Relato corto: Riqueza

      Bueno, pues aquí llega un nuevo relato corto, este muy apropiado para los tiempos que vivimos, en parte trágico (como la mayoría de los relatos cortos), pero, y eso es importante, también esperanzador, en fin, juzgaz vosotros:

Riqueza

 

     Aquella mañana, Adolfo recogía los cartones de diversa procedencia, que había selecionado con sumo tacto por cuestiones como la textura o la resistencia y otros muchos factores, era lógico que se tomara tanto trabajo en esta actividad, pues dormía en ellos, le servían como colchón y en ocasiones como mantas; y aún así no hubieran servido de nada sino hubiera estado al resguardo de aquel paso subterráneo del metro que había tardado en descubrir. Lo había hecho junto a otras personas, “los que no están”, como los calificaba a ellos y, no le quedaba otro remedio que asumir esa realidad, a él mismo, ¿qué otra cosa sino eran unas personas a las que la gente prefería no mirar? los que iban por ese paso apuraban su caminar y ponían la vista al frente esperando salir cuanto antes, la reacción era la misma, a pesar de que la motivación era distinta: una mujer lo hizo por desconfianza, temía que alguno de “esos” tratara de asaltarla con una navaja y le robara; otro hombre, acostumbrado a pasar por allí, ya ni siquiera se fijaba en ellos, ya ni existían, no como la primera vez, cuando no podía parar de pensar a donde iba el dinero de sus impuestos y porque el ayuntamiento no había desalojado a esas personas de una estación tan céntrica; un estudiante simplemente quería no mirar, el pensamiento de la vida de privilegios que ahora se le antojaba que llevaba, le parecía tan insoportablemente frívola, que si se paraba a observar, si se paraba a pensar sabría que en ningún caso podía gastar el dinero que llevaba para poder comprar el caro pack de la última temporada de su serie televisiva favorita. Por eso todos apuraban el paso, nunca es agradable que se nos ponga delante lo que no queremos ver y que, incluso si la mente nos juega una mala pasada, nos recuerda por un instante que nadie está libre de acabar así. No es para menos, había hablado con todos ellos, todos sabían que era lo único que podían hacer para no enloquecer, y a pesar de que el tema del como habían llegado allí casi nunca era bien recibido (especialmente si se trataba de unos reporteros pijos a los que en realidad sólo les importaba crecer en su trabajo mediante un nuevo show televisivo que acercara el drama -pero nunca demasiado, gracias a un buen montaje- a una sociedad acomodada que luego no dudaría en cambiar de canal sin pensar más en ello ni por un momento) porque a menudo había lágrimas, llantos desgarradores, y un mal interior que provenía del pensamiento de lo que pudo ser y no fue, había todo tipo de historias, todas más o menos dolorosas: la de un hombre que de joven empezó a consumir drogas y no pudo parar hasta destruírse a si mismo y a su familia mientras recordaba que ellos “querían que fuese ingeniero”; la de una mujer que desafío a su conservadora familia y fue expulsada por esta, fue prostituta, pero ahora su deterioro físico le impide ejercer; la de un hombre común de mediana edad, que un día perdió su trabajo y a continuación fue perdiendo el resto; su mujer, sus hijos, su casa… hasta que sólo le quedó poco más que el saco que utiliza para dormir… etc; por eso Adolfo se había cansado de sonsacarlos, nunca traía nada positivo, y a pesar de que sí se daba una explicación al cómo habían acabado siendo de “los que no están” nunca se aportaba una solución. 

      Sin embargo Adolfo sabía que era mejor “no estar” que “estar”, cuando lo último sucedía, la policía, o a quien se le encargara la misión de deshacerse de ellos, no utilizaba precisamente los mejores modos, las palizas y los insultos eran frecuentes a personas que ya se creía que no tenían dignidad, ¿y al fin y al cabo, que dignidad se puede tener en un mundo en el que lo que cuenta es el dinero, cuando no se tiene dinero?, ¿a quien protestar contra tales atropellos? y lo más importante, ¿a quién le importaban?, desde luego no a un joven o a un tipo cualquiera que después de salir de marcha, se animaba a hacer empeorar la vida a un hombre desgraciado de por si solo… sí, era mejor no estar, mientras nadie protestara, mientras nadie mirara, ellos no tendrían problemas y podrían seguir tratando de sobrevivir, si tenían poco y se lo quitaban, ¿que iban a hacer?, aquel subterraneo era un techo y protegía del cruel tiempo que no tenía compasión de nadie; sí, mejor seguir siendo de “los que no están”, porque el día que “están” siempre hay muchos problemas.

      Aquel día, Adolfo se fijó en el periódico gratuíto que alguien había tirado y en la fecha de este: 25 de julio y entonces, una sonrisa de dolor y nostalgia se apoderó de él mientras unas lágrimas cayeron sobre el ejemplar “hoy es la fiesta que todos los años organiza el marqués de Florido”, a su mente llegaron como un relámpago (imparable, rápido pero impío y dañino) los recuerdos, al principio leves imagenes, y poco después, momentos enteros, recordó la suntuosidad, la fastuosidad de aquella fiesta sólo comparable a las tan famosas de siglos pasados, como así era al fin y al cabo, “La fiesta de la primavera” era celebrada desde los tiempos del IX marqués de Florido y tenía tal relevancia en sociedad, que incluso varias jóvenes hacían su puesta de largo allí; sí, no podía haber mejor ambiente, los selectísimos invitados (allí se sabía quien formaba realmente parte de la alta sociedad) eran siempre las mayores fortunas del país, y todos ellos, y sus familias, desfilaban por salones por los que sólo había pasado la nobleza de la sangre más azul pasada por cinco filtros, cuando uno, siempre fingiendo la indiferencia propia de esa clase, terminaba de asombrarse de tanto dorado y obra maestra como los marqueses habían recopilado a lo largo del tiempo, y que había sido acompañado por una orquesta sinfónica que tocaba en el jardín (contratada expresamente para el acto) entonces se accedía a los grandes comedores para los que el chef más premiado y más exclusivo había preparado un menú para pasar a la historia, y donde uno podía deslumbrarse con las increíbles vajillas de época, las cristalerías mejor pulidas y con bellos brillos que formaban arco iris y por supuesto la cubertería de la plata más fina, de todas las cuales el marqués o su esposa contaban siempre alguna historia, como que la primera había sido utilizada en la boda del XV marqués con la condesa de Alfairez y Jamesten o que la tercera había sido un especial regalo de su majestad la Reina María Rosa por los servicios que le había prestado al país…

     “Creo que este año no iré” bromeó para sí, además, empezó a recordar, quizás a modo de autoconsuelo, lo realmente agobiante participar en aquel evento incluso antes de que empezara, tal fiesta era muy conocida, toda persona con un mínimo de ambición deseaba ir, al fin y al cabo, era la confirmación de haber llegado a un determinado lugar, pero las invitaciones eran limitadas, muy limitadas, había verdaderas peleas para ir, todo tipo de intrigas por conseguir una de aquellas sillas del s.XVIII, había empresas que no se habían consolidado  porque sus líderes no habían sido invitados y su competencia sí, otras que se hundieron pues no pudieron mantener la apariencia consiguiendo una invitación para la fiesta y otras personas que simplemente dejaban de existir para esa sociedad por no haber sido invitados.

    Una vez conseguida la invitación por la que se podían pasar semanas de verdadera angustia y sin dormir, llegaban los gastos, y es que asistir a esa fiesta no era acudir a una diversión, sino una inversión, absolutamente todo lo que pasara allí se estaba haciendo en representación de alguien, ya sea de una familia o de una empresa, por tanto, la imagen debía ser cuidada al máximo: toda la ropa tenía que ser exclusiva y para ello había que conocer o pagar auténticos dinerales a un importante diseñador (los cuales eran reservados con meses de antelación), y aún más si se hacía con poco tiempo (y las invitaciones siempre se retrasaban, quizás con cierta intención sádica), aumentando así  el gasto hasta lo estratosférico por un leve diseño diferente en el chaqué; el como llegar y por tanto el coche que se llevara también era determinante, y sería un escándalo (que haría saltar la alarma “¡ruina!” y que acabaría con toda posibilidad de una nueva invitación) descubrir que había sido alquilado, por lo que era una compra también necesaria a pesar de que esos coches tan pomposos y voluminosos no se pudieran volver a utilizar… etc y naturalmente lo más caro, el tradicional regalo a los marqueses (tradición que se remontaba a la entrada del primer burgués en el palacio) como agradecimiento por haber sido invitado, en teoría optativo, pero que destaba verdaderas batallas de espionaje industrial para no quedar por debajo del rival, ese punto, el momento en el que se veía quien había regalado que, era el momento culminante de la fiesta y podía suponer la ruina y la caída de alguno, en todo caso, los regalos nunca bajaban del millón (y que luego eran secretamente vendidos por el marqués, para poder sufragar la fiesta del año siguiente).

      Sí, cualquiera no era invitado a esas fiestas, aunque el siempre lo había ambicionado, ya en la universidad soñaba con eso en medio de la deprimente realidad de aquella institución inútil, hasta que por fin se hizo la luz, se hizo amigo de un informático, tímido pero genial, que tenía una idea que podía revolucionar el mercado, Adolfo, tenía precisamente las cualidades que le faltaba a su recien conocido amigo, un gran carisma, una tremenda visión para los negocios y sobre todo una gran confianza en si mismo y sus posibilidades; ambos abandonaron la universidad y montaron una empresa, el comienzo no fue fácil, pero esos tiempos no duraron mucho y poco después eran lanzados a lo más alto y, tal y como Adolfo había predicho, revolucionaban el mercado a una edad tan joven que se convertían en los nuevos ídolos de las nuevas generaciones y sus rostros eran la permanente portada de las publicaciones más prestigiosas; fue así, como de la noche a la mañana aquel tímido friki se vió dirigiendo departamentos enteros de informática y su compañero el ambicioso estudiante de empresariales, dirigiendo una compañía millonaria, el segundo se adaptó muy bien a esa nueva vida, el primero no. El informático era un idealista que quería reformar continuamente los programas, que no se sacaran hasta que fueran perfectos y crear todo tipo de aplicaciones gratuítas, en otras palabras, no tenía visión comercial; todo lo contrario que Adolfo, que sólo pensaba en como sacar más dinero de los usuarios del programa líder en el sector; los problemas crecieron y fueron a más entre ambos hasta ya casi ni hablarse, hasta que Adolfo tomó la decisión de librarse del que hacía mucho tiempo que era un estorbo, los accionistas, sedientos de más “cash” no tuvieron grandes problemas y la compra de la salida del creador del programa de la empresa se vio unánimemente como algo útil e imprescindible. Adolfo no lo supo entonces, pero había comenzado un camino hacia la soledad absoluta.

     Recordó también como empezó a ser invitado a nuevas fiestas de más categoría, escalando y escalando hasta llegar al máximo y lo orgulloso que se sentía de sus nuevas “amistades”, todo ello en los tiempos previos a la crisis, cuando la bolsa subía y subía y él se creía un joven afortunado, ganó mucho dinero, muchísimo; “pero no valió la pena” pensó; y fue verdad que el dinero no pudo pagar todas las horas y horas que pasó en la oficina, una dedicación que se convirtió en una obsesión, su trabajo dejo de ser una parte de su vida para convertirse en su vida, obsesionado con la bolsa y sus subidas y bajadas, con la venta del nuevo producto, con cómo sacar más, como reducir gastos y quien era prescindible y quien no… etc, dejo de pensar en personas y empezó a ver números, no había más realidad que la que mostraban los libros de contabilidad, en los que no admitía que bajaran las cifras, día y noche los miraba y obligaba a los demás a entregarse al trabajo tanto como él, de modo que los empleados tuvieron que elegir entre una casi esclavitud o perder su medio de subsistencia. En cuanto a Adolfo, acabó distanciándose de todos aquellos que alguna vez lo habían querido: la familia a la que nunca veía y que siempre despreciaba por su falta de ambición (y de la que llegó a renegar en alguna ocasión inventándose un pasado alternativo), amigos (unos reconvertidos en un número más de su empresa y otros, directamente olvidados), y sobre todo su novia del instituto, que cada vez era menos capaz (y con razón) de comprender su adicción, y que se negaba a ser un florero o otra persona más a sus ordenes, a ambos dolió la ruptura, pero Adolfo se consoló rápidamente recordando que esa chica de barrio no estaba a la altura del que ciertas prestigiosas publicaciones habían calificado como “genio de las finanzas”.

     Y entonces llegó el cambio de ambientes más absoluto, donde lo que reluce es de verdad pero a la vez muy falso; aquella ropa carísima creada específicamente para la apariencia, impresionó a una estilosa modelo, que había sido varias veces elegida como la mujer más bella del mundo, que cobraba cantidades escandalosas por un pase en un desfile y que había copado las portadas de las revistas de moda más deseadas; ahora sí que había llegado a lo más alto, publicaciones de todo tipo (incluso algunas que antes ni habían mencionado su nombre por no entrar dentro de sus contenidos) hablaron de su noviazgo en portada convirtiéndolo en una estrella de los medios de comunicación, obteniendo por tanto el prestigio absoluto; y más hablaron de su posterior y extravagante boda en la que se gastó tal fortuna que algunos medios extranjeros, que también habían pedido acreditación para cubrir el evento, dijeron que había sido la boda más cara de la historia.

       Pasearse con ella también dejó atónito (y en parte muerto de envidia) a todo aquel que lo había conocido “pero no tanto como me sorprendió a mi nuestro millonario divorcio” pensó con una risa amarga “aunque quizás fue mejor” y era cierto, aquella mujer era insufrible, su carácter era voluble y caprichoso, actuaba como una niña pequeña en todo momento y además era imposible de complacer: comidas continuas siempre en los restaurantes más caros, exigía renovar su vestuario semanalmente y su narcisismo era insufrible. Total, que el matrimonio sumido en permanentes discusiones, dejó de esperar una felicidad que nunca había tenido, como no se podía esperar de una relación en la que realmente nunca había habido amor sino el deseo permanente de estar siempre más arriba y tener más continuamente; el matrimonio sólo duró un año, los trámites del divorcio se alargaron varios más.

      Eso, la crisis y los inevitables gastos de todo lo que poseía, terminaron complicando la situación de la empresa y la suya propia, nuevos empleados que habían crecido bajo su sombra y con los mismos escrúpulos que él, ahora aportaban por detrás nuevas soluciones a lo que él era incapaz de resolver, la empresa perdió dinero, el fue despedido e incapaz de mantener todo lo que había generado, además de estar convencido de que debía mantener las apariencias para conseguir otro buen trabajo, sucumbió a una espiral de decadencia y caída sin retorno hasta perderlo todo “aunque quizás” pensaba ahora él “ya lo había perdido todo antes pero no me había dado cuenta”.

     Y eso le llevó a Adolfo el recordar lo que suponía el mantener: las casas (en varios lugares del mundo, a cada cual más grande que la anterior aunque casi ninguna se utilizaba demasiado; pero ello no impedía que hubiera que pagar todos los impuestos, mantenimiento y reparaciones continuas que estas exigían permanentemente), los coches (varios, su esposa por ejemplo, exigió nunca montar en el mismo) y un montón de propiedades “imprescindibles” para mantener ese estilo de vida, de modo que una parte de su fortuna acabó yendo directamente a su patrimonio, para el que casi tenía que trabajar para conservarlo… y es que sus gastos acabaron siendo directamente proporcionales a lo que ganaba, lo que creaba una situación de la que era imposible salir: si no trabajaba más la compañía no ganaría más y sino ganaba más no podría mantener lo que acababa de comprar y si no mantenía o vendía lo que tenía todo el mundo se enteraría, dejaría de confiar en la empresa y el podría perder su trabajo… la situación de estrés y de ansiedad era permanente y todas las pastillas del mundo no podían parar su angustia, a pesar de tomarlas a todas horas, sentía que no podía hacer nada para salir de aquel círculo que le ahogaba interiormente y ya nada de lo que le ofrecía le compensaba, sólo sabía que debía continuar y continuar hasta no sabía donde…

     Y tan rápido como le habían venido, Adolfo despertó de sus recuerdos, miró a su alrededor, y pensó mientras sonreía con verdadera alegría: “Pues estoy mejor así”.

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3 respuestas a Relato corto: Riqueza

  1. Pingback: Guía de capítulos de Grandes relatos | Universo de A

  2. Anónimo dijo:

    puede estar basado en la realidad actual.aunque es triste ver como se hunde su vida,pero con esa cura de realidad vio como su vida no era para nada perfecta a pesar de que lo tenia todo.

  3. Curiosamente, observarás que se escribió y se publicó antes de la crisis económica o cuando esta aún estaba empezando… da miedo ver como cada día que pasa tiene más vigencia, pero no en el sentido optimista del relato.

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