Crítica express: Les contes d’Hoffmann

-Les contes d’Hoffmann: El Teatro Real nos la hace de nuevo, por si no estuvieramos bastante escarmentados de “Alceste”.

En esta producción sólo se salvan algunos cantantes, pero sobre todo, lo que brilla es la magnífica, maravillosa y sublime música (lo que naturalmente, no es mérito de la producción), como bien dice el personaje de Antonia, no queda sino ceder a la emoción que te embriaga, pues su belleza es deslumbradora.

El libreto de la ópera (me sorprendió el saber que hay críticos que dicen que es mejor que la música… vaya usted a saber porqué) está fatal escrito, es estremadamente caótico y sin una buena dirección de escena es imposible escenificarlo coherentemente; por lo que, imaginar lo que pasa a través de las palabras que se dicen (algo que en el Real debemos hacer con demasiada frecuencia), es completamente imposible (no obstante, no niego que algunas de las historias que se cuentan -no en vano, está basada en los cuentos de Hoffmann, así que tampoco tiene gran mérito- son simplemente preciosas, y que hay frases y diálogos muy bonitos).

Y naturalmente, no gozamos de ese maravilloso privilegio de una dirección de escena decente, la historia se ubica en el Círculo de bellas artes (pobre Círculo, se imaginaba ya una gran publicidad y se los deja a la altura a la que realmente están: personal incompetente y antipático, instalaciones desfasadas y decadentes… aunque no falta algún que otro sinsentido, visitas guiadas, ¿desde cuándo?) lo que tiene tanto sentido como si se hubiera hecho en el mercado de san Miguel o en un templo budista de Tokio, es decir, ninguno. Da igual que se maten a explicarlo en la revista y en la conferencia, sigue sin tener lógica y no funciona como símbolo.

Por supuesto, es la oportunidad perfecta para volver a uno de los más antiguos y tradicionales escándalos del Real: los desnudos gratuítos (durante el primer acto continuos).

Así pues, la espantosa dirección de escena, mal guiada por una penosa reproducción de una mezcla de muchas partes del Círculo (las peores y las más cutres, no han mostrado lo bonito e histórico), deja a un espectador perdido y atónito ante lo que no sabe que está viendo, y lo obliga a consultar la sinopsis para enterarse de algo si no conocía anteriormente la ópera (sí, desastre absoluto).

Tampoco está bien ni el director de orquesta ni esta, que aunque suenan bien, van por independiente, aquí cada uno hace lo que le da la gana, y el director se desentiende de los cantantes y los tapa sin la más mínima consideración con unos instrumentos que se baten por ver quien se luce más, con más brío y fuerza.

En definitiva, aunque es una ópera preciosa, maravillosa y en principio absolutamente recomendable con momentos de auténtico éxtasis artístico, esta producción deja mucho que desear, y ello deberá tenerse en consideración y conocimiento antes de acudir.

Por último, y ya saliéndonos de la crítica; comentar, que el Real parece no encontrar límite en su duelo hacia Mortier (que gran ironía, después de haberle echado y ninguneado), y  la revista le está prácticamente dedicada (y prácticamente todos los actos que se hacen).

Y también criticar la situación de las conferencias, a las que es imposible llegar: empiezan demasiado pronto para cuando dejan pasar al teatro y acaban demasiado tarde, de modo que el público se pone nervioso debido a lo complicado que es llegar a las butacas desde la tan elevada planta en la que está la sala Gayarre. Lo he criticado anteriormente y sigo diciendo lo mismo, los salones de la tercera planta son el lugar ideal para hacer esas conferencias, que están accesibles a la mayoría de las plantas, y no el el quinto pino.

Y de seguir en esa planta, al menos podían programarlo mejor, si la ópera empieza a las 19, que la conferencia sea a las 18:15 y termine a las 18:45, y naturalmente, que el teatro esté abierto, al menos, desde las 17:30. Es que es una situación completamente desastrosa e insostenible, yo no me explico como no caen quejas por todos los lados y como no se reduce drásticamente el número de asistentes, porque es un imposible y un absurdo.

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