La segunda parte de Notas de aburrimiento ha llegado

      Así que no esperes ni un segundo más para partirte de risa con ella, aquí va, ¡no os olvidéis de dejar un comentario!:

 

Nota 2

A ese famoso dicho de que es peor una mudanza que un incendio… no le falta razón. Todas estas situaciones juntas; la compra del nuevo piso, nuestro traslado a otro instituto (para tenerlo todo más cerca), y por último la mudanza; han sido una autentica pesadilla, y no exagero.

Para empezar, ¿habéis buscado piso alguna vez?, siempre estás en una encerrona hagas lo que hagas o recurras a quién recurras: si optas por el trato directo, y vas a ver particulares… ellos se ocuparan rápidamente de tapar todos los defectos del piso a tu llegada, y pondrán las excusas más absurdas o mentirán con el mayor descaro con tal de librarse de su propiedad… recuerdo que en una misma tarde tuve conversaciones como estas:

-¿Aire acondicionado?, ¿en Madriz?, ¡pero si aquí nunca hace calor! –decía el individuo, como si yo hubiese dicho la mayor tontería del mundo, mientras chorreaba sudor- además, eso gasta muchísimo, es mejor abrir la ventana de la habitación del fondo y la del salón para que así corra el aire -sí claro, cuando en verano el aire también es caliente y apenas se puede respirar seguro que va a servir de mucho- además, a nosotros no nos gustan esos inventos modernos, no hay nada como un buen abanico, si se lleva usando desde hace siglos por algo será….

-¡Gordi! –dijo su oronda mujer, que acababa de llegar de la calle y no se fijó en que tenían visita- me han preguntado si en el piso nuevo el aparato del aire acondicionado lo queremos con o sin calefacción… como corría prisa, he escogido el mejor de ellos y el más potente; es bastante caro, pero siempre dices que estás harto de pasar calor, ¡así que luego no quiero que te quejes continuamente y quieras cambiar de piso otra vez!.

Lo cual, fue de lo más normal, en comparación con esta otra visita:

-Pues como puede ver –me dijo la mujer con un elegante traje rojo de super ejecutiva- está listo para entrar a vivir, de hecho yo residí aquí hasta hace dos días.

-Desde luego, si fuera un okupa, sería perfecto para entrar ya -dije con ironía-, de hecho, no tendría ni que forzar la cerradura….

-¡Oh, bueno!, ¿lo dice por esa tontería de que la puerta se abriera con aquel golpe? -rió con su tono más encantador.

-Señora, lo único que hizo fue llamar a la puerta y se abrió sola –dije casi con indignación.

-Vamos no sea exagerado, ¡pero si está totalmente remodelado!.

-Sin duda, pero en 1953… o eso, o la reforma aún está en proceso, porque la madera del parqué está astillada; el color de las paredes, que me parecía tan extraño, no es pintura sino humedad; eso ya sin mencionar la taza del váter rota o… ¡¿eso es una rata?!… ¿pero de verdad pretende hacerme creer que vivía aquí hace dos días?, francamente, espero que mienta mejor cuando se trate de su edad.

Eso ya sin nombrar: los pisos plagados de cuadros (no creo que quedara pared, de hecho, llegué a dudar de que la hubiera), de pelos de animales, o aquel en el que habían demolido las paredes para convertirlo en un lugar más “diáfano” (o más bien para ocultar lo diminuto que era).

Y recurrir a las inmobiliarias tampoco era moco de pavo, pues cada vendedor era más peligroso que el anterior, de un manipulador peligroso que ni te imaginas… así por ejemplo, una me llevó a ver un piso, el cual se componía de dos habitaciones (sin salón y sin nada de nada más), interior, sin pintura… en definitiva, un horror; y cuando me pregunta qué me parece (pregunta clave de todos los agentes, que suelen hacer con una sonrisa peligrosa, así que cuidado con lo que respondes), y le digo (por no decir defectos peores) que me parece pequeño, ella va y me dice con todo descaro:

-¡Pues por el precio que te puedes permitir no vas a encontrar nada mejor!.

“Señora, por favor”, estuve a punto de decir, “que no he nacido ayer y he visto más pisos y más precios”. Naturalmente, no tuvo el descaro de volver a llamarme, cosa que sí hicieron otros, como los de la inmobiliaria “Buenprecio” (a veces los nombres resultan irónicos), que me sometieron a un acoso de día y noche durante meses, hasta el punto de que llegué a tener la sensación de que tenía una relación romántica con la agente inmobiliaria (no era para menos, me llamaba casi todos los días y quedábamos continuamente); y, cuando por fin me decidí por un piso, y no fue de los suyos, al contárselo, parecía que estábamos terminando con un gran, apasionado y fogoso idilio… puede resultar increíble, pero la escena no fue para menos:
-Mira -le dije con educación- es que verás, ya encontré el piso que quería, así que no es necesario que me busques más -comenté, casi con tono de culpabilidad, como si estuviera terminando con ella… a veces soy demasiado tímido.

-Pero, no puedes hacerme esto, tengo un nuevo piso fabuloso, ¡es el de tus sueños! (si me hubiera dado un euro por cada vez que me dijo eso, y otro por las veces que me decepcionó, sería millonario).

-Pero es que ya no hace falta… -interrumpí, viendo en que se iba a convertir la escena.

-¡¡¡Puedo cambiar, de veras!!!, -gritó de una forma que me dio miedo- ahora ya te entiendo, ya comprendo tus necesidades y que espacio necesitas.

-Pero… -dije desconcertado.

-No me dejes sin verlo, después de todos estos meses contigo, conociéndote, ¡ahora se como satisfacerte! -si hasta ahora tenía miedo, ahora estaba aterrado, daba la impresión de que me había aprovechado de ella sexualmente durante semanas, y que ahora, yo, el malo malísimo la dejaba para aprovecharme de otra.

-Pero es que el otro piso ya me encanta… -dije repitiéndome en lo dicho, básicamente porque en una situación así no sabes que hacer.

-Ah, sí, el otro, ya lo había olvidado -exclamó con furia, como si tuviera un ataque de celos- ¿y acaso crees que tiene algo de lo que yo puedo ofrecerte?; mira, allá tú, pero te estás perdiendo algo muy bueno sólo por un capricho temporal, además, ¿cuánto tiempo llevas viendo a la que te lo encontró?.

-¿Perdona? -pregunté, ya irritado.

-¿Qué crees?, ¿qué lo que te ofrece es perfecto?, ¡lo mío es una apuesta de futuro!; llegará un día en el que te arrepientas, pero ya no estará ahí… ¡yo ya se lo habré enseñado a otros!.

Dicho esto, se levantó, y se fue airada; mientras yo me quedaba allí, con la sensación de haber vivido una turbulenta relación de culebrón televisivo con una de mis agentes inmobiliarias, y me sentía culpable por haber dejado escapar tan buen partido. Y no era para menos, en el tiempo en el que estuvimos “juntos”, nos mentíamos (con enorme descaro, no sé como alguien puede intentar engañar así cuando dentro de un par de horas vas a ver la verdad) más que cualquier otra pareja de enamorados que haya visto… bueno, en realidad, sólo lo hacía ella:

-¡Hola! -decía siempre con alegría exagerada, como si acabara de tomar éxtasis- ¿qué tal?, oyes, ¡¡¡tienes que firmar ya!!!, ¡¡¡pero es que ya!!!, es el piso ideal -primera mentira-; sé que es el tuyo -segunda mentira-; ¡y me lo están quitando de las manos! -técnica típica, evidente de vendedor y tercera mentira-… pero lo he reservado para ti -cuarta mentira y… ¡oh por favor!, en esos momentos era cuando más creía que tenía una relación con la agente-; ¡¡¡la verdad es que tiene todo lo que pediste!!! -quinta mentira, aunque quién las cuenta a estas alturas… llegados a este punto de falsear la realidad con tanto descaro, empecé a pensar que se creía sus propias falacias, porque es imposible que una persona en su sano juicio, pueda pretender que tu también lo pierdas, y que no veas la diferencia entre lo que pediste y lo que hay-. ¿Bueno, que tal si pasas por la tarde a verlo?, ya sabes lo rápido que vuelan -otra artimaña de lo más vulgar de vendedor-; ¡además el precio es por debajo del que queríamos! -quizás otra de las cosas que me (y le) indujo a pensar que estabamos teniendo una relación, era esa manía de utilizar el plural como si nos fueramos a ir a vivir juntos o si nuestros intereses fueran los mismos, cuando no podían ser más diferentes: el suyo, encasquetarme cuanto antes el piso y cobrar una comisión que me reservara una hipoteca de por vida; y el mío, que dentro de semejante estafa, no hubiera aún más trampas ocultas en el piso, que me hicieran tener que gastar mucho más dinero, del que no tenía, en reformas.

Y por supuesto, teníamos discusiones, como las parejitas… sólo que de otro modo:

-Bueno, ¿qué te pareció? -dijo soltando la frase de manual.

-¡Aún lo están construyendo y quiero entrar a vivir! -manifesté con desesperación, por el empecinamiento de esa mujer en hacerme perder el tiempo cantando las bondades de pisos que no me interesaban en absoluto.

-Bueno, pero es obra nueva -argumentó, como si poseyera una retórica tan poderosa con la que poder cegarme ante el hecho de que los albañiles estaban poniendo los ladrillos delante mismo de mis narices.

-Y no tiene garaje… -me quejé yo.

-Pero has visto que calle tan ancha y maravillosa, ¡aquí sobra aparcamiento todos los días! -dijo mirando a nuestro alrededor con cara de obviedad, mientras yo me exasperaba por no ser capaz de captar esa misteriosa realidad alternativa perfecta en la que todo estaba disponible y se conseguía fácilmente.

-También te dije que quería cerca medios de transporte públicos que hicieran fácil acceder a todo.

-Bueno, están a unos pocos minutos andando.

-¡Pero qué dices, si hemos tenido que venir en coche hasta aquí de lo lejos que está!.

-Bueno, ¡pero otros pisos no son tan exteriores!

-¡Claro que no!, el hecho de que no tenga ni ventanas, hace que esté de lo más ventilado… y por cierto, todas ellas daban al patio de luces.

Después de esa frase, me miró como si la acabara de insultar, y tuvimos nuestro “primer enfado de enamorados”, lo que no duró mucho, porque al día siguiente me estaba llamando para ver, una vez más, “el piso de mis sueños”.

Acabada esa etapa de mi vida, de turbulentas relaciones de culebrón inmobiliario, creí que por fin la tranquilidad había llegado… ¡qué ingenuidad la mía!, la mudanza, iba a ser algo terrible.

Tal vez, mucha gente no se haya dado cuenta, pero a lo largo de la vida juntamos una gran cantidad de cosas, especialmente las personas adictas a guardar “recuerdos” como yo, así, vas juntando entradas de cine, o botes de cristal de cualquier cosa que juras que usarás para convertir en un objeto de decoración aunque luego nunca sacas tiempo para ello… etc; y es entonces cuando la mudanza se convierte en algo verdaderamente letal, porque de repente surgen preguntas peligrosas como: “¿realmente necesito esto?” o “lo cierto es que nunca lo utilicé, será mejor que lo tire”… y comienza un tribunal inquisitorio sobre qué debes llevar a la nueva casa y qué no; de este terrible juicio, sólo pueden salir dos sentencias (ambas causadas por un cansancio de días dándole vueltas a la cabeza y examinando cada objeto): una: lo tiras todo, acabas tan frustrado y odiando tanto todo lo que te rodea que deseas deshacerte hasta de lo que necesitas, aunque sólo sea para dejar de pensar, y no habrá duda de que algo de ello acabará en la basura con todo lo inutil; o, dos: acabas por tener la revelación de que todo es útil, que no hay que seleccionar nada, puesto que esa entrada de cine que compraste hace 15 años, es un importante patrimonio personal, cultural e histórico, muestra y extracto sociológico de una época… además de que tienes la esperanza secreta de que algún día se revalorice, y que, como mínimo, acabe expuesta en un museo, donde pondrán tu nombre como donante bien grande en una placa de mármol de la entrada, lugar por el que harás pasar, “por casualidad”, a todos tus conocidos (aunque sólo sea de un día), mientras sueltas una risotada pretenciosa, porque tú has invertido en arte como la gente culta, y conservas preciados tesoros como si fueses un aristocrático mecenas de toda la vida… sin pararte a pensar en que, al fin y al cabo, lo que quieres guardar sólo es una simple entrada de cine, en la que, además, apenas se lee la película que fuiste a ver.

Superado este proceso, comenzará una guerra, una guerra terrible que enfrenta a dos bandos irreconciliables: tú y la empresa de mudanzas. ¡No os dejéis engañar!, al principio, desde la oficina te inspiran confianza con frases como “sabemos la importancia sentimental que tiene todo lo que nos confía, y por eso mandamos a los trabajadores más cualificados”… pero estos debieron sufrir una transformación mágica en el camino, pues los que aparecieron fueron unos hombres toscos, incapaces de pronunciar una frase sin una palabra malsonante de por medio, y que parecían creer que todo objeto no demasiado pesado era como un balón de rugby con el que se podía jugar y lanzarse entre ellos.

Entonces comenzó la segunda parte de la guerra: el desgaste; en el que Ildefonso (si, tuve que utilizar a mi hijo en esto) y yo, nos atrincheramos para vigilar a aquellos hombres en todo momento, para asegurarnos de que no causaran demasiadas catastrofes.

Y por fin llegó la batalla final, la llamada “batalla del piano”, la que decidiría nuestra suerte y soberanía; que quedará registrada para siempre en los anales de la historia de las mudanzas: por fin, casi todo había sido trasladado a la nueva casa… pero estaba observando como se iba dejando de lado, por alguna razón inexplicable, el piano; hasta que un día, uno de aquellos tipos me dijo:

-Mira jefe -me comentó con confianza, como si también hubiese entablado con él una relación de íntima amistad… debe ser algo propio del sector-, el piano vas a tener que venderlo porque no te lo vamos a llevar.

Primera ofensiva con la infantería ligera, aún así, capaz de amedentrar a un general no demasiado avispado.

-¿Perdone?, ¿desde cuándo?, a mí su empresa no me dijo nada de eso.

No mandé demasiadas tropas al principio, táctica defensiva. Pensaba que la lógica y la razón se impondrían, confié en la diplomacia… aún no había aprendido que aquí la clave era vencer o morir

-Ya, bueno, lo que le dijeron yo no lo sé… pero nosotros no lo hacemos.

Está claro que está dispuesto a tomar el punto estratégico… o lo defiendo o lo perderé para siempre… esta batalla es decisiva.

-Bueno, pues ahora llamo para quejarme -dije indignado-, ¿desde cuándo se seleccionan los objetos que van a transportar?, ¡esto ya es lo que faltaba!.

Por fin he sacado la caballería.

-No, mire -dijo casi quitándome el teléfono-; ¡véndalo!, es muy viejo… y yo es que no tengo bien la espalda.

Táctica de despiste. Obviamente mentía, y era un vago de mucho cuidado… dejé de contar los descansos que hacía cuando me di cuenta de que no los distinguía de cuando estaba trabajando.

-A ver si lo entiendo, ¿quiere que venda mi piano porque a ustedes les da pereza hacer su cometido? -dije con ironía esperando una cara de arrepentimiento.

¡Ahí va mi batallón de piqueros!, eso le ha dolido seguro.

-Sí -dijo con tal confianza en sí mismo como si acabara de decir la frase más razonable del mundo.

Su artillería de pura desfachatez mató de asombro a todo mi frente… pero poco importa, porque yo ya estaba movilizando a la fuerza aérea.

-Mire señor, o se lleva el piano o pide una baja, pero a mi no me venga con cuentos -no va a ser él el único que pueda ponerse impertinente.

-Es que cobro en negro para pagar menos impuestos… así que venda el piano, ¡así podrá comprar uno nuevo!.

-¡No quiero un maldito piano nuevo, quiero el mío!.

-Bueno, pues nosotros no lo llevamos, si quiere, puede intentarlo usted con la ayuda del chico -no podía creer que estuviera insinuando que yo y mi hijo hicieramos su trabajo-; sobre todo porque… si lo hiciéramos nosotros, casi seguro que se nos caería, se rompería… y sería una pena que le pasase eso a algo a lo que usted le tiene tanto cariño y aprecio -me dijo con una sonrisa picaresca, y aún tuvo el descaro de guiñarme un ojo.

Aquello eran las trincheras que empezaban a acabar con mis defensas; pero de repente, algo vino rápidamente a mi cabeza, eran los imbatibles tanques que nos darían la victoria.

-Espere… ha dicho usted que no tenía contrato, ¿verdad?, para pagar menos impuestos -dije guiñándole el ojo también… y a continuación cambié totalmente el tono a uno amenazador-… pues bien, vamos a ser amigos: usted hace su trabajo sin protestar, y yo, a cambio, no le denuncio.

-Ja, ja, ja -dijo con una risotada- no se atreverá.

Pero yo ya estaba fingiendo que hacía una llamada. Finalmente el hombre claudicó, gané la guerra, y tengo mi piano en la nueva casa. ¿Ha acabado la tortura?, pues no, para nada, ¡ahora hay que empezar a instalarlo todo en nuestro recién estrenado hogar!, nos esperan días muy duros….

Continuará…

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