La guerra de Daisy: Capítulo 6

      Y en un mismo día dos entregas (y serían más si hubiera comentarios que me animaran a ello), a cada cual más interesante que la anterior, porque si en la anterior el pasado de Daisy ha ejercido una gran fascinación sobre vosotros, esperad a leer este nuevo y maravilloso capítulo (todos los anteriores capítulos en esta misma categoría de Grandes Relatos), ¡espero que os guste!:
 
Capítulo 6:
 

      Y lo peor era que no había tomado ninguna decisión, la verja y una cancilla semiabierta estaba ahí como esperándola, ya era una hora adecuada para hacer una visita de cortesía, aunque realmente ¿no son todas las horas adecuadas para una hija o hermana que llevas años sin ver?, sabía que no podía echarse atrás y como si una fuerza la empujara, entró y se dirigió por el hermoso y celosamente cuidado jardín, “el jardín de las tres flores” pensó Daisy.

      Llamó en la vieja puerta de madera rodeada de un porche del mismo material de una casa al más típico estilo inglés, blanca y con ventanas de nogal pintadas de verde y rodeada de un jardín, sólo algo rompía ese estilo, y era una galería de madera llena de ventanas de cristal, con forma circular que se extendía por el lateral derecho de la casa y que expandía el jardín al interior de la casa, pues dentro su madre había montado un precioso invernadero con varias plantas comunes y otras más exóticas (ahora se entendía el misterio de cómo su padre podía conseguir especimenes tan raros para la colección de su esposa), y así era muy especialmente en verano, cuando se abrían las puertas con las que contaba y daba la impresión de estar fuera aún estando dentro y bajo sombra.

       La puerta fue abierta por una joven menos delgada que Daisy, rubia con ojos azules (que contrastaban con los ojos castaños de la artista; quizás porque, aunque a ella ahora no le gustara reconocerlo, ella había salido más a su padre) y de piel tan pálida como la de la anterior y de aspecto inocente y llano que vestía con ropa ligera y anticuada, un vestido de encaje de color beige con un lazo de un verde apagado que rodeaba la cintura y que se notaba que tenía años, por el inevitable deterioro a pesar del cuidado y múltiples arreglos que en él se habían efectuado.

-¡Daisy! –dijo con asombro la joven que había abierto la puerta mientras se lanzaba a abrazarla sin ningún tipo de recato

-Hola hermana –dijo Daisy mientras le devolvía el abrazo de una forma más tímida

-¡Madre ven corriendo! –exclamó loca de alegría- ¡nunca adivinarás quien ha venido!

      Del piso de arriba bajó por las escaleras de buena madera una delgada anciana con cierto aire señorial e imponente (lo que se debía quizás al vestido violeta oscuro con algunos gastados encajes negros, y que era extremadamente anticuado, pues no sería muy posterior a la ropa creada con la desaparición de los miriñaques) pero no por ello parecía menos cercana; muy bien conservada para su avanzada edad, cuyo pelo era totalmente blanco y sus ojos de un color azul tan hermoso como el de su hija menor, sin duda esta última había salido más a su madre.

-Hija mía –dijo la anciana casi con lágrimas en los ojos al poder volver a ver a su hija mayor después de tantos años- no sabes cuanto me alegro de verte; cielo –dijo dirigiéndose a su hija pequeña-, ¿puedes preparar el desayuno para servirlo en la galería? Me encantaría enseñarle a Daisy como han crecido las gardenias.

-Por supuesto –dijo alegremente su otra hija- ya verás Daisy, son una maravilla, aunque a una chica de ciudad como tu seguro que no le impresiona ya nada…

-Las personas que viven en la ciudad –dijo la matrona con tono maternal mientras conducía a Daisy hacia el lugar donde se había decidido tomar el desayuno- son precisamente las que más deben desear asistir al gran espectáculo de la naturaleza puesto que la ciudad, por mucho que ofrezca, nunca podrá darles esa impagable belleza.

      Daisy no dijo nada porque rápidamente vio que aquel tono no admitía réplica, y tampoco hubiera podido dársela a una mujer que ni en tiempos mejores había sido caprichosa, sino siempre austera puesto que ella sólo deseaba gozar de los pequeños placeres, los cuales son totalmente gratis; motivo por el cual, quizás, nunca había habido necesidad en aquella casa.

      Así fue conducida a aquella galería que daba al jardín (aunque las puertas estaban en aquel momento cerradas) y los recuerdos volvieron a asaltarla furiosamente, “el jardín de las tres rosas” volvió a su cabeza, lo recordaba como si fuera ayer, su padre decía cariñosamente que realmente el jardín había quedado precioso, pero que ellas eran sus flores más bellas, lo que no dejaba de ser un juego de palabras, puesto que su esposa se llamaba Rose (Rosa), su hija mayor Daisy (Margarita) y su hija menor Violet (violeta) y que aquel jardín siempre sería de las tres rosas, puesto que ellas eran las reinas de este y todas las flores que las rodeaban eran su corte que las servía con devoción (palabras que podían medio enfadar a Rose en algunos momentos debido al enorme trabajo que daba cuidar todo aquello). ¿Les habían puesto aquellos nombres a sus hijas a propósito? Nunca lo tuvo claro, pero de lo que si estaba segura es de que aquel juego, aquella comparación era uno de los recuerdos más dulces de su infancia, en la que creía que siempre viviría como la princesa de ese jardín entre aquellos leales súbditos; ¡cuantas vueltas había dado la vida desde aquella y que fácilmente había desaparecido aquella bonita fantasía infantil como tantas otras que todo el mundo suele hacer!.

      Una vez se sentaron en la mesa y las sillas de hierro pintado de blanco Daisy se quitó la capa enseñando su indumentaria, la cual no dejó de impresionar negativamente a aquella mujer que siempre había llevado trajes que tapaban el cuerpo hasta el último extremo; y a pesar de que no pudo evitar hacer un gesto de asombro con los ojos (como Daisy esperaba por otra parte) no dijo nada, al fin y al cabo, para una vez que estaba su hija en casa no pensaba discutir por algo tan superficial, además de que ella era consciente de que ignoraba las costumbres del otro lado del océano; así pues Rose decidió iniciar la conversación:

-¿A que mi pequeño jardín interior está más hermoso que nunca? –dijo disimulando lo anterior e intentando buscar una situación cómoda- deberías quedarte varios días para ver como evoluciona, creo que pronto se abrirán nuevas flores y no creo que haya encanto comparable en Nueva York.

-¡Oh si quedate! –dijo Violet con entusiasmo mientras llegaba con una enorme bandeja con tres desayunos típicamente ingleses

-Lo cierto es que sí que está hermoso madre –contestó Daisy de forma incomoda ante aquella proposición tan evidente como habitual cada vez que venía- pero no debes olvidar que no voy a Nueva York por que quiera, sino porque debo trabajar, los contratos de los espectáculos son muy rigurosos y no admiten retrasos –dijo la hija mayor de la misma forma hábil y sibilina que su madre había utilizado.

-¡que vestido más bonito! –dijo la hermana menor intentando evitar una confrontación, no siendo capaz de ver que el tema que se había evitado hablar al principio podía ser incluso peor- ¡seguro que es la última moda en Nueva York!

-Bueno más o menos –dijo Daisy no atreviéndose a decirle a su hermana que aquel vestido estaba un tanto pasado de moda y que si hubiera llevado esa misma indumentaria en la ciudad norteamericana la hubieran tomado por una puritana.

-Entonces –dijo Rose llendo al grano y sin admitir más retrasos en la respuesta- ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

-Lamentablemente sólo podré quedarme hoy, esta noche embarco de nuevo hacia Estados Unidos –dijo Daisy con firmeza

      Tanto la madre como la hermana intentaron contener la enorme decepción y el enorme chasco y casi enfado que les provocaba que aquella mujer que intentaban reconocer como su pariente, después de tantos años pensaba quedarse apenas un día en la que había sido su casa durante tantos años.

       El resto del desayuno y del día transcurrieron muy tranquilos y felices, tanto que Daisy se olvidó totalmente de aquello en lo que tanto había pensado, en lo que influyó poderosamente el hecho de que su hermana le prestara uno de sus vestidos holgados tan atractivos para pasear y tumbarse en el campo, y que tal vez fuera anticuado y de colores horriblemente apagados, vulgares y que jamás se pondría en Nueva York (y de hecho temblaría con la sola posibilidad de que alguna de aquellas damas de la alta sociedad con las que solía relacionarse o aquellas actrices pretenciosas hasta decir basta pudieran adivinar lo que llevaba), pero no le importaba, aquello era un mundo aparte donde la felicidad volvía a ser posible aunque sólo fuera por unos efímeros instantes. Sólo se interrumpió cuando su hermana dijo:

-¿Sabes?, se porque te fuiste y porque odias Inglaterra, madre no lo comprende aunque yo lo intento; pero, ¿eso no significa que nos odies a nosotras verdad?

-Claro que no Violet, quizás debí volver después de la guerra, pero las vidas cambian y evolucionan, y a mi ahora me gusta la mía, después de conocer todo lo que he conocido y estar en la cresta de la ola no se si podría volver aquí, donde todo el tiempo es eterno y todo lo que hay que hacer es cuidar un jardín, no se si lo soportaría.

-Por lo que dices –dijo Violet- no se hasta que punto fue bueno conocer Nueva York

-Quizás algún día –intentó decir con tono de promesa Daisy, aunque los recientes acontecimientos parecían negar esa posibilidad- cuando la revista pase de moda vuelva y acabe aquí, pasaremos nuestros últimos días todas juntas.

-Sí, no olvides cuando te vayas que tu principado te espera.

-Sí –dijo Daisy con aire ausente- aun sigo siendo una princesa

      Cuando el día se acabó y se despidió de su familia no les había dicho nada de lo que había pasado, se dio cuenta de que eso era quizás lo mejor, ahora comprendía mejor el punto de vista de su padre (aunque no lo justificaba), al fin y al cabo, ¿para que preocupar innecesariamente a esas adorables e inocentes criaturas que eran su madre y su hermana?, si ellas querían seguir viviendo ingenuamente en su reino de flores, ¿Por qué impedirselo?.

      Pero mientras agitaba la mano despidiendose, Daisy tuvo por primera vez la impresión de que lo hacía por última vez, porque esta vez no se iba simplemente a empezar una nueva vida en otro continente, o a firmar un gran contrato de estrella con el señor Ziegfeld; esta vez no sabía lo que le deparaba el destino, y su futuro era tan extremadamente incierto y misterioso como lo había sido la desaparición de su padre tantos años atrás, tal vez aún seguía siendo princesa tal como decía su hermana, ¿pero por cuanto tiempo?  

 

Continuará…

 

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