Relato corto: Los Arcos

     Un nuevo relato corto asalta esta sección (y aún queda otro, así que atentos), en este caso, el tema que se trata es la apoteosis, la gloria, el desconocimiento de un lugar y lo efímero de todo esto, bueno, no quiero dar más datos, que es más emocionante irlo descubriendo por uno mismo:

Los Arcos

     ¿Cuándo, cómo fue?, ¿realmente ocurrió?; como muchos saben, hay lugares por los que no pasa el tiempo, pero Los Arcos, es una población que es la expresión de lo contrario, de hecho, diría que el tiempo ha pasado demasiado rápido para él.

     Esa es la imrpesión que siempre tengo cuando vuelvo a pasear por allí, quizás es la nostalgia de un pasado mejor, pero creo que no, hay vestigios del pasado que no engañan; no, grandes avenidas totalmente vacías planeadas para estar llenas, montones de bloques de viviendas casi vacíos y que debían de estar llenos de vida, edificios institucionales de una arquitectura desmesuradamente grandiosa para el lugar que es ahora (muestra perfecta de una pasada gloria y de lo que pudo haber sido y no es), restos de empresas de las que ya sólo queda un dañado cártel en una puerta malamente cerrada puesto que ya no importa lo que le pase, construídas sobre los sueños de una época mejor… y sobre todo los chalets, esas casas blancas, propiedad de los afortunados acomodados que incluyeron un columpio en el jardín para la diversión de los niños… pero hace tiempo que ese columpio, terriblemente oxidado y despintado sólo lo mueve el viento y la nueva propietaria de la casa, la naturaleza, ha hecho acto de presencia en un lugar al que sólo había sido invitada a un jardín que ya no se puede llamar así….  

      Cuando era muy pequeño, según me contaron, Los Arcos era un pequeño pueblecito rural sin demasiada relevancia, la gente vivía sin muchas de las comodidades modernas, básicamente porque al no conocerlas, no las necesitaban. He visto algunas fotos antiguas en el archivo municipal, no sé si será el blanco y negro, pero las fotos y las vidas que muestra parecen de otro siglo: animales de granja (especialmente vacas lecheras) junto a hombres con boina y mujeres de trajes oscuros, casas separadas entre sí y con sus extensiones de tierra y en un lugar, la calle principal (casi la única) casi sin asfaltar, y aún así lo más elegante del pueblo, el único lugar donde se podían encontrar pisos, los únicos lugares realmente destacables eran la capillita de la Virgen a la que se tenía gran devoción y la escuela, construída por indianos (habitantes del pueblo que se habían hecho ricos en américa tras emigrar) sí, aquello era Los Arcos bien entrado el s.XX.

     Y entonces todo cambió, como por arte de magia apareció una poderosa empresa muy interesada en el lugar, y que no dudo en hacer todas las gestiones posibles para alcanzar su nuevo objetivo (cosa que realmente no le fue muy difícil) concluyendo todo ello un trato con el ayuntamiento para instalarse allí, este pensó que dar más trabajo mejoraría las condiciones de vida de los habitantes y además impediría que los jóvenes se marcharan, Los Arcos dejaría de ser una aldea con pretensiones de pueblo para convertirse en una población de importancia y referencia, ¿qué más se podía pedir?, ¡todo parecían ventajas!; y tenía razón, más de la que imaginaba.

      La empresa se portó muy bien con el pueblo, a velocidades asombrosas construyó: escuelas mucho más modernas que incluían gimnasio y piscina; un instituto que evitaba que los niños tuvieran que irse a la ciudad más próxima a tan temprana edad; casas para los obreros, los altos mandos (distintas naturalmente), configurando así una serie de barrios con múltiples calles de lo que sólo había sido una, oficinas, lugares de ocio, preciosas casas de campo… en definitiva, el pueblo fue totalmente revitalizado por la empresa, y pronto, muy pronto, aquel pueblo de apenas mil insignificantes habitantes tuvo catorce mil, y es que la gente no paraba de llegar, había trabajo para todos y la iniciativa privada surgió con más fuerza que nunca, un hombre se decidió a montar un cine y un teatro, otra mujer una tiendecita de moda; el crecimiento de la oferta no disminuía la demanda de un lugar que hace no demasiado tiempo consideraba la luz electrica un milagro. Esos tiempos sí los viví yo, fue glorioso, jardines magníficamente cuidados con grandes piscinas en las que los niños disfrutaban en verano o se columpiaban riendo alegremente mientras los padres cocinaban la barbacoa a la que habían invitado a unos cuantos amigos para una distendida fiesta; todo ello a la luz de un sol que sólo parecía calentarles a ellos; casas espaciosas y preciosas llenas de objetos modernos (algunos, lo último en diseño, gracias a otra nueva tienda del pueblo), exclusivos clubes de la empresa en la que el bar era lugar de reunión amistosa y profesional y en donde se podía disfrutar también de buenas comidas, todo ello, si se deseaba, después de pasar por la sauna o el spa del que también disponían; el cine que siempre tenía actividad de esto y en ocasiones teatro… etc, y viendo que las cosas iban bien, la empresa no dudaba en ampliar y ampliar plantilla, y todo el mundo era muy feliz, como se reflejaba en las postales que el ayuntamiento había hecho imprimir para promocionar el lugar.

     Pero no duró, pasados años, a la empresa le fue mal y entonces llegaron los despidos, las prejubilaciones y los contratos escasearon, no fue rápido, por el contrario fue una muerte lenta y dolorosa, a la que no le faltaron señales: recortes y huelgas, la edad dorada empezaba a desaparecer y cuánto más tiempo pasó, más empeoraron las cosas a pesar de la vana esperanza de los trabajadores y del pueblo, mientras los agoreros veían como sus predicciones del hundimiento del pueblo si desaparecía la empresa se iban cumpliendo, para su propio horror y desconsuelo.

      Y un día, sin más, la empresa se fue del pueblo dejando sólo lo que había construido en tiempos de bonanza; se deshizo malamente de todo lo que había adqurido en el lugar (lo cual no fue una buena señal), algunos compraron las casas que la empresa les había cedido durante tantos años (y que consideraban su propia casa, aunque lo cierto es que esta medida de la empresa sólo logró que la gente no invirtiera en el pueblo) y otros no, los hubo que tuvieron que irse pues no encontraban ningún otro trabajo, pronto, lento pero seguro,, quedó un enorme cementerio de casas vacías de las que la naturaleza no tardó en apoderarse. Entre tanto, las empresas que dependían de la gran empresa cerraron, los clubes exclusivos dejaron de serlo para pasar a ser vulgares tabernas, las tiendas no imprescindibles pronto siguieron el mismo e inevitable camino de una pequeña sociedad que había acabado su opulencia y ya no se podía permitir ser caprichosa. El cine-teatro aguantó a pesar de las pérdidas por el idealismo del dueño, hasta que este se tuvo que enfrentar a la realidad de la imposibilidad de mantenerlo, como institución cultural que era, el ayuntamiento tomó la buena decisión de salvarlo para evitar que todo se precipitará al vacío absoluto.

      La universidad me llevó lejos de Los Arcos, y mi trabajo consolidó esa situación, por eso, cuando vuelvo a visitar a mi familia, redescubro, paseando por allí, aquellos lugares en los que se vivieron días tan felices y entonces me asaltan los recuerdos y las visiones de un pasado que ahora parece imposible, ¿realmente sucedió?, ¿puede una vida ser realmente tan efímera?.

Toda la ficción propia (relatos cortos, novelas por entregas, microrelatos…) publicada en Universo de A está reunida aquí, en el Índice-Guía de Grandes Relatos.

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3 respuestas a Relato corto: Los Arcos

  1. Pingback: Guía de capítulos de Grandes relatos | Universo de A

  2. Anónimo dijo:

    esta interesante.tuviste una buena base para crearlo.

  3. Sí, era una buena idea, y además real, hay tantos lugares industriales que han pasado por una depresión parecida… en cierto modo es un homenaje; sin mencionar mi fascinación por la decadencia.

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