Ópera Elektra

¡Elektr-izante!

Sinopsis: Elektra es, seguramente, la obra más importante del siglo XX, con una extraordinaria producción dirigida por Semyon Bychkov, uno de los más prestigiosos directores musicales del momento. La puesta en escena cuenta con el trabajo de Klaus Michael Grüber, que ha marcado la historia del teatro en la segunda mitad del siglo XX, y junto con la monumental pirámide sobre su escenario firmada por Anselm Kiefer, esta producción será recordada como un evento estético y musical de primer nivel.

En Elektra se desarrolla un denso drama psicológico de tremenda y espesa atmósfera sonora. Su música, de marcado acento expresionista, se entremezcla con la palabra, que adquiere una inusitada importancia. Otro aspecto a resaltar es su complejo armónico, al que el propio Strauss se refirió diciendo que con esta ópera llegaba “al límite de la armonía”.

Elektra de Richard Strauss. Tragedia en un acto en lengua alemana. Libreto de Hugo von Hofmannsthal. Nueva producción en el Teatro Real, procedente del Teatro San Carlo de Nápoles. Del 30 de septiembre al 15 de octubre. Ficha artística: Director musical: Semyon Bychkov. Director de escena: Klaus Michael Grüber, Realizadora: Ellen Hammer, Escenógrafo y figurinista Anselm Kiefer, Director del Coro: Andrés Máspero. Clitemnestra: Jane Henschel/Rosalind Plowright. Elektra: Christine Goerke/Deborah Polaski. Chrysotemis: Manuela Uhl/Riccarda Merbeth. Egisto: Chris Merrit. Orestes: Samuel Youn y elenco. Coro y orquesta Titulares del Teatro Real.

¡Ay!, ¡cuanto tiempo hacía que no iba al Teatro Real! (desde Simon Boccanegra, nada menos), así que por un lado ha sido muy emocionante volver para la primera ópera de la temporada, pero por otro… uff, el TR (teatro real) parece en decadencia y caída. ¿Qué ha sido de los lujosos programas magníficamente impresos con espectaculares y muy artísticas fotografías de las óperas y en los que se anunciaban las marcas más lujosas como Chanel o Rolex?, pues han sido sustituídos por horribles folletos de cartón que por no traer, ni traen el argumento, y aquellas artísticas fotos se han sustituído por horribles dibujos pintados por niños pequeños. Además, ahora el libreto se vende a cinco euros, y por supuesto, el programa-libro, también se cobra. Gracias a Dios que aún dan una mínima información sobre la obra o te permiten usar el guardarropa y no te lo cobran, como en ciertos teatros privados de la Gran Vía dónde el modo de exprimir a los espectadores ya desde los precios de las entradas es un auténtico escándalo, pero bueno, a la espera de que no lleguemos a eso, está claro que el TR también está en crisis, se nota en cosas ya importantes como la austeridad de los decorados o en cosas más menudas como que la luz no está encendida día y noche, que los salones Goya siempre están cerrados (para ahorrar luz y un camarero, supongo) o que el descuento a jóvenes haya subido la edad (que es una de las mejores medidas de ahorro). Está bien que el teatro, siendo público precisamente, ahorre, pero una cosa es eso, y otra que sus austeridades afecten a su público, y eso considero que no debe ser.

Pero bueno, dejando de lado los temas sobre este teatro (en el que por cierto, ¡hasta la página web ha cambiado para peor!), que siempre da que hablar en este blog, para lo bueno y para lo malo (recordemos, por ejemplo, los famosos desnudos que tanto dieron de sí), centrémonos en su nueva co-producción.

Reconozco que la historia me interesaba mucho ya de por sí, sobre todo por el famoso complejo de Elektra (versión en niñas del de Edipo), y era un personaje mitológico del que no había tenido muchas oportunidades de leer mucho, así que descubrirlo en una ópera me parecía una oportunidad fantástica. Si a eso sumamos que era de Strauss, eso me asustaba y me alentaba a la vez, por una parte, conocía los famosos valses del compositor, pero también sabía que muchas veces sus óperas no tenían nada que ver (póngase por ejemplo Salomé) y que estaban caracterizadas por ser extremadamente modernas en muchos aspectos. Así que, allí me fuí, a ver que iba a encontrar.

La historia no está demasiado bien tratada, no es desde luego una biografía al uso, y quizás, que el libreto sea tan excesivamente poético no permite contar la historia realmente, es todo demasiado metafórico (bueno, a veces, porque otras veces es demasiado gráfico, Elektra no para de hablar que si de sangre, que si de bailar sobre muertos… etc, es la ópera más sangrienta que he visto jamás sin que se hubiera derramado una sóla gota en escena; se convierte así, en un tanto truculenta y desagradable, puesto que, como bien sabía Hitchcock, lo que no ves, te lo imaginas y es peor), sin embargo, consigue darle una gran intensidad a la historia.

Todo ello lo complementa brillantemente una música que, si bien vuelve a no ser en absoluto la convencional que se esperaría en una ópera, si consigue ilustrar bien la tragedia y aportar una gran emoción y la mencionada intensidad, muy buena parte de ello es debido seguramente a la gran cantidad de músicos que se utilizan para interpretarla; volviendo así al conjunto espectacular.

Con respecto a la producción del Real, es pobre, al menos a nivel de dirección artística y vestuario, en la que tiene un interés nulo, pues su mismo escenario durante todo el rato se vuelve aburridísimo además de lo poco estético y apropiado que resulta. Si bien en “Salomé” se conseguía un brillante simbolismo llevando la historia a la actualidad, aquí se fracasa total y absolutamente, de principio a fin en la estética con la que se trata la ópera que la perjudica más que la beneficia. Menos mal que está el resto.

Y por último los intérpretes, en los que se debe destacar especialmente a la cantante que hace de Elektra y a la que hace de su hermana, y ¡atención que esto es importante!, esta ha sido una de las pocas veces que he visto interpretaciones bastante veraces en una ópera, quiero decir que el director y los interpretes tienen la sabiduría de, no sólo cantar, sino además interpretar, haciendo que la historia cobre bastante vida. Si bien en ese aspecto no está falta de algunos errores, por ejemplo que por alguna extraña razón, la hermana da más vueltas que una peonza, después de cada función debe terminar mareadísima; o el que hace de hermano, de raza asiatica, del que habrán pensado que nos va a deslumbrar tanto con su voz (pues no, la verdad, en absoluto) que olvidaremos que el único parecido que tiene con Elektra es un ligero asemejo en el blanco de los ojos, o cosas así. En cualquier caso, creo que es necesario alabar eso, que los interpretes se conviertan en eso, en una buena fusión de cantantes y actores, porque la ópera no es sólo música, también es teatro.

En definitiva, aunque ya no está en el Teatro Real, recomiendo esta ópera a todo aquel al que le interese el género (aunque no para empezar con él), la mitología, las sensaciones fuertas, o simplemente quiera ponerse tan “eléctrico” como Elektra y tener una experiencia “Elektr-izante”.

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