interpretar.

Quizás, y a pesar de lo anterior, podríamos destacar a Daniel Rovalher como una especie de Sancho Panza; o a Iñigo Echevarría como don Quijote, quien, a pesar de lo desagradablemente afeminado de su interpretación (que, por supuesto, no le va nada al personaje) sí consigue sacar algo del personaje que casi ninguno de sus predecesores (y hablamos de grandes nombres como Fernando Fernán Gómez, Juan Luís Galiardo, Fernando Rey o incluso Peter O’Toole…) consiguió sacar: la comicidad y el humor. Bien es cierto que, al igual que el resto del reparto, es incapaz de hacer verosímil el personaje del libro.

Por otro lado, también hay que decir que probablemente el de el Quijote sea uno de los personajes más difíciles de interpretar de la historia de la literatura, de los más rebeldes que casi nunca consiguen una buena adaptación, como también se resisten otros como Dorian Gray, o Sherlock Holmes, que nunca terminan de encontrar una réplica perfecta que consiga personalizarlos.

Esto probablemente se debe a que hay que tener mucho poder interpretativo y ser un gran camaleón, al fin y al cabo, todos ellos son tan interesantes y tan ricos por sus contradicciones y sus matices; ejemplos: don Quijote no está totalmente loco (como se ha interpretado hasta la saciedad), sino que Cervantes dice muy claramente que sólo es en lo tocante al tema de la caballería, y que en resto habla con mucha “discreción”, tanto que parecería cuerdo; por tanto, para hacer una buena interpretación, hay que conseguir combinar ambas cosas. Dorian Gray en cambio pasa de ser la bondad y la ingenuidad absoluta al principio de la novela, para transformarse en la perversión, la maldad y la desconsideración total al final; evidentemente, no todo el mundo es capaz de evocar eso (y además ser desmesuradamente guapo y atractivo), pero con los gestos faciales más simples puede conseguirse plasmar esa evolución. Y terminando con este análisis de grandes figuras literarias “rebeldes a la adaptación”, Sherlock Holmes es un hombre inteligentísimo, realmente apasionado por su trabajo y con gran capacidad para fascinar, pero a la vez es un drogadicto y un cínico completo que desprecia a casi todo el mundo; alcanzar la comprensión de su complejidad parece ser la clave para una buena interpretación de este personaje.

Como anécdota final, contar que los actores salían incluso cuando el aplauso estaba a punto de acabar, pero claro, nadie se atreve a dejar de dar palmas cuando aún están en el escenario… que situación más absurda e incomoda.

En definitiva, mucho me temo que “El hombre de la Mancha” (con sus defectos, aunque al fin y al cabo no es, curiosamente, una adaptación como tal del “don Quijote”) seguirá siendo, de momento, la mejor traslación musical de la inmortal obra de Cervantes. A la espera de algo mejor, claro; que tiene que llegar, la novela se lo merece, por difícil que sea el reto.

Comentar cosas del teatro, como siempre hago, y es que la atención al público es mejorable en taquilla; aunque el resto del personal perfectamente.

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2 respuestas a Crítica express: En un lugar del Quijote

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