100 errores del codigo da vinci

32
 
CAPÍTULO 32
 
Capítulo 32. Página 172: “Estará de broma”, pensó Langdon. Nunca había visto una cosa tan pequeña.
-Es un Smart –dijo-. Gasta sólo un litro cada cien kilómetros.
 
Lo siento. El Smart es bueno y económico y tiene un gran rendimiento de consumo, pero no cien kilómetros con un litro, ni aproximadamente. El consumo puede variar, pero tal vez la cifra real sea de veinte kilómetros por litro. (DAVID A. SHUGARTS  en “Baches en la trama y detalles curiosos en El Código Da Vinci”  incluido en la obra de DAN BURSTEIN, “Toda la verdad sobre El Código Da Vinci”. Madrid, Ediciones Temas de Hoy, octubre 2004)
 
Capítulo 32. Página 172: La alarma que se activó en el extremo del Ala Denon hizo que las palomas de las cercana Tullerías levantaran el vuelo. Langdon y Sophie salieron como balas y se internaron en la noche. Mientras avanzaban por la explanada en dirección al coche de Sophie, Langdon oía las sirenas de los coches patrulla en la lejanía. – Es ese- dijo Sophie, señalando un cochecito rojo de dos plazas aparcado delante.
 
¿Dónde está aparcado? No se puede estacionar en ninguna parte del recinto interior del Louvre. Si lo hizo ilegalmente porqué no aparcó cerca de dónde entró: la Pirámide. (Arcadi Viñas)
 
Capítulo 32. Página 172: El coche atravesó velozmente la explanada y desembocó en la rotonda del Carrousel du Louvre.
Por un momento, Sophie pareció considerar la posibilidad de acortar camino cruzando la rotonda por el centro, para lo que debían abrirse paso por el seto vivo recortado que bordeaba la isla central de césped de la plazoleta.
– ¡No!- gritó Langdon, que sabía que el seto que bordeaba la rotonda estaba puesto para ocultar el peligroso abismo que se abría en el centro –La Pyramide inversée- la pirámide invertida que hacía las veces de claraboya y que había visto antes desde el interior del museo. Era una estructura lo bastante grande como para tragarse entero aquel coche.
 
Más o menos cierto. El “seto vivo recortado” (traducción) Sólo que la Piràmide Invertida está cubierta por un techo acristalado que impide la caída de hojas, lluvia, nieve, animales, skaters y despistados en el interior acumulándose en su vértice a la vista de todos los visitantes presentes en el vestíbulo. (Arcadi Viñas)
 
Capítulo 32. Página 172-179: El coche atravesó velozmente la explanada y desembocó en la rotonda del Carrousel du Louvre… giró a la derecha, bordeó la rotonda por la izquierda y se incorporó al carril que, en dirección norte, debía llevarlos hasta la Rue Rivoli… Giró a la izquierda en el cruce y se incorporó por fin a la Rue de Rivoli. Siguió a toda velocidad unos cuatrocientos metros, en dirección oeste, y giró a la derecha en OTRA ROTONDA, ÉSTA MÁS ANCHA. Al momento salieron por el otro lado. Ya estaban en los Campos Elíseos… La embajada estaba apenas a UN KILÓMETRO Y MEDIO de allí…Sophie pensó que sí, que estaban a punto de lograrlo, cuando giró el volante a la derecha y pasaron por delante del lujoso HÔTEL DE CRILLON, internándose en aquel LUJOSO BARRIO DE CALLES ARBOLADAS DONDE SE ENCONTRABAN LAS SEDES DIPLOMÁTICAS… A Sophie se le heló la sangre. A unos cien metros, el cruce estaba cortado por un par de coches de la Policía Judicial, aparcados de lado con intención inequívoca. “¡Han cortado la Avenida Gabriel!”… Puso marcha atrás y en tres maniobras precisas cambió de sentido.
 
¡Atentos! Fíjense en las palabras que he destacado en mayúscula. Esa “otra rotonda, ésta más ancha” no es otra cosa que ¡la plaza de la Concordia! Cuando llegan a los Campos Elíseos por la plaza de la Concordia, están a unos 150 m. de la embajada y no a 1500 m. (¡Pero qué importa un cero!). Una vez en esa avenida no pueden pasar delante del Hotel Crillon porqué ya lo han pasado ya que está en la misma plaza de la Concordia. Lo que hay entre los Campos Elíseos y la embajada americana no es un lujoso barrio de calles arboladas sino un parque. 
 
La realidad es que la Avenida Gabriel, dónde está la embajada americana, está en línea recta con la Rue Rivoli, con la Plaza de la Concordia en medio. Y el Hotel Crillon en la parte norte de la Plaza con la embajada americana al otro lado de la calle. ¡Lo que parece un enrevesado itinerario es en la realidad un trayecto en línea recta de poco más de un kilómetro! Podían ir a pie. (Arcadi Viñas)
 
Capítulo 32. Página 173: Ya estaban en los Campos Elíseos… el amplio bulevar que, con sus tres kilómetros de escaparates elegantes, a a veces se comparaba a la Quinta Avenida de Nueva York.)
 
Los Campos Elíseos miden 1910 metros de largo. Desde la plaza de la Concordia hasta el Arco de Triunfo. (Arcadi Viñas)
 
Capítulo 32. Página 173-174: La Virgen de las rocas era otro eslabón más en la cadena de símbolos relacionados que se había ido formando aquella noche. Parecía que Saunière reforzaba con cada pista su interés por el lado más oscuro y malévolo de Leonardo da Vinci.
El encargo original para pintar aquella obra le había llegado a Leonardo de una congregación conocida por el nombre de Hermandad de la Inmaculada Concepción, que necesitaba un cuadro para poner en el panel central de un retablo que iba a ocupar el altar de la iglesia de San Francisco, en Milán. Las monjas le indicaron las medidas exactas que debía tener y el tema de la pintura —la Virgen María, San Juan Bautista niño, Uriel y el niño Jesús buscando cobijo en una cueva. Aunque Leonardo cumplió con lo que le habían solicitado, cuando entregó la obra la congregación reaccionó con horror, porque estaba llena de detalles explosivos y desconcertantes.
El lienzo mostraba a una Virgen María con túnica azul, sentada con un niño en brazos, supuestamente el niño Jesús. Frente a María, también sentado, aparecía Uriel, también con un niño, supuestamente San Juan Bautista. Pero lo raro era que, en contra de la escena habitual en la que Jesús bendecía a Juan, en este caso era al revés: Juan bendecía a Jesús… ¡y éste se sometía a su autoridad! Por si eso fuera poco, la Virgen tenía una mano levantada sobre la cabeza de Juan en un gesto inequívocamente amenazador —con los dedos como garras de águila que sujetaran una cabeza invisible. Y, por último, la imagen más clara y aterradora: justo por debajo de aquellos dedos curvados de María, Uriel estaba detenido en un gesto que daba a entender que estaba cortando algo, como si estuviera rebanando el cuello de la cabeza invisible que la Virgen parecía sujetar con sus garras.
A los alumnos de Langdon siempre les divertía enterarse de que Leonardo había intentado apaciguar a la hermandad pintando una versión más «descafeinada» de La Virgen de las rocas, en la que los personajes aparecían en actitudes más ortodoxas. En la actualidad, aquella segunda versión estaba expuesta en la National Gallery de Londres, con el mismo título, aunque Langdon prefería la del Louvre, que además de ser la original, resultaba más intrigante.
 
Según Carmen Barnbach: “Ese cuadro es muy difícil de interpretar. A Leonardo le atraían los significados ambiguos. Va a ser siempre un pintor que sigue eludiendo a su público. Uno siente fascinación por su obra, pero también está la tentación de sobreinterpretarla. Ese cuadro se hizo para una cofradía de la Inmaculada Concepción, es un cuadro claramente con un una iconografía que le pertenece a las cofradías franciscanas. Y una persona como Dan Brown no puede interpretar ese cuadro tan fuera de su contexto. Leonardo tenía un vocabulario de gestos muy típico, y no se puede modificar su lectura para que sirva a una narrativa. Comprendo que haya la intención de contar una historia que sea amena, con un desenlace de detectives, pero el problema es presumir que ciertos hechos ficticios hayan sido históricos.” (Publicada en “La tercera”. Entrevista de Marcelo Soto a Carmen Barnbach, organizadora en 2003 de la exposición Leonardo Da Vinci, Maestro del Dibujo, que atrajo a 400 mil personas en el Metropolitan Museum of Art de New York, doctorada en Arte por la Universidad de Yale y experta en Leonardo.)
 
Capítulo 32. Página 174: El encargo original para pintar aquella obra le había llegado a Leonardo de una congregación conocida por el nombre de Hermandad de la Inmaculada Concepción, que necesitaba un cuadro para poner en el panel central de un retablo que iba a ocupar el altar de la iglesia de San Francisco, en Milán. Las monjas…
 
No. La Hermandad de la Inmaculada Concepción de Milán no era una congregación religiosa. No había monjas. Era una cofradía de comerciantes milaneses asociados para defender la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que en aquella época era muy discutida: defendida y negada con gran energía. Estos poseían los derechos del oratorio de la Inmaculada Concepción en esa iglesia. Aunque parezca mentira en el siglo XV la gente se peleaba por esas cosas.
 
Sobre el tema hay dos teorías. La primera dice que la Hermandad les encargó a Leonardo y a dos pintores más el cuadro. Cómo no gustó el primer cuadro Leonardo lo repitió. La segunda teoría dice que la Hermandad les encargó a dos pintores el cuadro. Discutieron y empezaron un pleito por que los cofrares consideraban el cuadro inacabado y contrataron a Leonardo para que lo acabara. Según esta teoría esa es la versión de Londres. Mientras tanto (todo el proceso duro quince años) otra persona, parece que Ludovico el moro, le encargó a Leonardo un cuadro con el mismo tema. Y este es el que se conserva en Paris. (Arcadi Viñas)
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