Reinas trágicas I

Parte 1

    ¡llega otro artículo que hacía tiempo que deseaba publicar! (y que he tenido que dividir en dos partes –la segunda aquí– debido a su inesperada longitud); hoy tratamos sobre mujeres, mujeres que parecía que tenían un gran destino, que daba la impresión de que habían nacido para tener todos los privilegios y hacer grandes cosas (ya fuera como Reinas titulares o consortes) y sin embargo se vieron atrapadas en jaulas de oro, en situaciones imposibles y terriblemente trágicas (a pesar de su posición) que acabaron determinando sus vidas; lo cierto es que ellas lucharon con todas sus fuerzas para evitar su hado, pero al final, todas ellas sucumbieron, lo que nos hace ver que, quizás, si alguien tiene verdaderamente un destino trágico no podrá escapar de él, o al menos eso parece decir la historia:

 

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-Juana I de Castilla (1479-1555): más conocida como Juana “la loca”, esta poco reconocida mujer es el origen de todo el imperio español y sin embargo fue traicionada sucesivamente por su marido, su padre e incluso su hijo.

     La Infanta Juana había nacido como una más de las hijas de los Reyes católicos (concretamente la tercera), en principio sin posibilidades de llegar a sucederlos, pero ya se verá que pasó otra cosa.

     Eso se debió a la política matrimonial que los monarcas, que habían planeado muy hábilmente para sus hijos, fue así como una joven Juana partió para un lugar totalmente desconocido alejándose de su familia para ir a parar a un marido del que apenas sabía poco más que qué era hijo del emperador del sacro imperio romano germánico.

     El viaje, que en aquella época era todo un riesgo mortal, no fue tranquilo y se perdió un barco. A la llegada de la nueva Archiduquesa no apareció nadie para recibirla, puesto que la corte borgoñona además de mucho más laxa de moral, era más partidaria de una alianza con Francia que con Castilla, cosa que Felipe (el futuro marido) no veía con malos ojos.

     Supuestamente hubo amor a primera vista (lo cierto es que el Archiduque celebró el matrimonio inmediatamente después de conocerla y la Infanta no se opuso), pero rápidamente surgieron los problemas, Felipe comenzó con sus infidelidades y eso provocaba terribles celos en Juana (lo cual no es razón para llamarla loca, ya su abuela y su madre –sí, la misma Isabel la católica- habían tenido ese problema con sus respectivos maridos), de modo que su amor se convirtió en una obsesión (aunque, ¿hasta que punto una mujer actual no haría algo así?). Felipe por su parte, se negaba a cambiar, y el mito de la locura de Juana comenzaba, muy especialmente con determinados episodios como el de las tijeras y la cortesana, en el que, al saber Juana que una de sus damas era amante de su marido, pidió que la agarraran y le cortó todo el pelo.

     La muerte de los primeros Infantes conducirá inesperadamente a Juana al trono y provocará en breve tiempo el cambio de dinastía; la Archiduquesa pasa a ser la Reina titular y su marido el consorte.

     En el viaje a España pasaron por Francia, donde (prueba del buen juicio de Juana), el Rey francés hizo casi de improviso una especie de ceremonia de vasallaje que Felipe aceptó, pero que Juana se negó a realizar, como hija de los Reyes católicos que era.

     Ya en España pronto el nuevo Rey se cansará de ser el eterno segundón, y pronto, entre infidelidad e infidelidad (las cuales no hará cuando le convenga, el muy hipócrita sabía contenerse cuando debía de hacerle el cuento a su enamorada esposa), con ayuda de nobles flamencos, intrigará para ser titular ya que su esposa está loca y por tanto no puede ocuparse de sus funciones.

     Sorprendentemente lo conseguirá, por encima con ayuda del padre de Juana, Fernando el católico, que se convierte en cogobernante, pero dada la mala relación de ambos, el segundo acaba retirándose de Castilla mientras el primero, aguantará poco tiempo, pues morirá.

     Mientras, Fernando amenazaba la unidad tan deseada de la península con un segundo matrimonio que no dio ningún fruto y con el que hubiera privado a Juana de la corona de Aragón.

     Parecía que con la muerte de su marido había llegado el momento de Juana, pero ella, de una fidelidad absoluta, de la que su marido era tan indigno, decide cumplir su último deseo de ser enterrado en Granada y comienza así una larga comitiva de luto permanente; la reina no quiere atender los asuntos de estado, sólo quiere velar por su marido muerto y su tristeza no tiene parangón, aunque de forma inmerecida, él era el ser que ella más amaba.

     Sin embargo esta procesión sólo será peor para ella, pues acabará siendo un argumento más para verla como loca, y los que la acompañan acaban cansándose pronto.

     El padre, como si no hubiera hecho ya bastante, vuelve a ser llamado como regente y la comitiva nunca llegará a Granada, puesto que Juana será encerrada, ya para el resto de su vida, 46 años nada menos (parecía que el destino quería torturarla con una larga vida), en Tordesillas.

     A partir de aquí comienza en mi opinión, la parte menos conocida pero más interesante de la vida de la reina.

     Su hijo no la sacó del encierro, y aunque nunca fue declarada incapaz por las cortes, ni se le retiraron sus títulos, lo cierto es que ella permanecía encarcelada siendo la más grande de las reinas de su tiempo; aunque de eso se ocuparon bien su padre y su hijo de que nadie lo supiera, puesto que al fin y al cabo, la mujer era un estorbo político, ya que si la gente se enteraba de que realmente estaba cuerda, rápidamente serían tachados de usurpadores, al fin y al cabo, Juana era la reina legítima y más castellana que ellos.

     Carlos I puso a cargo del encierro a los marqueses de Denia, personajes crueles, que, dado que el emperador no visitaba a su madre nunca, podían pedir todo lo que quisieran bajo la excusa de que era para la reina y para la infanta póstuma que vivía con ella (Catalina, la cual era muy protegida por su madre, ya que no se la podía visitar sin pasar por su habitación, se convirtió así en la razón de la existencia de Juana), cuando en realidad, se lo quedaban todo ellos (cosa que el monarca ignoraba).

     Semejante mala vida hubiera podido acabar durante uno de los múltiples viajes que Carlos I haría por toda Europa cuando se levantó el movimiento comunero, sí, al fin era liberada de los malvados marqueses y los nobles querían proclamar a todo el mundo que no estaba loca y que todo había sido un complot político, esta era la gran oportunidad de Juana, pero una vez más la perdió su buena intención, ciertamente quería castigar los abusos de los flamencos, cierto que deseaba que su pueblo estuviera bien y que se alegraba de saber algo del mundo exterior de nuevo, pero la reina no quería firmar ningún documento por más que los nobles sublevados le insistían, ella no quería deslegitimar a su hijo ni perjudicarle.

    El tiempo pasó, Carlos I (ya V del sacro imperio romano germánico) volvió, y a la pobre reina se le fue restablecida su cautividad con más fuerza aún que antes, y con los mismos crueles carceleros, incluso se investigaron sus responsabilidades en todo aquel asunto y también a su hija, que resultó ser la más implicada.

    No sería el último disgusto para esta reina desgraciada, que aún tendría que ver como le arrebataban a su hija para casarla con el Rey de Portugal, cosa que esta, aún con mucho pesar, acabó accediendo ante las insistencias de su hermano pero muy preocupada por su pobre madre a la que en todo momento había intentado mejorar la existencia.

     Fue así como sola y abandonada por todos, la gran Reina, ya con fuerte tendencia a la depresión, se sumió aún más en la tristeza.

     Por si fuera poco, esa figura misteriosa acabó siendo vista por el pueblo como que estaba endemoniada o embrujada, de hecho, ella misma llegó a creerlo, al fin y al cabo, tantas desgracias tenían que tener alguna explicación.

     Finalmente, murió a los 75 años, tan sola y abandonada como había vivido.

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-María I de Escocia (1542-1587): también conocida como María Estuardo, llevó una vida llena de desgracias incontables, y a pesar de luchar con uñas y dientes por su reino, por su vida y por sus derechos, nada sirvió para lo que la historia parecía haber preparado inevitablemente para ella.

     María nació en pleno debate sucesorio, y, sino fuera porque todos los otros pretendientes murieron, quizás ella no hubiese heredado la corona (y posiblemente hubiese sido más feliz); la cuestión es que otro de los que falleció fue su padre, el Rey Jacobo V, hay quien dice de cólera, y otros por la presión de un reino con unos nobles insoportablemente levantiscos y una Inglaterra obsesionada con llevar a cabo la unificación de la isla. Por si fuera poco, al saber el sexo del bebé que acababa de nacer, el monarca creyó que era el fin de su dinastía.

     Con tan sólo seis días de edad, María fue proclamada Reina de escocia. Su madre consiguió hacerse con la regencia y comienzan las negociaciones de con quien se casará ese bebé; los ingleses desde luego están dispuestos a obligar a Escocia a ese matrimonio (en cierto modo parece premonitorio del trágico destino al que estaría arrastrada María Estuardo el hecho de que se vertiera tanta sangre cuando ni siquiera esta era consciente de su existencia).

     Los ingleses estaban ganando, y María de Guisa cada vez temía más por su hija, y, como tradicionalmente el reino había estado aliado con Francia, decidió entregar a su hija al Delfín en matrimonio, y así también obtendría la protección de estar en la corte francesa de Enrique II, fue así, como María I se despidió de su madre con tan sólo 5 años para no volver a verla jamás; y lo peor de eso, es que en realidad se dirigía a los que serían los mejores años de su vida.

     María vivió 10 años felices (o al menos de paz) en Francia, donde se desarrolló como una mujer culta e inteligente, alegre y hermosa, primero como Delfina y después como Reina. Pero en ese tiempo, Enrique II cuando vio como moría Enrique VIII, y después María I de Inglaterra; rápidamente le insistió a su hija política a reclamar la corona inglesa sobre la que ostentaba ciertos derechos; esa ambición desmedida le acarrearía a la jovencísima María el odio de la que sí sería coronada como Reina de Inglaterra: su prima Isabel I; que nunca olvidaría esa declaración.

     El marido de María Estuardo se convirtió en Rey de Francia, pero aquel muchacho enfermizo no duró demasiado, y dado que la pareja no había tenido hijos, María ya no tenía nada que hacer en la corte francesa, y más teniendo otro reino propio pues su madre había muerto en el mismo año que su marido. Con sólo 18 años, la Reina de Escocia se encaminaba al principio de sus desgracias.

     El complejo reino al que se dirigía, vivía en plena agitación, aunque tradicionalmente había sido católico, muchos de sus nobles se estaban uniendo al protestantismo (y otros eran directamente sobornados por la primita Isabel), y un fanático y peligroso predicador llamado John Knox que hablaba de que había que “acabar con aquella puta católica” pues no ayudaba. Su hermanastro ilegítimo que había estado dirigiendo el reino hasta entonces y que era protestante, tampoco parecía muy contento de su llegada. Sin embargo, la Reina (a pesar de su profundo catolicismo) decidió optar (aunque como ya hemos visto tampoco tenía mucha más opción) por un régimen de tolerancia y por mantener al bastardo hermano como principal consejero, dejándole casi las riendas del gobierno mientras ella hacía las tareas representativas; al fin y al cabo, a pesar de su sabiduría, su inexperiencia no jugaba a su favor.

     Mientras, María I intentó comenzar una buena relación con Isabel I, o al menos tantearla y ver que pretendía; su correspondencia fue tan amistosa como hipócrita, ambas mostraban muy buenas intenciones y muy buenas palabras, pero ninguna estaba dispuesta a cumplirlas e Isabel incluso enviaba dardos envenenados como la propuesta para su matrimonio de un Robert Dudley, hombre que todo el mundo sabía que había sido amante de la que sería conocida como “la Reina virgen”; una humillación en toda regla hacia la Reina de Escocia.

     Pero la monarca debía de casarse, se barajaron todo tipo de posibilidades, todas las cortes enviaron representantes, pero finalmente se acabó decidiendo que un Rey extranjero (a pesar de ser consorte), no sólo arrastraría a la Reina titular fuera del país, sino que además intentaría dominarlo; el elegido fue un importante noble nacional descendiente de reyes, Lord Darnley, lider católico, lo cual no sentó nada bien al hermanastro de la Reina (ni tampoco a Isabel I, que vio como un aristócrata inglés con también derechos a la corona inglesa juntaba aún más posibilidades a la corona escocesa) que rápidamente vio como todo su poder peligraba, así que se apresuró a traicionarla y a organizar una rebelión con los demás nobles protestantes; en una de las pocas veces en las que María tuvo suerte en la vida, venció a los rebeldes y se consolidó en el trono a ella y a sus creencias, todas las personas peligrosas fueron mandadas al exilio (una opción demasiado piadosa por parte de la Reina).

     María I se entregó con amor a su nuevo marido, que pronto demostró no ser merecedor de ello, arrogante, vanidoso y paranoico, su absurda ambición no tenía límites y cogía todo lo que María le daba con amor con desprecio, además de pretender querer ser titulado “Rey”.

     Así que María, desesperada y frustrada, buscó refugio en sus viejas amigas las artes, a lo cual le ayudó el músico italiano Rizzio, que se convertiría en su secretario privado y en su mejor amigo, haciendo ciertas incursiones en política, gracias a la influencia que tenía sobre la Reina. Pero rápidamente a los nobles escoceses les empezó a resultar desagradable ese consejero y no dudaron en susurrar a los oídos del marido de la Reina y de hacerle creer todo tipo de mentiras, consiguiendo finalmente que el débil, estúpido e imprudente hombre aceptara para servirles de escudo protector en el caso de que el único plan que sabían llevar a cabo los nobles escoceses desde hace siglos fallara: el asesinato.

     La Reina se encontraba en sus aposentos con algunos cortesanos, el consorte entró y naturalmente nadie le negó el paso a los que venían con él, que rápidamente cogieron a Rizzio, que sabiendo el odio que le tenían, sabía lo que le iban a hacer, y agarrándose a las faldas de su protectora gritaba desesperado “¡mia regina!” habiendo perdido totalmente la compostura; mientras María I entre asustada, furiosa y asombrada no paraba de gritar que qué significaba aquello y que se detuvieran inmediatamente; pero la detenida fue ella, retenida en sus aposentos y obligada a permanecer allí a pesar de sus intentos y su desesperación, oyó como se arrastraba a Rizzio que gritaba sin parar por todo el castillo, hasta que se le llevó al patio donde fue asesinado brutalmente de una paliza.

     Acabado todo, la Reina preguntó con entereza “¿soy la siguiente?”, los asesinos, respetuosos, se retiraron, mientras ella, sabiendo de la complicidad de su marido lo golpeaba, mientras él le decía que aquello era necesario, y que debía de reconocer que lo había tenido descuidado, cosa que no debía de pasar.

     María Estuardo lloró mucho la muerte de su mejor amigo, pero se recompuso astutamente para seducir a su marido y que este le rebelara quienes habían sido los traidores, lo hizo y los lores fueron castigados.

     Finalmente María I tuvo a su hijo Jacobo, ahora, y después de todo lo que había pasado, la Reina ya ni necesitaba a Darnley ni quería saber nada de él. Él por su parte tuvo pataletas e intentó volver a estar con la Reina, llegando a intentar chantajearla con decir que su hijo no era suyo, María consiguió hacérselo admitir públicamente.

     Mientras, la Reina había encontrado otro hombre fuerte del que se estaba enamorando, el conde de Bothwell, peligroso aventurero que hay quien afirma que lo que deseaba de la Reina era más la corona que la mujer y hará todo tipo de gestiones para asegurarse de que esa boda sea válida en el caso de que se llegase a celebrar, todo parecía atado y bien atado y su posición asegurada, pero parecía no recordar la facilidad con la que los nobles escoceses cambiaban de opinión.

     Darnley, enfermo en un castillo familiar, donde era visitado por la Reina (se llegó a creer en una reconciliación) fue convencido por esta para volver a la capital, pero antes de la entrada se alojó en una casa, que explotó, aunque se dice que fue asesinado antes de esto. Si María I sabía lo que iba a pasar o no, los historiadores difieren (de hecho es uno de esos personajes históricos que o se santifican o se demonizan); lo que si es cierto, es que aquella muerte que parecía una gran solución a la vida de la monarca fue el principio del fin para ella.

     María I fue raptada por Bothwell y acabó casándose con él, no en la gran ceremonia que se creía, sino prácticamente en secreto; los nobles se levantaron contra ambos, se preparaba una guerra civil, pero la Reina la evitó aceptando sus condiciones pero pidiendo que dejaran ir a su reciente marido (el cual acabaría encarcelado muy lejos de Inglaterra y enloqueciendo en su presidio). Los aristócratas no cumplieron su promesa, por el contrario, encarcelaron a la soberana en un castillo en una isla, y acabaron haciéndola abdicar en su hijo, que tan sólo contaba con un año.

     Pero ella nunca dejo de luchar, y con su particular encanto que había demostrado toda su vida, consiguió encontrar aliados en aquella prisión y escapar disfrazada.

     Trató de recuperar el poder, pero su ejército fue derrotado, ¿Qué iba a hacer ahora?, no le quedó más remedio que huir a Inglaterra donde tal vez su “querida prima” (que no la había querido ver nunca en persona y que jamás vería) la ayudaría.

     Como era de esperar, Isabel I rápidamente la “alojó como huésped”, aunque pronto descubriría la antes soberana que en realidad estaba en una prisión, y no sólo eso, la “virgen” se decidió a iniciar una investigación y un juicio por el asesinato de Lord Darnley (la monarca inglesa probablemente no lo sabía, pero con esa acción acababa de quitarle la invulnerabilidad a la Realeza, la cual según los preceptos del antiguo régimen no tenía más juez que Dios, pues por algo eran monarcas por la gracia de Dios, argumento de María daría continuamente en su juicio, haciendo ver que no aceptaba la autoridad de aquel tribunal de hombres).

     María siguió luchando incansablemente, intrigó de todas las formas posibles, enviaba mensajes a través de la ropa, de criados… etc, las cortes extranjeras los recibían y se preguntaban si debían intervenir ante la inadmisible situación de la Reina de Escocia; ahora María Estuardo acepta todos los prometidos que le proponen, todas las alianzas, ella sólo quiere vivir.

     Felipe II de España se plantea muy seriamente intervenir para liberar a esa pobre cautiva y a esa nación dominada por aquella peligrosa hereje que no ha parado ni por un segundo de perseguir católicos desde que ha llegado al trono, pero el conocido como Rey prudente espera demasiado, y aún cuando interviene, el resultado es catastrófico para España (la armada invencible).

     Sí, Isabel, busca, falsifica, da ordenes contradictorias a los que la rodean, no se atreve a acabar con una monarca ungida por Dios pero quiere hacerlo, mientras viva su prima siempre será una amenaza para su trono y ella no está dispuesta a permitir eso, caiga quien caiga.

    María mientras tanto intrigaba, aunque los historiadores no alcanzan un acuerdo de si realmente pretendía el asesinato de Isabel I.

     En cualquier caso, fue juzgada por ello y declarada culpable; su ejecución, o más bien asesinato fue horrible, hasta tres veces tuvo que cortar el hacha su cuello, y ella aún viva.

     Sin embargo, hay quien quiere ver un postrer triunfo en la Reina de Escocia, pues Isabel I, totalmente estéril, acabó dejando el trono de Inglaterra al hijo de María, Jacobo, que acabaría con la dinastía de los Tudor en Inglaterra y comenzaría con la de los Estuardo, y que, además trasladaría los restos de su madre a la abadía de Webminster, donde descansan, al lado de los de Isabel; aunque, ¿hasta que punto compensa eso una vida tan terrible?.

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-María Antonieta (1755-1793): hija de la gran Emperatriz María Teresa de Austria, llego al trono de Francia como consorte en un momento en el que la Reina, como pieza más delicada de la monarquía iba a ser desprestigiada (como sucedió en otros muchos países como España, Portugal o Inglaterra; y prueba de que todos esos hechos no fueron casualidad, siglos más tarde pasaba lo mismo en Rusia) lo más posible, con el objeto de hacer caer también a la institución.

      No se puede decir que la vida de la joven archiduquesa empezara mal, hija de una gran monarca (a la que llamaban la suegra de Europa), se libró de la estrictísima educación que habían recibido los primeros hijos (ella era la decimoquinta) pues ya compartía maestros y ayos con sus hermanos pequeños; sin embargo, sus estudios no le importaban demasiado, era despistada por naturaleza.

     Su matrimonio se acuerda, como no, sin tener nada que ver ella, con el Delfín Luis, heredero al trono francés; se dice que no todos aceptaron con buen gusto esa unión, y que las propias hijas de Luis XV empezaron a llamarla “la austriaca”, sobrenombre despreciativo que llegaría a tener mucha importancia (el pueblo más tarde lo modificaría y la llamaría la “austrichienne” –traducido muy a la ligera “la austriperra”-.).

     En la nueva corte pronto surgen los problemas, no se adapta al riguroso protocolo (en Austria tenía un ambiente más familiar; aunque siendo sinceros, ni el propio Luís XV conseguía sobrellevar aquellas inmensas y permanentes tareas de representación constante y de egolatría que tan bien se le daban a su abuelo Luís XIV) al que su “tutora” la condesa de Noailles (y que ella llamaba “madame etiqueta”) no la deja escapar. Pero eso es pura minucia en comparación con la rival que pronto tuvo; lo cierto es que la reciente Delfina no puede soportar que el Rey tenga una amante a la que luzca en todo momento, y menos una tan vulgar que todo el mundo sabe que salió de lo más bajo de París (en Austria no había nada de eso, María Teresa se había encargado de eliminar las cortesanas de pleno y había instaurado una rígida moral).

     Comienza así una lucha, una en la que la Delfina no lleva las de ganar, puesto que su posición en la corte es de todo menos segura, su marido no se acuesta con ella, y mientras ella no cumpla su función principal (dar hijos) la alianza tan hábilmente trazada por su madre puede irse a pique (ya se ha visto lo que pasó con María Estuardo, tan pronto murió su marido y ella no tuvo descendencia) y ella podría verse deshonrada, como una amargada tía suya que no hace sino lamentarse por no haberse casado nunca (curiosamente estuvo prometida a Luís XV) y por la perdida de su belleza después de pasar la escarlatina. La amante en cuestión es la Du Barry, que no puede hablar con la delfina por cuestiones de protocolo, pero que rabia por hacerlo, aunque esta, no quiere saber nada de ella y la ignora con el mayor desdén; pronto la amante está llorando al Rey por ello, y la cuestión incluso se vuelve internacional cuando el mismo embajador de Austria, Mercy, en nombre de la Emperatriz exija a la Delfina ceder (sino lo hace sería como reprobar el comportamiento del Rey); así, María Antonieta tiene que dejar de lado su orgullo (que no le falta) y le dirá en la galería de los espejos seis únicas palabras, que serán también las últimas: “hoy hay mucha gente en Versalles”.

     A pesar de todo, sus problemas nunca terminan, la Emperatriz siempre le está recriminando el que ya no lo intente con su marido, el que debe ser prudente… etc.

     Luís XV muere y ella se convierte en Reina, como se dice que dijeron los esposos al saberlo “Dios mío protégenos somos demasiado jóvenes para reinar”.

     Sí, ahora tiene el poder, ¡así que fuera gente aburrida!, ahora su corte será un sitio de diversión. Se ha dicho que intentó influir en política, pero es muy dudoso teniendo en cuenta su carácter, el cual ni siquiera le permitía leer una carta entera sin aburrirse antes.

     Pero pronto sus diversiones y frivolidades que no pueden ser controladas por nadie (a su marido ni se le ocurre) empiezan a ser excesivas, va a la ópera a París y vuelve a las 4 de la mañana o organiza veladas de juego que nunca acaban y a las que entra gente de muy dudosa procedencia, todo vale mientras traigan dinero y la consorte despilfarra dinero a manos llenas; eso sin nombrar la moda, que lleva a los mayores excesos, como pelucas de alturas innombrables que incluso reproducen paisajes. Todas estas acciones tal vez sean terribles para una Reina, pero no para la adolescente sin guía que era.

     En cualquier caso, si algo era más peligroso que su gusto por esa peligrosa ociosidad, eran los amigos, al principio de la alta nobleza y por tanto no excesivamente terribles; pero pronto se fijaría en la peor influencia: la condesa de Polignac, cuyos ojos azules atrajeron a la monarca y le hicieron preguntarle porque no se la veía mucho en la corte, ella respondió que no podía pagarse la representación; pero rápidamente María Antonieta lo arregló, y pronto todo valió para ganarse una sonrisa de la Polignac (cuya familia de baja nobleza no dejaba de ascender y ganar todo tipo de puestos) llegando incluso a representarse una obra que había sido expresamente prohibida por el Rey por su contenido revolucionario.

     Eso provocó algo peor, el aumento de la distanciación con el resto de la corte, a la que empezó a ignorar, y que acabó detestándola y creando los primeros panfletos en contra de la consorte (ninguna revolución la empiezan los de abajo; siempre son interesados de arriba). La Reina empieza a volverse impopular, y su frivolidad no ayuda a que dejen de crearse leyendas como la de “que coman pasteles” o el asunto del collar en el que ella no tuvo nada que ver y que tan, profundo e irreversible desprestigio le causó (una estafadora usó el nombre de la Reina para que un cardenal comprara un collar con el que ella se quedó; el pueblo trazó una espiral de lujuria, despilfarro y perversión; y el hecho de que el parlamento no condenara al vicioso cardenal insinuaba ante todo el mundo que la Reina si había tenido algo que ver).

     Por encima, mientras tanto Luis XVI alentaba y ayudaba a los rebeldes norteamericanos contra Inglaterra en su guerra de la independencia, precedente de la revolución francesa.

     María Antonieta, por fin tiene hijos, la visita de su hermano y el dialogo con Luís XVI que padecía una enfermedad (sífilis) y la consecuente operación han dado resultado, dos hijos dará la consorte, incluido un heredero que ya nunca gobernará. Es entonces cuando la Reina cambia, se acomoda, se calma y cede a todo lo que exige el pueblo, pero las críticas no cesan, ya parecen imparables, ella ya sólo puede decir “¿¡que más quieren de mi!?” está dispuesta a renunciar a todo.

     Pero los panfletos ya han alcanzado una brutalidad tremenda, se habla de orgías en el pequeño trianón, de hijos bastardos, de maridos carnudos, de prácticas lésbicas; María Antonieta simplemente decide ignorarlo, es demasiado doloroso.

     Y todo esto no lo mejora el mal momento de Francia: guerras perdidas, malas cosechas… y sobre todo falta de fondos. Los famosos estados generales convocados por Luís XVI no ayudan en absoluto, y la más terrible crisis se cierne sobre el país y sobre la monarquía.

      Todo culmina cuando una manifestación de mujeres (aunque de esas había más bien pocas) se dirige a Versalles con el deseo de pedir pan (en realidad mucho más); al Rey se le pide que tome una decisión, que huya, que frene al pueblo yendo él en su caballo, pero él es un permanente indeciso, no hace nada, y María Antonieta sólo es la consorte, tampoco puede hacerlo.

      La manifestación llega al palacio, el Rey, siempre con una permanente buena voluntad acepta recibir representantes que pasan por los pasillos por los que antes sólo la nobleza pasada por cinco filtros de sangre azul podría haber caminado (y que a esta altura ha huido mayoritariamente; en parte por petición de los monarcas que han reducido su aparato para evitar rebeliones, pero como le dijo un político al Rey “no señor, esto no es una rebelión –refiriéndose a la toma de la bastilla, ¡es una revolución!”-), algunos se echan atrás, pero las que llegan descubren una amabilidad absoluta, el monarca cede a todo; pero cuando bajan, corre la voz de que en realidad han sido sobornados, la situación se pone aún más peligrosa y el Rey es humillado públicamente siendo obligado a salir al balcón a prometerlo todo, pronto no será lo único que pidan, quieren ver a la odiada austriaca, la cual se niega a salir por dignidad, pero la insistencia terrible la obligará a hacerlo.

      En realidad, a pesar de eso, ella nunca creerá que el pueblo realmente se así, ella siempre habla del “bon peuple” pero cree que está manipulado por gente mala y revolucionarios sin escrúpulos. 

      La noche no será tampoco tranquila, cuando parece que todo se ha tranquilizado y todos duermen, comienza un asalto al palacio, uno particularmente peculiar, puesto que los asaltantes saben exactamente como llegar a los aposentos de la Reina, aún sin haber entrado nunca a palacio; varios guardias mueren, la Reina despierta, coge a sus hijos y huye desesperada a la habitación de su marido que no parece despertar por más que llaman a la puerta, María Antonieta pudo haber muerto esa misma noche (y quizás eso no hubiera sido tan terrible para ella).

      Todo acaba con el populacho gritando al amanecer “¡El Rey a París!” (todo con muy buenas intenciones de superficie, pero el fondo lo saben todos cual es), Luís XVI se ve obligado a ceder; si María Antonieta pensó que esa había sido una noche terrible, en realidad no era nada comparado con lo que esperaba, a partir de ese momento pagará muy caro cada uno de sus segundos de diversión del pasado compensándolos ampliamente con un dolor, sufrimiento y angustia permanente.  

     Al llegar a París, el alcalde los recibe con la mayor de las apariencias posibles (démonos cuenta de que la idea de acabar con la monarquía era demasiado excesiva aún) dándoles las gracias por abandonar Versalles y venir a vivir a junto de sus subditos que tanto los quieren (supongo que algunas de las amenazas que escucharon mientras hacían el viaje eran en realidad cumplidos).

     Los Reyes entran en el palacio de las Tullerías en el que hace décadas que no vive nadie, el pequeño Delfín se queja de un sitio tan deprimente, a lo que su madre, María Antonieta responde “hijo, tu ascendiente Luís XIV vivió aquí y se encontró bien, y nosotros no podemos ser más que él”.

      Sin duda en la nueva asamblea constituyente que inaugura ese poco esforzado intento de monarquía constitucional hay monárquicos, pero también gente peligrosa y muy ambiciosa que no dudará en hacer lo que sea para alcanzar el poder.

      El Rey, que ha sido educado para saber que ostenta esa dignidad por la gracia de Dios, no puede admitir muchas de las cosas que se proponen, y no deja de utilizar su poder de veto, motivo por el que pasa a ser conocido como “don Veto” por el pueblo, aumentando su ira.

     Es ahora, y ahí reside toda su grandeza, cuando la Reina que siempre ha sido díscola y frívola, la que no era capaz de leer una carta hasta la mitad por puro aburrimiento, cuando se implica seriamente en la diplomacia (aunque sus críticos hablan de viles intrigas), ahora escribe a todas las cortes europeas, habla con todos los políticos, recibe a quien haga falta para mejorar la situación, pero siempre sin perder la dignidad (otra cosa que la acompañará durante toda su vida, incluso en los peores momentos).

     Pronto los monarcas son conscientes de que no son libres, en un esperado intento fallido de hacer una salida de fin de semana, rápidamente corre por todo París el rumor de que los Reyes pretenden huir, y toda la ciudad se presenta en el palacio exigiendo que no salgan, no les queda más remedio que ceder, pero María Antonieta le dice a un ministro “ya véis que no somos libres”.

     Precisamente por eso se prepara su huída, conocida como la huída de Varennes, pero son identificados y apresados en esa ciudad.

     Eso lo ha empeorado todo, y ahora la revolución parece no tener límites, se suceden los asaltos a las Tullerías en las que una masa carente de raciocinio acaba con todo lo que hay a su paso; llegan a las habitaciones del Rey, el siempre, bueno hasta llegar a ser tonto, cede en todo, ¿Qué hay que ponerse el gorro revolucionario?, se pone. No María Antonieta, que cuando, aún estando contra una esquina de sus habitaciones, protegiendo a sus hijos y con sólo unos pocos guardias para ayudarla mientras toda una masa la insulta, y le dice cosas horribles, e incluso cuando le dicen, con el mayor de los cinismos “comprended señora, que el pueblo os amaría tanto como a esa niño si cedierais en algo”, ella sólo responde con tranquilidad y sobre todo dignidad que no ve amor en ninguna parte y se niega en rotundo a que le pongan el gorro revolucionario al Delfín, cosa que podría haber sido el último acto de su vida; pero no, el destino le tiene preparadas más desgracias.

     Se acaba con el poder real y los monarcas van a parar a la prisión del Temple, donde sus carceleros no consiguen ver al “sanguinario Capeto” por ninguna parte, sólo ven a un hombre bonachón que juega con su hijo, totalmente inasimilable a la versión del monstruo que les habían pintado.

     Pero la revolución sólo ha empezado a segar vidas, todo el mundo cae, y los primeros, los aristócratas (algo irónico teniendo en cuenta que algunos de ellos intrigaron contra la Familia Real, consiguiendo ese final para ellos mismos); el mayor dolor para la Reina será cuando traigan a las puertas de su prisión el cuerpo descuartizado de su gran amiga (y según las mentiras revolucionarias, también amante) la pobre Princesa de Lamballe, buena persona que se negaba a huir cuando los demás se habían ido, que volvió de Inglaterra para ayudar a su pobre Familia (era la cuñada de María Antonieta) arriesgando su vida, y perdiéndola finalmente de una forma brutal e inhumana (se dice que hasta se bebió su sangre). Sí, quieren enseñarle a la “puta austriaca” lo que también van a hacer con ella; la Reina, por primera vez (diría su hija en sus memorias) pierde las formas y se desmaya. El carcelero quiere evitar un asalto, así que felicita a la masa por su gran hazaña y les pide que vayan a enseñarlo a todo París.

     Aislados en aquel lugar al que sólo les traen disgustos, no ven como cambia la Francia sobre la que antes reinaban, como la inestabilidad es cada vez mayor y como la idea de democracia pronto desaparece por la de dictadura, la de la Convención, que rápidamente propone juzgar al “asesino Capeto”; aunque la votación es muy justa, el Rey es condenado a muerte, su esposa no puede más, todas sus luchas no parecen tener ningún sentido. Sin embargo, su ejecución será digna (va en carruaje cerrado), o por lo menos, mucho mejor que la que tendrá su esposa unos años después.

     Ahora está sola, o al menos a la cabeza de su familia, la acompañan una cuñada, su hija y su hijo; aunque a este pronto se lo arrebatan, para evitar que su desnaturalizada madre corrompa más al Delfín.

     La gran hija de María Teresa de Austria cada vez está más sola, pero aún quedan cosas terribles por llegar.

     Así, comienza a aparecer la idea de hacer otro juicio contra “la austriaca” pero esta se niega a reconocer la autoridad del tribunal, y lo cierto es que no hay gran cosa de la que acusarla, pero quien quiere encontrar motivos siempre los encuentra.

     Supuestamente, el Delfín ha sido pillado “explorando su cuerpo”, cosa lógica en un preadolescente, al que rápidamente se empieza a interrogar y a convencer que eso lo provocaron su perversa madre y tía que no tienen límite en su lujuria incestuosa, se escenifica un juicio, y el niño, convencido u obligado a ello, declara las barbaridades que le han hecho aprender, su tía no puede gritar sino “¡monstruo!” y a su madre ya le han dado la última puñalada, con razón dirá, ya de camino hacia la conciergerie (supuestamente tribunal, pero en realidad, garantía de muerte), tras golpearse la cabeza y caerse, cuando le preguntan si está bien, ella responde “sí, ahora ya nada puede hacerme daño”.

     Pero María Antonieta sabe morir como lo que ha sido y es: una archiduquesa de Austria y Reina de Francia; los furibundos periódicos revolucionarios tienen que reconocer que “no bajo la cabeza ni un momento la maldita”, sí, a esa prematuramente avejentada mujer, curtida por todos los dolores que se pueden sufrir, no necesita grandes vestidos, ni impresionantes carruajes ni tiaras, no, va en un carro de vacas pero no pierde la dignidad, sube las escaleras del patíbulo como si mármol de Versalles fueran (se dice que pisó al verdugo y que a continuación dijo “disculpe, no lo he hecho a propósito”) y mientras el pueblo la insulta y le dice “come pasteles”, frase que nunca pronunció, ella se resigna a su final y muere como una gran Reina en medio de la barbarie.

       Quizás la historia le concedió un último triunfo, es conocida (aunque esto no sea cierto) como la última Reina de Francia, y una de las figuras históricas más famosas. Su hijo (eterno misterio, ¿sobrevivió?, ¿no sobrevivió?) no reinaría, y en su lugar, con la restauración, y después de que la revolución hubiera devorado a todos sus hijos, gobernaría su cuñado, como Luís XVIII envidioso que pudo tener bastante que ver en la caída de los Reyes.

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8 respuestas a Reinas trágicas I

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