Relato corto: El último Rey de Patones

Un nuevo relato llega a Grandes Relatos formando parte del “Especial Reino de Patones” (del que podéis tener más información sobre su historia real en este artículo de la sección Historia; y que podreis conocer en fotos y saber algo más sobre el en este otro artículo -origen de todo el especial- de la sección Turismo). En cualquier caso, este relato corto trata sobre el último Rey de Patones y la hipotética caída de esta monarquía, habla de la decadencia, de la dureza de la ley, del fin de las tradiciones, de los deberes de un soberano… etc; bueno, mejor que lo leáis y que me deis vuestra propia opinión, este es:

El último Rey de Patones

Fernando VII, Rey de España, no podía estarse quieto. Llevaba minutos y minutos dando vueltas en su despacho sin fijarse en el pequeño detalle de los suaves ruiditos que hacían las caras telas de su traje compuesto de sedas y brocados de la mejor factura.

Finalmente decidió ir a la sala Gasparini; un deslumbrante salón cubierto de marmoles y sedas tejidas a mano; para cambiar de ambiente, y quizás, recibir la inspiración de alguno de los dioses mitológicos que adornan esa y otras estancias del inmenso Palacio Real o de Oriente.

El monarca tenía un fuerte debate consigo mismo y le costaba tomar una decisión; desde que había comenzado su reinado, había impuesto el absolutismo, pues consideraba que era el mejor modo de gobierno; y todo lo contrario a esta ideología, eran las rebeldías inadmisibles que iban en contra de todo lo bueno, el Rey es Rey por la gracia de Dios, y eso, pensaba este monarca, no tenía vuelta de hoja. Sin embargo, como el Rey es Rey, sus mandatos deben de ser aplicados en todo su Reino. Pero, qué pasa si un lugar no cumple? cada lugar debe tener sus autoridades designadas por el cetro real para un mayor control y organización, lo contrario sería el caos y el desorden.

Sin embargo, había un lugar en concreto que se resistía a ello, ¡y a pocos kilómetros de Madrid!, una simple aldea llamada Patones, se alzaba triunfal frente a la capital autoproclamándose Reino, y con un monarca que ejercía como tal y al que toda la población del lugar reconocía.

Pero ¿cómo podía él, Fernando VII, permitir algo así?, había unas leyes que obligaban a tener un alcalde, no un “Rey”, ¿y como podía dejar que, a tan poca distancia de la capital se alzase ese foco de rebeldía?, la situación era absurda, casi cómica; tanto, que no podía sino imaginarse a los Reyes del resto de las cortes europeas partiéndose de risa si conocieran semejante hecho.

“Lex dura, sed lex”, la ley es dura, pero es la ley, se dijo a si mismo, “hay que hacerla cumplir”, se decía a si mismo entre confusos pensamientos plagados de indecisión.

El Rey Fernando se había pasado la vida entera luchando contra el liberalismo, lo temía, lo odiaba, y sabía que lo que hacía era justo porque sus prerrogativas provenían de Dios. Además, sabía el resultado de dejar que el pueblo actuara por sí solo, no se le borraban todas las cosas que había oído de la revolución francesa, el como sus regios primos perdieron la cabeza, como el terror revolucionario arrasó toda europa, como un arribista destronó a los monarcas de verdad, y como tuvieron que restaurar la paz entre todos volviendo al necesario orden; se había pasado toda la vida persiguiendo a esos peligrosos liberales (sólo pensar en la palabra le provocaba un gesto de asco en la cara), y por eso sabía que no se podían permitir excepciones, había que aplicar la ley, sí o sí; ese supuesto monarca debía de desaparecer y poner el correspondiente alcalde, por el bien del estado y de la Corona.

“Sin embargo”, reflexionó torturándose “¿como puedo deponer a un igual, que derecho tengo a quitarle el trono que le pertenece tanto como a mi el mío?”, al pensar esto, la desagradable imagen de Napoleón, aquel militarcillo provinciano que había conocido y que le había arrebatado la corona durante un tiempo (a él y a otros muchos), para sentar a su no menos plebeyo hermano en el augusto trono de su familia, le pasó por la cabeza de una forma sumamente desagradable.

Incluso había ordenado investigar esa supuesta dinastía patonesa de los Prieto, y cuando recibió los resultados, tuvo que contenerse para no perder la compostura, la furia y algo de envidia se habían apoderado de él. Todo el mundo sabía que los Borbones son una de las dinastías más antiguas y prestigiosas de Europa, pero aquellos Prieto… ¡podían descender de los visigodos, ser una dinastía milenaria!, y por tanto, ¡a lo mejor incluso más antigua que la suya propia!. Esa antigüedad, esa vetusta nobleza les daba un prestigio extra que la hacía aún más difícil de eliminar, ¿cómo podía ir él contra lo que Dios y la historia habían querido conservar?.

Y por otra parte, ¿no habían tratado con el Rey de Patones monarcas de no menos rango que él, y de prestigio incuestionable como Felipe II o Carlos III (su propio abuelo)?, ¿y no habían todos ellos escrito (medio en broma, medio en serio) documentos comenzados así “Del Rey de España a los alcaldes de las provincias y al Rey de Patones”, e incluso, no había respondido este último en alguna ocasión, orgullosamente, “Del Rey de Patones al Rey de España”?; si aquellos grandes ascendientes, figuras de la historia y ejemplos por excelencia, habían podido tolerarlo, ¿quién era él para no hacer lo mismo?.

Y además, los Patones estaban totalmente sometidos, casi nunca se habían negado a nada… pero, “¿y si algún día lo hacían? y si, teniendo en cuenta los problemas tan complicados de hoy día…” reflexionaba el monarca español “…¿un día se deciden a revelarse?” los imaginaba independizados “Felipe II acabó con los foros de Aragón aprovechándo el asunto de Antonio Pérez” reflexionó. “O peor”, siguió cabilando, “¡uniendo a ellos otros pueblos!”. En un grado de paranoia máxima llegó incluso a temer la proclamación del Rey de Patones como Rey de España, y también, imaginó como este se decidía a imponer… una constitución. Ello le provocó un desagradable escalofrío; incluso, llegó a pensar en como la herencia de sus padres acabaría por desmembrarse y todo sería destruído. No podía permitirlo.

“Luís XVI dio la mano y le cogieron el brazo, dejó, permitió… y al final mira lo que le pasó. Hoy día no se puede permitir ni el más mínimo cabo suelto”; Fernando VII no olvidaba su responsabilidad, sabía que ser Rey exigía unos deberes, el desvelo permanente por su país y por la paz de su Reino y si para eso había que hacer determinadas cosas, tendrían que ser hechas.

“¡No es un Rey, es un simple campesino venido a más!” dijo para convencerse a si mismo mientras volvía a su despacho. Entonces, se sentó, se apoyó en el escritorio, y rápidamente, antes de que pudiera tener tiempo para pensarlo más, firmó un papel. En él revocaba la existencia del Rey de Patones e imponía al pueblo tener las autoridades oficiales que la Corona y el estado español exigían.

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José Prieto caminaba por las calles de piedra de su aldea, llevaba tras de sí a sus ovejas a las que debía devolver al corral antes de que anocheciera, y aún tenía que hacer otras cuantas cosas antes. Había estado recogiendo algo de leña para poder vender en los pueblos cercanos, con lo cual había roto aún más su ya de por sí desastrada y más que remendada ropa que siempre estaba sucia por el trabajo; pero no le había dado tiempo a recoger mucha madera, esperaba que su hijo Santiago, que había ido a vender algunos productos de la aldea, trajera buenas ganancias, o al menos que hiciera buenos trueques. Mientras caminaba, con la ayuda de un antiguo cayado que había pertenecido a su familia desde antes de que nadie pudiera recordar, el viento azotó su sombrero, una prenda de paja, artesanal y de gran tamaño y altura, no había otro igual en toda la aldea, era lógico, porque era el símbolo de su realeza, José era el Rey de Patones.

Sin embargo, las ganancias que su hijo (como representante y sucesor suyo) habría hecho vendiendo todos los productos del pueblo hoy no eran, para variar, su principal preocupación; sino aquella carta. José leía con dificultad, pero el parroco del pueblo le había ayudado a descifrar aquel documento oficial que decía un no sé que de tener unas autoridades oficiales que todo el Reino de España tenía y que implicaban la desaparición de la monarquía patonesa; lo cual, pronto causó un gran revuelo en el lugar. En realidad todos se habían quedado en estado de shock, no se podían creer lo que pasaba, y nadie había conseguido reaccionar, acto seguido todos decidieron ignorar la misiva, hasta que el monarca, unos días después, decidió convocar una asamblea, que si bien eran relativamente habituales, en este caso todos sabían que iba ser muy especial, no sabían si el principio o el fin de algo.

En ese tiempo, José había reflexionado incansablemente, de hecho, aún lo seguía haciendo “creo que no he pensado tanto en toda mi vida” meditaba el pobre hombre de campo sobre un tema que hasta a un gran hombre de estado le resultaría difícil resolver, y lo cierto es que el Rey de Patones no era nada de eso, simplemente ejercía las funciones de un alcalde o de un juez de paz.

Sí, la asamblea de hoy pretendía ser útil para unificar criterios y adoptar una postura conjunta, pero, una vez pasado el shock, toda la aldea había hablado sin parar, no se comentaba otra cosa, los patones se negaban a perder su monarquía “Este pueblo sobrevivió a cuando vinieron los moros y se hicieron con todo el país, y también a los franceses, es más, hasta nos dio tiempo de financiar a guerrilleros como Juan Martín “el empecinado”, ¡no vamos a dejar que un señor de fuera cuyo país ni siquiera existía cuando nosotros ya eramos un Reino nos quite lo que es nuestro!” gritaba un anciano cabrero.

José era consciente de esas verdades, el Reino de Patones había sobrevivido a todas las invasiones, se había evadido de toda la historia del resto de la península, pero no por cuestiones militares o por su poder; sino por estar tan escondidos por la naturaleza, que fácilmente pasaban desapercibidos en medio de aquel valle de cuento; como nadie sabía de su existencia, nadie podía imponerles nada, “quizás, después del todo, no fue tan buena idea haber salido en aquel libro, “Viage de España” de aquel señor, Antonio Ponz, que pasó por allí, les encontró, y habló de ellos, de sus costumbres, y de su milenaria monarquía a todo el mundo a través de las palabras escritas” pensaba el monarca.

Ahora la cuestión era diferente, ya no podían esperar ser escondidos por la benévola naturaleza, se sabía exactamente donde estaban y ellos conocían también que el poder del Rey de España era muy grande.

“Y siendo tan gran y poderoso señor, ¿cómo puedo no hacer lo que me pide?”. José sólo había estado una vez en la villa de Madrid, de niño, y de la capital le había impresionado, especialmente el Palacio Real “mira” le dijo su padre “ahí vive nuestro primo, el Rey de España”.

¡Su primo!, ¡ja!, pensaba según se acercaba a su casa de piedra, oscura, cenicienta y donde se acurrucaban junto al ganado para poder dormir calientes; aquel inmenso palacio de Madrid lucía blanco, marmóreo al sol, brillando por si solo, deslumbrando a la mirada, luciendo su ostentosa riqueza ante todo el mundo con una belleza incomparable. Y, aunque siempre le avergonzó interiormente lo que ese día pensó, lo cierto es que se dijo a si mismo “¡ese sí que es un Rey!”.

Sin embargo, ¿quien era ese Fernando VII para decidir que ya no debía haber más Rey en Patones?, otros antes que él lo habían aceptado perfectamente, y el Rey de Patones había hecho tanto bien por su Reino como el de España pudo haber hecho por el suyo; era el soberano de Patones y no otro quien se encargaba de solucionar todos los problemas de los vecinos siempre que los había; y trataba de hacer justicia, algo nunca fácil con personas que veía todos los días y que apreciaba (aunque precisamente por eso los conocía y sabía como tratarlos, ¿acaso el Rey de España con su justicia oficial iba saber hacer eso?); él llevaba a vender todos los productos del pueblo y trataba de sacar las mayores ganancias para todos; él decidía todo lo que se hacía en la aldea, como y cuando; el definitiva, él lo gobernaba todo, siempre teniendo en cuenta el bien de sus vecinos. Y en cuanto a algo más tangible, si la ermita de la aldea se había construído, había sido precisamente porque uno de sus antepasados se había entrevistado con el cardenal Moscoso, que ningún Rey de España la había hecho edificar.

Y además de todos esos deberes oficiales, se tenían que ocupar de su propia subsistencia: el cuidado del ganado, de las tierras, la fabricación de productos para vender… etc.

Todo esto, le hacía recordar la carga que suponía ser monarca en Patones, era algo realmente agotador, y por unos segundos, reflexionó en lo que sería no serlo, ser libre, libre al fin, poder hacer lo que quisiera, vivir para su familia, incluso… ¡abandonar el pueblo si quisiera!. Pero… ¡que decía!, ¡eso no podía ser!, se decía que los Prieto habían sido Reyes de Patones desde hacía miles de años, ¿cómo iba él a renunciar a su deber, a lo que su dinastía le imponía, a las responsabilidades que su Reino le exigían, que derecho tenía a ello?, y su hijo, el Príncipe de Patones, ¿cómo podía negarle a él el trono, la herencia de sus antepasados, la gloria, el honor, el prestigio de una monarquía probablemente única en el mundo?, bien es cierto que le libraría de un trabajo que le condenaría de por vida, de un trabajo que le había atado a él y a sus antepasados, pero si su hijo no era un Prieto, un Rey de Patones, entonces, ¿quién era?.

Ya en casa, el Rey de Patones se sentó en una austera silla artesanal de madera, que luego, recubierta con pieles de diversos animales y situada en el centro de un considerable espacio, ejercería como trono, y allí se celebraría la asamblea.

Mientras tanto, María, Reina de Patones, preparaba un cocido para su numerosa familia; encima del fuego, removia los abundantes ingredientes que había dado aquel año una provechosa cosecha. Veía a su marido pensativo, y lo entendía, no estaba segura de si intervenir, aquello, consideraba, estaba por encima de su inteligencia de mujer. Había oído hablar de grandes Reinas de España, quizás por eso ellos estaban donde estaban, si tanto hombres como mujeres eran igual de listos. En cualquier caso, ella consideraba que su deber de buena esposa era consolar a su marido, y apoyarle, decidiera lo que decidiera.

El Príncipe heredero Santiago fue el último de los hermanos que entró en el hogar “ya le he dado de comer a los perros, ¡Dios!, ¡no paraban de ladrar!”.

“¿Has mirado si todas las rejas han quedado cerradas?” preguntó inquisitivo el padre “mira que como entre el zorro esta noche, buena la hemos hecho”. A continuación, padre e hijo, Rey y Príncipe, se sentaron a calcular las ganancias del mercado, no era mucho, pero el hijo había hecho buenos trueques, así que había reabastecido a la aldea de cosas que realmente necesitaba con urgencia. José estuvo a punto de felicitar a su hijo diciéndole que llegaría a ser un gran Rey de Patones, pero no se atrevió. A continuación distribuyeron las distintas ganancias, económicas y en especia, para las distintas familias que vendrían a la asamblea.

Después de cenar, a la luz de una vela y del cercano fuego, la Familia Real de Patones se preparó para recoger y preparar la casa para la reunión, todos excepto el patriarca, que anunció que iba a descansar un poco antes de esta. Pero José no estaba cansado en absoluto, lo que quería era ganar tiempo, reflexionar algo más.

La asamblea se hacía realmente para determinar el futuro del Reino, pero él sabía que el Rey de Patones tenía que haberlo decidido antes, esa era su verdadera misión, ahora más que nunca debería de ejercer como tal.

Si se negaban a las exigencias del Reino de España, conservarían su monarquía patonesa, pero, ¿por cuánto tiempo?, los poderosos y conocidos ejércitos de un Reino que había conquistado continentes enteros aparecerían y arrasarían Patones, ¿y que Rey podía consentir eso?, ¿cómo podía pedirle al resto de sus vecinos, de sus amigos que lucharan, aunque fuera por algo y alguien en quien creían profundamente, sin ninguna opción de victoria?, pero si abandonaba su corona, ¿que sería de Patones?, ¿qué sería del Reino? quedaría condenado a ser una aldea más, sería ningún sitio, nadie les recordaría; sus tiempos de gloria quedarían borrados para siempre, ¿sería la historia lo suficientemente compasiva para recordarles?, y lo que también era igualmente importante ¿sería esta misma historia, sus ascendientes y descendientes bondadosos y le perdonarían abandonar lo que debía de mantener?, ¿qué sería del Reino de Patones, alguien lo recordaría alguna vez?, ¿se sabría si quiera que había existido?, ¿llegarían a olvidar su gran e incomparable pasado sus propios habitantes?.

La asamblea empezó, el Rey de Patones no apareció en el habitual salón del trono (que no era otro que la zona más amplia de la casa, que era una combinación de cocina, comedor y sala para diversas actividades) hasta que todos los del pueblo que quisieron venir estuvieron presentes, todos habían estado hablando, pero cuando apareció el monarca, majestuoso con su sombrero de paja y su cayado que usaba a modo de cetro justiciero; se hizo un gran silencio, uno que todos recordarían, ese extraño silencio que se hace antes de todo gran momento histórico, como si el tiempo, respetuoso, se parara o se ralentizara para señalar la importancia del acontecimiento.

La asamblea no empezó del modo habitual, normalmente cada una de las personas que venía hablaba, exponía sus problemas; o dos vecinos pedían la resolución de un dilema al monarca… etc; pero en esta ocasión, el Rey tomó la palabra:

“Después de recibir el mensaje del Rey de España, que pide que tengamos las mismas autoridades que en el resto del Reino, he decidido complacer a mi primo, y que en Patones se haga también lo mismo, porque es necesario y bueno para todos. Estoy seguro de que el Rey de España será un muy buen Rey, como lo es para todos sus muchos Reinos, y querrá a Patones tanto como lo quiero yo, y como quiere a los demás sitios sobre los que gobierna. Por eso, y con la tranquilidad que me supone saberlo, renuncio a ser Rey de Patones por mi y por toda mi familia, como escribí en este documento que tanto yo, como mi hijo firmaremos. Ahora, vamos a hablar de los asuntos que os preocupan”, dijo con un enorme aplomo, con el que demostró, en apenas unos minutos, ser uno de los mejores representantes de una monarquía que hayan existido jamás.

Pero nadie quiso hablar de otra cosa, las mujeres, y algunos hombres lloraban; otros gritaban enfurecidos pidiendo sangre y ofreciendo derramar la suya por el Reino de Patones, otros proponían esconderse en algún sitio (tal vez unas cuevas cercanas) hasta que los Reyes de España se volvieran a olvidar de ellos… etc. Tras unos minutos así, el Rey de Patones amenazó con abandonar la sala y dar la asamblea por concluída, por lo que, todos se tranquilizaron y expusieron sus asuntos como era habitual, sobre todo porque sabrían que esa sería la última vez que verían al Rey de Patones reinando, ejerciendo su legítimo poder. La asamblea acabó de madrugada, casi al amanecer, algo nada habitual, pues todos habían querido solucionar una infinidad de asuntos para cuando el Reino se quedara sin su monarca, pero también, alargar el tiempo durante el cual el Rey de Patones seguiría siendolo.

Poco tiempo después del amanecer, y a pesar del cansancio, José, ordenó a su familia recoger todas sus cosas, abandonarían la aldea de inmediato, puesto que sin Rey de Patones, difícilmente habría Reino de Patones. La familia, a la que ya no le extrañaba nada de lo que pasaba por todo lo extraordinario de los sucesos, obedeció paralizada, sin tener tiempo a que sus sentimientos interfirieran.

Era muy temprano, y nadie había dormido en el pueblo, pero, allí estaban todos, en las puertas de sus casas, en las estrechas callejuelas de piedra, viendo como la Familia Real Patonesa se marchaba al exilio. El silencio era sepulcral y sólo lo interrumpían algunos sollozos de diversas personas; algunos, caían arrodillados al paso de la realeza patonesa en una mezcla de triste agotamiento desesperado y de gesto de respeto desmesurado; otros, directamente se desmayaban. Apenas hubo despedidas, nadie se sentía capaz de afrontar algo así. A la salida de la aldea, la Familia Real se montó en un carro de madera tirado por un burro; y todos vieron como su historia, como lo que eran, se marchaba para siempre.

************************************************************

Aquella mañana, un soldado de la guardia real del Palacio de Oriente de Madrid recibió unos objetos muy extraños, que nunca hubiera aceptado sino fuera porque venían acompañados de una carta con el sello del Rey. Eran un enorme sombrero de paja de gran altura, un viejísimo cayado y dos cartas, una escrita muy rudimentariamente por un hombre, probablemente, apenas alfabetizado, y otra, la que llevaba el sello del Rey, que había sido enviada desde el propio palacio.

Las había dejado un campesino, diciéndole que era muy importante que entregara todos aquellos objetos al Rey de España. El guardia no salía de su asombro.

Tras haber hecho eso, José se dirigió a la Plaza de Oriente, y allí, en el mismo sitio, hizo el mismo comentario que su padre le había dicho a él cuando había estado de pequeño. Santiago, no supo que pensar.

Fernando VII se dirigía al salón del trono para celebrar unas importantes audiencias, además de llevar a cabo la ceremonia de las cartas credenciales, cuando de repente, y sin saber porqué, sintió la necesidad de mirar por la ventana.

Allí, en aquella plaza que tantas veces había contemplado sin mayor emoción, vio a un campesino y a su hijo, y entonces, de repente, sintió una fuerte y dolorosa punzada en el corazón, no sabía porque, pero sabía exactamente quienes eran. José, vio al monarca también a través de las lujosas cortinas del palacio.

Ambos se quedaron mirando el uno al otro, como si no hubiera metros y metros de distancia, en un momento determinado, hasta se hicieron un leve y respetuoso saludo. Entonces, se dieron dos sucesos a la vez; en la plaza de Oriente, alguien chocó con el campesino distrayendo su atención; y dentro del palacio, alguien advirtió al monarca de que el embajador del imperio de Austria ya estaba allí.

Horas después, Fernando VII recibía aquellos objetos que el campesino había dejado, los observó con atención, y sorprendentemente, pudo ver exactamente lo que eran: las joyas de la Corona de Patones. Iluminado por su propio pensamiento, ordenó, para sorpresa de sus ayudas de cámara, que fueran guardadas en uno de los lugares más seguros del palacio, donde debían conservarse para siempre por ser el legado de uno de sus Reinos.

Tras tomar esta decisión, y ver como su orden se cumplía, volvió a la misma ventana que daba a la plaza de oriente a mirar, quizás con la absurda ilusión de que el campesino, el antiguo Rey de Patones, estuviera aún allí, pero obviamente, no estaba; y entonces, miró y observó concienzudamente, a través del cristal, en aquel atardecer de su capital, en el resto de la plaza, en las calles circundantes, buscando desesperadamente, siendo repentinamente consciente de que la gran dinastía de los Reyes de Patones se había mezclado, había desaparecido, se había convertido en una aguja en un pajar, ya para siempre, entre el bullicio, entre todas las personas que forman la ciudad de Madrid.

Toda la ficción propia (relatos cortos, novelas por entregas, microrelatos…) publicada en Universo de A está reunida aquí, en el Índice-Guía de Grandes Relatos.

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7 respuestas a Relato corto: El último Rey de Patones

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  3. plared dijo:

    Curiosa y bien trazada este historia sobre lo que pudo y nunca fue. Saludos

  4. ¡Gracias!, me alegro que hoy te hayas metido a crítico literario. No obstante eres muy benévolo, no sé si el principio sigue siendo un tanto farragoso (¡cualquiera juzga su propia obra!, ¡nunca podrá ser objetivo!) a pesar de que lo rectifiqué. En cualquier caso, seguía queriendo dar la impresión de pensamiento confuso, no sé hasta que punto logre eso, o que el discurso en sí fuera embrollado. También creía que esta primera parte podría resultar polémica, especialmente dándole un papel por el que es fácil sentir compasión a Fernando VII, que no es precisamente el monarca más querido de nuestra historia.
    En lo que respecta al resto, bueno, me documenté un poco, pero sinceramente, tenía miedo de no conseguir evocar suficientemente bien un ambiente rural que no conocía demasiado; aunque parece que coló.
    Y también me asustaba el hecho de que, como la mayoría del relato queda en manos de un narrador omnisciente, se pensara que muchas de las reflexiones de los personajes fueran mías también; supongo que finalmente logré que eso no sucediera.
    En fin, gracias de nuevo por tus amables palabras y por tus comentarios que siempre animan a seguir escribiendo, ¡hasta pronto!.

  5. Anónimo dijo:

    es muy fluida e interesante, al final tiene una parte que conmueve,donde el rey patones entrega las joyas de la corona de su reino,llega mucho al lector.

  6. Muchas gracias, me alegro de que la historia del monarca de Patones conmueva, eso era precisamente lo que deseaba, que el lector pudiera comprender la tragedia y toda la complejidad de esta.

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