Quince parte de Notas de aburrimiento

¡Las que se arman en el IES “Tomás de Todaquemada”… digo… el IES “Grandísima y excelentísima señora Directora doña Almudena de Castro”… digo el IES “Grandísima y excelentísima señora Directora doña Almudena de Castro y Fidelísimo del instituto don Abelardo Bueno”… ¡o cómo se llame!, descubrámoslo en un nuevo capítulo:

Nota 129

¡Ya recuerdo!, entré en el despacho de la directora, para exigirle volver a ser un vulgar conserje, y he salido… ¡con el instituto llevando mi nombre!.

Voy a mi despacho… si me quedo demasiado tiempo parado en el vestíbulo, seguro que viene alguien a pedirme algo o Dios sabe qué….

Nota 130

¡No me lo puedo creer!, acabo de llegar al despacho, y me lo he encontrado lleno de libros por todas partes (novelas rosas, por supuesto):

-¿Pero qué es esto?, ¿qué hacen todos estos libros en mi despacho?, ¡si ya no puedo ni entrar! -de hecho, con lo reducido que es, apenas podía moverme antes, para cuanto más-, ¿cómo se supone que voy a trabajar?.

-Perdone señor Fidelísimo -dijo un trabajador-, pero es que la señora directora, con el acuerdo de los alumnos, y el personal no docente, ha ordenado que se le regale la mitad de la biblioteca del instituto, por todos los grandes servicios que ha prestado.

Seguro que esa mujer lo ha hecho con saña y para vengarse… ¡si no la conociera!.

-¡Lo qué me faltaba!, ¿y qué se supone que voy a hacer yo con ellos? -contesté.

-Pues no lo sé, pero ahora son de su propiedad -respondió alegremente el trabajador-… y apártese, que aún tenemos que meter otros cien más.

-¡Cien más!, ¡pero si no caben ni siete!, ¿de que milagrosa forma tiene pensado hacerlo?.

-No lo sé… pero en todo caso, usted no se preocupe; ya sé que estará muy ocupado retocando su discurso….

-¿Mi discurso?, ¿qué discurso? -dije asombrado.

-Pues cuál va a ser, ¡el de la conferencia, con la que inaugurará el salón de actos que llevará su nombre, y que se celebra dentro de quince minutos!… ¡qué gracioso es usted señor don Fidelísimo!, ¡pretende hacerme creer que no ha preparado nada, y que le va a ser imposible hacerlo porque no puede entrar en su despacho, ya que está lleno de libros!, ja, ja, ja -rió.

La malicia de la directora es proverbial, lo que me faltaba, cuando me dan honores me fastidian, y cuando me hacen la vida imposible también, ¿es que aquí no hay forma de vivir en paz de ninguna manera?.

Nota 131

Finalmente, he buscado por todo el instituto, y he encontrado un tranquilo y discreto cuarto de la limpieza, donde esbozar mi discurso.

Y además, le he encontrado otra ventaja a este sitio… ¡nadie sabe que estoy aquí, así que ninguna persona puede molestarme!, ¡qué felicidad!, ¡estoy por quedarme en este lugar definitivamente!.

Nota 132

¡Es hora del discurso, y apenas he conseguido esbozar un par de ideas!. Va da igual, improvisaré, a ver que pasa.

Nota 133

Ya estoy en el salón de actos; la directora se comporta con una falsedad conmigo, más evidente que nunca, en público… y cada dos por tres, intenta ponerme la zancadilla, para que me caiga, en o del escenario; y así haga el ridículo, en el mejor de los casos, o me rompa algo en el peor… no creo que a ella le importe mucho, cualquiera de las dos posibilidades le parecerá plenamente satisfactoria.

En todo caso, ella va a empezar a hacer la típica presentación (y se ha mostrado muy interesada en llevarlo a cabo, por lo visto), de esta reinauguración, con mi nombre, del salón de actos… a ver qué dice:

-Señores y señoras, chicos y chicas, niños y niñas… que creo que no hay, personal docente, no docente y alumnos -se enredó la directora-. Todos los aquí presentes, hemos venido… porque no teníamos nada mejor qué hacer, para que vamos a mentir… pero sobre todo, porque hoy, venimos a rendir homenaje, a un hombre, que sólo hasta ayer era un vulgar conserje, ¡sí!, no lo olviden, él ayer era un vulgar conserje… el mismo que abría y cerraba las puertas, que llevaba documentos de un lado a otro, y que, ocasionalmente, muy ocasionalmente, hacía fotocopias… y con suerte hasta limpiaba algo.

Seguro que todos se acuerdan de ello, y creo que el propio Abelardo agradecerá que le sigan mirando de esa manera, porque uno nunca debe olvidar sus orígenes… y él, ¡sólo era el conserje!… no es nada de lo que avergonzarse… obviamente, no es tanto como ser profesor o estar en el equipo directivo del centro, pero no es nada por lo que sentirse absolutamente inferior.

En todo caso, ese es el pasado, porque él sin duda ha sabido subir, trepar hasta lo más alto, con sus peculiares habilidades que no sabría como describir… o al menos no con palabras que se puedan pronunciar delante de menores… ¡sí, señores!, yo conozco muy bien a este señor; a un hombre que no duda en hacer algo, si cree que debe de ser hecho, y nada ni nadie le detiene en su ambición… ni siquiera la moral más básica….

Son estas, algunas de las cualidades de este hombre, que hacen que hoy estemos aquí; para honrarle, dando su nombre al salón de actos de nuestro instituto. Cierto, muy cierto que podríamos haberle dado el nombre de cualquier otra persona que llevara más tiempo aquí… porque la verdad sea dicha, él ha llegado ayer como quien dice… que hubiera hecho algo realmente importante por el instituto, o que conocieramos un poco más tan siquiera… porque, señoras y señores, ¡¿ustedes conocen a este hombre?!, porque yo no… pero en fin, ¡nosotros somos así!, llega un arribista… ups, perdón… quiero decir, un hombre con grandes ambiciones, y le entregamos honores; lo que sin duda es reflejo de los valores de este instituto, que acepta a cualquiera, sin preguntarle ni quién es, ni de dónde viene… o qué demonios pinta aquí….

¡Cierto!, somos así de tolerantes; Abelardo, nuestro homenajeado en el día de hoy, podría ser perfectamente un asesino en serie… o algo mucho peor -dijo mientras me señalaba, en medio de su discurso entre laudatorio y ofensivo-, lo que es perfectamente factible, porque realmente, insisto, ¡¿alguien le conoce de verdad?!.

Pero… ¡eso no importa!; no tenemos siempre porque premiar a las personas que tengan más méritos, y merecimientos para ello, a veces debemos ser originales y honrar… al primero que pasa; porque este instituto es así de original y transgresor. Hay quien calificaría todo esto de ser un absurdo, un sinsentido o de extravagancia sin nombre… pero, tenemos que dar oportunidades a los nuevos… las merezcan o no.

Y dichas estas, excesivamente halagadoras palabras, por mi parte, acerca de nuestro homenajeado; pasemos a escuchar su discurso… les ruego que sean pacientes; no escribe muy bien, y habla horriblemente mal en público… ¡pero a pesar de eso, le hemos dado su nombre al salón de actos!… muy coherente, sí señor… pero es nuestro homenajeado, y hay que oírle, ¡si no, no nos hubieramos empeñado en renombrar el lugar en el que estamos con su nombre!.

Y dicho esto, me dio paso; aunque, naturalmente, me puso la zancadilla cuando avanzaba hacia el atril del salón de actos, con lo que estuve a punto de caerme de bruces y romperme la cara contra la tarima.

Mientras me acercaba al atril de madera, preparado para intentar una gran casualidad oratoria, no pude evitar fijarme en el salón de actos: todo montado como un escenario teatral; con el público ansioso y emocionado por oír mi discurso en sus sillas, y justo detrás de mí, el equipo directivo y los jefes de departamento… todo organizado con gran ceremonial, y en medio de todo eso, yo, que no tenía ni idea de que iba a decir a continuación.

-Señoras y señores, chicos y chicas -dije intentando ganar tiempo con el principio del discurso de la directora.

-¡Qué original! -dijo la directora, con una intención claramente maligna; y además, hizo su comentario simulando murmurar, pero hablando lo suficentemente alto como para que todos los presentes pudiesen oírla-; no sé cómo se le habrá ocurrido ese principio de discurso, de verdad… -añadió con sarcasmo.

-Desde que estoy en este instituto… -continúe mi discurso.

-Que todo hay que decirlo, prácticamente es desde hace dos días -comentó la directora, continuando con su tono malévolo e irónico, pero a modo de susurro, de modo que podía parecer un comentario hacia el compañero de al lado, pero en realidad lo oía todo el auditorio.

-He aprendido la importancia de determinadas cosas….

-Sí, y también como pasar del que abre las puertas, al que tiene un salón de actos con su nombre… ¡menudo aprendizaje, matrícula de honor para el caballero! -ella seguía a lo suyo, pero yo prefería ignorarla, aunque no niego que me estaba poniendo aún más nervioso.

La verdad es que sudaba la gota gorda; y como ya dije, en mi papel sólo tenía frases genéricas escritas, e improvisar con la otra comentándolo todo, no lo hacía más fácil, de hecho, me estaba distrayendo muchísimo.

-Aunque yo siempre he entendido que lo que aparentemente no tiene valor….

-¡Valores los que él no tiene!, ¡ni modestia!, ¡ni vergüenza!, ¡ni honradez!, ¡ni decencia!, ¡ni sentido de la moral o del decoro!, ¡¿cómo puede tener la poca dignidad de seguir con esta comedia?!… ¡aceptar que le pongan su nombre al salón de actos!, ¡ahí se demuestra quien es realmente un ambicioso que no se para ante nada!.

Ya empiezo a cansarme, voy a darle algo de protagonismo a esa mujer, a ver si así se tranquiliza, y se calla de una vez:

-Cuando nuestra insigne directora, aquí presente -dije mientras la señalaba y ella saludaba al público con la mano, en plan monarca, y con una sonrisa de oreja a oreja, pretendiendo quedar bien-, me ofreció el cargo de “Alto mediador oficial de todo el instituto y sus diversas dependencias, juez y ayuda para todas las acciones diplomáticas de los mismos”, que fue el primero que ostenté, antes de ser  “Fidelísimo de la ilustrísima y emintentísima gran directora doña Almudena”….

Y entonces… ¡descubrí la forma de enredarme con el discurso mientras buscaba otra manera de continuarlo en mi cabeza!: relaté, de nuevo, con detalle, todos y cada uno de mis títulos con sus nombres completos… en eso tardé unos cuantos minutos… lamentablemente no duraron eternamente.

-Sí, sin duda he alcanzado grandes honores… -dije, continuando con mi inventado discurso.

Repentinamente, tuve un momento de iluminación: me di cuenta, de que, en realidad, lo único que tenía qué hacer, era tratar de contar la versión mítica de la historia de lo que pasó con el bolígrafo… al fin y al cabo, se supone que le han dado mi nombre al salón de actos por eso, ¿no?… ¿o sería por otra cosa?… no lo sé, no puedo pensar….

-Y todo empezó por algo muy pequeño -diserté-, por un bolígrafo, un bolígrafo que recuerdo perfectamente cómo era cuando lo vi por primera vez: sí, resplandecía en el despacho de la señora directora… se veía claramente su grandeza -bueno, si sigo adulando a la directora, con algo de suerte ya no me dará más problemas-… que era una extensión de la de su propietaria, por eso, cuando esa alta e insigne señora; generosa como es habitual en ella….

Y entonces, tuvo el descaro de acercarse, saludar al público dando besos, y concluyó su interrupción, abrazándome (al menos, esta vez no me metió mano), mientras decía:

-Gracias Abelardo, ya sabe usted, al igual que todo el mundo, lo mucho que le aprecio -dijo mientras sonreía, con más hipocresía que nunca, a la vez que me clavaba en el pie uno de sus tacones de aguja… detalle que no se veía, porque estábamos detrás del atril de madera; ¡esta mujer es realmente astuta y perversa!-; sin duda, habla con sinceridad acerca de estos temas… algo muy poco habitual en usted, por otra parte -dijo sonriendo de oreja a oreja, mientras me clavaba la enésima puñalada retórica, y me dejaba con el pie totalmente destrozado… no contenta con eso, antes de volver a su asiento, aprovechó para darme un buen y disimulado rodillazo, con el que por poco me tira del escenario.

-El caso es que, generosa como siempre, la directora me dio una hoja de papel para que anotase las nuevas adquisiciones de la biblioteca… ¡sí, señores!, ¡no un cuarto, ni medio folio!, ¡sino uno entero!; ¡un aplauso por favor!.

Todo el mundo ovacionó, mientras ella hacía reverencias y se emocionaba, con algo de suerte, conseguiré que deje de estar celosa de mí… porque como me siga pegando, no sé si saldré vivo de este escenario.

-Por eso -dije dejándome llevar por la emoción, pues al fin y al cabo, mi improvisado discurso estaba siendo un éxito-, cuando yo cogí el bolígrafo del destino para tomar las notas, me sentí muy honrado escribiendo en aquella hoja que ella me había regalado, sentí que era un hito histórico en mi vida que nunca se volvería a repetir y….

-¡Un momento! -gritó la directora- ¿usted cogió mi bolígrafo?… y casualmente este desapareció, justo cuando se fue usted… y también fue usted el que lo devolvió después… y el que lo hizo reaparecer… ¡Dios mío! -bramó, más alto que nunca, pues lo había entendido todo-, ¡creo que voy a desmayarme!.

Todo el mundo se quedó desconcertado, hasta que, de repente, la gente empezó a atar cabos, y comenzaron a darse cuenta de lo que realmente había pasado: mi historia del bolígrafo había sido una farsa, yo lo había robado… y tal y como lo había expresado la directora, no podía haber muchas dudas al respecto.

Pronto, empecé a oír frases, primero murmuradas y luego gritadas, como “¡la directora tenía razón, las ansias de notoriedad de este hombre son desmedidas!”; “¡no puede ser, nadie cometería un crimen semejante!”; “¡como que nadie!, ¡él!, sí lo acaba de confesar… aunque también te lo digo, ¡yo siempre supe que ese tipo no escondía nada bueno!; cuando le di las gracias por solucionar los problemas del instituto, y propuse que el salón de actos llevara su nombre, yo ya sabía que no era trigo limpio… pero no quería decepcionaros a vosotros, que aún creíais en ese buitre”.

Rápidamente; las caras de todos, pasaron del asombro y la estupefacción, a la ira y la cólera… yo sentí un miedo horrible, y sudé aún más… tanto, que decidí escapar antes de que resbalara con mi propio sudor en plena huida… así que salí corriendo del salón de actos por una puerta trasera.

-¡Queda despedido!, ¿me ha oído? -vociferó la directora mientras yo la oía a lo lejos-, ¡todos sus cargos le son revocados, y todas sus propiedades confiscadas para el directorado!, ¡no vuelva a pisar este instituto nunca jamás!.

Nota 134

Me he escondido en el mismo cuarto de la limpieza en el que empecé a hacer el discurso… es sorprendente lo que es la caída de un hombre: un día lo tienes todo… y al día siguiente no eres nada… ¿qué es el poder?, ¿qué es la gloria?, sólo algo temporal, mundano y sin valor… ¿pero qué estoy diciendo?, ¿qué hago yo haciendo soliloquios sobre el poder?, ¡esto no es una obra de Xespir!.

Nota 135

¡Pero qué tontería es esta!, ¿cómo que despedido?, ¡quién se ha creído que es!.

Pues se va a enterar, por una vez no pienso ceder al despotismo de la directora, soy un funcionario del estado, y ella no me puede despedir, ¡se ponga como se ponga!, me presentaré inmediatamente en su despacho, y se lo diré con mucho orgullo, a la cara, así de claro, ¡ya va siendo buena hora de que alguien le baje los humos!.

Nota 136

Pero tengo miedo, mucho miedo, ¿qué voy a hacer ahora?… conociéndolos, o me perdonarán inmediatamente, y cuando vuelva, será como si nada hubiera sucedido… o me asesinarán, y enterrarán mi cuerpo en el fragmento de patio que fue de mi propiedad… probablemente, justo debajo de la canasta que lleva mi nombre, bueno, llevaba.

Decididamente, esperaré unas horas.

Nota 137

Por fin me he decidido a salir, ya han terminado las clases y no quedará mucha gente.

Acabo de llegar a la que fue la conserjería: el cartel de “Fidelísimo” está tirado por el suelo, los cristales de la ventanilla están rotos… y en el interior… ¡Dios mío!, ¡la han saqueado!: muebles rotos, cajones destrozados o abiertos por la fuerza, papeles rotos… qué desastre… pero bueno, no hay mal que por bien no venga, al menos tiene de positivo, que así ya no tengo que librarme de las novelas rosas con las que me habían llenado el despacho, pues se las han llevado todas creyendo que así me fastidiaban.

Nota 138

Estaba en medio del destrozo, cuando de repente, oigo unos pasos detrás… ya está, voy a morir ahora… decidí afrontar mi inaplazable e inminente defunción con entereza así que me di la vuelta con gran dignidad.

-¿Ildefonso? -dije asombrado, reconociendo a mi hijo en el umbral de la puerta- ¿qué haces aquí?.

Aunque no sabía si quería que me respondiese a esa pregunta, pues empecé a temer que le hubieran enviado a matarme, en plan película de “El madrino”.

-Sabía que volverías, los criminales siempre vuelven al lugar del crimen… -dijo misterioso.

-Pues no lo sé, porque yo nunca he cometido ningún crimen -respondí.

-¡Papá, por favor!, es una manera de hablar, te tengo dicho, mil veces, que no me cortes el rollo cuando me hago el interesante -dijo recuperándo su tono normal, lo cual me tranquilizo definitivamente- bueno, ¿volvemos a casa?.

-Pero… ¿tú sabes qué ha pasado aquí?.

-Ah, nada especial, hemos asaltado tu despacho… lo típico cuando una persona cae en desgracia: vinieron profesores, alumnos, de la biblioteca, de administración, reprografía… bueno, ¡todo el mundo!, y nos pusimos a robar cosas, destruírlas… etc… lo normal en estos casos -respondió con franqueza.

-Perdona, ¿has dicho: “hemos”?, ¿tú también has participado? -dije pasmado.

-¡Pues claro!, es más, yo fui uno de los principales cabecillas, ¡tenía que desligarme totalmente de tu nombre!, ¡no me podían vincular en absoluto a ti!.

-¡Ildefonso, como has podido!, soy tu padre, y además… ¡hace sólo unas horas me proponías cogobernar el instituto y ahora!….

-Por favor papá, no es nada personal, simplemente fue una necesidad política, ¡no podemos caer los dos en desgracia!, ¿no te parece?, alguien de la familia tiene que mantener el tipo, permanecer en un buen lugar… y tuve que ser yo.

Una vez más, maquiavélico pero correcto.

-Ahora que lo has perdido todo por tu necedad política -continúo hablando el hijo que apenas conseguía reconocer-, y por ambicionar más de lo que deberías -¿me molesto en explicarle la verdad a mi propio hijo o no serviría de nada?-; afortunadamente, yo aún mantengo mis puestos de delegado de mi clase, de todas las de mi curso y también de las de los dos siguientes, a perpetuidad en todas ellas, además de delegado honorífico de otras tantas clases… y pensar que me los querías quitar por tu codicia desmedida… lo tuyo fue demasiado papá.

-Ildefonso, yo… la verdad es que… ¡bah, da igual!, vamos a casa y olvidémonos de todo.

-Sí papá, algún día conseguiré perdonarte… pero de todos modos, tienes que tener en cuenta que yo no voy a poder protegerte siempre, tienes que aprender a cuidarte solo. Aunque, por otra parte, vas a tener que hacerlo durante un tiempo… no voy a poder ayudarte con el odio profundo que siente todo el mundo hacia ti, ¡pues podría traspasarse a mi también!… ¡y no pienso perder mis puestos de delegado!.

Dicho esto, nos alejamos para volver a casa cuánto antes.

En serio, ¿alguien se puede extrañar, aun, de por qué odio este instituto con todas mis fuerzas?.

Continuará…

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9 respuestas a Quince parte de Notas de aburrimiento

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  2. plared dijo:

    Vuelven y sin boligrafo…Ya es algo. Feliz año compañero

  3. Sí, por fin finaliza la historia del bolígrafo. De todos modos el próximo mes descubrirás que hay un cambio de tercio….¡y feliz 2013 para ti también!

  4. manolo dijo:

    me agrada leer notas de aburrimiento,pero la tienes descuidada.

  5. Sí, como habrás podido comprobar “La guerra de Daisy” ha ocupado su lugar al menos momentaneamente….

  6. Anónimo dijo:

    me gustan ,pero si es verdad ,que estan descuidadas.

  7. Supongo que entre que son de lo más complicado a escribir, y me cuesta encontrar motivación, una cosa conduce a la otra… pero con lectores atentos y pendientes, ¡la cosa es diferente!.

  8. Anónimo dijo:

    me gusta, tiene toques que me hacen reir y eso que me cuesta

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