La herencia del Rey loco: capítulo 5

      ¡Por fin se vuelve a publicar algo en Grandes relatos!, reconozco que no hice bien retrasándolo tanto, y que incluso incumplí una de las promesas hacia Universo de A que es que al menos hay que publicar un capítulo por año (y desde el último Rey loco creo que ha pasado más de un año), pero en fin, ya se sabe lo que se dice: “más vale tarde que nunca”, y aunque tarde, publico el:    
 
Capítulo 5:
 
     Y sin embargo allí estaba, cualquier profesional de cualquier oficio se pasa la vida esperando que aparezca algo extraordinario que cambie su vida, y lo cierto era que Norberto lo había encontrado.

      “Las verdaderas y últimas voluntades de Luís II de Baviera” meditó, ¿pero que significaba exactamente todo aquel galimatías incomprensible? había una cosa que quedaba muy clara: no encontraba un heredero adecuado, alguien que prosiguiera sus buenas obras, y parecía decidido a buscarlo en cualquier momento del tiempo o del espacio, ¿Qué sentido tenía sino la desaparición y reaparición de ese papel después de tanto tiempo?.

     “Vale, no nos pongamos fantásticos, tratemos de volver a adoptar una mirada científica” pensó; el testamento hablaba de una búsqueda, en realidad no de una, sino de varias o al menos de una que comprendía muchas, y al final parecía haber un premio: las joyas de la corona del Reino de Baviera.

      ¿Pero podía ser eso?, ¿no estaban acaso custodiadas en el palacio de la Residenz de Munich?. Norberto pensaba y pensaba, y todos sus pensamientos se contradecían entre sí.

      ¿Y todo lo que se leía abajo? “parece ser, una serie de enigmas, como una especie de juego de pistas del XIX”, ¿se podrán resolver?, ¿llevarían a algún lado tras tanto tiempo?, ¿y que significaban esas extrañas letras que aparecían en el medio de algunos de los supuestos enigmas?.

      Pronto se dio cuenta de que todo aquello era demasiado para pensarlo y tomar decisiones en tan poco tiempo, había que reflexionar tranquilamente, y aquel no era ni el momento ni el lugar; además de que pronto le echarían de los archivos.

      Y entonces tomó una decisión que determinaría el resto de su vida, miró varias veces, primero el testamento y después aquella destartalada habitación; cogió el antiguo papel y lo metió por debajo de su ropa (no fuera a ser que le revisaran a la salida), a continuación salió del castillo lo más rápida y discretamente que pudo, montó en el coche y se encaminó de nuevo a Munich.

      Norberto nunca se hubiera imaginado que iba a acabar robando un documento histórico al estado alemán, sin embargo, no sintió el más mínimo remordimiento de conciencia, “tal como estaba allí, hasta yo podré darle un mejor cuidado”, aunque también sabía que la conservación del documento no era en absoluto lo único que le había impulsado a llevárselo.

     Al día siguiente miró el testamento con una mayor atención, no parecía en absoluto una falsificación, y desde luego no podía llevarlo a ningún sitio (como un laboratorio) o pedir más opiniones a otros expertos para hacer unas comprobaciones definitivas, por lo que utilizó en él algunos métodos con materiales que tenía a mano y que le ayudaran a descubrir una posible falsificación (examinar y comparar con otros documentos -que tenía impresos o que habían sido escaneados- concienzuda y detenidamente la supuesta letra del monarca -y su firma-, su estilo de escritura que tan bien conocía tras sus arduas investigaciones sobre él, el tacto del papel y su forma, su conservación, su olor, examinar la tinta que se había utilizado para escribirlo, le hizo alguna sencilla prueba química al papel… etc) y el documento superó todas las pruebas con nota, desde luego estos datos no eran totalmente conclusivos, pero sí que reforzaban la posibilidad de autenticidad del testamento. Finalmente decidió llegar a la conclusión de que era verdadero, todo parecía indicarlo y su intuición también se lo decía a gritos, aunque también sabía que debía probarlo, cosa de la que se dio cuenta mientras hacía varias copias a mano del manuscrito, porque era evidente que no podía andar llevandolo de un lado para otro o que lo viera demasiada gente.

     Finalmente, llegó a la conclusión de que sólo había una manera, para comprobar definitivamente la autenticidad de aquel increíble texto (puesto que dado su carácter “casi secreto” y de testamento probablemente de última hora, sería imposible encontrar documentación alguna en una biblioteca sobre el manuscrito), había que comprobar su veracidad, y eso pasaba por un trámite sencillo en la teoría, pero más dificultoso en la práctica: había que comprobar si las joyas de la corona que estaban en la Residenz eran auténticas.

 

     Helmuth Hoffman esperaba pacientemente en su despacho la próxima visita de un joven que siempre le provocaba sentimientos contradictorios pues no podía evitar que le recordara a si mismo cuando era joven. Hoffman había sido un estudiante ejemplar y con una gran inteligencia, siempre el primero de la clase, había coleccionado durante toda su vida la admiración y la envidia de todos cuantos habían pasado por su vida, por eso resultó un gran alivio para él huir del ambiente irrespirable del pequeño pueblo alemán en el que había nacido e irse a la capital a estudiar a la universidad, donde una vez más volvería a brillar con luz propia, y su inquebrantable optimismo no le permitió ver las múltiples sombras que tenía esa institución a la que siempre había considerado como el principal foco de la cultura moderna, ni siquiera cuando finalizando su carrera, un profesor se apropio de uno de sus trabajos y lo publicó con su nombre. Para cuando hizo el doctorado, la visión de la realidad comenzó a cernirse sobre él, y como el resto, empezó a pensar que lo realmente importante era conseguir un puesto fijo en la universidad a la que había dedicado tanto tiempo. A pesar de eso, decidió que en ningún caso caería en las intrigas vergonzosas que llevaban a cabo otros para conseguir sus propósitos, y aunque así tenía menos posibilidades, su privilegiado cerebro le permitió llevarse la victoria al final.

      Una vez dentro, como profesor titular, pensó que tal vez podría cambiar algo, pero rápidamente se encontró con que un sistema tan corrompido no tenía arreglo, así que se decidió a dedicarse plenamente a la difusión de la cultura, y sobre todo, a investigar todo lo posible sobre Luís II, y en muy poco tiempo, era considerado la eminencia mundial en el tema, sus libros eran además, cercanos y sencillos, de modo que cualquiera podía leerlos y aprender (que era por otra parte lo que él tanto deseaba); esa situación le llevó a ascender en la universidad, pero seguía sin soportar a esos insufribles vanidosos compañeros, y hastiado de semejante en el que ni siquiera los propios alumnos querían aprender nada, empezó a aislarse más y más, hasta convertirse en una persona solitaria, introvertida y con un permanente tono de cinismo. Había llegado a lo más alto, pero le daba igual, la ambición nunca había sido lo suyo, eso sí, tenía la ventaja de que ahora se podía permitir dedicarse a la investigación enteramente, por lo cual parte de su proceso de ostracismo fue dejar de dar clases y no demasiado después, dejar de guiar tesis; su posición se lo permitía.

     Pasó así años, hasta que un día, le llegó una solicitud, con una carta de recomendación, y adjunta, una poco habitual carta personal de un universitario español en la que explicaba porque le apasionaba Luís II de Baviera y porque consideraba que él, Helmuth Hoffman era quien debía dirigirlo; normalmente hubiera mandado una carta estándar con una negación, pero aquello era diferente, ya para empezar, esas cartas no solían llegar a su despacho (parecía que era cosa del destino, aunque también era el día que la secretaria había cogido el día para asuntos propios) y para seguir, aquella carta reflejaba una pasión con la que se sentía totalmente identificado y que le recordaba a el mismo de joven, y sobre todo, una honestidad, una falta del habitual peloteo que asombraban. En un impulso, cosa muy habitual en él, decidió volver a dirigir una tesis después de más de una década apartado del tema.

     No tardó en arrepentirse, no porque el chico no fuera lo que le había parecido, sino porque se dio cuenta de la enorme responsabilidad que había cargado sobre sus hombros, para empezar, nadie iba a tomar a bien que después de tanto tiempo el “elegido” para su guía no fuera un alemán, además, habría unas expectativas tremendas acerca de ese nuevo trabajo que tendría inevitables repercusiones académicas tanto para él como para el joven español; lo que le llevaba a ser tremendamente exigente con él, y si a eso se une su habitual aspereza y su falta de trato habitual con la gente, lo hacían una persona muy dificil de soportar.

     Y eso era precisamente lo que pensaba Norberto cuando se dirigía aquel día a su despacho en la universidad de Munich, más conocida como LMU (Ludwig-Maximilians-Universität, nombre que venía de los dos monarcas que más habían influído en su historia), que era la segunda más grande de Alemania y por la que habían pasado algunas notables personalidades como varios premios nóbel e incluso fue allí donde se organizó el movimiento antinazi de la Rosa blanca. Pero ese día Norberto no se podía parar a pensar en aquella ilustre historia, puesto que la verdad era que las reuniones con aquel hombre podían llegar a ser realmente desagradables: por su característica seriedad y frialdad alemana, su tono casi permanentemente irónico, o esos largos silencios que se producían cada vez que le proponía o respondía a algo, resultaban realmente desalentadores y decepcionantes, sobre todo sabiendo que aquel hombre había sido el que había escrito los más sentidos libros y los que mejor habían comprendido la compleja psicología de aquel infausto monarca. De la admiración que había sentido por él quedaba sólo el respeto a la obra porque, aunque no lo había admitido para si mismo, en el fondo le destestaba (fuente de la tremenda desilusión que se había llevado).

     Por eso, cuando aquel día entró en el despacho para pedir lo que sólo a él podía pedirle, no se sorprendió de encontrarlo con cara de pocos amigos, sí, el catedrático tenía un aspecto bastante descuidado aunque moderadamente elegante, en cierto modo un aspecto típico de solterón, la naturaleza parecía haberse portado bien con él, puesto que tenía cierta belleza y no se conservaba mal a pesar de su edad, aunque se notaba claramente que él no había hecho nada por ayudarla, un cabello semicanoso nunca peinado, una gordura moderada, unas gafas muy poco favorecedoras o algunas prendas pasadas de moda completaban un aspecto no demasiado atractivo; aunque él lo sabía y le daba igual.

     Norberto sabía que ahora comenzaría una lucha en la que no tenía más remedio que salir victorioso, ¿pues quién sino alguien cómo él podía conseguirle una autorización para explorar de cerca las joyas de la corona de Baviera?, naturalmente, había decidido no decirle la verdad, tampoco podía, pero lo cierto es que últimamente empezaba a tener la sospecha de que sus libros no los había escrito él sino que había utilizado el robo intelectual, tan habitual en la universidad (¿cómo se explicaba sino que semejante personaje pudiera escribir con una sensibilidad y emotividad sólo comparables a las de Stefan Zweig?), así que, con un plan perfectamente pensado, se decidió a arrancarle la autorización como fuera.

-Hola, buenos días Dr. Hoffman -dijo educadamente, ante el silencio del profesor que le miraba con indiferencia, decidió continuar- verá, acabo de encontrar un dato en un documento que me remite a algo que debería investigar…

-¿y es? -dijo Hoffman cortante.

-verá, según cierto documento, hay unas inscripciones muy interesantes en la corona… -dijo tratándo de aparentar seguridad.

-Tal vez me equivoque, pero pensaba que su tesis se titulaba “Luís II de Baviera y los historicisimos en la cultura del siglo XIX”, sino es así, creo que debería de ir a junto del director de Cartier a ver si el le sabe guiar mejor en su tesis. Tiene un problema muy grave, y es que no sabe centrarse, y yo no puedo perder el tiempo arreglándoselo.

-Si se lo comento, es precisamente porque realmente creo que hay algo de interés para lo que trabajo… -dijo intentándo controlarse ante semejante impertinencia.

-Tenemos un tema y a él tenemos que atenernos, no es tan difícil de entender. Además, ya me dirá usted que tiene que ver un Rey de finales de siglo con unas joyas del principio del mismo siglo que casi ni tocó, así que la inscripción que pudiera haber, no sólo no tiene el más mínimo interés para su tesis sino que no es asunto suyo.

-Pero es que verá usted, -Norberto se dio cuenta de que tenía que empezar a poner más fuerza en sus argumentos- según otro documento que encontré -Norberto estaba empezando a preguntarse si acabaría cogiéndole de tanto inventar documentos falsos- supuestamente el Rey hizo inscribir, en un lugar recóndito y secreto de las joyas, el nombre del que él consideraba que era su único heredero -y continuó rápidamente antes de que el catedrático fuera a interrumpirle- lo que creo que es vital, puesto que le dejaba un importante legado cultural en una obra maestra de la orfebrería, lo que es un símbolo dentro de otro símbolo; así que debo de pedirle que me de un permiso para poder acceder a las joyas del tesoro de la Residenz.

     Por un momento Hoffman se quedó paralizado, pero rápidamente recuperó las formas y respondió, casi perdiendo los nervios:

-¡Oiga!, ¿qué se cree?, ¿que los permisos los regalan?, ¿sabe la de hilos que hay que mover, las llamadas y favores que hay que pedir?, ¡cómo sino hubiera hecho bastante consiguiendole el acceso libre a Neuschwanstein!, ¡yo tengo una reputación! y no puedo permitir que un investigador que está bajo MI tutela vaya con MI nombre sólo porque ha encontrado un lígero dato que no tiene porque conducir a ningún sitio, la historia es una ciencia, se basa en la investigación, ¡y usted sólo me ha traído una especulación!; si encuentra algo decente -dijo recuperando la calma- tal vez pueda intentar algo por usted, pero si sólo va a jugar a ser el vocero de los rumores de la historia no se moleste en volver a aparecer por aquí.

     Norberto sabía que la reunión había finalizado, así que se despidió casi con un susurro y mientras salía por la puerta algo le dijo que realmente tardaría mucho en volver a aparecer por allí, su vida le iba a conducir a algo mejor y mucho más emocionante; en todo caso, ahora tenía que encotrar otra forma de arreglárselas para descubrir la veracidad del testamento.

     Mientras caminaba por el pasillo pensando en sí Hoffman realmente querría más datos sólo para presentarlo en su próximo trabajo; el catedrático se había quedado en el despacho inmóvil y muy pensativo, por alguna razón sospechaba que el chico no le había dicho toda la verdad, y había algunas cosas (palabras, datos…) que había comentado que le resultaban inquietantes.

 

Continuará…

 

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5 respuestas a La herencia del Rey loco: capítulo 5

  1. alberte dijo:

    me gusta,esta bien construido,resulta ameno y muy interesante,ese misterio que encierra hace que el relato se lea muy rapido y quieras leer mas .Sigue escribiendo.

  2. A dijo:

    Me alegro de que te guste, y gracias por animarme a seguir escribiendo, trataré de publicar otro capítulo lo antes posible. Pero una pregunta, ¿qué es lo que más te fascina del misterio?

  3. alberte dijo:

    LA APARICION DEL DOCUMENTO Y ESE PROFESOR

  4. A dijo:

    Bueno, me alegro de que te intrigue el documento, porque es la base de toda la historia, pero bueno, el profesor es otro cantar… pero no quiero decir más por si estropeo la emoción de la historia

  5. Pingback: Guía de capítulos de Grandes relatos | Universo de A

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