Óperas Il prigioniero / Suor Angelica

¡Pero que bien funciona esto del doble programa!, ¡doble función, doble deleite!

Director musical: Ingo Metzmacher.

Director de escena: Lluís Pasqual.

REPARTO

IL PRIGIONIERO (Luigi Dallapiccola)

La madre: Deborah Polaski.

El prisionero: Vito Priante (días 2, 4, 7, 9, 12 y 15) / Georg Nigl (3, 6, 8, 11, 13).

El carcelero/El gran Inquisidor: Donald Kaasch.

Primer sacerdote: Gerardo López.

Segundo sacerdote: David Rubiera.

SUOR ANGELICA (Giacomo Puccini)

Suor Angelica: Veronika Dzhioeva (2, 4, 7, 9, 12, 15) / Julianna Di Giacomo (3, 6, 8, 11, 13).

La tía princesa: Deborah Polaski.

La abadesa: María Luisa Corbacho.

La hermana celadora: Marina Rodríguez-Cusí.

La maestra de las novicias: Itxaro Mentxaka.

Suor Genovieffa: Auxiliadora Toledano.

Suor Osmina: Maira Rodríguez.

Suor Dolcina: Rossella Cerioni.

La hermana enfermera: Anna Tobella.

Dos mendicantes: Sandra Ferrández y Maite Maruri.

ORQUESTA: Titular del Teatro Real (Sinfónica de Madrid).

COROS: Titular del Teatro Real (Intermezzo); director: Andrés Máspero. Pequeños Cantores de la JORCAM

Escenógrafo: Paco Azorín.

Figurinista: Isidre Prunés.

Iluminador: Pascal Mérat.

Nueva producción, del Teatro Real y el Gran Teatre del Liceu de Barcelona.

Duración aproximada: Il Prigioniero, 55 minutos; pausa de 30 min; Suor Angelica, 1 hora.

La función del día 15 de noviembre será transmitida en directo por Radio Clásica, de Radio Nacional de España.

Para conocer mejor esta ópera y su producción, el musicógrafo José Luis Téllez dará una charla gratuita en el Salón Carlos III 30 minutos antes de cada función.

Sinopsis: Suor Angelica es una madre enclaustrada por su familia para expiar un amor culpable, una madre que canta uno de los últimos grandes lamenti de la historia de la ópera. La madre de Il prigioniero canta el suyo al comienzo de la que su hijo protagoniza. Aquélla es la última representante del melodramma italiano, ésta es el corifeo de la tragedia que prologa: romanticismo terminal frente a neoclasicismo postcubista. Pero un mismo dolor, idéntica vulneración del sentimiento y el derecho.

Dos prisioneros, uno de la dictadura política, otra de la dictadura ideológica, dos víctimas de un oscurantismo del que no podrán liberarse ni aún al precio de una transfiguración ilusoria. Inspiración familiar en ambos casos: Iginia, la hermana mayor de Puccini, había profesado en las Agustinianas de San Nicolás en 1875; Laura Coen, esposa de Dallapiccola, era judía, y Mussolini adoptó las leyes antisemitas hitlerianas en 1939.

Opera in tempore belli: Puccini estrena Suor Angelica en el Metropolitan neoyorkino en 1918, el mismo año en que los padres de Dallapiccola regresan a Pisino, ya con Istria bajo la tricolor, tras su deportación por las autoridades austriacas acusados de activistas proitalianos dos años atrás. Tres décadas más tarde (en 1949), Il prigioniero se estrena en concierto en la RAI: Dallapiccola la ha escrito en 1944, el año en que Florencia es liberada del nazismo.

Puccini es el exponente final de una música capaz de integrar muchos de los avances armónicos modernos en un operismo popular. Dallapiccola es el primer serialista italiano, pero su obra prolonga la gran tradición sin la menor fractura: en su música late la dramaturgia de Puccini y Verdi, pero también las disonancias del madrigalismo de Gesualdo o de Luzzasco. La realidad es que Il prigioniero y Suor Angelica hablan de lo mismo: con bellezas disímiles si se quiere, pero también complementarias.

Las entradas para este espectáculo se venderán desde el 19 de septiembre de 2012.

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Crítica: He de confesar que a mi eso del doble programa en el Teatro Real nunca me había convencido mucho, básicamente porque no me parece serio ese dos por uno, además de que las óperas que se eligen para contrastar suelen ser muy diferentes y las razones de la comparación sumamente intelectuales y no accesibles a todos… sin embargo, estoy por cambiar definitivamente de opinión, puesto que nos da la oportunidad de conocer óperas pequeñas en duración, pero enormes en calidad… y todo en una misma sesión; además de reflexionar sobre sus puntos en común, sus diferencias y otro tipo de cosas, pues reconozco que al final se cae en la tentación de dejarse llevar por lo que dice el director de escena y entrar en el juego intelectual… aunque no siempre estemos de acuerdo. En todo caso, estas últimas sesiones de doble programa, primero el año pasado con Iolanta / Perséphone, que fue uno de los mejores espectáculos de la temporada pasada, y este año con este otro rotundo éxito del que se va a hacer la crítica, no hay duda de que el sistema funciona, realmente lo hace y se puede esperar mucho y muy bueno de estos dobles programas que parecen prometer mucho.

En cualquier caso, ambas óperas tienen la misma escenografía, qué se transforma con nuestra imaginación, y con la inestimable ayuda de la magnífica dirección, fácilmente tanto en una cárcel como en un convento, logrando así, que esta sea una de esas pocas veces en este teatro en las que la escenografía no es un impedimento para ver la ópera sino que la realza y consigue convertirse en un personaje más integrándose de un modo absoluto, convirtiéndose en algo brillante y simbólico, y como es costumbre, grandioso y espectacular, así, no podría ser más brillante el uso de los decorados, de las luces y el manejo de todo ello conjuntamente para lograr un resultado simplemente inmejorable. En lo que respecta al vestuario, es aceptable.

Así pues, nos encontramos con una ópera, que aunque dirigida de una forma totalmente moderna y nada clásica, consigue captar la esencia de lo que se quiere contar, y lo que es más importante, logra reinterpretarlo con gran éxito consiguiendo un gran triunfo final, lo que la verdad, no es nada fácil, y las múltiples y fallidas producciones de este teatro lo demuestran (la mayoría de ellas se quedan en el vano devarío intelectual de un director de escena a quien nadie tiene ganas de comprender).

En cualquier caso, no hay duda de que este doble programa, le beneficia también su vanguardismo de no respetar el orden cronológico en la representación, pues va subiendo de nivel y emocionalidad a medida que transcurre la velada hasta alcanzar el culmen absoluto… como defecto negativo, decir, ¡que uno desearía que estas sublimes óperas durasen más tiempo!, ¡llegan a ser tan maravillosas! (ya ves, unas duran demasiado, y otras no lo suficiente).

Respecto a los cantantes, todos son muy buenos, aunque me gustaría destacar a Deborah Polaski, que tiene un papel doble y muy diferente en ambas óperas, que no sólo borda cantando, sino también actuando. Aunque la verdad sea dicha, todos consiguen dar unas intepretaciones muy creíbles (y menos mal, sino con estas óperas daría risa), de modo que eso realza aún más y lleva a un nuevo punto de emocionalidad a estas brillantes obras.

Y dicho esto, toca hablar de cada ópera en particular:

-“Il prigioniero”:

La ópera es del siglo XX y se nota, pero no es una de esas obras insoportables e indescifrables, cuya musicalidad es más que cuestionable. No hay duda, es moderna, pero en el buen sentido, y también es extremadamente original, no es para menos, ¿cuántas óperas se han visto del género del thriller o del terror psicológico? pues esta ópera no sólo lo es sino que consigue su objetivo brillantemente, nos aterrorizamos con el protagonista, vivimos su increíble angustia magistralmente trazada en la partitura y brillantemente cantada, de modo que saboreamos el horror y la crueldad de un modo habitualmente poco explorado y sin embargo, totalmente fascinante.

Así pues, aunque la música está cargada de disonancias y no faltan los recitativos (y sí, con cierto toque de “Pelleas…”), lo cierto es que está tan bien hecho, tan bien utilizado, que sirve perfectamente a la acción final, a contar el magnífico libreto.

Aunque todo lo hay que decir, ¡pobre Felipe II!, qué desgracia lo de la leyenda negra, todas le caen encima, hasta en la ópera: esta, Don Carlo… pero bueno, como el propio director dice, es asombroso lo espantosamente contemporánea que puede llegar a resultar.

-“Suor Angelica”:

Antes de empezar, permitidme que cuente una anécdota personal: la verdad, es que cuando fui a comprar la entrada, no miré las críticas porque se me estaba acabando el tiempo para poder asistir, lo quería hacer, porque estaba especialmente interesado en ampliar mis conocimientos sobre Puccini (Dallapiccola me daba bastante igual, no voy a mentir, aunque después de haber visto su ópera, he cambiado drásticamente de opinión), que nunca ha sido santo de mi devoción (me parece lento y aburrido), pero como es tan popular, quería comprobar si quizás mi opinión llegaría a dar un vuelco.

Así que compré la entrada sin más, y teniendo en cuenta los precedentes (“Boris Gudonov” esta temporada, y otras tantas antes…), pronto me eché a temblar y me culpé a mi mismo por mi impulsividad, el hecho de no ver el teatro muy lleno tampoco ayudó a tranquilizarme, y cuando oí al conferenciante (que por cierto, ha mejorado mucho a nivel de oratoria, aunque sigue siendo demasiado especializado y no muy fácil de entender para no iniciados, da demasiado por hecho que todo el mundo está harto de ir a la ópera) decir los múltiples paralelismos que tenían estas óperas con otra de la temporada pasada… “Pélleas et Mélisande”, ya empecé a sentir escalofríos y me comenzaron los sudores fríos (para entender mejor todo esto, consultar la crítica), mientras me preguntaba, “¿por qué?, ¿por qué me he precipitado de esta manera?”.

A parte de eso, el conferenciante también nos contó como la hermana de Puccini y sus compañeras monjas lloraron en el preestreno privado en el convento de la ópera, recuerdo que cuando lo decía pensé “puff, que gente tan emocional, ¡que impresionables eran en el siglo XIX, de verdad!”… ¿cómo iba yo a imaginarme siquiera que yo mismo iba a acabar totalmente conmocionado por la ópera?, moraleja, nunca digas de este agua no beberé.

Y sucedió así: la cuestión es que a mi me encanta hacer para mi mismo comentarios irónicos mientras veo la ópera (me resulta divertido, porque las tragedias cuando son excesivas, se convierten en comedias), y así había pasado el tiempo mientras veía como a la pobre monja le pasaba de todo y se enteraba de que había perdido el hijo por el que tanto se había sacrificado y ahora decidía suicidarse (como no), el caso, es que yo pensaba con sarcasmo (pues ya sabía perfectamente el argumento), “venga, hala, bonita, ahora se te aparece la Virgen y nos vamos todos a casa, ¿eh?”… lo que yo no podía esperar era que de repente la escenografía empezase a moverse, las luces a hacer cosas extraordinarias, la orquesta a tocar a todo trapo, y la cantante entonando mejor que nunca, cantando y rogando a la Virgen volver a ver a su amado hijo, que la salvase y le diese una señal de que se salvaría, de que volvería a ver a su querido niño… a esas alturas había alcanzado todo tal punto de intensidad que yo ya ni podía pensar. Naturalmente, tenía la emoción lógica de algo tan bello, el llamado éxtasis artístico del que ya he hablado en más de una ocasión… pero iba a llegar más allá… entonces, de repente, y para mi sorpresa (y la de todos), se para la escenografía, y en el centro aparece un niño con los brazos levantados hacia la madre y al que sólo le falta decir “mamá, mamá”, la cantante alza también los brazos y sigue cantando la alegría de ver a su hijo y de que efectivamente a sido salvada por la Virgen… a esas alturas todo es tan bonito, tan maravilloso, divino (nunca mejor dicho) y perfecto que yo sucumbo totalmente a la emoción (como aquellas monjas más de un siglo antes, y nunca me explicaré como pudo fracasar en su estreno), me derrumbo totalmente, cae absolutamente toda mi muralla, mi barrera de pura sorna y caigo totalmente rendido ante la emocionalidad y la belleza de esa ópera y de esta producción. Y lo cierto es, que aunque yo no soy en absoluto de lágrima fácil, los ojos se me humedecieron, y alguna lágrima sí que cayó, ¡imaginaos como estaba de emocionado!.

Desde luego, mi parte racional me decía a gritos que no se podía creer que hubiera sucumbido a un truco tan vasto, vulgar, típico, tópico y chabacano como el del niño; pero a mi no me importaba, porque a veces, es bueno dejarse doblegar, hay veces en que caer bajo el hechizo (aún siendo consciente de que lo es) es lo mejor que se puede hacer para ser feliz… y yo lo era, quedé totalmente conmocionado y no me recuperaría de tanta emoción hasta varias horas después, y desde luego, el momento ha quedado en mi mente para siempre (¡realmente merece la pena vivir para experimentar momentos tan grandes como ese!, aunque la verdad, no es la primera vez que alcanzo el culmen de la emocionalidad en el Teatro Real).

Quizás, el haber contado esta anécdota es una de las mejores críticas que le podía hacer a la ópera, pero yo, no contento con eso, seguiré hablando del tema.

Así pues, nos encontramos con una ópera que es también muy Puccini (tiene algún que otro momento pesadito, pero algunas arias son simplemente deslumbrantes) y que tiene un gran encanto que reside quizás en su gran sencillez, no es ni pretende ser grandilocuente pero lo consigue precisamente por no quererlo, conviertiéndose en una gran joya dignísima de ver y escuchar, porque es una auténtica maravilla.

En definitiva, aunque sólo estamos ante la segunda propuesta de la temporada, no hay duda de que la sesión conformada por “Il prigioniero / Suor Angelica”, se convertirá en una de las mejores del año y que el ir a verla es un imprescindible para todos los amantes de la ópera, y, ¿por qué no decirlo? también para los que no lo son, porque probablemente también se conviertan en amantes del género gracias a estas dos grandes obras.

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3 respuestas a Óperas Il prigioniero / Suor Angelica

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