La guerra de Daisy: capítulo 8

Y trato de continuar con mi proyecto de continuar con todos los Grandes relatos y las diversas novelas por entregas, sin duda, “Notas de aburrimiento” es la que más fácil (las otras requieren demasiada documentación, demasiado reconsultar este y el otro dato, tratar de acordarse por dónde iba o dejaba de ir el argumento… y aún con todos los cuidados, siempre me da la impresión de que nunca está del todo bien y que siempre hay fallos por todas partes… me consolaré pensando que me puedo permitir licencias literarias y artísticas) me resulta de escribir, y por ello he podido publicar muchas más entregas hasta ahora, sin embargo, no deseo dejar totalmente de lado las otras, así que, tras mucho tiempo tras la anterior publicación, la historia de “La guerra de Daisy” continua (y a ver si consigo que siga así):

Capítulo 8:

A pesar de que Daisy había vuelto a la ciudad que ella consideraba su hogar, al país que le había dado aquella tan gran acogida de la que por otra parte siempre habían hecho gala, lo cierto es que no se paró a deleitarse con el paisaje de la gran ciudad de Nueva York, de hecho, apenas saludó con la mirada a la que siempre llamaba “mi primera amiga en la ciudad”, la estatua de la libertad, cosa que tenía por tradición.

En absoluto, en medio de la lluvia, cogió apresuradamente un taxi, mientras se cubría mejor con su gorro y su ostentoso abrigo haciendo ver también al taxista que no tenía ganas de conversación (y mucho menos de que la pudiese reconocer). La verdad es que era uno de esos días lluviosos de gran belleza, la gente corría intentando abrigarse; las aceras, las calles, los edificios y los coches mojados se convertían en improvisados espejos que le daban una atmósfera distinta a la ciudad; todo lo cual se percibía ligeramente pero de una forma aún más romántica y casi de postal a través del vaho que se había formado en la ventana del taxi que era rítmicamente golpeada por la constante lluvia.

Lamentablemente, ninguno de estos encantos eran apreciados por una Daisy, que no era que no fuese capaz de apreciar la belleza de las cosas cotidianas, pues así era, dado que su mentalidad de artista la permitía encontrar la belleza en casi cualquier parte, sino que simplemente no podía pensar, para cuanto más apreciar nada. La verdad es que su mente estaba saturada, cansada; ya era bastante agotador ir al otro lado del mundo para presentar un nuevo espectáculo, y encima en otro país, pero los últimos acontecimientos ya la habían sobrepasado, ni era capaz, ni quería pensar, pero como estaba nerviosa, su mente estaba continuamente en movimiento y no le dejaba ni una hora de paz, en realidad, sabía de sobra que no se encontraría totalmente reposada hasta llegar a un entorno totalmente seguro donde poder descansar de verdad: su casa. Afortunadamente, esta estaba en un lugar muy sencillo de llegar por lo que el taxista no tuvo que hacer ningún tipo de pregunta, la dirección era muy clara, localizable y la verdad, la isla de Manhattan no era tan grande.

A pesar de que en menos de diez años unos descomunales edificios que asombrarían al mundo bajo el nombre de rascacacielos pronto empezarían a poblarla (y que ayudarían a que, con el tiempo, la que no era ni capital de su propio país se autoproclamara capital del mundo), en aquel momento aún quedaban pequeñas casas y lugares íntimos y residenciales dónde el ajetreo de la ciudad se veía ligeramente reducido.

Daisy vivía en una casa que recordaba al estilo victoriano, hecha de madera y pintada de un palido rosa, sus pequeños adornos y decoraciones eran blancas y algunas ventanas imitaban las vidrieras de colores. El encantador jardincito que rodeaba la casa no hacía sino aumentar su hospitalidad y la sensación de lugar idílico. Era sin duda alguna un lugar bonito donde vivir y que se enmarcaba en un barrio del mismo estilo, que, aunque nadie podía estar muy seguro de cuánto podría durar (y más teniendo en cuenta el crecimiento de la ciudad), lo cierto es que en aquel momento lucía orgulloso su deliciosa decadencia.

Cuando por fin entró por puerta de su casa se sintió realmente segura, en el fondo sabía que el mundo y sus peligros seguían ahí fuera, pero el hecho de cerrar la puerta le daba una gran tranquilidad, como si ya no pudiera pasarle nada allí dentro, como si desde ese momento todos los problemas del exterior se quedasen paralizados en el tiempo y ella ahora pudiese pararse a pensar, a descansar….

Lo cierto es que fue todo un alivio que la casa estuviese total y absolutamente vacía, Daisy había decidido no llevar a su doncella Adeline a Londres (la artista siempre había sido una mujer muy práctica y por tanto no le gustaba llevar más equipaje del necesario), con lo que le había dado unas pequeñas vacaciones para estar con su familia mientras estuviese en el extranjero. En teoría, no tendría porque volver a la casa hasta que Daisy la llamase, pero Adeline era una chica trabajadora, así que con toda posibilidad volvería en uno o dos días para limpiar la casa o asegurarse de que todo estuviera en orden, así que la artista sabía que no iba a contar con mucho tiempo de esa bendita soledad y tranquilidad. Confiaba y le tenía aprecio a Adeline, pero Daisy era una mujer que estaba acostumbrada, y siempre prefería resolver sus propios problemas sola y sin meter a nadie más de lo necesario, al fin y al cabo, así había hecho su vida, se había forjado una carrera, y la verdad sea dicha, hasta el momento no le había ido nada mal, aunque quizás, empezaba a sospechar, le había ido demasiado bien….

En cualquier caso decidió aprovechar el tiempo que tuviera libre: un largo baño de agua caliente la ayudaría a alcanzar el súmmum del relax: las gotas deslizándose delicadamente por la piel, los vapores, el olor del jabón y de los distintos aceites de baño podían hacer olvidar cualquier problema; salir con una ligera bata y tirarse en un canapé del salón semidesnuda durante horas leyendo una ligera novela podía completar el resto del agradable día, así hasta acostarse con la agradable sensación de ya estar descansado. Y tal vez, en medio de todo esto, podía realizar tareas rutinarias (que a veces son tan de agradecer por lo relajantes que resultan y ese reposo cerebral que permiten) como deshacer delicadamente el equipaje y colocarlo todo en su sitio o comprobar y regar las plantas que no tuvieran agua.

Apenas tuvo el día de su llegada y el siguiente para hacerse la ilusión de que esta permanente vida relax y despreocupación era posible, el mundo exterior irrumpió en la casa con la encantadora forma de Adeline.

Adeline era norteamericana (lo que era contado como otra extravagancia de Daisy, la moda era contratar o criadas negras o sofisticadas inglesas en algunas casas altas), pero su cabello pelirrojo y su cara pecosa hacían entrever el origen irlandés de su familia (también era lo único, su mentalidad, forma de hablar y actuar era totalmente estadounidense); aunque no se podía decir que fuera guapa, ni siquiera atractiva, sí que tenía un gran encanto y gracia natural, lo que se debía también a la leve cojera que padecía (pero de la que ella, curiosamente, casi nunca se acordaba, lo que la permitía hacer muchas más cosas de las que en principio hubiera podido debido a estar convencida de sus plenas capacidades), producto de una enfermedad de la infancia y que le aportaba un peculiar y gracioso andar del que no se notaba a primera vista la razón.

A pesar de mantener una buena relación con ella, Daisy apenas había investigado nada sobre su curioso pasado: lo cierto es que Adeline siempre había estado fascinada con el teatro que adoraba, así que aquel trabajo con Daisy era quizás el sueño de su vida, acompañar a una gran actriz, poder ver todas sus obras y la creación y el proceso de construcción de estas, ver mundo, conocer a gente importante… quizás esta era la proyección de su sueño imposible de convertirse ella misma en actriz, que había deshechado hacía mucho tiempo como una vieja y absurda fantasía infantil de la que ya nunca se acordaba, al menos conscientemente.

Como era temprano por la mañana, Daisy aún estaba en la cama, pero no le resultó difícil percibir la entrada de Adeline, que cargada de cosas se le cayeron todas y armó un importante estrépito mientras maldecía a la entrada de la casa y se ponía a recogerlo todo. Daisy sólo oía los sonidos y se esforzaba por mantenerse en la cama y reconciliar el sueño en eses últimos momentos de solitaria paz que le quedaban, pero en parte sabía que era una batalla perdida.

Adeline, creyéndose sóla en casa, se puso a colocar cosas y a canturrear, mientras Daisy se reía para si misma de sus vanos intentos de volver a dormir. Entonces Adeline lanzó un grito de exclamación (era evidente que había visto rastros de que alguien había estado en la casa o de que Daisy había vuelto), subió corriendo la escalera y atravesó rápidamente el pasillo hasta llegar a la habitación de Daisy, a pesar de que todo este proceso había sido bastante ruidoso, según empezó a abrir la puerta, lo hizo muy levemente y miró con cuidado dentro de la habitación, viendo que efectivamente Daisy estaba allí, entró de puntillas para asegurarse de que la estufa estuviera caliente y su señora no tuviese que levantarse con el frío del invierno neoyorkino.

Daisy había estado todo este tiempo debajo de las mantas intentando aguantar la risa, todo aquello le resultaba sumamente cómico, como de un número de una revista (es más, pensó que quizás se lo propusiera a algún empresario): la entrada haciendo muchísimo ruído y una vez en la habitación el silencio absoluto, para evitar algo que ya se había conseguido: despertarla. Le acabó haciendo tanta gracia que empezó a reírse a carcajadas para sorpresa de Adeline que estaba comprobando la estufa.

-¡Dios!, ¡diablos! -dijo esa expresión que le era tan habitual y con esa expresividad que le daba aquella gracia tan cautivadora- señorita, ¡menudas formas de despertarse!, ¡ojalá me despertase yo así todas las mañanas!.

-Hace tiempo que estoy despierta Addie -el nombre diminutivo con el que en ocasiones se refería a ella-, concretamente desde que se te cayó la bolsa de las manzanas y estas empezaron a rodar por todo el vestíbulo….

-Pues vaya una cosa, si sabía eso ya podía haber bajado a ayudar… -dijo con un desparpajo que le era habitual. Adeline era una persona que tendía a hablar sin pensar debido a su naturalidad y su espontaneidad, con lo cual a menudo decía más de lo que debía de decir, especialmente cuando tenía cierta confianza; de lo contrario podía llegar a resultar bastante reservada (y además muy leal, lo que la hacía perfecta para guardar secretos, aunque de eso Daisy no estaba completamente segura), quizás lo segundo era producto de lo primero, una lección de vida que había tenido que aprender- perdóneme señorita, ¿acaba de llegar?, ¿quiere que le prepare el baño?, debe de estar agotada del viaje, no me extraña que se haya ido a la cama, eso de ir al otro lado del mundo tiene que ser agotador por fuerza…

-Gracias Addie, pero he llegado hace un día…

-¡Ah muy bien!, usted dijo que llamaría a Addie según volviera, y ahora resulta que llega y no avisa, ¡y ahora habrá que preparar y poner a punto esta casa como es debido antes del mediodía!, -decía mientras salía de la habitación y caminaba por la casa soltando este discurso para si misma- ¿qué le costaba llamar con un poco de anticipación?, menos mal que una es previsora y ya ha hecho la compra, porque sino, es que no tendríamos ni que comer, ¡es que así es imposible!…

Daisy sonrió para si misma pensando en lo que supondría ser como Addie y tener sólo esas pequeñas preocupaciones domésticas, en llevar una vida tan tranquila… pero de repente cayó en la cuenta de que esa no era la vida que había elegido ni la que le interesaba, al menos de momento.

No era que Daisy rechazara el matrimonio o llevar una vida más o menos convencional, era sólo que de momento no le parecía atractivo. Sabía perfectamente y entendía totalmente los riesgos de ir contra lo socialmente apropiado: algún día su carrera artística terminaría, con algo de suerte después de mucho tiempo, y entonces todos aquellos que la habían amado y que creían que era tan importante en su vida, la olvidarían, y probablemente ya no le quedara sino vivir en una mala pensión como una anciana recordando sus viejas glorias, probablemente junto a otras muchas actrices, y tratando de contárselas a todo aquel que quisiera escucharlas, sus viejos triunfos, los aplausos que se apagan en la memoria… pero en ese momento, en ese momento de su juventud y culminante belleza, el futuro se extendía muy prometedor, en el horizonte aún estaban los grandes retos a alcanzar, los brillantes éxitos, los laureles dorados coronándola una vez tras otra, las flores en el camerino y al final de la función en los saludos finales un día sí y otro también mientras las lágrimas de emoción resbalan por las mejillas… esa era la vida que había elegido y la que quería llevar, una vida que además le ofrecía independencia de todo tipo, una vida que le permitía ser ella misma (algo que tantas mujeres no podían ser para convertirse en alter egos de sus maridos) y dar rienda suelta a su forma de ser, de vivir y a su extravagancia que era tan bien recibida en los Estados Unidos de los años veinte, por algo serían llamados “los locos años veinte”, un momento que se vivía con desenfreno y emoción permanente, en el que se respiraba la libertad y la ilusión del desafiar a la ley sin consecuencias, en un país en el que, más que nunca, todo parecía posible, y para Daisy que se veía libre de las convenciones y de las normas del que ahora parecía el tan anquilosado viejo continente europeo, más que para nadie.

Adeline y ella pasaron apenas otros dos días de tranquilidad, hablando, divirtiéndose, reorganizándolo todo, comentando con ironía las noticias de “Varietys” atrasados que había por la casa y que habría que decidir si conservar o tirar… la verdad es que Daisy seguía sin ganas de salir al exterior, en su futuro inmediato sólo tenía el compromiso de una actuación en un club nocturno de la isla, y entonces sabía que debería de volver al mundo y que tendría que asumir de nuevo responsabilidades y, en definitiva, las riendas de esa vida tan independiente que tanto le gustaba (el precio de la independencia era, al fin y al cabo, una importante soledad y el ser consciente de que uno debe de valerse por si mismo, y eso Daisy lo sabía, entendía perfectamente, y en parte, incluso le agradaba); pero de momento no tenía ninguna prisa, el mundo exterior podía esperar… pero pronto comprobaría que el mundo ni es paciente, ni se le puede tener aguardando durante mucho tiempo, al menos no sin que irrumpa con más fuerza de la que fue vanamente excluído.

Continuará…

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5 respuestas a La guerra de Daisy: capítulo 8

  1. Pingback: Guía de capítulos de Grandes relatos | Universo de A

  2. plared dijo:

    No te puse nada, ya que simplemente creí que lo había echo, comente varios y este se me paso.. En realidad todavía es una simple presentacion de dos personajes, esta bien escrito y dependiendo por donde derive te iré diciendo. Pero si te sirve de algo, bastante mejor hilvanado que las otras notas y radicalmente distinto. Esto tiene pinta de ser mas consistente. Cuidate

  3. Bueno, presentación, presentación… ¡qué este es el capítulo 8!, el personaje de Daisy obviamente fue presentada en el capítulo 1. Te recomiendo, como siempre, que leas los anteriores capítulos para que sepas de que va la historia; y así, también podrás decirme que te parece en general.
    Bueno, obviamente es totalmente distinto a las “Notas” el género, el formato, todo es radicalmente diferente.
    En fin, ya me irás contando.

  4. Anónimo dijo:

    ME GUSTA , ENGANCHA.

  5. Me alegra, que lo disfrutes, continuará…

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