El Barbero de Sevilla

La ópera bufa vuelve al Teatro Real… en todos los sentidos

Sinopsis y ficha técnica

Rossini abre la nueva temporada del Real con la dirección de escena de Emilio Sagi.

El director checo Tomas Hanus será el encargado de conducir a la Orquesta Titular del Teatro Real con la participación de los cantantes Dmitry Korchak, Edgardo Rocha y Bruno De Simone.

La temporada del Real comienza con un montaje de Emilio Sagi que ya se estrenó hace 9 años de ‘El Barbero de Sevilla’. Una versión de la ópera de Rossini que resalta la alegría y la vitalidad de esta comedia elegante que el propio Verdi calificó como la ópera bufa más hermosa que existe.

Sagi busca transmitir al público toda la genialidad de la partitura de Rossini y para ello presenta una escenografía sencilla y sin efectos innecesarios. El director ovetense concibe la obra como un frágil rompecabezas, en el que cada escena está montada como un ‘sketch’, que dialoga con el trepidante ritmo poético de la música que late a lo largo de toda la ópera.

Un magnífico comienzo de temporada para los amantes del bel canto en el que se podrá disfrutar del gran espectáculo de la ópera en estado puro.

DATOS DE INTERÉS

Director musical: Tomas Hanus

Director de escena: Emilio Sagi

El conde de Almaviva : Dmitry Korchak (14, 17, 19, 21, 23, 25) Edgardo Rocha (15, 18, 22, 26)

……………………………………………

ATENCIÓN: muchas de las fotos que publico son de la anterior producción (2005, si mal no recuerdo), pero dado que es la misma (o con ligerísimas variaciones), los documentos gráficos sirven igualmente para juzgar el como es la representación y su estética.

Comienza la temporada en el Teatro Real… así que no está de más comentar que pinta tiene.

Una vez más, este teatro, que como el resto está en crisis, aumenta su publicidad (al igual que el de la Zarzuela ha recurrido también a la publicidad en el metro), y también su comercialidad que no fue precisamente algo caracterísitico de la primera época de Mortier… así que nos encontramos con una temporada variada, óperas muy conocidas de compositores igualmente reconocidos aparecen junto (la ópera de esta crítica es un ejemplo), junto a otras más desconocidas (de diferentes épocas y formas) e incluso algún que otro estreno mundial. Así que, desde luego es pronto para juzgarlo, pero podemos atisbar una temporada prometedora.

También comentar que las fotos elegidas para representar cada ópera este año son muy interesantes y muy buenas, con lo que aumenta tu interés y tu gusto por verlas.

Y en principio, se mantiene todo lo bueno: algunos descuentos; los programas anuales son gratuítos, además los programas de mano que siguen siendo tan fantásticos como antes (con fotos, artículos, sinopsis, biografías…), además de que se mantiene la revista del Real, que también es muy de agradecer. Y por supuesto continúan las conferencias previas a cada ópera que siempre resultan cuanto menos interesantes (aún a pesar de ser tan especializadas); todo lo cual convierte el hecho de ir al Teatro Real en todo un evento cultural en el que la información y el conocimiento fluyen por todas partes, convirtiendo el acto de asistir a este teatro, no sólo en el acudir a un espectáculo teatral, sino en toda una clase magistral de ópera que a todo interesado en el género le resulta muy pero que muy de agradecer. Ojalá todas estas cosas que están convirtiendo este teatro en algo tan excepcional y tan de referencia se mantengan siempre.

Pero, por supuesto, no se podía iniciar la temporada… sin los escándalos y los cotilleos, puesto que, como muchas veces se ha dicho en este blog, en este teatro es más espectacular lo que pasa fuera de escena que dentro de ella (¡lo cual nos encanta, para que lo vamos a negar!).

Y es que no en vano, un crítico dijo que en el estreno sólo se hablaba de la ópera bufa de Mortier… y no se referían precisamente a la que se representaba en el escenario aquella noche.

El caso es que Gerard Mortier está enfermo de cáncer (supuestamente de pancreas), tal vez provocado por los múltiples malos tragos que ha tenido durante su estancia en el Real, algo en lo que el mismo no deja de tener cierto grado de culpabilidad, debido a su talante, se comenta, dictatorial o en el mejor de los casos unidireccional y poco negociador (lo cierto e innegable es que ha ido dejando una gran cantidad de “amigos” en todos los sitios donde ha trabajado… dejó el Metropolitan de Nueva York por falta de presupuesto para sus proyectos, por ejemplo, y así llegó a Madrid), pero en cualquier caso nadie puede negar que tiene toda una visión creativa (que sea del gusto de cada uno es otra cosa) y que en el tiempo en que ha estado en el Real hemos contado con estrenos mundiales, grandes figuras y bastantes cosas interesantes (y más que pudo haber habido, se dice que intentó tentar a Pedro Almodóvar con la dirección de una ópera… el resultado hubiera sido cuanto menos curioso) que han elevado el nivel del teatro (por otro lado también ha habido bastantes fiascos y hemos tenido que aguantar algunas de las óperas más insufribles de la historia, además que su gusto por lo ultramoderno rayaba lo insoportable).

La cuestión es que quiere curarse (lógicamente, lo primero es lo primero) en un hospital de Alemania, así que tendría que, digamos, “co-dirigir” el teatro con otra persona aquí (llamemoslo, un director sustituto), puesto que tiene contrato hasta 2016 y todo un gran proyecto planificado (las producciones operísticas siempre se hacen con muchísima antelación).

Y ahí es cuando empieza el escándalo que, como no se podía esperar menos, tiene conmoncionado y en ascuas a todo el mundo operístico, donde de repente la ficción se vuelve realidad, y las pasiones afloran con toda su potencia y determinación… como en toda buena ópera.

El caso es que supuestamente Mortier ha quemado todos sus puentes aquí y no tiene el apoyo de nadie (excepto quizás, el muy leve del director del teatro), algo muy peligroso en un teatro tan público dónde la política es un elemento más del puesto (razón por la que otros directores artísticos anteriores lo han dejado y tema que al que Mortier asegura haberse negado y que siempre ha criticado).

En cualquier caso, el gobierno español, harto de tanta tontería y de que ya está bien de hacernos los modernos y de que si el talento no conoce fronteras, toma una decisión salomónica en tiempos de crisis en los que el nivel del paro de españoles son tan altos: el nuevo director tendrá que ser obligatoriamente español.

Mortier que no se ha cansado de hacer amigos, y que se ha hecho muy conocido por su amor a la tierra española y sus habitantes (ha llegado a decir que los cantantes españoles cantan Verdi como Puccini, despidió a López Cobos porque aseguraba que era un vago e incluso ha asegurado que le hacen boicots organizados para que fracasen los estrenos) pero que en cualquier caso parece que ya no era recibido ni en el palco real (pues ocupaba butaca, no sabemos si el desplante era de él o de la Reina) afirma tajantemente que no hay en toda España un director capaz de continuar su extraordinario proyecto, y por si fuera poco, añade que eso se debe a que en este país no hay tradición operística (de lo que se deduce que el nivel es penoso); así que por supuesto propone candidatos (todos extranjeros, para mayor humillación), y argumenta que en todos los teatros importantes hay foráneos y que es una estúpidez elegir por la nacionalidad.

Pero el gobierno y el Real están cada vez más decididos a la opción española (y sí, lo sé, esto parecen intrigas palaciegas del XVIII) ya bastante han tenido con la “experiencia Mortier”. Empiezan a sonar candidatos (incluído uno que ya había sido director artístico, de lo que Mortier se ríe diciendo si entonces están reconociendo que cuando lo sustituyeron cometieron un error), y el postulante que parece tener más posibilidades es Joan Matabosch, director del Liceu de Cataluña.

Mortier no sale de su asombro, en que le ignoren tan descaradamente, así que amenaza con dar guerra, con irse y con que va a arder Troya como le pongan un sustituto porque el se niega categoricamente (al fin y al cabo, va a tener que trabajar mano a mano con él).

Y es entonces cuando el Real aprovecha la ocasión, y para evitar una humillación y un escándalo, deciden (en toda una maniobra de ópera bufa) entender las palabras del belga como una dimisión formal, así que lo cesan, y contratan a Matabosch inmediatamente sin que este tenga ni tiempo de dejar el Liceu en las manos de alguien, por lo que tendrá que dirigir ambos teatros simultáneamente hasta que encuentren a un sustituto para el teatro catalán.

Por si esto no fuera suficiente, todo el mundo se entera de que el ministro de cultura Wert estuvo presionando hasta el último segundo para meter a su amiguete, el gestor de la ópera de Sevilla, con un sueldazo de escándalo, como nuevo director musical (figura que había eliminado Mortier con López Cobos porque las orquestas funcionan mejor con amantes que casadas… y porque el director español era según él un vago al que hubo que despedir porque no ensayaba suficiente con la orquesta).

En cualquier caso, todo explota, el Real tiene que aclarar que Mortier no ha sido despedido (jajaja, ¡que chiste más bueno!), que simplemente ha dejado claro que quería irse publicamente (aunque es evidente que lo que quieren es deshacerse de él a toda costa); Mortier despotrica contra el Real y clama venganza (y su situación laboral sigue cuanto menos poco clara); los artistas contratados por él amenazan también con dejarlo todo en solidad con él….

Y en definitiva, todo el mundo tiene una opinión en este asunto que ya es un escándalo internacional, ardua y pasionalmente debatido en foros especializados y muy comentado por la prensa que ha encontrado en Madrid la noticia y que ha llegado a publicar artículos como “Madrid se cubre de vergüenza”.

En conclusión, todo el mundo alucina y sigue con fruición el ya denominado como “culebrón Mortier” que se ha convertido en la comidilla ideal para todos los cotillas que no pueden dejar de decir “¡qué escándalo!” mientras continúan hablando del tema con malicia.

No sabemos si Gerard Mortier se irá definitivamente o no (aunque es lo más probable), pero lo que está claro es que ha hecho una salida de escena digna de él, no se esperaba menos después de todos estos años de permanentes y suculentas grescas.

A parte de eso, comentar que las fotos elegidas para representar cada ópera este año son muy interesantes y muy buenas, con lo que aumenta tu interés y tu gusto por verlas.

También se mantiene todo lo bueno: algunos descuentos; y los programas anuales son gratuítos, además los programas de mano que siguen siendo tan fantásticos como antes (con fotos, artículos, sinopsis, biografías…), además de que se mantiene la revista del Real, que también es muy de agradecer. Y por supuesto continúan las conferencias previas a cada ópera que siempre resultan cuanto menos interesantes (aún a pesar de ser tan especializadas); todo lo cual convierte el hecho de ir al Teatro Real en todo un evento cultural en el que la información y el conocimiento fluyen por todas partes, convirtiendo el acto de asistir a este teatro, no sólo en el acudir a un espectáculo teatral, sino en toda una clase magistral de ópera que a todo interesado en el género le resulta muy pero que muy de agradecer. Ojalá todas estas cosas que están convirtiendo este teatro en algo tan excepcional y tan de referencia se mantengan siempre.

Y ahora hablemos de ópera, que se supone que es el propósito de este artículo:

Crítica

Comentar antes de nada, que en días alternos se representan dos versiones de la ópera, ambas escritas por Rossini, la más y la menos virtuosa (yo vi la primera, y de ella hablo), en días alternos, pero recomiendo consultar los cantantes para saber cual se quiere ver.

“El barbero de Sevilla” no es sólo una obra maestra de la ópera, es de esas obras de arte que lo trascienden todo y se convierten en iconos culturales imprescindibles que todo el mundo conocen, lo sepan o no. Puede que no hayas oído ópera en toda tu vida, que no te interese ni quieras saber nada de ello, pero seguro que alguna vez has oído aunque sea una parodia del aria del “Largo al factotum” y su culminante momento del “Figaro, Figaro, Figaro, Figarooooooooooooo”.

Además para mi también tiene un componente sentimental, fue una de mis primeras óperas (¡y la primera bufa, no podía escoger mejor!), y por lo tanto con las que me inicié en el género, por lo cual le tengo un especial (pero en ningún caso inmerecido) cariño.

Y como todo lo extraordinario, esta obra también tiene unos comienzos extraordinarios, hecha en poco más de quince días, y reutilizando partes de obras pasadas, Rossini (compositor reciclador por excelencia, de ahí lo prolífico de su obra) consiguió crear no una ópera bufa más, sino LA ópera bufa por excelencia (el propio Verdi lo dijo), es decir, una ópera tan brillantemente cómica y divertida como virtuosa y genial musicalmente.

Y es que “El barbero de Sevilla” ya parte de una historia magnífica, divertida y llena de enredos, al estilo de las mejores comedias locas, en la que un brillante libreto sabe sacar todo el partido y crear una situación de risas y diversión continuas, con unos dialogos tan tremendos e ingeniosos que cuesta poco reconocer que pocas veces te ríes tanto en una obra del género operístico como en esta (especialmente al final del primer acto).

Y es que además cuenta con personajes bien definidos y extremadamente cómicos que convierten el que te cuenten esta historia en toda una gozada de experiencia: el astuto barbero, la espabilada Rosina, el inflexible y patético tutor, el ingenioso Almaviva… etc.

Y por supuesto, la música es maravillosa, muy Rossiniana, eso sí; con todos sus defectos: sus codas típicas, sus largos recitativos (que en ocasiones hacen quizás que la comedia pierda su ritmo rápido, aunque supongo que eso depende más de los intérpretes que del compositor), su estilo musical predecible… pero también con todas sus virtudes: como esos momentos colosales, magníficos e inolvidables de éxtasis artístico… y como en toda gran obra, la posibilidad de descubrir alguna cosa que se te había pasado o que no habías visto antes por muchas veces que creas haberla visto o por bien que creas conocerla.

Y cuenta con tantos y tan maravillosos momentos brillantes que se pueden sin duda considerar momentos culmenes de la historia de la música: las arias: la archiconocida “largo al factotum”, “una voce poco fa” (que es casi feminista), la terrible “a un dottor della mia sorte”, la romántica “ecco ridente in cielo” (especialmente el virtuosístico final), la irónica aria inventada de “la inútil precaución” y por supuesto la melancólica “che vecchio sospettoso” por parte de la criada.

Pero los coros y los duetos no se quedan atrás en lo sublime (son incluso mejores) y por supuesto en lo jocoso y ocurrente, así, me encantan aquellos en los que dos personajes expresan ideas contrarias a la vez por ejemplo materialismo y romanticismo (“all’idea de quel metalo”); o ese magnífico coro de “mi par d’essere con la testa” en el que se plasma a la perfección la sensación y la emoción de desesperación y desconcierto en la que no sabes ni como reaccionar (de hecho, a mi, a veces cuando estoy en esa situación me viene esa música a la cabeza).

En cualquier caso, no hay duda de que es la obra de Rossini por excelencia, y la que ha pasado a la historia, ya desde su estreno, pues no se ha dejado de representar en ningún momento.

“El barbero de Sevilla” es, así pues, una de las obras maestras del arte por excelencia y que todo el mundo debería de ver y conocer porque es, simplemente, un imprescindible de nuestra cultura.

En lo que respecta a esta producción, que es la misma de 2005 (aunque yo diría que hay leves diferencias), y por tanto realizada en la época de Emilio Sagi, que por lo visto era bastante apreciado… francamente, después de mi experiencia en este teatro, me pareció que eso perfectamente podría haberlo hecho Mortier: hay reinterpretaciones de la ópera, extravagancias absurdas y sin mucho sentido, alguna que otra horterada (el traje rosa fucsia de Almaviva del final es un buen ejemplo de eso)… etc; al final va a resultar verdad que Mortier tenía razón y somos unos xenófobos y el problema es que él sea belga y no sus ultramodernismos… me queda un poco la duda, debo admitirlo.

Aunque me alegró volver a verla (puesto que la primera vez que la vi, lo hice en un sitio bastante malo, con lo que no vi una ópera que tanto apreciaba como hubiese querido), lo cierto es que mi impresión fue la misma que la de la primera vez (aunque ahora estoy más acostumbrado a este teatro) “¿qué es esto y por qué han hecho esto con esta ópera?”, hay algunas ideas buenas, pero pasado el principio de la obertura que es bueno e ingenioso, no te faltan momentos en que desearías cerrar los ojos.

Y es que la dirección escénica deja mucho, pero que muchísmo que desear, no tiene sentido del ritmo en la comedia, y por lo tanto llega a haber momentos aburridos, algo imperdonable en esta ópera. Tampoco le falta ciertas extravagancias innecesarias. Yo la calificaría como lo peor de la producción y lo que la hunde.

Escenografía moderadamente clásica pero no utilizada de ese modo, vestuario bastante horroroso.

La orquesta fue bien dirigida por Tomas Hanus

En lo que respecta a los cantantes, el gran defecto de la gran mayoría de ellos es que no actúan, simplemente cantan (y se ponen en posición para ello, que nervioso me ponen cuando hacen eso… no me explico como hay un sólo director de escena que se lo permita) con lo cual, yo no sé como no se dan cuenta que se hunden a sí mismos, al fin y al cabo, ¿de qué sirve que des el do de pecho si tu personaje no es creíble o no hace gracia? esto no es una versión concierto o una grabación para la Deutsche grammophon, sino una ópera, la gente viene a que le cuentes una historia, con música, pero al fin y al cabo una historia.

Y lo que es peor, que encima de no actuar y tratar de poner toda la carne en el asador en el apartado vocar, si encima no te entusiasman sus voces… mal vamos, y desgraciadamente hubo más de un caso.

Dmitry Korchak; que ya no deslumbraba en una de las mejores producciones del año pasado, “Don Pasquale”; confirma que lo de la interpretación, no es lo suyo… y lamentablemente no es tan bueno como cantante como para tomarse el lujo de prescindir tan descaradamente de ello para afrontar sus papeles.

Bruno de Simone, si bien es cómico, sobreactúa en exceso y quizás por eso asombró a algunos críticos… porque su voz no me impresionó en absoluto.

Y es que no hay duda de que la que deslumbró a todos esa noche fue Serena Malfi como Rosina, especialmente con su voz, pero su interpretación (a pesar del lastre de su físico) no se quedaba atrás.

Eficaces son el resto del reparto: Mario Cassi como Figaro, Dmitry Ulyanov como Basilio o Susana Cordón como Berta (una de las más metidas en su papel… hasta en los saludos finales). También resultaba interesante en su corto pero cautivador papel de Fiorello Isaac Galán, al que se hubiera deseado oír más.

El coro por su parte, hizo un buen trabajo.

En definitiva, si bien esta nueva reposición del Real es tan olvidable como la original, lo cierto es que ver “El barbero de Sevilla” siempre es toda una oportunidad y una maravilla, y sólo por eso, merece la pena ir y disfrutar y que… “¡amor y fe eterna vengan sobre todos nosotros a reinar!”

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13 respuestas a El Barbero de Sevilla

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