Salome

En serio, ¿se puede hacer alguna ópera en este teatro sin necesidad de desnudos?
 

Richard Strauss (1864 – 1949)

Drama lírico en un acto
(Versión completa)

Libreto de Hedwig Lachmann, basado en la obra homónima de Oscar Wilde
Editores y propietarios Boosey and Hawkes M.P. Ltd. de Londres

Nueva producción del Teatro Real en coproducción con el Teatro Regio de Turin y el Maggio Musicale Fiorentino

Orquesta Titular del Teatro Real
(Orquesta Sinfónica de Madrid)

Duración aproximada de las representaciones:1 hora y 50 minutos
(sin interrupción)

Introducción: La idea de llevar a la escena operística la escandalosa obra de teatro de Oscar Wilde (escrita originalmente en francés), sobre el episodio bíblico de la princesa de Judea que, con su erotismo y sensualidad, trastorna de tal modo al tetrarca Herodes que, inducida por su incestuosa madre Herodías, pide y consigue la cabeza de San Juan Bautista, el único hombre que no ha sucumbido a sus encantos, y que produce en ella una misteriosa combinación de repulsa y fascinación, estuvo llena de dificultades, pero fue un triunfo internacional. La ópera –escrita en una fiel traducción alemana de Hedwig Lachmann– contiene momentos de una sensualidad asfixiante, que han sido calificados de “lujuria sinfónica” (como la famosa “Danza de los siete velos”), y está estructurada en un solo acto sin interrupción, al igual que Elektra, con la que comparte una intensidad dramática, una violencia y una modernidad que después alcanzaría Strauss en muy contadas ocasiones. Fue estrenada en la Ópera Real de la Corte de Dresde el 9 de diciembre de 1905, con la soprano wagneriana Marie Wittich como protagonista y bajo la batuta de Ernst von Schuch (aunque previamente se realizó un ensayo general público en La Scala de Milán dirigido por Arturo Toscanini). Una obra en la que, como dice su protagonista, “el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte”.
     La soprano sueca Nina Stemme, una de las grandes voces dramáticas de hoy, asumirá por segunda vez este papel, después de haberlo encarnado en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en la pasada temporada, con lo que se confirma como una de las cantantes más completas de nuestros días, no sólo en el repertorio alemán. Será su primera aparición escénica en el Teatro Real, y se alternará con su joven compatriota Annalena Persson, otra representante de la magnífica cantera escandinava actual. Ambas tratarán de seducir a dos de los jóvenes barítonos más destacados de la actualidad, como son el alemán Wolfgang Koch y el norteamericano Mark S. Doss, ante la mirada de las consagradas mezzosopranos Doris Soffel e Irina Mishura, como Herodías, y los expertos tenores Gerhard Siegel y Peter Bronder como Herodes, en una nueva producción del canadiense Robert Carsen (aplaudido ya por sus visiones de Dialogues des Carmélites y Katia Kabanova en este escenario), y cuya sorprendente lectura de la obra del compositor alemán, que obtuvo un apoteósico éxito en su estreno en el Teatro Regio de Turín, no puede dejar indiferente a nadie.
 
      La crisis económica supongo que también afectará al Real, así que supongo que pensarán que hay que vender entradas como sea, y ya se sabe, sexo y polémica siempre venden, y lo cierto es que últimamente resulta difícil encontrar una ópera donde los personajes vayan vestidos durante toda la representación. ¿A que viene esta nueva tendencia? no hay quien lo explique; se empezó con desnudos disimulados en Tannhäuser, se convirtieron en integrales durante breves momentos en El holandés errante, y ahora, ya el pecho descubierto tanto femenino como masculino es una presencia permanente, y el culmen de la ópera es la desnudez integral de varias personas (aunque tengo que admitir que en esta ópera los desnudos están bastante bien usados).

     En fin, tras esta introducción sobre un tema sobre el que se hablará por extenso más adelante.

     La historia parte de una obra de Oscar Wilde que yo tuve la oportunidad de ver representada, por lo que he hecho el ciclo completo, cosa que recomiendo a todo el mundo especialmente si les interesa la historia (sobre la que no daré detalles pues es una historia bíblica muy conocida).

     A nivel musical, la ópera comienza algo floja, pero poco a poco y según progresa la historia va adquiriendo un gran interés y llega a fascinar totalmente; no olvidemos que se trata de ópera del siglo XX (por lo que, a pesar de su tremendo interés, prefiero no recomendarla a nuevos en el género) y por tanto ya hay una concepción distinta de cómo hacer este arte, llega con decir que ya ni siquiera hay arias. Así pues, nos encontramos con una partitura sumamente original en la que a veces la música no sólo sigue al cantante (a veces incluso lo que canta el cantante y lo que toca la música es totalmente diferente) sino que hace su propia interpretación del texto, y Strauss alcanza el nivel de obra maestra en el momento en el que consigue realizar la simulación de diversos ruidos de lo cotidiano (como el viento) en forma de música, logrando que apenas nos percatemos del cambio. Así pues nos encontramos con una obra tan artística como original.

     La dirección, en consonancia con el marcado estilo del Teatro Real de los montajes ultramodernos, se le ocurre una idea original: trasladar el relato bíblico a nuestros días, la idea en sí era buena en todos los aspectos, la acción se traslada a las Vegas, ciudad del pecado que además está rodeada por un desierto y se sitúa en un casino y Herodes es el propietario; tal cosa hubiera salido muy bien, de no ser porque se contradice continuamente con el libreto, que es marcadamente bíblico y que hace que texto y ambientación no coincidan en ningún momento, haciendo sentirse al espectador incómodo. No obstante, la dirección denota claramente su gusto por los símbolos y no para de usarlos de principio a fin de la forma más apasionante, ya sea en forma de desnudos, de disfraces o de cualquier otra forma.

     Por otra parte, los decorados, a pesar de su nula variedad, sorprenden por los múltiples recursos usados en ellos, reconozco que hacía tiempo que no quedaba fascinado por un montaje teatral, pero este lo consiguió totalmente, el movimiento de los decorados, los leves cambios de escenario, y sobre todo, un momento sublime en el que no sabías ni a donde mirar del gran espectáculo en el que se había convertido el teatro al completo gracias al juego con las luces de sala.

     Toca hablar de los desnudos; normalmente, este recurso sino se utiliza bien, resulta increíblemente vulgar, pero reconozco que aquí se ha usado con habilidad y cierta maestría, así pues, no se cae en la vulgaridad, pero tampoco se ven como necesarios ni un requisito imprescindible.

     Todo ello se debe también probablemente a las en general buenas coreografías (aunque el baile de Salomé no me cautivo en absoluto).

      Todos los cantantes destacan por igual.

      En definitiva, una ópera muy recomendable, especialmente para aquellos que ya hayan visto más de una, o para los que piensan que ya lo han visto todo en el género lírico, y en general para todo aquel que quiera ver una gran ópera convertida en un gran espectáculo.

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  1. Pingback: Ópera Elektra | Universo de A

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